Na: Quiero hacer una aclaración con respecto a los personajes, yo siempre digo que, en mis historias ciertos personajes cambian de actitud, porque al no ser del universo de Digimon tienen otros problemas, otras razones para ser buenos, otras razones para ser malos. O, también trabajo con contexto previo, ejemplo: Ustedes ven a Rika intentando conquistar a Ryo y no siendo mala, porque antes lo era, pero en este punto de la historia tenemos a una Rika enamorada, que logró superar sus problemas con Ryo.
~Revenge Temporada II~
Capítulo 2 Parte 1
La habitación de la clínica estaba en completo silencio, excepto por el tenue zumbido de la máquina de monitoreo que seguía su ritmo cardíaco. La tenue luz de la lámpara sobre la mesa de noche apenas iluminaba la estancia, proyectando sombras alargadas en las paredes. Nene permanecía recostada en la cama, con los ojos fijos en el techo, sin realmente verlo.
Su mente era un torbellino.
Sora no era su madre biológica.
Su padre le había mentido toda su vida.
Su abuelo también.
Y lo peor de todo…
¡Era hija de una asesina!
La sola idea le provocaba escalofríos. Se sintió enferma, como si un peso enorme presionara su pecho, impidiéndole respirar con normalidad. Una parte de ella quería gritar, exigir respuestas, pedir que alguien le dijera que todo era una mentira… pero sabía que no lo era.
El coraje hervía dentro de ella, mezclado con una sensación de traición que la carcomía por dentro. Había crecido creyendo que pertenecía a una familia que, aunque complicada, era suya. Ahora, todo se sentía ajeno, distante… incluso su propio reflejo en el espejo le resultaba extraño.
Frustrada, apretó los puños sobre la sábana, su mirada todavía fija en el techo.
—Maldita sea… —susurró entre dientes, sintiendo que las lágrimas amenazaban con traicionarla. Pero no iba a llorar. No iba a permitir que esto la derrumbara.
Entonces, un golpe seco en la puerta rompió el silencio de la habitación.
Nene se sobresaltó y frunció el ceño.
—¿Quién es? —gritó con molestia, sin molestarse en ocultar su enojo.
La puerta se abrió con cautela, solo unos centímetros, y la silueta de Haruna apareció en el umbral.
—Soy yo, Nene…
El ceño de Nene se frunció aún más. No estaba de humor para hablar con nadie, mucho menos con Haruna. Sin embargo, algo en el tono de su voz la hizo dudar.
Haruna avanzó lentamente, sin que Nene le diera permiso para entrar. Su expresión era serena, pero sus ojos reflejaban comprensión.
—¿Puedo pasar? —preguntó en voz baja.
Nene suspiró con fastidio, pero al final asintió con desgano.
—Haz lo que quieras…
Haruna cerró la puerta con suavidad tras de sí y se acercó hasta la cama. Observó a Nene en silencio por unos segundos antes de hablar.
—¿Qué hace aquí?— Preguntó Nene.
—Vine a ver como estás.
—¿Cómo estoy?—repitió la castaña y rió— ¿Es enserio su pregunta? ¿Cómo cree que estoy, Haruna?—Preguntó molesta— Incluso preguntar sobra...¿Cómo crees que me siento, Haruna? —su voz estaba cargada de sarcasmo y dolor—. Acabo de enterarme de que toda mi vida ha sido una mentira. Que mi padre, mi abuelo… toda mi familia me ocultó la verdad.
Mimi hizo una mueca ante esto. Era evidente que su pregunta no fue correcta.
Nene suspiró y llevó sus manos a su rostro: —Disculpa...—Rogó— Discúlpame Haruna...—Comentó— No debí hablarle así.
La oji-miel suspiró y se acercó a ella: —No te preocupes, entiendo que este momento es difícil.
Nene quitó sus manos de su rostro y observó a Haruna: —¡Que pena con usted!— Exclamó— Usted sabe la verdad de mi origen.
—¿Por qué sientes pena?— Preguntó Mimi— ¿Por qué sentirías pena?
—Porque ahora usted sabe que yo...—Nene se detuvo— Soy hija de...—Era difícil decirlo— De una asesina.
Aquellas palabras fueron como una puñalada en el corazón de Mimi. Le dolía, pero no daría marcha atrás.
—¿Por qué deberías sentir vergüenza?—Cuestionó la oji-miel.
—Por la situación.
—Es tu madre, después de todo.
—Pero asesino a...—Nene intentó hablar, un tanto sulfurada, mientras se incorporaba sobre la cama, pero apenas hizo esto sintió un mareo— ¡Rayos!—Murmuró.
—Tranquila, tranquila...—Mimi se apresuró a hablar y depositó su mano en el brazo de la joven— Nene, no vengo a hablar de eso, al contrario, vengo porque estoy preocupada por ti, luego de anoche, quedé muy preocupada por ti y sé que estás viviendo un momento difícil. Sé que no quieres ver a tu familia y lo entiendo. Pero tampoco creo que debas estar sola.—Tomó su mano— Déjame acompañarte ¿sí?
Nene observó este gesto y fue extraño, demasiado extraño, como siempre que Haruna se acercaba a ella. Ante el contacto de su mano sintió una calma inexplicable.
La noche estaba oscura, con el viento que soplaba frío y agresivo a través de las calles vacías. Takeru caminaba a duras penas, sus pies apenas tocaban el suelo mientras era empujado hacia adelante. La fuerza de Hiroaki, su propio padre, lo obligaba a moverse, y el miedo se acumulaba en su pecho con cada paso que daba. Había algo aterrador en el aire, algo que presagiaba que esa noche sería diferente a todas las demás. A su alrededor, solo se oían los ecos de sus propios pasos y los de Hiroaki y el secuaz que los acompañaba, que lo seguían con miradas frías y vacías.
—Vamos, no tardes —gruñó Hiroaki, empujando a Takeru una vez más.
El joven no podía hacer nada más que seguirlo, su mente llena de preguntas que no se atrevían a salir de su boca. Cada vez que intentaba hacerle alguna pregunta a Hiroaki, el hombre simplemente lo ignoraba. Pero Takeru no podía callar por mucho tiempo. El miedo se convirtió en desesperación y, finalmente, en dolor.
—¿A dónde me llevas? —Takeru se detuvo por un momento, sus ojos se llenaron de lágrimas mientras su cuerpo temblaba—. ¿Qué estás haciendo? ¿Qué está pasando?
Hiroaki lo miró con una expresión que no era de ira, pero sí de desprecio, como si ya no viera a su hijo como una persona, sino como una herramienta. Su rostro era una máscara de indiferencia, una expresión vacía, y Takeru sentía como si estuviera perdiendo la última parte de su humanidad con cada paso que daba.
—Te voy a mostrar la verdad de las cosas —respondió Hiroaki, su voz grave y fría.
Takeru no podía entender lo que su padre quería decir. ¿Qué verdad? ¿Qué era eso tan importante que necesitaba saber? ¿Por qué había venido hasta aquí de esa manera, siendo arrastrado por su propio padre, como si fuera un criminal? Las preguntas retumbaban en su cabeza, pero no tenía fuerzas para hacerlas todas.
Después de un largo rato, llegaron a un lugar apartado, alejado de la ciudad. El aire se volvía cada vez más denso, y Takeru comenzó a sentir que algo extraño sucedía en el ambiente. El sonido de las gotas de agua al caer sobre el suelo y el crujir de las ramas de los árboles parecían más intensos allí.
Hiroaki se detuvo frente a una puerta metálica que parecía aislada, abandonada casi. El secuaz de Hiroaki, un hombre de aspecto sombrío, se adelantó y abrió la puerta con un par de movimientos rápidos. Lo que Takeru vio dentro lo dejó sin aliento.
Era un lugar oscuro y húmedo, lleno de celdas pequeñas y sucias. Cada celda estaba ocupada por una mujer, algunas de ellas encadenadas, otras simplemente sentadas en el suelo, con miradas perdidas, vacías, como si su vida ya se hubiera esfumado. La atmósfera estaba impregnada por el dolor y el sufrimiento, y Takeru no podía creer lo que veía. No entendía nada de lo que sucedía allí.
—¿Qué es esto? —preguntó Takeru, su voz quebrada por el miedo y la incredulidad—. ¿Qué es este lugar?
Hiroaki se acercó a él, y sus palabras fueron claras, frías como el hielo.
—Este es el negocio familiar —dijo Hiroaki sin dudar, señalando las celdas—. Las mujeres aquí, son parte de nuestro imperio, Takeru. Y esto es solo el principio.
Takeru sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. ¿Su padre estaba diciendo la verdad? No podía ser posible. Él siempre había escuchado historias sobre la riqueza de la familia, sobre el poder que Hiroaki tenía, pero nunca imaginó que su padre estuviera involucrado en algo tan oscuro y aterrador.
—¿El negocio… familiar? —Takeru repitió, sus palabras llenas de asombro—. ¿Qué estás diciendo, padre?
Hiroaki lo miró fijamente, como si le estuviera mostrando la única realidad que existía. No había misericordia en sus ojos, solo la verdad amarga de una vida que Takeru no quería entender.
—Esta es la razón por la cual tu madre, Natsuko, murió —dijo Hiroaki con calma, como si hablara de algo trivial.
Las palabras cayeron sobre Takeru como un balde de agua fría. Sus ojos se abrieron de par en par, y una sensación de horror se apoderó de él. No podía creer lo que su padre acababa de decir. Natsuko, su madre… ¿había muerto por esto? No podía ser posible. Su mente se llenó de confusión.
—No… no puede ser —dijo Takeru entre lágrimas, mientras un nudo se formaba en su garganta—. ¿Por qué… por qué estás diciendo esto?
Hiroaki no mostró ninguna emoción en su rostro. Se cruzó de brazos y dejó escapar un suspiro largo, como si finalmente estuviera cansado de ocultar la verdad.
—Mimi lo descubrió —dijo Hiroaki, su voz grave, su mirada fija en Takeru—. Descubrió lo que estábamos haciendo. Y cuando traté de hacerla callar, ella se vengó. Vengó a su manera. Y mató a tu madre.
Takeru dio un paso atrás, como si lo que Hiroaki le decía fuera algo completamente ajeno a su realidad. No podía creerlo. La figura de Mimi, la mujer que siempre había considerado una figura distante pero significativa, estaba ahora frente a él como una sombra amenazante. ¿Qué había hecho? ¿Por qué?
—¡No! —gritó Takeru, con la voz quebrada—. ¡Eso no es posible! ¡No puedo creerlo!
Hiroaki lo miró con una sonrisa amarga, sin piedad alguna.
—Es la verdad, Takeru —dijo, como si ya no le importara lo que su hijo pensara—. Mimi mató a Natsuko en venganza. Ella descubrió el negocio que manteníamos, y cuando traté de proteger lo que había construido, lo que nuestra familia había construido, Mimi tomó su venganza. Y tu madre pagó el precio.
Takeru no podía aceptar esas palabras. El dolor en su pecho era insoportable. No quería creerlo. No quería entender. Las lágrimas caían por su rostro mientras se aferraba a la idea de que todo aquello era una mentira, una cruel invención de su padre.
—¡No es cierto! —gritó Takeru, su voz quebrada por la desesperación—. ¡No lo puedo creer! ¡No puedes ser tan monstruoso, padre!
Pero Hiroaki no mostró ni una pizca de arrepentimiento. Solo lo miró con frialdad, como si estuviera observando a alguien que no entendía nada.
—La verdad es cruel, Takeru. Pero es la única verdad que tienes. Mimi no solo mató a tu madre, también acabó con tu futuro. Y ahora todo lo que queda es seguir adelante con el legado de nuestra familia.
Takeru cayó de rodillas, su cuerpo temblaba de horror y dolor. Ya no podía más. Las palabras de Hiroaki se habían clavado en su mente, y todo lo que conocía estaba hecho pedazos. Su madre, su vida, su familia… todo se había desmoronado en un instante.
—¡No! ¡No lo aceptaré! —gritó Takeru, pero sabía que la verdad ya estaba fuera, y su mundo nunca volvería a ser el mismo.
—Dime ¿enserio querías saber las verdades de nuestra familia?
Takeru llevó sus manos a su cabello.
Hiroaki sonrió. Al parecer, logró lo que quería, mortificar mentalmente a su hijo con la verdad...Bueno, parte de la verdad...Un poco modificada.
El sonido de tacones se dejó oír en el pasillo silencioso de la oficina. Izumi Ishida apareció, impecable como siempre, aunque en su rostro se notaban los rastros de una noche pesada. Su cabello recogido en una coleta alta dejaba a la vista unas ojeras disimuladas con maquillaje, y su abrigo oscuro, aún húmedo en los bordes, delataba que el clima afuera seguía tan hostil como el día anterior.
Apenas cruzó la puerta, una voz conocida la recibió con tono burlón:
—¡Vaya! Hasta que finalmente llegó la señorita… —hizo una pausa dramática con una ceja alzada— ¡Perdón! Izumi Ishida. No vaya a ser que me regañe por faltarle el respeto otra vez.
Izumi lo miró de reojo, reprimiendo una sonrisa.
—Estás tan dramático como siempre, Takuya.
—Y tú, tan regia como siempre —respondió él, bajando el tono para no sonar tan bromista y sí más… genuino.
