43 días

.

.

.

I. Viaje a la soledad

By Althariel

.

.

.

Para LIE, Scherezada contemporánea, mujer de mil rostros.

.

.

.

If neither foes nor loving friends can hurt you,

If all men count with you, but none too much;

If you can fill the unforgiving minute

With sixty seconds' worth of distance run,

Yours is the Earth and everything that's in it…

If, Rudyard Kipling

.

.

.

Cuando el polvo de la batalla se disipó y el despliegue de la devastación causada por los contendientes comenzó a tomar forma, Hajime cayó en la cuenta de que estaba en shock: su cerebro, tremendo artífice del desastre frente a él, se había desconectado, y su cuerpo y energía maldita tomaron el control para regalarle la victoria, dulce y anhelada victoria.

Aun los últimos rastros de su técnica le hormigueaban en la punta de los dedos y lo conectaban con el cuerpo inerte de Gojō Akihiro; la luz de esos venerados seis ojos se extinguía aprisa, pero para Hajime todo estaba sucediendo en cámara lenta.

—¿En verdad pensaste que vendría a ayudarte? —inquirió casi con verdadera curiosidad.

Las pupilas azules se movieron desesperadas de un lado a otro, buscando una posible salida, algo… pero Hajime había frito su cerebro y el núcleo de su poder maldito, no quedaba más por hacer.

—Fuiste un oponente digno… —halagó casi sonriendo de lado mientras buscaba algo en el piso. —Pero un hombre indigno y por tu osadía, yo Kashimo Hajime, el más fuerte de nuestra generación, descabezaré a tu clan, uno por uno, comenzando por ti…

Gojō buscó en su cuerpo el poder necesario para activar el infinito sin encontrar respuesta. Hajime levantó de una patada en el piso la Espada de la Exterminación que el shikigami de Zen'in había perdido y, sin más contemplación, decapitó a su oponente.

La sangre que brotó de la yugular cercenada de Akihiro marcó la huida de los Gojō hacia Kyoto y el reinado de las mujeres de los Zen'in en Edo; un reinado femenino de cincuenta años que acabaría con la misteriosa desaparición del anciano guerrero, dios del rayo, después de sostener una larga plática con un visitante "peculiar".

Quienes pudieron ver al visitante, solo pudieron recordar la larga cicatriz que cruzaba su frente.

.

.

.


.

.

.

27 de julio, 1617

Sakura-Han, Shimōsa

.

.

.

El tsuyu(1) se había debilitado, habían pasado algunos días desde que había dejado de llover, algo normal, pues la temporada estaba por terminar, luego vendría el calor y por fin podrían levantar la cosecha de arroz.

Sin embargo, los gritos de una mujer desgarraban anormalmente la paz en la aldea de campesinos y parecían desentonar con la belleza del final de la estación. Ella llevaba horas en labor de parto, casi sentada sobre un charco de líquido amniótico a punto de secarse, y su hijo nonato ni salía a ver el mundo ni dejaba de provocarle contracciones que la mantenían aferrada al chikarazuna(2).

La mujer comenzaba a sospechar que no llegaría a levantar la cosecha de arroz. Así de mucho la estaba matando el hijo que ya no le permitía contener los desesperados gritos de dolor.

Su esposo esperaba humillado afuera, separado de la mujer por paneles de bambú y papel, pero no más barreras. Escuchaba sus jadeos y, cómo evitarlo, también sus gritos agónicos.

Conforme la tarde fue pasando y las horas comenzaron a discurrir, no pudo evitar preguntarse si volvería a ver a su mujer o si tendría algún hijo al clarear el alba. Sospechaba que ninguna de las cosas era probable ya. Antes de la puesta del sol, el horizonte se llenó de nubes prietas, contenían lluvia, eso era seguro; luego, los jadeos y los gritos de la mujer se fueron desvaneciendo, pero no sabía si era porque la vida se le iba o si acaso eran acallados por la violenta tormenta que las nubes prietas habían traído… no, no lo sabía, solo continuaba ahí sentado, bajo la lluvia torrencial, esperando el desenlace del alumbramiento.

La tormenta no cedía… y el bebé tampoco.

Vecinas entraron y salieron varias veces durante la noche, algunas se habían turnado para tapar la boca a la mujer y evitarle la vergüenza de seguir gritando. Otras incluso habían ido por un monje, que se negó a asistir al escucharla desde fuera, y por un adivinador porque la pobre no lograba expulsar al fruto de su vientre. Las mujeres que salieron y entraron tenían sus blancas vestiduras manchadas de barro, el adivinador también se había ensuciado de barro en plena tormenta y canturreaba oraciones detrás del biombo.

El monje no se había atrevido a entrar pues presentía malos espíritus rondar a la mujer. El adivinador no se atrevía a marcharse porque sentía la energía vital manando de ella.

Y el padre… él seguía esperando.

La tormenta ya no era tal, era algo peor, no visto en años… algo salvaje e incontenible.

