III. Renacido
By Hokuto Sexy
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Toshika estaba bastante entretenida leyendo un libro viejo que se había encontrado por ahí, algo que hablaba de otras tierras en lugares lejanos, ese manual describía ampliamente tierras y plantas, así como campos donde se cultivaban flores raras, o al menos lo eran para ella, se preguntaba de dónde lo habrían sacado, cómo es que había llegado hasta el mercado donde ella lo compró.
No se percató de que afuera unos ojos peculiares le vigilaban y observaban atentos cada movimiento que ella hacía.
Los ojos azules de él estaban analizando todo el espectro de ella, de la casa, de los habitantes. Todo. Sabía que no había un alma en aquella casa que se opusiera a él, específicamente el único hechicero, Hajime, no estaba ahí.
Su oportunidad de oro para joderlo. El gran problema era que él esperaba ver a una simple campesina, más bien fea y ajada, como la esposa de ese otro campesino. Pero no fue así, lo que se encontró fue una mujer igual de joven que ellos, bella, cuyo rostro parecía perfectamente equilibrado, era el desparpajo de su cabello lacio cayendo en mechas por aquí y por allá, lo que le daba un aspecto incluso atrayente.
La salvaje aquella parecía hermosa en su particular estilo.
Gojō Akihiro sonrió siniestro, se relamió los labios como un gato.
Cuando Toshika levantó la vista del libro que tenía en la mano se encontró con la punta afilada de una flecha en dirección perfecta a su rostro, Gojō sostenía con destreza el yumi(1) a unos pocos metros de ella.
Ojos azules, azules fantasmagóricos, cabello clarísimo, más incoloro que el de su esposo, que ya de por sí era extraño. Sí, sabía quién era, Hajime se lo había descrito perfectamente. Un hombre indudablemente guapo.
—Deja eso ahí —le indicó él fríamente—, así que sabes leer, vaya, que sorpresa —comentó con desdén, bajó la vista para observar qué era lo que leía, sin dejar de apuntar a su bonita cabeza—, un tratado de cultivo ¿Dónde conseguiste eso?
—En el mercado —contestó ella con la misma frialdad que él, observándolo desafiante.
—Parece ser que no tienes miedo aun cuando estoy apuntándote a la cabeza…
—El miedo no es más que un obstáculo(2)…
—¡Oh! Vaya, también conoces de filosofía. Mira nada más, el salvaje ese tiene una joya en casa, qué interesante…
Bajó el yumi y lo dejó apoyado contra la pared; cuando ella aprovechó para tratar de huir, él, inhumanamente rápido, la alcanzó tirando de su muñeca con tal fuerza que la hizo caer al suelo, sin soltarle la atrapó con su propio cuerpo.
Ella se retorcía como gusano de seda debajo de él, tratando de escaparse a rastras. Estaba en una posición incómoda y humillante, boca arriba, con las piernas abiertas y entre ellas aquel hombre que la miraba como un pedazo de carne.
—¿Qué demonios quieres? ¡Suéltame!
A lo cual Akihiro respondió con una sonora bofetada que pronto se volvió una marca carmesí en la piel de su mejilla; ella le miró con odio.
—Visto está que eres igual que el salvaje de Kashimo, ¿verdad?
No le dijo nada más, se inclinó hacia ella y le desgarró la tela del hermoso tomesode(3) y después rompió también la nagajuban(4) que llevaba puesta, mientras con una mano le sostenía ambas muñecas por encima de la cabeza, así que ahí estaba Toshika expuesta, ya no quedaba nada que pudiese ocultar su cuerpo desnudo.
Estaba aterrada y sin embargo seguía retorciéndose, tratando de pelear para soltarse, aquello no hizo más que excitar aún más al otro que se reía de sus esfuerzos fútiles. Cuando Akihiro hizo a un lado el resto de la tela rota, sus ojos azules, los del poder del Infinito, observaron apreciativamente aquel cuerpo desnudo.
Los senos turgentes, de muy buen tamaño, coronados por unos pezones rosáceos pequeños, el vientre laxo, evidentemente no le había dado hijos aún, más abajo la pequeña nube oscura de vello que coronaba su pubis.
—Vaya, vaya, que cosa tan bonita tenía aquí escondida el campesino… y qué interesante que aún no te haya hecho un hijo, ¿por qué?
