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Antes que nada... No sé con que excusarme. Culpo a mi cabeza que no me deja dormir por lo que van a leer.
Estalló.
Kohaku se quedó temblando, con la palma de su mano abierta, ardiendo después del impacto contra la mejilla de Senku. Miró a Senku, que yacía inmóvil en el suelo, y sintió una mezcla de emociones: ira, tristeza, rabia, de todo.
No se derrumbó, había terminado por estallar.
—¿Cómo pudiste?—, susurró, su voz también temblando. —¿Cómo pudiste decir algo así?—Llevó sus manos a abrazarse a sí misma. Con tanta ira contenida, podría volver a estallar.
Se dio la vuelta y dio unos cuantos pasos hacia la puerta. —Será mejor que te vayas —Pero se detuvo al no escuchar sonido—.¿Senku?—Viró el rostro solo lo suficiente para alcanzar a verlo aún desplomado en el suelo. Y solo después de un minuto de observación en el que Senku seguía sin moverse, corrió hasta arrodillarse a un lado de él.—¡Senku...!
Senku yacía en el suelo, inmóvil. Su rostro estaba pálido y tenso, con una marca roja en la mejilla donde la palma de Kohaku había impactado. Su respiración era acompasada y superficial, y su cuerpo parecía relajado, pero en una forma que no parecía natural.
Su cabeza estaba ligeramente ladeada, y un hilillo de sangre brotaba de su nariz y la comisura de su labio. Su ojo izquierdo comenzaba a hincharse, y su pómulo estaba enrojecido. No mostraba signos de movimiento, el silencio era inquietante.
Kohaku se arrodilló junto a él, preocupada.
—No... Senku, no quise...
Siempre se había contenido con Senku, y ahora que al fin estallaba, casi lo rompe, como tanto temía.
Se inclinó hacia adelante, su rostro cerca del de Senku, y acarició suavemente su mejilla no magullada. Su cabello rubio caía como una cortina alrededor de su rostro, y sus ojos brillaban con lágrimas que recién aparecían.
—Senku, por favor... despierta —rogó—. Lo siento, Senku. No quise... lastimarte.
Su voz se quebró, y las lágrimas comenzaron a brotar en sus ojos con más fuerza. Se cubrió la boca con la mano, intentando contener el llanto que sacudía su cuerpo. Su pecho subía y bajaba con cada sollozo.
Justo entonces, la puerta se abrió, y Hyoga entró en la habitación. Su mirada se dirigió inmediatamente a Kohaku, y sus cejas se arquearon al verla llorando, para luego tensarse por la sorpresa de reconocer a Senku.
Dejando para después el explicarle la presencia del científico en el lugar, se acercó a ella con pasos largos y silenciosos.
—Kohaku, ¿qué ha pasado? —preguntó, ahora más cerca de la rubia, con la voz baja y suave.
Luego, su mirada se desplazó con más atención hacia Senku, que yacía inmóvil en el suelo, estrechando la mirada sobre él.
—Déjame ver —dijo, suavemente, apartando a Kohaku con cuidado y arrodillándose también junto a Senku—. Estás demasiado exaltada para examinarlo.
Kohaku se levantó, lento, secándose las lágrimas con el dorso de su mano.
—Senku... no sé cómo llego aquí. —tartamudeó—. Discutimos y... le di una bofetada. Yo... no controle mi fuerza.
Hyoga se acercó a Senku, examinando su rostro magullado. Su mirada se fijó en la marca roja en la mejilla de Senku. Después comprobó su pulso, su respiración y sus pupilas.
—Está noqueado. Necesita atención médica.
Kohaku se mordió el labio, luchando por contener sus emociones. Su cuerpo temblaba, y sus lágrimas continuaban cayendo.—Lo siento —sollozó.
Hyoga se levantó y la abrazó, sosteniéndola con cuidado. Su calor y su fuerza la envolvieron, y Kohaku se sintió segura en sus brazos.
—No te preocupes. Llamaremos a un médico —habló con voz calma.
Hyoga la sostuvo durante un momento hasta que la sintió dejar de temblar y sollozar, luego se separó de ella y se volvió a acercar a Senku.
