Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama pertenece a mi imaginación.

Capítulo 11

Edward

¿Qué podría pasar si dejara de pensar menos y actuar más?

Esa interrogante seguía rondando mis pensamientos en cada momento. Casi me le había declarado, pero no era suficiente, porque simplemente no podía serlo.

Lo nuestro debía tener un nombre. Quería que todos supieran que era Mi novia.

Mía.

.

.

Bella

Te quiero solo para mí. Aún resonaba en mi cabeza y la emoción seguía sintiéndose en mi vientre bajo mientras calentaba mi pecho entero.

Apresé mi labio inferior al tiempo que hacía fila para comprar un café, quizá evadiendo el momento de llegar a la oficina porque en realidad estaba intentando actuar como si esta mañana no fuera distinta a cualquier otra, sin embargo sabía que lo era. Me lo recordaba mi reflejo en el vidrio; ojeras suaves, labios mordidos, mirada brillante. Dormí poco o más bien, hablé mucho. Edward y yo nos desvelamos juntos.

Mi corazón martilló cuando di media vuelta.

Lo vi y me quedé sin aliento. Estaba solo en una mesa del fondo, con sus lentes torcidos como siempre y la tableta delante de él que no estaba mirando. En cambio, tenía la vista clavada en su taza de café, como si pudiera encontrar ahí alguna respuesta.

Cuando levantó la cabeza y me vio, se puso rígido. De inmediato acomodó sus lentes con torpeza e hizo un gesto, una mueca convertida en sonrisa, era pequeña, tímida y por alguna razón me revolvió el estómago.

Traté de disimular mi nerviosismo y caminé hacia él.

— ¿Puedo sentarme? —pregunté, porque no estaba segura de nada esta mañana. Con Edward era dar un paso y retroceder tres.

— Claro —respondió y siendo un caballero se puso de pie para ayudarme a sentar, se sentó a mi lado, nuestras sillas muy juntas mientras sus dedos se entrelazaban sobre la mesa, se notaba muy nervioso. De hecho, no sabía si estaba temblando él, o yo.

Hubo un breve silencio. De esos que solo son incómodos cuando algo cambiaba. Antes hablábamos sin filtro, sin pensar demasiado. Pero ahora había algo entre nosotros, algo que no sabía nombrar.

— Dormiste algo ¿después de anoche? —indagó, evitando mirarme.

— Muy poco —dije mientras suspiraba y añadí—: No me arrepiento.

Él alzó la mirada y me observó de esa forma suya que tenía para mirarme, como si no entendiera porque estaba sentada con él.

— Yo tampoco —susurró.

Tomó un sorbo de su café, solo para distraerse, era obvio que sus nervios lo querían traicionar. Entretanto, mi mente estaba debatiéndose si debía hablar de lo de anoche o dejarlo pasar, pero hacernos que no había ocurrido nada, no significaba precisamente que había pasado.

— Te ves hermosa, Bella —dijo de pronto, deslizando suavemente sus nudillos por mi mejilla. Su toque me entrecortó el aliento y me puso nerviosa.

Tomé una gran bocanada, obligándome a estar bien.

Asentí con la cabeza. De verdad no quería retroceder, pero este hombre era difícil, muy complicado para sacarlo de su timidez.

— Edward, anoche fue bonito. Muy bonito. Pero necesito saber algo.

— Dime —instó , como si no pudiera hacer otra cosa.

— ¿Qué fue eso? —pregunté, sin rodeos—. ¿Somos amigos que a veces se confiesan secretos de madrugada o estoy imaginando algo más?

Él tragó saliva, nervioso se pasó una mano por ese pelo rebelde que poseía y luego bajó la mirada.

Me recargué ligeramente en el respaldo, sintiendo cómo mis palabras lo ponían más tenso

Respiró hondo algunas veces y finalmente se atrevió a mirarme.

— No lo estás imaginando.

Mi estómago dio un pequeño salto. Pero él no continuó, se quedó ahí con la frase rondando entre nosotros, como si fuera suficiente. Y tal vez lo era, pero no, yo necesitaba más.

— Entonces… —intenté decir, pero mi voz tembló no de inseguridad, sino de todas las emociones que me sacudían al mismo tiempo— ¿por qué no dices nada?

Mantuvo sus ojos en mí, provocándome tantas emociones con tan solo verme. Podía jurar que mi piel estaba erizada y mi estómago ya sentía ese aleteo extraño.

— Porque tengo miedo —respondió con brutal honestidad—. Porque nunca me había sentido así con alguien. Y porque si esto es real, no quiero arruinarlo.

