La Revolución de Mestionora
SS1. El Comandante de la Orden
Ferdinand había aprobado con las máximas notas el curso de archiduque, el curso de erudito y el curso de caballero, logrando que su padre le dijera que era su mayor orgullo, tal como lo había hecho durante los últimos seis años.
La sensación agridulce era casi insoportable.
Orgullo y felicidad de contar con las palabras, el cariño y las felicitaciones de su padre.
Pánico e incertidumbre de saber que ya no podía huir de esa mujer perversa como en años anteriores. Aquel fatídico conocimiento le resultaba más opresivo de lo esperado. Al menos había dejado de percibir el maná de Chaocipher el invierno anterior... por desgracia también dejó de percibir el maná de su padre. Al menos podría relajar su compresión ahora que debía permanecer en su ducado sin escapatoria alguna.
El Comandante de la Orden de los Caballeros de Ehrenfest no podía pasar la mayor parte de su tiempo en la Real Academia ni en la Soberanía, sino en Ehrenfest para cumplir con los deberes de su cargo. Al menos su padre le permitiría vivir en su finca y no en el castillo. Esperaba que eso fuera suficiente para evitar los intentos de asesinato que la primera dama, Verónica, nunca se dignó detener desde que su padre lo reclamara como propio.
No pasó mucho tiempo y cumplió dieciséis años al poco de graduarse con honores. Para entonces su antecesor, Lord Bonifatius, hermano de su padre, había terminado de entrenarlo para ejercer su cargo y retirarse de la escena política.
Ferdinand estaba terminando de organizar algunos informes y preparar algunas órdenes para abastecer los armarios del cuartel de caballería cuando un pequeño pájaro de papel aterrizó en su escritorio, convirtiéndose inmediatamente en un pergamino.
Lo tomó y lo leyó. Su padre pedía verlo con la máxima discresión posible esa misma tarde.
—Al menos no tendré que ayudar a Karstedt a atrapar a Sylvester para que pase más tiempo en el despacho.
Sylvester era su hermano mayor… medio hermano en realidad. Era hijo del archiduque y de Lady Verónica y a diferencia de esta última, Sylvester le tenía aprecio. Sonrió pensando en el alborotador que tenía por hermano mayor y miró por la ventana, esperando que su primo Karstedt no tuviera que estar persiguiendo a su hermano de nuevo para obligarlo a ayudar a su padre con la papelería.
—Milord —llamó su asistente Justus desde la puerta—, le traigo su comida. Ya la he revisado.
—Adelante.
El hombre de cabellos grises y ojos caídos que fuera su asistente desde que ingresara a la Academia Real entró entonces, cargando una bandeja con lo que parecía una pequeña hogaza de pan, un tazón con sopa en la que nadaban varios cubitos de verdura y carne además de un vaso de agua, tal vez jugo fresco y cítrico.
—Gracias Justus. Déjalo por ahí. Verifica de nuevo que esté todo limpio y luego retírate. Todavía tengo que terminar con estos documentos.
—Como ordene, milord.
La mirada de aprehensión de su asistente no le pasó desapercibida. Decidió ignorarlo. No necesitaba comer, necesitaba terminar con el trabajo en turno antes de que llegara más documentación que no pudiera ignorar.
Como Comandante de la Orden de Caballeros de Ehrenfest era su deber supervisar todos los reportes de actividades y misiones, verificar que todos en la orden realizaran los ejercicios y entrenamientos diarios adecuados, administrar sus recursos de manera efectiva y asegurar que todo estuviera en orden. No parecía mucho, sin embargo, era más de lo que uno esperaría.
Todos los días sus capitanes debían hacerle llegar informes de rendimiento y actividad. En caso de algún accidente, misión o eventualidad, los caballeros involucrados debían prepararle informes. Si hubiera alguna subyugación, entonces él mismo debía participar y hacer sus informes correspondientes. Todo esto debía ser enviado al despacho del Aub para mantenerlo informado y por eso era tan importante que revisara incluso los estados de cuenta de la orden. No iba a permitir que nada se desestabilizara mientras él estuviera a cargo. Era lo menos que podía hacer por su padre y en algún momento por su hermano.
La comida podía esperar. Veneno aparte, no era como que el sabor fuera a mejorar sin importar a que temperatura la consumiera.
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La hora llegó. Con el mayor sigilo que pudo conseguir, Ferdinand se dirigió a la alcoba de su padre, siguiendo al hombre a su habitación oculta.
Luego de hacerle un examen médico de rutina que lo dejó bastante preocupado por su estado de salud volvió a sentirse frustrado cuando su padre volvió a negarse a dejarlo hablar al respecto con los médicos. Lo escuchó toser y carraspear un poco, preocupándolo, mirando al hombre que cubría su boca con un pañuelo blanco con círculos mágicos bordados. Su padre se limpió la boca, negando con la mano en un intento de calmarlo sin lograr nada.
—¡Ni una palabra de esto a tu hermano, Ferdinand!
Ferdinand asintió, esperando a que su padre le dijera la razón de llevarlo ahí si no lo dejaría atenderlo como era debido. Que Ferdinand desconfiara de los médicos de la corte y de la esposa de su padre no significaba que su padre también lo hiciera. Lady Verónica podía decir que lo amaba, pero él sabía la verdad. Una bestia venenosa y llena de rencor como ella no podía amar como clamaba ni preocuparse como decía. Si su padre le dejara revisarlo de manera adecuada, ¡si al menos le permitiera verificar que no estaba siendo envenenado por esa maldita mujer…!
Sacudió la cabeza apenas un poco, escuchando todavía las toses de su padre y recordando de pronto la última conversación que tuvo con su minúsculo séquito la semana anterior, cuando intentó devolverles su nombre a todos.
Justus, el más viejo de todos se negó a aceptar su nombre de vuelta. Si el Aub se llevaba a Ferdinand a las alturas, entonces él saludaría también a la Pareja Suprema.
Lazfam y Eckhart también se negaron a aceptar sus nombres de regreso a pesar de ser todos tan jóvenes todavía.
