Episodio 1
Normalmente, Iguro no era de los que llegaban tarde a una reunión, pero esta vez no podía evitarlo. Después de vivir lo que había vivido y regresar al punto de partida, todavía tenía problemas para orientarse. La Mansión Ubuyashiki, un lugar que conocía bien ahora parecía un extraño recordatorio de lo que había perdido. Su mente estaba atrapada en la batalla que había dejado atrás, como si las sombras del Castillo Infinito aún se aferraran a él.
El aire en la mansión era diferente, demasiado tranquilo. Podía oír el leve susurro de las hojas en los árboles fuera de las ventanas, los pasos distantes de los cuidadores, y el crujir ocasional de la madera. Todo estaba tan en paz que resultaba casi insoportable. El contraste con el caos y los gritos de la batalla final lo dejó con un nudo en el pecho.
Había notado algo importante en ese breve tiempo desde que despertó: nadie más parecía haber vuelto en el tiempo con él. De haberlo hecho, la mansión estaría sumida en el caos, con discusiones y gritos por la incongruencia de lo que habían vivido. En cambio, todo estaba como antes de que Muzan atacara al líder del Cuerpo de Cazadores de Demonios. Era como si el tiempo no hubiera conocido todavía la tragedia que se avecinaba.
Tomó aire y bajó la mirada hacia Kaburamaru, que se deslizó lentamente por su brazo como si supiera que algo lo inquietaba. Sus movimientos suaves lo reconfortaron lo suficiente para que encontrara la fuerza de empujar la puerta hacia la sala principal.
Cuando entró, todas las emociones que había intentado controlar lo golpearon de una vez.
Los demás Hashira ya estaban allí, ocupando sus lugares habituales en la sala. Cada uno hablaba o se movía con una naturalidad tan inofensiva, tan... viva. La visión de ellos reunidos lo golpeó como un vendaval. Algunos de ellos, en su mente, ya deberían haber muerto. Los recuerdos lo acosaron: el Castillo Infinito, las heridas, las pérdidas. Por un instante, sintió que le faltaba el aire.
Y entonces, sus ojos se detuvieron en ella.
Mitsuri Kanroji estaba allí. Su cabello verde y rosado se movía con la misma gracia que recordaba, y su sonrisa llenaba la habitación con una calidez que, después de todo lo que había vivido, se sentía como un espejismo. Hablaba con entusiasmo, su energía rebosando mientras gesticulaba animadamente.
Pero no estaba sola. Mitsuri estaba hablando con Rengoku.
El tiempo pareció detenerse para Iguro. Sus dedos se crisparon, su pecho se tensó, y todo lo que había enterrado sobre la muerte de Rengoku surgió de golpe. Verlo allí, tan lleno de vida, riendo con esa voz tan característica que inspiraba confianza, lo desarmó por completo. ¿Cómo podía ser que este simple momento fuera tan desgarrador y a la vez tan tranquilizador?
El rugido de su corazón casi bloqueó la familiar voz que irrumpió en el ambiente:
"¿Otra vez en las nubes? Te va a hacer perder el sentido, Iguro."
La voz de Uzui irrumpió en sus pensamientos como un trueno. Por un breve momento, Iguro sintió irritación y alivio mezclados en partes iguales. Su reacción fue instintiva, casi inconsciente, y lanzó a Kaburamaru hacia el Pilar del Sonido en un reflejo de exasperación.
Uzui, con esa rapidez que siempre parecía querer presumir, esquivó a la serpiente con facilidad. Kaburamaru regresó a Iguro con un movimiento fluido, como si estuviera acostumbrado a esos arranques. Uzui sonrió ampliamente, pero no vio venir el golpe que Iguro le lanzó detrás de la cabeza cuando entró del todo en la habitación.
"Tranquilo, tranquilo," dijo Uzui con tono burlón, llevándose una mano al cabello como si nada hubiera pasado. "Si sigues tan tenso, te va a salir una arruga... y sería un desastre para tu estética."