—¡Suéltame! Bastardo asqueroso…
—Estás en el mejor momento de tu vida y justo ahora eres bastante fértil, puedo verlo —le dijo con una sonrisa perversa—, tú tendrás a mi hijo, te llevaré conmigo al clan Gojō, te llevaré como una concubina…
No mentía, Akihiro podía detectar cosas tan mínimas como esas. Su visión impresionante podía mostrarle el estado de un cuerpo, del suyo, y del de otros; por eso sabía que la temperatura de ella indicaba, entre otras cosas, que estaba en un día muy fértil.
Ella se revolvió con más fuerza, sintió claramente que uno de los huesos de su muñeca crujió como hueso de pollo pero, a pesar de tener el hueso roto, siguió peleando. Gojō bajó una de sus manos, viajó por entre sus muslos y se deslizó por su sexo, tocó con los dedos hasta que introdujo uno de ellos en el interior de ella.
—Vaya, así que esto sí te lo hace el tarado de Hajime, ¿verdad? Porque te has mojado… —le dijo vulgarmente.
En el momento exacto cuando él se inclinó sobre ella, con el miembro de fuera, para tomarla por la fuerza, Toshika se estiró contorsionándose como pudo para alcanzar algo que estaba debajo de una tabla suelta, lo sostuvo entre sus dedos y en la distracción lasciva del otro acabó por hundirle la wakizashi(5) hechizada que le había dado Hajime.
La clavó con fuerza en el muslo del hombre y, no conforme con ello, le dio vuelta a la hoja para razgar la carne y las venas.
Cuando Akihiro aulló de dolor, ella lo empujó y salió corriendo de la casa hacia el camino rural, con la ropa rota, el cabello revuelto, el rostro tumefacto, llena de cardenales y en realidad, hecha una aparición fantasmagórica.
Mucho tiempo atrás, Hajime le enseñó a pelear cuerpo a cuerpo y a usar algunas armas, le entregó esa arma maldita, estaba llena de energía, aunque ella no podía ver todo eso.
"Si un día pasa algo y yo no estoy aquí, clava esto en el muslo, la energía maldita que tiene hará que la curación de ese cuerpo que has herido sea mucho más lenta, te permitirá huir, y si la persona a la que hieres no se cura rápido, se desangrará y morirá… si hieres a un humano común, morirá invariablemente."
Corrió durante mucho tiempo por el suelo terregoso, descalza, hasta que al final en medio de las lágrimas y la desesperación acabó cayendo contra la grava, sollozando, apretando la tierra entre sus dedos.
Kashimo caminaba concienzudamente por ese mismo camino, regresaba de la misión que le habían encomendado, llevaba la bolsa de viaje con sus cosas en el hombro cuando vio en medio del camino a alguien hecho un ovillo, sollozando.
Aguzó la mirada, pensó que era simplemente algún vagabundo en el camino, hasta que sus ojos ambarinos le mostraron que aquel pequeño bulto era ¡Su mujer!
Corrió hacia ella, cuando le tocó el hombro ella gritó y le lanzó manotazos tratando de defenderse, pensando que quizás Akihiro la había alcanzado.
—¡Toshika! Soy yo, soy yo… —le dijo él tomándola de las manos— ¿Qué pasó…?
Le bastó echarle un vistazo para darse cuenta de qué le había pasado, la rabia comenzó a recorrerle el cuerpo en forma de energía, de rayos que emergían como chispas de su piel, de su cabello, de sus ojos.
La levantó en brazos y la dejó escondida en el camino, tras un árbol enorme, se quitó el haori y la cubrió con él.
—Regresaré por ti, no te muevas de este lugar, por favor…
A mitad del camino terregoso que había recorrido su mujer, Kashimo se encontró a Akihiro arrastrándose aún con la wakizashi en medio de la pierna. Su cabello platinado comenzó a levantarse sólo por la energía que corría en forma de rayos por su cuerpo, la electricidad lo envolvía. Al llegar al lado del otro lo voló varios metros de una patada, se tomó su tiempo para llegar nuevamente hasta donde había caído.
—Has sido muy imprudente durante muchos años, Gojō, tú y Zen'in, pero esto… lo que has hecho… ha sido tu sentencia de muerte…
No le dijo nada más, arrancó la espada corta de su muslo y la sangre brotó a borbotones.