—¿Entienden que podríamos morirnos todos en uno o dos años?
—¡Si usted cae, nosotros también caeremos! —fue la apasionada respuesta de Eckhart, su sobrino.
—¿No iban a atar sus estrellas ustedes dos? —preguntó entonces señalando a la única mujer de su séquito a quién no le había exigido el nombre y al joven aprendiz de caballero.
—Las ataremos ante la pareja suprema bajo la supervisión misma de Sterrat, milord —dijo esta vez Heidemarie, provocándole que un dolor de cabeza comenzara a surgir—. Si ustedes mueren, los vengaré a todos y luego los alcanzaré.
—¿Lazfam?
—Lo lamento, milord. Pero yo también me niego a recibir mi nombre —respondió el laynoble de su edad—. Mi familia no tiene ningún uso para mí y yo no deseo servir a ningún otro señor.
—¿Qué hay de la joven que aceptó tu escolta?
El joven aprendiz de asistente se sonrojó. Sus orejas y su nariz tomando el noble color de Geduldh mientras bajaba los ojos, tomando su pecho con una mano antes de respirar profundo, soltarse y volver a mirarlo de frente.
—Ella puede encontrar a cualquier otro, milord. Yo, en cambio, jamás encontraría un mejor hombre para servir.
Ferdinand se tomó el puente de la nariz, recordando de pronto las burlas de su hermano cuando se refería a su séquito como el cuarteto de fanáticos… porque eso parecían, fanáticos de alguien que, además, no merecía tanta pompa o pleitesía.
—Heidemarié, ¿estás segura de esto? —insistió una vez más—. ¿Quién va a recuperar las cosas de tus padres de manos de tu madrastra si mueres?
La joven levantó la vista con un rostro serio que pocas veces le veía, dejando en su lugar una mirada amarga y decidida.
—Si es decisión de los dioses que usted suba la imponente escalera, entonces no tendré que volver a preocuparme por recuperar los libros de botánica de mi madre o la casa y el apellido de mi padre, milord. En cuanto a mi madrastra, esa diosa del agua se quedará sin nada dentro de dos o tres años. ¿Qué mejor castigo para una Chaocipher que ver perdido aquello por lo que estuvo armando tanto alboroto y complot?
—¿Qué hay de tu medio hermano?
El rostro de su futura erudita se volvió todavía más serio y su mirada más resentida.
—Por mí puede volverse una flor masculina del templo o pudrirse en una cloaca de slime. Que sea tres años menor que yo no significa que esté libre de culpas ese pequeño ladrón.
Se soltó el puente de la nariz, negando despacio sin poder creerlo. Su padre se llevaría consigo una semilla destinada a volverse tan solo una piedra fey… y cuatro nobles prometedores a pesar de sus excentricidades.
—Que así sea, entonces —murmuró resignado antes de enviarlos a todos a sus casas.
–Ferdinand, voy a morir pronto y lo sabes tan bien como Verónica –dijo al fin su padre, trayéndolo de nuevo al presente–. Sé que tienes al menos dos juramentados. ¿Saben que tú y yo podríamos subir la imponente escalera muy pronto?
–No, padre. Intenté devolverles sus nombres alegando que podría morir cumpliendo mi deber. Se rehusaron a recibirlos de vuelta.
Su padre le sonrió, dejando escapar una risita seca que le hizo fruncir el ceño.
–Tienes tanto potencial, gente dispuesta a subir contigo la altísima… no muchos pueden decir lo mismo de su gente.
Ferdinand observó al hombre en silencio. Él estaba dispuesto a seguir a su padre, ¿de qué se trataba todo esto?
–Dime, Ferdinand. ¿Hay alguna otra cosa que te gustaría hacer? ¿Estás seguro de poder conformarte con ser Lord Comandante en un ducado bajo?
–Soy tu hijo. Si tu deseo es que sea ministro, entonces seré un ministro. Si tu deseo es que sea Comandante, entonces eso seré. Servirte a ti y a Ehrenfest es todo lo que necesito, padre.
El hombre en lugar de verse complacido solo suspiró, cansado y… decepcionado según parecía. Aun así, los ojos de su padre lo alcanzaron de tal modo, que por poco se pierde de la mano del hombre yendo a la jaula en su cadera, acariciando una de las pocas piedras en su interior.
–¿En verdad es eso todo lo que deseas, Ferdinand?
–Lo es, padre.
Otro suspiro cansado y una diminuta sonrisa fue todo lo que recibió antes de que se le solicitara ayudar al viejo Aub a volver a la cama para luego despedirlo.
Una sensación amarga llenó la boca de Ferdinand cuando salió de ahí cobijado por el manto del Dios de la Oscuridad, perdiéndose en la memoria de una semana atrás de nuevo.
—¿De verdad estás seguro? –preguntó a Justus, el mayor de su séquito–. ¿No me habías dicho que tu esposa tuvo un hijo contigo hace un par de años?
—También le dije que me había divorciado de ella el año pasado, milord. No iba a permitir que esa sierva de Chaocipher entrara aquí a contaminarlo todo por órdenes de ese trombe viejo y velado.
—¡Por todo lo sagrado! Te he dicho que no te expreses de esa manera de ella. ¡Si alguien te escucha, podrían ejecutarte!
Su asistente sonrió de ese modo travieso y extraño que tenía en ocasiones, muy en especial cuando le estaba tomando el pelo o planeando algo repulsivo.
—¿Porqué? No estaba hablando de nadie en específico. Revelar quien es la maestra de la mujer que robó mi casa y usó mi apellido sería lo mismo que obtener pruebas de traición a varios dioses, milord.
Ferdinand solo suspiró, dejando la mitad de la comida y tomándose una poción nutritiva de las que llevaba en su cinturón.
A pesar de que la comida no llevara veneno, no era muy afecto a consumirla de todos modos y siempre era más efectiva una poción para suprimir el hambre.
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Para principios del verano estaba más que habituado a su nuevo puesto.