Izumi se quitó el abrigo y lo dejó en el perchero con movimientos meticulosos. Suspiró.
—Siento la tardanza. Pero después de todo lo de ayer… el auto, la lluvia, y terminar empapada… estaba demasiado cansada para funcionar esta mañana.
Takuya, que ya estaba preparado con una taza en la mano, se la extendió con una sonrisa cómplice.
—No tienes que disculparte. Y adivina qué… café, justo como te gusta. Leche, sin azúcar, y con un toque de paciencia por si amaneciste de mal humor.
Ella alzó una ceja, aceptando la taza.
—Gracias… ¿También estuviste practicando hechicería esta mañana?
—No, pero soy un hombre que aprende. Y escucha —añadió con una sonrisa ladeada—. ¿Llamaste al mecánico?
—Sí —bebió un sorbo—. Me dijo que el auto va a estar recién mañana. Parece que se metió más agua de la que pensaban.
—Qué desastre… —comentó, llevándose las manos a los bolsillos con aire casual—. Bueno, entonces, mañana te acompaño a tomar un taxi.
Izumi se quedó mirándolo, sorprendida.
—¿Un taxi?
—Sí. Te acompañaría a tomar metro o micro, pero sé que las princesas como tú no pisan ese tipo de transporte. Lo tuyo es aire acondicionado y asiento acolchado —bromeó, guiñándole un ojo—. Así que te acompaño al taxi, me aseguro que subas, y listo. Honor de caballero.
—Takuya, no es necesario. En serio.
—Sí lo es —replicó él, más serio de lo que ella esperaba—. El tiempo está horrible, y hay hombres malos allá afuera que podrían hacerle cosas malas a chicas buenas… o chicas con cara de pocos amigos como tú —añadió, con una sonrisa para aligerar la tensión—. No me voy a quedar tranquilo sabiendo que andas sola.
—Pero...
—¡Pero nada!
Takuya se acercó un poco más, lo suficiente como para que Izumi sintiera su presencia envolvente. Su tono cambió, ahora más bajo, casi como si le estuviera contando un secreto.
—Además… —dijo con una sonrisa ladeada— Si me vas a dar un dulce premio como el de ayer por acompañarte, soy capaz de viajar contigo hasta la Luna.
Ante esto comentario Izumi se colocó roja.
Izumi abrió los ojos con incredulidad, completamente atónita por la desfachatez de Takuya. El recuerdo de la noche anterior —ese breve roce de labios que se suponía debía ser solo un beso en la mejilla— regresó con una fuerza que la hizo tambalearse internamente. La temperatura de su rostro subió en cuestión de segundos.
—¡Takuya! —exclamó, llevándose una mano a la frente para tapar su sonrojo, como si con eso pudiera esconder también lo que sentía—. ¡Eso fue un accidente! ¡Y ya te lo dije!
Takuya rio con total descaro, encantado por la reacción que provocaba en ella. Se apoyó en el borde del escritorio, con los brazos cruzados y esa sonrisa pícara que se le hacía imposible quitar.
—¿Ah, sí? Porque yo estuve repasando el momento en mi cabeza —dijo con tono juguetón— y no recuerdo haber hecho fuerza para acercarme. Es más, creo que tú fuiste la que se inclinó…
—¡Era para tu mejilla! —Izumi lo interrumpió, tapándose los ojos por un segundo antes de bajarlos y fulminarlo con la mirada— ¡Y no te atrevas a repetirlo en voz alta!
Takuya levantó las manos en un gesto de rendición, aunque seguía sonriendo con aire travieso.
—Lo siento, princesa. Pero si tú vas a seguir regalando besos "accidentales", necesito saber qué tipo de transporte tenemos que tomar para que sucedan más seguido.
Izumi no pudo evitar soltar una carcajada, incrédula ante lo absurdo de la situación. Negó con la cabeza, mordiéndose el labio inferior para ocultar una sonrisa.
—Eres insoportable…
—Y tú encantadora cuando te sonrojas —dijo, ahora bajando el tono, suavizando la sonrisa—. Ya en serio, Izumi. No lo digo solo por molestar. Me gusta compartir momentos contigo, incluso esos que pasan por accidente.
La mirada de ella se suavizó por un instante. Hubo un segundo de pausa, de esos que se sienten más largos de lo que realmente son. Luego, Izumi dio un paso atrás, recuperando el control de sí misma, aunque aún con las mejillas encendidas.
—Bien. Pero si me vuelves a mencionar lo de ayer, te juro que nunca más volverás a probar mis labios.
—¡Qué cruel! —bromeó Takuya, llevándose una mano al corazón con fingido dramatismo— Pero acepto el reto si eso significa ir a tu lado.
Izumi puso los ojos en blanco, pero ya no podía esconder la sonrisa en su rostro.
—Anda, vete a trabajar.
—Sí, jefa —respondió con una reverencia exagerada, dándole una última mirada antes de girarse con una sonrisa satisfecha—. Pero si llueve, no me hago responsable si acabo otra vez en el mismo taxi que tú… y con otro beso "accidental".
—¡Takuya!
Pero ya era tarde. Él se alejaba por el pasillo, silbando despreocupadamente, mientras Izumi se quedaba de pie en su lugar, el corazón desbocado y un rubor que no tenía intención de desaparecer.
Este chico la hacía enojar, pero a su vez le sacaba muchas sonrisas. Eso le agradaba de él...
Y hacia que él le gustara más.
Mimi masajeo la cien de Nene con el aceite hidratante. Debía admitirlo, era relajante. La oji-miel acaricio el rostro de su hija e inevitablemente recordó cuando era pequeña y noche tras noche, luego de darle un baño a sus hijas, masajeaba sus pieles con este aceite. Ambas parecían gozar de aquel momento y tenían una piel perfecta. También a su mente venía el recuerdo de sus dos embarazos, usaba aceite o cremas para masajear su vientre.
—¿Te gusta?— Preguntó la mayor.
—Sí.— Respondió Nene— Es relajante.
Mimi sonrió con ternura mientras continuaba masajeando suavemente la sien de Nene. Sentía una mezcla de nostalgia y tristeza al recordar los días en los que podía cuidar de sus hijas sin restricciones, sin el peso de los secretos y las mentiras que ahora las separaban.
—Me alegra que lo encuentres relajante —dijo en voz baja, sin detener sus movimientos—. A veces, lo más simple puede ayudarnos a despejar la mente.
Nene suspiró, cerrando los ojos por un momento mientras se dejaba llevar por la sensación reconfortante.
—Ojalá fuera tan fácil… —murmuró—. Ojalá este malestar desapareciera con solo un masaje.
Mimi sintió su corazón encogerse.
—Lo sé, Nene… pero también sé que necesitas darte un respiro.
La joven entreabrió los ojos, observándola con curiosidad.
—¿No me mira con rechazo?
—¿Por qué lo haría?
—Porque soy hija de una asesina.
Mimi suspiró ¿cómo podía explicarle que ella no era una asesina?
—Tu padre me comentó que tu madre no es una asesina.
Nene suspiró: —Mi abuelo confirmó que lo era, escuché como Takeru lo decía.
—Pero tal vez necesites más explicaciones...
—No necesito explicación.—Respondió la menor— Necesito olvidarme de esto. Porque me siento avergonzada. Dudo que la sociedad me vea con buenos ojos. Incluso, no sé como usted lo hace.
—Bueno, a mi no me importa.— Declaró la oji-miel— No te juzgaré por algo que es totalmente independiente a ti.—Comentó— No te rechazaré solo por...—Suspiró— Porque sé la verdad de tu madre.
—Dudo que el resto del mundo piense eso.—Habló Nene— Estoy segura que, si los demás supieran de esto, me rechazarían y me darían la espalda.
—Yo no soy el resto.—Respondió Mimi— Llevó tiempo conociéndote a ti, a Izumi, a tu familia...Y créeme, sé que eres buena persona y no te daré la espalda por "el qué dirán" Sabiendo que, esto es más difícil para ti que para otra persona.
Nene suspiró. Era extraño, esa mujer siempre intentaba ayudarlos, tanto a su familia como a ella. ¿Por qué lo hacía?
Fue así como Mimi vertió aceite en sus manos y se dispuso a continuar con su masaje.
—Siento molestarte, sé que estás preocupado por Nene, pero necesito que hablemos de los últimos movimientos.—Declaró el Minamoto.
—¿Movimientos?
Kouji asintió y observó a su alrededor, nadie estaba ahí—Las cosas no pintan bien —soltó con voz grave—. Desde que saboteamos los negocios de Hiroaki, hemos tenido una fuga considerable de dinero.
Yamato se giró lentamente, su mirada fija en su hermano menor.
—¿Cuánto dinero perdió esta vez con el último sabotaje?
—Más de lo que esperábamos —admitió Kouji—. Nuestros aliados tailandeses nos han ayudado a sostener la operación, pero no ha sido suficiente. Han puesto dinero, sí, y yo he logrado usar parte de las ganancias del tráfico de sustancias de mi padre, pero tú sabes que tu padre esperaba con la última entrega ganar una gran cantidad de dinero. No tenemos forma de justificar que no lo tiene.
Yamato dejó la copa sobre su escritorio y se frotó la barbilla, reflexionando.
—Eso no es bueno. No podemos permitirnos que empiecen a dudar de nosotros.
—Exactamente —asintió Kouji—. Y si no encontramos una manera de cubrir las pérdidas pronto, podríamos empezar a perder la confianza de tu padre con estos negocios.
Yamato permaneció en silencio unos segundos, sus dedos tamborileando sobre el escritorio. Entonces, una sonrisa se dibujó en su rostro, una sonrisa calculadora.
—Shuu sigue en prisión.
Kouji alzó una ceja.
—Sí, lo sé.—Respondió.
—Hiroaki ya está furioso con él por las pérdidas de dinero que ha tenido anteriormente. Le hicimos creer que, él era el responsable y lo creyó, porque siempre ha tenido problemas con él.—Comentó— Sobre todo ahora que está en prisión creo que con más razón genera desconfianza.
Kouji parpadeó y de inmediato entendió.
—Quieres aprovechar la situación…
—Exacto —asintió Yamato—. Si seguimos asociando las pérdidas a Shuu, Hiroaki no tendrá razón para sospechar de nosotros. Ya lo ve como el chivo expiatorio perfecto, solo tenemos que seguir alimentando esa idea.
Kouji esbozó una sonrisa ladeada.
—Eso significa manipular más los registros, falsificar movimientos bancarios y hacer que parezca que el dinero ha desaparecido bajo su administración.
—Nada que no hayamos hecho antes —respondió Yamato con frialdad—. Si logramos que mi padre siga convencido de que Shuu es el culpable, podemos evitar que la presión caiga sobre nosotros y al mismo tiempo seguir drenando los fondos sin que nadie lo note.
—Pero, ¿qué pasa si Hiroaki empieza a sospechar? No es un idiota, tarde o temprano podría darse cuenta de que alguien más está moviendo los hilos.
—Para cuando lo haga, ya habremos recuperado lo suficiente para que no importe —respondió Yamato con confianza—. Además, Shuu no tiene manera de defenderse. Está aislado, sin contacto con Toshiko ni con nadie que pueda ayudarlo.
Kouji asintió lentamente, viendo cómo la estrategia tomaba forma.
—Entonces, ¿seguimos adelante con esto?
Yamato tomó su copa nuevamente y la alzó en un gesto de triunfo.
—Seguimos adelante. Shuu será la carnada perfecta para seguir ganando tiempo… y dinero.
Kouji sonrió y se inclinó levemente con respeto.
—Entendido. Me encargaré de los detalles.
Yamato observó a su hermano con satisfacción. Era un juego peligroso, pero si alguien sabía cómo mover las piezas en el tablero, era él.
La noche era tranquila, y el cielo se desplegaba como un lienzo infinito de estrellas brillantes. El suave murmullo de las hojas movidas por el viento acompañaba la quietud, mientras Izumi y Takuya se encontraban sentados en una manta extendida sobre la hierba fresca. La colina donde estaban ofrecía una vista despejada, alejada de las luces de la ciudad, permitiéndoles disfrutar plenamente del espectáculo celestial.
Izumi estaba acurrucada entre los brazos de Takuya, con la cabeza apoyada en su hombro. Él la envolvía con ternura, trazando con los dedos pequeños círculos en su brazo mientras ambos miraban hacia el firmamento.
—Es hermoso, ¿verdad? —susurró Izumi, rompiendo el silencio con un tono suave.
Takuya inclinó ligeramente la cabeza para mirarla, aunque sus ojos seguían brillando con un destello de asombro al contemplar el cielo.
—Sí, pero no tanto como tú. —Sonrió, dejando que el comentario escapara con naturalidad, como si fuera la verdad más obvia del mundo.
Izumi rodó los ojos, aunque no pudo evitar sonreír.
—Eres imposible. —Un rubor leve teñía sus mejillas mientras le daba un pequeño codazo.
—Es cierto. —Takuya se encogió de hombros, fingiendo inocencia—. Pero míralas bien, ¿no te recuerdan a algo?
Izumi entrecerró los ojos, siguiendo su dedo cuando señaló un grupo de estrellas.
—¿A qué te refieres?
