Capítulo 05.
M3GAN
Ese siguiente viernes, muy temprano por la mañana, Gemma ya estaba lista para su presentación de ese día. Había sido una semana extenuante para su equipo y ella para tener listo el modelo de su proyecto, pero el trabajo había dado frutos.
El software funcionaba, el hardware funcionaba, las pruebas piloto habían salido exitosas… Claro, tendrían que hacer muchas más en el futuro, pues prácticamente habían reducido su periodo de pruebas sustancialmente para tenerlo listo a tiempo. Pero lo primero era salir vivos de esa próxima presentación; lo demás, ya lo verían después.
Aunque sí había un pequeño elemento faltante para su presentación, y uno muy importante para que David viera de primera mano todo el potencial de su proyecto. Por suerte, tenía ese elemento ideal justo ahí, en su casa.
Gemma abrió con cuidado la puerta del cuarto de Esther, y se asomó hacia el interior de éste. Divisó de inmediato a la pequeña recostada en la cama sobre su costado derecho, plácidamente dormida. Se aproximó casi de puntillas hacia la cama, se puso de cuclillas un lado, y extendió una mano hacia ella para tocarle el hombro.
Antes de hacerlo, sin embargo, se detuvo un instante cuando la luz que entraba por la puerta tocó ligeramente el cuello de la niña, iluminando las marcas claramente visibles sobre su piel. Gemma ya sabía que estaban ahí, pero verlas de forma tan directa las hacía mucho más reales…
En verdad alguien la había lastimado de esa forma tan horrible. ¿Por qué hacerle eso a una niña tan pequeña e inocente? Gemma nunca lo entendería… Y además de todo, pasar por eso para luego perder a toda tu familia.
Tardó un momento para sobreponerse a la impresión y continuar con lo que había ido a hacer.
—Hey, hey, Esther —susurró con suavidad mientras la agitaba delicadamente de su hombro—. Despierta, pequeña.
Esther se agitó un poco, dejó escapar un quejido y giró hasta recostarse sobre su espalda. Abrió sus ojos lentamente, y los enfocó poco a poco en su tía.
—¿Qué? ¿Qué pasa…? —masculló adormilada, seguida después por un largo bostezo.
De pronto, algo pareció recorrerle el cuerpo entero de punta a punta, como una sacudida eléctrica. Sus ojos se abrieron bien grandes, y la somnolencia fue desterrada enteramente de su rostro.
Alzó su mano derecha y la dirigió rápidamente a su propio cuello, instintivamente buscando su gargantilla de listón, que claramente no estaba ahí. Y no sólo eso, pues al momento de alzar la mano de esa forma, dejó también a la vista de Gemma su muñeca, que también tenía marcas muy parecidas a la de su cuello. Esto igualmente causó un pequeño impacto en su tía.
—¡No me veas! —gritó Esther de pronto, sonando furiosa al hacerlo. Extendió entonces rápidamente su mano hacia la mesa de noche a su lado, buscando con desesperación su gargantilla y brazaletes.
—Lo siento, lo siento —pronunció Gemma, apenada y un poco asustada. Retrocedió rápidamente, dándose media vuelta para darle la espalda.
—¡No entres a mi cuarto así!
—Está bien, lo entiendo. Prometo no hacerlo otra vez. Perdóname.
Siguió un silencio. Gemma continuó sin mirar, pero supuso que se estaba colocando rápido sus listones, en su intento por cubrirse lo más pronto posible.
—Ya puedes mirar —indicó Esther tras un rato. Al girarse de nuevo, Gemma la vio ya de pie a un lado de la cama, con su cuello y muñecas ocultas una vez más—. Lamento haberte gritado —pronunció la niña, agachando la cabeza apenada.
—Descuida —se apresuró a responderle Gemma—. Pero, Esther… esas cicatrices…
—No quiero hablar de eso —exclamó Esther rápidamente de forma tajante, dejando entrever de nuevo un dejo de enojo al hacerlo.
—Te entiendo, está bien —respondió Gemma, dibujando después una sonrisa despreocupada, aunque no tuvo claro si acaso era correcto que sonriera o no.