Suponía que se curaría, sólo que por lo que veía la técnica inversa, misma que él no tenía, aquel la poseía a medias, no totalmente desarrollada, lo mismo que aquel infinito incompleto, ese que él ya había descubierto cómo perforar.
Después de dejarlo ahí desangrándose, gimoteando, mientras caminaba de regreso al paraje donde había dejado a su mujer, lo decidió: esos dos estaban muertos, ya había soportado durante muchos años todo lo que le habían hecho, había tenido que vivir con la carga de no tener un apellido importante que respaldara su valía como guerrero y su técnica, ya no, ya no más…
Mientras llevaba a su mujer en brazos, arrebujada contra él, asustada, como animal herido, la rabia nuevamente creció en su interior.
Y ese pensamiento que estaba revuelto como sopa de arroz en su cabeza, tomó forma: se desharía de Akihiro y Kagemori, desaparecería sus clanes y traería un tiempo de paz distinto al que habían instaurado por la sangre y el poder esos dos clanes.
Los mataré a todos. No quedará ni un solo varón en pie.
Lavó y cuidó cariñosamente sus heridas, la acunó entre sus brazos hasta que ella estuvo lista para hablar, y le dijo que no le había hecho más allá de toquetearla, de humillarla de todos modos. Un mes después cuando ella se declaró encinta de su primer hijo, el plan que había ideado no se había borrado de su cabeza.
Al contrario.
Estaba más convencido que nunca de hacerlo. Sobre todo porque no quería que sus hijos vivieran escondidos, marginados, sólo porque no tenían un apellido importante, no quería ese mundo para sus vástagos. Cuando cargó a su hijo y observó los rayos bajo sus ojos, supo que debía apresurarse.
Sentía cariño por su esposa, la respetaba, la procuraba, estaba feliz con su primer hijo… pero si tenía que confesarlo, eso que llamaban amor, no lo sentía. Toshika era su esposa, su compañera, su confidente. Pero eso tan desbordado que llamaban amor… eso él no lo conoció.
Las cosas siguieron descomponiéndose entre todos. La pelea por Motoko entre Akihiro y Kagemori se volvió más encarnizada, el triángulo que se formó entre los tres se volvió insostenible, sobre todo después de la gran boda Zen'in y, cuando tiempo después, ella declaró estar embarazada, todo estalló.
La pelea empezó justo por eso… Porque Akihiro estaba decidido a quitarle la mujer a Kagemori y alegaba que el hijo que ella esperaba era de él, pero el otro no estaba dispuesto a aceptar eso.
Y además de estos problemas, todavía se las arreglaban para seguirlo jodiendo también. Incluso tuvieron el descaro de decir lo suficientemente audible que su hijo había nacido en los arrozales y que un día acabarían por echarlo entre el arroz para venderlo.
Por supuesto Kashimo estaba fu-rio-so. Con lo que los otros no contaban fue con que él ya era el más fuerte de todos, y lo demostraría, estaba dispuesto a honrar ese título con sangre, con la sangre de ellos dos.
Entonces llegó su oportunidad.
Dirían mucho tiempo después, para lavar un poco el deshonor, que todo había comenzado por una "pelea de exhibición"…
Kagemori Zen'in acabó liberando a Mahoraga encima de Gojō, la peor decisión que pudo haber tomado puesto que el indómito shikigami acabó casi matando al usuario de las Diez Sombras apenas haberlo invocado. Hajime estaba observando todo con sus ojos ambarinos fríos, sin expresión alguna, entró al campo de batalla llevando consigo el bastón ceremonial, había llegado el momento.
La energía le envolvía, los rayos le rodeaban y electrizaban todo, la oscuridad impenetrable de la noche se veía iluminada por los rayos de aquel hombre. Se lanzó a la batalla rápido como un bólido, era tan veloz que el ojo humano común no podía seguir la trayectoria, Kashimo Hajime era por mucho el hechicero más veloz que existía y eso lo sabrían si no lo hubiesen subestimado durante tanto tiempo.
Ultimó a Kagemori incinerándolo con sus rayos.
No fue fácil, pero al final había derrotado a Mahoraga, aunque el usuario de las Diez Sombras ya estaba muerto, la criatura que había soltado en el campo de batalla había sido dominada.