Iguro se limitó a ignorarlo mientras avanzaba hacia la mesa con pasos medidos. Todos se habían dado cuenta de su llegada. Y antes de que pudiera prepararse para reaccionar, escuchó una voz que le atravesó como una flecha:
"¡Iguro-san!"
Mitsuri lo llamaba con esa energía tan característica que siempre lo desconcertaba y lo reconfortaba a partes iguales. Había algo en su tono que parecía iluminar todo a su alrededor, incluso el muro invisible que Iguro siempre había tratado de mantener.
El Pilar de la Serpiente se obligó a caminar hacia ella, cada paso sintiéndose como un pequeño triunfo sobre su conmoción interna. Se sentó a su lado, haciendo un esfuerzo por controlar las emociones que lo amenazaban con desbordarse.
"¡Nos han avisado de que tenemos que estar aquí para una reunión, pero no nos han dicho nada más!" Mitsuri hablaba rápidamente, su voz una cascada que, por primera vez en mucho tiempo, hizo que Iguro se sintiera... en paz.
Aunque era tan surrealista ver a Rengoku de nuevo.
Las palabras de Mitsuri flotaban a su alrededor, pero Iguro apenas las escuchaba. Su mente seguía asimilando todo lo que estaba viviendo, o mejor dicho, reviviendo. Aun así, asintió de manera mecánica, dejando que su mente se adaptara lentamente a este segundo comienzo.
"¿Qué te parece toda esta reunión, Iguro?" preguntó Rengoku, trayéndolo de vuelta de sus pensamientos.
Iguro levantó la mirada y tomó aire antes de responder con calma: "Ya veremos."
Sus palabras eran casi un murmullo, mientras tomaba un sorbo de té, observando a Rengoku y Mitsuri comer con la despreocupación que parecía desafiar toda lógica. Sus gestos eran naturales, ligeros, llenos de vida. La escena parecía sacada de otro mundo, uno que Iguro había perdido hacía mucho tiempo.
Aprovechó este momento de tranquilidad para observar a los demás Hashira. Cada uno tenía su propia esencia, aunque podía detectar cierto hilo invisible que los unía por su misión compartida. Sus ojos se posaron en Himejima y Tokito. Himejima, como siempre, mantenía sus manos juntas, murmurando una oración silenciosa. Había algo en su presencia que atraía a los demás: una tranquilidad que parecía envolver a todos en la sala. Tokito, por otro lado, estaba sentado cerca, observándolo con curiosidad. Sus movimientos eran menos solemnes; inclinaba la cabeza, intentando comprender qué hacía el mayor, mientras sus ojos brillaban con la curiosidad propia de su edad.
Luego miró a Uzui. El Pilar del Sonido mantenía su usual postura confiada, una mezcla de molestia y energía que contrastaba con el resto de la sala. Aunque lo encontraba irritante en ocasiones, Iguro sabía que, en el fondo, Uzui era leal y tenía un corazón noble. Eso era más de lo que podría decir de sí mismo.
Su mirada continuó hacia Sanemi, mucho más rígido y explosivo que Uzui. La violencia era casi parte de su naturaleza, especialmente contra los demonios. Pero Iguro, a pesar de sus propios prejuicios, lo veía como un amigo. Podía entender su rabia; podía ver lo que se escondía detrás de ella: alguien roto tratando de componerse.
Kaburamaru seguía su mirada, moviéndose lentamente por su brazo como si estuviera analizando cada detalle junto con él. La mirada de Iguro se detuvo en Rengoku. Era fuerte, protector, todo lo que Iguro no era. Su lealtad y honestidad eran casi desarmantes. Rengoku no necesitaba ocultarse detrás de un manto de odio para pelear. Era un faro de lo que Iguro nunca había sido capaz de ser.
Y luego estaba Kanroji. Su energía, su risa, su luz llenaban la sala de una manera que Iguro encontraba desconcertante. Mitsuri era brillante, tan brillante que parecía imposible de alcanzar. Su sinceridad y honestidad eran lo que más admiraba, y el hecho de que alguien se hubiera atrevido alguna vez a insultarla o menospreciarla hacía que su sangre hirviera.