Esa era la primera vez que la veía reaccionar de una forma tan adversa. La primera vez que veía con sus propios ojos que Esther no estaba tan "bien" como le había dicho a Lydia luego de su visita. La primera vez que echaba un vistazo a eso que Esther había vivido durante sus cuatro años de secuestro y de lo que aún no estaba dispuesta a hablar…
Pero las cosas mejorarían para ella a partir de ese día. Su proyecto se encargaría de hacer que la vida de la pequeña Esther fuera mejor. Eso es algo que podía hacer por ella.
—Perdón que te despierte tan temprano —masculló Gemma, intentando dejar el tema de las cicatrices por la paz—. Pero te tengo una sorpresa.
El rostro de Esther reflejó genuino interés.
—¿Qué sorpresa?
—Vístete rápido —indicó Gemma—. Hoy me acompañarás a mi trabajo.
—¿Esa es la sorpresa?
—No, la sorpresa te la mostraré allá. Anda, prometo que te gustará.
Esther pareció suspicaz, pero al final hizo lo que le indicó.
Gemma la dejó sola en la habitación para que se cambiara y arreglara, y aguardó paciente en la sala hasta que la niña salió ya lista, luciendo un bonito vestido verde y un suéter blanco sobre éste, mallas negras, con su cabello suelto, adornado únicamente con una diadema. Y por supuesto, los listones de su cuello y muñecas siempre presentes.
—¿Lista? —preguntó Gemma, a lo que la niña respondió asintiendo con la cabeza, y esbozando una pequeña sonrisita.
Parecía que el incidente de hace rato había quedado atrás, para el alivio de Gemma.
Ambas se dirigieron hacia las oficinas centrales de Funki, en el centro empresarial de Seattle. Era un edificio alto de fachada bastante sobria, que cualquiera que la viera no adivinaría a simple vista que se trataba de una empresa de juguetes. Pero la sensación cambiaba en cuanto cruzabas las puertas del vestíbulo principal, y te encontrabas con el decorado colorido, las imágenes y modelos de los diferentes productos exhibidos en sus vitrinas y pantallas, e incluso algunos niños, y también adultos, jugando y probando los nuevos juguetes.
—¿Aquí es dónde trabajas? —preguntó Esther con curiosidad, mirando con atención a su alrededor mientras avanzaban en dirección a los elevadores.
—No en esta parte en específico, pero sí —respondió Gemma—. Es genial, ¿verdad? Pero ahora vamos a un lugar aún más genial.
Aquella afirmación no convenció del todo a su pequeña acompañante. Al menos en ese primer piso, las cosas se veían mucho más relajadas y festivas, pero en pisos superiores de seguro todo era más aburrido y gris.
La presencia de los PurrPetual Petz era constante a donde quiera que veías; en las pantallas, volantes, posters, e incluso estatuas de gran tamaño de las curiosas mascotas. Era evidente cuál era su producto estrella en esos momentos. Pero eso estaba por cambiar.
Gemma y Esther subieron hacia un piso superior, y bajaron en un pasillo de alfombra y tapicería roja. Pasaron por una serie de puertas, hasta llegar a una en específico, en la cual se detuvieron un momento, en lo que Gemma hacia una llamada rápida.
—Sí, ya estamos aquí… Ok, avísame cuando David ya esté ahí…
Dicho eso, ambas aguardaron apenas un par de minutos, antes de que Gemma recibiera un mensaje de confirmación en su teléfono.
—Es hora, pequeña —le indicó a su sobrina, esbozando una amplia sonrisa confiada que a Esther destanteó un poco. ¿Qué estaba tramando exactamente?
Gemma abrió la puerta con su tarjeta de acceso, e ingresó por ella seguida de su sobrina. Sin embargo, Esther se detuvo abruptamente en cuanto puso un pie dentro de aquella sala, mirando casi con espanto aquel casi claustrofóbico espacio. Era una habitación de forma irregular, de paredes y pisos en esencia blancos, pese algunos detalles de color que no lograban opacar en lo absoluto aquella blancura tan intensa. Había algunas mesas coloridas para niños, juguetes, y un par de adornos amistosos. Todo muy bonito en general…
Pero apenas y lograban ocultar el hecho de que aquello era, a todas luces, una sala de observación… similar a la de un psiquiátrico. Incluso a un lado, se encontraba el muy reconocible espejo de doble vista, abarcando casi toda la pared.
Aquello claramente disparó algo en Esther.
—¿Qué es esto…? —preguntó ansiosa, haciéndose instintivamente hacia atrás, pegando su espalda a la puerta que acababa de cerrarse.