El viento silbaba violento, el agua todo lo salpicaba y, en la hora más oscura, antes de que el nuevo día clareara para permitirles conocer los estragos de la tempestad, un rayo inmenso cayó sobre el árbol que se encontraba afuera del cuarto donde la mujer trataba de expulsar a su hijo.

Ella pujó por una última ocasión, bien aferrada a la cuerda que colgaba, bien callada por voluntad propia esta vez… calculó que ahora sí saldría… el dolor era terrible…

El árbol se partió en dos, el trueno que siguió de inmediato acalló todo sonido adicional. La energía residual de tal fenómeno se sentía en el suelo de tierra enlodada.

El hombre se levantó sobresaltado porque inmediatamente después del trueno, un grito infantil y un llanto avisaron que su hijo había nacido.

Luego vino el silencio. La lluvia cesó de inmediato, los restos de energía del rayo siguieron el rastro del agua y se colaron al cuarto donde el causante del fenómeno abrió los ojos… unos ojos ambarinos como nunca nadie había visto.

Un par de temblorosas mujeres habían limpiado y entregado el bebé al adivinador; tenían que saber cuál sería el destino de ese infante que se negó a nacer durante tantas horas. Otro par de mujeres limpiaron a la madre y le pasaron una sopa aguada de arroz, el único alimento que tendría permitido en los siguientes días.

El adivinador revisó al bebé, las manos le temblaban, aún sentía la potencia del rayo en el ambiente, aún resonaba en su cabeza el trueno posterior.

"No puede ser…" pensó consternado. "Esta campesina ha parido un elemental".

—El padre… ¿dónde está el padre? —inquirió buscando aprisa algo entre sus vestiduras, una delicada piedra amarilla que rápidamente anudó en el tierno tobillo, luego un rezo y un hechizo… ya estaba.

Una mujer salió corriendo por el padre y lo arrastró prácticamente frente al adivino.

—Se llamará Hajime —anunció el adivinador, sin siquiera consultarle al hombre si quería ese nombre o no. —Su vida será imposiblemente larga y allá donde vaya, las mujeres llorarán y gritarán porque tu hijo fue tocado por Raijin(3), no le quitarás este amuleto hasta que desate las cuerdas(4)… una vez que lo hagas, solo los dioses sabrán su destino.

Con el amuleto le estaba comprando un par de años de vida, los suficientes para que su poder se disipara, quizás… o quizás no.

Las mujeres que escucharon aquellas palabras terribles abandonaron el cuarto sin mayor dilación, no querían contaminarse de aquello que habían ayudado a nacer. El hombre quedó con el recién nacido en brazos, algunos minutos después, el sol asomó sus primeros rayos en el horizonte, rasgando la cortina de nubes que ya no derramaban agua y entonces pudo verlo bien…

Hajime le regresaba la mirada como no lo haría un bebé jamás, una pelusa de cabello pálido coronaba su cabeza y debajo de las pestañas las marcas del rayo que precedió su nacimiento eran visibles para todo aquel que quisiera mirarlas.

A los pocos días, el hombre derribó el cuarto donde su mujer había parido, intentó también cortar el árbol partido en dos, pero el rayo lo había solidificado… toda herramienta que utilizaba saltaba por los aires hecha pedazos.

.

.

.


.

.

.

Mes de la escarcha (noviembre), 1622

Sakura-Han, Shimōsa

.

.

.

Hajime no era un niño normal y sus padres lo sabían: veía con mayor claridad que nadie en la aldea, escuchaba con asombrosa nitidez, percibía mejor el espacio y, de forma muy perturbadora, era inusitadamente fuerte. Tanto que poco o mucho había ayudado a sus padres durante la cosecha de arroz y verduras que acababa de terminar… y el niño, ni siquiera había desatado las cuerdas.

Su padre, sentado como siempre frente al árbol petrificado, reflexionaba en silencio. No quería llevar a cabo el ritual, ya lo había pospuesto tanto como era posible. Lo temía tanto como temía la pálida coloración del cabello de su hijo, el peculiar brillo de sus ojos y, sobre todo, las marcas de nacimiento bajo sus pestañas que, en lugar de desaparecer, fueron consolidándose con nitidez en el infantil rostro. Sabía que al efectuar el ritual, debería retirar el amuleto y entonces sí, sí que llegaría el destino.

Sin embargo, a la mañana siguiente tomó camino rumbo al templo más cercano. Era una caminata de varias horas, dejaron atrás los campos de siembra y se internaron en un sendero que cruzaba el bosque hacia la construcción donde los monjes llevaban a cabo las ceremonias y ritos para las familias que vivían en las cercanías. No habían caminado solos, era la época donde otros padres llevaban a sus hijos al templo, pero al ser los últimos días propicios ya no había abundancia de peregrinos en la senda.

Al padre de Hajime le hubiera gustado consultar al adivinador que había colocado el amuleto de su hijo, pero había sido imposible encontrar al hombre otra vez, parecía que se lo había tragado la tierra.

—No te internes en el bosque, Hajime, puede ser peligroso.