—A nosotros. —Takuya bajó la mano, envolviéndola de nuevo en su abrazo—. Separadas, parecen simples puntos en el cielo. Pero juntas, forman algo único, algo que no puedes dejar de admirar.
Izumi levantó la mirada hacia él, su expresión suavizándose con una mezcla de sorpresa y ternura.
—No sabía que eras tan poético. —Su voz era apenas un murmullo, como si temiera romper la magia del momento.
—Hay muchas cosas que aún no sabes de mí. —Él sonrió, inclinándose hacia ella hasta que sus frentes se tocaron—. Pero estoy dispuesto a mostrarte todo, si me dejas.
Izumi lo miró fijamente por unos segundos, perdiéndose en la calidez de sus ojos. Luego cerró los ojos y dejó escapar un suspiro, apoyándose aún más en él.
—Eres tan cursi…
—Solo cuando estoy contigo ¿sabes?—Comentó el moreno— Nunca me gustó alguien tanto como tú.—Musitó.
Izumi sonrió conmovida.
Takuya besó suavemente su frente antes de volver a mirar las estrellas.
—¿Sabes qué me gusta de estar aquí contigo? —preguntó la rubia después de unos minutos de silencio cómodo.
—¿Qué?
—Que el mundo parece detenerse. —Su voz era tranquila, pero cargada de sinceridad—. Cuando estoy contigo, nada más importa. Ni las preocupaciones, ni el ruido de fuera… solo nosotros.
Takuya sintió cómo su corazón se aceleraba ante sus palabras. Levantó la mirada hacia el cielo, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con brotar.
—No digas esas cosas… o empezaré a creer que todo esto es un sueño.
—No es un sueño. —Susurró, mirándolo fijamente—. Es tan real como las estrellas que están allá arriba.
Izumi lo observó por un momento antes de inclinarse hacia él, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello en un abrazo firme. Takuya la apretó contra su pecho, y ambos permanecieron así, escuchando el latido de sus corazones sincronizados.
El cielo continuaba su danza nocturna, y aunque las estrellas eran el centro del espectáculo, en ese momento, para ellos, el verdadero universo estaba contenido en el pequeño espacio que compartían, bajo el manto estrellado.
Takeru caminaba sin rumbo fijo, con la mente embotada por lo que acababa de presenciar. Las palabras de su padre resonaban en su cabeza como un eco interminable, mezclándose con sus propios pensamientos llenos de dolor y confusión. Se dirigía al único lugar donde creía que podía encontrar respuestas, aunque no estaba seguro de qué esperaba obtener. La imagen de Hikari, su exnovia, seguía apareciendo en su mente. Había algo en todo esto que no cuadraba, algo que ahora empezaba a relacionar con ella.
Llegó a la casa de Hikari, un pequeño refugio escondido en una zona tranquila. La noche seguía siendo fría, y el viento hacía que las hojas crujieran bajo sus pies. Se quedó parado frente a la puerta durante varios minutos, sin saber si tenía el derecho de tocar. Pero el impulso era más fuerte que sus dudas. Finalmente, golpeó suavemente la puerta, una vez, dos veces.
Después de unos segundos que se sintieron eternos, la puerta se abrió, y allí estaba Hikari. Su rostro mostró sorpresa al verlo, pero también algo de preocupación. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se habían visto, y ahora Takeru estaba frente a ella, con el rostro marcado por la angustia.
—Takeru… —dijo Hikari con voz baja, sin saber qué más agregar.
Takeru la miró fijamente, sus ojos reflejaban una mezcla de desesperación y determinación.
—Necesito hablar contigo —dijo con voz temblorosa, pero firme.
Hikari asintió, abriendo la puerta por completo y dejándolo pasar. La casa estaba silenciosa, y el ambiente era cálido, pero Takeru no podía relajarse. Se sentó en el sofá, mientras Hikari permanecía de pie, observándolo con cautela.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hikari, rompiendo el silencio.
Takeru se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos. No quería precipitarse, pero tampoco podía contenerse más. Finalmente, levantó la mirada hacia ella y sin rodeos decidió preguntar.
—Necesito que me digas la verdad, Hikari. —Su mirada se clavó en la de ella, intensa, llena de desesperación— Por favor, no me mientas.
Hikari lo observó sin entender: —¿Qué ocurre?
—Dime, por favor...—Rogó el rubio—Respóndeme, ¿Mi padre tuvo algo que ver con tu decisión de dejarme?
La pregunta cayó como un trueno. Hikari retrocedió un paso, incapaz de mantenerle la mirada. Su cuerpo se tensó, y la culpa comenzó a envolverla.
—No sé de qué hablas, Takeru. —Su voz era apenas un susurro, esquivando su mirada.
—No me mientas. —Él dio un paso adelante, su voz quebrada por la angustia—. Por favor, Hikari. Necesito saberlo.
Ella apretó los labios, negándose a responder. Sus manos se aferraron al marco de la puerta como si fuera lo único que la mantenía en pie.
—¡Hikari, mírame! —exclamó Takeru, su voz subiendo de tono, no con ira, sino con un dolor que no podía contener—. ¡Dime la verdad! ¿Qué hizo mi padre?
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Hikari. No podía seguir huyendo, pero la sola idea de decirlo en voz alta le aterraba. Sentía como si una sombra invisible la sofocara, recordándole la amenaza implícita que Yamato le hizo aquella noche.
—No puedo… —murmuró, su voz casi inaudible.
—¡Sí puedes! —gritó Takeru, sus ojos llenos de súplica—. Por favor, Hikari. Estoy perdido. Mi padre… él… me ha destrozado. Necesito saber si también destruyó nuestra relación...Lo único que le dio sentido a mi vida...al menos unos meses.
La última frase del rubio fue un golpe directo al corazón de Hikari. Su pecho se llenó de una mezcla de culpa y dolor insoportable. Finalmente, su resistencia se quebró.
—Sí… —susurró, mirando al suelo mientras las lágrimas caían incesantes—. Tu padre tuvo algo que ver…
Takeru sintió como si el aire le fuera arrebatado de los pulmones. Su mente giraba en un torbellino de emociones. Apretó los puños, tratando de controlar el temblor de su cuerpo.
—¿Qué hizo? —preguntó con la voz rota, pero insistente.
Hikari levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas y miedo.
—Intentó… intentó secuestrarme. —Las palabras salieron con dificultad, como si le costara demasiado pronunciarlas.
Haruna salió de la habitación de Nene cerrando la puerta con cuidado. Se tomó un momento para respirar hondo, tratando de tranquilizarse antes de seguir adelante. Había pasado un largo rato con la joven, asegurándose de que estuviera lo más cómoda posible. Aunque Nene seguía débil, parecía encontrarse un poco mejor.
Apenas dio un par de pasos fuera del cuarto cuando escuchó una voz grave llamándola.
—¿Cómo está Nene? —preguntó Yamato, acercándose con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
Haruna lo miró por un instante antes de responder.
—Se siente un poco mejor —dijo con voz neutra.
El sultán asintió, pero su expresión preocupada no cambió.
—Necesito hablar con ella —declaró con firmeza.
Haruna suspiró y negó con la cabeza.
—No creo que sea lo mejor —respondió, cruzándose de brazos.
Justo en ese momento, una tercera voz interrumpió la conversación.
—La señorita tiene razón.
Yamato frunció el ceño y giró la cabeza rápidamente hacia la fuente de la voz.
El doctor Thomas H. Norstein estaba de pie en el pasillo, con su impecable bata blanca y su mirada analítica. Sostenía algunos documentos en una mano, pero su atención estaba completamente centrada en el sultán.
—¿Por qué? —preguntó Yamato, con evidente molestia en su tono.
Thomas avanzó con calma, deteniéndose a una distancia prudente.
—Nene necesita descansar —explicó con voz profesional—. Y para eso, necesita estar a solas.
Yamato apretó la mandíbula.
—No quiero dejarla sola —replicó.
Thomas no parecía inmutarse por el tono del sultán. Mantuvo su expresión neutral mientras respondía:
—Será lo mejor, al menos por esta noche.
El silencio que siguió a esas palabras fue tenso. Yamato miró de reojo la puerta cerrada de la habitación de su hija, su frustración evidente.
En ese momento, Sora apareció en el pasillo. Había estado observando la conversación desde un poco más atrás y, al notar el intercambio entre el sultán y el doctor, sus ojos reflejaron la misma preocupación que Yamato intentaba ocultar.
El sultán y la sultana se miraron por un instante, sin decir nada.
Sora comprendía la inquietud de Yamato. Él siempre había sido protector con Nene, más aún en situaciones donde su bienestar estaba en juego. Pero Thomas tenía razón.
—Lo mejor para Nene es que descanse —dijo Sora suavemente, rompiendo el silencio.
Yamato suspiró y pasó una mano por su cabello rubio, frustrado. No le gustaba la idea de dejar a su hija sola, pero no podía negar que lo que decían tenía sentido.
Finalmente, tras unos segundos de indecisión, asintió con pesadez.
—Está bien —dijo, aunque su voz no sonaba convencida.
Haruna observó la escena sin intervenir más. En el fondo, entendía a Yamato. Aunque no lo demostrara fácilmente, su amor por sus hijos era genuino.
Thomas, satisfecho con la respuesta, asintió.
—Mañana temprano haré otra revisión —dijo, ajustando sus papeles antes de retirarse—. Mientras tanto, sería prudente que ustedes también descansen.
—No quiero dejar a mi hija.
—Entiendo que no, pero no podrán hacer mucho aquí, por el bien de Nene será mejor que no reciba visitas por esta noche.—Declaró Thomas.
Yamato no respondió. Solo miró una vez más la puerta de la habitación de Nene, como si pudiera asegurarse de que estaría bien solo con la fuerza de su mirada.
Sora le tomó la mano con delicadeza, en un intento de brindarle algo de consuelo.
Yamato dirigió su mirada hacia el gesto de Sora, inevitablemente se sintió incómod ante esto.
Haruna, por su parte, decidió que era momento de marcharse. Sin decir más, dio media vuelta y se alejó por el pasillo, dejando atrás la preocupación que pesaba en el aire.
Takeru movió su cabeza: —Lo sabía...—Declaró— Sabía que existía una razón tras tu alejamiento. Sabía que algo ocurría...—Comentó— Pero jamás me imaginé que mi padre llegaría a hacer algo tan...ruin...
Hikari hizo una mueca y observó al rubio totalmente apenada. Era evidente la tristeza en su rostro. Inevitablemente pasó su mirada por el resto del rostro del chico, tenía unas leves heridas y su mejilla estaba un tanto moreteada. Sus manos estaban con horribles rasguños.
¿Qué le había ocurrido?
—Lamento mucho lo que ocurrió.—El rubio le habló a la chica.
La castaña bajó la mirada: —No te preocupes, no es tu culpa.—Respondió.
—De algún modo lo es.—Comentó el rubio—Yo debí saber que algo había ocurrido, mi padre insistió que no estuviéramos juntos, debí suponer que fue su culpa, pero...—Suspiró— Yo no tenía idea de sus negocios.
—Lo sé.—Respondió Hikari— Sé que no tenías conocimiento de sus negocios, Takeru. Tu hermano, Yamato, me lo dijo.
Takeru observó a la castaña sorprendido— ¿Ellos te lo dijeron?
La joven asintió: —Cuando tu padre me quiso raptar, tu hermano y tu amigo, Kouji, fueron quienes me ayudaron.—Declaró—Evitaron que tu padre cometiera su objetivo, pero...
—¿Pero qué? —Takeru se acercó más, desesperado por comprender.
Hikari tragó saliva, tratando de reunir el valor necesario para continuar.
—Pero me hizo prometer que me mantendría lejos de ti. —Su voz se quebró, y su cuerpo tembló como una hoja al viento—. Me dijo que si no lo hacía, nunca estaría a salvo.
El mundo de Takeru se desmoronó por completo. Sus piernas cedieron, y cayó de rodillas frente a ella. No podía creerlo. La mujer que amaba, obligada a dejarlo por culpa de su propio padre.
—Hikari… —murmuró, sus ojos llenos de lágrimas mientras alzaba la vista hacia ella—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque tenía miedo. —Hikari se cubrió el rostro con las manos, sus palabras ahogadas por el llanto—. Tenía miedo de que algo peor pudiera pasarte si lo sabías.
El silencio cayó entre ellos, roto solo por los sollozos de Hikari y la respiración entrecortada de Takeru. La verdad, aunque dolorosa, estaba finalmente al descubierto, y ambos estaban devastados por ella.
—Hikari, yo...—Takeru suspiró— Lamento todo esto, de verdad.—Las lágrimas cayeron por sus mejillas.
—No te preocupes.—Respondió la castaña— Sé que no eres culpable.
El rubio nuevamente suspiró: —Pero eso no quita que sufriste por mi causa...—Declaró—Y que por culpa de mi familia. Ya no podamos estar juntos.— Lo último prácticamente lo susurró.
Pero fue un susurro audible, que Hikari escuchó y provocó que su tristeza aumentara.
Takeru se levantó de su lugar y dejó la taza en la mesa de centro— Lo mejor será que me vaya.
—¿Irte?—preguntó la castaña—Pero...
—No quiero causarte problemas.—Se apresuró a decir el rubio— No más de los que te he dado.
Hikari hizo una mueca y movió la cabeza: —Takeru...—Susurró su nombre y observó como el chico caminaba en dirección hacia la puerta.