A diferencia de su hermano mayor, su escritorio estaba en orden y pocas veces se le acumulaba el trabajo. Las alacenas del edificio de caballeros también estaban siempre abastecidas y en sí, se sentía orgulloso de mantener a los caballeros de la orden en forma y actividad.
Durante ese tiempo condujo un par de investigaciones en algunos pueblos rurales y territorios Leisegang y Veronicanos en un intento de mitigar la descompensación de maná. También atendió a la ceremonia de unión de las estrellas de algunos de sus compañeros de generación y la posterior socialización de solteros, soltando un suspiro de aburrimiento al constatar que, de nuevo, ya no quedaba una sola mujer en Ehrenfest que tuviera el suficiente maná para que él pudiera tomar una esposa.
También tuvo que sacudirse a muchas mujeres desvergonzadas y malintencionadas de la facción veronicana a lo largo de ese tiempo. Ya fuera por su estatus, su dinero o la oportunidad de ser quien le llevara su piedra fey a Lady Verónica, las jóvenes alrededor de su edad no dejaban de darse una vuelta por su oficina o el edificio de caballería para tratar de seducirlo. Una incluso había tenido el descaro de tocar su trenza y pasear su dedo cargado de mana viscoso y desagradable por su mejilla por el tiempo que a él le tomó sujetarla y darle una descarga de maná que la hizo doblarse de dolor.
—¡No voy a tomar una criatura tan débil ni como diosa ni como flor! —rugió en esa ocasión, harto de tener que interrumpir sus obligaciones para lidiar con esas criaturas de Chaocipher misma—. Dile a tu dueña que puede dejar de tentarme, las encuentro a todas igual de repulsivas.
No era para menos. Durante su infancia, Lady Verónica se aseguró de que algunas mujeres del séquito de ella lo avergonzaran y manipularan debajo de las ropas para burlarse cada vez que lo notaba con suficiente fiebre, volviendo el toque de cualquier mujer algo repulsivo para él.
Pronto las mujeres dejaron de llegar, sin embargo, para su sorpresa y desgracia, algunos jóvenes comenzaron a intentar… seducirlo también.
Ineptos, estúpidos y flojos. Ese era el perfil de los muchachos que comenzaron a desfilar ahora en busca de su favor, dejándolo asqueado al descubrir que algunos tenían el descaro de seguirlo al cuarto de servicio donde intentaban tocar su espada a pesar de estar tratando de hacer sus necesidades. Al menos a uno lo dejó atascado en la fosa de los slimes aprovechando que ya no era un pequeño niño "enfermizo" e indefenso al que pudieran manosear a su antojo.
Para principios del otoño, tanto hombres como mujeres lo dejaron al fin en paz. Debía ser el último plan de su terrible madrastra porque no imaginaba como era siquiera posible que algo como eso pudiera pasarle.
Fue entonces que el aviso del avistamiento de un trombe temprano llegó.
—¿Un trombe? ¿Están seguros?
Apenas confirmar la información, tomó a cinco caballeros de Leisegang para alcanzar al que envió el ordonanz y partió.
No tardaron mucho en llegar.
El temible árbol estaba ubicado en el centro del Bosque de los Plebeyos, rodeado por soldados que no paraban de intentar cortarlo sin éxito a pesar de que no tenía un tamaño demasiado grande. Algo extraño estaba sucediendo. ¿Sería el último plan de su madrastra para eliminarlo?
—¡Informe! —ordenó apenas descender junto al que parecía el jefe de los soldados plebeyos, sorprendido de que los hombres no dejaran de lanzarse a enfrentar el árbol que no paraba de defenderse y que tenía apenas el tamaño de un hombre adulto, quizás un poco más alto que él mismo.
—¡Lo sentimos mucho, Lord Comandante! El árbol tiene una rehén.
—¿Qué?
Pensaba que existían pocas cosas que pudieran sorprenderlo a esas alturas. ¡Qué equivocado estaba!
Ferdinand se acercó entonces al área donde se encontraban los soldados plebeyos, notando que uno bastante parecido a Leidenshaft, el dios del fuego, no dejaba de embestir una y otra vez gritando algo. No tuvo que concentrarse demasiado para comprenderlo.
—¡Myne!... ¡Suéltala! ¡Maldito trombe! ¡Devuélveme a mi hija! ¡Myyyyyyyyyne!
Era la primera vez que veía a alguien tan desesperado por salvar a otra persona. Entonces puso más atención al árbol en sí. Usando mejoras físicas para notar que, en efecto, rodeada por gruesas ramas que no dejaban de moverse y engrosarse, una niña pequeña cuyo rostro apenas se alcanzaba a ver, estaba ahí como muerta.
No supo que fue. La desesperación en la voz del soldado. El esfuerzo de los plebeyos. Los niños que parecían aterrados un poco más atrás en dirección a la puerta que conectaba el bosque con la ciudad… o el hecho de que fuera una niña pequeña e indefensa, pero comenzó a gritar órdenes con la cabeza fría, dando la bendición del Dios Oscuro a sus caballeros antes de lanzarse él mismo al ataque.
—¡Dejen de estorbar! ¡Sacaremos a la niña! —prometió.
Fue difícil. A pesar de que el suelo no mostraba mucha erosión por parte del maldito árbol devorador de maná, el trombe seguía resistiéndose y luchando. Cortarlo o atravesarlo siquiera estaba siendo muy difícil y no comprendía bien porqué si no estaba tomando el maná de la tierra… a menos…
No tuvo tiempo para considerarlo, se concentró en usar su enorme guadaña y mejorar su cuerpo con magia para cortar las raíces del árbol, sintiéndose un poco más tranquilo al notar esas mismas raíces cediendo, convirtiéndose en ceniza a pesar de que las ramas se seguían moviendo.
La niña debía tener maná… o algo con maná en sus manos.
Dio sus instrucciones entonces. Los caballeros de Leisegang se apresuraron a seguirlo y pronto liberaron a la pequeña.
La tomó entre sus brazos entonces, alejándola lo más que pudo de un salto y observando como sus subalternos terminaban de cortar aquella abominación, la cual comenzó a ponerse negra y a desintegrarse poco a poco.
