CAPÍTULO 44
Ya eran finales de abril y como sospecharon, no habían sido meses favorables para ambos. Mucho trabajo y poco tiempo libre, viajes, misiones, papeleo, reuniones, preparativos para el nuevo curso. Cientos de cosas que hacer.
Se habían visto cuatro días en un mes y uno de ellos por trabajo. Prácticamente Utahime sola había desempacado todo en la nueva casa. Gojo compró algunas cosas en línea y las envió al departamento. Poco a poco cada habitación fue tomando vida, tenían un poco de ambos: la sobriedad de Gojo y la feminidad de Utahime.
Habían comprado una tv considerablemente grande, Satoru sugirió ponerla enfrente al sofá y dejar el kotatsu en la sala, como una segunda mesa, adicional al comedor (lo eligió cuidadosamente, estuvo muy pendiente de que estuviera bien reforzado). Ya no hacía mucho frío, pero las noches de primavera podría ser agradable sentarse ahí a tomar algo.
Los Lions jugaban ese día, así que ya imaginaba que pasarían la tarde viendo el juego. El partido ya estaba en la alta de la séptima entrada, lo cual hacía más emocionante para sus espectadores. Utahime estaba acostada en el sillón, usando los muslos de Gojo como almohada, quien también veía entusiasmadamente el juego. Iban perdiendo y eso le daba la oportunidad perfecta para burlarse de Utahime y escucharla refunfuñar. Le acariciaba la cabeza y despeinaba su cabello cuando ella rezongaba con el fin de hacerla desatinar todavía más. Gojo le hizo prometer un beso por cada carrera en contra de los Lions, Utahime ya le debía tres. Ella no pidió nada a cambio.
—Taira Kaima se ve mejor esta temporada. Tiene un brazo excelente.
Suspiró Utahime cuando la televisora hizo un close up del jugador. Gojo la vio lamerse los labios. Era un jugador joven, más que Gojo. Kaima había sido clave para su victoria contra los Giants.
—Hubiera sido más fácil enamorarte siendo jugador profesional —renegó el peliblanco. Se empinó la soda para no decir algo más.
—Eres muy llamativo —se quejó Utahime, sin despegar la vista de la pantalla—. Además, seguramente jugarías para los Yomiuri, eso me haría detestarte.
—En todos los universos posibles pelearías conmigo ¿no?
Gojo le pellizcó la mejilla y se hicieron de manotazos para molestarse. No fue complicado detener el ataque de la pelinegra. Cuando hubo sujetado sus muñecas, se metió un dedo de ella en la boca, mordiendo ligeramente y acariciándolo con su lengua. Notó que Utahime apretó las piernas y pareció contento con su cometido.
—Hagamos el amor cuando acabe el juego —sugirió Satoru. Con ese tono de que no aceptaba objeciones.
—Está bien.
Los gritos de la televisión llamaron la atención de ambos.
—¡Mierda! —gruñó Utahime.
—Ya van cuatro, mánager —se jactó él.
Los Lions iban perdiendo contra los Fukuoka Hawks, 4 carreras a 2.
Al iniciar la octava entrada, Utahime recibió unos cuantos mensajes de Tanabe. Los leyó atentamente, aun recostada en el sillón y escuchando el juego en lo que atendía. Gojo no dijo nada, se centró en el partido.
—Mañana tengo que ir a la escuela. Será rápido —advirtió Utahime.
—¿Quieres que te acompañe?
—No es necesario. Quédate aquí. Volveré para el almuerzo.
—Has tenido más trabajo de lo usual ¿no crees?
—Hay falta de personal y he adquirido otras diligencias que antes no me competían.
—Tan eficiente: la profesora número uno en las encuestas de popularidad —se burló.
—Nunca lo vas a superar ¿cierto?
—Utahime… ¿Qué opinas de ser la próxima directora de la escuela de hechicería de Kioto?
—¿Directora?
Gojo lanzó la pregunta de la nada y eso confundió a Utahime. No era algo que ella se hubiera planteado, por diversos motivos que incluían personales y laborales. El director de las sedes estaba bajo órdenes directas de los Altos Mandos, se encargaba de la administración de la escuela y de repartir las misiones a los demás hechiceros afiliados a la escuela. Era un trabajo sumamente demandante.
—¿No te gustaría? —insistió Gojo.
—No es eso… —dijo atónita ante la idea que Gojo planteaba.