No sabía que decir, que hacer, como actuar. Tenía miedo, mucho miedo. Quería correr a sus brazos y decirle que todo estaría bien, que ella no dejaba de pensar en él desde que terminaron. Pero sabía que no debía, no podía, no quería hacer esto más doloroso. Pero...
Apretó su puño.
—Takeru...—La castaña se levantó de su lugar y caminó hacia él para depositar su mano en su hombro provocando que el rubio se detuviera antes de salir—Yo sé que esto...—Suspiró— Es difícil, pero quiero que sepas que pase, lo que pase. Puedes contar conmigo.
El rubio se quedó quieto unos momentos analizando sus palabras.
—Agradezco tu oferta, pero no quiero involucrarte en más problemas.—Declaró.
El silencio se hizo presente y con él la tensión. Hikari no supo que decir, su pecho estaba presionado, sentía un nudo horrible en su garganta.
—Además...—Finalmente Takeru habló—Lo que más duele es saber que...—Suspiró— Ya no puedo aferrarme a un nosotros. Porque no quiero que corras riesgo.—Apretó su puño— Pero agradezco mucho lo que vivimos...—Declaró— Fue corto, pero fue lo mejor que me pasó en mucho tiempo. Y me hizo verdaderamente feliz...—
Estas palabras fueron como una puñalada en el corazón de la castaña, quien se quedó sin aire, y con un dolor punzante en su corazón.
—Adiós, Hikari.—Dijo el rubio antes de salir del lugar.
~Al día siguiente~
La lluvia golpeaba con insistencia los ventanales, un murmullo constante que llenaba el silencio de la habitación de Izumi. Las cortinas cerradas apenas dejaban filtrar la tenue luz gris del amanecer, y el reloj digital sobre su escritorio marcaba las 8:27 a.m. La joven estaba recostada en su cama, arropada hasta la nariz con varias mantas, aunque no parecía ser suficiente. Tiritaba.
Un nuevo estornudo le sacudió el cuerpo, y emitió un quejido suave, llevándose la mano a la garganta con una mueca. Le dolía cada vez que tragaba, y sentía como si le hubieran llenado la cabeza de algodón. La noche anterior había sido un desastre: tos seca, fiebre intermitente, escalofríos… y ahora esa maldita congestión que no la dejaba ni respirar bien.
Con esfuerzo, se giró hacia un lado, enrollándose más en las mantas. El cuerpo le pesaba, la piel le ardía, y cada pequeño movimiento parecía exigir más energía de la que tenía.
La puerta de su habitación se abrió con suavidad, y una figura familiar se asomó. Sora.
—¿Izumi…? —preguntó en voz baja, avanzando con cuidado al interior— ¿Cómo te sientes?
La joven entreabrió los ojos, un poco sorprendida por la visita de su madre a esa hora. Normalmente a esa hora Sora ya estaba con mil cosas, corriendo entre reuniones o sus propios asuntos. Pero ahí estaba, en la penumbra de su cuarto, con una taza en la mano y una expresión suave en el rostro.
Izumi se incorporó un poco, solo para volver a recostarse con una mueca de dolor. Suspiró.
—Mal… —admitió con voz ronca, casi un susurro— Sigo sintiéndome mal… peor que ayer.
Sora dejó la taza en el velador, se sentó en el borde de la cama y le acarició la frente con el dorso de la mano. Su tacto era tibio, cuidadoso, como si temiera quebrarla.
—Tienes fiebre otra vez —dijo con un suspiro leve, bajando la mirada—. Esa lluvia del otro día te hizo daño. No debiste volver empapada.
Izumi cerró los ojos con frustración.
—No fue como si quisiera… Mi auto no andaba y… —hizo una pausa, el recuerdo de Takuya y el taxi cruzando por su mente, pero decidió no mencionar nada— simplemente fue un mal día.
Sora asintió en silencio. Sus ojos azules, tan parecidos a los de su hija, lucían cansados. En ellos se escondía algo más que preocupación por un resfriado. Pero Izumi, demasiado absorta en su malestar, no lo notó.
—Te traje té con miel y jengibre. Ayudará un poco con la garganta.
—Gracias, mamá…
Hubo un momento de silencio. Sora se quedó allí, mirándola, acariciando suavemente los mechones sueltos de su cabello, como si quisiera grabarse el momento. Tal vez porque necesitaba algo que le diera fuerzas. Porque en otra parte de la casa, o del mundo, Nene la necesitaba aún más. Y Sora… Sora sentía que no estaba siendo suficiente para ninguna de las dos.
—Te ves agotada —murmuró Izumi, abriendo los ojos con lentitud.
Sora sonrió con ternura y le restó importancia con un gesto.
—No dormí bien… cosas del trabajo.
—¿Algo grave?
—Nada que no pueda manejar.
Izumi asintió con lentitud, aceptando la respuesta sin sospechar nada. Después de todo, Sora siempre manejaba todo. Era esa figura imbatible que no caía, incluso cuando el mundo se derrumbaba.
—Mamá… gracias por venir.
—No tienes que agradecerme —respondió ella con dulzura, tomando su mano—. Soy tu madre. Estoy aquí para cuidarte.
Izumi sintió un nudo en la garganta. No solo por la enfermedad. No sabía por qué, pero tener a su madre ahí, tan cerca, tan presente, era justo lo que necesitaba.
—Voy a llevarte al médico —dijo Sora con firmeza, poniéndose de pie—. No quiero que esto se complique. Y necesito que te revisen bien. Ya sabes cómo eres para guardar reposo…
—Lo sé —dijo Izumi, derrotada—. Está bien.
—¿Puedes vestirte sola o te ayudo?
—Creo que puedo… pero iré lento.
—Tómate tu tiempo. Voy a preparar todo y te espero en el auto.
Sora se inclinó, le dio un beso en la frente y se encaminó hacia la puerta. Pero antes de salir, se detuvo un segundo, mirándola desde el umbral. Izumi no lo vio, ya tenía los ojos cerrados, envuelta de nuevo en las mantas.
La sultana tragó saliva. Pensó en Nene. En la angustia que la carcomía por dentro. Pero en ese instante, lo más importante era esa niña enferma en la cama. Su Izumi.
Sora cerró la puerta suavemente tras de sí.
Y en el silencio que quedó, solo se oyeron los golpes de la lluvia persistente contra la ventana.
Izumi se acomodó mejor entre las mantas después de cortar con su madre. Aún no podía levantarse del todo, pero el calor de la cama era su único alivio. El celular vibró una vez más.
Takuya.
No pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa. A regañadientes, deslizó el dedo para contestar.
—¿Aló?
—¡Buenos días, princesa de las tormentas! —saludó Takuya, con esa chispa característica en la voz— ¿Ya estás lista? Porque estoy por salir a buscarte y no acepto excusas. Bueno… aceptaría un beso de bienvenida como la otra vez, pero eso lo conversamos cuando te vea.
Izumi rió por lo bajo, pero enseguida la tos la traicionó. Se cubrió la boca, intentando disimular, aunque sin mucho éxito.
—Takuya… no hace falta que vengas. De verdad.
—¿Qué? ¿Cómo que no? ¿Te arrepentiste de dejarme conquistar tu corazón? —preguntó en tono teatral— ¿O acaso esa excusa que estás inventando es para zafarte de mí?
Izumi rodó los ojos.
—No es una excusa. Solo... me siento un poco mal.
—¿Mal? ¿Qué tan mal? —Takuya bajó el tono de broma, atento— ¿Qué tienes?
—Nada grave. Es solo un pequeño malestar. Debe ser por la lluvia del otro día. Me resfrié un poco, pero estoy bien. No te preocupes.
—¿Un poco? Porque eso sonó a tos de dragón enfermo —comentó con una risita—. ¿Estás segura de que esto no es una estrategia para no verme?
Izumi suspiró, agotada, pero no molesta.
—No, Takuya. No es ninguna estrategia. Solo necesito descansar.
—Ajá… —Takuya hizo una pausa, como si analizara algo— Entonces, dime la verdad. ¿Ese malestar… tiene algo que ver con ese idiota de Kouji?
Izumi se quedó en silencio un segundo. Parpadeó.
—¿Qué? No. Claro que no.
—Solo digo… si estás triste por él, yo me ofrezco como solución. Te invito a olvidarlo con mi compañía, una manta, una peli mala y chocolate caliente.
—Takuya… —Izumi lo interrumpió, esta vez con voz suave— No es por Kouji. En serio. Solo es un resfrío.
—Entonces que me quede tranquilo porque no hay exnovios arruinando tu día, sino solo virus comunes y corrientes —respondió él con una mezcla de alivio y broma—. Lo acepto. Pero me preocupa igual.
Izumi cerró los ojos un momento, algo conmovida por el tono sincero.
—Gracias por preocuparte… y por querer venir.
—Obvio. Aunque no me dejes ir ahora, ten por seguro que apenas te mejores, te secuestro. Y no vale decir que estás enferma dos semanas seguidas. Tengo buena memoria.
La rubia rió ante esto—Estás loco ¿e?
—No lo estoy.—Respondió Takuya— Es simplemente que, cierta chica rubia me hace perder más la cabez a veces.
Izumi negó con la cabeza, aún sonriendo.
—Te escribo después, ¿sí?
—Me lo debes. Y recuerda: prométeme que si te aburres o necesitas algo, me llamas.
—Lo haré —respondió con sinceridad.
—Cuídate, princesa. Y… que te mejores pronto. Me debes un beso.
Ella colgó justo antes de que su corazón latiera más rápido de lo necesario.
Damar apretó el botón del ascensor con el codo mientras se acomodaba mejor la mochila al hombro. En una mano llevaba su paraguas cerrado, y en la otra una bolsa grande y algo incómoda que contenía un segundo paraguas: el de Kouji.
—Ir con dos paraguas es como caminar con un cartel que diga "decisiones cuestionables" —murmuró para sí, esbozando una sonrisa irónica mientras esperaba que las puertas del ascensor se abrieran—. Pero bueno, si no lo devuelvo hoy, probablemente nunca lo haga.
La idea de ver a Kouji le revolvía el estómago. No porque lo odiara, sino porque no tenía ganas de fingir cortesías ni revivir conversaciones vacías. Aun así, trabajaba en la cafetería de la universidad donde él estudiaba, así que aprovecharía la coincidencia para saldar la deuda. Un intercambio rápido, sin rodeos, sin tener que quedarse más de lo necesario.
El ascensor emitió un pequeño sonido y las puertas se abrieron con suavidad. Damar dio un paso afuera, sintiendo cómo el aire más fresco del pasillo del primer piso le rozaba el rostro. Se acomodó la bufanda sin detenerse, pero justo antes de alcanzar la salida del edificio, se detuvo en seco.
Todo iba a bien hasta que cierto pensamiento vino a su mente obligando a detenerse.
—¡Un minuto! ¿Llevo mis llaves? —se preguntó en voz baja, frunciendo el ceño.
Se quedó inmóvil por un segundo, revisando mentalmente el momento en que salió de su departamento. Cerró la puerta, eso lo recordaba. Pero… ¿las metió en la mochila? ¿O las dejó en el pequeño estante junto a la puerta? ¡No lo recordaba!
Esto era grave, sus hermanos llegarían tarde ese día y si no tenía llaves tendría que esperarlos.
Miró hacia la mochila colgada a medias sobre su hombro derecho. Dudó. Podía simplemente confiar en su memoria, pero conocía su suerte. Y justo hoy no quería sumar más caos a su día.
Suspiró resignada y se agachó un poco para intentar abrir la mochila sin soltar todo lo demás que llevaba. Mala decisión.
Al forzar el cierre, la mochila se abrió de golpe, y una avalancha de objetos comenzó a caer: el estuche de maquillaje, una libreta de notas con la portada doblada, un par de lápices sueltos, la billetera, un envase de crema pequeño y una cajita de chicles maltrecha. Todo desparramado por el piso brillante del hall.
—Perfecto… —musitó entre dientes, frustrada, mientras intentaba mantener el equilibrio sin dejar caer el paraguas que llevaba en la mano derecha ni la bolsa del segundo.
Se inclinó rápidamente, agachándose para juntar sus cosas lo más dignamente posible, pero la posición incómoda y el peso de la bolsa hicieron que esta se ladease y dejara ver el paraguas de Kouji.
—Como si no fuera ya bastante evidente… —gruñó para sí.
Fue entonces cuando una sombra se acercó y alguien se agachó junto a ella, recogiendo con cuidado su billetera del suelo.
—¿Damar?
Ella levantó la vista, sorprendida, solo para encontrarse con unos ojos oscuros y una sonrisa familiar.
Takuya Kanbara.
—¿Te caíste… o tu mochila decidió rebelarse contra ti?
Damar suspiró con una mezcla de fastidio y alivio, mientras esbozaba una sonrisa ladeada.
Fue así como el moreno se dispuso a ayudarla a recoger rápidamente sus cosas.
¡Bingo!
Pensó Damar al ver sus llaves.
—Aquí tienes.—Musitó Takuya entregándole sus cosas.
—Muchas gracias.—Habló la chica— Hoy la suerte no parece estar de mi lado.
—No me agradezcas, esto le puede suceder a cualquiera.—Comentó el chico mientras le entregaba su billetera y estuche de maquillaje.