El niño, por toda respuesta, se limitó a asentir. No era que no hablara, al contrario, tenía un vocabulario sorprendentemente amplio, era que prefería no hacerlo a menos que tuviera una idea completa que expresar.

Al llegar, al templo, la ceremonia se llevó a cabo con sencilla rapidez. Finalmente, la estaban realizando para un campesino, otra cosa hubiera sido si fuera el hijo de un samurái. Los monjes cambiaron la cuerda que mantenía en su lugar el kosode del niño por un obi que sacó el padre de entre sus ropas. En el delgado obi, la madre había bordado un rayo. Tocaron las campañas, se llevaron a cabo los rezos adecuados y una moneda cambió de manos.

Se acabó la ceremonia y los monjes desaparecieron de su vista.

Antes de abandonar el templo, el padre de Hajime sacó un pedernal afilado y cortó la tira que unía el delgado amuleto al tobillo de su hijo. Al hacerlo, las cicatrices en sus mejillas emitieron un ínfimo resplandor, pequeñas chispas se desprendieron de los extremos de la cuerda recién cercenada, fueron tan perceptibles que le provocaron escalofríos.

El hombre había pensado en dejar el amuleto como ofrenda, pero en el último minuto lo pensó mejor y lo guardó en la manga del kosode de su niño.

Emprendieron el camino de regreso.

A la salida del templo tomaron una linterna de papel y encendieron el pábilo en su interior para que iluminara sus pasos en el bosque.

Una familia caminaba lento detrás de ellos: una mujer, un hombre, un niño de la misma edad de Hajime y una niña en brazos de su madre. Probablemente habían acudido a realizar el mismo rito para el niño. Campesinos también a todas luces. Ellos caminaban más lento, la mujer con la niña en brazos poco podía hacer para moverse con rapidez y el niño no era tan habilidoso como Hajime. Pronto los dejaron atrás en la soledad y el silencio del bosque.

Pero entre los árboles, algo más los seguía y los observaba relamiéndose un hocico anormalmente largo y plagado de dientes, al menos cuatro hileras de ellos y la lengua viperina lamía los mofletes deseando hincar ya el diente.

Hajime lo había notado hacía un rato, sus ojos y sus oídos le habían indicado dónde estaba aquel peligro, pero no había dicho nada a su padre porque no sabía qué era eso, nada en las palabras conocidas le serviría para explicarse.

—Peligro… —murmuró tan bajito que su padre no lo escuchó y siguieron caminando.

Apenas habían abandonado la parte más cerrada de los árboles para volver a la zona agrícola cuando escucharon ruido a sus espaldas: un aullido y gritos de mujer, luego gritos de hombre, luego un llanto.

El padre de Hajime se giró lentamente, alumbrando apenas la densa oscuridad, ese giro fue el tiempo suficiente para que su hijo regresara corriendo sobre sus pasos, imposible velocidad para un niño de su edad. Lo vio internarse de regreso hacia donde los gritos se escuchaban.

Gritos, gruñidos, llantos, gritos, gruñidos, llanto, un horrible borboteo.

Corrió hacia su hijo temiendo lo que encontraría. Entonces, un rayo venido de ningún lado partió el cielo, iluminó el bosque y luego todo fue silencio.

La linterna de papel temblaba en sus manos cuando por fin encontró a la familia y a su hijo… a su pequeño y sonriente hijo sentado sobre los restos chamuscados de algo que supuraba líquido verde, maloliente, mantenía abrazado al niño que la maldición había intentado robar.

La familia estaba acurrucada contra un árbol. El hombre rengueaba de una pierna, la mujer inmóvil sangraba agonizante por una herida en el cuello, la niña tenía un largo arañazo en el rostro.

—Fue él… —balbuceaba el hombre. —El niño…

El padre de Kashimo se acercó a la mujer, estaba muriendo, le quitó a la niña de los brazos y se la entregó a su padre. Luego corrió hasta su hijo y revisó al otro niño, ambos indemnes.

—Hajime… ¿qué hiciste? —preguntó sacudiéndolo por las ropas.

Los ojos de su hijo brillaban incandescentes, llenos de vida, las marcas de sus ojos aún destellaban energía.

—Era fuerte… —comenzó a reír, como lo haría un niño. —Yo… más… fuerte…

El otro niño, aún asustado y con la cara cubierta de lágrimas, soltó un suspiro y corrió hasta su padre dejando a Hajime sentado solo como un rey encima de la maldición, su primera víctima mortal.

—El niño… —seguía balbuceando el adulto. —El niño… nos salvó.

El padre de Hajime sí que alcanzó a escuchar esas palabras y sintió que el destino los había alcanzado.

.

.

.


.

.

.

Mes de las letras (julio), 1629

Barrio comercial, Edo

.

.

.

—¡Es como un animal! —exclamó el sirviente con una larga vara de madera flexible en la mano, misma que acaba de hacer estallar en la mejilla de Hajime. —Mírelo, señor, este campesino se ha comido la ofrenda que llevaba para el templo.

