Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama pertenece a mi imaginación.
Capítulo 7
Edward
Pudiera ser que no estuviera en mis cinco sentidos, probablemente sí. Sin embargo, no había ninguna diferencia en lo que estaba sintiendo, en la manera arrítmica que mi corazón golpeteaba cada vez que estábamos cerca. En la forma que se erizaba mi piel con un simple roce.
Y eso solo tenía un significado. Estaba irremediablemente enamorado de Bella, ¿y cómo iba a solucionarlo?
¿Como?
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Bella
Me sentía mareada. No lo suficiente como para olvidar quién era, pero sí lo bastante para que el mundo diera vueltas lentas y suaves, como si todo flotara, como si incluso mis pensamientos se deslizaran despacio dentro de mí. Una señal clara de que el vino había empezado a hacer de las suyas. Y no, no era buena idea, sobre todo porque Edward no estaba en mejores condiciones.
Seguimos caminando sin rumbo preciso, dejándonos guiar por el sonido del mar, por el arrullo rítmico de las olas rompiendo contra la orilla. El viento salado nos acariciaba la piel y la risa nos brotaba fácil, cálida, como si la presión de nuestro trabajo hubiera quedado atrás por unas horas. Quizás así era.
Elegimos un espacio vacío frente al mar, sin importar si había piedras o conchas. Simplemente nos sentamos, como si ese trozo de playa nos hubiese estado esperando.
Nos dejamos caer de espaldas a la arena, entre carcajadas tontas, casi infantiles. El silencio nos abrazó sin aviso. Y así, solo nos quedamos ahí, escuchando el lenguaje del océano y dejando que la noche nos envolviera.
Levanté la vista al cielo. Había estrellas. No muchas, pero las suficientes como para sentir que estábamos bajo algo inmenso. Algo que no necesitaba explicación.
— Ha sido la velada más increíble —susurré sin pensarlo demasiado.
Volteé hacia Edward. A pesar de la oscuridad, distinguía el brillo de sus lentes. Reflejaban la luz de la luna como si también fueran parte del cielo.
— Recuerda que no más vino —dije, sonriendo con una suavidad que no sabía que aún me habitaba.
— Lo tengo controlado, Bella. Ya no soy ese adolescente —resopló, incorporándose con torpeza.
— ¿Dije algo que te molestó? —pregunté, un poco preocupada por el tono grave de su voz.
Suspiró, luego giró hacia mí y me ofreció su mano. Sus dedos estaban tibios, temblorosos, aun así firmes cuando me ayudó a sentarme.
— No. Nada de eso —murmuró. Luego, casi sin pensarlo, comenzó a jugar con un mechón de mi cabello, como si fuera un acto reflejo, un consuelo mudo—. Creo que me gusta que te preocupes por mí. Me haces sentir afortunado. Como si el mundo se pusiera un poco de mi lado al saber que una mujer como tú quiere cuidarme. Lo digo con respeto —aclaró, bajando un poco la voz.
— Eso hacen los amigos, se cuidan —respondí con un tono neutro, aunque por dentro me ardía algo parecido al nerviosismo.
Él bajó los hombros. El suspiro que soltó fue largo y sonoro. Y entonces supe que algo más venía.
— Bella… —murmuró con una delicadeza que me obligó a mirarlo—. ¿Aceptarías una cita conmigo?
Me quedé inmóvil. No por miedo. Ni por rechazo. Sino por sorpresa. Una sorpresa tan genuina que todo mi cuerpo se estremeció. Incluso el viento pareció detenerse un segundo para escuchar mi respuesta.
— Sé que seguramente estás acostumbrada a todo tipo de citas. Y que los hombres que te rodean son del tipo de Witherdale y… —empezó a decir, pero lo interrumpí.
— Acepto —dije, sin dudar.
— ¿Eh?
Sonreí. No podía evitarlo. Su incredulidad era tan pura, tan transparente, que me pareció enternecedora.
— Que sí, Edward. Acepto tener una cita contigo. Aunque yo creí que esto ya era una cita.
Él se puso de pie con una rapidez torpe, como si el entusiasmo lo hubiese impulsado más allá de su equilibrio.
