Nos encontramos los cuatro a la entrada del campo de entrenamiento, Kal y Ben llegaron desde antes, mientras que Brook y yo llegamos juntos, al frente de Kal y Ben se encuentra el sargento primero esperándonos a mí y a Brook.

— Siempre es lo mismo con ustedes — Replica el sargento con algo de cansancio. —. Las llamadas por megáfono no sólo son imperativas para cualquiera de ustedes, son lo más importante a lo que debe estar atenta cada persona que conforma este puesto; la flojera es su verdadero enemigo.

— ¿Qué se puede esperar de un par de niños, sargento? Deben aleccionarlos. Dice Kal, antipático como siempre.

— ¿Y a usted quién le preguntó su opinión? — El sargento se posa frente a Kal y después de unos cuantos segundos incómodos, este lo empuja desde el pecho, demostrando su posición mediante la clásica provocación física conocida por los hombres. Kal casi se cae, pero no le dio el lujo al sargento y se incorpora rápidamente a su postura militar con celeridad, mostrándose incólume ante la figura autoritaria.

— Kenneth, Brook, incorpórense a la fila, ¡Ya! — Sin dudarlo, Brook y yo nos organizamos junto a los otros dos hombres, esperando que este sujeto terminara pronto para que pudiéramos descansar. El sargento comienza a caminar lentamente a nuestro alrededor, examinado a cada uno de los miembros del pelotón; su mirada es penetrante, severa; su rostro, frío, así como duro e inflexivo también, con una expresión perturbada que deslumbra un odio a todo lo que le rodea; nos ronde mientras continua caminando lentamente, como si estuviera calificándonos y criticándonos en el proceso. A la par de unos minutos después se puso en frente de todos nosotros y así, optó por romper el silencio.

— Como ya saben, lo habitual es que pasado el año en el puesto de avanzada el personal que conforma los pelotones deba ejercer funciones militares optimas y reales; sus entrenamientos culminaron hace dos semanas, y por lo mismo, este pelotón está considerado como apto para la ejecución de misiones, o en su defecto, ejercicios y trabajos de carácter militar. Ustedes aún están un cuanto "verdes", así que misiones como tal no se tendrán en cuenta, pero ya podrán realizar patrullajes estratégicos y de reconocimiento. — De repente, cuatro individuos salieron de la entrada al campo de entrenamiento, cada uno acompañado de un digimon, se acercaron a nosotros cinco, formando una fila detrás del sargento primero junto a las criaturas, las cuales están esposadas con sogas en sus extremidades, así como sujetas del cuello por un lazo.

— Las aptitudes aquí enseñadas han sido para que el soldado no sólo pueda reconocer este lugar tan hostil, sino que principalmente todo este ejercicio deriva en preponderar la presencia humana y adaptar a los nativos no solo a la misma, sino al estilo de vida humana y sus costumbres, por ello, cada integrante de un pelotón tendrá su respectivo digimon, amén de incentivar la ejecución de estratagemas efectivas contra las adversidades que lleguen a surgir, y claramente para lograr adaptar a estas criaturas a un mejor estilo de vida, así como a la efectividad de nuestros objetivos.

Los digimon que acompañan a los cuatro hombres detrás del sargento lucen llamativos: el primero a la izquierda es un Agumon, el segundo a la izquierda es un Guilmon, el segundo a la derecha es un Gabumon… pero el ultimo no lo distingo… tiene apariencia de gato, con un pelaje blanco que ha visto mejores tiempos, unas grandes orejas y una cola anillada, también cuenta con unas grandes zarpas en sus garras que, al parecer, cubre con unas especies de guantes. A diferencia de las otras criaturas, este luce bastante triste; sus orejas están caídas y miraba hacia el suelo, siendo indiferente a lo que estaba sucediendo. Respecto a las otras criaturas, no sólo lucen extremadamente fuertes, sino que nos miran fijamente, como si estuviesen listo para acatar órdenes.

— Soldado Kal, a usted se le asignará al Guilmon.

— Genial. — Ambos, tanto Kal como el digimon se miran y esbozan una sonrisa un cuanto macabra, supongo que son tal para cual.

— Soldado Benjamin, a usted se le asignará al Gabumon.

— Sí señor. — El sujeto que sujeta al Gabumon se lo entrega a Ben, ambos no reaccionaron, se posicionaron uno en frente del otro y continuaron atentos a las instrucciones del sargento.

