LA TORRE
Parte I: ¿Prisión?
La tortura comenzó a ser tan intensa en el calabozo de los Malfoys que en un punto ya no pudo soportarlo más. Greyback quería tomar el lugar de Bellatrix, decía que iba a dejarla demasiado estropeada. Los ojos se le cerraban, el dolor se adormecía. Ella sabía lo que eso significaba, y se esforzaba por mantenerse consciente, pero era difícil. Lo demás eran imágenes y sonidos difusos, el olor a humedad, el frío de la piedra, un goteo a la distancia, voces y risas... Luego el silencio repentino... El sopor... La voz profunda que irrumpió la discusión. El rostro de Snape observándola de cerca. Sus ganas de reaccionar, de hacer algo, pero no tenía varita ni fuerzas para sostener una. Quiso hacer algún hechizo no verbal pero no podía más que pensarlo. Sentía sed... y por algún motivo la mirada de Snape le pidió en silencio "cálmate, no digas nada". ¿Se lo dijo con la expresión o acaso realmente lo escuchó dentro de su mente? ¿Sería legeromancia? Luego un mareo, un viaje como dentro de un tornado, y otra vez la piedra, frío... pero sin humedad, el viento le rozó la cara y el rostro de Snape ahora se presentaba en sombras.
Y se durmió. O se desmayó. No lo supo bien. Al día siguiente la sed se le hizo insufrible y abrió un poco los ojos.
Había luz, y con ella despertó también el dolor que aturdía todo su cuerpo. Quiso levantarse pero apenas pudo sostenerse sobre los codos para alzar apenas el cuerpo. Vio el vaso de agua junto al colchón y la pila de mantas que era su cama improvisada sobre el suelo de madera. También había una bandeja cubierta y una jarra... Bebió sintiendo el dolor en su labio partido, pero el gusto a hierro pronto se licuó con el agua.
El dolor y el sueño la envolvieron apenas volvió a dejarse caer. Cuando pudo abrir los ojos de nuevo la luz del día se había ido, pero la luz anaranjada del fuego proyectaba las sombras de la estancia. Era una habitación pequeña, con paredes de piedra, una pequeña ventana angosta y alta que por su ángulo no podía ver qué había afuera más que un trozo de cielo negro. Se sirvió más agua de la jarra, y quitó la tapa que cubría la bandeja. Había carne, papas, pan... Estaban fríos, pero el hambre es poco exigente.
Se volvió a dejar caer en la cama... Sólo las ganas de ir al baño la levantaron al rato. Tanteó en la oscuridad y las luces agotadas de un fuego extinguiéndose le dejaron ver dos puertas. Una, más delgada y menos pesada la cual estaba entreabierta... y otra, pesada, de madera de roble y rendijas de hierro fundido.
—Bueno, un baño... —se consoló terminando de abrir la primera. Su voz sonaba ronca y ahogada. Era una letrina, pero estaba limpia y tenía todo lo necesario. Hasta una canilla para lavarse las manos. Lo usó y entre mareos se volvió a dejar caer en la cama. Y se volvió a dormir al instante, a pesar del dolor que a veces la despertaba.
Cuando volvió a despertar no había bandeja a su lado, sólo el vaso y la jarra llena como si no la hubiera usado nunca. Se incorporó apenas, apoyando la espalda contra la pared de piedra. Apenas amanecía, pero la estancia se veía un poco mejor, o al menos ella tenía más energía para inspeccionarla con la luz rosada del alba.
Un crujido la sacó de su ensimismamiento. La puerta pesada se abrió con lentitud y un crujido oxidado hacía imposible la entrada o salida en sigilo. Hermione sintió a su corazón golpear con fuerza, no sabía qué hacer, no tenía su varita y no sabía dónde estaba, apenas si podía moverse. Esperó conteniendo el aire, pero lo primero que asomó por la puerta fue la capa negra... el cabello igual... Era Snape, que no parecía tener ningún recaudo en intentar defenderse de un posible ataque que ella pudiera hacer. Ni siquiera la miró, sacó de un bolso negro encantado una nueva bandeja de comida que apoyó sobre una mesa de madera que estaba entre ella y la chimenea.
—¿Dónde estoy? —se animó a preguntar ella. Snape atizó el fuego y volvió a encenderlo, no se volteó a mirarla.
—Está a salvo.
No sabía si creerle. El tono seco y filoso de Snape era auténtico, el mismo que había usado tantas veces en las clases y el que al parecer también usaba en la Orden y con Voldemort. Sintió impotencia, pero ese era el hombre que al parecer procuraba su cuidado.
—¿Y los Malfoy, y Bellatrix...?