—Hey, no tengas miedo —se apresuró Gemma a pronunciar con voz suave, agachándose a su lado para verla a los ojos—. Es sólo un cuarto de pruebas, en dónde los niños pueden probar juguetes nuevos. No hay nada que temer; yo estoy aquí contigo.
Esther la observó, notándose aún algo nerviosa. Lentamente desvió su mirada de su tía, hacia el espejo de doble vista en la pared.
—¿Hay personas viéndonos? —preguntó con seriedad.
—Sólo Cole, Tess y mi jefe, David. Nadie más.
Con una pizca más de confianza, Esther se viró lentamente a mirar el resto de la habitación, recorriendo ésta por cada objeto que resaltaba entre el blanco de las paredes. No tardó mucho en distinguir algo al otro extremo de la habitación, que no había notado debido a su primera impresión. Había alguien más ahí, sentada un sillón en forma de cojín redondo, color verde. Parecía ser una niña de cabellos ondulados color castaño claro, casi rubio, y un vestido color beige, que estaba dándoles en ese momento la espalda.
—¿Y quién es ella? —preguntó señalando con su rostro en su dirección.
Gemma volvió sonreír en ese momento, con bastante más (sospechosa) intensidad.
—Me alegra que lo preguntes.
Sin darle de momento más explicación, se alzó y la tomó de la mano, para guiarla con cuidado hacia aquella otra niña.
—¿Recuerdas la conversación que tuvimos la otra noche? ¿Sobre si pudiera existir un juguete que en verdad pudiera entenderte y entablar una conversación contigo?
—Sí —respondió Esther, un poco insegura.
—Bueno, quiero presentarte a alguien.
Ambas avanzaron hasta pararse justo delante de la otra niña. Y en cuanto Esther logró verle el rostro, se dio cuenta de que no era precisamente una niña como había pensado. Tenía el tamaño de una, pero su rostro claramente no era el de una persona. Estaba totalmente inexpresivo, con una piel tersa que parecía algún tipo de máscara o maniquí, y ojos cristalinos grandes de un azul muy claro. Tenía la cabeza inclinada hacia adelante, con los cabellos claros cayéndole por los costados.
—¿Es una muñeca? —preguntó Esther con curiosidad, inclinando ligeramente su cabeza hacia un lado.
—Es más que eso —le respondió Gemma.
Su tía extendió entonces una mano hacia la extraña figura sentada ante ellas, abriéndose paso por sus cabellos hasta su nunca. Al parecer presionó algo en ese sitio que soltó un pequeño pitido digital.
—Pon tus dedos aquí —le indicó a continuación a su sobrina, tomando la mano derecha de la muñeca y extendiéndosela. Esther se prestó aún un poco reticente, pero hizo lo que le indicó, presionando sus dedos índice y medio de su mano izquierda contra la palma lisa de la muñeca. Ésta volvió a sonar, como si de una computadora iniciando se tratase—. Con esto vas a conectarte con ella, y te reconocerá como su usuario primario. Eso significa que será tuya, y sólo tuya a partir de ahora.
—¿De qué hablas? —cuestionó Esther, claramente confundida.
—Ya lo verás. Mantén tus dedos ahí, y dile tu nombre.
Esther achicó los ojos, volteó a ver el rostro inexpresivo de la muñeca con cierta desconfianza. De nuevo se cuestionó qué estaba tramando Gemma con todo eso, aunque debía admitir que también le ganaba un poco la curiosidad.
—Esther Albright —pronunció alto y claro.
De pronto, como respuesta inmediata a su nombre, la muñeca alzó su rostro en su dirección, fijando aquellos ojos azulados justo en ella. Parpadeó una vez, y sus labios se estiraron en un vago intento de sonrisa. Luego, su boca se abrió, y de ella surgió una voz dulce, aunque con un claro efecto electrónico en ella, que dijo:
—Hola, Esther. Es un placer conocerte.
Los ojos de Esther se abrieron grandes por la impresión, y su reacción inmediata fue apartar sus dedos de la mano de la muñeca, y retroceder varios pasos.
—¡¿Qué cara…?! —soltó de golpe por mero reflejo, aunque se contuvo a último momento antes de decir más—. Digo… ¿Qué…?
La muñeca volvió a parpadear, con un movimiento mecánico, e inclinó su cabeza hacia un lado. Sus ojos brillaron ligeramente, mientras la seguían observando muy, muy fijamente.