Iguro miró hacia la ventana, donde podía ver la entrada de la mansión. El sol brillaba con fuerza, tiñendo el cielo con claridad, mientras los rayos se reflejaban suavemente en el cristal. Si fuera otro hombre, pensó, trataría de confesarle lo que siento por ella. Pero él no podía hacerlo mientras tuviera este cuerpo y esta sangre corriendo por sus venas. Mitsuri merecía algo que él nunca podría darle.
Las personas como yo no deberían existir.
Ese pensamiento lo atravesó como un cuchillo, pero lo enterró rápidamente. Allí estaba, en esta segunda oportunidad que no entendía del todo, dispuesto a dar todo lo que tenía para proteger a los demás y guiarlos hacia un camino diferente. Aprovecharía lo que sabía para evitar el mismo final de la primera vez.
Si Muzan quería manejar este juego, se enfrentaría a un Iguro que no aceptaba perder. Especialmente si ganar significaba traer paz al mundo.
"Ya llegan," dijo Himejima, levantando su mirada vacía hacia la ventana.
Iguro asintió en silencio, su mirada fija en la entrada. Se puso de pie con calma, dejando el té en la mesa. Sin decir mucho más, caminó hacia la siguiente sala, donde finalmente se encontraría cara a cara con Kamado, Nezuko y sus compañeros.
El encuentro no sería nuevo para él. Los conocía lo suficiente como para saber de qué lado debía estar ahora. Pero también sabía que esta vez tenía que actuar con cuidado. Mucho cuidado.
Sala de la reunión – Mansión Ubayashiki
Iguro tuvo que admitir que volver a ver a Kagaya Ubuyashiki y a su esposa le dio un vuelco al corazón. Kagaya, el líder del Cuerpo de Cazadores de Demonios era más que una figura de autoridad para ellos; era su guía, su calma en medio de la tormenta. Aunque ya no peleaba, siempre estaba con ellos en cada paso, recordándoles que eran más que armas en una batalla interminable. Kagaya nunca los veía como un desperdicio.
Mientras se sentaba en su lugar, Iguro dejó que su mirada vagara hacia Kagaya varias veces, buscando esa misma serenidad que siempre había caracterizado al líder. Sin embargo, cada vez que lo miraba, sentía una punzada en el pecho, un eco del futuro que había dejado atrás, un futuro en el que Kagaya ya no estaría.
La puerta se abrió entonces, interrumpiendo su línea de pensamiento. Kamado entró nervioso, acompañado por su hermana Nezuko y sus amigos Zenitsu y Inosuke. Los pasos de Tanjiro eran cautelosos, su postura firme pero humilde. Cerca de ellos, entraron también el estoico Giyu Tomioka y la sonrisa vacía de Shinobu Kocho.
Era curioso verlos ahora, sabiendo mucho más de lo que debería. Iguro dejó que su mirada se posara en Tomioka por un momento. Él veía a Tanjiro con un gran potencial, y su postura reflejaba la protección y respeto que sentía por él. En el fondo, hasta Iguro podía reconocer que Tomioka era tan heroico como Rengoku era noble.
Por otro lado, estaba Shinobu Kocho, con su característico aire de amabilidad y esa sonrisa que siempre parecía tan tranquila. Pero Iguro sabía que detrás de esa sonrisa había una amargura profunda, una cicatriz emocional que casi la había consumido por completo. Junto a ella estaba Kanao, su aprendiz. Antes, Iguro nunca la había mirado dos veces, pero ahora podía ver en su silencio algo más: un fuerte deseo de proteger a Shinobu, algo que parecía tan genuino como el vínculo que compartían.
