Capítulo 16: El Remedio


Las ocho de la noche caían sobre el *Red Force* con una pesadez que no era habitual en sus cubiertas. El barco, normalmente bullicioso con las risas de los piratas y el traqueteo de los barriles, se mecía en un silencio tenso, roto solo por el crujido de las maderas y el leve chapoteo de las olas contra el casco. En el camarote del capitán, la luz de una lámpara de aceite proyectaba sombras alargadas sobre las paredes, iluminando la escena con un resplandor anaranjado y tenue.

Shanks yacía en su litera, el torso descubierto y brillante por una fina capa de sudor, el cabello pegado a la frente en mechones desordenados. Su único brazo descansaba sobre el pecho, donde la respiración aún era más agitada de lo normal, un recordatorio de que la fiebre no lo había abandonado del todo. A su lado, los tres niños dormían en un amasijo de extremidades y ropas arrugadas, exhaustos tras el episodio de pesadillas que los había sacudido horas antes.

Ace, con su sombrero de vaquero naranja caído a un lado, tenía el rostro todavía marcado por las lágrimas secas. Sus manos, cerradas en puños incluso en el sueño, mostraban pequeñas heridas en los nudillos, evidencia de cómo se había golpeado contra las paredes durante sus terrores nocturnos. Sabo, siempre el más callado incluso en su sufrimiento, tenía los brazos cruzados sobre el pecho como si intentara protegerse, las mangas de su camisa manchadas de sangre donde las uñas se habían clavado en la piel. Luffy, el más pequeño, estaba enrollado contra el costado de Shanks, su brazo de goma estirado en un gesto inconsciente para aferrarse a su padre, como si temiera que desapareciera si lo soltaba.

No era la primera vez que esto ocurría.

Desde que llegaron al *Red Force* hace un mes y medio, tras ser rescatados del infierno de la Buster Call en Dawn, los niños habían luchado contra fantasmas que no podían ver pero que los perseguían en cada sueño. Al principio, las pesadillas habían sido esporádicas: gritos ahogados, sudores fríos, noches en las que Shanks o alguno de los comandantes los encontraban vagando por el barco, desorientados y temblando. Pero con el tiempo, la tripulación había aprendido.

Los domingos, cuando el horario de trabajo se relajaba y los niños no tenían tareas que cumplir, se les permitía correr, gritar, trepar por los mástiles y causar el caos que necesitaran. Al principio, había sido una medida desesperada. La primera vez que habían pasado un domingo en calma, sin causar destrozos, la noche había sido un infierno. Los gritos de Ace maldiciendo su propia existencia, los sollozos de Luffy llamando a Makino, los arañazos de Sabo contra su propia piel.

Pero quemar energía durante el día los ayudaba a dormir profundamente, sin que las pesadillas los arrastraran al abismo.

Hasta hace tres días.

Hasta que el mundo les recordó que no los quería.

El periódico con la entrevista del Bastardo de Outlook había llegado como un golpe bajo. Sus palabras, jactándose de haber intentado "limpiar el mundo" de los "niños demonio", habían reabierto heridas que apenas comenzaban a cicatrizar. Y esta vez, no hubo domingo que bastara.

Shanks abrió los ojos lentamente, el dolor de cabeza aún pulsando en sus sienes. Con cuidado, para no despertar a los niños, alargó su único brazo hacia la mesita de noche, donde un paño húmedo y una jarra de agua esperaban. Empapó el trapo y lo pasó por la frente de Ace primero, luego por los brazos de Sabo, limpiando las marcas de sangre seca. Luffy, al sentir el movimiento, se aferró más fuerte, murmurando algo ininteligible.

—Shh... —susurró Shanks, su voz ronca por la fiebre pero suave como la brisa nocturna—. Estoy aquí.

Afuera, en el pasillo, Dragon observaba desde la puerta entreabierta, su capa verde oscuro fundiéndose con las sombras. Ivankov, a su lado, sostenía una bandeja con infusiones frescas y vendas limpias, sus pestañas postizas proyectando sombras alargadas sobre su rostro.