— ¿Lo dices en serio?
— Sí. No tengo por qué jugar —aseguré.
— Bella… —susurró, levantando los brazos hacia el cielo como si quisiera abrazar el universo—. ¿Me dijiste que sí? ¿A mí? ¡A mí! ¡Soy Edward Cullen!
Sonreí. No podía evitarlo. Parecía un niño que acababa de ganar su primer premio.
Temiendo que se echara a correr directo al agua por la emoción, me puse de pie y tomé su mano. Estaba temblando. Había algo tan humano, tan auténtico en él, que por un instante olvidé que estábamos ebrios, olvidé que el mundo era un lugar complicado.
— Vamos a dormir, ya es de noche —le dije, en voz baja.
Edward me miró con una mezcla de ternura y asombro. Su sonrisa se ensanchó con la inocencia de quien se permite ser feliz, aunque sea por un momento.
— Tienes razón, Bella. Ya es hora de dormir. Pero ¿sabes qué? Estoy tan… tan emocionado. No sé cómo explicarlo.
Y no tenía que hacerlo. Lo entendía, lo sentía también. No era solo el vino. Era algo más. Era la forma en que el mundo se había vuelto pequeño, y sin embargo suficiente, en ese instante compartido.
— Vamos —pedí, enlazando su brazo al mío—. Mañana será otro día.
Comenzamos a caminar de regreso, dejando atrás la espuma blanca del mar y el susurro de las olas. El aire fresco nos rozaba la piel, despejando un poco el aturdimiento.
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El sonido de las gaviotas fue lo primero que escuché. Un chillido agudo que se coló en mis oídos antes de que tuviera el valor de abrir los ojos por completo. Me ardía un poco la cabeza, no lo suficiente como para llamar resaca, pero sí lo bastante como para arrepentirme del último vaso de vino.
La brisa de la mañana era más fría que la de la noche anterior. Más real. Más lúcida.
Me di cuenta que la ventana del balcón estaba abierta y las cortinas blancas se ondeaban con el viento.
Me incorporé despacio de la cama, sintiendo el crujido de los músculos, el leve ardor en los pies descalzos, no podía creer que en mis pies hubiera arena pegada a mis plantas como testigo silencioso de lo que la noche. Volteé a mi lado. Edward aún dormía, boca arriba, con los brazos abiertos como si estuviera soñando que volaba.
Se me escapó una sonrisa.
Su pecho subía y bajaba con calma. Tenía los lentes torcidos sobre el rostro, cubiertos de diminutas gotitas de sudor. Sonreí sin poder evitarlo. Se veía tan humano. Tan fuera de ese molde perfecto que la gente muchas veces le atribuía por su inteligencia, por su discreción, por su torpeza encantadora.
Me incliné apenas lo suficiente para observarlo mejor. Sus labios entreabiertos, su pelo revuelto por la brisa y esa arruguita entre sus cejas que nunca desaparecía del todo, ni siquiera cuando dormía. ¿En qué soñaría? ¿Recordaría lo que dijo anoche? ¿Lo de la cita…?
Me aparté un poco. No quería invadirlo. No después de todo lo que implicaba ese sí que le había dado. Porque aunque el momento fuese ligero, casi absurdo en su entusiasmo, yo no lo había dicho a la ligera. Aceptar esa cita no era un juego para mí. No ahora.
Salí por completo de la cama y me escabullí en el baño.
Estaba sentada en el inodoro y los pensamientos de anoche no los podía silenciar.
Edward se había puesto necio en quedarse a dormir conmigo, su manos habían estado en mi cintura y cadera, había tonteado un poco con acercarme a él.
Y no iba a negar que esos toqueteos no fueron indiferentes para mí, era una mujer receptiva y necesitada de atención carnal. Su comportamiento algo insinuante me había gustado mucho.
Acalorada me eché abundante agua en la cara. Estaba viendo mi reflejo en el espejo, mi cabello era una maraña despeinada y tenía ojeras bajo mis ojos y un semblante de rumba que no podía pasar desapercibido.
Ay Bella.
Sentí un nudo pequeño instalarse en mi garganta. De esos que no duelen, pero que anuncian que algo dentro de ti cambió para siempre.