En aquel tiempo, Shinobu murió y Kanao estaba en algún lugar, quizá perdida, quizá llegando hasta ellos…
Iguro bajó la mirada hacia sus manos, dejando que el pensamiento se disipara. No importaba ahora. Lo que sí importaba era tener cuidado con Shinobu. No solo era extremadamente habilidosa y talentosa con los venenos, sino que también era perceptiva e inteligente. Iguro sabía que si se descuidaba demasiado, ella lo sabría. Y Kanao, siendo su aprendiz, compartía esa misma capacidad para observar más allá de lo evidente.
El frío toque de Kaburamaru en su mejilla lo distrajo, llevándolo de vuelta al presente. Sus ojos se fijaron de nuevo en el grupo frente a él. Inosuke y Zenitsu eran exactamente como los recordaba: ruidosos, ridículos y con una energía que podía parecer caótica. Sin embargo, Iguro había visto a los dos en acción antes. Si lograba ignorar sus tonterías, sabía que había potencial en ambos.
Aunque, si Zenitsu se acercaba demasiado a Mitsuri, probablemente le ahogaría con esa cabeza de jabalí.
Ese pensamiento lo hizo apretar la mandíbula por un momento, pero rápidamente lo soltó, dejando que Kaburamaru se enroscara más cómodamente en su hombro. Observó al grupo con calma, dejando que sus memorias del futuro se alinearan con esta nueva realidad.
Había tanto que podía hacer ahora. Tantas oportunidades para cambiar el destino que pensaba que ya estaba escrito. Si iba a ser cuidadoso, sería aquí, en esta sala, con ellos.
Por último, los ojos de Iguro se clavaron en Kamado y su hermana. La figura de Tanjiro destacaba en la entrada de la sala, su postura firme pero con una tensión evidente que parecía reflejar su instinto protector. El joven pareció darse cuenta rápidamente, como si analizara quién representaba un mayor peligro para él y Nezuko. Iguro observó cómo sus ojos se posaban principalmente en él y en Sanemi, lo cual no lo sorprendió.
No lo culpo. pensó Iguro, dejando que su mirada permaneciera fija. Kamado aún no tiene idea de quiénes somos ni lo poderosos que podemos llegar a ser.
Iguro sabía que con el tiempo, Tanjiro descubriría todo. Por ahora, tenía que centrarse en lo que estaba por caer frente a él.
Shinobu rompió el silencio con su voz cargada de gentileza, pero que Iguro sabía que no era completamente real.
"Este es Kamado Tanjiro." Shinobu habló con una amabilidad calculada, su sonrisa casi desconcertante. "... sus compañeros, Agatsuma Zenitsu e Inosuke, y aquí está la razón de nuestra reunión: la hermana de Kamado, Nezuko, un demonio."
"¿¡Cómo!?"
La voz de Sanemi resonó como un trueno en la sala, tan intensa que hizo eco en las paredes. Nadie se movió excepto Tanjiro, cuyo acto reflejo lo llevó a proteger a su hermana con rapidez. Iguro casi se sintió mal por él; el pobre joven parecía haber saltado a protegerla tantas veces que ahora lo hacía automáticamente, como si no hubiera otra opción.
"Calma," intervino Tomioka, su tono tan pasivo como peligroso. "Yo he estado con ellos personalmente. Ella no es una amenaza."
"¿¡Cómo que no!? ¡Es un maldito demonio!"
Sanemi hacía más ruido de lo habitual, sus palabras llenas de rabia y desconfianza. Iguro entendía mejor que nadie de dónde venía esa ira, pero incluso él podía ver que Nezuko no parecía una amenaza. La forma en que se aferraba a Tanjiro, casi temblando pero con una fuerza silenciosa, como si quisiera protegerlo a él, era algo que Iguro nunca había visto antes. No, mejor dicho, nunca quiso ver.
Shinobu habló con tranquilidad, manteniendo su postura habitual:
"Es cierto que no parece una amenaza, pero aun así es un demonio. Debemos decidir qué hacer."
Iguro sabía lo que harían los demás. Las opiniones de los pilares estaban bien marcadas: Shinobu tenía una determinación firme en eliminar a Nezuko, mientras Kanroji parecía genuinamente preocupada, incapaz de separar a Nezuko del concepto de los demonios. Iguro tampoco podía culparla. Nezuko no parecía un demonio en lo absoluto.