—Sería un hecho sin precedentes que dos mujeres estuvieran a la cabeza de ambas sedes.
—Sí. No recuerdo que hubiese dos mujeres dirigiendo a la par.
—Harías buen trabajo con Shoko —le animó.
—¿Por qué me lo preguntas? Es una sugerencia un poco extraña —dijo, con algo de desconfianza de que fuera un comentario sin más.
—Gakuganji ya está muy viejo. Le vendría mejor que estuviera solamente liderando a los Altos Mandos.
—¿Quieres que se quede en Tokio?
—Dijo que lo está considerando.
—¿Desde cuándo? Él no me ha comentado nada al respecto.
Utahime tomó asiento como si de pronto su cuerpo se hubiera vuelto un resorte. Estaba consternada por lo que Gojo estaba diciendo. Que Gakuganji dejara de ser director no era extraño, pero era algo que se hablaba primeramente ante el personal de confianza de la sede.
—Fue una conversación privada. Nada oficial —le aclaró Gojo.
—¿Tú le propusiste que yo me hiciera cargo?
—No. Él te nombró como su primera opción —respondió Satoru, con la vanidad de que se tratase de sí mismo.
—Es… Inesperado —musitó la pelinegra.
—Los Altos Mandos son quienes deciden a quién nombran para liderar las sedes. Si Gakuganji quiere que seas tú, los demás no tendrán más remedio que aceptar.
—Nadie con un rango menor a grado uno ha dirigido alguna de las sedes —afirmó, por si se le olvidaba que ella seguía siendo semi grado uno.
—Se conocen bien, él sabe de tu buen trabajo y te ciñes bien a sus formas tradicionales. Y sobre todo, sabe que eres leal.
Si lo ponía de esa manera, que sonaba ridículamente sensato, lo que Gojo estaba diciendo podría volverse una realidad.
—Si fuera así… Tendría que quedarme en Kioto hasta que alguien más tomara el puesto —le explicó Utahime, no queriendo ser directa en su punto.
—Así es —respondió con parquedad inquietante. Sabía perfectamente todo lo extra que incluía asumir la posición.
—¿Sabes lo que eso implica? —replicó molesta ante la simplista respuesta de Satoru.
—Dejaste pasar Hokkaido. ¿Quieres dejar pasar otra oportunidad? Tendrías un mejor estatus.
—Sería más conveniente para ti que tu novia sea directora de la sede de Kioto ¿no? —expresó con un tono más severo.
—No he insinuado eso en ningún momento —le aclaró de inmediato Gojo. El ambiente comenzó a sentirse más tenso.
—Yaga fue director por diez años, Gakuganji lleva en el puesto casi veinte —Utahime siguió alegando para llegar a su punto.
—Lo sé.
—¿Qué pasaría con nosotros? ¿Te quedarías en Kioto conmigo?
—Sabes que no puedo —respondió de inmediato.
—Y es precisamente por eso, que la que tiene que acomodarse a la vida del otro seré yo.
—¡Y te he dicho docenas de veces que no tienes que hacer sacrificios por mí! —Gojo estaba empezando a perder el temple.
—Lo dices tan fácil ¿Cómo se supone que deba mantener esta relación? Tú… pareces no comprender la situación en la que estamos.
—¿Cuál situación? —dijo como si no lo comprendiera, eso enervó aún más a Utahime.
—Trato de que esto sea lo más normal posible cuando sé perfectamente que eso es imposible para la gente como nosotros —alzó la voz, alterada.
—Desde un principio sabíamos que cada uno estaría por su lado. Incluso si al final de cuentas te hubieras ido a Hokkaido habría seguido con lo nuestro. ¿Por qué esto es diferente?
—No sacrifiqué Hokkaido por ti, pero lo hubiera hecho sin que me lo pidieras. Es mí decisión estar contigo. ¿Era mentira entonces el qué ibas a pedir que me quedara?
—Claro que no. Pero estando en Kioto estamos dentro del mismo barco y eso es diferente a Hokkaido.
—¿Y esta vida por momentos es suficiente para ti? ¿Es todo lo que buscas por el resto de tu vida?
—¿De qué hablas? ¿No eres feliz así?
Utahime se quedó muda. Se detuvo varios segundos antes de tener que responderle. Gojo tenía el semblante incrédulo, un poco dolido tal vez. Hubiera querido verle a los ojos, pero llevaba las gafas, aun cuando sabía que a Uta no le gustaba mucho que las usara en casa. Tomó aire y sus labios se arrugaron antes de hablar, porque una parte de ella quería decir que sí y otra que no.