Damar sonrió: —Sí, pero no cualquiera me ayudaría.—Declaró— Si estuviésemos en la calle probablemente la gente hubiese continuado caminando.
Buen punto
—Bueno, yo no soy cualquiera, soy tu talentoso, agradable, chistoso, atolondrado y sobre todo apuesto, vecino.—Bromeó Takuya.
La chica rió ante esto—¡Vaya! —exclamó—. Qué presentación tan completa… ¿te la ensayaste frente al espejo?
—Nah, me sale natural —respondió el moreno con una sonrisa ladeada y un guiño exagerado—. El carisma es un don ¿sabes?
Damar negó con la cabeza, divertida.
—Definitivamente eres único, vecino.
—Y tú eres demasiado encantadora al momento de dejar caer sus cosas...—dijo él, con una ligera reverencia improvisada.
—¿Eso fue un cumplido o una forma elegante de recordarme mi torpeza?
—Ambas, supongo. Pero tranquila, haremos como si esto no pasó.
Damar nuevamente rió—Muchas gracias.— Fue así como terminó de ordenar sus cosas y cerró su mochila—¿Vas al paradero a tomar autobús?
Takuya asintió.
—¿Sin paraguas?
El moreno suspiró: —No tengo, justo ayer lo perdí.
—Vas a mojarte.
—Ni tanto...—Comentó el Kanbara— por lo que vi, hoy no lloverá a torrencial.
—Aun así, aun caen gotas.
—Leves.—Musitó Takuya.
—Aun así, caen gotas.—Habló Damar— Si quieres puedo compartirte de mi paraguas.
Takuya la miró con una mezcla de sorpresa y gratitud.
—¿En serio compartirías tu paraguas conmigo? Vaya, qué generosa.
—Bueno, no quiero que mi apuesto vecino ande resfriado por ahí —bromeó Damar, estirando un poco el paraguas hacia él—. Además, imagina lo que dirían los fans de tu banda si te ven empapado.
—Probablemente pensarían que es una nueva estética —respondió él entre risas mientras se acercaba para estar bajo la cobertura del paraguas—. "Rock alternativo húmedo", lo llamarían.
—Muy vanguardista —ironizó ella.
Caminaron un par de pasos bajo la llovizna suave, en silencio cómodo, hasta que Damar lo miró de reojo.
—Es una pena que llueva… no pueden ensayar en la plaza, ¿verdad?
Takuya asintió con cierta frustración.
—Sí, justo eso. Ya teníamos todo armado para hoy… pero con este clima, los instrumentos se arruinarían. Y la acústica cambia mucho. No es lo mismo bajo techo, pierde su magia.
—Y yo pierdo de escucharlos —agregó ella con una pequeña sonrisa—. Ya me estaba acostumbrando a pasar por ahí y tener banda sonora en vivo.
—¿Ah, sí? —preguntó él, levantando una ceja, divertido—. ¿Eras fan encubierta?
—No diría fan… —respondió, fingiendo indiferencia— solo... una apreciadora del talento local.
—Oye, eso suena aún mejor —rió Takuya—. Me gusta. "Apreciadora del talento local", suena sofisticado. ¿Te gustaría ser nuestra representante oficial?
—Mmm… depende. ¿Incluye beneficios?
—Por supuesto —dijo él, solemne—. Acceso VIP a todos los ensayos, uno que otro café gratis y quizás, solo quizás… una canción dedicada.
Damar se rió, sacudiendo un poco la cabeza.
—Suena tentador. Pero tendrás que ganártelo, Kanbara.
—Desafío aceptado —dijo él con una sonrisa ladeada mientras la lluvia seguía cayendo con delicadeza sobre el paraguas que compartían.
Kouji detuvo su auto y quedó completamente sorprendido. Sí, sorprendido...y alarmado.
Damar caminaba por la calle usando el paraguas que ayer él le prestó...¡Junto a Takuya! Sí, Takuya...¡Takuya!
Apretó su puño.
¿De dónde rayos se conocían? ¿Y por qué iban riendo?
Mimi se detuvo frente a la enorme mansión Ishida y exhaló lentamente antes de extender la mano y presionar el timbre.
Era temprano en la mañana, pero ya había amanacedio, había luz de día, no Sol precisamente, el día estaba gris y caían unas gotas leves. Como si reflejearan el humor de Mimi y la familia Ishida en esos momentos.
La castaña suspiró. Sabía que, después de lo ocurrido la noche anterior, Yamato no estaría en su mejor estado, pero de todos modos necesitaba verlo.
Apenas pasaron unos segundos cuando la puerta se abrió con un ligero rechinar.
Mimi alzó la vista y quedó momentáneamente sorprendida.
Frente a ella, Yamato se encontraba de pie, con el cabello más desordenado de lo habitual y una expresión que denotaba puro agotamiento. Pero lo más llamativo eran las profundas ojeras que oscurecían su mirada, haciendo que sus ojos azules resaltaran aún más.
El sultán parpadeó al verla, como si su cerebro tardara en procesar su presencia.
—Haruna...—murmuró, su voz rasposa, probablemente por la falta de descanso.
La castaña lo miró con detenimiento antes de arquear una ceja.
—Buenos días —saludó—. Aunque no parecen muy buenos. No tienes buen rostro.
Yamato suspiró, pasándose una mano por el rostro.
—Sí... lo imagino —dijo con cansancio.
Haruna cruzó los brazos y lo miró con suspicacia.
—¿Dormiste anoche?
El rubio negó lentamente con la cabeza.
—No —admitió, sin molestarse en ocultarlo—Apenas logré pegar un ojo.
La castaña hizo una mueca—Me imagino.—Respondió— ¿Cómo está Sora?
—Más o menos.—Respondió Yamato— Tuvo una pésima noche también, se sentía tan mal que tuvo que tomar una pastilla para dormir.
—¿Dónde está ella?
—Salió con Izumi y Rika.—Contestó el rubio.
—¿Tan temprano?—Preguntó la castaña.
Yamato asintió: —Fueron al doctor.—Declaró— Al parecer, Rika amaneció con gripa e Izumi sentía una molestia en la garganta.
—¿Saben lo de Nene?
—No.—Respondió el rubio— Y espero que no lo sepan...—Suspiró— No quiero preocuparlas.
Mimi suspiró aliviada, luego de todo lo que esas pobres chicas han pasado lo que menos quería era que sufrieran más. Izumi era su hija y le dolía verla sufrir, hecho que había visto múltiples veces desde que regresó a Japón, lamentablemente sufrimiento, tras sufrimiento, y en gran parte era su culpa.
Y Rika...
Quizás, no era su hija, pero no soportaba saber que a causa de su venganza también la hizo sufrir...Esa pobre niña...Era una pena ver como nada le salía bien. Solo sufría.
Y ahora Nene...
Suspiró.
No pensó que la verdad sería tan dura, pero era consciente que esto estaba ocurriendo...Por causa de Yamato.
—Disculpa que te lo diga, pero creo que no fue correcto ocultarle la verdad a Nene.—Comentó la castaña—Entiendo la situación, pero es su madre, todos merecen saber su origen.
Yamato bajó la mirada triste.
—Sin embargo, preferiste ocultar esa verdad...—Habló Haruna— Eliminándola de sus vidas.
—Nunca quise hacer eso.
—Pero fue lo que hiciste.—Declaró la castaña— Después de todo, eliminaste cualquier vestigio de ella.
El rubio suspiró: —No eliminé todo.
—Los recuerdos siempre están.
—No me refiero a los recuerdos...—Respondió Yamato— Ven.—Señaló un lugar— Sígueme.
Haruna alzó una ceja sorprendida.
—Debo mostrarte algo.
Luego de unos minutos de caminata, por la plaza, y la calle, Damar y Takuya llegaron al paradero que tenía un pequeño techo.
—Muchas gracias.—Musitó el moreno— Por el paraguas.
—No te preocupes.—Respondió Damar.
—Enserio...—Comentó Takuya— SI no hubieses sido por ti estaría todo mojado.
—Bueno, hoy por ti, mañana por mi.—Contestó la chica— Quizás, pronto yo necesite un paraguas y acudiré a ti.
—Esperaré encontrar mi paraguas para ese día.—Musitó el moreno.
Damar sonrió.
Takuya quiso agregar algo más, pero cuando iba a hacerlo, el sonido de un motor llamó su atención. Ambos voltearon y se encontraron con un auto deportivo azul deteniéndose frente a ellos. Del auto bajó cierto chico de ojos azules, rodeo el auto y se cruzó de brazos.
—Vaya, vaya...miren a quien me encontré...
Hiroaki se encontraba en su despacho, de pie junto a la ventana, con un cigarro a medio consumir entre los dedos. Desde ahí, observaba la ciudad extendiéndose a sus pies, las luces parpadeando en la noche como pequeños reflejos de su imperio. Sin embargo, su mirada estaba nublada, y su mente, inquieta.
Un par de golpes en la puerta lo sacaron de sus pensamientos.
—Adelante —ordenó con voz firme.
El contador personal de Hiroaki, un hombre de mediana edad con lentes delgados y una expresión tensa, ingresó a la oficina con una carpeta en mano. Caminó con pasos calculados hasta quedar frente al escritorio de su jefe.
—Señor Hiroaki, he estado revisando las cuentas tal como me lo pidió —dijo, acomodando sus lentes mientras pasaba las hojas de la carpeta—. Hay algo que debe ver.
Hiroaki se giró lentamente, dejando el cigarro en un cenicero de cristal sobre la mesa. Se sentó en su gran sillón de cuero y extendió la mano.
—Dime qué está pasando.
El contador le entregó un informe y señaló varias líneas destacadas.
—Hay una fuga de dinero significativa —comenzó a explicar—. Grandes cantidades han desaparecido en las últimas semanas a través de transacciones sospechosas. Todas parecen haber sido dirigidas a cuentas que, al investigarlas, resultaron ser falsas o de difícil rastreo.
Hiroaki frunció el ceño mientras revisaba el documento.
—¿Cuánto dinero estamos perdiendo?
El contador tragó saliva antes de responder.
—Una suma considerable, señor. Hablamos de millones en pérdidas.
Hiroaki apretó la mandíbula. Tomó el informe y lo hojeó con más detenimiento.
—¿Y quién está detrás de esto?
El contador vaciló un momento antes de responder.
—Todo apunta a Shuu.
Hiroaki se quedó en silencio. Su rostro se mantenía impasible, pero la tensión en su mandíbula y la forma en que tamborileaba los dedos sobre el escritorio indicaban que estaba procesando la información con rapidez.
—¿Tienes pruebas? —preguntó en tono bajo, peligroso.
El contador asintió, sacando más documentos.
—Hemos rastreado los accesos a las cuentas desde su oficina y dispositivos. Las autorizaciones llevan su firma, sus códigos de seguridad fueron utilizados. Todo indica que él ha estado canalizando el dinero hacia estas cuentas fantasma.
Hiroaki tomó un respiro profundo.
—Shuu es estúpido, pero no lo suficiente como para hacer algo así de manera tan evidente —dijo, más para sí mismo que para el contador.
—Eso pensé al principio, señor, pero los registros son claros. Y, además, la caída en los negocios coincide con su detención. Desde que él está en prisión, las transacciones sospechosas han disminuido drásticamente.
Hiroaki se recostó en su sillón, cruzando las manos frente a su boca.
—Entonces… me estás diciendo que todo este desastre financiero ha sido culpa de ese imbécil.
El contador asintió.
—Sí, señor. Eso es lo que indican los registros.
Hiroaki exhaló pesadamente. Por dentro, su rabia crecía.
—Shuu… maldito incompetente —murmuró, casi con desprecio.
El contador carraspeó.
—Señor, en base a estos hallazgos, le recomiendo que tome medidas inmediatas. Si esto se filtra, podría generar una crisis aún mayor en la empresa.
Hiroaki entrecerró los ojos, su mente ya trabajando en el siguiente movimiento.
—Por supuesto que tomaré medidas. Pero antes, quiero asegurarme de que no hay nadie más involucrado en esto.
—¿Cree que hay más personas detrás?
Hiroaki soltó una risa seca.
—En este mundo, siempre hay alguien más detrás.
El contador asintió con seriedad.
—Entonces, ¿qué desea que haga?
Hiroaki tomó el cigarro del cenicero y le dio una larga calada antes de responder.
—Sigue investigando, pero mantén esto en absoluto secreto. Quiero cada detalle de esas transacciones y cualquier posible conexión con otros nombres. Si alguien más está metido en esto, lo sabremos.
—Entendido, señor.
—Y con respecto a Shuu… —Hiroaki dejó escapar una sonrisa cruel—. Dejémoslo pudrirse un poco más en prisión. Si de verdad es el responsable, entonces que pague por ello.
El contador asintió y recogió los documentos, saliendo de la oficina sin hacer más ruido del necesario.
Hiroaki se quedó solo, con la mirada fija en la ciudad.
Si todo esto era cierto, Shuu no solo había sido una decepción… había sido un problema. Y los problemas, pensó con frialdad, se eliminaban.
Takuya frunció el ceño al ver a Kouji.
¿Qué, rayos, hacía aquí?
—Minamoto.—El moreno pronunció ese horrible apellido con seriedad.
—Kanbara.—Musitó el oji-azul con el mismo desprecio.