—Vamos a llevarlo a una habitación —dijo—. Así estará más cómodo hasta que llegue el médico.
Kohaku asintió, aún con lágrimas en los ojos. Juntos, llevaron a Senku a una habitación cercana y lo acostaron en la cama. Hyoga se aseguró de que estuviera cómodo y cubierto con una manta.
—Voy a llamar a un médico. Después, hablaremos sobre lo que pasó.
Kohaku asintió, sin quitar la vista del inconsciente científico, caminó hasta una silla junto a la cama y se sentó a su lado.
Hyoga se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y se volvió hacia Kohaku.—No te preocupes —dijo—. Estará bien pronto.
Kohaku sonrió débilmente, sintiendo una oleada de gratitud hacia Hyoga. Lo vio salir de la habitación y se quedó sola con Senku.
Casi media hora después, Hyoga regresó con el médico, el anciano médico más cercano del pueblo, que llevaba un maletín en la mano.
El médico se acercó a la cama y comenzó a examinar a Senku. Kohaku se levantó y se acercó a Hyoga, esperando el diagnóstico del médico. Trabajó en silencio durante varios minutos, examinándolo con cuidado. Kohaku ansiosamente, observando cada movimiento del médico.
Finalmente, el doctor Kaito se levantó y se volvió hacia ellos.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Kohaku.
—Tiene una conmoción cerebral leve —hablo el médico—. Necesita descanso y cuidados durante unos días.
Kohaku se sintió aliviada. Y Hyoga le pasó un brazo y la apretó contra su lado, reconfortándola.
—Gracias, nosotros nos ocuparemos de él.
El médico asintió al agradecimiento de Hyoga y comenzó a preparar una serie de medicamentos y vendajes. —Voy a dejar instrucciones para su cuidado. Si hay algún cambio en su estado, no duden en llamarme.
Kohaku asintió, agradecida —¿Puedo hacer algo para ayudar?
—Sí. Puede quedarse con él y asegurarse de que descanse. Y Hyoga, —se dirigió al de ojos azules—, ¿puedes traerme un vaso de agua? Vine lo más rápido que pude.
Hyoga asintió y salió de la habitación.
Kohaku caminó hasta regresar a sentarse de nuevo junto a Senku, tomándole la mano.—. No quise lastimarte —susurró.
El médico le sonrió suavemente.
—No se preocupe, Kohaku. Él se recuperará pronto.
Hyoga regresó con el vaso de agua y se lo entregó al médico. Después, Kaito terminó de dejar el medicamento a Senku y le puso un vendaje en la mejilla.
—Eso es todo por ahora —dijo—. Llámenme si necesitan algo más.
Kohaku y Hyoga lo acompañaron hasta la puerta. Cuando se fue, Hyoga se volvió hacia Kohaku.
Una vez solo, y en silencio, Kohaku dudó y apenas se tensó. Sabía que debía dar un par de explicaciones, pero lo que no sabía era por dónde empezar.—Yo no sé...
Hyoga la interrumpió con una ligera sonrisa —¿Quieres algo de té?
—¿Eh?—¿No era que hablarían de Senku y su inesperada presencia?—Creí que tú y yo...
La miro fijamente y después asintió.—Cuando pueda percibir que te sientes mejor y tu labio deje de temblar. Hablaremos si lo deseas.
De inmediato enterró los dientes en su labio inferior, y una oleada de gratitud dirigida hacia él la invadió. Tranquilizándola un poco más y a su vez trayéndole la culpa que se arrojó sobre ella como un balde de agua fría. Había besado a Senku.
—¿Té negro?
Preguntó, sacándola de sus pensamientos.
—Sí.
-..-..-
Kohaku se sintió abrumada por sus emociones, su corazón aún inquieto. Frustrada sobre todo por no haber podido olvidar su amor por Senku, tal como lo dijo, seguía siendo débil a su toque, su voz.
—No puedo creer que todavía te amo —dijo Kohaku, pasando suavemente sus dedos a través del cabello de Senku —. Después de todo este tiempo, después de todo lo que pasó.
Apenas podía creer el haber perdido los estribos de esa forma; en realidad, había perdido la compostura en todas las formas.