—Por ahora…
Utahime se levantó del sillón, no parecía molesta, más bien decepcionada. No le dedicó ni un vistazo cuando decidió huir de la casa, había salido presurosa, con los zapatos mal puestos. Necesitaba calmar su mente, estar a solas unos momentos. Obviamente Satoru no la siguió.
No estaba segura de a dónde la llevaban sus pasos, solo caminaba deprisa, tratando de escapar de ella misma, de sus pensamientos estúpidos y contradictorios. Sabía que la propuesta de Gojo no tenía ningún mal afán, que era ella rebuscando significados, pero… Lo último era cierto.
Cegada ante sus pensamientos no vio venir a quien, al igual que ella, cruzaba la esquina de la intersección. Fue inevitable el choque, ella iba tan deprisa que terminó rebotando como si chocara con la pared. Antes de irse de espaldas, la tomaron del brazo, para prevenir la caída.
—Lo lamento tanto, no me fijé por donde iba —dijo presurosa con mucha pena.
La mano que sujetaba su antebrazo era de un hombre, uno que no respondió a su disculpa, ni siquiera para insultarla o disculparse. Ella levantó la mirada… Hubiera sido mejor ser atropellada por un auto.
—Utahime…
Su mundo se descompuso a un más. No era posible que justo ahora, justo en ese momento, justo en esas circunstancias ese hombre se apareciera ante ella.
—Toshizo… —pronunció incrédula.
Era como sentir el viento helado de enero golpear su cuerpo desnudo. Estaba paralizada, incapaz de coordinar un pensamiento coherente. La primavera ya no se sentía cálida ni agradable sobre su piel. Tenía frío y notaba que sus piernas temblaban como un ciervo recién nacido.
—¿Estás bien? ¿No te lastimaste? —dijo al fin él, para romper la tensión emergente.
—Estoy bien. No fue nada.
—No sé qué decir —reveló nervioso, con una risa que reflejaba lo mismo.
El corazón de Utahime latió más a prisa.
—Qué… ¿Qué haces aquí? —preguntó Uta. Incrédula de la coincidencia.
—Mi hermana vive cerca. Estoy de vista —señaló la calle por donde venía.
—Kirie.
—Sí. Se mudó hace poco.
"Igual yo" pensó para sí misma. Vaya coincidencia. Le había perdido la pista hace muchos años, no hubiera imaginado que lo encontraría cerca del vecindario porque su hermana era vecina.
Hubo otro silencio. Uta no quería verlo, era incómodo, aunque, en el fondo tenía curiosidad por saber de él. No habían cruzado palabra desde que terminaron.
—Me tengo que ir.
Se disculpó Utahime para salir lo más rápido posible de esa situación, sin embargo, Hijikata la tomó del hombro firmemente. Utahime pudo notar, los tonos rosáceos en ese rostro que conoció alguna vez muy bien.
—¿Podemos hablar un momento?
Más adelante, cerca del palacio imperial Sento de Kioto y los inmensos jardines de Tokyogyeon estaba un pequeño parque que colindaba justo con una escuela primaria. Había un campo de béisbol con las dimensiones ajustadas para los niños pequeños; columpios, resbaladilla y unos cuantos juegos más al lado. No estaban muy lejos de casa.
Utahime y Toshizo tomaron asiento en el kiosco, que incluía tres bancas que formaban un triángulo entre ellas. Se sentaron contiguos, pero cada uno en una diferente. Utahime miraba directo al campo de béisbol: Se imaginó a los niños de preescolar jugando por la tarde y lo desesperados que deberían estar sus entrenadores porque no entendían del todo las reglas del juego.
—Lo último que supe de ti fue que te mudaste a Tokio —habló Utahime, sin despegar la vista del campo.
—Sí. Por trabajo —respondió con calma, pero sólo aparente. Tampoco se atrevía a mirarla.
—Era lógico que llegarías pronto a una mejor posición.
—Me esfuerzo mucho. No es tan fácil como se ve.
—Siempre has sido bueno en lo que haces.
—¿Te ha ido bien? —preguntó con aires de preocupación. Eso llamó la atención de Utahime—. Yo… estuve preocupado por ti cuando pasó lo de hace dos años.
—Tú sabes cómo es esto —chistó con amargura. Se metió las manos entre las piernas, nerviosa—. Un día estás de maravilla y al siguiente puede que ya no estés.