El silencio se hizo presente mientras ambos intercambiaban miradas de odio. Pero luego el Minamoto dirigió su mirada hacia la adolescente.
—Damar...—Kouji pronunció el nombre de la chica.
La castaña no se dispuso a saludar, ni nada, solamente preguntar: —¿Qué haces aquí?
El silencio se hizo presente con una evidente tensión. Kouji observó con seriedad a Damar y ella se sintió incómoda, muy incómoda.
Takuya alzó una ceja, pasó su mirada por el Minamoto y luego por la chica: —¿Se conocen?
—Sí/No.—Kouji dio la respuesta afirmativa y Damar la negativa, prácticamente a la misma vez.
El Minamoto alzó una ceja y pasó su mirada por la castaña ¿enserio prefería mentir y decir que no se conocían? Damar también observó desconcertada a Kouji ¿no era mejor ser desconocidos?
Takuya alzó una ceja: —¿Sí o no?
La castaña se mordió el labio inferior y bajó la mirada: —¿E?— Balbuceo— Sí, lamentablemente...— Pasó una mirada rápida por el chico.
Kouji observó atentamente a Damar.
—Muy lamentable.—Repitió.
Damar hizo una mueca ante esto, al parecer por fin coincidían en algo.
El Minamoto pasó su azulada mirada por la chica nuevamente y luego por el detestable chico de piel morena: —¿Ustedes se conocen?
Damar asintió.
—Debí suponerlo.—Musitó el oji-azul rodando los ojos— Debí imaginar que Ryo te presentaría a su nuevo grupo de amigos.
—¿Algún problema con eso?— Cuestionó Takuya.
Kouji entrecerró los ojos molesto: —Para mí no, pero es una lastima que Ryo se encargue por presentarle a todos, sus amigos nefastos.—Se dirigió a Damar— No deberías juntarte con este cancionero de segunda.
—¿Y? ¿En qué momento te pedí tu opinión?—Preguntó la castaña.
El chico alzó una ceja— No, pero te doy el consejo.
—Puedes ahorrártelo.—Comentó Takuya.
—Porque no nos interesa.—Completo Damar.
Kouji rodó los ojos: —No sé porque me sorprende que se conozcan, después de todo, son de una misma onda.—Comentó Kouji y se dirigió a la chica— Aunque tú si tienes talento Damar, no como este sujeto...—Señaló a Takuya— Que no tiene.
—¿Talento?— Preguntó el moreno— ¿Tú que sabes de talento?
—Más que tú, seguro.—Respondió Kouji.
Damar rodó los ojos: —¡Ya!— Se interpuso entre ellos— Chicos, no discutan.
—Él empezó.—Takuya señaló a Kouji— Como siempre, yendo al choque.—Declaró— Viene aquí y comienza a ofender sin razón.
Bueno, eso era verdad.
Pensó Damar.
—¿Por qué vienes a insultar como si nada?
Kouji entrecerró los ojos ante la pregunta directa. Por un segundo pareció dispuesto a replicar con alguna de sus típicas respuestas cortantes, pero en lugar de eso, bajó apenas la mirada y se cruzó de brazos, aparentando indiferencia.
—No vine a insultar —dijo con voz seca—. Solo dije lo que pienso.
—¿Y por qué tendrías que pensar algo sobre mí o sobre Takuya? —replicó Damar con molestia, sin moverse de entre ambos— Nadie te preguntó, Kouji.
El oji-azul frunció el ceño, luego dirigió su mirada hacia un costado como si buscara una vía de escape invisible en el aire.
—¿No puedo opinar acaso? —soltó finalmente, encogiéndose de hombros— Además, no entiendo qué haces con... él.
Takuya soltó una risa sarcástica:
—¿Y qué te importa a ti?
—No me importa —respondió Kouji con rapidez, tal vez demasiada.
Damar entrecerró los ojos, notando la tensión bajo la supuesta indiferencia del Minamoto. Lo conocía lo suficiente para saber que estaba fingiendo. Su tono, la forma en que se negaba a mirarla directamente, y sobre todo, esa expresión apenas contenida… eran claros signos de que algo le estaba molestando. Y mucho.
—No me importa —repitió Kouji, ahora mirando a Damar—. Es solo que... no me causa mucha gracia ver que estás con él.—Declaró—Compartiendo ¡mi paraguas!
¿Su paraguas?
Pensó Takuya.
Damar alzó una ceja sorprendida ¿Su reclamo iba enserio?
Kouji se mordió el labio inferior al analizar su respuesta.
¿Enserio estaba actuando así por un paraguas?
Eso no sonaba propio de él. Él no era una persona que reclamara por ese tipo de cosas. Pero ¿qué más iba a decir?
"Estoy enojado porque estabas cerca de la persona que más detesto"
Damar suspiró frustrada.
—No es tu paraguas, genio.—Fue así como abrió la gran bolsa y sacó el paraguas de Kouji—Este si es tuyo.— Sin piedad se lo lanzó.
El Minamoto rápidamente lo agarró sorprendido. Efectivamente este era, tenía el mango azul, mientras que el paraguas que Damar sostenía tengo un mango café. Eran muy similares, pero esa era la excepción.
—Vamos Takuya, ahí viene nuestro autobús.—Habló Damar y agarró al moreno del brazo.
Fue así como ambos voltearon y se dispusieron a irse.
Takuya y Damar subieron al autobús y tomaron asiento en dos asientos que se encontraban al final.
—¡Vaya! Que agradable forma de empezar el día.—Musitó el moreno con ironía.
—¡Sí! Muy buena.—Respondió la castaña de la misma forma—Primero la mochila y luego esto. Creo que me levanté con el pie izquierdo hoy.
Takuya observó a la chica: —No sabía que conocias a ese sujeto.
—Sí.—Respondió Damar— Nos conocemos...
—¿Hace cuanto?
—Hace un tiempo...—La chica suspiró— Mucho tiempo...—Declaró—Bastante tiempo. Kouji es el hermano gemelo de Kouichi, mi mejor amigo.
—Kouichi...—Takuya repitió y recordó las palabras que le dijo su amigo—Hijo de la madrina de Ryo.
—Tomoko.—Completó Damar.
El moreno asintió.
—Ryo me habló una vez de él.—Declaró— Recuerdo que me dijo que él...
—¿Falleció?
Takuya asintió.
Damar suspiró con tristeza: —Sí.—Respondió— Él murió...—Habló— Hace mucho tiempo...—El brillo de su mirada pareció apagarse al decir esto.
El silencio se hizo presente. Uno melancólico, pero no duró mucho.
—¿Dijiste que Kouichi era tu amigo?
Damar asintió— Mi mejor amigo.—Aclaró.
—Entonces ¿fue así como conociste a Kouji?
La castaña nuevamente asintió— Sí, yo era muy unida a Kouichi, su hermano, y por eso nos conocimos.
—¡Vaya!— Exclamó Takuya— No lo sabía...
—Hubiese preferido que no lo supieras.
—Al parecer no te agrada.—Musitó el moreno.
Damar no contestó, era difícil de explicar.
—Ya somos dos.—Declaró Takuya— Bueno, en realidad seis contando a mis amigos de la banda y siete contando a Ryo.
—Así me di cuenta.
El chico extendió la mano: —Bienvenida al club.
Damar alzó una ceja totalmente sorprendida por el comentario tan espontaneo del chico.
—No sabía que tenían un club contra él.
—No, recién lo cree.—Respondió el Kanbara— Si quieres puedes unirte.
Damar movió la cabeza divertida: —¡Vaya! Hasta que finalmente encontré una persona con mi mismo retraso mental.
Takuya se rió ante esto y Damar respondió al gesto de la mano. Aunque internamente ella sabía que...
Jamás podría odiar a Kouji
Ya lo había intentado muchas veces y...
No podía
Haruna caminó detrás de Yamato con el ceño fruncido. No entendía por qué la había llevado al ático de su mansión, un lugar que parecía olvidado en el tiempo, pero que, a diferencia del resto de la casa, estaba limpio y bien cuidado.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó, cruzándose de brazos mientras lo observaba subir los últimos escalones.
—Necesito mostrarte algo —respondió él sin voltear a verla.
Haruna arqueó una ceja.
—¿Algo?
Yamato no respondió de inmediato, simplemente avanzó hasta el final de la escalera, donde una puerta de madera se encontraba ligeramente entreabierta. Empujó la puerta con facilidad y dio un paso al interior. Haruna lo siguió y, en cuanto entró, sus ojos se abrieron con sorpresa.
Era una habitación bien cuidada, con muebles elegantes pero antiguos. Había una cuna al fondo, decorada con suaves cortinas blancas, y alrededor de la habitación se veían juguetes de bebé, ropita doblada en un estante y pequeños detalles que indicaban que ese lugar había sido pensado para un niño que nunca llegó a crecer allí.
—¿Qué es todo esto? —preguntó Haruna, sintiendo un nudo en el estómago.
Yamato suspiró y pasó la mano por la cuna con un gesto nostálgico.
—Son recuerdos —murmuró.
Haruna no supo qué responder. Algo en la forma en la que él miraba la cuna le resultaba extraño, como si cada objeto en la habitación llevara consigo una historia que él nunca había dejado atrás.
Pero antes de que pudiera hacer más preguntas, Yamato se movió hacia una segunda puerta dentro del ático. La abrió sin titubear y luego la miró.
—Ven —le dijo.
Haruna alzó una ceja, pero lo siguió con pasos cautelosos. Sin embargo, cuando cruzó la puerta y vio lo que había dentro, se quedó completamente paralizada.
Era una habitación completa. No solo cualquier habitación, sino una que ella reconocía al instante.
Había una cama grande con un cobertor de tonos suaves, un espejo con un joyero sobre el tocador, un armario elegante y una serie de detalles que no dejaban lugar a dudas.
Haruna sintió cómo su corazón se detenía por un segundo.
No podía ser.
Ese lugar…
Eran sus cosas.
Las cosas de Mimi.
Se obligó a respirar hondo para calmar su sorpresa y fingir indiferencia, pero el impacto era demasiado fuerte. Su mente se llenó de recuerdos, de noches enteras en esa cama, de momentos con sus hijas, de días en los que había creído que su mundo estaba bajo control.
Yamato no se percató de su reacción, o si lo hizo, decidió ignorarla. Caminó por la habitación con pasos lentos, tocando algunos de los muebles con la punta de los dedos, como si estuviera reviviendo memorias antiguas.
—Todas estas cosas pertenecieron a Mimi —dijo en voz baja—. La madre de Nene e Izumi.
Haruna apartó la mirada para que él no notara la tormenta en sus ojos.
—¿Por qué las guardaste? —preguntó, con voz más firme de lo que se sentía en ese momento.
Yamato se detuvo frente a un rincón cubierto por una gran sábana blanca. Sus dedos se aferraron a la tela por un momento antes de jalarla con un solo movimiento.
La sábana cayó al suelo y, detrás de ella, un cuadro quedó al descubierto.
Era un collage de fotos.
Fotos de Mimi.
Mimi sola, Mimi con Nene en brazos, Mimi sonriendo con Izumi cuando era apenas una bebé. Había imágenes de ella en distintas etapas, algunas más felices que otras, pero todas capturando momentos que, al parecer, Yamato nunca había querido olvidar.
Haruna sintió que su garganta se cerraba.
Yamato miraba las fotos con una expresión indescifrable.
—Por más que intenté… jamás pude olvidarla —admitió en voz baja.
Haruna apretó los puños.
Yamato hablaba con tanta sinceridad que casi la hacía olvidar quién era ella en ese momento. Casi la hacía olvidar el dolor y la rabia que había sentido al ser traicionada por él.
Pero no podía.
No ahora.
Así que se obligó a mantener su máscara en su lugar, a ocultar lo que sentía y a fingir que esas fotos no le provocaban nada.
—¿Por qué me estás mostrando esto? —preguntó finalmente, su voz sonaba más fría de lo que había planeado.
Yamato apartó la vista del cuadro y la miró directamente a los ojos.
—Porque quiero que entiendas —dijo—. Mimi fue lo mejor que tuve… y también lo peor que perdí.
Haruna no supo qué responder.
No podía decirle que lo sabía. No podía decirle que entendía su dolor mejor que nadie.
Porque, si lo hacía, todo se vendría abajo.
Era una mañana cálida, pero Takeru no sentía el calor. Caminaba por los pasillos de la universidad con pasos pesados, como si estuviera arrastrando el peso del mundo. Apenas había dormido la noche anterior, y aunque no estaba de ánimos, prefirió venir a la universidad. Sabía que allí no se encontraría ni con Yamato ni con su padre, y eso le bastaba para sentirse un poco menos asfixiado.
El campus bullía de vida, con estudiantes yendo y viniendo entre clases, algunos sentados en el césped, otros apresurados hacia las salas. Pero para Takeru, todo eso parecía distante, como si él estuviera atrapado en una realidad diferente. Sus ojos cansados recorrieron el entorno hasta que vio la cafetería. Pensó que un poco de cafeína podría ayudarlo a mantenerse en pie, aunque en el fondo sabía que el agotamiento que sentía no se solucionaría con un simple café.
