La Revolución de Mestionora
La Vida en el Templo
Las visitas de Lutz al templo duraron más de lo esperado por el Sumo Sacerdote, por supuesto, pronto se volvieron más breves, ya que debía enseñarle a Fran como monitorearla antes de poder centrarse en montar del todo el taller de papel dentro del Templo. Myne esperaba encontrarse con problemas de algún tipo para tomar control sobre el orfanato o que tomaría un par de semanas… sin embargo, la documentación que acreditaba su toma de posesión como directora estaba lista para su segundo día en el Templo.
Por órdenes de Ferdinand, Fran le mostró las habitaciones que ocuparía ahora y sus doncellas se encargaron de limpiarla, con Rossina suspirando y quejándose todo el tiempo de que el trabajo de limpieza afectaría sus manos y las estropearía para tocar el harspiel.
"Rossina, limpiar es parte de tus responsabilidades" amonestó Fran en un tono extraño aquel primer día en los nuevos aposentos.
De hecho, a pesar de no conocerlo mucho, Myne consideraba que Fran se ponía pálido cada vez que entraban a esa habitación. Su postura demasiado rígida. Su voz sonando un poco más fuerte y casi una octava más alta y aguda. El muchacho de catorce años parecía asustado, lo cual solo se sumaba a la obvia incomodidad que detectaba en él desde que le fue asignado como asistente.
Al cabo de una semana, cuando el cuarto estuvo limpio y se cambiaron la ropa de cama y las cortinas por unas enviadas por Heidemarie, Myneira le pidió a Fran que se sentara con ella un momento, notando el estrés que la petición le causaba al chico.
–No quiero importunarte de modo alguno, Fran. Solo noté algunas cosas que quiero resolver y de verdad me siento conflictuada si tú estás de pie y yo me mantengo sentada. Soy tan pequeña que mi cuello comenzará a dolerme pronto, je je, eso sin contar con que siento que vas a regañarme porque eres mayor que yo.
Eso pareció tranquilizar al chico, el cual se acomodó entonces en una de las sillas. Aún así, se negó a aceptar dulces o una taza de té.
–Sería inadecuado, Lady Myneira. Por favor…
–Entiendo –musitó ella sin entender del todo antes de mirar a su alrededor. El Sumo Sacerdote le había pedido esperarlo ahí, así que llegaría en media campanada más, por lo que encargó a las chicas preparar la recámara en el piso de arriba a fin de tener un poco de intimidad–. Fran, ¿te molesta o preocupa algo? Imagino que no es fácil volverte el asistente de una niña, pero…
–No, no es nada, Lady Myneira.
Estaba sudando. Podía ver las pequeñas perlas traslúcidas comenzar a salir por los poros en la piel del cuello y las sienes de Fran, preocupándola.
–Fran, quizás no lo parezca porque no me han bautizado, pero puedo ser muy perspicaz –pasé por un esposo demasiado arrogante, dos hijos que no siempre estaban dispuestos a hablar conmigo y tres nietos que se fastidiaban con facilidad con sus padres… además de observar gente sacando libros de la sección de autoayuda por más de treinta años–... Me parece que no has estado a gusto desde que te asignaron como mi asistente y algo te incomoda mucho a últimas fechas. Si no me dices que te molesta, no podré ayudarte y terminaremos cayendo en malos entendidos.
La niña puso su mejor sonrisa maternal. Lo habría tomado de las manos para darle más confianza si Fran no la hubiera estado amonestando toda la semana por tomar a Lutz de la mano cuando estaban en el Templo o cuando lo llegaba a abrazar cerca del final del día para recargarse, después de todo, sus nuevas actividades la dejaban más cansada de lo esperado debido a su cuerpo débil y enfermizo.
Myneira tomó un pequeño sorbo a su té para darle tiempo a Fran a acomodar sus ideas, esperando paciente hasta que el joven se dejó caer un poco al frente, encorvándose como si cargara un gran pesar en la espalda.
–Lamento mucho que mi actitud la preocupa, Lady Myneira. Yo solía ser el principal asistente del Sumo Sacerdote desde que la hermana Margareth murió y él ascendió de sacerdote azul a Sumo Sacerdote.
Ella asintió, comprendiendo un poco del descontento de Fran. Cuando este no dijo nada, ella tomó aire sin dejar de sonreírle.
