Marvel ni High School DxD son de mi propiedad, pertenecen a sus respectivos autores. Yo hago esto sin ánimo de lucro, solo para pasar el rato. Este fic contiene/contendrá violencia, palabrotas y demás cosas. Leedlo bajo vuestra responsabilidad, que yo ya lo he puesto en categoría M.

—comentarios.

pensamientos.

—*hablando por teléfono, comunicador, etc.*

—[Ddraig, Albion, etc.]


Capítulo 18:

PROTEGER


El cielo comenzaba a teñirse con un delicado resplandor anaranjado, una promesa de otro día cálido en el verano japonés. El aire todavía era fresco, el silencio de la ciudad apenas roto por los cantos de los grillos madrugadores y el zumbido ocasional de una bicicleta que pasaba por las calles semivacías.

Hyōdō Issei, quien había recibido la órden de no intervenir en los eventos sobrenaturales que estaban a punto de llevarse a cabo, los relacionados con los fragmentos de la famosa espada británica, se colocó su camiseta seca y ajustó su cinta en la muñeca. Había decidido salir temprano no solo como parte de su rutina de entrenamiento, sino también para despejar la cabeza y preocupaciones que le generaba todo aquello. A pesar de estar en "vacaciones", su cuerpo ya estaba acostumbrado a moverse a esa hora. Respiró hondo antes de comenzar a trotar, siguiendo el recorrido habitual que bordeaba el pequeño canal del barrio y se adentraba por una de las zonas más tranquilas del distrito.

Mientras tanto, los séquitos de Rias Gremory y Sona Sitri se reunieron en el despacho del Consejo Estudiantil del Instituto Kuoh. Fue allí donde tuvo lugar el esperado encuentro con las dos exorcistas enviadas por las Iglesias: Irina Shidou y Xenovia Quarta. La tensión inicial era palpable. Aunque el pacto de no agresión entre las Tres Grandes Facciones se había firmado oficialmente, la desconfianza entre ambas partes no podía ocultarse del todo. A pesar de eso, la reunión fue respetuosa. Irina tomó el rol más abierto, saludando con energía, mientras que Xenovia mantuvo una actitud más fría, aunque nunca hostil. Su tono era diplomático, pero firme.

Uno de los momentos de mayor incomodidad ocurrió cuando Xenovia se refirió a Asia Argento, reconociéndola como una antigua Santa que había caído en manos demoníacas. A pesar de sus duras palabras, no tomó una postura agresiva, pues Rias Gremory le advirtió que no toleraría ninguna falta de respeto por su parte ni la de Irina. Pero fue Kiba quien rompió la tensión, solicitando un combate para medir fuerzas. Nadie pudo detener aquel encuentro. Sona criticó a su vieja amiga por no haber mantenido en cintura a su Caballo. Las reglas eran claras: sin matar, pero con total libertad de poder. El resultado fue contundente. Xenovia lo derrotó con facilidad, dejando claro que las exorcistas habían sido enviadas con buenas razones.

Koneko fue quien se encargó de seguir a Kiba tras el enfrentamiento, preocupada por su estado emocional. El chico estaba claramente alterado, y sus viejas heridas respecto a las espadas sagradas se removieron con violencia.

Issei, ajeno a lo que se debatía entre representantes de dos mundos que aún no se tocaban, redujo su trote cuando vio una figura sentada en la baranda de piedra cerca del viejo puente de madera. Cabello blanco, corto. Mirada inexpresiva.

—Buenos días.

La chica giró apenas la cabeza. Llevaba uniforme, pero no parecía estar camino a clase.

—Buenos días —respondió secamente.

Issei se acercó y se detuvo junto a ella, limpiándose el sudor con la toalla que traía en la nuca.

—¿Patrullando tan temprano?

—Observando.

—¿A quién?

Koneko no respondió de inmediato. Su mirada se desvió un instante hacia los árboles más allá, donde alguien, invisible para Issei, seguramente se movía o se ocultaba.

—Solo estoy asegurándome de que nadie se descontrole —dijo al final.

El tono no era frío, pero sí medido. Issei entendió que no debía preguntar más. Conocía esa clase de silencio. Algo había pasado... pero no era su lugar intervenir.

—Oh, ya veo. ¿Necesitas ayuda?.

Koneko bajó de la baranda con un movimiento ágil.

—No, gracias. Por ahora solo observa.

Y sin decir más, desapareció entre los árboles. A eso del mediodía, Issei volvió a casa tras una buena sesión de entrenamiento. El aire acondicionado luchaba por mantener fresca la casa mientras el sol del mediodía apretaba en el exterior. Al cruzar el umbral, Issei se quitó los zapatos con la costumbre de siempre, dejando la toalla sudada sobre su hombro. Iba distraído, pensando en el encuentro con Koneko. No había sido una charla larga, pero algo en su mirada lo había dejado intranquilo.

—Ya estoy en casa —anunció, como cada día.

Desde el interior llegó una risa. No la de su madre… o no solo la de ella. Una risa más clara, vibrante, femenina… y familiar de una manera que le removió recuerdos que no sabía que tenía tan vivos.

—¡Isseeeeei!

El grito fue como un relámpago que cruzó el pasillo justo antes de que alguien se lanzara sobre él desde el salón.

—¿Eh? ¡Pero qué—!

Unos brazos se aferraron a su cuello con entusiasmo. Y lo siguiente que vio fue una melena castaña agitándose, una sonrisa resplandeciente y unos ojos brillantes que lo miraban con la calidez del verano y el peso de la nostalgia.

—…¿Tú quién—?

—¿En serio no me reconoces?

La chica se separó apenas, dejando que la luz del mediodía le diera de lleno en el rostro. Su expresión era pura picardía, una mezcla de diversión y satisfacción.

—¡Soy yo! Irina. Irina Shidou.

El mundo se detuvo. Issei parpadeó. Dos veces.

—…¿Qué?

—Sí, ya sé que no te lo esperabas. Pero sorpresa: ¡tu amigo de la infancia era una chica!

—¡¿QUÉEEEEE?! —gritó, dando un paso atrás como si hubiera visto un fantasma, o peor, como si la realidad se hubiera roto—. ¡¿Cómo que eras una chica?! ¡Pero si tú…! ¡O sea, tú—! ¡Jugabas con espadas de madera, te trepabas a los árboles, me pegabas igual que los chicos!

Irina rio con más fuerza, una carcajada que llenó la sala.

—¡Sí, y tú llorabas como uno! ¿Qué esperabas, eh?

—¡Eso fue una vez, y me habías golpeado en la cabeza con una roca! —rebatió, rojo hasta las orejas.

Desde la cocina, la señora Hyōdō soltó una carcajada que casi hace temblar los vasos.

—Siempre pensé que lo descubrirías cuando crecieras, pero ya veo que no. Ay, Issei… siempre tan despistado.

—¡Pero si nunca se vistió como una chica! ¡Siempre llevaba pantalones cortos, y camisetas de superhéroes, y gritaba cosas como "¡por el honor de la cruz!"!

Irina cruzó los brazos, aún divertida.

—¿Y eso te parecía exclusivo de los chicos? Qué poco progresista, Hyōdō.

En ese momento, Issei finalmente reparó en la otra figura sentada en el salón, observando la escena con un té en la mano y una ceja arqueada. Una joven de cabello azul oscuro y ojos penetrantes lo evaluaba con calma. Su postura era serena, casi solemne.