Después fue por la cabeza de Gojō… iniciando entonces la era del cambio definitivo entre los clanes, porque ahora él, un campesino sin ninguna importancia política, era el más fuerte de todos los hechiceros, era el más fuerte de su generación.
Hajime acabó con todos los varones de la casa de los Zen'in y luego fue por los del clan Gojō. Acabó con todos y cada uno de los hombres, iniciando así el periodo histórico donde las mujeres Gojō se escondieron en Kioto.
Ese único hombre había eliminado a dos clanes, dejando sólo vivas a las mujeres, lo cual garantizaría al menos unos veinte años sin oposición alguna. Los Kamo se habían mantenido alejados de aquella matanza y, puesto que no eran tan fuertes como para enfrentarse a Hajime, prefirieron hacer lo que siempre hacían: mantener bajo perfil y acumular conocimiento.
Justo fueron los Kamo quienes se encargaron de contar la supuesta historia como llegó al final: donde en una pelea de exhibición habían muerto los lideres Zen'in y Gojō, y que los Gojō se habían encargado de asesinarse entre sí con el otro clan… pero la verdad fue que Kashimo Hajime había acabado con todos ellos, él solo.
Había instaurado a su joven edad un periodo de paz en la era Edo.
Sus hijos, tres vástagos, todos varones y sólo el primogénito con la misma técnica ritual, es decir un elemental, vivieron en ese periodo de paz que su padre instauró por fuerza y sangre. Amasó poder, propiedades, dinero, hizo que su nombre fuera signo de terror para algunos y de salvación para otros. Toshika fue su única mujer y esposa, con quién vivió toda su vida. De Motoko nunca se volvió a saber, huyó, nadie supo si el hijo que llevaba en su vientre era de Kagemori o de Akihiro. Natsuki, su antigua compañera, continuó frecuentándolo, fueron amigos toda la vida, por supuesto ella no se casó, pero sí vivió con una mujer.
Mientras los años pasaron, los hijos de las mujeres de los clanes, de aquellas que estaban encinta, empezaron a nacer y a crecer, y fueron a buscarlo, incentivados por sus madres, para tratar de derrocarlo.
Pero Kashimo era el más fuerte de ese tiempo y ninguno representó para él un desafío. Así que siguió asesinándolos, uno a uno.
Con los años, aquello se volvió una carga pesada, aburrida. Era el hechicero más poderoso, pero estaba solo en la cima y ese peso le estaba cansando, se sentía fastidiado, insatisfecho. Sus propios hijos crecieron, se hicieron fuertes, aunque no tanto como él, y a su vez, tuvieron sus propios hijos.
La vida se abría paso. Era inevitable.
Hajime Kashimo continuó liderando ese tiempo en una paz violenta. Hastiado, cansado, mayor pero tan fuerte como ningún heredero de ningún otro clan, obsesionado con ser el más fuerte y reafirmar ese puesto. Un día, ya entrado en años, se encontró con un joven hechicero que lo había estado buscando.
La última carnicería estaba a sus pies, en el Monte Takao(6) donde yacían una docena de cadáveres.
Los pasos ligeros caminaban en su dirección, ni siquiera se inmutó, no se volvió. Su cabello seguía siendo largo y seguía llevándolo atado por encima de su cabeza, completamente cano; eran sus ojos ambarinos los que denostaban la inteligencia y experiencia del viejo guerrero. Estaba concentrado, observando la gran montaña de la cual tenía una vista impresionante desde ahí: el Monte Fuji.
—¿Por qué me buscas? ¿No sabes que encontrarme sólo puede significar tu muerte? —Objetó el viejo Kashimo.
—Porque mucho deseaba conocer al hechicero más fuerte de este tiempo…
—¿Para qué? —Inquirió con crudeza, volviéndose hacia él para evaluarlo adecuadamente—, eres un hechicero, pero no uno como todos estos inútiles que yacen a mis pies…
La energía maldita fluía a la cabeza, desde la cabeza. Hasta entonces se fijó en la cicatriz que surcaba la frente completa de ese joven alto, de buen ver, cuyo cabello abundante y oscuro estaba atado en la corona de su cabeza, para luego caer grácil por sus hombros.
—No, no soy como esos hechiceros… he recorrido la vida durante muchos años, cientos de años… y me gustaría hacer un trato contigo —le dijo críptico el joven que le miraba con ojos inteligentes.