Al observar la carga en sus brazos se encontró con una pequeña niña con la ropa desgarrada aquí y allá. Ropa desgastada y remendada una y otra vez, con parches de diferentes colores, algunos incluso encima de otros parches. Una niña pobre del sur, con el cabello azul tan oscuro como el cielo nocturno y tan brillante como si tuviera estrellas. Tan frágil como un shumil.
Recordó entonces a Blau, la difunta mascota de su hermano mayor. Recordó la suerte del animal. Su pelaje era del mismo exacto color que el cabello de esta niña, sin embargo… Blau no tuvo tanta suerte. Él lo curó un par de veces de los abusos del cariño asfixiante de su hermano… solo no pudo curarlo la última vez, había llegado demasiado tarde para eso.
—¿Cómo pudo crecer tan rápido ese trombe? —se preguntó en voz alta.
La pequeña en sus brazos no parecía portar nada que tuviera suficiente maná… a menos que fuera ELLA quien tenía un excedente de maná.
—¡Déjenme pasar! —exigió a gritos el soldado de hacía un momento, el mismo que había llamado su atención— ¡Es mi hija! ¡Myne!
El hombre gritaba y se resistía en tanto cuatro de sus caballeros tenían problemas para mantenerlo contenido. ¡Cuánta fuerza tenía ese soldado! Y qué desperdicio de bendiciones. Si hubiera nacido noble y con suficiente maná habría sido un excelente activo para la orden.
—¡Díganle al soldado que voy a examinar a su hija! —ordenó, observando como los dos soldados más cercanos a él deshacían la transformación de sus schtappes y corrían donde el soldado para informarlo de la situación.
Si este fuera un caso normal ni siquiera se tomaría la molestia de revisar a la criatura. Su curiosidad era mayor a su sentido común.
Tragándose un suspiro por la insistencia del hombre de cabellos azul medianoche, Ferdinand se retiró el casco y un guantelete y llevó la mano a la frente de la menor. Tenía fiebre.
A continuación, miró sus manos diminutas, tomando una con cuidado de no romperla hasta sentir el pulso y comenzar a contar. Parecía que su pulso estaba bien, si acaso algo rápido por la fiebre, o al menos eso creía. No tenía idea si el pulso de los plebeyos debía medirse bajo los mismos parámetros que el pulso en los nobles.
Quizás por la desesperación del hombre o por lo frágil que se veía la criatura, su mano comenzó a peinarla y pronto incluso a limpiarla con un pañuelo que había comprado hacía años. Por alguna razón no deseaba entregar a la pequeña toda desaliñada… bueno, exceptuando por la ropa rota que no tenía manera de recomponer. Además, tenía que constatar que esta seguiría viva luego de entregarla o sus esfuerzos por talar el trombe sin dañarla a ella habrían sido inútiles e infructuosos y no había nada que odiara más en el mundo que gastar su tiempo y su energía en causas perdidas… salvo por Lady Verónica. A ella la odiaba más que a ninguna otra cosa.
Estaba ocupado con la pequeña cuando la notó siseando, moviéndose como si fuera un pequeño zantze intentando escapar.
—Estate quieta, ya casi he terminado de revisarte.
Un par de orbes dorados y un poco febriles se asomaron entonces en el pequeño rostro de la niña, desvelando lo que parecía una pequeña Mestionora que lo descolocó por un momento. No era usual encontrar ese color exacto de ojos combinado con ese tono de cabello.
La niña dejó de removerse, mirándolo entonces y balbuceando.
—¿Dijiste algo?
La pequeña Mestionora plebeya parpadeó un par de veces. Pronto notó algo de vida en sus ojos y curiosidad. Una diminuta sonrisa emergió en sus pequeños y delicados labios rosados y una angustia que no había notado pareció desaparecer en ese momento.
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó sin dejar de mirar a la niña, esperando que se diera cuenta de que estaba en brazos de un desconocido y comenzara a hacer preguntas o a tratar de bajar. Incluso podría esperar gritos o un sonrojo.
—Si, gracias —murmuró la niña más calmada de lo esperado—. Solo estoy cansada y, tssss. Mi dedo. La planta esa se coló en un pequeño corte en mi dedo y lo rasgó más.
Apenas escucharla comenzó a inspeccionar sus manitas. Primero la que usó para tomarle el pulso y luego la otra, encontrando un corte bastante largo que lo hizo preocuparse y desconfiar un poco. Decidió curarla primero con una bendición y averiguar después. Si la sangre de esta niña fue suficiente para fertilizar un trombe hasta ese punto, entonces debía tener más maná de lo normal en un niño plebeyo con devorador. ¿Quizás su maná alcanzaba la media de un mednoble?
De ser el caso, era un alivio que fuera una niña tan pequeña. Todavía tendría oportunidad de vivir calgunos meeses más antes de que no fuera capaz de contener el maná en su interior y explotara. Podría investigarla con ayuda de Justus y quizás sacar un poco de partido. Con la guerra todavía en curso, la falta de maná a causa de los nobles caídos durante los enfrentamientos bélicos sería un problema terrible a futuro.
El dedo de la pequeña estaba curado por completo. Todavía tenía un poco de fiebre, pero sus ojos se veían bien, al igual que su pulso, sin embargo…
—Demasiado pálida —murmuró Ferdinand pensando en lo poco que le gustaba como se veía. Enferma—. Dime, niña. ¿Tienes el devorador?
Necesitaba confirmarlo de algún modo.
—¿Qué? —le respondió ella con voz cansada e infantil—. ¿Cuál devorador? ¿qué es eso?
Así que no lo sabía… bueno, era una plebeya de la parte más pobre de la ciudad. Su ignorancia era de esperarse. Lo malo es que eso solo le dejaba una manera de verificarlo.
—Entiendo. ¿Me permitirías verificar algo?
—¿Qué?... supongo.
La niña estaba exhausta, sin embargo, no se movió, temblando apenas un poco como si tuviera escalofríos cuando introdujo un poco de su maná en ella para revisarla.
