—Si uno de estos quokkas me escupe otra vez, le lanzo un Obliviate sin arrepentimientos —masculló Hermione, sacudiéndose la pierna con toda la dignidad que le quedaba.
—Te recuerdo que estamos en su casa —replicó Harry, ajustándose la gorra de los Quokkas de Queensland, el equipo de Ginny—. Y además son celebridades locales.
—¿Y eso justifica que uno haya intentado robarme el bolso?
—Claramente tiene buen gusto —dijo él, más interesado en el cielo que en la queja.
Hermione se hundió en el asiento de la sección VIP.
Semifinal nacional.
Ginny Weasley, 33 años, rodilla terca y actitud de estrella, cruzaba el cielo como un cometa con escoba.
Hermione la buscó entre las nubes.
Ahí estaba.
Firme.
Letal.
Con la misma mirada que una vez desafió a la muerte.
Y justo cuando pensaba comentarlo...
Lo sintió.
Ese escalofrío antiguo.
Como una advertencia.
Como un hechizo sin conjuro.
Giró apenas la cabeza.
Y lo vio.
Draco Malfoy.
Camiseta negra.
Gafas oscuras colgando.
Dos cervezas.
Y esa barba.
Esa maldita barba.
Iba con Theo Nott y Daphne Greengrass.
Pero Draco no miraba a Ginny.
Ni al cielo.
La miraba a ella.
Hermione se quedó quieta.
No por sorpresa.
Por reconocimiento.
Y él...
le guiñó un ojo.
Así. Como si nada.
Como si el tiempo no doliera.
Como si no fuera el mismo que le rompió el alma en dos idiomas.
Hermione arqueó una ceja.
Cruce de piernas.
Media sonrisa.
Suficiente.
—¿Todo bien? —preguntó Harry.
—Genial —respondió Hermione—. Mi sistema nervioso está bailando samba, pero todo en orden.
Draco la había visto en cuanto cruzó el pasillo.
Camiseta floja.
Pelo recogido.
Gafas en la cabeza.
Piernas al sol.
Presencia imposible.
—¿Es ella? —preguntó Theo, notando su repentino silencio.
—¿Hace falta preguntarlo?
—Solo lo decía porque dejaste de escucharme hace cinco minutos.
—Es un superpoder —dijo Draco.
Daphne soltó una risa suave.
—¿Vas a hablarle o vas a seguir derritiéndote?
—Silencio, por ahora —murmuró Draco—. Me gusta el juego previo.
El universo, caprichoso como siempre, movió las piezas.
A mitad del segundo tiempo, un anuncio reubicó a los VIPs más cerca del campo.
Resultado: Hermione y Harry justo delante de Draco, Theo y Daphne.
Ginny volaba como si le fuera la vida.
Hermione intentaba ignorar lo cerca que Draco estaba.
Y Draco...
estaba fascinado.
Durante el cambio de asiento, tuvo que pasar detrás de ella.
Y al hacerlo...
La rozó.
Lento.
Intencional.
Nada sutil.
Hermione se tensó.
Giró el rostro.
Draco fingió inocencia.
Mal.
—Si vuelves a tocarme en público —murmuró sin mirarlo— te lanzo un Muffliato permanente.
—Promesas, promesas —susurró él, acercándose más—. Pero tus pupilas dicen otra cosa.
Ella lo miró, firme.
—Estás viendo lo que quieres ver.
—Como todos los hombres enamorados de una mujer que los odia —sonrió Draco.
Y ahí estaba.
El juego.
El filo.
La chispa.
Hermione se acomodó con aire de reina cansada.
—Yo no odio. Clasifico.
Y a ti aún no decido si meterte en la lista negra...
—¿O en la de deseos secretos? —interrumpió él.
Hermione no respondió.
Porque el partido seguía.
Y Harry ya giraba el cuello, como si algo muy sospechoso ocurriera a sus espaldas.
Pero Hermione sonrió.
Y Draco...
la miró como si el estadio, el partido, el mundo entero, no existiera.
。゚ ︎。 A veces, la verdadera magia no está en la escoba… sino en la tensión entre miradas. Si este capítulo te sacó una sonrisa, dejá tu o contame qué parte te dejó con ganas de más