—Nadie sabe que está aquí. Está a salvo, como le dije. —y no soltó más palabra. Salió haciendo el mismo crujido de la puerta y ella pudo sentir el eco de sus pasos alejarse. ¿Cuánto tiempo había estado allí? No podía saberlo, ni podía hacer mucho más. No pudo consigo y volvió a dormirse... Cuando despertó nuevamente la luz de la habitación estaba más clara. Se puso de pie y apenas con un paso se dejó caer en la silla de madera frente a la mesa. Estaba la bandeja, apenas tibia. Y además un pequeño gotero con una etiqueta que indicaba "tres gotas después de las comidas: alivia el dolor".
Abrió la bandeja, estaba famélica. Había una ensalada con huevos, algo de cerdo... Parecía un típico almuerzo de Hogwarts. Comió aún con dolor en la mandíbula, y luego se tambaleó hasta la ventana. Se dio cuenta de que no podía flexionar la pierna derecha sin sentir un tremendo dolor y que apenas podía girar la cintura. El costado derecho dolía horrores... Y para colmo el camino a la ventana fue en vano: estaba más alta que su cabeza y ni de puntas de pie podía asomarse a ver el paisaje. Abrió la ventana apenas, la ventisca terminó de abrir abruptamente la ventana y agitó el fuego con fuerza. Volvió a cerrarlo con la punta de sus dedos, costándole un dolor aturdidor en las costillas. Volvió de un par de saltos a la mesa.
Vio el gotero. ¿Y si era mentira? ¿Y si era veritaserum? Abrió y olió el contenido. Olía a lavanda y a alcohol. "Al menos... así no huele el veritaserum" se dijo como consuelo, y aunque podría ser cualquier otro veneno, el dolor era tan intenso que no tuvo opción. Tres gotas bajo la lengua, luego un poco de agua.
El alivio fue progresivo, casi no se dio cuenta de él hasta que de pronto llegó a la cama sin haberle costado aquel dolor sordo del principio. Se dejó caer abrumada, sintiéndose débil e incapaz de hacer mucho más. Pensó en Harry y en Ron, pensó en el mundo mágico y en todo lo que no podía hacer desde aquella habitación... Y recordó a Bellatrix y a Greyback, y sintió alivio.
—¿Dónde están Harry y Ron? —preguntó hacia la noche cuando volvió a despertar. Snape estaba sentado frente a la chimenea mientras echaba ramas con cuidado. —¿Podría... responder? Sólo quiero saber si están vivos, profesor.
Era un mortífago y un traidor, y lo odiaba, pero no pudo evitar nombrarlo como "profesor". Quizá por costumbre, quizá porque era lo que aún prevalecía cuando lo veía. Y quizá fue eso lo que lo hizo cambiar de postura. Se volteó a verla y el contraste con la luz lo hizo verse como una silueta oscura.
—Están... vivos. —satisfizo él. —Huyeron.
La noticia la hizo sonreír. Quiso preguntarle por qué ella estaba allí, pero tuvo algo de temor por la respuesta y no quería presionar demasiado. Además, la felicidad momentánea la alivió de tal manera que su ansiedad por su propia suerte también disminuyó. Asintió, pero su sonrisa se encontró con la mirada fría de Snape. Después de todo era un doble agente, podría mentirle para hacerla quebrar, para que ella bajara sus defensas. Snape tomó aire profundamente como si pudiera leerle la mente y se giró para bufar ante el fuego.
Nadie dijo nada por un rato largo. Hermione se preguntaba por qué él estaba allí, por qué se quedaba... ¿Acaso esperaba a alguien más? ¿Iba a entregarla a Voldemort o a alguien? ¿Era una carnada futura para Harry y Ron?
—Si cena pronto, me ahorrará un viaje —dijo él de repente. Hermione arrugó el entrecejo. Salió de la cama con la dificultad de siempre y logró sentarse ante la mesa. Había pescado y puré de calabaza.
Quiso dar las gracias pero se contuvo. Era una situación extraña. ¿Era Snape el carcelero o el salvador? ¿O ambos, por el momento?
Él no dijo nada, seguía de espaldas ante el fuego. Hermione asintió dándose ánimos y comió todo lo que tenía enfrente, sin dejar ni siquiera una rebanada de pan.
—¿Usted... no usa elfos domésticos? —preguntó de la nada, pareciéndole una premisa neutral para esquivar por el momento sus preocupaciones más profundas. Por un escalofriante momento pensó que Snape no tendría problemas en afirmarle si es que era una carnada, si la mantenía para usarla luego. No quiso preguntar.
El hombre se irguió. Pareció salir de algún trance lejano y se dio la vuelta girando la silla consigo.
—¿Elfos aquí? No es... seguro. —remarcó con su acostumbrada cadencia. Hermione lo miró intentando encontrar algún resquicio de verdad o mentira, pero sólo pudo ver el filoso rostro más pálido y seco que de costumbre. Los ojos de Snape estaban cansados. Por un momento, ser mortífago le pareció un oficio exigente.