Efectivamente, Hajime había abierto las alforjas de un caballo ajeno y había tomado la comida que ahí había. En su defensa, tenía hambre. La caminata de una veintena de horas desde su pueblo de campesinos hasta la fastuosa Edo, había exprimido hasta la última gota de sopa de arroz que había comido antes de partir. Su padre no estaba por ningún lado y la comida que llevaban en esas alforjas olía delicioso a metros de distancia.

Por supuesto, a sus tiernos once años jamás se imaginó que alguien le daría un merecido varazo. En su pueblo, las personas toleraban sus extravagancias por dos razones: por temor y por agradecimiento a su poder.

Pero ahí, en la capital, Hajime era nadie… un campesino más que había acompañado a los cargadores de su daimyō a entregar los impuestos.

El dueño de la ofrenda, un samurái de mediana edad, con ojos oscuros y el cabello tan falto de color como el suyo perfectamente recogido sobre la coronilla, lo observó detenidamente.

—¡Akihiro! —llamó y un adolescente, casi de su misma edad, con el cabello igual de descolorido y los ojos más azules que Hajime había visto jamás se acercó caracoleando en un caballo igualmente blanco. —¿Qué ves?

El joven sin siquiera bajarse del caballo lo barrió con una mirada, ojos azules como el cielo escudriñando su alma de formas que Hajime no había experimentado. Pero sus ojos ámbar también observaban cosas… cosas que nunca antes vio, energía vibrante corriendo por las venas de ese adolescente, un aura que parecía envolverlo delicadamente y protegerlo de todo, del polvo, del vapor, incluso de la luz. Hajime pensó que ni siquiera la luz del sol podía tocar a ese adolescente pálido y que todo era gracias a esa delicada aura que lo envolvía. Sintió deseos de descargar su energía y ver qué pasaba con ese delicado velo. Chispas invisibles para el ojo humano, pero no para Akihiro, escaparon de entre sus dedos.

No podía dejar de mirarlo.

—Un sucio campesino, padre —contestó frunciendo la nariz, como si Hajime apestara.

Hajime quiso decirle que estaba limpio, pero se olisqueó discretamente y calló. Quizás sí apestaba, el viaje había sido largo, pero subido en el caballo, el tal Akihiro no podría haberlo olido.

—¿Y qué más? —preguntó molesto porque su hijo se negaba a darle la información que le estaba pidiendo, era tan evidente que le sorprendía que su sirviente no tuviera la vara y la mano frita para ese entonces.

—¿Un muerto de hambre? —aventuró aún más ofensivo, estaba molesto porque ese joven no bajaba la cabeza como correspondía a un campesino, se atrevía a sostener la mirada de sus seis ojos cual si no hubiera una amenaza implícita en ellos. —¿Un ignorante asqueroso?

Sabía que su padre estaba esperando que le dijera cuál era la técnica maldita de ese niño, pero no lo haría, sería reconocerlo como igual. Además, no podía describirla, simplemente parecía un rayo chispeante. Hasta ese momento, Akihiro no había visto un usuario de energía maldita que no fuera al menos samurái… le parecía poco decoroso para todos que existiera siquiera.

—¡Un ladrón! —finalizó su diatriba de insultos.

Con cada uno, Hajime sentía que se le erizaba la piel y cada vello de su cuerpo. La cara le ardía de vergüenza y no era solo por el varazo. Por supuesto que sabía cuál era su lugar, era un campesino, pero no era cualquier campesino, a pesar de su corta edad él era fuerte… eliminaba los demonios que avanzaban en la oscuridad, protegía las tierras del daimyō Doi Toshikatsu en el Sakura-han, espiaba el entrenamiento de los samuráis cuando no estaba sembrando y copiaba sus movimientos, se levantaba antes siquiera de que clareara el alba para practicar.

Juraba que estaba al nivel de aquellos más versados en las técnicas de pelea y hubiera dado lo que fuera por recibir una katana y el honor de pelear… Y ese niño ahí, recubierto por un aura que jamás había visto, enfundado en su precioso kimono, lo estaba insultando gratuitamente.

—¡Gojō Akihiro! —el tono de su padre bajó una octava, era su forma de reprenderlo y de hacerle ver que estaba perdiendo la poca paciencia que le tenía. —¿Qué ves? —repitió su pregunta inicial.

El aludido bostezó y sonrió de lado.

—Eso padre, un campesino muerto de hambre… deja que lo tundan a palos.

Ese día el padre de Akihiro decidió enseñar a su hijo una lección terrible. Akihiro no lo sabía, pero estaban en pleno derecho de matar a ese usuario de energía maldita que no pertenecía a la casta samurái, las reglas los asistían para mantener puro el mundo de la hechicería; pero su hijo, al no querer reconocer el poder frente a él, negaba la validación requerida de un segundo hechicero para ejecutar la sentencia.

—Muy bien, campesino… —tomó la larga vara que su sirviente ya había utilizado para golpear a Hajime y con ella lo obligó a separar la vista ámbar de su hijo.