— Soldado Brook, a usted se le asignará al Agumon.

— ¡Señor, sí señor! — Brook no evitó contener la emoción, sujetó la cuerda de su nuevo Agumon mientras sus ojos brillan de la emoción, el digimon no parece entender lo que estaba haciendo su nuevo compañero y mantenía una postura firme ante el sargento, en su lugar, Brook parece un niño el cual obtuvo su primera mascota.

— Señores, ustedes pueden retirarse a sus nuevos cuartos, los entrenadores los acompañaran junto a sus digimon para explicarles las reglas básicas.

— ¡Sí señor! — Exclamaron los tres hombres junto a sus nuevos compañeros.

— Ken, nos hablamos pronto. — Me dice Brook en voz baja, dándome una palmada en el hombro, es un gran tipo, aunque no pude evitar sentir su actitud un cuanto condescendiente, pues me quedé solo.

Mis compañeros se fueron a sus nuevos aposentos, mientras me esfuerzo por mantener la postura, fingiendo ser un soldado ideal a la espera de las palabras del sargento, quien me mira indecisamente y claro, demostrando la constante decepción y frustración que siempre ha manifestado cuando ha lidiado conmigo. Igualmente, la persona detrás del sargento a mi derecha sigue ahí, incólume, imperturbable, mientras sujeta a ese ser con forma de gato, el cual continua con una postura de arrepentimiento perpetuo. Después de unos segundos de silencio, en medio del frío panorama de los campos de entrenamiento a horas de la noche, el sargento se acerca más hacía mí, quedándonos así cara a cara, más o menos a un metro de distancia del uno y del otro, cuando de repente, la persona detrás de él se acerca a mi derecha mientras arrastra a la deprimida criatura con el lazo con el que somete su cuello, ofreciéndome así su tenencia.

— Este es su digmon — Recita el sargento, tan frívolamente como el viento que roza mi rostro. —. Considero que es el más adecuado para usted, pues, a fin de cuentas, son prácticamente iguales a mi vista; patéticos, pero, al fin y al cabo, con algo de utilidad.

No le dije nada, solo lo escucho y sin apartar mi mirada de la suya, sujeto con mi mano izquierda la cuerda con la que controlaban al infortunado ser, mientras que con mi mano derecha realizo ante el sargento el saludo militar de la Data Magna: cruzo mi brazo derecho sobre mi pecho, posando la palma de mi mano donde se ubica mi corazón.

— Sí señor. Muchas gracias, ¡Señor! — Al rato de unos segundos más, manteniendo mi postura y sin quitar de vista mis ojos de los suyos, el sargento replica mi saludo y se marcha, así, en medio de la oscuridad que cubría todo el campo de entrenamiento, la persona que tenía al digimon que me fue entregado, se dirige a mí.

— Es una Gatomon — Dijo, su voz es tan delicada que parecía que en cualquier momento que se iba a quebrar. —. Los digimon no tienen un genero per se, pero todos tienen personalidades diferentes, por ello, parte del proceso en el que forjan su personalidad es asumir y recrear una forma de distinguirse a partir de lo que sería el sexo; macho o hembra. Es un proceso que se da generalmente cuando están en etapa bebé.

No le dije nada, sólo estoy tratando de distinguirlo, pues está tan oscuro que no veo muy bien quien se dirige a mi detrás del uniforme, al rato, me doy cuenta que se trata de una mujer quien me está hablando.

— Eres una chica. — Le respondo.

— Así es, y tu debes ser tremendamente virgen, ¿No? — A pesar de su intento de flagelar mi ego, su voz carece de firmeza, era como si detrás de ese casco ennegrecido por su revestimiento de kevlar y los lentes enrojecidos que permiten a su portadora verme, se escondiera un ser más susceptible de lo que en realidad es. — Acompáñame, es hora de mostrarte tus nuevos aposentos.

— ¿No debería recoger mis cosas primero?

— Ya fueron por ellas por la tarde. Andando. — Avanzamos un par de pasos, hasta que la chica en uniforme se toma un leve suspiro, aparentemente, olvidando algo. — Cuidado con ella, no la jales, deja que se mueva por su cuenta, vamos con cuidado.