—¿Por qué estás molesta? —sonrió Hijikata, como si le pareciera divertido.
—No estoy molesta.
—Te conozco…
Hijikata estiró su brazo y tocó el mentón de Utahime con la punta de su dedo índice. Le robó la mirada del campo, con el fin de que lo observara a él. Las pupilas de Utahime danzaron temerosa, advirtiendo lo ajeno que era ese toque para ella. No pudo evitar contener la respiración cuando sus ojos caoba se sumergieron en la noche de Toshizo.
—Sé que significa ese tono y esa mirada ardiente —insistió él. Le hablaba de forma suave, ese tono tan familiar que empleaba cuando la solía consolar.
—No te concierne, Hijikata.
—Oh, lamento entrometerme, señorita Iori —dijo alegremente. De pronto se había convertido en Hijikata luego de que al principio le llamara por su nombre.
—Suena justo a cuando nos conocimos por primera vez —dijo Uta más animada. Había sonreído por primera vez.
—Gakuganji–san te pidió que me recibieras.
—Llegaste media hora temprano. Él estaba ocupado.
—"¿No deberían ser los hechiceros aterradores?"; fue la primera impresión al verte, seguido de: "Ella es educada y hermosa".
El silencio se hizo presente nuevamente entre los dos. Incómodos ante las reminiscencias del pasado. Eso había ocurrido hacía mucho tiempo atrás. Recordarlo ahora no era más que una anécdota.
—Felicidades por tu matrimonio —expresó Utahime. Con una voz tan ambigua que no era claro si lo decía con felicidad o ironía. Lo dijo, sin ningún tipo de mal sentimiento. Lo dijo, solo porque miró su anillo.
—Gracias —respondió meditabundo, observando la argolla.
—Me alegra que al menos uno de los dos haya conseguido lo que quería.
—Es más fácil para un civil tener este tipo de vida normal. Pero, lo dices como si estuvieras desdichada ¿no eres feliz?
Que putada que Gojo y Hijikata le hicieran la misma pregunta esa noche.
Luchó para que las lágrimas no salieran, sentía la garganta ardiendo por todos los sentimientos acumulados.
—Soy más feliz que nunca en mi vida…
Era la respuesta que debía haberle dado a Gojo.
—¿Y por qué lo dices con tanto pesar?
—¿Crees que soy egoísta por querer ser todavía más feliz de lo que ya soy? —preguntó con tristeza.
—Creo que mereces ser tan feliz como quieres ser.
—Me pregunto… ¿Qué tan feliz querrá ser él? No puedo ser yo la única que lo desee.
—Satoru es alguien complicado, pero solo alguien como tú sería capaz de cautivarlo.
—¿Por qué infieres que hablo de Gojo? —dijo bastante sorprendida.
—No te imagino sufriendo por otro hombre —Hijikata le pasó el cabello detrás de la oreja, Uta permitió ese roce de sus dedos sobre el cuello—. Tienes esa cara, de que escapaste de casa.
—¿"Esa cara"?
—Te gusta hacer eso. Aclarar tu mente por cuenta propia.
—También huía de ti cuando no podía soportarlo.
—¿Fuiste feliz? En ese tiempo.
—Fui muy feliz.
—Una parte de mí, siente que se aferró egoístamente a no entregarte a Satoru. Saber que estás con él ahora hace que tenga culpa, por robarte esos años.
—No lo cambiaría. Me dio gusto conocerte a ti también, Toshizo.
—Yo tampoco cambiaría el haberte conocido—sonrió con tanta tristeza, que Utahime sintió pena por haber contestado con sinceridad—. Aunque hayas dicho que te quedaste por el trabajo que amas, que no digo lo contrario… La realidad es que deseabas estar al lado de Satoru ¿o me equivoco?
—Ambas cosas son importantes para mí.
—¿Qué sentiste? Cuando enviaron a Satoru a pelear a Shinjuku ¿estuviste de acuerdo con todo el plan?
—Claro que no hubiera estado de acuerdo.
—¿No te lo dijo? —preguntó sorprendido.
—No… —respondió entre un suspiro. Dios, sentía un vacío en el estómago solo de pensar que aquel macabro plan de usar su cuerpo se hubiera llevado a cabo.
—¿Fue el miedo a perderlo que te motivó al fin a aceptar tus sentimientos por él?