—No podemos dejarlos así —murmuró Dragon, más para sí mismo que para Ivankov.

El revolucionario no respondió. Ambos sabían que las palabras eran inútiles en ese momento.

Shanks, sintiendo la presencia en la puerta, levantó la vista. Sus ojos, normalmente llenos de luz y bromas, ahora eran pozos oscuros de determinación.

—Benn los traerá —dijo, refiriéndose al Bastardo de Outlook—. Y cuando lo haga, entenderá por qué nadie toca a los míos.

Dragon no asintió, no hizo ningún gesto. Pero algo en su postura, en la forma en que sus guantes negros se cerraron levemente, delató su acuerdo.

Mientras tanto, los niños dormían, atrapados entre el presente y los ecos de un pasado que no los soltaría fácilmente.

El *Red Force* navegaba hacia la justicia.

Y esta vez, no habría clemencia.


Eran las ocho de la noche cuando los diez botes de los Piratas del Pelirrojo se acercaron al Red Force, sus velas negras ondeando bajo la luz de la luna como sombras sobre el agua. Cada embarcación llevaba siete hombres de la tripulación y tres revolucionarios, sus rostros endurecidos por la determinación y el cansancio de la misión. En la proa del bote principal, Benn Beckman mantenía una mano firme sobre el hombro del Bastardo de Outlook, cuyas ropas blancas estaban ahora sucias y rasgadas, su rostro demacrado por el miedo que no podía ocultar.

El *Red Force, normalmente resonante con el caos dominical de los niños, estaba inusualmente quieto. Benn saltó primero a la cubierta, sus botas golpeando la madera con un sonido seco que resonó en el silencio. Lo que vio lo dejó inmóvil por un instante: barriles volcados, cuerdas rotas colgando de los mástiles, un mástil secundario con grietas como si alguien lo hubiera golpeado repetidamente. Pero no había risas. No había gritos. No había rastro del pandemónium habitual que quemaba la energía de los niños para evitar las pesadillas.

Dragon emergió de las sombras, su capa verde oscuro moviéndose con cada paso, los guantes negros manchados de agua y algo más oscuro. Ivankov pasó rápidamente a su lado, cargando un recipiente con hierbas medicinales y vendas frescas, dirigiéndose hacia el camarote del capitán sin detenerse.

Benn no necesitó preguntar. Sabía que algo andaba mal.

—Ace se cayó al océano por uno de sus ataques de narcolepsia —dijo Dragon, su voz tan fría como el acero—. El idiota de tu capitán lo salvó, pero no se cambió de ropa después. Le dio fiebre de cuarenta grados.

El Bastardo de Outlook, aún arrodillado y amarrado, soltó una risa ahogada al escuchar las palabras de Dragon.

—¡Qué conmovedor! —escupió, su voz cargada de sarcasmo—. ¡El gran Shanks, derrotado por un resfriado!

Dragon no vaciló. Su bota se estrelló contra el costado del hombre con un golpe sordo que lo hizo doblarse por la mitad, tosiendo sangre.

—Me enfoqué en evitar que los niños hicieran su pandemónium —continuó Dragon, como si no hubiera interrupción—. Pero ahora entiendo por qué los dejan hacerlo. Vi un episodio de esas horribles pesadillas que tienen. Por culpa de este bastardo.

Benn no dijo nada durante un largo momento. Sus ojos, fríos y calculadores, se posaron en el rostro magullado del Bastardo de Outlook, luego en las grietas del mástil, finalmente en la puerta del camarote donde Ivankov había desaparecido.

—Llévenlo al sótano más profundo —ordenó Benn, su voz tan tranquila que resultaba más aterradora que un grito—. Que no vea la luz hasta que el capitán decida qué hacer con él.

Los hombres de la tripulación obedecieron de inmediato, arrastrando al Bastardo de Outlook hacia las entrañas del barco. El aristócrata intentó resistirse, pero un golpe certero de Yasopp en la nuca lo dejó inconsciente antes de que pudiera pronunciar otra palabra.