En efecto, tenía maná. No sabía cuánto con exactitud, pero debía ser una cantidad considerable. También podía percibir algunos topes en su interior, como piedras en un río. Cúmulos de maná. Si al menos pudiera llevarla a su finca podría ponerla en el círculo médico para revisar sus conductos y verificar que tan grandes eran… pero el padre se notaba nervioso, la niña muy débil y, en definitiva, no tenía un buen motivo para seguirla estudiando por más tiempo.
Soltó un suspiro cansado. Nunca había tenido la oportunidad de revisar un niño con el devorador. Podría ser una investigación interesante, quizás hasta podría ayudar a que el ducado saliera a flote con lo que se les venía encima, pero… volviendo su atención al problema a mano, dudaba de que la niña pudiera siquiera ponerse en pie.
—Parece que te drenó demasiado. Eso explica el crecimiento inusual.
Demasiado maná para un plebeyo tan pequeño. Ese era su diagnóstico.
¿Pero cuánto era demasiado? Quizás si encontraba un modo de hacerse con la niña y conseguía un modo de medir su maná… claro que antes de medir su nivel tendría que verificar su edad, medirla, pesarla y verificar que no hubiera ningún noble en su familia o si había otros devoradores con ella… ¿podría estar comprimiendo? No, era una niña demasiado pequeña para eso… pero el tamaño del trombe…
—Voy a darte algo muy, muy valioso, así que asegúrate de beber un pequeño sorbo. Te hará sentir mejor, lo prometo.
La niña debía estar todavía asustada a juzgar por sus ojos llorosos y el sonrojo cubriendo sus mejillas de manera parcial. Aun así, la notó asintiendo y él se apresuró a sacar un vial con una de sus pociones de recuperación. Una de intensidad más baja que las que solía usar para sí mismo. No estaba muy seguro de la dosis, pero se hacía una idea.
—Un pequeño sorbo, niña —comenzó a advertir, recordando que muchos de sus compañeros lo habían acusado de intentar envenenarlos cuando les vendía pociones—. Tu familia no podría pagar el contenido completo ni siquiera trabajando cinco años seguidos.
La criatura tembló y apretó los labios, abriendo mucho los ojos como si temiera por su vida. Estaba comenzando a impacientarse cuando forzó la boca de la niña con un poco más de fuerza de la necesaria, dejándole caer apenas una cuarta parte del vial en cuanto abrió un poco la boca. Ferdinand guardó la poción y devolvió su mirada a la paciente en turno.
Si bien estaba haciendo un gesto demasiado exagerado por el mal sabor, algo de color volvió a su rostro, dejándolo más tranquilo.
—Está listo —le anunció comenzando a caminar con ella todavía en brazos.
—¡Myne! —gritó el soldado, tratando todavía de lanzarse sobre él y la niña, la cual entregó de inmediato al hombre de cabello azul.
—¡Myne! ¡Myne, ¿estás bien?! —exclamó un niño rubio con el cabello tan limpio y brillante como el de la pequeña. ¿Serían hermanos?
—Niño, ¿tú estabas aquí con ella?
Con lo pequeña que era esa plebeya, estaba seguro de que alguien debía estarla cuidando ahí. El rostro serio del muchacho fue suficiente confirmación, que asintiera diciendo que sí solo terminó de confirmarlo.
—¿Qué pasó?
Y entonces escuchó cómo la niña estuvo pidiéndole que la llevara más adentro para… ¿ver las plantas? Al parecer quería buscar frutos que pudieran comer en casa, así que el chico aceptó. Cuando se dio cuenta, la niña pareció caer entre un par de matorrales y luego comenzó a pedir ayuda.
El niño vio como la planta crecía y se enredaba con rapidez en el cuerpo de la pequeña. Intentó cortar los germinados sin mucho éxito y cuando la niña estaba de verdad atrapada, decidió ir a buscar a los soldados para pedir ayuda… resultó que no era su hermano, sino su vecino.
Cuando los soldados llegaron les fue imposible subyugar el trombe que creció tanto como un adulto más bajo que él. La niña estaba desmayada para ese momento. Cuando los soldados notaron que no podían cortar las ramas fibrosas y cada vez más fuertes, optaron por invocar a la orden… fue entonces cuando ellos llegaron, con el trombe que casi había terminado de cubrir a la niña para hacerse con el maná de su sangre y su cuerpo.
—Entiendo, muchas gracias.
A continuación fue donde la niña, sorprendiéndose cuando su padre la ayudó a bajar y se mantuvo de rodillas resguardándola, esperando con paciencia a que ella terminara de confirmar que fue su culpa sin tambalearse ni una vez a pesar del cansancio que implicaba erguirse, confesando que estaba tan emocionada ante la cantidad de plantas nuevas que no pudo evitar tocarlas todas. La niña relató cómo se había hecho una pequeña herida accidental con un árbol de pomme y luego como el trombe parecía decidido a tomar su sangre e incluso sus lágrimas. El niño le tuvo que instruir para que dejara de llorar cuando notaron que las ramas de la planta estaban reptando hacia su cara. Se desmayó en algún punto luego de ser estrujada y lastimada por el siniestro árbol.
—Muy bien. Gracias por confirmarlo —le dijo a la niña, aguantando las ganas de darle un par de palmadas en la cabeza. No sería correcto que la tratara con tanta familiaridad y de todos modos no tenía idea de cómo hacerlo.
Ferdinand formó su bestia alta y dio la orden para irse. Estaba por montar cuando el soldado llamó su atención con esa voz potente con que había estado clamando por su pequeña.
—¡Muchas gracias por salvar a mi hija, Lord Comandante! —dijo el soldado entonces y todos los plebeyos se postraron ante él agradecidos… era algo extraño ver gente desconocida actuando como lo haría su séquito.
La niña, sin embargo, no se arrodilló, solo lo miró estupefacta con esos grandes ojos de luna y él, para no sentir que necesitaba tomarla para llevarla a su casa y seguirla estudiando, se colocó el casco y se preparó para subir a su montura.