—No lo creo, si hubiese sido el caso habría sucedido desde antes.
—Siempre has estado para él, ojalá que Satoru pueda hacer lo mismo por ti.
—Bueno —chistó, levantando los hombros—, cuando menos me llevó a ver la final del béisbol.
—Eso debe sumar unos cien puntos.
—Él sí cumplió su promesa —recalcó con resentimiento.
—Lamento mucho que no hayamos podido ir ese año. Siendo justos, terminar fue decisión de ambos. Así que no puedes culparme de todo solo a mí.
—Lo pasé mal —recordó con tristeza—. Aun así, Gojo estuvo ahí para darme desinteresadamente su mano mientras lloraba amargamente por ti.
—Si hubiera vuelto ¿me habrías dado otra oportunidad? ¿Crees que serías mi esposa ahora?
—Creo que si… —Utahime hizo una pausa y lleno de aire sus pulmones. Ya había tenido tiempo de sobra para pensar esa respuesta—, si hubieras vuelto me hubiera mantenido en mi decisión de terminar. Ahora sé que, aunque te amé profundamente, nunca he amado tanto a nadie como amo a Gojo. Aun si es difícil hacerlo, quiero amarlo hasta que no pueda más. Hasta que mis manos sangren y mi corazón se destruya —entonces, la voz de Utahime comenzó a quebrarse poco a poco hasta que se convirtió en un sollozo—. Quiero amarlo sin importar que el universo esté en nuestra contra, sin ninguna condición… Quiero hacerlo… de verdad… aun así… Yo…
—Utahime —Toshizo le tomó la mano. Sereno y afectuoso, como siempre la había tratado. Uta alzó la vista llena de lágrimas—. Vuelve a casa.
Vuelve a casa.
—Satoru debe estar preocupado.
Debe estar preocupado.
Era una idiota. Una infantil que había corrido en lugar de enfrentar el problema.
Resultaba sencillo encarar maldiciones poderosas, pero hablar de su futuro con el hombre que amaba era una tarea complicada.
¿Quién había hecho las cuadras tan largas? ¿El maldito que construyó el castillo? Por dios, era un kilómetro tal vez, pero ese maldito camino nunca acababa.
Dos cuadras antes de llegar a casa pudo verlo y supo de inmediato que él también estaba al tanto de su presencia. Estaban cada uno al lado contrario de la calle. Gojo sonrió cuando sus vistas se encontraron, no con alegría, solo era una sonrisa sin más.
Cuando el semáforo en la calle cambió de luz, cruzó sin apuro. Utahime notó que llevaba uno de sus suéteres bajo el brazo. Cuando llegó a ponerse en frente suyo, el vómito de frases se acumuló en la garganta de Utahime, abrió la boca, pero no salió nada.
—Estaba un poco frío, no sabía cuánto ibas a tardar así que pensé en llevártelo.
Gojo le dio el abrigo, que más bien, era jersey deportivo. Utahime lo tomó y suspiró afligida ante la amabilidad de su novio pese a su infantil acto de huir.
—Te estaré esperando en casa o si prefieres puedo irme.
Podía ver perfectamente sus ojos rojos e hinchados por haber llorado, la nariz irritada y su mandíbula tensa. La conocía tan bien que a veces desearía no hacerlo.
—Volvamos juntos, por favor.
Le pidió ella con timidez. No se atrevió a tomarle la mano, se lo había pedido sujetándolo de la manga de la camisa.
—Ponte el suéter —le dijo, aunque él mismo se lo quitó de las manos y se lo metió por la cabeza. Utahime terminó de hacer lo demás.
Gojo la tomó de la mano, fuerte y consistente. De alguna forma, la presión de sus dedos encajados sobre el dorso la hacían sentir como si jamás fueran a soltarse. Menos mal, porque eso deseaba.
Ninguno volvió a decir nada. Caminaron en silencio, como si alguien les hubiera arrancado la lengua a ambos. Existían tantas cosas que decir, pero solo unas cuantas eran las que valían la pena expresar.
El televisor estaba apagado, la cortina del ventanal del balcón estaba abierta y dejaba entrar la tenue luz de la calle. La sala tenía un tono naranja amarillento debido a las farolas externas. Las sombras de los árboles se reflejaban en el piso del balcón. A lo lejos, se escuchaba el tintinear de la campana de viento.
Gojo guio de nueva cuenta a Uta hasta el sofá. Encararon sus miradas. El caoba almendrado de la tierra y el azul puro del cielo.
