Y entonces sucedió.

No fue suave.
No fue dulce.
Fue como una tormenta.

Draco la besó como si llevara años hambriento.
Como si su boca hubiera sido suya desde siempre y por fin la recuperara.

Y Hermione respondió con la misma urgencia.
Como si el mundo fuera a apagarse en cualquier momento.

El choque fue inmediato. Boca, manos, respiraciones rotas.
No hubo permiso, ni pausas, ni máscaras.
Sólo deseo contenido por demasiados años.

Lo empujó hacia la pared del Ala Norte. Su espalda golpeó la piedra con un golpe sordo. Hermione lo devoraba a besos mientras sus manos buscaban piel, mientras el calor crecía entre ellos como fuego bajo la superficie.

—Dime que me odias ahora —susurró él, ronco, con la voz herida.

—Cállate —murmuró ella, con los labios en su cuello, aferrándose a él como si pudiera desaparecer.

Todo fue apresurado, torpe, desesperado. Como si el tiempo fuera un enemigo.
Las prendas se perdieron entre sus cuerpos.
Los gemidos se mezclaron con la noche.

Y en medio del deseo, no hubo palabras limpias ni caricias suaves.
Sólo una necesidad que venía del pasado.
Una herida que pedía tocarse para entenderse.

El ritmo fue brutal. El contacto, crudo.
Ambos se entregaron como si no fueran a tener otra oportunidad.
Como si no supieran cómo detenerse.

Hermione se quebró primero.
Un gemido, un temblor, una caída emocional que no quiso controlar.

Draco la siguió segundos después.
Con un susurro de su nombre como único amuleto.

Cuando todo acabó, quedaron jadeando.
Unidos.
Temblorosos.
En silencio.

Y después, en el suelo, se abrazaron.

Él no dejaba de temblar.
Ella le acarició el pecho.

—Podrías escribirme —susurró.

Él no respondió.

No porque no quisiera.
Sino porque aún no se perdonaba.
Porque sabía que había llegado tarde.
Porque cuando ella lo necesitó, él se paralizó.

Y esa culpa aún le ardía en la garganta.


Amaneció.
Y él ya no estaba.

Hermione lo esperó.

Una semana.
Un mes.
Nada.

Y por eso, ahora, aunque se escondiera tras iniciales, una barba y un bronceado...
Ella sabía perfectamente quién era.

Y su corazón, aunque quisiera...
aún no lo perdonaba del todo.


La carta que nunca llegó

Hermione,

No sé cómo empezar.
Tal vez porque no tengo derecho a escribirte.
Tal vez porque todo lo que diga suena vacío después de lo que viviste… por mi culpa.

Te juro que la noche en el lago fue real.
Que cada caricia, cada beso, cada palabra fue sincera.
Me gustaría decir que no te escribí por cobarde —y tal vez sí lo fui—, pero la verdad es que… no creí merecerte.
No después de lo que callé. No después de esconderme detrás del odio porque me daba miedo enfrentar lo que sentía.

Esa noche, por primera vez, me sentí humano a tu lado.
Y eso... eso es lo que más duele.

Pensé en buscarte. Tenía tu dirección. Hasta escribí una carta a Potter preguntando por ti. Pero la rompí. ¿Qué podía decirle?
¿Hola, Harry, creés que Hermione me odia menos hoy?

No espero que me perdones.
Solo quiero que sepas que te pensé. Todos estos años.

Y si alguna vez leés esto, por error, destino o magia…
Quiero que sepas que yo tampoco dormí esa noche.
No por culpa. No por miedo.
Por vos.

Porque la última vez que cerré los ojos, tu cuerpo todavía temblaba en mis brazos.
Y desde entonces… nada volvió a hacerme sentir así.

—D.


。゚ ︎。 Esta historia también va de lo que no se dice, de lo que no se envía, de lo que nos rompe por dentro. Si este capítulo te tocó, dejá tu o contame qué sentiste. Gracias por leer