—Oh… hola —dijo Issei, algo incómodo—. ¿Y tú eres…?

—Xenovia Quarta —respondió ella, con voz firme pero educada—. Compañera de Irina.

Issei asintió con un gesto de respeto. La chica no parecía exactamente del tipo hablador.

—¿Primera vez en Japón? —intentó.

—Sí. Es un país… particular —respondió ella, dando un sorbo a su té sin desviar la vista de él.

La señora Hyōdō apareció con una bandeja en las manos.

—¿Queréis quedaros a comer? Hice suficiente arroz para un batallón. Y no todos los días mi hijo recibe visitas tan guapas.

—¡Encantada! —respondió Irina, alzando la mano—. Siempre recuerdo la comida de tu madre. ¡Tenía ese toque que te hacía querer repetir!

—Oh, vamos, me vas a sonrojar —rió la mujer, dejándoles los vasos y cuencos.

Xenovia agradeció en voz baja, manteniendo una cortesía casi marcial. Mientras tanto, Issei seguía descolocado. Irina… Irina era una chica. Una chica guapa, encima. Su amiga de la infancia. Y estaba en su salón como si nada.

—Oye —dijo ella de pronto—. ¿Te acuerdas de la vez que hicimos una cabaña con mantas en tu habitación y dijimos que íbamos a vivir allí para siempre?

—No me lo recuerdes… me encerraste dentro con tus peluches guardianes. No podía salir si no vencía a "Sir Conejo el Inmortal".

—¡Y lo venciste! ¡Aunque luego te caíste encima del jarrón de tu madre!

Los dos estallaron en carcajadas. La señora Hyōdō negó con la cabeza con una sonrisa, como quien ve a dos niños volver a encontrarse después de mucho tiempo. Xenovia los observaba, callada, pero con una ligera curva en sus labios. Incluso alguien tan estoica como ella podía reconocer el valor de un reencuentro sincero.

Después de reír, comer y compartir recuerdos, la conversación bajó el ritmo. Issei los acompañó a la puerta un rato después, mientras su madre recogía la mesa.

—Gracias por venir. De verdad.

—Volveré a pasar —dijo Irina, con naturalidad—. Después de todo, tenemos mucho que ponernos al día, ¿no?

Issei la miró unos segundos. Por dentro, algo en él se removía. Había algo cálido y tranquilizador en su presencia. Familiar. Pero también nuevo.

—Sí… sí, claro. Cuando quieras.

Y con un último saludo, Irina y Xenovia se marcharon, dejando al joven en la puerta de casa. El aire cálido de la tarde seguía impregnado del aroma a comida casera y a ese sol de verano que empezaba a inclinarse, dorando los tejados del vecindario. Issei cerró la puerta con suavidad, aún con la vista fija en la calle por donde Irina y Xenovia se habían alejado minutos antes. Permaneció allí unos segundos más, en silencio, como si el umbral de su casa hubiese quedado impregnado de algo difícil de nombrar.

Entró al comedor, donde su madre terminaba de recoger con una sonrisa serena. No hubo palabras, solo un leve cruce de miradas y la complicidad silenciosa de quien entiende que a veces, lo emocional pesa más que cualquier plato en la mesa.

Subió a su habitación, dejando atrás el ruido lejano de los cubiertos y el zumbido suave de la televisión encendida en el salón. Una vez dentro, se cambió de ropa sin mucha ceremonia: camiseta vieja, pantalón corto, y al suelo con un suspiro. Se tumbó en la cama, con los brazos cruzados tras la cabeza, dejando que el ventilador girase perezoso sobre él, como si compartiera su desgana.

¿Exorcistas, eh…?

La palabra flotaba en su mente con un eco molesto, como un zumbido que no se iba. Recordó perfectamente la conversación con un informante de S.H.I.E.L.D. Fue breve, precisa y sin rodeos: dos agentes de la Iglesia habían sido enviados a Kuoh para investigar la actividad alrededor de los fragmentos de Excalibur. Nada más. Sin nombres. Sin imágenes. Solo la advertencia velada de que los demonios del instituto probablemente ya estarían al tanto, o lo estarían pronto.

Y ahora, justo después de eso, Irina… y Xenovia. En su puerta. En su casa. Riendo como cuando eran críos.

¿Podría ser tan evidente… o precisamente por eso me cuesta verlo claro?

No sabía qué le molestaba más: el hecho de no haberlo anticipado o la posibilidad de que, en el fondo, no quisiera creerlo. El pitido del móvil rompió la cadena de pensamientos. Lo tomó sin mucha gana. Mensaje de Matsuda.

—*Tío, vamos a por un helado. Motohama está cerca del parque. Vente, que no tienes excusa.*

Sonrió, medio resignado. Si había algo constante en su vida, era que sus amigos nunca fallaban en aparecer justo cuando más necesitaba desconectar.

—*Voy.*

XXXXX

Matsuda lo recibió con un gesto exagerado, un cono de helado en una mano y una sonrisa burlona en la cara.

—¡Hombre, el gran Hyōdō! Has sobrevivido a un almuerzo con una chica. Eso merece una condecoración.

Motohama, siempre algo más comedido, ajustó sus gafas con gesto conspirativo.

—Y no cualquier chicas. No sé quién es, pero exuda peligro y santidad al mismo tiempo.

Issei se rió por lo bajo. Después de todo, ¿qué mejor que gastarse bromas unos a otros sobre citas que jamás ocurrirían porque no ligaban ni a tiros? A excepción de uno, supuestamente.

—Es castaña clara —corrigió Issei, aceptando el helado que le tendían.

—Da igual, tenía aura sexy. Eso no se olvida —dijo Matsuda, dando una lamida entusiasta a su cucurucho.

Issei y Motohama hicieron un gesto de asco, pero luego se rieron. Se sentaron en el banco habitual, justo enfrente de los columpios, donde algunos niños jugaban mientras los padres hablaban entre sí, compartiendo sombra y latas de bebida.

La conversación derivó hacia lo de siempre: chicas imposibles, teorías sobre profesoras secretamente casadas, y lo aburrido que era el verano cuando no pasaba nada emocionante. Todo ligero, sin peso. Issei jugaba su papel, lanzando alguna pulla, fingiendo desinterés… pero su cabeza no paraba.

¿Y si de verdad son ellas? ¿Irina y Xenovia trabajando con la Iglesia, aquí, en Kuoh?

No tenía pruebas, pero el presentimiento era cada vez más sólido. Y no podía descartarlo. No cuando la estabilidad de tantas cosas dependía de no dar pasos en falso.

—Oye —dijo Motohama, interrumpiendo su línea de pensamiento—, ¿te pasa algo? Estás más callado de lo normal.

—No, nada. Solo tengo la cabeza un poco saturada. Ya sabéis, calor, recuerdos... cosas.

No insistieron. No lo necesitaban. Se conocían desde hacía demasiado como para forzarle a hablar cuando no quería. Volvió a casa cuando ya el cielo estaba teñido de ese azul profundo que anuncia la llegada definitiva de la noche. Algunas ventanas del vecindario tenían luces encendidas, otras dejaban escapar sonidos de televisión o risas lejanas. La brisa era algo más fresca, por fin.