Lo miré. Por primera vez notando lo frágil que puede ser su forma de querer. No como un niño, sino como un hombre que se ha construido solo, ladrillo a ladrillo, sin esperar que alguien como yo apareciera y quisiera mirar dentro.

— No vas a arruinarlo —expresé casi al borde—. A menos que no me digas qué somos. Entonces sí.

La tensión se suavizó; sus labios apenas se curvaron. Como si mi atrevimiento le resultara tan inesperado como irresistible.

— Quiero que seamos lo que tú quieras que seamos, Bella —dijo por fin—. Pero si me preguntas a mí no quiero que seas solo mi amiga.

Listo. Seguíamos hablando entre líneas y no sabía si era bueno o malo, sin embargo para mí no era suficiente porque lo quería todo.

Me quedé tan ansiosa como estaba.

― Anda… ―se incorporó torpemente― hoy nos toca trabajar juntos de nuevo.

Suspiré.

.

La sala de diseño estaba en silencio, solo el zumbido de la laptop y el golpeteo ocasional de los dedos de Edward sobre el teclado rompían la quietud. La pantalla mostraba el plano de un vestíbulo mientras él se inclinaba apenas hacia la izquierda, enfocando cada línea con la precisión de siempre.

Yo, sentada a su lado, fingía estar igual de concentrada. Mentira. No podía dejar de observar la forma en que sus mangas remangadas dejaban ver sus antebrazos, o cómo fruncía el ceño cuando algo no le cuadraba. Tenía esa manía de empujar sus anteojos con el índice de la mano y cada vez que lo hacía, sonreía sola.

Estábamos tan cerca que podía sentir su respiración. Podía oler su colonia suave, la misma que me había mareado un poco en el ascensor aquella vez.

— Creo que si desplazamos la escalera unos centímetros a la izquierda, ganamos más entrada de luz —murmuró, sin mirarme.

— Mmm, no sé ¿y si sacrificamos un poco del vestíbulo? Podríamos añadir un jardín de paso. Algo más orgánico —sugerí, ganándome su atención, giró el rostro hacia mí.

Nuestros rostros estaban demasiado cerca. Literalmente. Lo miré de reojo, pero él no se apartó.

— Me gusta cómo piensas —susurró.

Sentí el calor subir por mi cuello, directo a mis mejillas. Me obligué a mirar la pantalla, a cualquier cosa menos a sus ojos. Pero entonces, su mano rozó la mía en el escritorio. No se retiró de inmediato. La dejó ahí, apenas tocándome.

Fue tan sutil que podría pasar por accidente. Pero no lo fue.

— ¿Te molesta? —preguntó, con una voz apenas audible.

— No —contesté, sin atreverme a mirarlo—. Solo me desconcentra un poco.

Él rio por lo bajo, una risa grave y nerviosa. Y entonces, sin quitar la mano, se inclinó más sobre la pantalla, como si de verdad le importara el plano en ese momento.

Su brazo rozaba el mío. Su muslo también. Y aún así, ninguno se apartó.

— Bella —dijo y mi nombre en su voz sonaba a otra cosa. A un anhelo, a una súplica silenciosa.

Lo miré. Y por un segundo pensé que lo haría. Que se inclinaría y me besaría, justo ahí, entre columnas de diseño y trazos.

Pero no lo hizo.

En cambio, bajó la mirada y sonrió, como si se estuviera castigando por sentir tanto.

— Tal vez, deberíamos enfocarnos —musitó.

— Sí —dije, sabiendo que ninguno de los dos estaba enfocado en el trabajo.

Lo observé mientras retomaba el diseño, sus dedos bailando sobre el teclado, como si eso fuera suficiente para poner distancia. No lo era. Ya no.

.

.

Los días comenzaron a repetirse con un patrón que se volvió secreto entre nosotros. Ya no me sorprendía cuando Edward me esperaba a la salida del elevador con dos cafés en la mano, uno con poca azúcar, justo como me gustaba. Ya no fingíamos casualidad cuando solo nosotros dos salíamos a almorzar y terminábamos caminando por la calle, compartiendo risas, hablando de todo y de nada.

— La ensalada de ayer me gustó más que esta —comenté, mientras él me sostenía el envase y yo sacaba los cubiertos de la bolsa. Nos habíamos sentado en una banca del parque que estaba a dos cuadras de la oficina.

— Entonces mañana repetimos, si quieres —dijo, sin pensarlo demasiado, como si ya asumiera que mañana también almorzaríamos juntos.

Y sí. Lo haríamos. Como todos los días.

Volvimos a la oficina más callados. Caminábamos tan cerca que sus dedos rozaban los míos de vez en cuando. Nunca me tomaba la mano. Nunca me besaba. Pero cada roce era una promesa a medio camino.