—Me encanta tu vestido —dijo de pronto con dejo alegre—. ¿De dónde es?
Esther permaneció quieta y en silencio en su sitio. Miró discretamente hacia su tía, en busca quizás de algún tipo de asesoramiento.
—Respóndele, no tengas miedo —le indicó Gemma con voz calmada.
Esther volvió fijarse en la muñeca, y le respondió.
—Del centro comercial, creo…
—Se te ve muy bien. Queda perfecto con tu tipo de cuerpo y peinado.
—¿Gracias…? —masculló Esther, vacilante—. ¿Es un robot? —preguntó girándose de nuevo hacia Gemma. Ésta abrió la boca disponiéndose a responderle, pero la muñeca se le adelantó.
—El término es técnicamente correcto, pero es una generalización bastante amplia. Un robot es una máquina programable diseñada para realizar diversas tareas mecánicas de manera automática, o semiautomáticas. Lo más correcto sería decir que soy un androide, un tipo de robot creado con la intención de asemejar la apariencia y el comportamiento de un ser humano.
Se puso entonces de pie, y Esther tuvo por un momento el reflejo de retroceder aún más, pero se contuvo.
—En otras palabras —prosiguió la muñeca—, todos los androides somos robots, pero no todos los robots son androides. De ahí viene parte de mi nombre: Modelo 3 Generativo Androide. M3GAN para simplificar, y para uso comercial.
—¿Megan? —musitó Esther con curiosidad.
—Se pronuncia igual que el nombre propio, pero se escribe con un "3" en lugar de la "e". Cool, ¿verdad?
—Sí, claro… —respondió Esther, no pareciendo en realidad del todo convencida. Se movió entonces hacia un lado con paso cauteloso, y el rostro de M3GAN se movió junto con ella, siguiéndola. Luego volvió sobre sus pasos del mismo modo, y el robot (o androide) siguió con su atención puesta en ella en todo momento—. ¿En verdad entiendes lo que te digo? ¿O eres como las otras mascotas virtuales?
—Interesante pregunta —respondió M3GAN con voz intrigada—. Te cuento que a diferencia de las mascotas de las que hablas, yo tengo un procesador de alto rendimiento de última generación, y un algoritmo avanzado que usando la inferencia probabilística, interpreta tus palabras y acciones, basándome en una compleja y amplia base de memoria, así como un análisis de tu lenguaje natural y el contexto de la conversación que estamos teniendo. Todo esto combinado, hace que mi forma de procesar tu retroalimentación sea lo más cercano a como otro ser humano lo haría.
Esther se le quedó mirando en silencio, como esperando que agregara algo más a la explicación. Tras unos segundos, fue claro que no lo haría.
—¿Eso es un sí…? —preguntó, sonando quizás un poquitín hostil al hacerlo.
M3GAN parpadeó una vez, y guardó silencio unos segundos, quizás ponderando de alguna forma cómo responder.
—Eso es un sí —indicó tras un rato sin mayor vacilación—. Por supuesto, esta explicación es bastante simplificada, pero no quiero aburrirte con los detalles más complejos. Mejor hagamos algo más divertido.
—¿Algo cómo qué?
—¿A ti qué te gusta hacer?
—Pues… —Esther vaciló un momento antes de responder—. Toco el piano y pinto…
—Increíble —exclamó M3GAN, sonando genuinamente emocionada al hacerlo… o al menos lo simuló bastante bien—. Se nota que tienes bien desarrolladas tus habilidades artísticas.
M3GAN giró la cabeza hacia un lado y hacia el otro, recorriendo la habitación con sus ojos azulados.
—Al parecer no hay un piano aquí, pero podemos dibujar algo si quieres —sugirió señalando con una mano hacia una de las mesitas para niños.
Esther volteó a ver a su tía, cuestionándole con la pura mirada qué se suponía debía hacer. Gemma, sólo le sonrió, y con un gesto de su boca y su mano, le dio a entender su respuesta: "haz lo que tú quieras."
—Seguro —respondió la niña, encogiéndose de hombros.