Snape no dijo mucho más. Tomó el plato y los utensilios y se llevó la bandeja consigo empequeñeciéndola dentro del bolso. Hermione lo vio salir sin decir nada y se quedó mirando el hipnótico fuego, dejando que el calor entibiara su rostro hasta que el sueño la empujó nuevamente a la cama.
Escuchaba la risa de Bellatrix, el dolor del crucio paralizándola como un calambre doloroso extendido por todo su cuerpo. Quiso pedir ayuda, pero ni siquiera podía gritar, sólo salía un aullido de mujer herida compitiendo con las carcajadas gozosas de Bellatrix. Un sonido más se sumó a la escena, era un rechino fuerte y largo que la obligó a levantar la cabeza y abrir los ojos... Despertó.
Era la puerta. De pronto recordó que estaba en aquella habitación y que Snape de vez en cuando era el que empujaba aquella puerta. Cuando entró vio que de aquel bolso sacó la bandeja, pero también extrajo una docena de pesados leños que fue acomodando con soltura a un lado de la chimenea. Hermione lo vio hacer mientras sus palpitaciones se aquietaban.
La luz pálida del mundo exterior indicaba una mañana nubosa.
—Profesor... —murmuró tras restregarse los ojos e intentar acomodarse el cabello ya grasoso por los días sin un baño. Snape apenas se dio la vuelta después de acomodar el último leño.— ¿Cuántos días llevo aquí?
—Cuatro noches —dijo él sin más. Hermione no recordaba con claridad y no tuvo más opción que confiar en las palabras del meticuloso Severus Snape. Del bolso que antes tenía la leña siguió sacando cosas. Era ropa, y la acomodó sobre la mesa junto a la bandeja, añadió una toalla. Hermione se sonrió.
—¿Es una indirecta para que me bañe? —Snape no sonrió al chiste, sus ojos negros la miraron apenas evaluándola de un vistazo.
—No hay agua caliente— dijo sin más.
—¿Es que... —Hermione dudó, pero cada gesto abría más interrogantes en su cabeza— acaso ya tengo que irme? ¿Va a entregarme?
Por alguna extraña razón le pareció lógico que Snape prefiriese entregarla aseada al señor Tenebroso. Esta vez, el temor que percibió en el tono de ella sí lo hizo sonreír.
—No está en condiciones de dejar la torre, ¿no le parece? —dijo él sin más. Cerró la puerta y sus pasos fueron extinguiéndose.
¡Una torre! Al menos tenía una pista. Hermione caminó todavía arrastrando su pierna derecha. Vio la ropa, vio la pieza de jabón y la esponja. Eso la hizo sonreír. Incluso un peine de dientes gruesos. Lanzó una carcajada al aire.
—Es más detallista de lo que parece... —musitó mientras agregaba agua a la tetera para llevarla al fuego.
El baño fue tortuoso. El frío del aire en aquella habitación con letrina y desagüe no llegaba a calentarse con la chimenea. El agua que había calentado era una caricia rápida que luego era suplida por el frío exterior. Para colmo, algunas heridas aún estaban bastante abiertas y ardían al contacto. Entendió el ungüento que Snape había dejado en la bandeja y aquel detalle la hizo sonrojar. Se sentía débil, adolorida e impotente por tener que aceptar esos gestos de cuidado del mortífago.
Se secó con pequeños toques, el dolor no le permitía más.
Se preguntó cuándo podría estar en condiciones de salir de allí y sumarse a Harry y Ron. Se preguntó si ellos estaban bien o si estaban preocupados por ella.
Y no tuvo espejos para mirarse la ropa, pero agradeció que Snape trajese pantalones y camisetas sueltas, que le quedaran bien pero que no le ajustaran. ¿De dónde habría sacado esa ropa? Hermione se puso unos pantalones deportivos holgados y cálidos, además de una camiseta de lana con cuello de tortuga sobre la camiseta suave de algodón. Tenía unas medias cualquieras, blancas.
Por otro lado, su ropa sudada y raída estaba hecha un bollo al lado de la cama, sintió la tentación de echarla directamente a la chimenea, pero prefirió hundirla en el balde de latón que había en el baño. Ya después se encargaría.
Luego desayunó. No tenía idea de qué hora era, sólo saboreó aquel extraño gusto familiar de los pastelitos de batata y anís que se servían a veces en el gran comedor.