–Fran, yo pienso que el Sumo Sacerdote te tiene en muy alta estima. Yo no conozco bien el sistema dentro del Templo y mi salud es precaria desde siempre. Necesito de un apoyo especial, alguien que sea responsable, diligente y que además aprenda con rapidez. En pocas palabras… soy un montón de problemas. El Sumo Sacerdote no podía poner a cualquier persona como mi jefe de asistentes si además planea llevarme a la sociedad noble. ¿Entiendes que te han dado este cargo debido a cuánto confían en ti, Fran?
Los ojos del muchacho se abrieron con sorpresa y el entendimiento no tardó mucho en llegar a su rostro junto con una pequeña sonrisa de satisfacción y un pequeño sonrojo en su cuello y sus orejas. Ella también sonrió entonces, dando otro sorbo a su té para permitirle a su asistente saborear las implicaciones de su descubrimiento.
–Fran, necesito saber si hay algo malo con mis habitaciones nuevas o con mi puesto como directora del orfanato. El Sumo Sacerdote nos informó que no podré salir del templo durante el invierno, así que necesito saber si hay fantasmas o algo así.
Lo que intentó ser una broma solo desconcertó por completo al asistente que la miró más confundido que nada.
–Lady Myneira… ahm… ¿qué es un oba-ake?
De algún modo, Myne suprimió las ganas de llevarse la mano a la cara por su pequeño desliz. No tenía idea de cuál era la traducción de la palabra que utilizó en japonés como si nada, de hecho, hasta ese momento se dio cuenta de que cada vez que desconocía una palabra, la decía en japonés como si fuera lo más normal. Tendría que cuidar más su discurso de ahora en adelante.
–¡Era una broma, Fran! Me refería a que no hay, ahm, personas muertas deambulando sin sus cuerpos por esta habitación o por el orfanato, je je je –intentó reír, sonando demasiado estúpida ante aquel sonido cargado de nerviosismo.
Fran la miraba ahora con los ojos muy abiertos, mirando a uno y otro lado antes de mirarla a ella y acercarse tanto como la mesa lo permitía para hablarle en voz muy baja.
–¿Ha visto alguna vez una abominación como esa, Lady Myneira?
–No, pero alguna vez escuché historias sobre… ese tipo de cosas. No sé si eran invento o realidad, pero pensé que rompería un poco de tu… reticencia a hablar.
Ambos se hicieron de nuevo para atrás. Fran la miraba primero como a un bicho raro y luego le sonrió divertido antes de soltar un suspiro y volver a un semblante más abierto, dejando ver algo más que miedo o preocupación.
–La hermana Margareth solía ser la Directora del Orfanato… –fue como Fran comenzó su explicación.
Myne recordó en ese momento que Fran mencionó antes que la hermana Margareth había muerto, haciéndola pensar que tal vez estaba de luto por ella todavía, sorprendiéndose cuando Fran admitió que no la había pasado bien sirviéndola y que asistir al Sumo Sacerdote, aunque pesado, fue una bendición para él.
La niña se preguntó que pasó entre ambos con exactitud para que el chico se mostrara tan nervioso, incómodo y asustado, renunciando a preguntar conforme el relato de Fran avanzaba–. Nunca esperé volver a servir… a una mujer… en estos aposentos. Lamento mucho estarle causando inconvenientes con mis problemas.
No importaba que le hubieran hecho, solo sabía que lo que fuera, Fran fue lastimado.
Determinada ahora a apoyarlo hizo lo único que pudo. Sonrió con calidez en lo que se ponía en pie y caminó hasta Fran con determinación.
–Fran, yo no soy la hermana Margareth ni pretendo ser como ella. Mi meta es mejorar las vidas de todos los que pueda, ya sea la gente de la ciudad baja, los huérfanos del templo o mis asistentes. Si alguna vez te pido que hagas algo que te incomode, por favor infórmame para que pueda asignar a otra persona o cambiar mi petición. No podré descansar tranquila sabiendo que mi gente está resentida, incómoda o lastimada. ¿Lo entiendes?
Su asistente la miró con ternura y una sonrisa, bajando de la silla para poder arrodillarse frente a ella y cruzarse de brazos en sumisión.
–Sus palabras son un bálsamo, milady. Prometo atesorarlas y esforzarme por sacudir los malos recuerdos que empañan mi rendimiento a fin de servirla como es debido.