— ¿Bella? —su voz me llegó desde el otro lado de la puerta, una voz ronca, baja, como si temiera romper algo con solo hablar.
Me giré y salí hacia allí.
Estaba sentado en el borde de la cama, frotándose los ojos. Tenía la camisa arrugada, la cara somnolienta y los lentes chuecos. Pero lo miré y sentí lo mismo que anoche, una calidez silenciosa que se instala cuando sabes que estás justo donde debes estar.
— Buenos días —lo saludé y fue lo único que necesité.
Sus labios apenas se curvaron. No era su sonrisa habitual. Era una más suave, más íntima.
— ¿Pasó de verdad? —preguntó, encogiendo los hombros.
— Sí —respondí—. Todo pasó.
Abrió los ojos de forma cómica después se quitó los anteojos para limpiarlos y en ese gesto torpe y meticuloso confirmé que él hablaba de otro tema.
Giró levemente su cabeza mirando hacia las sábanas revueltas en la cama. Me miró y su enrojecimiento profundo, me hizo fruncir las cejas.
― Solo dormimos ―corregí rápidamente. Tampoco se trataba de que creyera algo que no pasó, no era justo que estuviera asustado.
― ¿Por qué me dormí aquí?
― No quisiste irte ―le expliqué―. Dijiste que te encargarías de velar mi sueño, de cuidarme.
Edward asintió lentamente. Sin decir nada más empezó a acomodar su ropa, era fácil leer su semblante apesadumbrado. Estaba avergonzado.
Caminé hacia él y toqué ligeramente su antebrazo.
― Gracias por quedarte conmigo ―fui honesta―, me has hecho sentir especial.
Miré fijamente sus ojos verdes a través de los anteojos. Quería que comprendiera que era la primera vez que un hombre me veía y me procuraba tan distinto a todos lo que había conocido.
― Perdón si fui idiota.
Le iba a refutar que no lo había sido cuando mi móvil sonó. Lo tomé y leí el mensaje del señor Witherdale. Fruncí los labios, me estaba pidiendo reunirnos mañana a primera hora.
― Creo que nuestra cita de hoy tendremos que posponerla ―expresé―. Witherdale quiere vernos a primera hora.
Edward arrugó la frente.
― Pero mañana tenemos la reunión con los colaboradores.
Alcé mis hombros lanzando de mala gana mi celular a la cama.
Nuestra burbuja se había reventado y la realidad nos estaba dando en la cara. Debíamos trabajar.
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Llegué antes de lo previsto. Aún no eran las nueve y el calor ya era palpable en el aire, espeso y salado como si el mar respirara encima de nosotros. Llevaba el plano enrollado bajo el brazo, los lentes de sol empujados sobre mi cabeza y una carpeta con algunas notas que corregí en el taxi.
No entendía porque ahora la reunión había sido en la casa de Witherdale.
La sala de reuniones era amplia, con ventanales que daban directamente al mar. Las paredes altas y pintadas en color blanco le daban ese toque moderno y minimalista.
Me senté frente a la gran mesa ovalada de madera, desplegué los planos de la zona del spa exterior, una estructura semicubierta que integraría piedra natural, pérgolas flotantes y un deck en desnivel y comencé a revisar detalles.
Estaba marcando la alineación de las columnas en el render cuando sentí una presencia tras de mí. No era un aroma fácil de ignorar. Era perfume,fuerte y persistente. De esos que empalagan con el paso de las horas y te asquean.
— Bella, siempre puntual —articuló James Witherdale, arrastrando mi nombre como si saboreara una copa de vino.
Me giré con diplomacia, obligando a mi boca a formar una sonrisa profesional.
— Buenos días, señor Witherdale. Pensé que nos veríamos a las nueve y media.
— Sí, bueno, no pude evitar adelantarme al saber que estarías aquí. El resto del equipo aún no llega, ¿verdad? —inquirió mientras caminaba alrededor de la mesa con paso lento, como si inspeccionara algo más que los planos.
