No hablaron al salir del baño.
No por vergüenza.
No por culpa.
Era otra cosa.
Algo denso. Suspendido.
Como si el aire entre ellos se hubiera llenado con todas las palabras que ninguno se atrevía a decir.
Hermione caminaba unos pasos por delante.
Ligera por fuera.
Cargada por dentro.
Todavía lo sentía.
En la piel.
En la boca.
En el pecho.
Y lo peor no era el deseo.
Era la esperanza.
Esa que se mete como un hechizo antiguo, de los peligrosos.
Los que uno conjura aunque sepa que podrían romperlo todo.
Solo por saber qué pasaría si...
Al llegar al final de la escalera, la risa de Ginny estalló desde la cocina.
Vasos chocando.
Olor a pan tostado.
Un vinilo sonando solo: Fleetwood Mac.
Demasiado adecuado.
Hermione se detuvo.
Respiró.
Se alisó la camiseta.
Pasó los dedos por el cabello.
Se puso la máscara perfecta.
La que usaba cuando tenía que parecer intacta.
Y entonces entró.
Draco ya estaba ahí.
Apoyado en la encimera.
Taza en mano.
Mirándola.
No parpadeó.
Ni cuando Daphne le ofreció un plato.
Ni cuando Harry comentó algo sobre el marcador.
Y cuando ella rozó su brazo, apenas...
Él fingió que no la había sentido.
Mal.
Porque la sintió.
En todos los sentidos posibles.
Y cuando Hermione se giró, un segundo...
Él seguía mirándola.
Draco
No había tocado el café.
Estaba frío.
Pero eso no importaba.
Porque su mente seguía en ella.
En la forma en que lo miró.
En cómo se aferró a él como si no hubiera otra cosa que la sostuviera.
En la forma en que dijo su nombre como si fuese un conjuro.
Y ahora…
allí estaba.
Hablando con Harry.
Moviendo el cabello.
Como si no acabara de volverlo a incendiar por dentro.
Hermione Granger.
La que una vez lo odió.
La que ahora...
era todo lo que no podía dejar ir.
Más tarde
El sol caía sobre el viñedo.
La casa olía a albahaca y fuego lento.
Las voces flotaban afuera entre copas y bromas.
Hermione había desaparecido.
Sin decir nada.
Sin dejar rastros.
Y él la siguió.
La encontró en la galería.
Sentada en un banco junto a la ventana.
Descalza.
Copa en mano.
Mirando el horizonte como si buscara una respuesta que no llegaba.
Draco no dijo nada.
Solo se sentó a su lado.
Un minuto.
Dos.
Silencio.
Brisa.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—No lo sé —dijo ella, sin mirarlo—. ¿Tú lo estás?
Él no contestó.
—A veces creo que me haces bien —murmuró ella—. Y luego recuerdo todo lo que no dijimos. Todo lo que dolió.
Draco cerró los ojos.
—No quería volver a romperte.
Hermione lo miró.
Por fin.
—Entonces no vuelvas... si no sabes quedarte.
Silencio.
Viento.
Un perro ladrando a lo lejos.
—No vine para quedarme —susurró él—. Pero tampoco sé cómo irme.
Ella parpadeó.
Y entonces... lo dijo.
—Tengo miedo de volver a quererte.
Draco la miró.
Con los ojos del niño que no supo protegerla.
Del hombre que la deseó cuando no debía.
Del cobarde que huyó porque amar a Hermione Granger era traicionar todo lo que le habían enseñado.
La copa tembló entre sus dedos.
—Tarde —susurró.
Y la besó.
Despacito.
Como quien cruza una frontera sin retorno.
Y ella... no lo detuvo.
Pero cuando se separaron, apenas respirando entre los labios aún rozándose, Hermione dijo, con voz rota:
—Si me rompes otra vez...
no voy a reconstruirme.
Y Draco respondió, sin aliento:
—Si te pierdo otra vez...
no voy a sobrevivir.
。゚ ︎。 Hay besos que no se dan con los labios, sino con todo lo que no dijimos. Si este capítulo te dejó sin aire, dejá tu o contame qué frase te quebró primero.