La chica en uniforme enciende una linterna y así atravesamos el campo de entrenamiento, siguiendo el camino de tierra que atravesaba el mismo hasta llegar a un conjunto de cabañas, estando más cerca, me doy cuenta de que son un grupo de cuatro cabañas, alrededor hay más conjuntos de estas estructuras en el mismo orden, eso quiere decir que mi pelotón ya pertenece a los otros pelotones "de verdad", quizás así nos cruzaríamos con el pelotón X01 pronto… el mejor de la base hasta el momento.

Llegamos a lo que sería mi cabaña, es la primera de las dos a la izquierda del camino, las cuales están en frente de las otras dos al sentido contrario. Al entrar, no pude evitar sentirme aliviado al ver que, de lejos, luce muchísimo más apetecible que las barracas: una cama al extremo izquierdo del fondo de la cabaña, un único cuarto donde se encuentra el baño (privado al fín), un comedor de dos puestos junto con una radio encima de la mesa en el centro; una pequeña biblioteca con unos cuantos libros ubicada en el muro a la derecha de la entrada y también, justo al lado de la entrada al baño, se encuentra lo que parece ser un rustico lavaplatos y una estufa de dos fogones.

— Estas cabañas no fueron construidas por nosotros, ¿Verdad?

— No, estaban aquí desde antes. — Responde la chica en uniforme, Dios… su voz me está volviendo loco, ¡Siento que yo también me estoy quebrantando! Es una mescla de melancolía e ira reprimida. La chica toma asiento en una de las sillas del comedor, en respuesta, me dirijo delicadamente con Gatomon hacia el comedor, sentándome en el extremo opuesto. Ella se quita su casco y, para gusto de mi curiosidad, pude apreciar a la portadora de tan intrigante voz; contrario a mi pensar, su rostro luce duro, con múltiples cicatrices en este, la más distinguible de todas, una cicatriz lineal que pasa por ambos pómulos y sobre su tabique nasal, como si hubieran intentado partirle su cara en dos; tiene ojeras marcadas y levemente oscurecidas, ojos castaños brillosos e irónicamente limpios para el estado de su rostro y además está completamente rapada.

— Kenneth, ¿Sí? — Me pregunta.

— Sí señora. — Asentí, me sorprendió… Es demasiado diferente para lo que me hizo pensar su voz. Dios, esta mujer ha pasado por muchas cosas.

— Te fue asignado esta digimon porque… bueno, eres diferentes a los demás. — No entendí, incluso, me confundí, no comprendo que quiere decir, al rato, la chica en uniforme toma un gran suspiro, como si no quisiera tener este encuentro conmigo.

— El sargento piensa que eres un marica. — Dijo la chica con uniforme, con marcado cansancio en su voz. Francamente, no se me hace una noticia nueva el que lo diga, pues, es evidente que a él no le caigo bien. Sin embargo, no quiere decir que se siente para nada bien. La chica continuó.

— Ser marica acá no es algo malo, es solo una forma de identificar quienes son diferentes de quienes sólo saben obedecer las estupideces que les piden hacer. No voy a mentirte, este digimon te fue asignado porque consideran que es igual de inútil que tú. Pero eso no es cierto, bueno, al menos respecto del digimon. — Ella no ha dicho nada nuevo para mí por el momento, al contrario, me está agradando mucho esta mujer. Levanto mi mano en son de pedir la palabra, ella asiente con su cabeza.

— ¿Puedo saber tu nombre? — Le pregunto.

— Me puedes llamar Jay. — Responde la chica en uniforme.

— Gracias por el voto de confianza, Jay, honestamente, me agrada saber que no todos aquí son unos idiotas.

— No te cofundas — Sin cambiar su expresión, y mirándome fijamente a los ojos, Jay continúa hablando. —, yo no estoy siendo considerada contigo porque quiera ser amable; eso no me interesa en los más mínimo, la orden que tengo es explicarte las generalidades para que trates con tu nueva digimon así que pon muchísima atención, o te muestro prácticamente cómo fue que obtuve esta cicatriz en mi frente. — Asevera la chica en uniforme, mientras frívolamente señala con su mano izquierda la gran cicatriz que atraviesa su rostro utilizando su dedo índice como un cuchillo. Me trago la poca saliva que tenía en mi boca y decido dejarla hablar.