Sus padres lo esperaban con una cena ligera y una de esas conversaciones que no exigían mucho, solo compañía. Su madre le habló del programa que estaba viendo, del gato que había vuelto a colarse en el jardín, de cómo el tiempo estaba loco últimamente. Issei asentía, reía por lo bajo. Disfrutaba de esos momentos. Esa noche, cuando se tumbó en la cama, el ventilador parecía girar con más constancia. Afuera, los grillos marcaban el ritmo de un verano que se resistía a marcharse.

Irina y Xenovia… si sois vosotras, ¿qué pensáis hacer? ¿Y qué voy a hacer yo, si lo confirmo?

Cerró los ojos, pero no para dormir. No todavía. Tenía que pensar. No podía precipitarse. Pero tampoco podía mirar hacia otro lado. La noche se había vuelto completamente silenciosa. Ni siquiera el ventilador parecía querer romper el ambiente. Solo el leve zumbido de los cables eléctricos y algún coche lejano.

Issei permanecía despierto, con los ojos clavados en el techo, los brazos cruzados bajo la cabeza y una inquietud creciente que no lograba apartar. Había sido un día raro. Demasiado. No podía dejar de darle vueltas a la visita, al encaje sospechoso de los hechos, a la sospecha creciente de que Irina y Xenovia no estaban allí simplemente por nostalgia.

El silencio se prolongó hasta que, como si hubiese leído sus pensamientos, una voz profunda y grave resonó en su mente. No lo asustó. Estaba acostumbrado ya a esa presencia.

—[Estás inquieto, compañero.]

Issei no respondió al instante. Respiró hondo, dejando que esa voz le envolviera por dentro. Ddraig siempre sabía cuándo aparecer.

—No puedo evitarlo… —murmuró en voz baja, apenas un susurro—. Han pasado demasiadas cosas demasiado rápido. Primero la charla con Gremory, luego el aviso, ahora Irina y Xenovia… y S.H.I.E.L.D. diciéndome que no intervenga, que observe.

—[Obedecer órdenes sin entender su propósito… eso siempre ha sido propio de los humanos. Y de los tontos] —replicó Ddraig con su habitual tono despectivo, aunque sin intención de herir.

Issei frunció el ceño.

—No es tan fácil. Si hago algo sin permiso, puedo meterme en un lío. No es como cuando solo tenía que preocuparme de los demonios. Ahora es más grande. Más serio.

—[Y por eso tienes miedo.]

La frase cayó como una piedra en el agua. Sin dramatismo, sin juicio. Solo una afirmación, cargada de siglos de experiencia.

—No es miedo —respondió Issei, esta vez con más firmeza—. Es... responsabilidad. Sé que no puedo moverme por instinto como antes. Pero tampoco quiero quedarme de brazos cruzados mientras todo se mueve a mi alrededor.

—[Responsabilidad, dices… Has cambiado, muchacho. Antes te habrías lanzado de cabeza sin pensar en las consecuencias. Algo en ti ha madurado. Aunque no sé si eso te hace más fuerte… o más débil.]

Issei se giró en la cama, encarándose al techo como si pudiera ver al dragón allí, flotando entre las sombras.

—Tú estuviste despierto cuando ellas vinieron. ¿Qué opinas?

—[La chica de la cruz… Irina. Su energía está contenida, templada. Y la otra, Xenovia… su aura lleva el filo de alguien que ha elegido el conflicto. Ambas están centradas. No vinieron por ti. Vinieron por algo más grande.]

—¿Entonces crees que son las exorcistas? —preguntó, aún sabiendo la respuesta.

—[Lo creo. Pero no porque me lo digan sus rostros o sus nombres, sino la forma en que se mueven. No actúan como visitas. Actúan como lobos que han entrado en territorio ajeno con un propósito.]

Issei se llevó una mano a la frente, apretando los ojos.

—Y S.H.I.E.L.D. diciéndome que solo observe… como si eso fuese tan fácil. ¿Y si ella y los demás se ven envueltos? ¿Qué pasa si todo se desmadra y yo me quedo mirando como un idiota?

Ddraig guardó silencio durante unos segundos. Un silencio denso, que casi se podía sentir.

—[Debes entender esto, portador. Hay guerras que se ganan luchando, y otras que se ganan esperando. Esta no es tu guerra... aún. Pero eso puede cambiar.]

—¿Y si me equivoco? ¿Y si espero demasiado? —insistió Issei, con un deje de ansiedad.

—[Entonces fracasarás. Pero al menos lo harás con los ojos abiertos. Elegir bien el momento de actuar… eso también es parte de tu fuerza. Has dejado de ser un simple peón en una partida local. Ahora formas parte de algo más grande. S.H.I.E.L.D, la Iglesia, los demonios… nadie juega limpio. Ni siquiera tú.]

El silencio volvió a adueñarse de la habitación, y por un instante, Issei pensó que la conversación había terminado. Pero entonces, la voz de Ddraig volvió, más baja, casi como un consejo entre dientes.

—[Cuando llegue el momento, lo sabrás. Y cuando eso ocurra, no dudes. No importa a quién tengas delante.]

Issei asintió despacio, aún tumbado, con la vista perdida en el techo.

"Cuando llegue el momento…" repitió en su mente.

Afuera, una ráfaga leve de viento movió las ramas del árbol junto a la ventana. El mundo parecía igual… pero algo en su interior había cambiado. No se sentía más tranquilo, pero sí más enfocado. Y, con eso, bastaba por ahora.

XXXXX

El primer rayo de sol se filtró tímido entre las rendijas de la persiana, tiñendo el techo de su habitación con una luz dorada que aún no tenía fuerza suficiente para calentar. Issei abrió los ojos con lentitud, dejando escapar un leve suspiro antes de desperezarse con suavidad. Se sentó en la cama, pasó una mano por el cabello revuelto y permaneció en silencio unos segundos. Aún podía sentir en lo profundo de su mente el eco de la conversación con Ddraig de la noche anterior. No quedaban palabras, solo esa sensación extraña de haber sido puesto ante un espejo. No tenía respuestas, pero sí preguntas más claras.

"Cuando llegue el momento…"

Sacudió la cabeza, intentando no quedarse atrapado en esa espiral de pensamientos tan temprano. Se levantó con paso tranquilo, se cambió de ropa por algo cómodo y ligero, y salió en silencio de su habitación. A esas horas, la casa aún dormía. Solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared del pasillo y, de fondo, el leve zumbido del frigorífico en la cocina. Al salir al exterior, el aire era fresco, casi húmedo, con ese olor tan propio del verano japonés a tierra caliente y vegetación densa. El cielo estaba despejado, aunque el sol todavía no dominaba el firmamento. Iba a ser un día caluroso, sin duda.

Caminó por las calles aún vacías hasta llegar a un parque discreto, apartado del centro, uno de esos sitios que conocía desde crío y que ahora, como recluta de S.H.I.E.L.D, valoraba precisamente por su discreción. Allí, rodeado por árboles altos y bancos de piedra algo descuidados, comenzó su rutina de entrenamiento.

No era el tipo de entrenamiento físico que podría hacer en casa con unas cuantas flexiones y abdominales. Este tenía otro propósito. Cerró los ojos, respiró profundamente y dejó que su energía se deslizara desde su pecho hacia sus extremidades, como una corriente tibia que nacía desde el núcleo del sello del dragón. No necesitaba palabras. El vínculo con Ddraig era ya parte de su respiración, como si lo llevara bajo la piel.

—[¿Otra vez te levantas temprano?] —resonó la voz del dragón, perezosa pero atenta.

