Después de la guerra, Ginny Weasley no perdió el tiempo.
Su amor por el Quidditch se convirtió en una carrera profesional, y cuando recibió una oferta de uno de los equipos más importantes del hemisferio sur, no lo pensó dos veces. Sídney se convirtió en su nuevo hogar. El calor, la costa, el ritmo competitivo… todo eso la ayudó a sanar heridas invisibles.
Poco después, Harry Potter la siguió. Londres lo asfixiaba. La fama, las expectativas, el peso de ser "el Elegido"… quería dejarlo atrás. Así que cruzó el océano con su varita, una mochila y la idea de volver a ser solo Harry.
En Sídney, montó una pequeña tienda mágica, camuflada entre la realidad muggle. Está escondida dentro del zoológico de Taronga, detrás de una pared pintada con koalas sonrientes. Solo se abre con una palabra clave: gumtree. Allí vende objetos mágicos cotidianos: calderos portátiles, plumas encantadas, libros de defensa para principiantes, y mapas del cielo del sur que se movían lentamente, como si respiraran.
Sídney es distinta. La magia se mezcla con la vida común sin demasiados sobresaltos. Harry encontró paz. A veces ayuda en los entrenamientos de Ginny; otras, sobrevuela la costa con su escoba al atardecer.
No tienen hijos, aún. Por elección. Prefieren los viajes, las tardes sin planes, las cenas que terminan en carcajadas. Ginny sigue siendo valiente, intensa, con esa honestidad feroz. Harry ha aprendido a bajar la guardia y a disfrutar lo simple.
Viven con las cicatrices, sí, pero no viven en ellas.
Aunque hay un tema que aún pesa: Ron.
Desde que Ron desapareció con Astoria Greengrass, nadie ha sabido mucho más. Se esfumaron. Ni rastro. Fue una herida abierta en los Weasley, una que Ginny aún no nombra, pero a veces sueña.
Hermione tampoco habla mucho del tema.
Domingo por la tarde.
La tienda de Harry cerraba temprano. Como cada semana, Ginny pasó a buscarlo con su escoba en una mano y un batido de mango y maracuyá en la otra.
—Tu pedido, señor Potter —saludó, entrando con una reverencia burlona.
Harry sonrió desde el mostrador, atrapado entre libros encantados que se resistían a quedarse quietos.
—Eres la mejor proveedora de batidos mágicos del hemisferio sur.
—Y aún así, no me pagas.
—Te pago con amor y cenas.
La besó. Y salieron caminando hasta el pequeño departamento que compartían cerca de la costa. El aire olía a mar y la ciudad brillaba con una luz cálida de atardecer.
Mientras Ginny se quitaba los zapatos y Harry ponía agua a hervir, ella rompió el silencio:
—Hermione hizo match con alguien.
—¿En una app? —preguntó Harry, curioso.
—Ajá. Y no lo dice directamente, pero... algo no cuadra. La conozco. Sé cuándo está pensando más de lo que dice.
—¿Te mostró la foto?
—Sí. No parece mago. Nada sospechoso. Pero había algo en los ojos... y en la forma en que ella lo miraba. Como si doliera. Como si lo reconociera, pero no quisiera hacerlo.
Harry dejó de moverse. El vapor del agua subía lento.
—¿Quién crees que sea?
—No lo sé. Pero dijo que era "peor que un ex".
—¿Peor cómo?
Ginny tomó un sorbo antes de responder.
—Dijo que era alguien peor. ¿Quién encaja en esa categoría, Harry?
Harry bajó la mirada.
—¿Crees que sea él?
Silencio. Lento. Ineludible.
—No lo sé —dijo Ginny al fin—. Pero si lo es, y está aquí... todo va a cambiar.
Harry asintió. Sujetaba la taza como si buscara respuestas en el calor.
Miró por la ventana, hacia el cielo despejado de Sídney.
—A veces creo que las historias no se terminan. Solo se ponen en pausa.
Ginny sonrió, apenas.
—O se esconden detrás de perfiles falsos en apps de citas.
Rieron. Pero no por mucho tiempo.
Algo, allá afuera, estaba regresando.
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