El resto de la tarde no pudo volver a dormirse. El sueño extra le hacía doler la cabeza y aun las tres gotas de poción no podían contra la sensación de pesadumbre del exceso de sueño. Hermione se sentía más clara mentalmente, pero su cuerpo aún estaba bastante rezagado y cada movimiento le costaba una gloria. Terminó cayendo de la cama a la silla, y de allí a la silla de Snape frente a la chimenea. Pensaba en la tortura, en el dolor que había quedado aún en su cuerpo, en lo vívido de sus pesadillas. En Snape matando a Dumbledore en el relato de Harry. En Harry y Ron solos en el bosque, huyendo de los mortífagos. Se sintió miserable y a la vez afortunada. Pensó en Greyback, en sus padres desmemoriados, en Voldemort... Se preguntó qué pasaría con todo aquello y la angustia al fin pudo salir en un sollozo que se trasformó en llanto muy lentamente, permitiéndole desahogarse de la amargura y la injusticia que sentía por todo lo que estaba viviendo.
Logró tranquilizarse apenas cuando el sol bajaba, y aguzando el oído pudo sentir el eco de unos pasos subir lentamente. Miró la puerta con expectación mientras agregaba el penúltimo de los leños a la chimenea. Ya no sentía miedo con aquel chirrido de la puerta, pero algo la hacía erguirse. Snape entraba nuevamente y extraía la bandeja de su bolso. Hermione se puso de pie como pudo y amagó con ayudarlo, pero él fue más rápido y la depositó en la mesa.
La miró un momento de lado viéndola caminar con la pierna derecha recta y el tronco del cuerpo rígido. Hermione se sintió tensa, era la primera vez que Snape podía verificar a simple vista su lamentable estado. Pero él no dijo nada, sólo dejó salir aire por su nariz con aspereza, como un suspiro cansado. Lo vio sentarse de nuevo, en su silla, mientras ella daba toda la vuelta para ocupar la propia.
—¿Dumbledore... sabía de esta torre? —Snape se giró para enfrentarse con su mirada, la examinaba. Enarcó una ceja y el gesto la hizo sonreír mientras tomaba otro bocado de pollo— Digo, estamos en Hogwarts. No puede aparecerse aquí, trae comida y cosas del colegio... Puede actuar como el director y... venir aquí.— dijo de pronto, evitando decir "cuidarme". Los ojos de Snape bajaron a la mesa como si evaluara qué responder.
—Tan inquisitiva como siempre, Granger. —dejó salir con un dejo de desprecio, sus ojos oscuros volvieron a ella.— Su mente sana más rápido que su cuerpo... por lo visto.
El tono despectivo hizo subir la temperatura del rostro de Hermione. Sí, Snape metía el dedo en la llaga dejándole ver lo maltrecha que la había notado. Ella tragó su porción de comida volviendo a concentrarse en el plato.
—¿Por qué me tiene aquí?
La pregunta pareció tomarlo por sorpresa, porque se reclinó hacia atrás en la silla como tomando impulso para pensar otro momento. Un chisporroteo en la chimenea fue el único sonido audible por unos segundos.
—Usted no está retenida aquí. —dijo sin más. Hermione frunció el ceño mientras lo miraba, pero Snape volvía a darle la espalda, más concentrado en el fuego que en ella. Parecía buscar algo en el bolsillo de su túnica... Y sacó un libro grueso, forrado de cuero y de al menos mil páginas. Se giró para dejarlo sobre la mesa. —¿Sabe qué lacera más la mente de un prisionero en Azkaban?
—Los dementores —dijo ella sin pensarlo un instante. Snape chasqueó la lengua con desaprobación y su espalda se encorvó mientras se inclinaba hacia el fuego.
—No. Los dementores ayudan al clima de desasosiego, pero lo que realmente los quiebra son... las infinitas horas sin ninguna actividad. Como usted. —otro chisporroteo cubrió la pausa selectiva del profesor— Una mente ociosa piensa... cosas que no debería.
Hermione extendió su mano hacia el libro. Era el quinto volumen de "Historia de duelos memorables".
—¿El libro... es para mí? —Hermione pensó que su voz se escuchó un poco rara al hacer la pregunta, demasiado incrédula.
—La ayudará… a tener la mente ocupada.
Snape no dijo más esa noche. Esperó a que ella terminara y se llevó las cosas como cada noche. Hermione no quiso presionar más y otra vez se mordió la lengua para no soltar un "gracias" cuando lo vio salir por la puerta.
El último sonido de sus pasos evaporándose fue como el fin de una alarma, y se destensó. Abrió el libro y buscó en el índice. Ella nunca había leído algo tan específico al respecto de los duelos. Se acercó a la chimenea para que el fuego la ayudara a iluminar las páginas...