—Necesito despejar la cabeza —murmuró Issei, sin dejar de moverse—. Pensar mientras mi cuerpo se mueve me ayuda a no atascarme.

No hubo respuesta inmediata, pero Ddraig no se había marchado. Estaba allí, observando. Lo sabía. Durante cerca de una hora, Issei alternó ejercicios de concentración, imaginando pequeñas descargas de poder controladas, y algunos movimientos rápidos de evasión, como si luchara contra enemigos invisibles, pues lo mejor era no llamar la atención usando su Sacred Gear. Había perfeccionado esas secuencias en silencio, sin necesidad de grandes explosiones. Lo importante era mantenerse en forma, preparado… aunque, oficialmente, solo fuera un estudiante más en sus vacaciones de verano.

Cuando terminó, el sol ya empezaba a calentar el pavimento con seriedad, y las primeras personas comenzaban a aparecer en las calles: una anciana con un carrito, un joven paseando a su perro, el panadero abriendo su local. Todo parecía tranquilo. Pero Issei ya sabía que la calma era solo una ilusión cómoda. Regresó a casa antes de que el ambiente se hiciera demasiado pesado, y tras una ducha rápida, bajó a desayunar. Su madre ya estaba en la cocina, preparando unas tostadas con mermelada y una jarra de té frío.

—¡Buenos días! —saludó con una sonrisa al verle—. No te he oído moverte. ¿Has salido?

—He ido a correr un rato —respondió él, sentándose en la mesa con un gesto de costumbre.

—¿Con este calor? —bufó ella, moviendo la cabeza con falsa reprobación—. Vas a desmayarte cualquier día.

—Me hidrato bien, lo prometo —dijo con una media sonrisa, mientras tomaba un vaso de té.

El resto de la mañana transcurrió con esa cadencia familiar que tanto había echado de menos durante su formación con S.H.I.E.L.D. Ir al mercado, ayudar a su padre con unas reparaciones menores en el jardín, acompañar a su madre a hacer la compra... Nada extraordinario, pero precisamente por eso tenía valor. Fue durante una de esas salidas, ya cerca del mediodía, cuando lo vio.

Estaban cruzando una de las calles secundarias del centro, en dirección a una tienda de comestibles, cuando Issei lo notó. Fue una sensación más que una visión directa. Se detuvo unos segundos fingiendo mirar su móvil, y al levantar la vista, lo confirmó.

A lo lejos, en el extremo opuesto de la calle, entre la gente, caminando sin llamar la atención, estaba Kiba. Vestía de civil, con ropa sencilla y una gorra que le ocultaba parcialmente el rostro, pero su forma de andar era inconfundible. Se detenía de vez en cuando a mirar escaparates, a observar puntos concretos del entorno, pero Issei lo sabía: estaba investigando, no paseando.

Su mirada se desplazó instintivamente hacia los tejados, hacia los posibles puntos de vigilancia. Y allí, en lo alto de un edificio, medio oculta por la sombra de un cartel publicitario, distinguió una figura más pequeña, quieta, agazapada. Koneko. Estaba vigilando. No a Issei, sino a Kiba.

Así que estás actuando por tu cuenta, ¿por qué?, pensó Issei, sin cambiar su expresión.

No dijo nada a sus padres, claro. Siguió el paseo como si nada hubiera pasado, pero su mente estaba lejos del carrito de la compra. La investigación ya se había puesto en marcha, y él era un espectador.

El sol ya no caía a plomo, pero el calor persistía como una manta invisible que se pegaba a la piel. El aire parecía espeso, saturado por ese bochorno tan característico del verano japonés. Las cigarras seguían con su sinfonía incesante, marcando el paso del día con un fondo sonoro que se volvía casi hipnótico si uno no prestaba atención.

Issei caminaba con su familia por una de las avenidas más transitadas del centro, cargando una pequeña bolsa con botellas de té frío y algunas frutas que habían comprado en una tienda local. La tarde avanzaba tranquila, sin sobresaltos, con ese ritmo perezoso que invitaba más a quedarse en casa con el ventilador que a salir a dar vueltas. Pero su madre insistía en aprovechar el día, y su padre parecía encantado con la idea de pasar tiempo juntos. Issei no se quejaba. Apreciaba esos momentos. A veces, se sentían como la única parte verdadera de su vida.

Mientras esperaban en un paso de cebra, Issei aprovechó para escanear el entorno con una mirada casual, disimulada, pero precisa. Ya se había vuelto costumbre. Desde que había empezado en S.H.I.E.L.D, su percepción del mundo había cambiado. Nada escapaba a su atención, incluso cuando quería fingir que era solo otro chico más en su ciudad natal.

Fue entonces cuando las vio. Dos figuras cruzaban la calle unos cincuenta metros más adelante, caminando con paso decidido, aunque sin llegar a llamar demasiado la atención. Ambas llevaban ropa informal, adaptada al calor del día, pero había algo en su porte, en su forma de moverse, que desentonaba con el resto de los viandantes.

Una de ellas tenía el cabello azul. Su expresión era seria, concentrada, y sus ojos escaneaban los edificios como si buscara puntos estratégicos, rutas de escape, o algo más concreto. Xenovia Quarta. La otra tenía el cabello castañ, y aunque su rostro mantenía una sonrisa ligera, sus ojos también se movían con atención medida, estudiando. Irina Shidou.

No hacían ningún intento evidente por ocultarse, pero tampoco parecía que quisieran llamar la atención. Caminaban con la actitud de quienes saben lo que buscan, de quienes tienen un plan y no necesitan hacer ruido para ejecutarlo.

Issei giró la cabeza ligeramente, fingiendo mirar un escaparate de productos electrónicos, pero mantuvo su atención en ellas. Las vio detenerse frente a un edificio, intercambiar unas palabras breves —demasiado lejos para oírlas—, y luego proseguir. Xenovia sacó algo del bolsillo de su pantalón: parecía una pequeña libreta o un dispositivo, quizá con coordenadas o una lista de posibles puntos a revisar.

Parece que aún no han dado con los fragmentos, pensó Issei, mientras su mirada se desviaba hacia un callejón adyacente por si había refuerzos. Pero no vio a nadie más.

Las acciones de Kiba por un lado, y de ellas por otro. Todos operaban por separado, cada uno con sus propias razones, pero todos empujados por la misma amenaza.

—¿Te interesa esa cámara? —preguntó su padre, sacándolo del trance.

—¿Eh? Ah… no, solo estaba mirando —respondió rápido, con una sonrisa improvisada.

Volvió a mirar hacia el cruce, pero Irina y Xenovia ya habían doblado la esquina y desaparecido de su vista. Habían sido solo unos segundos, pero suficientes para dejarle un nudo en el estómago. Porque ahora sabía que, más allá de las órdenes de S.H.I.E.L.D. o del deseo de proteger a su familia, se avecinaba una colisión inevitable. Y él estaba justo en medio.

No puedo intervenir, se recordó.

Ya en la noche, el aire finalmente había dado un respiro. La brisa de la noche traía consigo el murmullo de los árboles y el sonido lejano de los grillos. La humedad seguía presente, como siempre en verano, pero ya no caía con la pesadez del mediodía. El cielo, despejado y profundo, dejaba ver algunas estrellas pese a la contaminación lumínica de la ciudad.