No pudo evitar posar su mano en la cabeza de Fran, acariciando sus cabellos y enredándolos un poco. Apenas darse cuenta de lo raro que debía verse una niña pequeña tratando a un adolescente como si fuera su abuela, retiró la mano y la escondió detrás de su espalda, sonriendo de forma tonta cuando Fran la miró desconcertado.
–Espero no haberte insultado de modo alguno –dijo con rapidez, demasiado avergonzada y hablando de manera atropellada–, es solo que, en verdad quiero protegerte a ti y al resto de mis asistentes…
Fran sonrió, haciéndola detenerse de hablar y respirar antes de quedarse sin aire.
–Muchas gracias, milady. Nos esforzaremos mucho para que no tenga que preocuparse por nosotros.
.
La inspección del Sumo Sacerdote estaba por terminar.
El chico era un perfeccionista sin remedio, verificando la luz, el acomodo de los muebles, incluso el nivel de limpieza y la cantidad de polvo en cada superficie ignorando de forma magistral el carrito de servicio con té y galletas que le tenían preparado.
Myne no sabía si sentirse aliviada o incómoda. Parte de su tiempo lo invirtió en entrenar a los chefs que le consiguió el señor Benno: Elah y Hugo, para mejorar la comida. Si bien era mejor ahora, todavía no llegaba al nivel de Effa o Tuuri… por no hablar de los postres. Liesse, la cocinera personal de su amiga Frieda estaba por alcanzar el equivalente al nivel de un repostero profesional japonés… por supuesto, el muchacho que cocinaba para ella no estaba ni cerca de alcanzar a Liesse.
–Tus asistentes han hecho un buen trabajo. Es una pena que no cambiaras los muebles como te indiqué, salvo por el escritorio y esa mesita de ahí, no veo que cambiaras nada.
–Agradezco su atención a los detalles, Sumo Sacerdote, sin embargo, tal y como les expliqué a mi hermana Heidemarie y mi futuro padre adoptivo, Eckhart, los muebles están en buen estado. Salvo por cambiar esos dos muebles por los que tenía en la habitación anterior, no veo necesidad de hacer un gasto tan grande en este momento. Además, hacer muebles lleva bastante tiempo. Imponerme en el gremio de carpinteros para que me tengan todo para amueblar esta habitación con demasiados detalles no hará más que quitarles tiempo de sueño, de comida y con sus familias.
El muchacho la miraba ahora con algo de fastidio y sin comprender del todo. Era como si estuviera a punto de decirle '¡Tonta! Los problemas de los plebeyos ya no son tu problema. Deja de darnos problemas a nosotros y haz las cosas como se te pide.'
–De todos modos, debes cambiar el mobiliario de esta zona al menos. Ya que aquí es donde estarás recibiendo visitas, tu mobiliario debe reflejar el estatus de un archinoble, no el de un mednoble.
–Archinoble, mednoble… esto es un poco discriminatorio, pero lo entiendo. Sigue pareciéndome un despilfarro innecesario. Buscaré un modo de mejorar los muebles sin gastar tanto y que pueda ser más rápido sin causar demasiado estrés al gremio.
Ahora sí se veía molesto, pero no podía hacer nada. Comprendía que el Sumo Sacerdote usara la planta baja de su nueva habitación como una recepción empresarial y que, por lo tanto, estuviera tan empeñado en que se viera más presentable, pero también sabía que exigirle muebles nuevos en menos de una semana al gremio de carpinteros mataría a más de uno por trabajo extremo, por no hablar del dinero. No tenía idea de cuánto tenían Heidemarie y Eckhart, solo estaba segura de que ese dinero deberían usarlo en ellos, en sus propios muebles y en su propia casa. Después de todo serían una pareja de recién casados dentro de casi un año.
Myne devolvió su atención al Sumo Sacerdote, el cual dejó de deambular por la zona de visitas para quedarse de pie junto a la escalera, descolocándola y haciéndola preguntarse si también iba a inspeccionar la zona de dormitorio que no estaría usando hasta el invierno y que nadie más iba a ver de todas maneras.
Cuando el peliazul la miró, estaba tan serio como un oficinista al que se le ha asignado un nuevo proyecto de trabajo.
–Myneira, ven aquí. Ya que pronto serás una noble reconocida, es mejor que te preparemos una habitación oculta.
–¿Una, qué?
Por el rabillo del ojo notó a Fran tensarse, haciéndola respingar también.