Se había dejado llevar por los labios de Senku y sus caricias, por su poderosa presencia, su aroma. Y después él mismo la había hecho caer de su nube, porque una parte de ella se negaba a creer que fuera así, que tres años lejos no le hubiesen servido.
Recargo la mitad de su cuerpo en la cama donde Senku dormía y cerró los ojos. El agotamiento más emocional que físico acababa con ella por ese día. Era demasiado.
La sorpresa de volver a ver a Senku, el enfado, el intento de autocontrol, el total descontrol cuando ya no pudo negarse a Senku, el posterior enfado multiplicado, el miedo de haberle hecho daño y después, cuando se sintió algo mejor, después de tomar el té, hablar con Hyoga sobre casi todo lo concerniente a Senku, si casi, había omitido el decirle que no fue capaz de apartarlo de su cuerpo, y menos tenía pensado decirle que termino correspondiendo.
—Tres años, Senku... y no me pude negar.
-..-..-
Senku despertó la tarde del día siguiente, mirando alrededor con confusión. No reconocía la habitación. La cama era extraña, las cortinas también. La desorientación lo invadió.
Se sentó en la cama, intentando recordar cómo había llegado allí. La última cosa que recordaba era... Kohaku. La discusión, el beso, la emoción que había sentido.
Pero ahora estaba solo. Y en una habitación desconocida. Y con un fuerte dolor en un lado de su rostro.
—Menos mal despertaste.
Esa voz, las rojizas pupilas, se dirigieron a la voz y dio justo con lo que no quería ver. Rápidamente, su seño se frunció.
Hyoga, de brazos cruzados, recargaba su peso en el marco de la puerta abierta.
Si no se sintiera tan casado y con las dudas agolpándose en su cabeza, ya se le abría plantado en frente a sabiendas de la diferencia de fuerza.—¿Dónde está Kohaku?
Hyoga ignoró el tono más fuerte con el que Senku le hablaba —apenas salió de la habitación. Te acaba de cambiar el vendaje —aun de brazos cruzados, libero solo una de sus manos para señalarlo con un dedo.
Hasta entonces el científico se llevó una mano a la mejilla que le dolía y se topó con el vendaje. ¡Y hasta entonces recordaba! Esa leona lo había abofeteado con todas sus fuerzas, o por lo menos eso le pareció. Dejando eso de lado, y ahora que sabía que Kohaku se encontraba cerca, lo importante era: —¿Qué haces aquí?
Se alzó de hombros —Me quedo aquí.
De ser posible, endureció más su mirada sobre él.—¿Qué crees que haces exactamente?—hablaba con algo de dificultad intentando alzarse de la cama.—Es de conocimiento general que esa leona me pertenece.
Hyoga negó lentamente con la cabeza, sin perder la calma.
Senku chasqueo la lengua cuando una vez en pie tuvo que sentarse al instante de nuevo por un fuerte mareo.—Solo espera que me recupere y...
—Yo deseo que te recuperes pronto, Senku.
Y esta vez, sentado desde la cama, no alcanzo a reprimir, regresarle una mirada de confusión.—¿Milagrosamente ahora te preocupas por mí?—sonó irónico.
La risa burlona de Hyoga le revolvió el estómago al Ishigami.—Recupérate lo más pronto que puedas, así podrás irte cuanto antes —dijo para después salir de la habitación.
Solo entonces la comprensión brilló en los ojos de Senku —Bastardo...—le molestaba el solo hecho de saber que su presencia seguía cerca de Kohaku, tal como se temía después de que vio esa foto. Pero rápidamente sus ánimos cambiaron.
Por muy confiado que ese idiota fuera a pararse frente a él, seguramente desconocía lo mucho que su leona le seguía correspondiendo.
A pesar del disgusto de toparse con Hyoga sonrió ladino recordando que, a pesar del fuerte golpe, una vez más había probado los labios de Kohaku.
—Está claro que aún me ama. Por más que lo intentes, no tienes cabida.
Sorry las faltas de ortografía, escribo de una y así lo subo. Mi vida de adulto chiquito no me da tiempo para hobbies.
Bye.