—Los Lions perdieron con cinco en contra.
De todas las formas que Satoru podía iniciar una conversación importante, esa había sido la manera en que decidió empezar. Utahime sonrió solo un poco, reconocía que Satoru nunca perdía su sentido del humor ante nada.
—Pero seré yo quien pague la apuesta— continuó hablando serenamente.
La apuesta: se suponía que Utahime le pagaría con un beso por cada carrera en contra si su equipo perdía.
El primer beso fue en la frente. Suave y delicado. No era una zona que fuera digna del afecto recurrente de su novio, por lo cual tuvo una ligera sensación de extrañeza. Gojo se quedó presionando sus labios contra su piel por unos seis segundos. Olfateó su cabello, que por lo regular olía a flores.
—Se me da bien hacer la gran mayoría de las cosas. Si me esfuerzo un poco, nada es imposible —Gojo comenzó a hablar, tan natural como siempre. Utahime lo miró expectante por lo que fuera a decir—. Y, aun así, cuando podría hacer cualquier cosa que me propusiera, he terminado haciendo lo mismo toda mi vida. Podría decirse, que solo sirvo para ser hechicero.
Utahime iba a replicar, porque odiaba cuando Gojo hablaba de esa forma de sí mismo. Había tenido esa sensación nauseabunda cuando tocaron el tema en Tokio en su departamento. Sin embargo, Gojo volvió a acercarse y le dio un beso en la mejilla izquierda; tranquilo, sin prisa y con dulzura.
—Presumo hacer mi voluntad, cuando la realidad es que la mayor parte del tiempo siempre estoy haciendo lo que otros quieren —dijo, esta vez, ya con más seriedad—. Doy un pedazo de mi cada vez. En ocasiones por gusto, otras veces por obligación.
—Gojo…
Otro beso, ahora en la mejilla derecha. El mismo sentimiento de devoción hacia ella. Utahime cerró los ojos y se enfocó la sensación sobre su mejilla, en el calor de su respiración.
—Mente. Cuerpo. Alma. Todo he sacrificado sin miramientos. Queriendo crear algo… Un futuro para otros a quienes amo, pero no para mí.
—No tienes que hacer más sacrificios. Debes ser dueño de tu vida y no ponerla a disposición de nadie.
—Tienes razón. He hecho muchos sacrificios por otros a quienes ni siquiera les importa —chistó sonriente, burlándose de sí mismo. Su mirada azul iridiscente se perdió entre los delgados dedos de Utahime. Le sostuvo la mano derecha y dejó otro beso sobre las yemas de sus dedos, está vez, más lento, se tomó su tiempo presionando sus labios secos contra la piel fría de su mujer—. He dado literalmente todo de mí, apostando a crear un futuro mejor para otros. ¿Por qué no podría hacer algo por la mujer que amo?
—No. No —replicó en pánico. Había sido tan ciega como para no ver sus exigencias y la presión que ejercían en él—. Es precisamente eso, ya has hecho mucho por otros, no es justo para ti seguir dando más.
—Puedo hacerlo.
La sonrisa en su boca se extendió con gracia. No era que él estuviera resignado a aceptar las condiciones que le había puesto, no era una expresión que denotara un pesar sobre sus hombros o una carga obligada. Podía afirmar con seguridad que esa sonrisa era un gesto genuino de compresión y cariño.
La garganta de Utahime ardía como si hubiera pasado un vaso de aguardiente. Quemaba y se apelotonaba para cortar las cosas que quería decir. A duras penas pudo hablar sin que se le fuera la voz.
—Quiero seguir a tu lado. No importa si estamos lejos o solo seremos tú y yo al final del camino. Quiero estar contigo. Perdón por ser una egoísta.
Utahime le acarició la mejilla a Gojo y él se permitió acurrucarse en ella. Era un mimado que no sabía decir que no cuando le demostraba cariño.
—Me cuesta expresar de una manera en que puedas entender lo que significas para mí, pero eso no implica que lo que siento sea efímero —Gojo frotó su mejilla contra la palma de Utahime. La miró nuevamente, con una ternura que ni él mismo se conocía—. Todo lo contrario, siento muchas cosas cuando estamos juntos; cuando estoy sin ti, que no sé cómo expresarlas.
—Has ido mejorando —comentó con humor, acariciándole la oreja y el cabello con la punta de los dedos.