Al levantar la vista, se dio cuenta de que pudo fugarse de la torre... al menos de forma inconsciente. Leer allí frente al fuego se sintió como estar en la sala común, con Ron y Harry a su lado diciendo tonterías mientras ella lograba sumergirse en la lectura. El recuerdo la hizo sonreír con ternura antes de volver a la lectura:
"...y así, el duelo entre Flavius Belby y Tybalt Stretton, ocurrido en los pantanos de Norfolk, se convirtió en uno de los más legendarios del siglo XVII, no tanto por su resultado —ambos duelistas sobrevivieron—, sino por el uso inédito del encantamiento Caligo Mentis, que provocó alucinaciones durante horas en los espectadores."
Hermione frunció el ceño, intrigada. Ese hechizo no estaba en el currículo de Hogwarts, ni siquiera en Defensa Avanzada. De pronto sintió la chispa del interés genuino —uno que no nacía del deber, sino de la fascinación pura por lo desconocido. Hacía mucho que no sentía eso.
Buscó la nota que surgía de "Caligo Mentis" en el anexo al final del libro: se explicaba al detalle cómo llevar adelante el hechizo. Cerró el libro sintiendo el corazón palpitarle con emoción. Admiró por un segundo el cuero de la encuadernación. Estaba ligeramente gastado, como si hubiera sido manipulado durante años por dedos cuidadosos. No podía evitar preguntarse si ese libro lo había leído Snape. Si lo había usado de joven. Si se lo había dado para algo más que entretenimiento: para que le fuese útil muy pronto.
Levantó la vista de nuevo, y el silencio de la torre le pareció un poco menos denso. Casi amable.
Por la mañana, Snape pareció sorprenderse cuando la vio levantada, leyendo sobre la mesa con la tenue luz del amanecer.
—Buenos días— dijo ella de forma automática, saliendo de pronto de su lectura como si acabara de aterrizar en la torre.— Es que... es muy buen libro. —dijo sin más. Lo vio sonreír apenas mientras bajaba los ojos y le pareció casi inexplicable por primera vez verlo traerle el desayuno. Esta vez sí fue a ayudarlo y pudo interceptarle la bandeja antes de que la apoyara en la mesa. Eso le dio un breve alivio, se sentía un poco menos inútil. —¿Usted ya lo había leído? ¿Leyó el duelo entre sir Francis V y...?
—Hace tiempo —soltó de pronto dejándose caer en la silla, otra vez extrayendo uno a uno los leños del día. Hermione pensó en Snape metiendo esos leños de algún dispensario de Hogwarts, ¿en qué torre estaban?
—¿Este lugar... era suyo, cierto? —Snape volvió a crisparse, pero apenas se giró para verla con frialdad.— Es que... lo revisé, las estanterías tienen las marcas como si... hubiese habido frascos de pociones y... además... en el fuego, hay utensilios que...
—Era un buen refugio privado. — dijo sin más, cortándole la charla. Hermione se irguió satisfecha en su silla, como si hubiera acabado de conseguir cinco puntos para Gryffindor, pero al buscar el reflejo de la expresión de Snape no pudo ver más que un aura cansada, casi al borde de su límite. Por un segundo incluso se preocupó por él, pero luchó con ese sentimiento al recordarse lo que Snape había hecho, lo que aún hacía.
—Lamento... haberle quitado su espacio— dijo ella, los ojos negros volvieron a mirarla y lo vio asentir sin mayores ceremonias. Hermione descubrió su desayuno, los huevos revueltos, las legumbres cocidas, todo estaba como siempre. Lo vio, Snape ya se iba pero verlo de espaldas la hizo notar el ruedo de su capa algo raído y volvió a sentir que algo en su estómago se apretaba. —¿No quiere desayunar aquí?
Preguntó sin pensarlo, Snape apenas carcajeó para sus adentros como para decirle que había sido una idea muy ridícula, incluso para ella. Hermione no insistió y escuchó la puerta cerrarse. Entonces se concentró en los guisantes y en el siguiente duelo que mostraba el libro.
Pasó toda la mañana leyendo y sintió la vista algo cansada, pero sabía que por la noche lamentaría no haber avanzado un poco más, ya que su otra opción era quedar a solas con sus pensamientos (y no eran muy encantadores). Aprovechó la pausa lectora para ponerse el ungüento en las heridas. No entendía por qué la de su costado aún no cicatrizaba. Parecía seguir en carne viva, supurando de una manera dolorosa... ¿y si le decía a Snape? Lo pensó bastante, pero negó con la cabeza mientras continuaba con las demás heridas. Pensó en su rodilla... y pensó en su varita. ¡Cuántas cosas podría hacer ahora si tuviese una varita! Luego de fantasear con mil escapes posibles, volvió a pensar un poco en Snape. Se imaginó que aquel lugar estaba protegido contra mil maleficios. Se sintió segura. Pero luego pensó en la antigüedad medieval de la torre y pensó en el tiempo que llevaba Snape ocupándola... y en por qué elegía aquel lugar. ¿Dónde estaría? ¿Él también había dormido en aquella cama? ¿Y ahora en dónde podía tener sus momentos de sosiego? ¿Necesita sosiego un mortífago o su alma ya está tan corrupta que no precisa calma? Pensó en el rostro y la expresión de Snape, en su capa un poco raída cuando siempre conservó su túnica de profesor de manera impecable.