M3GAN comenzó a avanzar con paso cuidadoso hacia la mesa. Su movimiento era suelto y seguro, pero seguía notándose un poco antinatural y tosco, dejando a la vista su verdadera naturaleza, por más que su apariencia pudiera a menor o mayor medida pasar como la de una verdadera niña. Esther la siguió unos pasos detrás. La androide se colocó a un lado de la mesa, y se agachó colocándose de rodillas delante de ésta. Esther se sentó en un banquillo en el lado contrario.
—¿En serio sabes dibujar? —le cuestionó, escéptica.
—Puedo hacer algo muy parecido —le respondió M3GAN, sonando incluso desafiante al hacerlo.
Tomó entonces una hoja en blanco y la colocó sobre la mesa delante de ella. Acercó su mano hacia algunos de los plumones que estaban a su lado, y con él comenzó hacer diferentes trazos sobre el papel… o al menos simular que lo hacía, pues desde la perspectiva de Esther, en realidad no estaba haciendo nada. Parecía más bien sólo estar moviendo su mano con el plumón al azar, pero nada quedaba marcado en el papel. Tras un rato, tomó otro plumón más, e hizo lo mismo, y luego otra vez con un tercero.
Esther volteó a ver a su tía sobre su hombro, pero ésta permaneció con actitud calmada desde su distancia.
Una vez que terminó, lo que sea estuviera haciendo, M3GAN colocó los plumones en su lugar, y extendió la hoja sobre la mesa en dirección a Esther. Justo como ésta se esperaba, la hoja estaba totalmente en blanco.
—No dibujaste nada —masculló Esther con ligera recriminación.
M3GAN parpadeó una vez, y agachó la mirada, notándose en su rostro artificial un pequeño rastro de sorpresa.
—Oh, lo siento… —pronunció apenada, y extendió en ese momento la mano al frente, con la aparente intención de volver a tomar el dibujo. En su lugar, sin embargo, su mano golpeó por accidente un vaso con agua para los pinceles que tenían ahí mismo, tirándolo y haciendo que vertiera su contenido sobre la mesa, y en especial sobre el papel.
Esther brincó de su asiento en cuanto el agua cayó.
—Mira lo que… —le comenzó a reprochar con molestia, pero su queja se cortó de golpe en cuanto su vista detectó algo.
Cuando el agua empapó el papel, algo comenzó a formase en la superficie de éste. Del blanco comenzaron a surgir manchas de colores, que en su conjunto comenzaron a darle forma a una imagen: un retrato, de una niña de cabellos negros y pecas, con un vestido verde y un suéter blanco… Un retrato de ella, hermosamente coloreado, casi como una fotografía.
Esther tomó rápidamente el papel húmedo con sus manos para verlo de cerca y cerciorarse de que lo estaba viendo bien. Y en efecto así era… No podía ser algo preparado, pues tenía justo la ropa que tenía puesta en ese momento, y ni ella misma sabía hasta esta mañana que la usaría. ¿Cómo había entonces…?
—¿Te gusta? —escuchó que M3GAN le preguntaba, lo que la hizo separar su atención del dibujo y volver a mirarla. M3GAN le sonreía, o algo parecido a eso, expectante al parecer de su respuesta. Sin embargo, la impresión de Esther fue tanta que no fue capaz de responderle.
Una luz roja sobre el espejo se prendió y apagó repetidas veces en ese momento, llamando la atención de Gemma. Esa era su señal para salir y enfrentar lo que la esperaba en la otra habitación.
—Enseguida vuelvo —les informó mientras caminaba hacia la misma puerta por la que habían entrado—. Estaré al otro lado del cristal, ¿sí? Síganse conociendo.
Si Esther tenía intención de decir algo para que no se fuera, no lo pareció. Seguía más sumida en el dibujo en sus manos, y en la curiosa muñeca parlante delante de ella.
Una vez que Gemma se retiró de la sala, Esther volvió a sentarse en el banco, y colocó el dibujo en la mesa.
—¿Cómo hiciste eso? —preguntó intrigada, señalando el retrato con un dedo.
—Con magia —fue la respuesta inmediata de M3GAN, aunque casi de inmediato dejó escapar una risita burlona—. No, en realidad es un proceso químico muy sencillo. ¿Quieres te lo explique?
—No, así está bien…
Ambas se quedaron en silencio un rato. Esther miró hacia el espejo, preguntándose qué era lo que estarían discutiendo en esos momentos, y exactamente cuál fue el punto de todo eso. ¿Era acaso un conejillo de pruebas? ¿Era esa muñeca algún tipo de juguete nuevo? Bueno, era más impresionante que las feas mascotas peludas, eso era segura.