Toda vez que lo obligó a mirarlo, fortaleció su puño con energía maldita y lo descargó en el rostro de Hajime.

—Esto te enseñará a no robar —espetó, el golpe debió fracturar la mandíbula del niño al menos.

Hajime había salido rodando algunos metros hacia atrás. Estaba preparado para el golpe, sí, como los de su padre, apenas los sentía honestamente… jamás para ese dolor que atenazó su rostro, ardía, quemaba, era insoportable, evitó hacer un solo sonido por pura fuerza de voluntad. En su mente repitió la escena, sus ojos habían notado cómo la energía del adulto había cubierto su brazo, lo envolvió justo antes de que descargara el golpe, lo había vuelto más fuerte y violento.

"¿Cómo lo ha hecho?" se preguntó frenético, recordando nuevamente lo que sus ojos habían visto, paso a paso, instante por instante. ¿Podría él hacer lo mismo con sus rayos?

La boca le supo a sangre, escupió sobre la tierra apisonada; luego levantó el rostro para observar a la elegante comitiva que se retiraba dejándolo abandonado y solo en cualquier calle de Edo.

Akihiro le miró una última vez asombrado por el aura de energía chispeante que expulsaba el campesino, ese niño tenía tanta energía maldita como él mismo, pero era un ignorante campesino y pronto moriría de hambre, seguro. Por su parte, el padre de Akihiro miraba preocupado su puño preguntándose si habría sido un error enseñar una lección a su hijo ese día.

Hajime no se había dado cuenta, pero había logrado quemar con electricidad la piel de su atacante como arco reflejo a la agresión.

.

.

.


.

.

.

Cuatro meses después

Propiedad del Clan Gojō en Edo

.

.

.

Con motivo del terremoto experimentado durante el mes de las hojas, el incremento feroz de las maldiciones en los territorios del Shōgun y las recientes muertes de hechiceros jóvenes en enfrentamientos con maldiciones de grado especial, el Jujutsu Sōkanbu ordena que:

Todos los hechiceros de alto grado deberán abocarse al exterminio de maldiciones sin esperar recompensa, al menos durante un año.

Todos los usuarios de poder maldito tendrán derecho a vivir y a ser educados como hechiceros sin importar su origen o género.

En cuanto un hechicero, monje o adivinador se encuentre con un usuario de poder maldito, deberá canalizarlo al Terakoya de Edo o al Terakoya de Kyoto.

Queda abolido el derecho de eliminar usuarios de poder maldito entre la clase de campesinos o comerciantes so pena de muerte.

Esta ordenanza es de aplicación inmediata.

.

El padre de Akihiro acercó la misiva al fuego y esperó a que ardiera frente a sus ojos, no pudo evitar pensar en el campesino que le había quemado la mano con su energía maldita. Tuvo una oportunidad para deshacerse de él y ahora su derecho a vivir estaba garantizado.

Al mismo tiempo, en el Sakura-han, en Shimōsa, aquel viejo que había sellado con un amuleto el poder de Hajime el día de su nacimiento, se acercó a la humilde construcción donde el niño y sus padres vivían. El árbol que el rayo había petrificado seguía incólume. Curiosamente, no se había encontrado con ninguna maldición en el territorio cercano, pese al temor que las personas emanaban, pese a que el terremoto había tirado o incendiado casi todas las construcciones.

Intuía que el niño tenía que ver con el tema, pero no imaginaba que fuera en verdad posible.

Tocó la puerta suavemente, preguntó por el niño a los asombrados padres, intercambiaron algunas frases y, para cuando Hajime volvió de otra de esas incursiones donde llegaba con la ropa desgarrada, batido en barro, algunas heridas abiertas y con una sonrisa maníaca en el rostro, sus pocas pertenencias estaban guardadas en un atado que su madre le entregó.

—Cuídate, hijo, y vuelve con nosotros cuando seas más fuerte —fue todo lo que dijo ella.

—Tienes obligaciones aquí, no las olvides jamás —sentenció su padre.

Y así, Hajime fue a dar al Terakoya de Edo, un templo donde se enseñaba a los usuarios de poder maldito el arte de la hechicería y a defender a los no hechiceros de las maldiciones que los acechaban en cada lugar.

Por fin, recibiría el entrenamiento formal de un hechicero junto a una única otra alumna, una niña llegada desde Ezo, allá ella cuidaba de las gallinas y las aves de caza.

.

.

.


.

.

.

Mes del conejo (abril), 1632

Terakoya de Edo

.

.

.

Hajime amaba ser hechicero.

Desde que un anciano había ido por él a su casa y lo había arrastrado hasta un templo oculto a las afueras de Edo, la vida del joven campesino no había dejado de cambiar. Primero, descubrió que era un hechicero. Segundo, descubrió que no era un hechicero cualquiera, ¡era un elemental! Tenía la capacidad de manipular con su energía maldita el rayo y eso lo volvía excepcional entre un montón de gente que por sí misma ya era bastante extraordinaria. Tercero, por fin pudo aprender taijutsu, a pelear cuerpo a cuerpo, y a utilizar katanas, espadas, lanzas, chacos y muchas otras herramientas malditas que potenciaban su fuerza.