—¡Muchas gracias por salvarme, Lord Comandante! ¡Mi nombre es Myne!
Eso lo tomó desprevenido y un sentimiento cálido se apoderó de él. Volteó entonces para mirarla una última vez. Myne. Un nombre de plebeya sin duda alguna para una pequeña Mestionora.
En definitiva, apenas tuviera un poco menos de trabajo enviaría a Justus a la parte norte de la ciudad baja a investigar, por mientras, se conformó con solicitar un registro de los soldados en la puerta sur y el nombre del que se parecía tanto al dios del fuego.
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–¡Ferdinand! Acércate, hijo… ¡Los demás, fuera! ¡Incluso tú, Verónica! Déjenme solo, con mi hijo.
Estaba peor de como lo recordaba. No era extraño que su hermano fuera en persona a sacarlo de las barracas para llevarlo junto al lecho de muerte de su padre… porque estaba muriendo.
Adalbert Aub Ehrenfest parecía una cáscara rota y casi vacía. Tan delgado que temía romperle algo si lo tocaba. Su piel estaba tan reseca y arrugada que parecía un pergamino viejo, a punto de desintegrarse en el viento. Sus ojos hundidos en cuencas demasiado oscuras lo miraban con… arrepentimiento y dolor. ¿Lo había decepcionado de algún modo?
Estaba por preguntar, arrodillado al lado de la cama cuando notó que el hombre sacaba una piedra de entre sus cobijas… no una piedra, un capullo blanco… un nombre.
–Ferdinand… yo… con mi última voluntad… te devuelvo tu nombre… y te ruego… que protejas Ehrenfest y ayudes a tu hermano.
El maná de su padre lo soltó de un modo doloroso… no, no era la magia la que lo estaba lastimando sino la situación en sí. Lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas y bajó la cabeza, avergonzado por mostrarse tan débil frente a un moribundo.
–Padre, puedes estar seguro de que daré mi vida por el ducado y por mi hermano, incluso si no deseas llevarme contigo, incluso si no es tu última voluntad.
Cuando levantó la mirada encontró vergüenza en el rostro de su padre, quién suspiró con cansancio antes de adelantar la mano, ofreciendo la piedra de nombre a su legítimo dueño.
–Se lo dije… pero ella nunca me creyó. Mi Ferdinand… es un buen hijo… y un excelente hermano… no importa que seas un gran estratega… o los apodos por los que te llamen… tú siempre serás mi más grande orgullo… eres la bendición que no merecía, Ferdinand… y por ello, te pido perdón.
Ferdinand tomó su nombre y la mano de su padre sin comprender. ¿Perdón? ¿Porqué?
–¿Padre? ¿Quieres que te examine o te dé alguna poción? Estás comenzando a desvariar.
Una sonrisa se formó en los labios de su padre. Era por mucho el gesto más sincero y transparente que el hombre le hubiera dedicado nunca.
–No, Ferdinand… no estoy desvariando… solo acepto, mis culpas. Te vi como un activo… un apoyo potencial… cuando debí mirarte como a Sylvester. Un hijo amado, colmado de bendiciones… Debí protegerte de su ira… de sus celos… Fui afortunado, de ser escogido para fungir como tu padre, Ferdinand… pero nunca estuve a la altura… yo no…
–Padre, basta, por favor.
No podía dejar de llorar ni soltar la mano que buscaba con desesperación y un hambre insana de afecto. Luego sonrió para su padre.
–No importa eso, padre. Estaba destinado a morir para alimentar otras tierras… tú me acogiste cuando nadie más lo hizo. Me diste una educación y un propósito, a mí, un simple fruto fallido. Será un honor nutrir tus tierras y ser un pilar para mi hermano, padre. No hay nada que perdonar.
La sonrisa de Adalbert se desvaneció y lágrimas gruesas y brillantes comenzaron a correr por el rostro del hombre que envejeciera veinte años en cuestión de un par de semanas.
–¿Lo ves, Ferdinand?... Eres un mejor hombre, que todos nosotros… Por favor, sin importar cuánto te bendiga Glükitat con sus pruebas… nunca pierdas esa amabilidad… busca algo, que sea solo tuyo… ahora abrázame, hijo mío… No me dejes subir solo.
Y así lo hizo.
Tenía diecisiete años y era la primera vez que el hombre al que llamaba padre se mostraba tan sincero y compungido por su destino. Eso era lo menos importante. Había un poco de afecto ahí para él y a eso se aferró mientras envolvía el cuerpo cansado y moribundo con tanto cuidado como pudo, conteniéndose un poco para no aplastarlo bajo la fuerza de su propio afecto.
–Descansa, padre. Descansa. Yo estaré aquí.
No recordaba cuando fue la última vez que se deshizo en llanto, lo cierto es que cuando se dio cuenta, Sylvester estaba acostado en la cama, llorando al otro lado de su padre que aún respiraba de manera superficial para abrazarse a ambos.
Así fue como Adalbert Aub Ehrenfest subió la imponente escalera. Entre los brazos de los dos jóvenes a quienes alguna vez llamó hijos, bañándose en el llanto de ambos.
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Una semana después, Ferdinand no paraba de tocar su cuello y su nuca en busca de la larga trenza que otrora portara con orgullo sin encontrarla, aguantando con su máscara noble, observando desde lejos y portando las túnicas azules del templo.
Era el funeral de su padre y no tenía permitido acercarse ahora que ya no era un noble.
Dolía mirar todo como lo veía Verónica… con él sin formar parte de esa familia, sin tener derecho a mirar el cuerpo de su padre una última vez o estar de pie a su lado conforme el Sumo Obispo llevaba a cabo los ritos funerarios, atravesando al final el órgano de maná de su padre para dejar tan solo una piedra fey sobre la base de piedra en que su cuerpo estuviera momentos atrás… incapaz de ofrecerle su hombro a Sylvester o aceptar el hombro de su hermano.