Más allá de notar que maestra y asistente estaban ahora preocupados, el Sumo Sacerdote solo se mostró impaciente cuando ella no se movió de su lugar.
–¡Myneira!
Su cuerpo tembló en ese momento, saltando fuera de la silla y casi cayendo al suelo por el impulso. El Sumo Sacerdote se cubrió el rostro entonces, mascullando lo que a todas luces, era una oración o una súplica para no matarla y luego tomó aire para recomponerse.
Sus otras asistentes notaron aquello de inmediato, siendo Hanna la primera en llegar junto a ella.
–Hermana Myneira, debería ir. Nada malo le pasará en compañía del Sumo Sacerdote, además, tener una habitación oculta puede ser muy divertido.
La niña miró a sus otras tres asistentes y todas le sonrieron convencidas, asintiendo también.
–La hermana Christine solía usar la suya para afinar su harspiel o tomar un descanso luego de un mal día –intervino Jenni–. Una habitación oculta es un honor que solo consiguen quienes tienen familias nobles.
Miró a Fran una vez más. El chico solo suspiró con tanto disimulo como pudo antes de sonreírle de nuevo.
–Como bien ha dicho, usted no es la hermana Margareth, milady, así que debería estar bien.
Ella asintió y luego caminó donde el Sumo Sacerdote.
Ambos subieron las escaleras seguidos por Jenni y Rossina. Su habitación pasó por una inspección bastante rápida y luego ambos se detuvieron frente a un muro cuya única decoración era lo que parecía una piedra o un pequeño domo de cristal grisáceo y redondo.
–Myneira, escúchame muy bien. Quiero que imagines una habitación. La altura del techo. Su tamaño total. Imagínala como si pudieras verla.
Ella cerró los ojos y trató de hacerlo antes de detenerse para pedir más explicaciones.
–¿Para qué usaré esta habitación?
–Como tus asistentes han explicado, tu habitación oculta es un lugar donde puedes descansar luego de un día difícil, sin embargo, también puedes ocuparlo para otras cosas.
–¿Usted tiene una habitación oculta, Sumo Sacerdote? –el muchacho asintió–. ¿Y para qué lo usa, además de descansar?
–Guardo en él mis cosas valiosas, ya que nadie más que yo puede ingresar. En ocasiones la ocupo para formular pociones que pueda necesitar y guardar ingredientes.
'¿Pociones? ¿Es un brujo o algo así?'
Myne agitó apenas la cabeza para sacarse la idea del Sumo Sacerdote en una túnica negra con un sombrero de ala ancha terminado en punta, riendo de forma malvada sin dejar de mover un enorme cucharón dentro de un caldero burbujeante del tamaño de una tina con una escoba detrás de él, para centrarse en pensar qué tipo de espacio necesitaría ella.
Un lugar donde descansar al que nadie más tuviera acceso. Le gustaría poder escribir en japonés de vez en cuando, así que debería caber un pequeño escritorio. Por otro lado, ya que no se le permitía interactuar demasiado con la comida dentro de las cocinas y cuando llegaba a casa la cena ya estaba hecha, podría instalar ahí una alacena y una pequeña caldera como la que tenían en casa para tratar de preparar ella misma algunas comidas, de modo que fuera más fácil explicar a su cocinero las cosas que deseaba. Quizás debería considerar también colocar un sofá de tres plazas para recostarse y luego tradujo todo en medidas de tatami.
Ella misma nunca fue muy tradicionalista al momento de vivir como Urano, y Tetsuo tampoco… de todas formas, con el paso de los años una de las habitaciones de su antiguo hogar terminó teniendo una pequeña salita de té, con tatamis en el suelo y todo. Era un área de lo más tranquila y acogedora para conversar con su madre, su suegra, sus amigos o con Tetsuo cuando estaban pasando por algún momento importante y necesitaban reflexionar. La boda de su hija con el hijo de Shuu se planeó ahí. En esa salita de té le informó a su familia sobre el estado de Tetsuo antes de ingresarlo al hospital. Invirtió tiempo en esa habitación con sus nietos durante un par de veranos para practicar caligrafía.
Pensando en ello decidió que una habitación de tres tatamis estaría bien. Preguntó antes, usando la habitación de arriba como referencia dimensional.
–Myneira, es demasiado pequeña. Es muy posible que debas colocar una tina para jureve en ese lugar. Quizás si la hicieras de este modo –sugirió el Sumo Sacerdote mostrándole cuánto más añadir al espacio.
