Hermione soñó.
Otra vez.
Ese maldito sueño.
Esa condena disfrazada de deseo.
Empezaba como un eco lejano... y terminaba como un grito atrapado en la garganta.
La Sala de los Menesteres.
O algo que su mente reconstruía con velas, con sombras, con paredes que aún temblaban por la guerra.
Y él estaba ahí.
Draco.
No con reproches. No con distancia.
Con hambre.
La empujaba suavemente contra una estantería.
Como si el espacio mismo los hubiera elegido para romper todas las reglas.
Sus labios la encontraban sin pausa.
Sus manos recorrían su cuerpo con urgencia.
Hermione no pensaba.
Solo sentía.
El calor, el peso de él, su aliento entrecortado contra su piel.
—No deberíamos... —susurró ella.
—Ya es tarde para eso —gruñó él.
Y lo era.
Porque cuando se fundieron, no existía la guerra.
Ni los apellidos.
Ni el pasado.
Solo deseo.
Un deseo que venía desde muy atrás.
Que dolía de tan contenido.
Que se confundía con culpa y ternura.
Y entonces...
todo cambió.
La luz se fue.
Las velas murieron.
El aire se congeló.
Y Hermione ya no gemía.
Gritaba.
De verdad.
Estaba en el suelo.
La piedra húmeda de la mansión Malfoy.
Las risas de Bellatrix cruzándole los oídos como cuchillas.
El dolor.
El grito.
La palabra maldita ardiendo en su piel.
—¡No! ¡Por favor! ¡YA BASTA!
Y él estaba ahí.
En una esquina.
Inmóvil.
Pálido.
Viéndola.
Sin moverse.
—¡Haz algo! —gritó.
—¡Draco! ¡Por favor!
Y él solo...
bajó la cabeza.
El suelo se abrió.
Y ella cayó.
Despertó de golpe.
Jadeando.
Empapada.
El corazón desbocado.
Crookshanks la miraba desde el pie de la cama.
En silencio. Como si supiera.
Se tocó el brazo.
No había cicatriz.
Pero el dolor seguía ahí.
Y entonces lloró.
Porque, aunque se reía. Aunque lo desafiaba.
Aunque fingía que era solo un juego…
Ese miedo seguía vivo.
Y el hombre que ahora le escribía con sarcasmos y dobles sentidos...
Era el mismo que no la defendió.
Draco soñó.
El vino giraba en su copa.
Oscuro. Silencioso.
Como si llevara años esperando esa noche.
Estaba en su despacho.
Sombra sobre sombra.
Soledad.
Y entonces, ella.
Hermione.
La de sus sueños.
La que no lo perdonaba.
La que aún lo deseaba.
Sentada en el borde del escritorio.
Mirada firme.
Media sonrisa.
Una herida abierta con forma de mujer.
—No has cambiado tanto —dijo ella.
—Tú sí —murmuró él, acercándose como si tocara un secreto.
Sus dedos la recorrieron.
Su frente, su cuello, su clavícula.
Ella se arqueó.
Él la sostuvo.
Y entonces se encontraron.
No con palabras.
No con explicaciones.
Solo con todo lo que no se habían dicho.
Y por un instante...
todo ardió.
Hasta que se apagó.
Otra vez.
Frío.
Piedra.
Gritos.
Hermione en el suelo.
Convulsionando.
Suplicando.
Y él, otra vez ahí.
Paralizado.
Las risas de Bellatrix.
El eco de su propia cobardía.
—¿Por qué? —preguntaba ella, sin esperar respuesta.
Y él no tenía ninguna.
El cuchillo en su sueño llevaba una sola palabra:
Malfoy.
Despertó jadeando.
La sábana pegada al cuerpo.
No solo de sudor.
Pero eso... era lo de menos.
Lo importante era el peso en el pecho.
La culpa.
La certeza de todo lo que no hizo.
Y todo lo que, en el fondo, aún quería hacer.
5:33 a.m.
El vino estaba servido.
Albus lo miraba desde la puerta.
Con la tristeza silenciosa de quien acompaña sin poder ayudar.
Draco bebió.
Sin brindar.
Sin hablar.
Porque sí, la deseaba.
Sí, aún la amaba.
Pero más que todo...
Tenía miedo.
Miedo de que ella recordara.
De que lo mirara y supiera.
Y peor aún...
Que lo siguiera deseando.
A pesar de todo.
。゚ ︎。 Algunas heridas no duelen con sangre, sino con recuerdos. Si este capítulo te tocó, te espero en los comentarios. Gracias por estar
