"En la penumbra del sótano"
La luz tenue de la lámpara junto al futón apenas rozaba los contornos de sus cuerpos. Jackie estaba acostada sobre las sábanas revueltas, con el cabello desordenado y el pulso aún acelerado por la última ronda de caricias que Hyde le había regalado. Su torso desnudo subía y bajaba suavemente mientras él se deslizaba sobre ella, repartiendo besos perezosos por su cuello.
Steven estaba tan a gusto, tan seguro. Como si el mundo no pudiera romperse. Como si el calor entre sus cuerpos bastara para sostenerlo todo.
Ella lo miró desde abajo, con los labios entreabiertos, sintiendo el peso delicioso de su cuerpo contra el suyo. Sus manos le acariciaban la espalda, disfrutando cada línea, cada músculo, cada movimiento que provocaba un gemido suave de sus labios.
—Estás muy callada —murmuró él, sin levantar mucho la cabeza de sus senos, acariciándole un muslo con la mano abierta, bajando lentamente.
—Estoy... —suspiró, cerrando los ojos un momento mientras él descendía— disfrutando.
Y era verdad. Cada roce, cada movimiento medido de sus caderas, cada nuevo ángulo que probaba con descaro, buscando sacarle nuevas reacciones. Hyde la conocía. Y últimamente, parecía dispuesto a llevarla al límite cada vez. Tal vez no le decía que la amaba. Tal vez no hablaban del futuro. Pero su cuerpo… su cuerpo gritaba lo que sus labios callaban.
Hyde la sujetó por la cintura y la giró con fuerza controlada, dejándola a horcajadas sobre él.
—Tu turno, princesa —susurró con una sonrisa torcida, esa que la derretía y la enloquecía a partes iguales.
Jackie jadeó cuando sintió la profundidad del contacto, aferrándose a sus hombros mientras se movía sobre él. Era tan fácil dejarse llevar. Tan natural hundirse en ese vaivén ardiente que sólo Steven podía provocar. Pero en su cabeza… en su pecho…
¿Hasta cuándo vamos a fingir que esto es suficiente?
El pensamiento la golpeó como un latido más. No lo detuvo. No lo dijo en voz alta. En lugar de eso, bajó el rostro, buscando su boca, besándolo con hambre. Como si pudiera absorber de él las respuestas que necesitaba. Como si aferrarse a su cuerpo bastara para evitar que se le escapara el corazón.
Él la recibió sin cuestionar nada, con las manos en su espalda, bajando hasta su cadera, marcando el ritmo. Confiado. Tranquilo. Feliz, incluso. Como si todo estuviera en equilibrio.
Él no sabe que tengo miedo de perderlo. Él cree que esto es todo. Y tal vez para él lo sea.
El clímax la tomó por sorpresa, tan intenso que le arrancó un grito ahogado contra su cuello. Y mientras se rendía al placer, Jackie se permitió un pensamiento más: Si esto termina… quiero recordarlo así. Quiero que, por una noche, todo haya sido perfecto.
Y Hyde, con los ojos cerrados, sonrió contra su piel.
—Te tengo, mi muñeca—murmuró, como si de verdad lo creyera.