La niña trató de imaginar entonces las cosas que deseaba meter ahí y como podría acomodarlas junto con la dichosa tina y quizás un biombo detrás del cual guardar un poco de ropa y poder cambiarse. Quedaría demasiado apretado si lo dejaba en tres o cuatro tatamis.
–¿Entonces algo como desde donde está usted hasta… aquí, estaría bien?
Era el equivalente a seis tatamis. El Sumo Sacerdote se tomó la barbilla para considerarlo y luego solo asintió. Considerando lo exagerados que parecían los nobles con los espacios, decidió hacerla tan alta como su dormitorio conforme caminaba hasta alcanzar al Sumo Sacerdote.
–Escúchame muy bien, Myneira. Vas a mantener la imagen en tu mente mientras colocas tu mano en esta piedra y empujas tu mana en ella. No te detengas hasta que yo te lo indique.
Así lo hizo, sorprendiéndose al sentir que la piedra en el muro jalaba algo de ella con fuerza y sintiéndose un tanto incómoda cuando el muchacho colocó su propia mano sobre la de ella, haciéndola respingar por la presión y la sensación extraña de aquella mano contra la suya. Eso no podía ser del todo normal, ¿o si?
—¡Eso es todo! —anunció el chico retirando su mano y mirándola.
Myneira también retiró la mano entonces, mirando el dorso para examinarlo como si fuera la primera vez que la veía, flexionándola y pasando un dedo con suavidad por encima de la piel que tuvo contacto con la del Sumo Sacerdote.
—¿Myneira?
Todavía sujetando su mano levantó la mirada, ladeando su cabeza con suavidad antes de bajar sus manos y sonreír al notar la confusión en los ojos oro pálido que la miraban desde tan arriba.
—Tuve una sensación un poco incómoda y algo extraña hace un momento. Me preguntaba si eso era normal.
Las orejas del hombre se tiñeron de rosa y él abrió una puerta que antes no estaba ahí, haciéndole señas para entrar.
—Te lo explicaré dentro. Necesitamos inspeccionar primero que tengas suficiente espacio.
Ella solo asintió y ambos entraron, con la puerta cerrándose a su espalda. Volteó apenas un segundo o dos antes de devolver su vista a la habitación que acababan de crear. Muros, suelo y techo, todos blancos con una pequeña ventana similar a las hermosas ventanas con cúpula en pico que alguna vez vio en la India junto a su esposo dejaba entrar algo de luz al interior al fondo de la habitación.
—Rossina, Hanna, ¿pueden escuchar afuera? —preguntó el Sumo Sacerdote, haciéndola voltear de repente y encontrarse con que… el Sumo Sacerdote estaba tocando una piedra amarillo pálido como si fuera un intercomunicador a una altura que incluso ella podía alcanzar.
—¡Podemos oírlo, Sumo Sacerdote!
Respondieron ambas chicas, sorprendiéndola.
—¿Qué es eso?
—Esa es tu forma de comunicarte con el exterior. Sin importar cuanto grites, llores, rías o hagas aquí dentro, nadie podrá escuchar a menos que toques esa piedra y pongas un poco de mana. Tampoco podrá entrar nadie aquí, solo tú y yo.
—Eso puede ser muy conveniente o muy preocupante —reflexionó un momento, sosteniendo su barbilla sin dejar de mirar la piedra, acercándose para inspeccionarla más de cerca—. No se ve como las piedras de mi brazalete. Estas son opacas.
—Es porque tiene el mana de ambos, lo que me lleva a otra cosa.
Lo miró a los ojos, un poco fastidiada porque no tenían donde sentarse. La habitación de momento solo contaba con un par de estantes de la misma piedra blanca que el resto de la habitación, los cuales parecían haberse creado de su imagen mental de hacía un rato igual que la ventana. Quizás debió haber visualizado también una banca en la pared del fondo.
Suspirando un momento, levantó los brazos, notando como el ceño del Sumo Sacerdote se fruncía de repente.
—¿Qué quieres, Myneira?
—Quiero que me cargues, Sumo Sacerdote. Comprendo que no es lo ideal, pero me está comenzando a doler el cuello de tener que mirarte hacia arriba y sospecho que sería aun más incómodo pedir que te arrodilles. Podríamos sentarnos en el suelo, pero sospecho que esa no es una conducta muy "noble", ¿o me equivoco?