— Esta pequeña es muy especial; es una digimon que más que cualquier cosa necesita entablar un vínculo, fue encontrada hace 5 meses herida en los ataques que hubo en el delta ubicado a cincuenta kilómetros de este puesto, desde entonces es diferente a todos los digimon que han pasado por nosotros; ella es indiferente a todo, así que decidí que ella puede ser la mejor compañera para ti, quizás la ayudes más a ella a nosotros. — Levanto nuevamente la mano para pedir el uso de la palabra, Jay, nuevamente también, asiente en señal de admitir mi pregunta.

— Señora, ¿Puedo preguntarle cómo es eso de que usted me eligió a mí?

— Yo soy teniente primera de los grupos de asalto del frente norte del delta, los pelotones que aquí se entrenan son puestos a disposición del frente para, en principio, misiones de exploración y reconocimiento, o bien como caballería de la mano con los digimon que tienen, mi rango me permite incluir digimon si lo considero pertinente; yo me lleve a Gatomon conmigo para curarla y cuidar de ella en lo posible, pero luego escuché de ti, y por lo que he oído quise que fueras tú su compañero. — Nuevamente, pido el uso de la palabra, a lo cual ella, sin dudarlo, me grita. — Deja de comportarte como un lamebotas; si quieres preguntar algo sólo dilo y ya.

— Lo siento señora, pero, ¿Por qué yo? Dudo que sea por lo que el sargento intuye de mis "gustos sexuales".

— Es porque tú eres un ser humano — Responde la Teniente Jay —. La humanidad es algo que se priva en la guerras, y si aún hay personas con algo de ello, no pasa desapercibido para mí. La teniente revisa su reloj, se levanta y se pone el casco nuevamente, pareciendo culminar la introducción entre nosotros. — Gatomon no tiene un cuidado específico, puesto que desde que la rescaté no sé nada de ella en realidad, tu trabajo será aprender a conocerla, aprender a entenderla, pero sobretodo: hacerla sentir mejor. Respecto de los entrenamientos y cosas, bueno, lo trabajarás con el tiempo, supongo, pues no sé que habilidades tenga o qué hace exactamente. — La teniente Jay se acerca a la salida y en ese momento me levanto de la mesa sin dudar protestar.

— Señora, con todo respeto, ¿Cómo voy a entender un digimon si usted ni siquiera sabe algo del ser que me está dejando a disposición? ¿Qué haré en los entrenamientos? O peor ¿En las misiones?

— Mucha suerte chico, si ya llevas tanto tiempo aquí y nos has perdido el toque, seguro sabrás que hacer sobre la marcha. Hasta pronto. — Se fue sin mediar más palabras.

Son casi las veintiún horas, el silencio de este lugar es abrumador, me fijo en la pequeña digimon, parada justo al lado de la silla en donde estaba sentado, aún con la cara apuntando al piso, con su larga cola sore el suelo, con las orejas caídas sobre sus hombros y sus piernas temblando al insistir en mantenerse firme. Lentamente me acero hacia ella y me pongo sobre mis rodillas, con intención de dirigirme ella.

— Hola, ¿Cómo estás? — Pregunto, no hubo respuesta.

— Mi nombre es Kenneth, ¿Tienes un nombre? — Pregunto, nuevamente, sin respuesta aún.

— ¿Entiendes mi idioma? ¿Puedes comunicarte? — Es inútil, está inmóvil, no reacciona a nada de lo que le digo. Miro al alrededor de la cabaña a ver si podría encontrar algo que me permitiera ser más didáctico y noto que debajo del lavaplatos ahí un mini refrigerador, voy hasta allá, reviso su interior y, para mi sorpresa, está lleno de varias cosas interesantes, entre ellas, unas cuantas barras de chocolate. Imbuido en desconocimiento sobre la dieta que manejan estos seres saco entonces una barra de chocolate y una manzana que también estaba ahí, volví con la pequeña y le ofrezco cuál de los dos le gustaría y, sorpresa, nuevamente sin respuesta alguna.

No sé qué hacer, a pasado tanto en tan poco tiempo y ahora estoy aquí, en una cabaña de poco más veinte metros cuadrados con un ser que, en principio me entrenaron para enfrentar y que ahora debo cuidar, adicional al hecho de que confirmé las sospechas que tiene el sargento de mí, así como las posibles sospechas de mis compañeros de que no soy más que un fenómeno en este lugar. Y yo que pensaba que el cliché del maltrato militar quedó olvidado en la vieja escuela de las guerras humanas.