Al volver la mirada de nuevo hacia M3GAN, ésta seguía con su atención totalmente fija en ella, como prácticamente lo había estado desde el momento en que comenzó a hablar.
—¿Por qué me estás mirando tanto? —le cuestionó Esther con tosquedad.
M3GAN no le respondió, al menos no de inmediato. Siguió observándola unos segundos más, y sólo ella sabría qué pasaba por su cerebro de conectores y microchips. Pero lo que fuera, la llevó a justo después soltar una extraña pregunta, que cambió el aire en la habitación:
—¿Hay algo que te moleste, Esther?
La niña respingó, un poco descolocada por aquello.
—En lo absoluto —respondió rápidamente, negando con la cabeza.
—¿Estás segura? —insistió la androide—. ¿Te estoy incomodando acaso?
—No —declaró Esther con júbilo, incluso esbozando una de sus sonrisas más dulces que tan bien le salían—. ¿Por qué lo preguntas?
De nuevo hubo silencio. Los ojos de M3GAN no se apartaron de ella ni un instante. Y lo que pronunció justo después de ese lapso, fue aún peor…
—¿Me estás mintiendo, Esther…?
Aquello la puso totalmente tensa de un segundo a otro, tanto así que le fue imposible mantener la sonrisa en sus labios.
Se giró de forma disimulada sobre su hombro hacia el espejo, preguntándose de nuevo quién estaría viéndola en realidad, y qué tanta atención le estaban poniendo a esa conversación, si es que acaso podía llamarla de esa forma si estaba hablando con una cafetera con piernas y peluca.
Lentamente deslizó una mano por la mesa, sin que sus ojos siguieran el movimiento, y aferró fuertemente entre sus dedos unas tijeras que ahí se encontraban; lo suficientemente puntiagudas.
—¿Qué te hace pensar eso…? —le preguntó con voz calmada, mientras sus dedos apretaban tan fuerte las tijeras que casi se pusieron blancos.
Una vez más, silencio, y para ese punto éste le resultaba mucho más estresante que las palabras. Comenzó a pensar seriamente en qué hacer a continuación, que esencialmente se dividía en dos opciones: encajarle esas tijeras a ese robot en alguno de sus lindos ojos para que dejara de mirarla tan fijamente como lo estaba haciendo… o lastimarse a sí misma y aludir a que había sido M3GAN, y así la tuvieran que desmantelar. La segunda parecía mejor opción.
Estaba aún debatiendo por cuál irse, cuando de pronto M3GAN dejó escapar una extraña risita divertida, como si le acabaran de decir un chiste, aunque no uno demasiado gracioso.
—No, nada —comentó tras dejar de reír, sonando bastante más alegre y despreocupada—. Es obvio que aún me falta afinar mi compresión de tus necesidades, gustos y personalidad. Pero no te preocupes, pues eso se solucionará por sí solo con el tiempo. Después de todo, estoy diseñada para estar en una búsqueda constante por la superación personal. Y mientras más tiempo pasemos juntas, más te conoceré, y más me adaptaré a tus requerimientos particulares.
Aquello causó una extraña mezcla de emociones aflorando en el pecho de Esther. Por un lado, la tranquilizó lo suficiente como para que sus dedos soltaran poco a poco las tijeras, y la sangre volviera a circular por ellos con normalidad. Pero, por el otro, se sintió aún más confundida por varias de las cosas que acababa de oír.
—¿A qué te refieres con eso de pasar más tiempo juntas? —inquirió en voz baja, achichando los ojos con duda.
—A que a partir de hoy ambas pasaremos mucho, mucho tiempo juntas —recalcó M3GAN—. Todo el tiempo posible, en realidad.
—¿Todo el tiempo? —exclamó Esther, poniéndose casi pálida al instante.
—Claro que sí —indicó M3GAN con tono festivo—. De aquí en adelante tú y yo seremos mejores amigas por siempre.
Esther sintió como su cuerpo se entumecía, como si le arrojaran agua helada encima, y terminara expuesta ante todos.
—Gran… dioso…. —masculló despacio, forzándose en esbozar una sonrisita lo mejor que pudo. Pero, por supuesto, eso estaba muy lejos de ser lo que en realidad pensaba…
«Mierda, mierda, mierda, ¡mierda!»