Sin embargo, lo que más llamó la atención de Iguro fue la calma del líder Kagaya y su esposa, la Señora Amane. Ambos permanecían completamente serenos. Al principio pensó que era porque confiaban en los nueve pilares que estaban reunidos en la sala. Pero sabiendo lo que sabía ahora sobre Kamado, Agatsuma e Inosuke, un enfrentamiento directo entre todos ellos sería una guerra inevitable.
Fue entonces cuando recordó lo que el líder había dicho en la otra línea temporal: que ya había visto a Nezuko antes y sabía que no era un peligro. Esa verdad, aunque ahora la conocía, no podía revelarla sin levantar sospechas.
"Líder… me gustaría hacer una prueba." dijo Iguro con toda la tranquilidad característica de su personalidad.
"¿Qué… qué clase de prueba?" preguntó Tanjiro, su voz temblorosa mientras abrazaba a su hermana contra su pecho.
Iguro no le respondió de inmediato. En su lugar, miró al líder de los cazadores, buscando su aprobación. El líder asintió con calma, lo que siempre había desconcertado a Iguro; a veces parecía que el hombre sabía más de lo que cualquiera podría imaginar. Sin embargo, no tuvo tiempo para reflexionar sobre ello, ya lo haría más adelante.
Por ahora, debía enfocarse en ejecutar su plan.
Le dio una mirada a Kanroji. Aunque Iguro pensaba de sí mismo como una abominación, haría lo que fuera necesario para que aquellos ojos verdes mostraran menos preocupación. Cuando Mitsuri le devolvió una pequeña sonrisa, Iguro sintió un inesperado alivio en su pecho. Se puso de pie y caminó hasta quedar frente a Tanjiro y su grupo.
Las miradas de todos se clavaron en él, una presión que lo ahogaba casi tanto como la memoria del poder de Muzan sobre su cuerpo. Aun así, Iguro se obligó a ignorarlo y enfocarse en su plan.
"Tranquilo," dijo Iguro a Kamado, su voz neutral, casi helada. "No voy a hacerle daño. A la Señora Amane no le gustan las peleas en la casa, así que te aseguro que no haré nada para provocar una."
Tanjiro no parecía completamente convencido. Por un momento, Iguro consideró suavizar su tono, pero sabía que hacerlo levantaría sospechas entre los demás pilares. En cambio, mantuvo su mirada firme mientras estiraba una mano hacia Tanjiro y Nezuko.
"Verás, este es Kaburamaru. Es la serpiente que me acompaña desde hace mucho tiempo." Iguro señaló a Nezuko y Tanjiro con calma. "Quiero pedirte que le dejes acercarse a Nezuko. Kaburamaru es muy especial, y confío en su juicio para saber qué debo hacer."
"¿Una serpiente?" preguntó Tanjiro, claramente confundido.
"Esta serpiente es diferente. Además, parece que tiene curiosidad por ella."
Tanjiro se giró hacia Nezuko, buscando alguna respuesta en su rostro. La joven gruñía suavemente, mostrando una curiosidad inesperada por la serpiente. Aunque lleno de dudas, Tanjiro asintió lentamente, confiando en su instinto y en el acto de buena fe de Iguro.
Kaburamaru se deslizó suavemente hacia Nezuko. La tensión en la sala se disipó mientras la joven demonio mostraba una mezcla de curiosidad y calma. Extendió una mano, permitiendo que Kaburamaru subiera por su brazo y se colocara alrededor de sus hombros, tal como hacía con Iguro.
Serpiente y demonio se miraron por un largo momento, como si compartieran un entendimiento silencioso. Finalmente, Kaburamaru giró su mirada hacia Iguro, dándole la respuesta que ambos ya conocían.
"Yo tengo mi respuesta." dijo Iguro, su voz baja pero firme. "No es una amenaza."