—¿Un trato?
—Ya has logrado lo máximo que podías lograr en este tiempo, no obstante, estás insatisfecho, ¿no te gustaría ver otro tiempo, otra época, a otros hechiceros? —Propuso con voz suave, engatusándolo.
Sin embargo, Kashimo no era tan fácil de engatusar.
—Eso no es posible, y sí, ya no queda nadie en este tiempo a quién desafiar —admitió.
—Yo puedo darte eso…
—¿Quién hay más fuerte que yo? —Preguntó curioso.
—Sukuna, su nombre es Sukuna, pero… él ya no está aquí, sin embargo, yo tengo el poder suficiente para mover tiempos, mundos y lograr que tú y él se encuentren…
—Suena como un cuento para niños —admitió el viejo.
—Has llegado al punto donde ya no hay más para ti, eres el más fuerte, no hay quien se te oponga, has derrotado a todos —admitió lisonjero el extraño hechicero de la cicatriz en la frente—, y por eso estás solo…
—No necesito nada más…
—¿Estás seguro?
—¿De qué hablas? ¿Me vas a vender un cuento de amor? —Ironizó Kashimo.
—No lo conoces de cualquier manera, pero sí conoces el vacío y la soledad…
—¿Qué es lo que quieres de mí?
—Si tu mayor deseo es enfrentarte al más fuerte, puedo darte eso, sólo que no será ahora, será dentro de muchos años, cientos de años después —le contestó el joven extraño.
—Nadie puede dar la vida eterna…
—No, pero puedo conservar tu conciencia y puedo garantizarte que volverás en el momento en el que Sukuna esté en la misma línea temporal que tú… ¿Qué dices?
—Eso es hechicería oscura —reflexiono Kashimo—, ¿te refieres a… crear un objeto maldito donde puedas conservar mi conciencia?
—Así es…
El cuerpo de Kashimo Hajime nunca fue encontrado. Versa en los Anales de la Hechicería que murió de viejo, pero su cuerpo no fue encontrado, de él se escribió poco menos de lo que realmente sucedió. Su nombre no era mencionado cuando se contaba la historia de quién acabó con los Zen'in, con los Gojō, y el único que hasta entonces derrotó a Mahoraga. Su nombre fue borrado de la historia escrita que conservaron los Kamo y que luego resguardaron los Gojō.
Quizás fue un castigo a su mucha osadía, aunque los más viejos decían que fue miedo, miedo de que al escribir su nombre o pronunciarlo, una maldición cayera sobre aquellos que lo recordaran… miedo a que pudieran invocarle otra vez.
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Era moderna
Noviembre 2018
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Kashimo Hajime se había levantado al alba como todos los días, despertó antes que la alarma le taladrara los oídos, se estiró perezosamente en la cama envuelto en su muy agradable cobertor, por aquella temporada las mañanas eran particularmente heladas.
Bostezó y se decidió al fin a sacar las piernas de su cálido nido.
—Poner los pies en la Tierra cuesta trabajo —dijo para sí mismo.
Esa mañana se masacró particularmente en el dojo, era excelente para las artes marciales, para el taijutsu(7), su cuerpo con músculos perfectos, fuertes y elásticos, le conferían una agilidad tremenda. Nadie podía decir que Kashimo era un inútil. Todo lo contrario. Le gustaba ese tipo de arte marcial porque además de todo incluía el manejo de armas varias, para lo cual también era bueno.
Un par de meses atrás había encontrado en el desván de la casa de sus abuelos un bastón extrañísimo, lo había encontrado cuando subió a dejar unas cajas con cosas viejas, tropezó con el artefacto y huelga decir, casi salió volando.
Después de maldecir un rato lo tomó para examinarlo. Parecía una antigüedad, con aquellos grabados extraños, garigoleados, que parecían viejas oraciones, era extraño, aquel bastón parecía adherirse a sus dedos, a su piel, parecía volverse una extensión de su cuerpo.
Así que lo adoptó para entrenar con él. No sabía que en efecto era un haṭvāṅga antiquísimo, de al menos unos cuatrocientos años.
Se sacó la ropa por completo, se tomó un momento para observarse completamente desnudo delante del espejo, su cuerpo perfecto, como escultura tallada, el contraste con su rostro bello, delicado, varonil sí, pero de líneas delicadas; contempló un momento sus ojos, de un color peculiar, un azul que rayaba en el verde y que a veces parecía tan brillante como aguamarinas.