¿Y si Dumbledore tenía razón? ¿Y si había que confiar en Snape? Él la estaba cuidando, después de todo. No la había delatado. ¿Pero, y si... la guardaba para después?
Sacudió la cabeza. Precisamente para no pensar en esas cosas Snape le había traído el libro.
Continuó por donde lo había dejado:
"El famoso duelo entre Cirius Eldritch y Elira Hawthorne ocurrió en el otoño de 1623, en los jardines privados de la antigua mansión de los Eldritch, situada en las colinas de Yorkshire..."
Solo el sonido de su estómago la despertó mucho después de la lectura. Volvió a la torre, a su almuerzo ligeramente tibio. Volvió a pensar en Snape, en él ocupándose de traer todo cada día. Quizá no lo hacía solo por ella, sino por tener alguna excusa para salir de Hogwarts y de su nuevo rol como director. Hermione se recordó a sí misma despotricando contra Snape cuando leyó la noticia de su nombramiento en El Profeta.
Se rió para sus adentros, porque reír a carcajadas en una torre desierta le pareció digna de locos.
Se despertó a medianoche. Apenas quedaban brasas. Miró a su alrededor: no había pistas de una visita nocturna.
Hermione frunció el ceño, era la primera noche que Snape no regresaba. No había traído la cena y no se había hecho presente. Afuera, una tormenta rugía con relámpagos y un aguacero que la hacían parecer que estaba dentro de una catarata. Empezó a gotear en un rincón de la estancia. Hermione se puso de pie, sacó el balde de latón del baño y lo puso debajo de la gotera.
Suspiró, hambrienta y desorientada.
Y aguzó el oído, reprendiéndose porque el corazón le latió de pronto con más fuerza. Sintió los pasos subiendo los últimos escalones y echó el último leño del día para avivar el fuego.
El sonido de la puerta abriéndose fue casi engullido por el rugido de un trueno. Hermione no se movió, solo lo observó entrar.
Snape cerró la puerta con torpeza, empapado hasta los huesos. La capa chorreaba al igual que su cabello, y sus hombros siempre tan rectos ahora parecían vencidos por un peso invisible. No la miró. Dejó algo sobre la mesa, un paquete envuelto en tela que agrandó en su forma original de bandeja con un movimiento de su varita. Luego se sentó pesadamente en el banco más cercano al fuego. A sus pies comenzó a formarse un charco de agua.
Hermione no dijo nada, solo lo observó de reojo mientras iba al baño con su paso dificultoso que la hacían sentirse un troll.
Al instante volvió al recinto con algo de precaución. Lo vio estirando las manos hacia el fuego. Le temblaban de una manera casi imperceptible, ¿o era el efecto de las luces del fuego? El calor iluminaba sus facciones con una oscilación tenue. Tenía la piel apagada, la boca apretada.
—Creí que no vendría —dijo ella en voz baja, más para sí misma que para él.
Snape no respondió de inmediato.
—No deberías suponer nada —murmuró al fin. Su voz sonaba áspera y lejana.
Hermione se acercó, con la toalla que él mismo le había dado días atrás. Se la tendió sin tocarlo. Snape apenas la miró con algo de confusión. No la tomó, pero tampoco la rechazó.
—¿Está bien? —preguntó ella con suavidad—. Puedo calentar agua si quiere té.
Snape tomó la toalla y eso pareció un asentimiento general.
Mientras ella se ocupaba del fuego y la tetera, él permaneció allí, inmóvil, respirando como si le costara recordar cómo hacerlo sin esfuerzo. No hablaron. El sonido del agua comenzando a hervir y la lluvia golpeando las piedras eran lo único entre ellos.
Hermione se dedicó a su bandeja, espiando de vez en cuando a ese Snape maltrecho frente al fuego. No quiso preguntar. Por un momento incluso se atrevió a pensar que quizá él no hubiese estado todo el día en Hogwarts, quizá debió reunirse con los mortífagos... quizá incluso luchó. Sintió a su corazón apretujarse al imaginar que quizá podría haber lastimado (o matado) a alguno de sus seres queridos... y ahora estaba allí, tomando el té que ella misma le había preparado.
Se quitó la idea de la cabeza buscando el libro que Snape le había dado... y recordó por un instante el nuevo "obsequio" que esa noche él había traído con la comida: velas. Hermione se asomó con algo de precaución al fuego para encender la mecha, el hombre dio un respingo como si hubiera estado tan ensimismado que su presencia lo había tomado por sorpresa.