Por supuesto, no había sido fácil. De hecho, podría decir que los tres años que llevaba viviendo ahí habían sido un infierno… uno al que aún le faltaban tres años más.

Él y Natsuki, la única otra estudiante llegada al mismo tiempo que él, habían pasado por torturas inimaginables: les habían exigido el doble que a cualquier persona, el doble de habilidad, de potencia, de capacidad, de velocidad y de aprendizajes y aun así no era suficiente para justificar que estuvieran ahí viniendo de una casta tan impropia para entregar guerreros.

La técnica maldita de Natsuki era… extraña… ella podía comprimir y estirar las cosas que no respiraban y la verdad es que Hajime no le veía gran utilidad, Natsuki tampoco y por eso se empecinó en volverse tan buena en el taijutsu como él.

Y así habían pasado tres años moliéndose a golpes, aprendiendo a leer, a escribir, a pelear, a forzar su técnica a extremos que no habían soñado antes y también, habían exorcizado maldiciones… eso lo enseñó Hajime a Natsuki… él ya lo había hecho antes… y eran felices hasta que una mañana les avisaron que ya que por fin habían alcanzado un buen nivel, se unirían a ellos tres estudiantes más, herederos de las grandes casas… dos de la casa Zen'in y uno del clan Gojō.

A Hajime se le pusieron los pelos de punta de solo pensarlo… y entonces, sólo en esa ocasión, deseó no ser hechicero ni seguir en el terakoya.

.

.

.


.

.

.

Satsuki (mayo), 1632

Terakoya de Edo

.

.

.

Kagemori, como todos los Zen'in, no se caracterizaba ni por su paciencia ni por su buen humor. Al contrario, podía fácilmente decirse de él que era uno de los samurais más circunspectos que había arrojado el clan en las últimas generaciones y eso era una desgracia, porque apenas tenía dieciséis años. También era cierto que a Kagemori le molestaban las imprudencias de Gojō Akihiro, por eso su convivencia era siempre tensa. Además, si había algo que detestaba en este mundo más que otra cosa, era esa capacidad de los jodidos adultos de su clan para decirle "tú eres el líder, pero de momento acatarás lo que se te diga". En cada ocasión sintió deseos de tirarles encima alguna de sus sombras, a veces imaginaba que lo hacía, que Orochi los partía en dos de una mordida y que sus vísceras caían apestosas al terreno apisonado de la propiedad familiar.

Así, había que decirlo, Kagemori también era un sanguinario pagado de sí mismo.

Y por todo eso junto, había soltado tres imprecaciones y golpeado al mensajero que le entregó la misiva de su padre donde le ordenaban amablemente que empacara sus cosas para asistir al nuevo colegio de hechicería en Edo.

La totalidad de su asistencia estaba mal. No solo tendría que convivir con Akihiro a diario, también tendría que tener como compañeros a campesinos y cuidadoras de aves. Lo único medianamente aceptable es que su prometida también asistiría al mismo colegio, aunque en realidad, no había tal necesidad, ella era bastante absurda y su técnica, aunque preciada, carecía de verdadera utilidad una vez que la usaba.

Sin importar sus opiniones, tres días después, las literas que lo conducían a él y a Motoko cruzaban el tori que guardaba y protegía la entrada al templo o colegio, lo que fuera que eso fuera… por supuesto, no había tenido tanta suerte y apenas bajar se topó con Akihiro.

—¡Kagemori! ¿Te parece cortés haber tardado tanto en llegar cuando eres quien más cerca vive de esta… —pocilga, quiso decir, pero estaba claro que los estaban escuchando— nueva institución educativa.

—No te he dado permiso de usar mi nombre —respondió el aludido.

—No, no lo has hecho… —pasó a su lado como el rayo, empujándolo ligeramente y caminó hacia la siguiente litera donde apenas iba abriéndose la puerta, extendió su mano cortés y ayudó a bajar a la joven que le había robado el aliento desde que eran niños. —Hola Motoko, ¡qué gusto que te hayan enviado también a ti!

—Gracias, sí, también he venido para ayud…

—¡Gojō! —llamó su atención, pero el tono de advertencia no pasó desapercibido para ninguno de los dos—. ¿Cuántos días llevas aquí? ¿Ya pudiste ver al elemental?

Al escuchar su nombre, Akihiro había soltado la mano tibia de Motoko, de verdad pensaba que era una decepción que estuviera prometida con Kagemori, si por él fuera ya la habría desposado ese año… aunque fuera Zen'in. Ya que estaban por ahí, vería la forma… quizás no sería tan terrible convivir con campesinos si con eso lograba robarse a Motoko… después de todo, él era el heredero de los seis ojos, estaba destinado a ser el más fuerte entre todos los clanes, si él quería tener a esa mujer nadie podría impedirlo.