Issei caminaba por una calle animada del barrio comercial, con las manos en los bolsillos y una camiseta ligera que aún guardaba el olor del suavizante. El bullicio de risas, música callejera y luces de neón lo envolvía con una calidez familiar. Puestos de comida, parejas paseando, grupos de amigos sentados en bancos con helados en mano… Aquello era verano en estado puro.

—¡Isseeeeiiii! —gritó una voz cargada de energía, casi como un proyectil emocional.

Desde la esquina opuesta apareció Matsuda, con su habitual camiseta de algún anime ligeramente sospechoso y una expresión entre emocionada y maliciosa. A su lado venía Motohama, empujando sus gafas hacia el puente de la nariz como si con eso pudiera captar mejor la esencia del mundo.

—¿Habéis esperado mucho? —preguntó Issei, sonriendo mientras levantaba la mano en saludo.

—¡Ni cinco minutos, tío! —contestó Matsuda—. Pero pensábamos que te ibas a rajar, con eso de que estás todo el día ocupado últimamente.

—Ya sabéis que en casa hay cosas que hacer —mintió sin esfuerzo.

—Sí, sí… "cosas". Seguro que has estado viendo vídeos de ejercicio por internet para tener abdominales como los protas de las pelis —añadió Motohama, medio en broma, medio serio.

—Y tú deberías buscar gafas con aumento cerebral —le soltó Matsuda sin filtro.

Rieron los tres, sin más. Esa era la magia de su amistad: ni hacía falta hablar de cosas importantes, ni lo fingían. Solo estaban juntos, y eso bastaba.

Caminaron entre los puestos ambulantes, bromeando mientras olían el aroma del takoyaki, de las patatas fritas recién hechas y del yakiniku chisporroteando en pequeñas parrillas. Todo tenía un sabor especial cuando no había clases ni deberes, cuando el único plan era disfrutar.

—Oye, ¿habéis visto a la nueva dependienta de la tienda de manga? —preguntó Matsuda, con los ojos brillando de conspiración.

—¿La del uniforme que parece de colegio pero con minifalda? —dijo Motohama.

—¡Esa misma!

—Si no deja de mirarle el escote al primer cliente que entra —comentó Issei, llevándose un trozo de carne a la boca después de pagar en un puestecito.

—Tío, qué bendición del cielo… —suspiró Matsuda, casi con los ojos en blanco—. ¿Tú crees que trabaja ahí para buscar un novio otaku? ¿Uno de corazón puro?

—Tú no entras en ninguna de esas dos categorías —respondió Issei, aguantándose la risa.

Siguieron su recorrido entre risas, incluso se atrevieron con un puesto de dardos donde Matsuda, fiel a su torpeza natural, terminó pinchando la mesa en vez del globo. Motohama, por su parte, ganó un llavero de una idol que juró que era edición limitada. Issei simplemente se dejó llevar, disfrutando de no tener que pensar, por un rato, en órdenes, fragmentos sagrados o pasados sangrientos.

A la media noche, cuando las calles empezaban a vaciarse poco a poco, se sentaron en un banco junto a un pequeño parque. Tenían latas de refresco y los zapatos algo polvorientos. El calor aún flotaba en el aire, pero ya no molestaba.

—A veces me pregunto qué haremos cuando esto se acabe —dijo Motohama, en un tono más sereno de lo habitual—. Cuando termine el verano, el curso… todo.

—Trabajar, supongo. O seguir estudiando —dijo Issei, mirando al cielo oscuro.

—Yo quiero casarme con una extranjera y vivir en una isla privada —añadió Matsuda, con tono solemne.

—Con suerte, una que no te denuncie antes del primer mes —se burló Motohama.

Pero esta vez la risa fue suave, casi melancólica. A su manera, los tres sabían que la adolescencia se les escapaba de entre los dedos, como arena de playa. Y cada noche como esa era un pequeño tesoro que no volvería a repetirse igual.

Quiero proteger esto… aunque nadie sepa por qué lo hago. "Quiero que tengan la vida que merecen, sin cruzarse jamás con lo que yo he visto.

Issei no dijo nada más. Solo se permitió estar allí, junto a ellos, hasta que fue hora de volver a casa. Llevaban ya un rato dando vueltas por la zona, hablando con chicas que claramente no buscaban conversación, probando suerte sin éxito en los juegos de feria, y alimentando su ego —o al menos intentándolo— con cada mínima sonrisa que lograban arrancar. Matsuda, con su desparpajo habitual, se había acercado a un par de chicas que salían de una cafetería, mientras Motohama fingía estar mirando su móvil con una seguridad inexistente.

Issei, por su parte, se mantenía ligeramente apartado, como quien forma parte del espectáculo, pero sin energía para actuar. No era falta de interés, era más bien… desconexión. Su mente no estaba allí del todo.

—Tú antes tenías más ganas de entrar al ruedo, tío —le soltó Motohama, cruzándose de brazos mientras observaba cómo Matsuda se ganaba otra negativa.

—Estoy de vacaciones internas —respondió Issei con una media sonrisa.

Fue entonces cuando, de forma casi inconsciente, su mirada se desvió hacia la acera contraria, justo donde la calle se bifurcaba en dirección a los barrios residenciales. Tres figuras femeninas avanzaban con paso firme y elegante, vestidas de manera discreta, aunque no podían ocultar su porte: Rias Gremory. Akeno Himejima. Asia Argento. Las reconoció al instante.

No llevaban la ropa provocativa que a veces utilizaban en reuniones de su mundo oculto, ni mucho menos atuendos escolares. Sus vestimentas eran sencillas, prácticas. Pero lo que más destacaba no era su aspecto, sino su actitud. Estaban concentradas, en guardia. Movían la vista a los alrededores, hablando entre ellas con gestos suaves y medidos. No estaban disfrutando del verano. Estaban trabajando. Patrullando.

Fue Rias quien se detuvo por un segundo. Alzó ligeramente el rostro y buscó entre la multitud, hasta que sus ojos se toparon con los de Issei.

Durante un instante, que duró apenas lo que un suspiro, se sostuvieron la mirada. Ella ladeó la cabeza, como si no esperara verlo allí, en ese momento, con esos dos. Luego alzó una ceja con sutil ironía y dejó que en sus labios se dibujara una sonrisa… de esas que mezclaban diversión con un deje de misterio. Issei no pudo evitar sonreír también, negando con la cabeza suavemente, como quien dice "sí, lo sé… qué vergüenza" sin abrir la boca.

La conexión se rompió cuando las tres retomaron el paso, perdiéndose entre la gente.

—¿Eh? ¿A quién mirabas? —preguntó Motohama, siguiéndole la mirada con lentitud.

—Nada. Creía haber visto a alguien del club —respondió Issei, quitándole importancia mientras se rascaba la nuca.

—¿Del club? ¿Qué clase de club es ese y por qué no estamos apuntados?

Antes de que pudiera replicar, desde el otro lado de la calle, Akeno giró la cabeza brevemente y, con ese tono travieso que la caracterizaba, comentó en voz baja:

—Parece que Hyōdō tiene una vida más "movida" de lo que aparenta. Y yo que pensaba que se nos estaba volviendo un hombre serio.

Rias, sin detenerse, simplemente dejó escapar un suave resoplido por la nariz. Asia, en cambio, lo miró de reojo, con una mezcla de ternura y confusión, como si no supiera muy bien cómo interpretar aquello. Las luces del paseo terminaron por tragarse sus siluetas. De vuelta en el banco, Matsuda llegó corriendo y se dejó caer como si hubiese corrido una maratón.