En medio de la incertidumbre ante todo lo que me está sucediendo, me fijo nuevamente en Gatomon, su pelaje está sucio, sus piernas están temblando bastante, temblor que, al parecer, ahora es en todo su cuerpo, quizás tiene frío, y los amarres en sus muñecas parecen apretarle demasiado al igual que el collar en su cuello con el cual se maniobra el lazo con el dieron su tenencia, tenencia… ¿Cómo se supone que consideremos a estos seres como aliados en nuestra causa si los tratamos peor que a los animales que habitan en la tierra? Me dirijo nuevamente a la zona de cocina y tomo un cuchillo que se encontraba alrededor del lavaplatos y nuevamente me acerco de cuclillas hacía ella, en un momento, se fija en el afilado objeto y, para mi sorpresa, levanta su rostro, a la par de sus grandes orejas dirigiendo su mirada finalmente hacía mí. Sus ojos son increíbles; brillantes, profundos, lindos, casi como si viera el cielo azul de aquellas tardes despejadas, empero, la expresión de su rostro es de miedo, de duda, de inseguridad, pero, sobre todo, de una marcada indecisión. Lentamente, bajo el cuchillo al suelo, una vez ahí, levanto mis manos hacia arriba, en son de paz.

— Tranquila, no te haré daño — Le digo, tranquilamente, a pesar de que también me siento algo inseguro. —. Quiero quitarte esas sogas que te amarraron, ¿Me permites?

Sorprendentemente, ella asiente con su cabeza, ¡Ella entiende lo que le digo! Eso ya es un avance. Procedo entonces a levantar el cuchillo lentamente y, así mismo, acerco mis manos a sus garras, puedo ver lo grandes y filosas que son, lucen increíbles, aún cuando en el fondo siento que puede no ser una buena idea, pero en gran parte, en el fondo también siento que es lo correcto. Sujeto sus muñecas, buscando el ángulo adecuado para cortar las sogas, hasta que lo encontré y logro librarla de sus ataduras, al hacerlo me aparto un poco de Gatomon a fin de que pueda tener su espacio y sentir el alivio, lo cual sucede con evidencia; Gatomon frota sus muñecas la una con la otra, pues fijándome bien, las ataduras eran tan fuertes que sus muñecas tenían marcas, Dios, ¿Por cuánto tiempo la mantuvieron así? Gatomon relaja sus brazos y los puso detrás suyo el uno con el otro, continuaba viéndome, pero con algo de pena al parecer. Ella es pequeña, no le pongo más de 90 centimetros de alto, igualmente lo es su volumen, tiene un abdomen levemente curvado, piernas que sintonizan con su abodemen, resaltando así el toque femenino de una mujer; un torso delgado y delicado a la vista, al igual que su cuello y rostro, me es curioso el pensar lo que dijo la Teniente Jay, que ellos no tiene sexo pero que asimilan uno para crear su personalidad conforme se desarrollan.

— Ese collar debe ser igual de molesto, ¿No crees? — Gatomon, aún con duda en su expresión, asiente con su cabeza. El collar tiene un broche, por lo que sólo fue utilizar el mecanismo y retirárselo.

— ¡Ya está! ¿Mucho mejor, no te parece? — Le dije, en mi mejor intento de querer ser amigable. Ella nuevamente asiente con su cabeza. Aún tiene frio, y parece estar cediendo del cansancio, pues sus piernas están temblando mucho, así, supuse lo siguiente: si su personalidad se delimita en gran parte a un sexo… ¿Quizás debería tratarla como una chica? Me quito mi chaqueta.

— Gatomon — Me dirijo a ella mientras le muestro mi chaqueta militar. –, sé que tú y tu mundo están pasando por una situación muy dificil, también sé que muy posiblemente no desees ser mi amiga, así como, bueno — Me tomo un momento para tomar un poco de aire, y suspirar levemente, esto es mucho. —… Bueno, también como puede ser que odies a los humanos por lo que estamos haciendo, no te culpo y jamás lo haré, pero por el momento quiero que podamos comunicarnos mientras todo esto pueda llegar a tener una posible solución, veo que tienes frío y como gesto de mi intención de ser tu amigo, quiero abrigarte y que descanses. — Con mucha cautela y cuidado, intento cubrir los hombros de Gatomon con mi chaqueta, ella parece haber consentido mi intención.