Un regaderazo con agua helada y estaría listo.
Mientras el agua helada acariciaba su cuerpo, afuera, en su habitación, el haṭvāṅga empezó a vibrar por sí solo, después se iluminó, los textos malditos a su alrededor se incendiaron de golpe.
Kashimo salió de la regadera aun escurriendo, secándose con la breve toalla en sus manos, cepilló su cabello húmedo y clarísimo, después lo ató con dos particulares chongos sobre su cabeza.
A través del espejo vio el bastón nuevamente vibrar y esta vez iluminarse con fuerza.
—¿Qué mierda está pasando…?
Cuando se giró para observar mejor y asegurarse de que aquello no era producto de su imaginación. El bastón se elevó en medio de la habitación, volvió a vibrar esta vez con tanta fuerza que todo se cimbró a su alrededor, un rayo cayó de la nada sobre la casa, atravesando el concreto para estrellarse en el bastón suspendido.
La energía fue atronadora, aquello hizo que los cristales estallaran y que la casa se incendiara rodeada de rayos potentes que iluminaban anormalmente todo.
Un rayo fue directamente a la cabeza del joven que en medio de aquel torbellino de fuego y electricidad comenzó a retorcerse anormalmente, la electricidad lo rodeaba y parecía incluso manar de él.
Una marca se dibujó en su frente, misma que se iluminó con fuerza en medio de la tormenta cegadora que estaba ocurriendo ahí.
Su cuerpo se suspendió solo. Sus ojos brillaban como fuegos fatuos y, al final, en medio de la destrucción, acabó cayendo al piso rodeado de su propia energía elemental.
Finísimas líneas se marcaron en su cuerpo completo, como si fueran estrías, cicatrices por donde la energía había salido y debajo de sus ojos se habían dibujado tatuajes pardos en forma de rayos que marcaron aquel cuerpo como usuario del rayo.
Abrió los ojos a la vida nuevamente para observar la devastación a su alrededor…
Un renacido con ojos antiguos observaba la modernidad.
—Ha comenzado, ahora… este cuerpo ahora es mío… Kenjaku… ¿Dónde está? ¿Dónde está… Sukuna?
Preguntó Kashimo Hajime, el guerrero elemental que más de cuatrocientos años atrás había vivido y que ahora, gracias al contrato con Kenjaku, había vuelto… eso significaba que en esa era se encontraba el hechicero más fuerte de la historia…
¡Y ahora él también estaba ahí!
Se rio como loco, ahogado en carcajadas psicóticas, rodeado de destrucción y de energía potente que envolvía su cuerpo, la escena era dantesca, todo lo que estaba a su alrededor ya no existía… todo se había destruido con la fuerza de su rayo naciente…
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N. de la A.
(1) Yumi – Una de las artes marciales estudiadas por los samuráis es el kyudo, el tiro con arco, un arco amplio y ligeramente curvo, esta arma es el yumi, y fue un arma ampliamente usada y mortal, aún hoy en día se realizan competencias en Japón con dicha arma.
(2) Dentro del budismo, el miedo sólo es un obstáculo que hay que analizar, interiorizar, entender y después evitar que se convierta en la fuente del sufrimiento.
(3) Tomesode – Kimono sobrio de manga más corta usado por las mujeres casadas, normalmente oscuro con decoraciones sólo en la parte inferior.
(4) Nagajuban – Es la prenda interior, símil a una bata, que se usa debajo de los kimonos para evitar que se maltraten, ensucien y contener el sudor, garantizando un tiempo de vida más longevo en los kimonos.
(5) Wakisashi – Espada más corta que una katana, cuya hoja podía medir treinta centímetros y esta era portada por los samuráis como muestra de honor y poder, aparte de la katana. También era un arma para defensa propia.
(6) Monte Takao – El Monte Takao es uno de entre los menos altos de Japón, sin embrago sus vistas son impresionantes, tomando en cuanta que desde él se puede observar el Monte Fuji.
(7) Taijutsu – Se trata literal, del arte del cuerpo, un arte marcial, traducido en el combate cuerpo a cuerpo, aprovechando la fuerza física y la destreza, incluye también el uso de armas.