Entró al local, sintiendo el golpe frío del aire acondicionado en su piel. Avanzó hasta el mostrador con pasos lentos, y mientras intentaba decidir qué pedir, un malestar extraño comenzó a instalarse en su pecho. No era un dolor punzante, pero la presión era incómoda, casi sofocante. Se obligó a ignorarla, fijando la vista en el menú detrás del cristal.
—Un café negro, por favor —dijo, su voz saliendo más baja de lo habitual.
El camarero asintió y comenzó a prepararlo, mientras Takeru intentaba calmarse, respirando profundamente. Sin embargo, cada inhalación se sentía como si el aire fuera más denso. Su pecho se apretaba con cada respiración, y el latido de su corazón parecía acelerarse, como un tambor desbocado.
De repente, sintió un dolor punzante en el pecho, algo agudo, como si sus pulmones se hubieran contraído y su corazón estuviera golpeando demasiado rápido. Sintió la necesidad de agarrarse el pecho, pero trató de disimularlo. El sudor comenzó a cubrir su frente, y un calor incómodo subió por su cuello.
—Takeru... —la voz lo sacó de sus pensamientos, y al girarse, vio a Hikari acercándose hacia él. Sus ojos se entrelazaron, y algo en su expresión cambió de inmediato.
—Hikari...—Pronunció su nombre.
—Hola.—Respondió la castaña— Disculpa que te moleste, pero...—Suspiró— Quiero hablar contigo.
—¿Hablar?—Preguntó el rubio— Pensé que ayer quedó todo claro.
Hikari hizo una mueca: —¿E? S-sí...Pero...—No pudo continuar hablando.
—¡Ah!— Takeru se quejó levemente y llevó una mano a su pecho.
La castaña lo observó sorprendida: —Takeru ¿te ocurre algo?
—N-no...—Takeru intentó sonreír, una sonrisa que no llegó a sus labios—Nada.
Hikari revisó el rostro del rubio con la mirada, estaba pálido.
—Estoy bien —murmuró, su voz temblorosa. Quiso reafirmar sus palabras, pero algo en su garganta no lo dejaba hablar con claridad. La presión en su pecho no desaparecía, solo aumentaba. Intentó tomar una bocanada de aire profundo, pero el aire parecía no llegarle.
Hikari lo observó de cerca, su mirada llena de preocupación. Se acercó un paso más, y vio cómo Takeru se sostenía de la barra con las manos temblorosas, como si necesitara apoyo para mantenerse de pie. Su rostro estaba pálido, y sus labios tenían un tinte morado que Hikari no pudo ignorar.
—Takeru, ¿estás seguro de que estás bien? —preguntó ella con voz suave pero urgente, sin dejar de mirar el cambio de color en su piel.
Takeru intentó otra vez sonreír, pero esta vez sus labios apenas se movieron, como si le fuera difícil hacer el esfuerzo. El dolor en su pecho crecía, y sus respiraciones se volvían más rápidas, cada vez más superficiales. El aire, que debería ser refrescante, parecía faltar en sus pulmones. De alguna manera, la sala estaba demasiado cálida, y sentía que las paredes se acercaban. La presión en su pecho no daba tregua.
—Sólo... un poco de cansancio —dijo, pero su voz no sonaba convincente ni para él mismo. El sudor en su frente se intensificó, y sus piernas comenzaron a temblar.
Hikari lo observaba con horror, notando que algo no estaba bien. Su instinto le decía que Takeru no podía seguir ignorando lo que le estaba pasando. Vio cómo su cuerpo temblaba ligeramente y cómo su respiración era cada vez más dificultosa.
—Takeru, esto no es normal... —dijo ella, su tono más firme, casi desbordando de alarma.
En ese momento, Takeru sintió un golpe más fuerte en su pecho, como si alguien le estuviera apretando el corazón con fuerza. Su visión se volvió difusa, y la sensación de que algo estaba mal lo envolvía completamente. No podía dejar de enfocarse en el dolor que le comprimía el pecho. La sensación de falta de aire se intensificó.
Hikari lo tomó del brazo con rapidez, su preocupación evidente. Takeru intentó liberarse de su agarre, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Las piernas le fallaron, y un mareo repentino lo hizo tambalear. Casi cayó, pero Hikari lo sostuvo con firmeza, y con una mano en su espalda, lo ayudó a estabilizarse.
—Takeru... ¡Takeru, por favor, dime qué te pasa! —exclamó, su voz temblando de preocupación.
Él se apoyó en ella, sus pensamientos desordenados. Sentía que todo a su alrededor giraba rápidamente, y no podía concentrarse en nada. Cada vez era más difícil pensar, su cuerpo se sentía agotado y su corazón latía de manera tan rápida que parecía que en cualquier momento podría detenerse. Pero aún así, su orgullo lo mantenía en silencio, luchando por ocultar lo que realmente estaba ocurriendo.
—No... no quiero que te preocupes —susurró, pero su voz era apenas un hilo de aire.
Hikari, sin pensarlo dos veces, lo llevó con rapidez hasta una mesa cercana, sentándose junto a él. A sus espaldas, el camarero los miraba preocupado, pero ella apenas lo registró. Su mente solo estaba centrada en Takeru. Lo observó detenidamente, buscando una explicación para su estado, y fue entonces cuando notó lo que realmente sucedía.
El sudor seguía recorriendo su frente, y sus ojos estaban vidriosos, como si estuviera a punto de desmayarse. Su respiración era rápida y entrecortada, y su rostro estaba más pálido de lo normal. Hikari no podía quedarse de brazos cruzados. Él necesitaba ayuda, y lo necesitaba ahora.
—¡Takeru, tienes que ir al hospital! —dijo, esta vez con un tono más autoritario.
Pero Takeru, aun con todo el dolor, negó con la cabeza, tratando de calmarla.
—No es necesario... sólo... —pero las palabras murieron en su garganta. El dolor volvió a golpearlo con fuerza, y su visión se nubló aún más.
Hikari lo miró con angustia. Sabía que no podía dejarlo así. Le acarició la mano con suavidad, y por un momento, sus miradas se cruzaron. Sin embargo, Takeru ya no era capaz de resistir más. Su cuerpo se desplomó contra ella, y por un segundo, el mundo entero pareció detenerse.
Izumi caminó por los pasillos de la compañía con pasos firmes, como si nada la detuviera, pero su cuerpo no compartía esa convicción. Un escalofrío subía y bajaba por su espalda de manera insistente. Su garganta se sentía áspera, cada trago era una molestia, y su piel erizada delataba que no estaba en condiciones óptimas. Pero no podía permitirse detenerse.
Apenas entró a la oficina, una voz familiar, cargada de sorpresa y molestia contenida, la alcanzó como un disparo:
—¿Izumi?
Takuya se irguió desde su escritorio, sus ojos se agrandaron al verla cruzar la puerta. Caminó hacia ella sin disimular su preocupación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, con el ceño fruncido—. Me dijiste que estabas enferma.
Izumi se detuvo frente a él y alzó el rostro, tratando de mantener su expresión usualmente imperturbable, aunque la voz le salió más suave de lo habitual.
—Fui al médico —respondió simplemente—. Me recetaron unas pastillas. No es grave.
Takuya la escaneó de pies a cabeza, frunciendo los labios. Su mirada se detuvo en su rostro pálido, en la leve hinchazón de sus ojos, en los labios resecos.
—No tienes buen rostro, Izumi —dijo con tono grave—. Deberías haberte quedado en casa.
Ella suspiró, apartando la vista.
—No puedo. Tenemos demasiado trabajo encima y el desfile se acerca. Estoy a cargo de la organización general, ¿recuerdas? No puedo faltar ahora.
—¿Tú te estás escuchando? —Takuya alzó una ceja, dando un paso más hacia ella—. Izumi, no puedes seguir así solo porque tienes una lista de pendientes. ¿De qué sirve que estés a cargo si terminas desmayándote frente a todos?
—No me voy a desmayar —bufó ella, pero su voz salió casi como un murmullo. Tosió, y su cuerpo se estremeció visiblemente.
—¿No? Pues no me lo estás demostrando —Takuya negó con la cabeza y, sin más advertencia, se quitó la chaqueta que llevaba puesta y la colocó con cuidado sobre los hombros de Izumi.
—¿Q-qué haces?
—Tapándote, ¿qué parece? —respondió con firmeza, clavando su mirada en la de ella—. Estás temblando. No discutas conmigo, Izumi.
—Estoy bien... —intentó insistir, pero ni siquiera ella sonaba convencida.
—No lo estás —dijo Takuya, con una mezcla de ternura y molestia—. Y no quiero verte así. Me preocupo por ti, ¿entiendes eso?
Izumi parpadeó, sorprendida. La calidez de la chaqueta era reconfortante, pero más aún lo era el tono en que él le hablaba, tan sincero, tan distinto al que acostumbraba recibir.
—No necesitas hacer esto —murmuró, bajando un poco la mirada.
—Sí necesito —afirmó sin dudar—. Porque me importas. Porque aunque seas la chica más terca de este edificio, no pienso dejarte sola con esa cara de fiebre apenas contenida.
Ella lo miró, sin saber bien qué responder. Takuya la sostuvo en silencio unos segundos más, y luego suavizó su tono.
—Prométeme que si te sientes peor, te vas a casa —pidió, ya no con orden, sino con preocupación genuina.
Izumi asintió lentamente.
—Lo prometo.
—Bien. Y por ahora, quédate junto al calefactor. Yo me encargo del café... y de lo que haga falta.
Takuya se alejó con paso decidido. Izumi se quedó en su sitio, abrazando la chaqueta con los dedos mientras su pecho se llenaba de un calor diferente. Uno que no venía del abrigo ni del calefactor.
Takeru despertó lentamente, con la mente nublada y el cuerpo pesado. Al principio, no entendió dónde se encontraba. Un ruido constante de máquinas, el zumbido suave del aire acondicionado, y el aroma característico de un hospital le indicaron que no estaba en su casa, pero no podía recordar cómo había llegado allí.
Su visión estaba borrosa, y le costaba enfocar, pero lentamente las sombras y las luces comenzaron a tomar forma. En el borde de la cama, a su lado, vio a alguien. Al principio, pensó que era una ilusión. El dolor en su pecho seguía presente, aunque algo más leve, pero aún sentía la opresión que lo había agobiado momentos antes.
Cuando su mente se despejó un poco más, logró distinguir a Hikari. Su rostro, aún algo preocupado, estaba iluminado por la tenue luz que entraba a través de la ventana. Los ojos de ella estaban fijos en él, como si no hubiera podido apartar la vista ni un solo momento. Hikari estaba sentada en una silla cerca de su cama, con las manos entrelazadas y un pequeño toque de ansiedad en su expresión. Parecía tan frágil, tan vulnerable en ese instante.
Takeru trató de mover la mano para tocarla, pero su cuerpo no respondía tan rápidamente como le gustaría. Se sentía agotado, como si sus energías se hubieran drenado por completo. Finalmente, lo logró, levantando la mano con esfuerzo y tocando suavemente el borde de la manta.
Hikari, al notar el movimiento, se levantó rápidamente, sus ojos llenos de una mezcla de alivio y preocupación.
—Takeru... —su voz tembló al pronunciar su nombre. Ella le sonrió, pero la preocupación no se desvaneció de su rostro. Se inclinó hacia él, acercándose lentamente, como si temiera que cualquier movimiento en falso pudiera hacer que él se desvaneciera nuevamente.
Takeru parpadeó varias veces, intentando despejar su mente, pero las palabras seguían siendo lentas en su mente.
—¿Qué... qué pasó? —su voz salió rasposa, como si hubiera estado hablando durante horas sin descanso.
Hikari lo miró unos segundos en silencio, sopesando qué decir. Estaba clara la angustia en sus ojos. Había visto cómo su cuerpo había sucumbido a la taquicardia, cómo se desplomó contra ella sin fuerza para mantenerse de pie. Recordaba lo mal que se había sentido, cómo su pecho se había cerrado como una trampa mortal.
—Te desmayaste... —dijo con suavidad. Sus manos estaban temblorosas cuando tocó la almohada cerca de su cabeza.
—¿Me desmayé?
Fue en ese minuto en el cual el recuerdo de lo que sucedió antes vino a su mente.
—Sí, te desmayaste.—Respondió la castaña—Takeru, no sabes cuánto me asustaste. Te costaba respirar, y no sabía qué hacer... Fue horrible.
Takeru intentó decir algo más, pero el esfuerzo le pareció innecesario. Sólo escuchó lo que ella decía, y el eco de sus palabras caló en su pecho. Era difícil pensar con claridad, pero sentía una pesadez en el corazón, como si estuviera atrapado en una pesadilla. Lo peor, sin embargo, era la culpa que empezaba a formarse en su pecho. ¿Cómo pude haberle hecho pasar por esto? Se preguntaba. Ella ya ha pasado por tanto, y yo...
—No te disculpes...—Respondió Hikari— Lo bueno es que ahora despertaste.—Declaró— Le diré al doctor.
Hikari se inclinó hacia él y le acarició la frente con dulzura, como si necesitara asegurarse de que realmente estaba despierto. Sus dedos temblaban levemente, pero su toque era cálido y tranquilizador.
—Voy a llamar al doctor —dijo suavemente, aunque la preocupación seguía reflejada en su rostro.