— Edward está revisando los avances en la zona que será el restaurante principal. Supongo que llegará en unos minutos —respondí, enfocándome de nuevo en el diseño—. Esta es la zona del spa, como puede ver, seguimos la idea de integración visual con el entorno. El deck elevado permite conservar la inclinación natural del terreno sin interrumpir el drenaje…
— Interesante —interrumpió, aunque claramente no estaba mirando el plano. Sentí su mirada, pesada, resbalando por mi blusa blanca abotonada hasta el cuello—. Pero debo admitir que me resulta mucho más interesante escucharte a ti hablar de esto que a cualquier otro arquitecto.
Solté el lápiz con suavidad y levanté la vista. Lo miré directo a los ojos. Él sonrió, sin molestarse en ocultar su coqueteo.
— Aprecio su comentario, pero prefiero que nos concentremos en el proyecto —expresé con calma.
James se sentó frente a mí, reclinándose en la silla. Sus dedos tamborileaban contra la mesa. Era un hombre robusto, de traje a medida y sonrisa de vendedor. De esos que creen que el poder económico te da pase libre a lo que sea.
— Bella, ¿te han dicho lo bien que luces en este entorno tropical? —comentó—. La arquitectura te sienta, pero este clima te transforma, te hace brillar. Diría que deberías considerar quedarte más tiempo en Miami.
Mi mandíbula se tensó.
— Estoy aquí por trabajo —mascullé con educación pero sin ocultar mi enfado.
— Claro, claro —sonrió—. Pero uno puede combinar el trabajo con el placer, ¿no crees? Podríamos cenar esta noche. Tengo un restaurante favorito aquí cerca, cocina tailandesa frente al mar. Nada muy formal. Solo tú y yo. Un brindis para celebrar los avances.
Mis mejillas ardieron, no de vergüenza, sino de incomodidad. Me reí por lo bajo, como si hubiera hecho una broma.
— Prefiero esperar a que Edward llegue para seguir discutiendo los avances. Él también tiene observaciones sobre la estructura del pabellón de yoga.
Su sonrisa se mantuvo, aunque sus ojos se entornaron apenas. Como si no estuviera acostumbrado a que lo rechacen sin adornos. Se incorporó lentamente, caminando de nuevo hacia el ventanal.
— Ese Cullen tiene suerte, ¿lo sabías? —comentó con voz baja, como si hablara consigo mismo—. Pero a veces los hombres inteligentes no saben aprovechar lo que tienen frente a ellos.
No respondí. No quería darle ni una palabra más de espacio.
Miré el reloj.
Nueve y treinta y cinco.
Esperaba ver la figura alta y desgarbada de Edward cruzar por esa puerta en cualquier momento.
Necesitaba una pausa, un trago de agua. Un maldito recordatorio de que estaba aquí porque era buena en lo que hacía. No por cómo me veía ni por lo que un empresario con exceso de ego pudiera pensar de mí.
Suspiré.
Y abrí la laptop exponiendo el plano en el trabaja. Porque si algo había aprendido en este mundo de hombres con trajes caros y sonrisas sobradas, era que el mejor modo de callarlos es trabajar mejor que ellos.
Hola. ¿Siguen aquí? Lo pregunto para saber si debo avanzar con esta trama o no. No tengo perdón, lo sé, pero es mejor tarde que nunca, así que aquí estoy después de tres largos meses las actualizaciones han vuelto. ¿Qué les puedo decir? Simplemente que no me pude resistir con LP y me dio un tipo obsesión actualizar diariamente y ese fue el motivo por el que no pude seguir con DT, pero cómo esta historia solo se actualizará por semana, sé que será fácil ahora.
Aquí los nombres de quienes comentaron el capítulo anterior; gracias de corazon por su paciencia: Veronica, Jade HSos, Isis Janet, Adriana Molina, Cary, Tata XOXO, Flor McCarty-Cullen, mrs puff, Dulce Carolina, ALBANIDIA, saraipineda44, Daniela Masen, Antonella Masen, Cassandra Cantú, Ary Cullen 85, Pepita GY, Car Cullen Stewart Pattinson, Rosemarie28, Sinn Olivares, Smedina, Maryluna, Adriu, piligm, Lili Cullen-Swan, Noritha y comentarios Guest
Gracias totales por leer💕