—¡Nada, tío! Ni una. Me han llamado "perturbador hormonal". ¡¿Eso qué significa siquiera?!

—Que deberías usar menos gel en el pelo —le soltó Motohama sin piedad.

La mañana del domingo pasó sin pena ni gloria, simplemente entrenamiento en la mañana y estar con sus padres justo después. La madre de Issei comentó que había visto a Irina con su amiga, pero que estaban muy lejos y no había podido saludarla. Su padre se lamentó por no haber podido verla en esos días, pues siempre se había llevado muy bien con el padre de Irina. La tarde decidió pasarla con sus amigos, después de todo, era su último día antes de volver el lunes en la tarde a la academia.

—¡Y entonces le dije que ese no era mi gato, que no tenía ni idea de cómo había terminado en mi mochila! —soltó Matsuda entre carcajadas, mientras levantaba su refresco como si brindara por su propio absurdo.

—Seguro que el gato olió tus calcetines y se desmayó de camino —añadió Motohama, acomodando las gafas.

—Poca broma, eh. Desde ese día cada vez que paso por la casa de esa chica, el gato me mira con odio.

Issei se reía, sí, aunque más por costumbre que por verdadera diversión. La conversación le llegaba en oleadas, como si su atención se disolviera con el viento cálido de la tarde. Estaban sentados en una zona abierta del centro, en uno de esos bancos de hormigón mal cuidados frente a una fuente que ya no funcionaba. Alrededor, el bullicio veraniego seguía con normalidad: familias comprando helado, niños corriendo entre las sombras de los árboles, grupos de adolescentes con ropa ligera y móviles en mano. Entonces, algo cambió. Sutil, como una alteración en el pulso del entorno.

Issei sintió un cosquilleo extraño en la nuca, una especie de escalofrío que no provenía del cuerpo, sino de algo más profundo. Detuvo la sonrisa sin darse cuenta, entrecerrando los ojos hacia un punto indefinido del horizonte.

Eso…

—¿Issei? —preguntó Motohama, notando la repentina quietud de su amigo.

—[Lo has sentido, ¿verdad?]

La voz de Ddraig resonó grave, sin urgencia, pero con esa firmeza que siempre indicaba que algo serio estaba ocurriendo.

¿Qué es eso? Se siente como... como si algo hubiese cortado el aire mismo.

—[Sacred Gear. Poderosas armas sagradas. Una de ellas ha sido activada con bastante potencia. Lo suficiente como para liberar energía sagrada en una zona no sellada.]

Issei se puso en pie de golpe. No respondió a sus amigos, que lo miraban con confusión.

¿Cuántas? ¿Dónde?

—[Demasiado lejos para saber el número exacto. Pero una de ellas... es poderosa. Demasiado para ser un simple usuario sin entrenamiento. Y no está sola.]

¿Demonios? ¿Exorcistas? ¿Qué coño pasa?

—[Aún no lo sé. Pero tu percepción ha mejorado, y eso es algo. Pocas veces podrías haber notado esto a esta distancia.]

—Chicos, lo siento —dijo Issei en voz alta, interrumpiendo la conversación mientras se quitaba el sudor de la frente—. Me he acordado de una cosa que tenía que hacer. Un recado. Es rápido.

—¿Eh? Pero si estás libre todo el día, ¿no? —protestó Matsuda—. ¿No me digas que has quedado con una chica?

—Ojalá —contestó Issei con una media sonrisa—. Pero es otra cosa. Luego os escribo.

Y sin esperar respuesta, se giró y se marchó con paso firme. Solo cuando dobló la esquina y se alejó del bullicio se permitió acelerar el ritmo, hasta convertirlo en una carrera. El sol estaba empezando a bajar, tiñendo los edificios de naranjas y dorados. Kuoh, pese a su tranquilidad, siempre escondía algo entre sus calles, como una segunda piel que solo algunos veían.

—[Vas bien. Más hacia el extrarradio. Cerca de esa vieja fábrica de reciclaje que abandonaron hace años.]

Issei no preguntó cómo lo sabía. Ddraig simplemente… lo sabía. A veces sentía que aquel dragón veía el mundo de forma distinta, como si no lo percibiera con ojos, sino con instinto. Al llegar a la zona industrial olvidada, una ráfaga de aire caliente le pegó de frente. El olor era el primero en delatarlo: ozono, polvo, y algo más… ¿metal quemado?

Cruzó un par de rejas oxidadas y entró en una explanada de asfalto agrietado. Allí, entre contenedores volcados y hierba seca, lo vio con claridad. Restos. El suelo estaba parcialmente destrozado, como si algo pesado se hubiese estrellado contra él a gran velocidad. Varias marcas negras se extendían en círculos, con líneas de energía quemada que aún chispeaban débilmente. Había fragmentos de asfalto arrancado, trozos de metal doblado, y rastros de energía sagrada que le erizaron la piel.

—Ha sido aquí. Pero ya no hay nadie.

—[Fue rápido. Un enfrentamiento intenso… pero corto. No noto a nadie cerca, ni a ningún ser con poder suficiente como para haber ganado esto con facilidad.]

—¿Quién luchaba aquí? ¿Por qué no lo notamos antes?

—[Puede que estuvieran ocultos. O que usaran un sello de contención, y algo salió mal.]

Issei dio una vuelta completa al lugar, intentando encontrar algo más. Pero no había cuerpos. Ni signos de quién atacó a quién. Solo el recuerdo, aún caliente, de una batalla que él había llegado demasiado tarde para presenciar.

Suspiró, llevándose una mano a la frente.

—¿Qué demonios está ocurriendo en Kuoh, Ddraig?

—[Eso, chico... es justo lo que tenemos que descubrir.]

El viento caliente arrastraba polvo y hojas secas mientras Issei seguía inspeccionando el suelo resquebrajado. No había nada más que pudiera sacarle a esa escena. El rastro de energía sagrada se había disipado casi por completo, pero su cuerpo seguía ligeramente en tensión, como si algo o alguien más estuviese por llegar. Y no tardó.

Un sonido agudo, como el roce del aire cortado, lo hizo girarse. Desde el cielo descendieron dos figuras a gran velocidad. Una envolvía su cuerpo en relámpagos suaves, la otra simplemente flotaba con calma. Ambas aterrizaron con elegancia entre los contenedores, sin apenas levantar polvo.

—Vaya, vaya… No esperaba encontrar a nadie aquí —dijo Akeno Himejima con esa sonrisa tan suya, mezcla de cortesía y peligro—. Mucho menos a ti, Hyōdō .

La acompañaba Koneko Toujou, tan impasible como siempre. Sus ojos color ámbar lo observaron fijamente sin decir palabra.

—Akeno. Toujou —saludó Issei, algo más serio de lo habitual. Su cuerpo no se relajó del todo.

Desde un lateral, otro grupo apareció por el acceso de la reja metálica. Primero fue una figura alta, con gafas oscuras y el rostro frío: Shinra Tsubaki. Justo detrás de ella, jadeando ligeramente, venía un chico de pelo rubio oscuro y cara de agotamiento.

—¿Hyōdō? —preguntó Shinra al verlo—. Qué sorpresa verte aquí.

—Shinra, y…

—Él es Genshirou Saji, Peón.

—Un placer —saludó Issei a Saji, quien le devolvió el gesto con seriedad.

Tsubaki lo observó durante un segundo, calibrándolo.