—Ahora están durmiendo —agregó Dragon, observando cómo Hongou, el médico de la tripulación, corría hacia el camarote del capitán para unirse a Ivankov—. E Ivankov los ha estado cuidando.

Benn respiró hondo, el olor a sal y madera mojada llenando sus pulmones. Cerró los ojos por un instante, imaginando la escena en el camarote: Shanks, debilitado por la fiebre, protegiendo a los niños incluso en su estado vulnerable. Ace, Sabo y Luffy, destrozados por pesadillas que ningún niño debería sufrir.

—Hongou —llamó Benn sin levantar la voz, sabiendo que el médico lo escucharía—. Prepáralo todo.

Hongou asintió desde la puerta del camarote antes de desaparecer en su interior.

Benn se acercó al borde de la cubierta, mirando el mar oscuro que se extendía bajo el cielo estrellado. Su rifle, colgado a su espalda, parecía más pesado que nunca.

—Mañana —dijo por fin, sin volverse—. Mañana el capitán decidirá su destino.

Dragon se colocó a su lado, siguiendo su mirada hacia el horizonte.

—No será suficiente —murmuró.

Benn no respondió. No hacía falta. Ambos sabían que ninguna tortura sería suficiente para pagar el dolor infligido. Pero el *Red Force* no era un barco de clemencia.

Y los Piratas del Pelirrojo no olvidaban.

Menos cuando se trataba de los suyos.

El viento nocturno llevaba el aroma salobre del mar entre las tablas del Red Force cuando Dragon rompió el silencio. Su capa verde oscuro ondeó levemente al acercarse a Benn Beckman, quien permanecía inmóvil en la proa, sus ojos fijos en el horizonte donde la luna se reflejaba sobre las aguas negras.

—Vendrá un especialista para tratar las pesadillas de los niños —anunció Dragon, sus palabras cortando el aire como navajas—. El encuentro será en Water Seven.

Benn giró lentamente la cabeza, el resplandor de las lámparas de aceite dibujando sombras profundas en su rostro angulado. Su rifle, siempre presente sobre el hombro derecho, brilló débilmente con el movimiento.

—Las terapias serían aquí —continuó Dragon, señalando con un gesto la cubierta del Red Force—. En su territorio. Donde se sienten seguros.

El primer oficial de los Pelirrojos no respondió de inmediato. Sus dedos, callosos por años empuñando armas, se cerraron alrededor del borde de la barandilla hasta que los nudillos palidecieron. El sonido lejano de las olas chocando contra el casco llenó el vacío entre ambos hombres.

—Water Seven —repitió Benn al fin, su voz grave como el rumor de un cañón antes de disparar—. Ciudad de constructores navales y espías de la Marina.

Dragon no se inmutó. Sus guantes negros, aún manchados con restos de sangre del Bastardo de Outlook, se tensaron levemente al cruzar los brazos.

—El especialista no pregunta lealtades —aclaró—. Solo cura heridas.

Una sombra pasó por los ojos de Benn. Volvió su mirada hacia el camarote del capitán, donde a través de las ventanas entreabiertas podía distinguirse el débil resplandor de las velas que iluminaban el interior. Allí, Shanks yacía con fiebre mientras los tres niños dormían un sueño inquieto, atormentado por recuerdos de fuego y cañonazos.

—¿Cuánto sabe este... especialista? —preguntó Benn, cada palabra medida como la pólvora antes de una explosión.

—Lo necesario —respondió Dragon—. Nada que comprometa al barco.

El sonido de unos pasos apresurados interrumpió la conversación. Yasopp emergió de las sombras, su sombrero de explorador ladeado y el ceño fruncido. Traía consigo el olor a salitre y sudor de la reciente misión.

—El prisionero está asegurado —informó, escupiendo al lado con desprecio—. En el sótano de cadenas, como ordenaste.

Benn asintió brevemente antes de volverse nuevamente hacia Dragon. La cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda pareció oscurecerse bajo la tenue luz.