Ella se disculpó con la mirada y encontró la severidad de él cayendo con reproche desde su sitio. Con la vela ya encendida volvió a su lugar.
Snape, el puro Snape, sin necesidad de ser mortífago ni asesino, seguía siendo alguien que le daba escalofríos.
La lluvia empezó a amainar un poco y ella ya había terminado su cena y aquel párrafo. Pero al levantar la vista corroboró que Snape seguía allí, con la espalda encorvaba y aquel gesto de derrota que pensó que quizá nadie más había visto antes. El corazón volvió a estrujarse. Volvió de su lectura a él, y de él a la hoja hasta que terminó por decidirse, aclaró la voz y se valió de los últimos minutos de la vela para seguir leyendo, pero esta vez en voz alta:
«En el invierno de 1432 tuvo lugar el llamado duelo del estanque helado, una contienda menor en el marco de las guerras del Ducado de Lerden. Sin embargo, aquel duelo sería recordado no por su resultado militar, sino por lo que los cronistas llamaron la interrupción de la bruja.
El mago Alaric de Veyl, famoso por su disciplina férrea y su desdén por los sentimentalismos, había retado a duelo a tres conjuradores acusados de traición. Aquel día, sin embargo, su varita falló. Algunos dicen que era el frío; otros, que los traidores habían invocado una maldición sobre su magia.
Fue entonces cuando una figura descendió la ladera: Aelis, curandera de la región y antigua discípula de Alaric. No tenía formación en combate. No era parte del duelo pero tampoco pidió permiso. Solo alzó la voz y conjuró un encantamiento antiguo, no letal, pero protector, que desvió el impacto del hechizo que habría terminado con Alaric.
Se cuenta que él no la miró, que recogió su varita del hielo y continuó el duelo como si nada. Ganó. Por supuesto que ganó. Pero en el informe que envió al Consejo, anotó al pie de página: "Mi vida fue salvada por una intervención no autorizada. Inadmisible. Y, sin embargo, irrevocable".
Nadie los volvió a ver juntos. Aelis desapareció de los registros, aunque hay quien dice que vivió en la costa, sola, donde la sal no deja que cicatricen del todo las heridas viejas.»
El chisporroteo del último leño resonó en el silencio. La lluvia ya había terminado afuera. Hermione alzó los ojos. Snape apenas se había erguido en su posición cuando ella comenzó a leer, pero luego no hizo ni dijo nada. Ella no sabía si la había escuchado, si quería que se callara o si le había gustado.
—Interesante relato... —comentó ella mientras cerraba el libro, algo incómoda por lo que acababa de hacer. Snape se puso de pie, su cabello ya no goteaba y había comenzado a secarse al frente. Fue a colocarse la capa mientras con un movimiento de varita volvía a guardar la bandeja.
—¿Cuánto le falta para terminar ese libro?
—Sólo me quedan cinco duelos...
—Mañana le traeré otro. —dijo sin más, cerrando la puerta con más delicadeza que cuando había entrado.
Hermione se removió esa mañana en la cama. Había tenido otra pesadilla y seguía sintiendo una tortura que le doblaba la espalda. Intentó reincorporarse, y sintió humedad en el costado herido... Vio que la camiseta estaba mojada... ensangrentada... Hermione la alzó y vio con dolor que la herida se había abierto aún peor. Se quitó la camiseta y la usó para intentar limpiarse cuando sintió los pasos subir la escalera. Sólo pudo atinar a cubrirse a medias con un sweater.
Snape entró sigiloso, sin mirarla. Dejó la bandeja y amagó con irse, pero ella cerró los ojos con rabia al hablar:
—Profesor... —dijo, rendida. Él respondió dándose la vuelta con parsimonia, la observó esperando— Necesito ayuda. —dijo sin más, alzando el sweater por un lado para mostrarle la herida. Vio el rostro de Snape inmutable, inspeccionándola, pero un leve gesto con sus cejas, muy leve y muy rápido, le hizo temer que aquella herida no era tan inocente como pensaba.
Él no dijo nada, se fue.
Hermione se quedó pensando un instante, se debatió entre maldecirlo o caer en la incredulidad. Tuvo que ponerse de pie, tomar el ungüento viejo, las gotas para el dolor... y aún lo maldecía mentalmente cuando el chirrido de la puerta volvió a anunciar su regreso. Apoyó sobre la mesa una poción y pidió ver de nuevo la herida.
—¿Esa poción es para aliviar la herida?