.

.

Algunos días después, estábamos de nuevo en la sala de diseño. Esta vez revisando una maqueta digital sobre su laptop. Edward se había quitado el saco, y su camisa blanca arremangada dejaba ver el leve vello de sus antebrazos, su reloj de cuero, la vena que cruzaba el dorso de su mano.

Me encantaba verlo trabajar. No lo sabía, pero se me escapaban suspiros cuando fruncía el ceño, cuando se rascaba la cabeza y desordenaba aún más ese pelo rebelde que ya no me daban ganas de alisar, sino de hundir los dedos en él.

Me acerqué más para observar un detalle de la maqueta y su mano fue a mi espalda, justo en la base, suave, apenas un apoyo. Pero se quedó ahí y juraba que me temblaron las rodillas.

— Te tiemblan los hombros —murmuró.

— Tal vez me estás tocando demasiado cerca.

Su mano no se movió.

— ¿Y si dejo de tocarte te vas? —me preguntó, en voz tan baja que no supe si debía contestar.

No me fui.

Me quedé ahí, a su lado, sintiendo su respiración, oliendo su piel. Me dolían los labios de tanto desearlo. De tanto querer ese beso que nunca llegaba.

— ¿Edward? —pregunté.

— Mmm.

— A veces tengo ganas de besarte tan fuerte que se me olvida cómo se habla.

Él se tensó pero no se apartó. Giró el rostro y me miró, tan cerca que nuestras narices casi se rozaban.

— Bella…

— No lo hagas —le pedí, con una sonrisa que me temblaba—. No pongas esa cara de susto. No te estoy pidiendo que me beses.

— ¿Y si quiero hacerlo?

— Entonces hazlo. Pero no me mires como si yo fuera a romperte —susurré.

Y otra vez no lo hizo. Solo bajó la mirada, sonrió con vergüenza y volvió a centrarse en la pantalla.

Estuve a punto de gritarle. De rogarle. Pero no. Si iba a besarme, tenía que ser porque ya no pudiera evitarlo.

Y yo podía esperar un poco más.

.

.

Fue un viernes por la tarde cuando me invitó a conocer a su abuela Elizabeth. La emoción en su rostro no me permitió negarme, así como no hubo oportunidad de decirle que yo tenía pensado viajar a casa de mis padres.

Pensé que mis padres podían esperar nuestro encuentro un poco más.

Llegamos al barrio residencial pasadas las siete. Edward llevaba una bolsa con flores y otra con pan de masa madre que él mismo había comprado. Cuando abrimos la puerta, una voz dulce y firme gritó desde la cocina:

— ¡¿Edward Cullen, ese eres tú?! ¡Llegas tarde! Y espero que hayas traído vino, porque yo ya empecé sin ti.

La risa de Edward fue una de esas que no se escuchan en la oficina. Más libre, más relajada. Me presentó con una sonrisa que le llenaba los ojos.

— Abuela, ella es Bella.

Elizabeth se limpió las manos en el delantal y se acercó con pasos firmes. Tendría algunos setenta pero su energía podía competir con cualquiera. Me abrazó sin preguntar.

— Ah, así que tú eres la culpable de que este muchacho ande sonriendo todo el día como idiota. Bienvenida, querida.

Me sonrojé. Edward también.

Anthony llegó corriendo. Y como un pequeño caballero me dio una flor antes de lanzarse a mis brazos.

Me robó el aliento.

— Hola, Bella. Me gusta que estés aquí —reconoció con esa vocecita dulce.

Besé ruidosamente su mejilla y pase mis dedos por su pelo alborotado.

— Anthony, creo que has crecido un poco más.

Asintió muy serio.

— Seguro seré muy alto como papá. ¿Quieres ver mis dinosaurios?

Sonreí muy ampliamente y asentí a la vez que su pequeña mano me guiaba hacia el pasillo.

Y así empezó todo. Conocí la hermosa habitación de Anthony y sus lugares secretos donde guardaba algunos tesoros, también me maravillé con la colección de dinosaurios. La cena fue sencilla pero deliciosa; sopa de verduras, pollo al horno y un pastel de manzana que Elizabeth servía mientras revelaba los ingredientes secretos. Entre risas, cuentos vergonzosos de infancia y anécdotas médicas que Elizabeth compartía como si fueran secretos de estado, me sentí parte de ellos.

— ¿Te das cuenta de que mi nieto te mira como si fueras una estrella de cine? —me susurró Elizabeth cuando Edward y Anthony estaban en la cocina.

— Yo también lo miro así —dije sin pensar.

