El café era pequeño.
Luz cálida, aroma a pan casero, música suave flotando desde un tocadiscos antiguo.

Hermione llegó primero.
Cabello suelto.
Falda oscura, blusa blanca arremangada.
Maquillaje sutil.
Pero la mirada... ya estaba librando su propia guerra.

Draco llegó cinco minutos después.
Camisa negra, mangas subidas, barba de días.
El mismo aire contenido de siempre:
Como si todo estuviera bajo control.
Aunque por dentro… no lo estuviera.

—Hola —dijo él, con la mirada posada en sus labios.

—Hola —respondió ella, mirando hacia otro lado.

Pidieron café.
Solo café.
Como si eso pudiera sostener lo que sus cuerpos y mentes ya no lograban controlar.

—Gracias por venir —dijo él, despacio.

—Quiero intentarlo —respondió ella—. Hablar. Ver qué pasa.

—¿Empezar de cero?

Hermione negó suavemente.

—Eso no existe entre nosotros.

Un segundo.
Un gesto mínimo.
Sus dedos se rozaron al tomar el azúcar.
Y fue suficiente.


Un baño. Una cerradura. Y lo inevitable.

No hubo palabras al principio.
Solo respiraciones cortas.
Ropa cayendo con prisa.
Miradas que hablaban de años perdidos.
De deseo sin nombre.

Hermione lo empujó contra la pared.
Draco la sostuvo como si no supiera si besarla o pedir perdón.

Lo que siguió fue una entrega silenciosa.
Intensa.
Feroz.

El roce.
El tacto.
El cuerpo contra cuerpo.

Todo se dijo sin voz.

Y cuando terminaron…
el silencio fue tan poderoso como el acto mismo.


Después. Camioneta. Callejón. Sin testigos.

Hermione reía.
No por humor.
Sino por incredulidad.

—¿Nos convertimos en eso?

—¿En qué?

—En adultos que no saben mantenerse alejados... —murmuró, mirando por la ventana empañada.

Draco no respondió.
Solo la miró.

Y en esa mirada había un universo entero:
"Sí." "Te necesito." "No me arrepiento."

Sus labios se buscaron de nuevo.
Los cuerpos se encontraron.
Y una vez más...
no hubo control.
Solo deseo.


Finalmente: el departamento.
La cama.
Sin máscaras.

No hablaron.
No explicaron.
Solo se tocaron.

Las luces apagadas.
Las respiraciones contenidas.

Draco la sostuvo como si aún no creyera que era real.
Hermione se dejó llevar como si ya no supiera cómo resistirse.

—No quiero lastimarte —susurró él.

—Entonces hazlo bien —respondió ella.

Y lo hizo.

Con paciencia.
Con rabia contenida.
Con ternura inesperada.

Una.
Dos.
Tres veces.

Cada una diferente.
Cada una con un significado que aún no sabían cómo traducir.

Y cuando por fin cayeron juntos —jadeando, temblando, sin aliento—
no supieron si lo que sentían era placer, culpa… o alivio.

Tal vez todo al mismo tiempo.


。゚ ︎。 A veces, los cuerpos entienden lo que la mente no se atreve a aceptar. Si este capítulo te dejó temblando, dejá tu o contame qué frase se te quedó grabada. Gracias por estar, siempre.