Cuando todo terminó, Verónica lo miró a lo lejos. Parecía conmocionada y rota… tragándose todo para dedicarle una sonrisa venenosa de burla y triunfo. Al fin lo había removido de la sociedad noble y de la corte… o eso debía pensar. La realidad de las cosas era que Sylvester estuvo escuchando a su madre las últimas dos semanas echando toda clase de pestes sobre él, asegurando que Ferdinand intentaría robarse el ducado, que mataría a Sylvester… en sí, que era un monstruo que debía ser removido a toda costa del jardín de los dioses.
—No tengo idea de que pueda hacer mi madre, Ferdinand. ¡Está demasiado perturbada por la muerte de nuestro padre!... temo que cometa una locura. Sabes que te aprecio y que confío en ti por sobre todo, pero… no creo que pueda protegerte de mi madre… Lo entiendes, ¿verdad?
—¿Qué propones entonces? Le prometí a nuestro padre que te ayudaría con el ducado.
—Escóndete en el Templo, Ferdinand. Encontraré la manera de traerte de regreso cuando las cosas se calmen, por mientras, toma los hábitos de sacerdote para que mi madre salga de su idea errónea sobre ti. Un simple sacerdote no puede hacer nada para reclamar un ducado.
Lo consideró un poco, mirando con desconfianza la copa con ese líquido llamado vize que tanto amaban Sylvester y Karstedt antes de dar un pequeño sorbo, sintiendo como el líquido abrazaba su garganta como si fuera el fuego de Leidenshaft, recorriéndolo hasta llegar a su estómago donde lo dejó de quemar.
—Si eso te ahorra problemas, entonces lo haré, Sylvester. Encontraré una forma de ser tu pilar desde el Templo si no hay más opción.
—¡Gracias, Ferdinand! ¡Perdóname por ser tan incompetente con esto! ¡Pero es que es mi madre! Yo…
Los cánticos estaban llegando a su final y Ferdinand volvió al presente.
Estaba hecho.
Ya no era el Lord Comandante de la Orden de Caballeros. No era un ministro. No era un erudito. No era un noble… ahora no era nada más que un sacerdote de hábito azul… uno al que el Sumo Sacerdote no tardó en tomar bajo su ala dentro del templo para educarlo.
Ambos hombres lo sabían, la guerra terminaría pronto y entonces rodarían cabezas por todas partes y no sabían cómo les afectaría aquello… el Sumo Sacerdote creía que la Soberanía comenzaría a reclamar personal para llenar sus templos, sus oficinas y cualquier puesto que hubiera quedado vacío sin importarles dejar a los demás ducados desprotegidos y cortos de personal y de maná, las familias nobles comenzarían a reclamar a sus hijos abandonados para reemplazar aquellos que se perdieran durante el pleito entre los príncipes soberanos… y Ferdinand estaba de acuerdo con él. Tenía mucho que aprender ahora.
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Tal y como habían temido, las casas nobles comenzaron a tomar de vuelta a algunos de los sacerdotes azules con más maná en el Templo. En el proceso se descubrió que la hermana Margareth, directora del orfanato, fue rechazada de manera contundente por su familia luego de que ella intentara llevarse consigo a un par de niños menores a doce años y a Fran, el sacerdote gris que el Sumo Sacerdote le otorgara como asistente apenas llegar… y por alguna razón, la encontraron muerta a la semana siguiente, su cuerpo colgando sin vida de una de las ventanas.
El Sumo Sacerdote anterior, quien lo estuvo entrenando, se aseguró de guiarlo para que conociera todos los rituales, siendo su último acto como Sumo Sacerdote de Ehrenfest tomarle el juramento a Ferdinand. Después de eso le advirtió que mantuviera los ojos abiertos y la boca cerrada ante los excesos del Sumo Obispo. El viejo y agradable sacerdote fue solicitado para el Templo de la Soberanía ya que Ehrenfest se mantenía neutral todavía, de modo que lo único que podían sacarles eran sacerdotes para el Templo Soberano.
El inicio de su vida como Sumo Sacerdote fue… curioso.
Beezewants, el insufrible hermano menor de Lady Verónica intentó convencerlo toda la primavera de tomar algunas flores o bien aceptar beber vize con él como si fueran viejos amigos. Desdeñó ambas, por supuesto. El vize no le gustaba demasiado, las únicas personas con las que estaba dispuesto a beber aquel brebaje ardiente eran su hermano mayor y su primo que ahora era el Lord Comandante de la Orden de Caballeros además de Capitán de la Guardia de Aub Ehrenfest.
El viejo y gordo inútil que no hacía más que botarle todo el trabajo de escritorio no pareció tomarse muy bien su negativa. Ferdinand encontró veneno en su comida dos días después de la fecha en que debería cumplir los diecisiete, aunque la dosis y el tipo de veneno le provocaron más risa que malestar. Verónica acostumbraba alimentarlo con venenos mucho más potentes y peligrosos, esto parecía la broma de un niño mimado en comparación.
Por supuesto, tuvo que reciprocar, consiguiendo el mismo tipo de veneno y asegurándose que lo vertieran en la comida del Sumo Obispo y sus asistentes unos cinco días después. El viejo mantenido pasó dos días indispuesto al igual que el resto de su servidumbre. Ferdinand no podía estar de mejor humor luego de eso. La siguiente vez que se topó con el hombre, no dudó en burlarse de él de forma desdeñosa con una de las tantas frases que Verónica solía murmurarle luego de alimentarlo con veneno y verlo revolcarse de dolor, sosteniendo su estómago con lágrimas en los ojos a punto de vomitar.
Luego de eso, su tiempo en el templo fue… tranquilo. Demasiado tranquilo. Por primera vez en mucho tiempo tenía espacio en su agenda para leer o hacer algunas investigaciones sencillas acorde a sus propios intereses, después de todo, los documentos del templo eran tan sencillos como los de las barracas, con la diferencia de que aquí solo entrenaba a sus asistentes y no tenía que cuidarse de hombres o mujeres desvergonzados. Luego de envenenar a Beezewants, ni siquiera las doncellas grises con peor reputación se acercaban a él y lo agradecía, por supuesto. Apenas Sylvester se coló en el Templo disfrazado de sacerdote para pasar un rato con él, le comentó que con tan pocos ingredientes y material de formulación además de obligaciones se sentía aburrido. Su hermano sonrió de manera desvergonzada, preguntándole si estaría bien enviarle un poco de documentación del castillo para que lo atendiera.