—Procuro no acercarme a los campesinos, pero puedes verlo tú mismo, está entrenando ahí… —señaló vagamente un edificio enorme y Kagemori supuso que estaría en la parte de atrás.

—Motoko… apresúrate… no te quedes atrás.

Ella se apresuró a caminar un par de pasos por detrás de Kagemori, iban seguidos de Akihiro. La primera quería con todas sus ganas que Kagemori pudiera prestarle mayor atención ahora que sólo estaban los dos, el segundo se moría por conocer al fenómeno pobre que se había colado entre los hechiceros y el último no dejaba de idear cómo podría quedarse con Motoko.

Cuando por fin llegaron al espacio que habían habilitado como patio de entrenamientos, los tres quedaron con los ojos abiertos como platos de la más fina porcelana: Hajime y Natsuki intercambiaban golpes a una velocidad increíble, evidentemente planeaban hacerse daño, pero justo cuando estaban por asestarlo en su enemigo, detenían la fuerza para evitar que el entrenamiento se convirtiera en algo más que un acercamiento francamente doloroso.

—Motoko… ¡técnicas! —demandó Kagemori—. Ella se limitó a entrecerrar los ojos por un instante, podía ver todo el poder de ambos… el de la chica, bien, pero nada extraordinario, el del chico era incluso difícil de captar, era demasiado rápido, mucho más complejo de explicar.

Akihiro se acercó aún más, quería escuchar la respuesta de Motoko, él particularmente nunca había podido identificar realmente la técnica del campesino, por supuesto, podía ver el rayo y su energía, lo demás, estaba ahí, visible para sus seis ojos, pero invisible para su intelecto.

—Ella manipulación de sólidos no animados, él… —se quedó callada, no sabía cómo explicarlo, eso provocó un resoplido exasperado de Kagemori. —Él es una bestia… —exclamó por fin, sí, eso era muy exacto, por supuesto, su prometido no la entendió.

—Evidentemente, es una bestia… ¿cuál es su técnica? ¿cuál es su elemento?

Ella despegó sus ojos violetas del par de contendientes, ya se lo había dicho, su técnica era una bestia. Estaba segura de que lo expresó bien. Se mordió los labios, retorció sus dedos.

—El… r…a…rayo… —balbuceó con nerviosismo— él… bestia… rayo…

Kagemori suspiró fastidiado, por esas cosas no soportaba a Motoko y no sabía para qué la habían enviado con él. Ella no peleaba, no era una hechicera funcional, cualquier violencia la asustaba y ahora que ya había dicho su sentencia, no le servía para nada más. En cambio, la mujer que soportaba los palos y golpeaba al campesino, le parecía infinitamente más interesante.

—¡Ey, campesino! ¿por qué no dejas de pelear con una niña débil y mejor peleas con un hombre? —gritó.

Hajime, que se había esforzado por ignorar a los recién llegados tuvo que morderse el labio y contener su puño para no descargar sobre ellos toda la carga acumulada de su rayo. Natsuki, en cambio, lo tomó de la peor manera posible.

—¡No soy ninguna niña! —vociferó lista para medirse a los golpes con aquel hechicero recién llegado.

—No estoy hablando contigo cuidadora de gallinas —sentenció sin siquiera mirarla. —¿Acaso tienes miedo de enfrentarte a un hombre? —preguntó sonriendo socarrón.

—No veo ningún hombre por aquí… solo dos hijos de papito y una mocosa asustada.

Kagemori apretó los labios hasta que se volvieron una fina línea, luego su cerebro urdió rápidamente un plan para conocer el alcance del elemental frente a él.

—Tenías razón Gojō, ¡te tiene miedo! —comenzó a carcajearse—. El campesino te tiene miedo y haría lo que fuera para esconderse de ti…

Akihiro lo miró desconcertado. Él no había dicho tal cosa. Tampoco es que no lo pensara, solo que su padre le había prohibido entrar en confrontación directa con el elemental… pero ahora no podía desdecirse o quedaría como cobarde y eso no podía ser… no frente a Motoko.

—¡Por supuesto que me tiene miedo! —fanfarroneó. —Míralo, el rey del arrozal sólo sabe golpear a otra humilde campesina como él.

Hajime entrecerró los ojos y forzó su visión, esa que le permitía analizar al enemigo y distinguir sus puntos débiles. Volvió a percibir el velo que recubría a Akihiro, estaba por encima de él, sabía que no podría atravesarlo tan fácilmente, pero ahora se daba cuenta de los pequeños agujeros que tenía el velo, eran ínfimos, pero estaban ahí. Ese velo se había vuelto más tupido con los años, no obstante, aún parecía una tela tejida groseramente, como si no hubieran logrado cerrar el punto de cada hilo. Sonrió. Él podría golpear esos agujeros mínimos con su rayo, estaba seguro de que podría atravesar el velo que lo protegía si golpeaba ahí, directamente, un golpe sin trayectoria. Ahora sólo restaba saber si debía mostrar la debilidad de Akihiro en ese primer enfrentamiento.