— ¿Cómo te sientes? — Al momento de sentir la calidad prenda, la ajusta tiernamente con sus garras, acercando así más el calor que emana a su cuerpo. De repente y para mi sorpresa, una pequeña sonrisa deslumbra su rostro el cual luce un poco más relajado, aun así, su cuerpo cada vez más esta cediendo al cansancio; no pudo sostenerse más y de repente cayo en una de sus rodillas, en un intento de no colapsar de la fatiga.

— Tranquila, te tengo. — Sin dudarlo, la sostengo cautelosamente de sus piernas y de su espalda y así mismo la alzo, ella está sorprendida por el acto, vaya que parece que todo esto fuera nuevo para ella, como si cada expresión en su rostro fuera una muestra de cómo desconfía de lo que hago pues duda de que sea totalmente cierto, la cargo en mis brazos y con mi más leve toque, la descargo sobre la única cama que hay en la cabaña. Al momento, me siento a los pies del mueble mientras la miro. Luce tan frágil, tan inocente, como si el mismo viento pudiera hacerle daño, igualmente, no dejaba de reflejar consternación en su rostro; me mira con mucha indecisión, comunicándome que no confía en mí, que tiene que estar preparada para lo que sea, y en la misma medida su mirada pesa por su cansancio, sus ojos hacen un verdadero esfuerzo por no ceder al sueño, aun cuando su cuerpo la expone, evidenciando el deseo que tiene por descansar.

— Escucha — Me acerco un poco a ella mientras tomo su garra izquierda con mi mano derecha. —, sé que no soy de fiar, sé que puedes tener miedo en este momento, dudas y muchas cosas más… pero yo también me siento así, aún sabiendo que en esta guerra podríamos ser enemigos, opte por apelar a mi sentido de humanidad y querer asegurarte que no quiero lastimar a nadie, aún cuando muchos de los míos lo están haciendo. Sé que suena redundante para ti, si es que me entiendes, pero así como hay actores, hay víctimas, y quiero que sepas que mi papel y mi lugar en este mundo no fue porque quisiera esto, y lo siento. Pero, si te puedo decir que haré lo posible por demostrarte no solo que no todos nosotros somos malos, sino que además puedes contar conmigo, y que saldremos de esto juntos, ¿Está bien?

La expresión en Gatomon, de repente, cambia, logra contener los impulsos de su cuerpo e inesperadamente se levanta, parándose sobre la cama, para posteriormente acercarse a mí, mirándome fijamente a los ojos, esta vez, con decisión y determinación a lograr algo, y al parecer, algo molesta también. Rápidamente, sentí como las zarpas de su garra izquierda atraviesan mi mono militar desde el pecho, me sujeta de ahí mismo empujándome hacía ella, instintivamente, por el impulso, sujeto su muñeca con mis dos manos, no sé por qué, pero siento que ella puede hacer cualquier cosa en este momento, tiene una fuerza que no me esperé para nada. Siento como mi sudor se torna frío, y cómo mi cabeza empieza a dudar de lo que pudiera pasar, cuando, posteriormente.

— Yo no quiero tus simpatías — Dice Gatomon, tomándome de sorporesa. —. Tú y los de tu especie no dejarán de ser lo mismo para mí, independiente de que tú seas azul y ellos sean rojos. — Me empuja hacia atrás con su misma garra y termina tumbándome de la cama. Me siento sometido, viéndola desde el piso y evitando movimiento que puedan no favorecerme, cuando, de repente, solo se acuesta en la cama, lanzando mi chaqueta al suelo y se cubriéndose en las cobijas.

— Aún así, gracias por la chaqueta. Buenas noches.

Tomo mi chaqueta y rápidamente me alejo al comedor, tengo miedo, duda, pero, sobre todo, confusión, ¿Fue algo bueno? ¿Algo malo lo que pasó? Perfectamente me pudo haber rajado en dos la criatura, pero decidió irse a dormir – y tomando la cama para ella sola, además – Dios, dos veces en un solo día en que subestimo a las chicas por lo que mi mente asimila de ellas.

Supongo que será dormir en las sillas del comedor, algo tendré que inventarme…

— Buenas noches, Gatomon. — Le replico. Me siento en la silla en la que estaba desde el principio y cierro mis ojos, esperando a ver si logro conseguir algo de descanso.