—No... —dijo Snape secamente mientras arrugaba el ceño, inspeccionándola más de cerca. Sacó de su bolsillo una especie de gasa que untó con otro ungüento que él traía.— Es para que soporte el dolor que va a sentir ahora.— los ojos de Hermione se abrieron espantados, tanto por las palabras como por la frialdad que había empleado en su tono. Buscó sus ojos, pero Snape seguía concentrado en su tarea sin tener intención de explicarse más. —Tómelo todo, y le sugiero que ahora— le dijo finalmente alzando sus ojos negros.
La muchacha asintió. Hizo fondo blanco, aunque la poción supiera a azufre. Snape la observó esperando el momento, ella asintió mientras mantenía con sus manos alzado el sweater para que él pudiese colocar la gasa sobre la herida. Sintió un dolor profundo al contacto, y cerró los ojos, apretó la mandíbula y quiso no quejarse, pero no pudo evitar el quejido que llenó la habitación. El dolor se ramificó de forma ardiente por todo su torso, como si se extendiera por las venas. Jadeó un poco mientras sentía el vendaje adherirse a su piel. Volvió a abrir los ojos: Snape seguía con aquella frialdad quirúrgica y ella no pudo explicarse el rubor que subió por su rostro al ver las manos del pocionista acomodando las gasas.
"¡Qué incómodo!" pensaba torturándose, pero cuando el dolor cesó y pudo volver a bajar el sweater el calor de su rostro también desapareció. Aliviada dejó salir el aire. Snape dio un paso hacia atrás con su aura habitual.
Ella no pudo evitarlo aquella vez:
—Gracias... —dejó escapar sin más, pero no tuvo respuesta. El chirrido de la puerta y los pasos volvieron a marcar el inicio de su mañana solitaria en la torre y sólo contaba con cinco duelos para dosificar en todo el día como único remedio para evitar caer en una espiral de pensamientos tortuosos.
Terminó el quinto duelo a eso del mediodía, así que solo pudo estirar la hora de almuerzo lo más que pudo para que el día no se le hiciera infinitamente largo hasta la llegada de Snape. Se acordó de su herida, la revisó. Dolía, sí, pero la venda estaba seca por fuera y eso era una buena señal.
Decidió cambiar las sábanas de su cama. No tenía nuevas, así que retomó su idea por otra: rehacer su cama. Quitó y extendió los cobertores sobre las sillas y sacudió las sábanas... y en ese sacudón sintió algo volar por los aires y chocar por el suelo. Parecía un trozo de madera... una rama... la buscó con la mirada, y vio que había rodado hasta abajo de la mesa.
—¡Mi varita! —exclamó con total incredulidad mientras la tomaba en son de victoria. ¡Todo este tiempo había tenido la varita con ella! —¡Alohomora! —exclamó apuntando a la ventana, pero esta apenas se agitó. Hermione supuso por qué.— ¡Lumus!— pidió, pero apenas un parpadeo débil como de luciérnaga centelló un instante en la punta de su varita.
"Aún necesito recuperarme..." se dijo, sintiéndose doblemente débil. Sin embargo, un razonamiento la hizo fruncir el ceño con intriga, porque el mortífago la había dejado con su varita todos estos días sin temer. ¡Tan confiado estaba Snape de que ella no era rival para él que no se molestó ni en ocultarle la varita!
Tomó asiento sobre la mesa, ya que las sillas estaban tomadas por sus frazadas. Las frazadas que Snape le había traído. En la torre en la que Snape la cuidaba... ¡No! ¡En la que Snape la tenía prisionera! Pensó luego, y caminó con decisión a la puerta.
Apuntó. "¡Alohomora!" dijo con toda autoridad, pero ni siquiera hubo una vibración. Hermione arrugó el ceño de nuevo, apoyándose contra la puerta mientras inspeccionaba su varita... pero sintió algo. Miró la madera y los cerrajes. Tiró del picaporte.
¡La puerta estaba abierta!
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N/A: ¡HOLAAAA! Viví momentos de angustia intentando subir este fanfic hace tiempo, no funcionaba la plataforma. ¡Pero volví a probar y sí se pudo! Creo que todo el mundo se ha mudado a AO3, el cual no me acepta aún. Bueno, qué decirles... Me llegó la inspiración una década después. La historia se tejió solita, siempre había hecho historias de postguerra porque no está el complejo universo (y porque ella es más grande), pero haciendo los cálculos me di cuenta de que Hermione tiene 18 años ese último año en la guerra, así que me pareció bien.
(me pregunto si alguien entra aquí o estoy escribiendo a la nada como una loca)
Pareciera una película u obra teatral de bajo presupuesto: sólo dos actores y un único escenario: la torre.
Los próximos dos capítulos ya están hechos... veremos si la historia es disfrutable y los iré colgando estos días si FFNET me acompaña. ¿Cómo andan tanto tiempo?