Se levanto, sin ni siquiera pensar que Kaburumaru iba a moverse, al parecer Nezuko se tranquilizaba con la serpiente, quizá porque un animal cerca tenia la habilidad de distraer a alguien tan joven como Nezuko. Iguro casi sonrió, cuando él era joven, Kaburamaru fue su único compañero en una celda destinada a ser su tumba y como ahora, la serpiente servía de ayuda y distracción.
"¡No me lo puedo creer! ¿¡De todos nosotros, tu, Iguro!? ¿¡Tú la defiendes!?" le grito Sanemi.
Iguro lo miro pero no dijo nada, aunque su mirada fría pareció bajar la temperatura de la sala varios grados. Sanemi era una buena persona pero a veces era muy cabezota y hacerlo entrar en razón iba a ser complicado.
"Calmate." le dijo Iguro, en un tono bajo pero muy serio. "No la defiendo, pero no tengo porque atacarla. No es una amenaza."
"¿Cómo lo sabes?" le dijo Sanemi con una rabia contenida.
"Porque no ha atacado a nadie en el tiempo que lleva aquí, ni siquiera se ha transformado y lo único que ha hecho es un gruñido leve cuando Kaburamaru se le acerco." le dijo Iguro, moviendo el cuerpo lo justo para quedar frente a Sanemi.
Sanemi era más alto y mucho más fuerte físicamente pero Iguro confiaba en que su amigo usara la cabeza, de cualquier forma, él no le tenía miedo a Sanemi. Nunca se lo había tenido.
"Los demonios deben ser exterminados, Sanemi, no creo que nadie aquí piense diferente pero este de aquí es diferente, no sé cómo será, no sé cómo evolucionara y si pierde el control de una manera irrecuperable, conocera mi poder pero por ahora, no es una amenaza."
Realmente Iguro sabía que no pasaría, Nezuko prefería morir que poner en peligro a su hermano o sus amigos pero debía mantener las apariencias o habría preguntas que no sabría como contestar, aun así, Sanemi no pareció echarse atrás.
"Debe ser exterminada." le dijo Sanemi.
Iguro no dijo nada pero Kaburamaru si siseo en los hombros de Nezuko de manera que hizo entender a todos que la decisión de Iguro para el joven y su serpiente era inamovible. Sanemi gruño pero no dijo nada mas y dio un paso atrás, recuperando su asiento mientras Iguro casi quiso suspirar.
Un golpe de Sanemi no era lo que quería ahora mismo y tampoco pelear con él, Sanemi solo necesitaba tiempo y por suerte, por ahora podía respirar al tiempo que el ambiente de la sala se relajaba
"Entiendo tu prueba y comparto tu idea, Iguro." le dijo Kagaya Ubayashiki, sorprendiendo a todos. "Yo mismo soy la prueba de como un demonio no es malvado por naturaleza y por eso, como dice Iguro, sé que no es una amenaza pero quiero que tomen su tiempo para entender lo que quiero decir, por eso, les pido que a parte de sus misiones, tomen el tiempo para ayudar al joven Kamado, él es un Cazador de Demonios como todos nosotros y con ustedes, tiene la oportunidad única de aprender más y quizás en un futuro, ser un Pilar."
Iguro se dio cuenta de que todos miraban a Tanjiro y vio como el joven estaba muy nervioso pero se mantuvo firme y asintió, mirando a todos los Pilares allí presentes con la determinación de proteger a su hermana.
"Por favor, necesito su ayuda." dijo Tanjiro, cerrando los ojos. "Necesito proteger a mi hermana hasta que encuentre una cura."
El silencio se hizo eco en la sala, seguramente cada Pilar tenia mucho en lo que pensar pero Iguro sabía que no iba a ser fácil, tampoco lo fue la primera vez que Tanjiro llego a este lugar y sabía que Sanemi se lo iba a poner muy difícil.
"¿Y porque debería ayudar a un demonio?"
Iguro casi suspiro pero se detuvo. No, Sanemi no iba a ponerlo nada fácil.
