El viñedo parecía salido de un sueño cuidadosamente encantado.

Colinas suaves, parras mágicas que recibían la luz justa para cada tipo de uva, senderos que crujían bajo los pasos y una brisa del mar que traía consigo calma en lugar de sal.

Daphne servía copas con una elegancia sin esfuerzo.
Ginny reía más de lo habitual —una mezcla embriagadora de vino y libertad.
Y Theo hacía de anfitrión, algo torpe, pero genuinamente encantador.

—Esto de aquí es viña nocturna —explicaba Theo, señalando unas uvas de un azul profundo, casi etéreas—. Draco la rescató. Dijo que se sentía identificado con algo que florece en la oscuridad.

Harry escuchaba fascinado mientras jugaba con un perro grande de pelaje claro y hocico negro.

—¿Cómo se llama? —preguntó Ginny.

Albus —dijo Theo, sin mayor explicación.

Harry sonrió.
Hermione llegó justo entonces.

Vestía un maxivestido verde oscuro, liviano como bruma, escote profundo, espalda descubierta.
Fluía con ella.
Y él la vio.

Draco, desde la galería, copa en mano.
Camisa blanca remangada, jeans gastados, mirada de quien no esperaba... pero deseaba.

Ella también lo vio.
Y también vio al perro.

Albus.

Se le llenaron los ojos.
Pero se los secó.
Nadie lo notó.

Excepto él.


Más tarde, entre brindis y anécdotas que flotaban como burbujas de champán, Theo conducía el tour entre las parras.

—Esto era tierra seca. Draco vino con una pala, un libro de botánica mágica y me convenció de hacerlo realidad.
—¿Sabías algo de agricultura? —preguntó Harry.
—Ni idea —rió Theo—. Pero aprendimos. Como aprendimos a vivir lejos de todo.

Hermione y Draco caminaban más atrás.
En silencio.
Cerca.

—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo ella, rompiendo el aire— Que esto... me parece justo.

—¿Justo?

—Sí. Que estemos bien. Que hayamos sobrevivido. Que tú cultives uvas y yo esté viva para probarlas.

Draco no respondió al instante.

—Nos hicimos daño —dijo finalmente—. Éramos niños. Rotos. Orgullosos.

—Y ahora somos adultos —replicó ella—. Más tercos, pero con mejor gusto en vino.

Se rieron.
Por primera vez, sin ironías.

Entonces él la miró.
De verdad.

—Ven. Quiero mostrarte algo.


La bodega privada era como un santuario de sombra y silencio.
Puerta con runas.
Estantes flotantes.
Aroma a roble, fuego y algo más profundo.
Algo como deseo contenido.

Hermione entró.
Sin miedo.
Sin preguntas.

—Así que este es tu santuario —dijo, con la voz baja.

—No. Este es el tuyo —susurró Draco, acercándose—. El mío está justo enfrente.

Y la besó.

Sin aviso.
Sin permisos.

Solo años de espera.

Ella respondió con igual urgencia.
Como si ese beso fuera una promesa de algo que el tiempo aún no había podido borrar.

Sus cuerpos se buscaron con una suavidad feroz.
Las manos aprendiendo el lenguaje que el orgullo había silenciado.
La piel encendida, la respiración compartida.

El vestido cayó justo lo suficiente.
La tela rozó el suelo como una hoja al viento.

—Slytherin... —susurró Draco con media sonrisa—. Sabía que eras peligrosa.

—Y tú estás a punto de comprobarlo —susurró Hermione, apenas audible.

Él la levantó con facilidad.
La sentó sobre una barrica.
La acercó como si todo lo dicho antes no importara.

Y lo que siguió fue una sinfonía de tacto, suspiros y miradas sostenidas.
Nada más.
Nada menos.

Las botellas flotaban.
El vino giraba.
Y el tiempo se detenía.


Arriba, los demás reían jugando una versión mágica de What Do You Meme.

Harry lloraba de la risa.
Daphne acusaba a Theo de hacer trampa con un hechizo de lectura de mentes.
Ginny hacía levitar una carta con un boggart y un cartel que decía:
"Cuando te das cuenta que tu ex todavía te gusta y encima huele bien."

Y abajo...

Hermione sonreía contra su cuello.
Draco le decía su nombre como si fuese un conjuro.

Como si finalmente...

La tuviera.


。゚ ︎。 Algunas cosas no se cultivan, florecen solas. Si sentiste el vino en el aire y el fuego en los silencios, dejá tu o contame qué imagen se te quedó clavada. La historia apenas empieza a respirar.