Una mueca sádica apareció en sus labios, tronó sus dedos y se lanzó hacia enfrente a una velocidad asesina. Tenía que probar la resistencia del velo y ahora podía hacerlo… no como en el callejón, ahora estaban en el mismo lugar y en el mismo derecho… el terreno estaba parejo.

Akihiro apenas lo vio venir, sus ojos azules brillaron intensamente encendiendo su técnica, el infinito se extendió entre su piel y el espacio disponible. Hajime observó cómo todo el aire alrededor de Gojō pareció congelarse de forma, paradójicamente, flexible, pero eso hizo que los mínimos agujeros se extendieran como ojales aún más visibles para él.

Tiró una patada de hélice a su cabeza, el velo evitó que el golpe pudiera tocarlo como ya se imaginaba, pero la fuerza, el viento y la dirección, hicieron que todo a su alrededor volara, incluidos Kagemori y Motoko. En un instante, Akihiro decidió no golpear a Hajime, más bien se apresuró a moverse hacia Motoko, para evitar que cayera al piso, Zen'in demasiado ocupado en aterrizar con gracia evitando llevarse la humillación de un golpe que no habían dirigido hacia él.

—Jajajajaja, vaya que no es lento el rey del arrozal… aunque tampoco muy preciso, —se mofó Kagemori, estaba contento, quizás podría deshacerse de Akihiro enfrentándolo al campesino, ya se veía que era lo suficientemente estúpido como para dejarse manipular como arma contra Gojō.

Akihiro se encogió de hombros, estaba sonriendo porque tenía a Motoko en sus brazos, ella dirigiéndole una mirada bastante aliviada, porque durante un instante pudo a ver a la bestia ámbar y se preguntó cómo es que ninguno de los otros dos se daba cuenta del peligro.

—Son imbéciles… —farfulló Hajime, también sonriendo para sí mismo porque había comprobado tanto la resistencia del velo como la debilidad de Akihiro… Y, aunque ése no sería el día, pronto llegaría el momento cuando utilizaría el conocimiento de aquellos ínfimos espacios en el infinito a su favor… observaría si cambiaban… observaría a Gojō condenarse gracias a su maldita ineptitud si no los reparaba con el tiempo.

La única que se limitó a enarcar una delgada ceja fue Natsuki porque ella vio con certera claridad que los recién llegados no sólo eran grandes samurais, sino también grandes buenos para nada. Ella sabía que Hajime ni siquiera había apuntado con fuerza, ni siquiera había intentado ser letal.

—Vaya que serán unos increíbles tres años más… —suspiró divertida imaginando lo que vendría a partir de ahora.

Y sí. Los siguientes tres años se vivieron como una sucesión de peleas y enfrentamientos entre Kagemori, Akihiro y Hajime. En algunas ocasiones, Natsuki también entró en la lid, demostrando en cada ocasión que ninguno de los hijos de samurái eran capaces de vencerla. A su vez, Motoko jamás se metía, los veía pelear a todos desde la barrera, incapacitada para mejorar por el sabotaje emocional de Kagemori y el temor intrínseco que le daba el campesino.

También, durante esos tres años, Kagemori y Akihiro se negaron a tomar misiones para eliminar demonios en los pueblos lejanos y cercanos, so pretexto de que no estaban a su altura, para las pequeñas pestes podrían enviar a los campesinos. A su vez, Hajime y Natsuki las tomaron todas… todas y cada una… y con cada una se fortalecieron cada vez más.

.

.

.

N. de la A.

(1) La temporada de lluvias sucede entre los meses de mayo y julio y coincide con la maduración de las ciruelas, de ahí, tsuyu significa lluvia de ciruelas. Esta temporada precede a una época de calor intenso que después se degrada al iniciar la temporada de tifones que puede o no ser bastante irregular.

(2)Cuando las mujeres estaban de parto eran conducidas a un cuarto construido para tal finalidad; en el cuarto, el padre colgaba de las vigas una cuerda llamada chikarazuna, esa cuerda permitía a las mujeres ejercer fuerza para acompañar las contracciones y asistirse durante el parto. Las mujeres en la época Edo parían sentadas, acompañadas únicamente por otras mujeres, todas vestidas de blanco para ahuyentar a los espíritus malignos. También era importante que guardaran silencio, a riesgo de deshonrarse al gritar. En algunos cuartos, había un biombo que separaba a la mujer parturienta del adivino o del monje, esto es una herencia de la era Heian que se encontraba en desuso hacia la época Edo.

(3)Raijin - En el sintoísmo, es el dios japonés de los truenos y del rayo.

(4)En la ceremonia himotoki los niños de cinco o seis años, aproximadamente, y las niñas entre siete y ocho, cambiaban la cuerda que mantenía fijo su kosode por un obi. Esta ceremonia es parte de los diferentes ritos de crecimiento de las infancias en el período Edo. Se realizaban mayormente para la descendencia de samuráis y daymiōs pero, por imitación, también lo realizaban de forma menos fastuosa los campesinos y los comerciantes.