—Water Seven queda a tres días de navegación con buen viento —calculó en voz alta, los ojos perdidos en algún punto del horizonte—. El capitán no estará en condiciones de viajar mañana.

—No necesitan zarpar aún —aclaró Dragon—. Primero debo asegurar que el especialista acepte el caso.

Yasopp miró alternativamente entre ambos, su expresión cambiando al comprender la conversación. El arco que siempre llevaba a la espalda crujió cuando ajustó su posición.

—¿Un curandero para los chicos? —preguntó, quitándose el sombrero para pasar una mano por su cabello revuelto—. Después de lo de hoy...

Su voz se quebró levemente al recordar las marcas en los brazos de Sabo, los gritos ahogados de Ace, las extremidades de goma de Luffy retorciéndose en ángulos imposibles. Benn le lanzó una mirada que lo silenció al instante.

—Hongou e Ivankov están con ellos ahora —dijo Benn, más para sí mismo que para los demás—. Pero esto... esto va más allá de hierbas y vendas.

El crujido de una puerta al abrirse llamó su atención. Desde el camarote del capitán, Hongou salía con paso cansado, sus ropas de médico manchadas de sudor y algo más oscuro. Se acercó al grupo con movimientos lentos, como si cada paso requiriera un esfuerzo sobrehumano.

—Duermen —informó, limpiándose las manos en un paño ya sucio—. Por ahora. El capitán sigue con fiebre, pero estable.

Benn estudió al médico con intensidad, buscando en su rostro cualquier señal no dicha. Hongou sostuvo su mirada, añadiendo en un susurro:

—Las heridas... no son solo físicas.

Un silencio espeso cayó sobre el grupo. En algún lugar bajo sus pies, en las profundidades del barco, el Bastardo de Outlook yacía inconsciente en su celda. Pero en ese momento, ni siquiera él era el foco de su atención.

—Prepararemos el barco para zarpar en cuanto el capitán dé la orden —declaró Benn al fin, su decisión tomada—. Water Seven es territorio neutral. Pero iremos preparados.

Dragon asintió, comprendiendo el significado no dicho. Neutral no significaba seguro. Yasopp se ajustó el sombrero con determinación renovada.

—Lucky Roux puede encargarse de provisiones —sugirió—. Building Snake conoce las corrientes hacia Water Seven.

—Bien —asintió Benn—. Mañana al amanecer comenzamos los preparativos.

El viento cambió de dirección, llevando consigo el aroma de las hierbas medicinales que Ivankov aún utilizaba en el camarote. Benn respiró hondo, imaginando la escena dentro: Shanks protegiendo a los niños incluso en su enfermedad, Luffy aferrado a su sombrero de paja como un talismán, Ace y Sabo buscando consuelo en la única figura paterna que les quedaba.

—Que el especialista sea bueno —murmuró Benn, más una orden que un deseo—. O no responderé por lo que pase.

Dragon no necesitó preguntar a qué se refería. Ambos sabían que los Piratas del Pelirrojo no jugaban cuando se trataba de los suyos. Y estos tres niños, marcados por la tragedia pero adoptados por el mar, eran más suyos que nadie.

El Red Force se meció suavemente, como si el propio barco asintiera ante la decisión. En algún lugar de Water Seven, un desconocido que aún no sabía su nombre había sido convocado. Y en las entrañas del barco, un prisionero esperaba su destino.

Pero por esa noche, al menos, había relativa paz. Mañana sería otro día. Y con él, nuevos desafíos.

Benn dio media vuelta, su capa ondeando tras él al dirigirse hacia el camarote del capitán. Tenía un turno de vigilancia que cumplir. Dragon y Yasopp intercambiaron una última mirada antes de dispersarse, cada uno a sus tareas.

El mar, testigo silencioso de sus decisiones, continuó su eterno vaivén bajo las estrellas.


El camarote del capitán estaba sumido en una penumbra apenas rota por el parpadeo de una lámpara de aceite que colgaba del techo, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de madera oscura. El aire olía a hierbas medicinales, sudor y algo más agrio, como el miedo que se aferraba al lugar. Hongou, el médico de los Pelirrojos, se detuvo en el umbral, sus ojos oscuros escudriñando la escena con una rapidez clínica que pronto se quebró bajo el peso de lo que veía.

