El sol ya se había ocultado cuando Draco —ahora Skorpius— se instaló en la terraza de su finca. Una copa de vino tinto en la mano. Albus, su perro, dormía a sus pies. Las cigarras cantaban su canción vespertina, acompañando el silencio que tanto valoraba. El campo le daba lo que ninguna otra parte del mundo podía ofrecerle: anonimato, espacio, tregua.

Revisaba su celular con la lentitud de quien aún no terminaba de aceptar el mundo moderno. La app había sido idea de Theo. "No todo en esta vida tiene que ser penitencia, hermano", le había dicho entre copas, con esa media sonrisa desafiante.

Se había olvidado del match.

Jean G.
Foto borrosa. Nombre incompleto.
Pero esos ojos...
Había algo que lo inquietaba. Algo que reconocía y al mismo tiempo no quería admitir.

El celular vibró.

Una sola palabra.

Hola.

Draco se quedó inmóvil.

El mundo pareció detenerse.

La copa tembló en su mano. Albus levantó la cabeza, notando la tensión en su dueño.

Hola.
Tan simple.
Tan poderosa.
Tan ella.

No la había visto en años. Pero ese tipo de mirada... esa que lo atravesaba aunque no lo mirara directamente... era inconfundible. Aunque llevara otro nombre. Aunque ella fingiera olvidar. Aunque él se obligara, cada día, a actuar como si ya no le importara.

Tomó aire.

Escribió a Theo:

SM: Me escribió.
Theo: ¿Es ella?
SM: No lo sé.
Theo: Sí lo sabes.
SM: …Sí.

Volvió a mirar la pantalla. No respondió. No todavía.

Tenía miedo.

No de ella.

De lo que podía despertar.


En otro rincón de Sídney…

Hermione se acomodó el blazer por quinta vez frente a la cámara. Hacía calor. El top bajo la chaqueta se veía increíble —según Ginny—, pero ahora sentía que le picaba todo. Tenía la presentación lista. El PowerPoint pulido. El equipo de Londres conectado.

Pero su atención no estaba en los gráficos.

Estaba en el celular, boca abajo sobre el escritorio.

En el mensaje que no llegaba.

En esa duda aguda entre las costillas.

La videollamada comenzó. Saludos. Formalidades. Cometarios sobre el clima. Hermione sonreía, asentía, hablaba con seguridad. Pero en su cabeza, una frase se repetía:

¿Por qué no contesta?

Y justo cuando pasaba a la gráfica de performance trimestral, el celular vibró.

Su mano tembló, apenas. Lo suficiente para que el cursor se desviara y la gráfica se desordenara.

—Disculpen —dijo—. Problemas con el mouse.

Mientras los británicos asentían, Hermione echó un vistazo rápido a la pantalla:

SM: ¿Nos conocemos?

El corazón se le desplomó en el estómago.

¿Eso era todo? ¿Una evasiva? ¿Una excusa para desaparecer?

Pero no.
Había algo tembloroso en esas palabras.
No arrogancia.
Miedo.

Terminó la presentación con la compostura de quien lleva una tormenta por dentro.

Cuando cortó la videollamada, se quedó allí. Mirando el mensaje.

¿Nos conocemos?

Claro que se conocían.

Demasiado.


En la finca, Draco seguía mirando el celular.

La frase flotaba en la pantalla como un anzuelo lanzado al vacío. Albus se estiraba, inquieto. Todo en ese entorno estaba diseñado para calmarlo.

Pero él no tenía paz.

Había querido escribir otra cosa.
"Hola, Granger".
"Lo siento".
"Te recuerdo".
Pero no pudo.
Porque lo que más temía… era que fuera real.

Le escribió a Theo:

SM: Ya le escribí.
Theo: ¿Qué dijiste?
SM: "¿Nos conocemos?"
Theo: ¿Eso es todo?
SM: ¿Qué esperabas? ¿Un poema maldito?

Theo tardó en responder.

Theo: Esperaba que no fueras un cobarde.

Draco dejó el celular sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. Albus ladró, asustado.

—Lo siento, viejo —murmuró, acariciándole el lomo.

Se recostó en la silla. Miró el cielo.

Se preguntó si ella ya había leído el mensaje.

Si habría sonreído.
O si habría dolido.

¿Nos conocemos?

Claro que sí.

La conocía más de lo que debía.
Recordaba su manera de cruzarse de brazos.
Cómo hablaba rápido cuando se ponía nerviosa.
Cómo lloraba en silencio.

Y por eso mismo…

No podía arriesgarse a que lo rechazara.

Porque si lo hacía, esta vez no tendría a quién odiar para sobrevivirlo.


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