—¡Por todos los dioses! —se quejó el muchacho antes de agacharse y levantarla en brazos, mirándola con detenimiento, de nuevo, como si fuera un conejillo de indias—. Parece que has subido muy poco de peso… tendré que llamar a Heidemarie después para poder hacerte un examen médico en regla.
—Ahm, ¿le importaría dejar de mirarme como su próximo proyecto de investigación y mejor explicarme qué le pasó a mi mano hace un rato? Se sentía un poco incómodo y no lo entiendo.
—¿Sólo incómodo?
—Si.
Él la miraba con atención, ya no como un científico loco y desquiciado pensando que parte disectar ahora, sino como esperando a que siguiera elaborando su explicación. Lo consideró un momento, sin comprender que tanto debería de decir, tratando de recordar la sensación exacta.
—Era… incómodo, pero no desagradable… un poco frío, pero no demasiado… me produjo cosquillas a decir verdad, nunca había sentido cosquillas en el dorso de mi mano.
Cuando volvió a mirarlo a los ojos lo notó confundido y congelado. Suspiró esperando a que el joven se recompusiera, lo que sucedió pronto. El Sumo Sacerdote tosió apenas en su mano libre mirando hacia otro lado. Las puntas de sus orejas estaban rojas ahora. Iba a preguntar al respecto cuando el muchacho volvió a mirarla antes de abrir su mano frente a ella con su rostro serio.
—Lo que sentiste es mi maná. Debes saber que el maná tiene diferentes colores, basado en tus afinidades y bendiciones. Si no fue una sensación desagradable y solo sentiste… cosquillas… es posible que tu color sea uno cercano al mío propio.
—¿Qué pasaría si no fueran colores… cercanos?
—El contacto habría sido desagradable o incluso repulsivo para ti, dado que tu mano estaba en medio de la mía y la piedra de creación de la habitación oculta. Ya que vienes de una familia plebeya nunca has experimentado o tocado el maná de alguien de tu familia que debería ser lo más parecido al tuyo.
—Eso es… interesante —respondió ella mirando su propia mano y luego la del Sumo Sacerdote, colocando su palma extendida sobre la de él y empujando un poquito de calor, notándolo respingar y alejar su mano con rapidez—. ¿Pudo sentir las cosquillas?
El hombre miró su mano un par de segundos. Sus orejas estaban más rojas que un momento atrás. Luego la miró a ella entre fastidiado, molesto y… ¿asombrado?
—Ahora que lo pienso, Sumo Sacerdote… el día que me salvó del trombe… sentí algo extraño cuando puso su mano en mi cuello.
—Usé mi maná para revisar tus conductos. Si no tenías maná, tampoco tendrías conductos que pudiera revisar.
—Pero resultó que tengo maná y por tanto conductos… ¿encontró algo interesante en ellos?
Lo observó llevando sus dedos a su sien, golpeando un poco antes de soltar un ligero suspiro que no habría notado de no estarle poniendo tanta atención.
—Si… pero, necesitaré que Heidemarie esté presente para revisarte a fondo. Aun si soy tu tutor en el Templo, se supone que ella es tu familiar, así que…
—Entiendo.
Imaginó que al ser tan pequeña, era como si su hermana mayor la tuviera que llevar al pediatra. Por supuesto no la dejarían entrar sola a revisión, un adulto responsable tenía que estar presente para supervisar la revisión médica, dar información y escuchar las explicaciones del pediatra… claro que en este caso… no había información que su "hermana mayor" pudiera dar porque en realidad, apenas y se conocían.
—Sumo Sacerdote, quizás podría permitir que mi madre o mi verdadera hermana mayor asistan a esta… revisión médica que desea hacerme, después de todo, ellas son quienes han vivido conmigo desde que fui concebida. Heidemarie no podría contestar a ninguna pregunta que le surja.
El hombre pareció considerarlo conforme comenzaba a caminar con ella todavía sentada en su brazo, hasta quedar ambos de pie frente a la ventana. Era una ventana de lo más extraña. Parecía de cristal y daba la impresión de que el sol de la tarde entraba por ahí con fuerza, sin embargo, no se podía ver nada al otro lado. Era como un vidrio tintado de ámbar, tan grueso, que a pesar de dejar pasar la luz no dejaba pasar ninguna vista, lo que le evitaba constatar en qué parte del edificio había hecho crecer aquella habitación.