— Entonces te quedas a vivir, querida. Eso es lo que se hace cuando dos personas se miran así.

No respondí, sin embargo no podía dejar de sonreír.

Más tarde, cuando me despedí, Anthony vino corriendo con un dibujo en la mano.

— Es para ti —dijo, dándome una hoja llena de rayones. Eran tres figuras: una más grande, una pequeña, y una con vestido.

— ¿Quiénes son? —pregunté.

— Papá, tú y yo. Estamos en el parque.

Mi corazón se desarmó.

Edward me miró como si no supiera qué decir. Y por primera vez, no me hizo falta un beso. Solo esa imagen. Solo esa cena. Solo esa noche.

.

El trayecto de regreso fue tranquilo, con música suave llenando los silencios cómodos entre nosotros. Edward tenía una mano en el volante y la otra descansaba sobre su muslo, se veía relajado.

A ratos me robaba miradas, como si quisiera asegurarse de que aún estaba ahí.

Cuando el auto se detuvo frente a mi edificio, ninguno de los dos se apresuró a salir.

— Gracias por esta noche —dije al fin, con la voz un poco más suave de lo normal—. Me gustó mucho, tu abuela es maravillosa.

— Lo es —sonrió, inclinándose apenas hacia mí—. Aunque suele comportarse mejor con las visitas.

Solté una risa baja.

— ¿Eso fue comportarse bien? No quiero imaginar cuando no lo hace.

— Lo sabrás cuando empiece a enseñarte fotos embarazosas mías en pañales.

— Perfecto. Ya tengo una razón para volver.

Edward se rio, pero luego se puso serio. Su mirada se volvió más intensa, más íntima.

— Bella, me gustas mucho —dijo en voz baja—. Pero no solo me gustas, me haces sentir cómodo, como si encajara en un lugar donde nunca pensé que encajaría.

— ¿Y qué esperas? —pregunté, sin ocultar la sonrisa.

— Lo espero todo —confirmó él.

La noche parecía más tranquila que de costumbre para un viernes por la noche.

Él se bajó del auto, lo rodeó con ese caminar tan suyo y me ayudó a bajar también; caminamos juntos con nuestros dedos rozandose hasta que llegamos a la puerta de mi apartamento.

Me giré hacia él con una sonrisa que me ardía en las mejillas.

— Tu abuela me abrazó como si me conociera de toda la vida. Y Anthony, Dios, ese niño es un sol. Me derretí cuando me dibujó, me encantó verlo. Me sentí en casa.

— Es que eres bienvenida —susurró, dando un paso más cerca—. En mi casa, en mi mundo, en todo.

Sus dedos rozaron mi mejilla y yo cerré los ojos un segundo. No quería apurar nada, pero al mismo tiempo lo deseaba todo. Él también lo sentía, lo vi en cómo su respiración se volvió más profunda, en cómo sus labios buscaron los míos con una mezcla de duda y deseo.

Y entonces sucedió. Se inclinó lentamente hacia mi cara y mi respiración se detuvo, me paralicé.

Sus labios tocaron los míos en un beso lento, tierno, como si estuviera memorizando cada rincón de mi boca. Me sujetó con ambas manos, una en mi cintura y otra en mi nuca, con esa dulzura desesperada que solo él podía tener. Yo lo rodeé por el cuello, dejando que el momento nos envolviera por completo.

Fue un beso que valió cada mirada esquiva, cada roce contenido, cada noche en vela.

Cuando nos separamos, su frente se quedó apoyada en la mía.

— Tenía tanto miedo de este momento, pero ahora no quiero que termine nunca.

— Entonces no lo hagamos terminar —murmuré.

Me lancé a sus labios con una desesperación, una urgencia y un deseo que no pude ni quise ocultar.


¡Al fin son novios! Me siento bien escribiendo sin drama, pero no negaré que no soy muy partidaría de historias tan tranquilas, quizá solo me estoy dando un gusto, ¿qué opinan del capítulo? ¿Les gustó? ¿Quieren otro?

Aquí los nombres de quienes comentaron el capítulo anterior: Tata XOXO, Andrea, mrs puff, marisolpattinson, Ary Cullen 85, Adriana Molina, Flor McCarty-Cullen, Rosemarie28, Adriu, Daniela Masen, Dulce Carolina, Pepita GY, ALBANIDIA, Car Cullen Stewart Pattinson, Iza, Smedina, Maryluna, Diannita Robles, Lili Cullen-Swan, saraipineda44, Cassandra Cantú, Antonella Masen, The Vampire Goddnes, Karo29 y comentarios Guest

Gracias totales por leer💕