El silencio en su finca no se parecía en nada al del mundo mágico.
Aquí, entre viñedos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, solo se oían los pasos lentos de su perro sobre la tierra, el susurro del viento entre las hojas, y el tintinear del cristal cada vez que descorchaba una botella al atardecer.
Draco Malfoy —aunque hacía años que ya no usaba ese nombre— no creía en la redención. Solo en la distancia.
Había cambiado su varita por herramientas de poda, las discusiones sobre linajes por caminatas entre hileras de uvas Shiraz y Cabernet. El mar también ayudaba. Surfear lo hacía sentir torpe, expuesto... humano. Vivo.
Y sin embargo, esa noche, estaba ahí.
Frente a su celular. El mismo que olvidaba por días en cualquier rincón de la casa.
Curioseando.
Deslizándose.
Haciendo algo tan simple —tan muggle— como usar una app de citas.
No esperaba encontrar a nadie. Ni lo deseaba. Todos los perfiles le parecían variaciones de lo mismo: sonrisas ensayadas, frases vacías, demasiados filtros.
Hasta que la vio a ella.
Hermione Granger.
No con ese nombre, claro. El perfil decía "Jane G.", pero él lo supo al instante.
El cabello salvaje seguía ahí, un poco más corto, más domesticado, pero igual de indomable. Su expresión era distinta. Ya no tan rígida. Había dulzura en sus ojos... y cansancio. Como si la vida la hubiese empujado a pelear batallas que nadie más vio.
Y luego estaba el escote.
No pudo evitar sonreír. Recordó a la pelirroja de los Weasley diciendo, una vez, que Granger tenía un escote espectacular "que no se notaba por culpa de esos suéteres inmundos de Hogwarts".
Él lo sabía bien.
Y ahora, definitivamente, se notaba. Más de lo que recordaba.
La observó un largo rato. Sabía que debía ignorarla. Que no tenía derecho a acercarse. Que lo mejor que había hecho por ella había sido desaparecer.
Pero algo en su pecho —algo viejo, obstinado— se resistió.
Habían pasado más de diez años desde la guerra.
Y más de una década huyendo de ese rostro.
Apoyó el celular sobre la mesa de madera rústica. Se sirvió más vino. Lo olió. Lo probó. Cerró los ojos.
Y cuando volvió a tomar el teléfono, su dedo, sin permiso, deslizó hacia la derecha.
Swipe right.
Un parpadeo.
Una vibración.
It's a match.
Skorpius, como ahora se hacía llamar, se quedó inmóvil, el vaso en los labios. Su perro gimió a su lado, como si presintiera el cambio.
Y en voz baja, Draco murmuró para sí:
—Maldita sea, Granger.
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