Takeru apenas tuvo fuerzas para asentir. Su cuerpo aún se sentía pesado, como si cada músculo estuviera drenado de energía. Cerró los ojos por un momento, escuchando cómo Hikari se alejaba, el sonido de sus pasos ligeros perdiéndose en la distancia. No supo cuánto tiempo pasó antes de que la puerta volviera a abrirse y unos pasos más firmes resonaran en la habitación.
La lluvia golpeaba los ventanales de la cafetería con insistencia, como si quisiera entrar a refugiarse también. El lugar estaba lleno. Parejas buscando algo cálido para compartir, oficinistas apurados por su dosis de café, y estudiantes refugiados de la tormenta.
Damar llegó empapada, con el paraguas chorreando y el cabello pegado a la frente. Apenas empujó la puerta de vidrio, una bocanada de aire caliente, mezclada con el aroma del café recién hecho y masa dulce, la envolvió. Respiró hondo.
—¡Damar! —Juri la vio desde detrás de la barra y agitó la mano, visiblemente aliviada.
—¡Hola! —Damar sonrió mientras se acercaba, aunque el cansancio del madrugón estaba aún dibujado en sus ojos.
—Gracias por venir tan temprano —dijo Juri, rodeando la barra rápidamente para darle un abrazo fugaz—. Sé que hoy te tocaba entrar a mediodía. Lo lamento mucho.
—No te preocupes —respondió Damar, mientras se sacaba con cuidado el gorro—. Estaba cerca cuando Hikari me llamó, así que vine directo. ¿Está todo bien?
Juri dudó por un segundo, luego negó con la cabeza mientras regresaba tras la barra, echando un vistazo al público que murmuraba con impaciencia.
—Lo que pasa es que... después de lo que ocurrió con ese chico que se desmayó, Hikari no pudo seguir atendiendo.
Damar alzó la vista con una ceja arqueada.
—¿Chico? ¿Qué chico?
—El que... —Juri comenzó a hablar, pero fue interrumpida por una pareja que se acercó visiblemente molesta.
—Disculpa, llevamos quince minutos esperando —dijo el hombre, con tono seco—. Dijeron que el pedido estaría en cinco.
—Lo siento mucho, enseguida lo reviso —respondió Juri con una sonrisa amable pero tensa. Luego miró de reojo a Damar—. Hablamos en un rato, ¿sí?
Y sin más, Juri volvió a su ritmo frenético, recogiendo tazas, presionando botones en la máquina de café, y gritando nombres de pedidos por sobre el murmullo general.
Damar asintió y se adentró por el pasillo angosto que llevaba a la pequeña bodega. Al cerrar la puerta tras de sí, el sonido del local quedó amortiguado. Allí dentro todo era distinto. El ruido se transformaba en eco. Las paredes angostas, las cajas de cartón alineadas, los colgadores llenos de delantales y chaquetas colgadas en ganchos.
Se sacó la chaqueta, empapada, y la dejó colgando en una percha oxidada. El paraguas goteaba sobre una toalla vieja y la mochila fue al rincón. Se agachó frente al pequeño espejo pegado con cinta en la pared y recogió su cabello en una coleta alta, intentando domar los mechones húmedos.
Entonces lo escuchó.
¡Bip, bip!
Su móvil vibró dentro de la mochila. Frunció el ceño. No esperaba llamadas. Sacó el celular con las manos aún frías y miró la pantalla.
Rika.
El nombre parpadeaba, fijo, ineludible.
Damar sintió un cosquilleo en el pecho. Tenía que comenzar a trabajar.
La vibración continuaba.
Damar miró la puerta cerrada. Podía escuchar a Juri al otro lado, dando instrucciones y respondiendo reclamos. Estaban cortas de personal. Ella debía salir ya. No era momento para una llamada personal. Y mucho menos de Rika.
¡Bip, bip!
El móvil estaba a segundos de pasar al buzón de voz. Su pulgar flotó sobre la pantalla. Sabía que si no contestaba ahora, no podría contestar quien sabe hasta que hora.
Contuvo el aliento.
Y deslizó el dedo.
—¿Rika?
La pelirroja abrió su boca con la intención de responder, pero apenas hizo esto sintió comesón en su nariz y...
—¡Achú! —exhaló, llevándose de inmediato un pañuelo arrugado a la cara. Genial. Así empezaba.
—¿Estás resfriada? —preguntó Damar desde el otro lado, con esa mezcla extraña de preocupación y distancia.
Se acomodó mejor la manta sobre los hombros.
—No... o sí... no lo sé. Tal vez. Solo... solo me sentí rara cuando desperté. Y ahora esto —dijo, intentando sonar más fuerte de lo que se sentía. La congestión en su voz la delataba, pero aún así conservó esa firmeza suya, orgullosa, que usaba como escudo.
—¡Te dije que te resfriarías luego de estar bajo la lluvia!
—Sí, lo sé.—Respondió Rika—Pero es un leve resfrío.—Comentó—. Pero no te llamaba por eso.
Silencio.
Sabía que Damar estaba ocupada. Podía imaginarla perfectamente en ese lugar tan pequeño y lleno de voces, con el uniforme algo mojado por la lluvia, el cabello ordenado a la fuerza, su mirada concentrada... y esa calma que a veces la desesperaba.
—¿Entonces por qué? Estoy en el trabajo, no tengo mucho tiempo —dijo Damar, bajando la voz.
—¿No entrabas al medio día?—Preguntó la pelirroja.
—Sí, pero Hikari me pidió venir antes.—Respondió la castaña—Y aquí estoy.
—Lo siento, lo siento, si te molesto.
—No me molestas, pero dime ¿qué ocurre?
Rika suspiró: —Llamé a Ryo esta mañana.
—¿A Ryo?
—Sí.—Respondió la pelirroja—Y no me respondió.
Damar suspiró.
—Estaba pensando en ir a su casa.—Comentó Rika— Y no sé, seguir ¿insistiendo?—Incluso ella se sorprendió al decir esto. Ella no era de insistir, mucho menos con un chico...¿qué le ocurría?
—En vez de salir, deberías descansar.
—No quiero.
—Estás resfriada.
—Pero no quiero estar encerrada en casa.—Respondió la pelirroja— Además, fui a urgencias y el doctor me dio pastillas, así que estaré bien.
Damar nuevamente suspiró: —Deberías descansar.
—Me aburro encerrada en esta casa.
—Aprovecha de estudiar y...—La castaña intentó hablar pero justo en ese momento otra voz se escuchó del otro lado.
"—Damar, apresúrate."
—Rika, debo irme —dijo la castaña al instante, con tono apurado.
La pelirroja hizo una mueca, hundiendo la cabeza en una almohada.
—Está bien... —murmuró, decepcionada.
Hubo un breve silencio. Luego, un ruido metálico sonó del otro lado, como si alguien dejara caer un objeto.
—Disculpa si no pude ayudarte y...—Musitó Damar— ¡Un minuto! Ahora que lo recuerdo habrá un acto aquí en la Universidad, creo que en la facultad de al lado por una cosa de...¡Ay no sé!— Exclamó con sinceridad— Pero Ryo me dijo que vendría amplificar la ceremonia, como ingeniero en sonido lo contrataron con su equipo y toda la cosa.
Rika se incorporó de golpe.
—¡Genial! —exclamó, con una energía que no sentía desde que se levantó—. Creo que me iré a dar una vuelta por la universidad... para verte, amiga —añadió, con una sonrisa traviesa que Damar seguramente pudo imaginar.
La castaña rió con dulzura.
—Buena excusa.
—Nos vemos —dijo Rika, ya de pie y camino al armario.
—Bye —respondió Damar, antes de cortar.
El silencio volvió a la habitación. Pero ya no pesaba tanto. Rika se quedó un momento mirando su reflejo en el espejo del pasillo. Aún tenía la nariz algo roja y las mejillas encendidas, pero se sentía... viva.
Y aunque no lo admitiera ni en voz alta, ni para sí misma... tal vez lo que más quería en ese momento, era verlo. A él.
Izumi estaba sentada cerca del calefactor, con los brazos cruzados y envuelta en la chaqueta de Takuya. Aunque no quería admitirlo, el calor reconfortante de la tela y la proximidad de la fuente de calor la hacían sentir un poco mejor. Aun así, su garganta seguía ardiendo y el malestar en su cuerpo no desaparecía.
Escuchó pasos acercándose y, al levantar la vista, vio a Takuya regresando con un tazón en las manos. Un ligero vapor se elevaba de este, y el aroma a miel y limón llegó hasta ella antes de que él siquiera hablara.
—Aquí tienes —dijo, ofreciéndole el tazón.
Izumi lo tomó con cautela, el calor en sus manos le resultó agradable, pero lo que realmente la sorprendió fue el contenido. Miró el líquido ambarino y luego a Takuya, frunciendo levemente el ceño.
—¿Té con miel y limón? —preguntó.
—Exactamente —respondió él con una pequeña sonrisa.
Izumi arqueó una ceja.
—Sabía que había miel en la cafetería, pero... no limones.
Takuya metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros con naturalidad.
—No los había —confirmó—. Así que fui al minimarket de enfrente a comprar uno.
Izumi lo miró, atónita.
—¿Fuiste a comprar un limón solo por esto?
—Sí.
—Takuya… no debiste hacerlo.
Él chasqueó la lengua y la miró con evidente fastidio.
—No empieces con eso —dijo—. Solo bébelo.
Izumi suspiró. Sabía que discutir con él en ese momento no serviría de nada. Levantó el tazón y sopló suavemente antes de dar un pequeño sorbo. El calor del té se deslizó por su garganta irritada, proporcionando un alivio inmediato.
Takuya la observó con atención.
—¿Mejor?
Izumi bajó la mirada al tazón, sintiendo una extraña sensación en el pecho.
—Sí… —murmuró—. Gracias.
Takuya sonrió satisfecho.
—Eso pensé. Ahora termina todo.
Izumi rodó los ojos, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara en sus labios mientras continuaba bebiendo el té que él había preparado especialmente para ella.
—Me alegra verte despierto, Takeru —dijo el doctor con voz calmada, revisando los monitores a su alrededor—. ¿Cómo te sientes?
Takeru parpadeó con pesadez y trató de moverse un poco.
—Cansado… —admitió con voz ronca—. Como si me hubieran golpeado con algo muy pesado.
El doctor asintió con comprensión.
—Eso es normal. Pasaste por un episodio de taquicardia bastante fuerte, y tu cuerpo todavía se está recuperando.
El rubio frunció el ceño, sintiendo el peso de esas palabras.
—¿Taquicardia?
El médico asintió y tomó asiento en una pequeña silla junto a la cama.
—Sí. Tu corazón empezó a latir demasiado rápido y no pudo bombear la sangre de manera eficiente. Eso hizo que tu presión bajara y, finalmente, te desmayaste. Cuando llegaste aquí, todavía estabas en un estado de inestabilidad, pero logramos estabilizarte con medicación y descanso.
Hikari, que había permanecido en silencio hasta ese momento, apretó las manos con fuerza sobre su regazo.
—¿Pero está bien ahora? —preguntó con evidente ansiedad.
El doctor le dirigió una mirada tranquilizadora antes de volver su atención a Takeru.
—Por ahora, sí. Tus signos vitales son estables y no hay peligro inmediato. Pero necesitamos hacer más exámenes para entender qué lo provocó.—Comentó— Dime ¿Has estado bajo mucho estrés últimamente? ¿Has notado algún otro síntoma antes de este episodio?
Takeru hizo una mueca ante esto. La sensación de presión en el pecho, el cansancio acumulado, la constante tensión que había cargado en los últimos días. Todo había estado allí, pero lo había ignorado.
—He estado… tenso —admitió en voz baja—. Pero no pensé que fuera tan grave.
El doctor lo miró con seriedad.
—El estrés puede ser un detonante importante. También puede haber otros factores, como la fatiga, el poco descanso o incluso problemas cardíacos preexistentes. Por eso quiero hacer algunos estudios.
Hikari se mordió el labio, claramente preocupada.
—¿Hay riesgo de que vuelva a pasar?
El médico suspiró y se acomodó las gafas.
—Si no se cuida, sí. Necesita reducir el estrés, descansar lo suficiente y seguir algunas recomendaciones médicas. Dependiendo de los exámenes, podríamos considerar algún tratamiento, pero por ahora, lo más importante es que se recupere bien.
Takeru asintió lentamente, sintiendo la mirada de Hikari sobre él. Sabía lo asustada que debía estar. Sabía que tenía que tranquilizarla.
—Voy a dejar indicado un monitoreo por las próximas horas, tendrá que pasar la noche aquí, y si todo sigue estable, podrá volver a casa —concluyó el médico, haciendo una última anotación en la tabla.
Hikari asintió y se volvió hacia Takeru con una pequeña sonrisa, aunque sus ojos aún estaban empañados de emociones contenidas.
Respuesta comentario:
¡Hola! No me apareció tu nombre, pero te responderé que tendremos mucho Takari. Sí, mucho Takari. Tendremos avances, también retrocesos. En la temporada anterior vimos que lucharon contra viento y marea, lograron estar juntos, pero les tocó sufrir, pero ahora tendremos más amor. Te entiendo, también es mi pareja favorita, incluso hago Tiktok se ellos. Me alegra leer tu comentario, espero que sigas leyendo y comentando, nos leemos en el próximo capítulo.