—¿Qué hacías en esta zona del extrarradio? —preguntó la vicepresidenta del séquito de Sona Sitri con voz firme, sin rodeos.

—Lo mismo que vosotras —respondió Issei sin dudar—. Noté la alteración. Quise ver qué había pasado antes de que el rastro desapareciera por completo.

La respuesta pareció aceptable, aunque no relajó del todo a Shinra. Su mirada seguía siendo inquisitiva. Koneko, por su parte, se acercó un par de pasos, agachándose para examinar una grieta en el suelo.

—Hubo una pelea —dijo con su tono neutro—. Intensa. Pero breve.

—Restos de energía sagrada. Aunque ya se disipan —añadió Akeno, posando un dedo en el aire como si captara la vibración misma del lugar—. Esto fue cosa seria.

—¿Estáis vigilando a las exorcistas?

—Me sorprende que sepas sobre ello —declaró Shinra—. La presidenta Sitri está al tanto de los movimientos en la ciudad, y nos pidió inspeccionar ciertos puntos si notábamos algo anormal. Al parecer, el mismo punto llamó vuestra atención.

—Qué casualidad, ¿eh? —murmuró Issei.

—Demasiada casualidad —intervino Koneko, sin levantar la vista del suelo.

Akeno soltó una risita suave, llevándose una mano al rostro con elegancia.

—Hyōdō, ¿estás seguro de que solo viniste a investigar? Podríamos pensar que te atraen los problemas.

—Sólo si vienen con truenos —bromeó él, mirando de reojo a la heredera de la familia Himejima—. Pero no, no vine buscando líos. Aunque parece que ellos me encuentran igual.

—Qué coincidencia —respondió ella, divertida—. A mí también me pasa lo mismo.

Un silencio corto se instaló entre todos. No hostil, pero sí cargado de cierta tensión. Las miradas cruzadas, las presencias vigilantes. Incluso entre aliados, el equilibrio siempre era precario.

—¿Habéis podido ver algo más? —preguntó Issei, cruzándose de brazos.

—Nada útil —dijo Saji, encogiéndose de hombros—. No hay rastro de los implicados. Solo signos de huida rápida.

—O teletransporte —añadió Shinra, con el ceño levemente fruncido.

—Quienquiera que fuera, sabía lo que hacía —sentenció Koneko.

—[Y tú también, chico. Buen instinto. Te han reconocido como igual. Aunque no te lo dirán tan fácilmente.]

Issei respiró hondo, observando a los presentes. Por un instante, sintió que aquel encuentro no era del todo casual. Que algo, en algún lugar, los estaba empujando a todos hacia un punto común. Lo desconocido aún no tenía forma… pero la ciudad no estaba tan tranquila como parecía.

—Bueno —dijo finalmente, dejando caer los brazos a los lados—. Supongo que no sacaremos mucho más hoy. Pero al menos sabemos que algo está ocurriendo.

—Demasiadas piezas moviéndose a la vez —murmuró Akeno.

—Y demasiado silencio entre los fragmentos —añadió Shinra.

—¿Deberíamos informar de esto a nuestras líderes? —preguntó Saji, mirando a Tsubaki.

—Lo haré en cuanto regresemos —asintió ella.

Todos parecían preparados para retirarse. Issei, sin embargo, se quedó un momento más mirando la zona. Una sensación persistente le pinchaba la espalda, como si algo no cuadrara. Como si esa escena fuese solo una primera advertencia.

—[Mantén los ojos abiertos, chico. El juego ha comenzado.]

Ya lo sé… Ddraig. Ya lo sé.

El silencio regresó al lugar apenas las presencias demoníacas se desvanecieron en el aire nocturno. Issei se quedó quieto, observando cómo la última estela de energía mágica desaparecía como humo en el viento. La tensión seguía latiendo en su espalda, como una cuerda tensa que aún no encontraba descanso.

Se arrodilló junto a una de las grietas del suelo, pasando la yema de los dedos por una marca apenas visible. No sabía bien qué buscaba. No era un experto en rastreo, y mucho menos en los métodos sutiles de espionaje o seguimiento. Lo suyo era el combate, el cuerpo a cuerpo, la táctica directa, los movimientos de fuerza bruta envueltos en estrategia pura.

Pero algo le decía que quedarse quieto era peor que errar.

—[Estás metiendo las narices donde no te llaman. No es muy sabio, chico.]

—Y sin embargo, aquí estoy —pensó mientras se incorporaba, frotándose las manos para quitarse el polvo.

La noche avanzaba, pesada y sofocante. El aire ya no traía calor, pero sí una extraña densidad, como si se estuviera gestando algo por debajo de la superficie. Issei caminó por los alrededores, bordeando almacenes abandonados y calles sin asfaltar. Por momentos, creía percibir rastros de energía... pero todos se desvanecían con rapidez, como si hubiesen sido borrados a propósito.

Estaba a punto de rendirse cuando un leve quejido lo hizo detenerse en seco. Giró la cabeza, entrecerrando los ojos. A unos quince metros, junto a un contenedor oxidado, algo se movía. Corrió hacia allí, con el corazón acelerado por instinto.

—¡Joder…!

El cuerpo de una chica yacía semicaído sobre la pared. Llevaba un uniforme que le recordaba al de combate que usaban los agentes de S.H.I.E.L.D., ceñido, pero al mismo tiempo que permitiera movilidad absoluta.. Tenía una mano en el costado, presionando con fuerza, y respiraba con dificultad. Su rostro, aunque pálido, era reconocible al instante.

—Irina… —murmuró, arrodillándose junto a ella.

Sus ojos se abrieron apenas al oír su voz. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, apenas perceptible.

—I-Issei… —susurró—. Tú…

—Shhh, no hables. Estás muy mal. Tranquila.

Le revisó rápidamente las heridas visibles. Tenía un corte profundo en el costado, marcas de quemaduras leves y algunos golpes que delataban un combate feroz. Lo más grave parecía ser la pérdida de sangre. No había rastro de Xenovia.

—¿Dónde está tu compañera? ¿Estaba contigo?

Pero no obtuvo respuesta. Irina volvía a perder la conciencia.

—[No puedes dejarla aquí.]

—Lo sé.

Pero… ¿llevarla adónde? Un hospital sería lo más lógico, pero con las heridas que tenía, y ese uniforme, las preguntas lloverían. ¿Cómo explicaría su relación con ella, o la naturaleza de las heridas? Sus padres tampoco eran una opción. Verlo aparecer en mitad de la noche con una chica ensangrentada los dejaría en shock.

—[Llama a una ambulancia y desaparece.]

—No. Ella no puede quedar en manos humanas. Si los médicos notan algo raro… si el Vaticano tiene ojos aquí… podrían llevarla a un sitio peor.

—[Entonces, ¿los demonios?]

Pensó en Akeno. En Asia, quizás. Sabía que ambas eran capaces de sanar heridas, y podrían tratarla con discreción. Pero contactar con ellas a esas horas sin levantar sospechas también era arriesgado. Especialmente si el consejo de Rias aún seguía siendo mantener las distancias en lo que respectaba al conflicto de las espadas.

—[¿Y tu contacto de S.H.I.E.L.D.?]

Se le pasó por la cabeza, pero descartó la idea de inmediato. La orden era no intervenir. Reportar algo así podría desencadenar consecuencias indeseadas, incluso la retirada total de vigilancia en Kuoh.