Shanks yacía en la litera, su torso descubierto brillando bajo una capa de sudor que reflejaba la luz de manera enfermiza. Su único brazo, normalmente fuerte y seguro, temblaba levemente donde descansaba sobre el pecho de Ace, quien se retorcía a su lado con los ojos cerrados, las facciones contraídas en una mueca de dolor. La fiebre del capitán era palpable incluso a distancia; Hongou no necesitó tocar su frente para saber que los 40 grados no habían cedido. El pelirrojo respiraba con dificultad, cada inhalación un esfuerzo visible que levantaba su pecho con demasiada fuerza, cada exhalación acompañada de un gemido ronco que no parecía del todo consciente.

—Dios mío —murmuró Hongou, y las palabras se le quebraron en los labios.

Ivankov, arrodillado al otro lado de la litera, levantó la vista con los ojos delineados ahora empañados por la fatiga. Sus pestañas postizas, normalmente exuberantes, se veían marchitas bajo el peso de la preocupación.

—No es solo fiebre —dijo, pasando un paño húmedo por el cuello de Shanks—. Está luchando contra ellos incluso inconsciente.

Hongou no necesitó preguntar a qué se refería. Sabo, acurrucado a los pies de la litera, se retorcía como si intentara escapar de algo invisible, sus uñas clavándose en los brazos hasta dejar marcas rojas y brillantes. Luffy, en cambio, estaba inquietamente quieto, su cuerpo de goma estirado en formas antinaturales, como si cada músculo se tensara al mismo tiempo. Su sombrero de paja, normalmente tan firme sobre su cabeza, yacía abandonado en el suelo, como si incluso ese símbolo de esperanza hubiera sido derribado por la noche.

El médico se acercó rápidamente, sus manos expertas palpando primero el cuello de Shanks, buscando el pulso. Los latidos eran rápidos, desordenados, como si su corazón intentara escapar del pecho. La piel ardía bajo sus dedos, tan caliente que casi quemaba.

—Esto no es normal —murmuró Hongou, abriendo su bolsa de cuero con movimientos bruscos—. Ni siquiera para él.

Ivankov no respondió. Sus manos, hábiles y precisas, trabajaban en silencio para desenredar a Luffy de las sábanas enredadas alrededor de sus piernas. El niño de goma no reaccionaba, sus ojos cerrados pero moviéndose frenéticamente bajo los párpados, como si corriera de algo en sus sueños.

Hongou sacó un frasco de líquido transparente y una jeringa de cristal. Con movimientos precisos, llenó la jeringa y buscó una vena en el brazo de Shanks.

—Esto bajará la fiebre —explicó, aunque sabía que Ivankov no necesitaba explicaciones—. Pero no detendrá las pesadillas.

La aguja penetró la piel del pelirrojo, que ni siquiera se inmutó. El medicamento fluyó lentamente, gota a gota, mientras Hongou observaba el rostro de su capitán, buscando algún signo de alivio. Shanks, incluso en su estado, mantenía el brazo alrededor de Ace, como si su cuerpo supiera que no podía soltarlo, fiebre o no.

—Maldita sea —maldijo Hongou en voz baja, retirando la jeringa—. Debería haber estado aquí antes.

Ivankov, ahora ocupado limpiando las heridas de Sabo con un paño empapado en antiséptico, levantó la vista brevemente.

—No habrías podido evitarlo —dijo, su voz más suave de lo habitual—. Esto viene desde adentro.

Hongou sabía que tenía razón. Las cicatrices que veía no eran solo físicas. Ace gritó de pronto, un sonido desgarrador que salió de su garganta como un aullido animal.

—¡No soy él! —vociferó, las piernas pateando el aire—. ¡No quiero ser él!

Shanks, incluso en su inconsciencia, apretó el brazo alrededor del niño, arrastrándolo más cerca de su pecho. Un murmullo salió de sus labios, tan bajo que Hongou apenas lo captó:

—Lo sé, hijo. Lo sé.