La promesa a su padre resonó en su interior y aceptó. Podía serle de utilidad a Sylvester con esa documentación, la cual no tardó ni tres días en empezar a llegarle… y multiplicarse con rapidez.
Para cuando llegó el verano estuvo ayudando con el registro de los plebeyos que iban a bautizarse. Regañó a algunos que no dejaban de platicar en la fila, relajándose cada vez que conseguía un silencio relativo, al menos, hasta toparse con una pequeña mano decorada con una herramienta mágica para niños.
Ferdinand levantó la mirada sin saber muy bien qué hacer con la daga que había usado para registrar a los otros niños cuando se encontró con un rostro conocido… mucho más limpio y con ropa en mejor estado, sin hablar del adorno en el cabello tan similar a los adornos que observó esa temporada y la anterior en el cabello de las niñas de la zona norte de la ciudad baja… aun si la dueña de este adorno no parecía haber crecido ni un poco.
—Buenos días, Lord Comandante. Es una extraña coincidencia verlo aquí. Mi padre me dijo una vez que ustedes son… quienes mantienen el orden y hacen investigaciones. ¿Está haciendo una investigación de jimitsuno?
La última palabra no la comprendió, así que no estaba seguro si era un insulto, una broma o un halago.
—¿Jimitsuno? ¿qué significa eso?
La pequeña comenzó a reír apenas con nerviosismo, sonrojándose al darse cuenta de lo que había dicho.
—Ahm… que está… ¿disfrazado para que los malos no lo vean?
'¡Cuanta imaginación! Seguro que Schlatraum tiene sus favoritos.'
Prosiguió conversando con la pequeña Mestionora que ayudó a rescatar de un trombe. Recordó entonces que envió a Justus a investigarla en la ciudad baja sin encontrar demasiada información… información que no tuvo ocasión de usar.
Su plan original era rastrear a la niña, confirmar su nivel de mana y asegurarla como una noble. Incluso estuvo pensando que podría hacerla pasar como familiar de alguno de los miembros de su séquito. Iría lo suficientemente lejos como para conseguir un asistente, caballero o erudito mednoble en caso de que ese fuera el rango de mana de esta niña… pero eso nunca se pudo llevar a cabo, no con la salud de su padre deteriorándose a esa vertiginosa velocidad.
Con la muerte de su padre, su retiro como Lord Comandante, como noble y posterior enrolamiento al templo, seguido del entrenamiento recibido como Sacerdote Azul y la diferencia entre ser un noble y un sacerdote, la niña quedó relegada en el fondo de su mente con tantas otras preocupaciones que dejó junto a su armadura.
Tras reencontrarse con la curiosa plebeya decidió que no la bautizaría todavía. Luego de todo el tiempo que pasó en el Templo, encontró un modo de protegerla y aprovechar su mana al máximo, en especial luego de hablar con ella. Si no contaba la extraña palabra de hace rato, la niña se dirigía al hablar como un adulto… lo cual era algo fuera de lugar.
La observó entonces durante la ceremonia de bautizo, serena y atenta, algo molesta también, como si hubiera descubierto que Beezewants los menospreciaba tanto que se quedó bebiendo y recibiendo ofrendas de flores toda la noche anterior, presentándose con resaca y arrastrando un poco las palabras sin que le importara en lo más mínimo.
Cuando se les enseñó la pose de oración, la niña cayó al piso, retorciéndose como si tuviera mucho dolor. Un alivio que le hubiera ordenado a Fran que la vigilara y encontrara un modo de conducirla a una de las habitaciones vacías del ala de los azules porque de ese modo, su asistente fue capaz de sacarla de inmediato.
No sabía si preocuparse de que la niña hubiera tenido una subida repentina de mana o felicitarla por fingir para poder encontrarse con él porque sus ojos se cruzaron con los de ella mientras Fran la llevaba en brazos y no parecía enferma en modo alguno.
Cuando al fin pudo alcanzarla y luego de que la niña fuera al baño, comenzaron a hablar.
La niña era graciosa en un sentido único. Era como hablar con una mujer adulta de corta estatura, lo que la hacía más interesante. Que pudiera leer sus verdaderas intenciones lo sorprendió un momento, pero también lo liberó de un peso sobre los hombros. Si ella aceptaba la oferta, no tendría que andarse por las ramas. Saciaría su curiosidad y ayudaría al ducado y a Sylvester tal y como había prometido a su padre en su lecho de muerte… si ella aceptaba.
Esa noche llamó a Justus para que investigara de nuevo, recordando la información del padre de la niña para pedirle que investigara esta vez a la familia de la pequeña, consiguiendo mucha más información de lo esperado.
Lo sopesó un par de días. Estaba bastante tentado a hablar con Heidemarie y Eckhart al respecto, sin embargo, no tenía caso llamarlos si la niña y sus padres preferían que ella explotara y dejara un agujero ahí donde debía estar su casa. No. Llamaría a Heidemarie después de hablar con la pequeña Mestionora y sus padres. Los tentaría tanto como le fuera posible y para esto habló con Justus para refinar la mejor manera de convencer a un hombre que se había mostrado más que desesperado por que salvaran a su pequeña hija enferma y a la mujer que, según parecía, solo logró dos embarazos exitosos con al menos cuatro abortos espontáneos a lo largo de los últimos diez años.
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Notas de la Autora:
Para que se emocionen más, de vez en cuando tendremos estos Ss de Ferdinand hablando un poco de cómo la está pasando o que cosas hace fuera de escena. También temo avisar que esta semana es la última que subiré dos capítulos por semana, nos estamos engolosinando, damas y caballeros, y engolocinarse nunca es bueno.
Sin más por el momento, cuídense mucho y que tengan un excelente inicio de semana.
SARABA