Con cuidado de no caerse, sosteniendo la ropa del Sumo Sacerdote con una mano para asomarse y apoyarse del vidrio con la otra, Myneira trató de ver algo al otro lado sin éxito alguno.
—Myneira, ¿qué estás haciendo ahora?
—Intento mirar afuera. Quería saber si podría ver el orfanato desde aquí o…
—Esta ventana no da a ningún lado… es más una decoración para asegurar iluminación suficiente para toda la habitación. Esta parte extraña no debería estar aquí. Los marcos de las ventanas de nuestro ducado no tienen esta forma.
Eso la hizo tensarse, volteando para mirar al Sumo Sacerdote quien dejó de mirar la ventana para mirar ahora los estantes, caminando hacia allí con ella en brazos.
—Esto tampoco debería estar aquí. ¿En qué estabas pensando con exactitud cuando te pedí que pusieras tu maná en la piedra?
—Pues… yo, estaba pensando en la habitación… con una ventana para que entrara luz y un par de estantes en la pared para poner mis libros.
—Tú… Dioses, me pregunto que encontraría si abro esa cabeza tuya —por poco se cae al tratar de alejarse de él, encontrando una mano sosteniéndola de forma sólida de la cintura y la espalda, evitándole caer o alejarse—. No dije que fuera a abrirte… todavía.
Esa debía ser una broma, porque el Sumo Sacerdote estaba sonriendo de una forma horrible y mirándola como un loco… una broma aterradora y demasiado negra en su opinión.
—No es gracioso que un tipo gigante que me está cargando diga que no va a abrirme todavía, ¿sabe?
Lo escuchó soltar ese sonido extraño cuando parecía estar conteniendo la risa antes de recomponerse y devolver su atención a los estantes, soltándola para verificar que fueran reales.
—Dijiste que esto es para poner tus libros. ¿Cuántos tienes?
—Por el momento solo tengo uno.
—¡Oh! —exclamó el hombre con curiosidad, sin mirarla ni una sola vez—. Pensé que los plebeyos no tenían acceso a libros. Son demasiado caros.
—No lo tenemos, sin embargo, el año pasado, después de nuestro nada agradable encuentro con ese horrible árbol carnívoro, conseguí suficiente dinero para comprar un libro que tenían a la venta desde hacía tiempo en uno de los puestos del mercado.
Eso pareció picar el interés del Sumo Sacerdote, quien estaba a punto de preguntarle algo cuando la voz de Jenni brotó de la piedra junto a la puerta.
—Sumo Sacerdote, Lady Myneira, imagino que estarán ocupados discutiendo los nuevos muebles que van a colocarse dentro y su distribución, sin embargo, el Sumo Sacerdote comentó que esta sería una visita rápida. El hermano Arno está afuera esperando por usted, Sumo Sacerdote.
Ambos se acercaron entonces a la puerta. El Sumo Sacerdote estaba por abrir cuando se detuvo, como si acabara de recordar que todavía la estaba cargando, mirándola un momento para luego bajarla con cuidado y sacudirle un poco su túnica azul antes de volverse a incorporar.
—Te agradecería que comas un poco más. Eres tan ligera como un shumil.
Luego de eso el hombre abrió la puerta y ambos salieron.
Lo siguiente que le dijo fue que la estaría esperando apenas llegar al día siguiente para enseñarle a preparar algunos broches para que sus asistentes pudieran entrar a su habitación oculta en caso necesario y luego de eso, se fue.
Myne lo despidió antes de mirar su mano de nuevo. Si lo consideraba un poco, la sensación del maná del Sumo Sacerdote le pareció incómoda porque era la primera vez que sentía algo como eso de forma consciente… en realidad, no le parecía una sensación tan mala.
Sonrió antes de seguir con su agenda del día. Tal vez podría experimentar un poco más con el maná del Sumo Sacerdote o de su futura hermana Heidemarie para acostumbrarse a la extraña sensación.
'En definitiva, creo que le pediré a la hermana Heidemarie y al hermano Eckhart que me dejen sentir sus manás la próxima vez. Me pregunto cómo se sentirán.'
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Notas de la Autora:
Por Navidad... y porque releer todo en orden me está ayudando bastante a continuar con la historia, estaré subiendo otro capítulo de regalo para todos xD