El médico sintió algo romperse dentro de su pecho. No era solo la fiebre. No eran solo las pesadillas. Era la forma en que Shanks, incluso enfermo, incluso al borde del delirio, seguía siendo un padre para esos tres niños destrozados.

Ivankov se movió hacia Luffy, cuyas extremidades comenzaban a retraerse lentamente a su forma normal. Le colocó una mano en la frente, buscando fiebre, pero el niño solo estaba frío, demasiado frío, como si su cuerpo hubiera gastado toda su energía en el terror.

—Necesitan dormir sin soñar —murmuró Ivankov, más para sí mismo que para Hongou—. Aunque sea por unas horas.

Hongou asintió, sacando otro frasco, esta vez con un líquido más espeso y oscuro.

—Esto los ayudará —dijo, aunque su voz carecía de convicción—. Pero no es una solución.

—Nada lo será —respondió Ivankov, observando cómo Sabo finalmente se relajaba un poco bajo sus manos—. Hasta que enfrenten lo que pasó. O hasta que ese bastardo pague.

Hongou no respondió. No hacía falta. El sonido de la respiración entrecortada de Shanks, los gemidos ocasionales de Ace, el silencio demasiado tenso de Luffy y Sabo, todo llenaba el camarote con una presencia casi tangible.

Afuera, en algún lugar del barco, el Bastardo de Outlook esperaba su destino. Pero aquí, en esta habitación, la verdadera batalla ya se libraba. Y no había rifles ni espadas que pudieran ganarla.

Hongou se frotó los ojos, sintiendo el peso de la noche sobre sus hombros. Mañana sería otro día. Pero por ahora, solo podían vigilar, esperar y tratar de aliviar un dolor que iba más allá de lo físico.

Y así lo hicieron, en silencio, mientras el Red Force navegaba hacia aguas más turbulentas.

El amanecer filtró su luz dorada por las ventanas del camarote, dibujando líneas cálidas sobre el desastre de la noche anterior. Hongou, aún sentado en el rincón con su túnica arrugada y los ojos enrojecidos por la vigilia, observó cómo los primeros rayos de sol iluminaban las vendas que cubrían los brazos de Sabo, las marcas de uñas en las palmas de Ace y las mejillas pálidas de Luffy, todavía pegadas al costado de Shanks. El pelirrojo, ahora con la fiebre más baja pero aún pálido como la luna, tenía su único brazo extendido sobre los tres niños como un manto protector incluso en el sueño.

Ace fue el primero en despertar. Sus ojos dorados, normalmente llenos de fuego, se abrieron lentamente, parpadeando contra la luz mientras la conciencia regresaba. Miró sus manos vendadas, luego el brazo de Shanks sobre su pecho, y algo se quebró en su expresión. Sabo, siempre perceptivo incluso medio dormido, se incorporó con un gemido, sintiendo las heridas en sus brazos al moverse. Luffy, como si respondiera a algún instinto compartido, se estiró con un sonido gutural, su cuerpo de goma recuperando su forma natural.

—Papá... —murmuró Ace, su voz áspera por los gritos de la noche.

Shanks abrió los ojos, pesados aún por la fiebre, pero con una claridad que solo un padre puede tener al mirar a sus hijos. Su sonrisa, aunque débil, fue genuina.

—Buenos días, demonios —susurró, la voz ronca pero cálida.

Los tres niños se miraron entre sí, luego a sus propias heridas, y finalmente a Shanks, cuya piel aún brillaba con el sudor de la fiebre. Sabo fue el primero en hablar, sus palabras saliendo en un torrente de culpa:

—Lo sentimos mucho, papá —dijo, mirando las vendas en sus brazos—. No... no queríamos despertarte.

—Nos portamos mal —agregó Ace, sus puños apretándose sobre las sábanas—. Te hicimos pasar otra mala noche.