Gojo cerró los ojos y recompuso su postura frente a la pelinegra. Le tomó la mano izquierda, la sujetó como un caballero lo haría. Tomó aire muy profundo, pero sin verse agitado. Por sobre sus densas pestañas, su mirada vislumbró a la hermosa mujer que posaba frente a él. Sabía, sabía perfectamente que la amaba locamente.
Por último, el beso final de su apuesta fue dado sobre el dedo anular de su mano izquierda. Lo hizo consciente de lo que pensaría ella y de lo que él diría a continuación.
Todas las decisiones que tomaba en torno a Utahime, de una u otra manera, cambiaban el rumbo de su vida.
—Gojo… —susurró.
Satoru pegó su frente al dorso de la mano de Utahime. Pensando en la manera de decir lo que pasaba por su mente...
Su corazón estaba latiendo tan fuerte, como pocas veces en su vida.
—Trabajaré duro para poner en orden todo lo que tengo pendiente —dijo como primero, sin atreverse aún a dar la cara—. Al finalizar los dos años de los cuales hablamos antes, vendré a Kioto para quedarme contigo. No sé qué pasará en el futuro, pero si Gakuganji hace la propuesta y decides aceptarla: me quedaré, te lo prometo.
—Gojo, no tienes que…
—Y cuando esté aquí para quedarme… —la interrumpió, alzó la mirada y buscó el contacto con los ojos marrones de ella—, trabajaremos duro para hacer una familia numerosa.
—¿Qué? —replicó, anonadada. Debía haber escuchado mal.
—Sí quieres el equipo entero de béisbol, adelante.
—No hagas esto solo por mí —dijo con la aflicción de saber que él lo decía por presión—. Me haría más daño saber que…
—Está bien —respondió, apretando los hombros de Utahime—. Si eres tú, está bien. Quiero hacerlo.
—Lo lamento… —musitó con la voz quebrada y los ojos llorosos.
—¿El hacerme feliz? ¿Por qué?
—¿Serás feliz? Aun cuando es algo que no quieres.
—Dije que no estaba seguro — le corrigió, muy digno.
—No es algo de lo que después te puedas arrepentir —insistió. Estaba incrédula con lo que decía.
—Hime —le llamó la atención, empleando una voz menos gentil. Utahime guardó silencio, en parte, extrañada del mote—. Hime —repitió, esta vez más dulce.
—¿Por qué me llamas así?
Era lindo, que a estas alturas del partido se pusiera tímida por el simple hecho de cambiar la forma en la que se dirigía a ella. Itadori tenía razón, eran muchos años juntos como para no llamarla de una forma más afectuosa.
—Me haría increíblemente feliz poderte ver, en un futuro, llevando en tu vientre a nuestros hijos.
No podía más. Todas y cada una de sus emociones estallaron en su interior y se expresaron a través de gruesas cascadas que escapaban de sus ojos. Ni siquiera podía gesticular para hablar y decir algo.
Se entregó a los brazos del hombre al que amaba y este la recibió con gusto. Los fuertes brazos de Gojo la rodearon en un abrazo protector. Él también estaba intentando acomodar sus emociones y comprender la responsabilidad de sus palabras, mismas que eran cien por ciento honestas. Entendía que no era algo de lo que después pudiera arrepentirse y aunque tenía sus dudas de sí lo haría bien era mejor arriesgarse e intentarlo, que no hacerlo y jamás descubrirlo.
Una familia. No sonaba nada mal.
NOTAS
¡Yeih! Al fin Gojo dijo que sí!
Sentí mucho conflicto con este capítulo ya que mi visión era otra, sin embargo, el personaje de Gojo poco a poquito me iba diciendo ES HORA! y aunque yo hubiera retrasado esto para poder lograr lo que mi mente consideraba un momento perfecto, terminó en esta bonita declaración. Ya dije que no soy de escribir cosas muy melosas o cursis, pero era necesario para la ocasión.
En los primeros borradores de este momento incluían a Gojo escuchando la conversación, sin embargo, no quería que las palabras expresadas por Gojo después (su confesión) se viera como consecuencia a lo que escuchó entre Uta y Hijikata, sino mas bien fuera consecuencia de reflexionar sobre sus propios sentimientos y las palabras de Utahime ante el cuestionamiento de a donde iba a parar su relación.
Gracias por apoyar el fic. No olviden que su opinión siempre es bien recibida y tomada en cuenta. ¡Saludos!