—¡Joder…! —soltó en voz baja, apretando los dientes mientras observaba el rostro desfallecido de Irina.

Quedarse no era una opción. Tampoco simplemente marcharse. Y menos aún esperar que todo se resolviera solo. Sacó su móvil y se quedó mirando la pantalla durante unos segundos. Cualquiera tenía sus riesgos. Pero debía elegir ya.

—[Tic-tac, chico. Está sangrando mucho.]

Issei tragó saliva, sintiendo la presión del momento apretándole el pecho. Miró a Irina de nuevo. No podía permitirse fallar.

—Vamos, Irina. Te sacaré de esta.

Cargó a Irina con sumo cuidado, tratando de no mover demasiado su costado herido. La llevó hasta una de las esquinas más ocultas del viejo distrito industrial, un área donde no había cámaras de vigilancia ni patrullas regulares. Las farolas parpadeaban o directamente estaban fundidas, y el silencio solo era interrumpido por el zumbido lejano de los cables eléctricos. Allí, en ese rincón olvidado de Kuoh, la dejó recostada contra una pared de ladrillo agrietado. Se arrodilló a su lado y volvió a comprobarle el pulso. Estaba débil, pero presente.

No tengo otra opción… —pensó mientras sacaba el móvil.

Marcó el número de emergencias y, antes de hablar, respiró hondo para modular la voz. No podía sonar nervioso, ni joven, ni demasiado implicado.

—Sí, buenas noches. He encontrado a una chica gravemente herida. No responde bien. Está inconsciente. Está en la zona de almacenes del extrarradio, cerca del viejo edificio de Sumitomo Kōgyō. Hay sangre. Mucha. Enviad una ambulancia. Rápido.

—¿Puede darme su nombre, señor?

—Si tardan, no sobrevivirá.

Colgó sin más. No podía arriesgarse a que rastrearan la llamada por quedarse hablando demasiado. Se incorporó, dudando por un instante. La miró una última vez. Había sudor frío en su frente, su respiración era superficial. El uniforme de exorcista todavía visible bajo los restos del abrigo. Puta locura… pensó.

—[Hiciste lo correcto, chico.]

—Eso espero.

Se dio media vuelta y se alejó sin mirar atrás. A lo lejos, apenas perceptible por el silencio del lugar, el zumbido de una sirena comenzaba a surgir. Cuando ya estaba lo suficientemente lejos, dobló por un par de calles más y se echó la capucha del chándal sobre la cabeza. Tenía que volver cuanto antes con sus amigos. Tenía que actuar normal. Pero en su cabeza, las preguntas no cesaban.

¿Dónde coño está Xenovia? ¿Quién las atacó? ¿Y por qué nadie más ha detectado esto?

Apretó los puños mientras el cielo nocturno, cubierto por nubes densas, ocultaba las estrellas. Definitivamente no podía quedarse quieto.

XXXXX

La noche había caído sin ceremonias, envolviendo a Kuoh en ese silencio extraño que solo acompaña a los lugares donde, en apariencia, no ocurre nada... pero en realidad se cuece algo más profundo. La brisa era cálida, pero llevaba consigo una tensión difícil de explicar, casi como si el aire mismo supiera que algo estaba a punto de romperse.

Issei caminaba por las calles con paso decidido. Su móvil vibraba dentro del bolsillo, pero no lo sacó; sabía que no era nada importante. Su atención estaba puesta en otra cosa. Desde que encontró a Irina malherida, no había dejado de darle vueltas a todo. Aquello no era un simple enfrentamiento entre grupos menores. Había algo más.

Si la hubiesen herido tan gravemente... ¿dónde está Xenovia? ¿Quién la atacó con semejante brutalidad? Se mordió el labio inferior. No podía quedarse de brazos cruzados.

Sabía que el instituto Kuoh era la base de operaciones de los demonios. No era ningún secreto para alguien que había tenido la información privilegiada que S.H.I.E.L.D. le había proporcionado tiempo atrás. Así que, pese a lo impropio de la hora, se encaminó hacia allí.

El edificio, envuelto en penumbra y cerrado al público, tenía un aire solemne bajo la luz de las farolas. Sus pasos resonaron con eco cuando cruzó el perímetro de la verja, ahora apenas cerrada con una cadena floja, como si alguien hubiese estado entrando y saliendo con frecuencia.

—No tan abandonado como parece... —murmuró para sí.

Se movió con cuidado, bordeando los arbustos del jardín lateral, hasta que llegó cerca del patio trasero. Fue entonces cuando la percibió: una presencia demoníaca, tenue, controlada, pero nítida. Alguien estaba cerca.

—¿Quién anda ahí?

La voz femenina, clara y firme, le hizo detenerse. Desde detrás del edificio, una figura emergió lentamente, vestida con el uniforme de la Academia. Llevaba el blazer bien abrochado y el lazo ajustado. El tono azulado de su cabello corto y el brillo de sus ojos la delataban.

—Tsubaki Shinra... —dijo Issei, sin sorpresa, aunque no sin respeto.

La ex Vicepresidenta del Consejo Estudiantil alzó una ceja al verle. No parecía alarmada, pero sí intrigada.

—Hyōdō Issei. No esperaba encontrarme contigo aquí a estas horas. ¿Qué te trae por el instituto?

Issei se detuvo a unos pasos de ella, con las manos en los bolsillos, y su expresión seria.

—Buscaba a alguien de vuestro grupo. Necesito hablar con vuestras amas, pero no tengo forma de localizarlos. Pensé que quizás tú o alguno de los tuyos podría ayudarme.

Tsubaki le observó en silencio durante unos segundos. Luego, entrecerró los ojos con cierto matiz de sospecha.

—No sois particularmente cercanos. ¿Qué asunto tienes con ellos que justifique irrumpir en su territorio?

Issei suspiró, y su mirada se desvió brevemente hacia el cielo nocturno.

—Encontré a una de las chicas de la Iglesia... Irina. Estaba malherida, sola, en una zona del extrarradio. La dejé para que una ambulancia la recogiera, pero... no había rastro de su compañera.

Eso pareció captar por completo la atención de Tsubaki. Su semblante se tensó ligeramente, aunque sin perder la compostura.

—¿Dónde?

—Cerca del polígono industrial, por la salida norte. Había señales de combate, pero ninguna energía activa cuando llegué. Me pareció urgente avisaros, si esto tiene que ver con los fragmentos de Excalibur.

Tsubaki asintió lentamente.

—Entiendo. Lo comunicaré. Quédate aquí.

Y, sin más, desapareció por una de las puertas laterales del edificio, dejando a Issei solo en la penumbra. El chico se cruzó de brazos, con la mirada clavada en el horizonte. El silencio volvió, pero esta vez no era tranquilo. Se sentía como el aire justo antes de la tormenta.

Esto va a explotar pronto. Lo sé. Lo noto.

Y, desde el fondo de su mente, aquella voz ancestral, profunda, volvió a dejarse oír con calma contenida:

—[Has hecho bien, muchacho. Muy bien. Pero mantén los ojos abiertos... La noche aún no ha mostrado sus verdaderos colmillos.]

Issei apretó los puños, sin dejar de mirar al cielo estrellado. La calma... estaba por romperse.


Zitfeng: me alegra saber que se está desarollando adecuadamente, y si bien lo de Irina ha sido breve, espero que haya gustado.

Y sin más que decir, me despido.

¡Nos leemos!