Luffy, normalmente tan elocuente en su torpeza, solo se aferró al brazo de Shanks con ambas manos, su sombrero de paja abandonado a los pies de la cama como un testigo mudo de su vergüenza.

Hongou, desde su rincón, contuvo el impulso de intervenir. Observó cómo Shanks alzó con esfuerzo su único brazo para pasar los dedos por el pelo revuelto de Ace, luego por la mejilla de Sabo, finalmente deteniéndose en la cabeza de Luffy.

—No se preocupen —dijo Shanks, y su voz tenía esa cualidad especial que usaba solo con ellos, mezcla de capitán y padre—. Vayan a sus tareas. Y hoy... —hizo una pausa, intercambiando una mirada con Hongou—, háganse un buen pandemónium. Quememos esa energía.

Ace parpadeó, sorprendido. Sabo se pasó una mano por los ojos, como si no creyera lo que escuchaba. Luffy, siempre el más rápido en recuperarse, ya tenía su sonrisa habitual regresando.

—¿En serio? —preguntó Ace, mirando sus manos vendadas—. Después de... esto.

Shanks se incorporó un poco, apoyándose en los codos aunque el esfuerzo le hizo sudar de nuevo. Hongou se movió instintivamente, pero se detuvo cuando el pelirrojo negó con la cabeza.

—Especialmente después de esto —confirmó Shanks—. Benn les dirá qué barriles pueden romper hoy.

Los ojos de los niños brillaron con una mezcla de alivio y determinación. Sabo fue el primero en saltar de la cama, seguido de cerca por Luffy, cuyo brazo de goma ya se estiraba hacia su sombrero. Ace vaciló un momento más, sus ojos dorados fijos en Shanks.

—Nos cuidaremos —prometió, con la solemnidad de un juramento—. Para no... para no volver a lastimarnos.

Shanks sonrió, esta vez más ampliamente, aunque el cansancio se veía en cada línea de su rostro.

—Lo sé, hijo. Ahora vayan. Hongou me tiene como prisionero aquí por una semana, según dice.

Los tres niños salieron corriendo, sus pasos ya más ligeros, sus voces mezclándose en el pasillo mientras discutían qué parte del barco "mejorarían" primero. El sonido de sus risas, falsas pero esperanzadoras, llenó el silencio que dejaron.

Hongou se acercó finalmente, sus manos expertas revisando la frente de Shanks antes de cambiar las vendas húmedas por otras frescas.

—Una semana —confirmó el médico, su voz más dura de lo necesario—. No te levantas antes. Benn puede manejar el barco.

Shanks dejó escapar un suspiro, dejándose hundir en las almohadas ahora que los niños no lo veían. Su brazo, el único que quedaba, tembló levemente antes de quedar inmóvil sobre el pecho.

—Necesitan quemar esa oscuridad, Hongou —murmuró, mirando el techo—. Necesitan reír aunque no les nazca.

El médico no respondió de inmediato. Reorganizó los frascos de medicina en su bolsa, limpió las agujas usadas, evitando la mirada de su capitán.

—Y tú necesitas descansar —replicó al fin—. O no estarás en pie cuando ese bastardo enfrente su juicio.

Shanks cerró los ojos, pero no fue sueño lo que vino, sino la imagen de tres pares de ojos mirándolo con culpa por heridas que él jamás les reprocharía. Fuera, el sonido de un barril rompiéndose contra la cubierta, seguido de risas forzadas pero persistentes, le recordó por qué valía la pena el dolor.

Hongou observó el rostro de su capitán, las líneas de cansancio y fiebre, la ausencia de su sombrero (ese que ahora llevaba Luffy como un talismán), y supo que ninguna medicina podía curar lo que realmente dolía. Pero tal vez, solo tal vez, el tiempo y la risa de esos tres niños rotos podrían ser el mejor bálsamo.

Mientras tanto, el Red Force navegaría hacia Water Seven, llevando en sus entrañas a un prisionero, en sus camarotes a un capitán enfermo, y en sus cubiertas a tres pequeños demonios que intentaban reírse del dolor. Y eso, al menos por hoy, era suficiente.