El desayuno olía a domingo.

Pan caliente flotando con ayuda de un hechizo leve.
Café oscuro, intenso.
Huevos revueltos con sal marina.

Un intento tácito de crear rutina.
De fingir —solo un poco— que esto podía durar.
Que era real.

Hermione caminaba descalza por el parquet.
El sol se filtraba entre las cortinas y pintaba de dorado los bordes del mundo.

Draco estaba en la mesada.
Revolvía el café con una cuchara invisible.
La mirada perdida en algún punto entre el vapor y sus pensamientos.

—Estás muy callado —dijo ella, tanteando, con una sonrisa que no quería parecer nerviosa.

—Estoy cocinando —respondió él, con su clásica media sonrisa—. No puedo ser encantador todo el tiempo.

Hermione se acercó.
Apoyó la barbilla en su hombro.

—No te pido encanto. Con que no huyas, me alcanza.

Draco giró el rostro.
La besó en la frente.
Firme.
Presente.

—No tengo a dónde ir —susurró.

Ella no lo supo en ese instante…
pero esa frase se le iba a clavar en el pecho más adelante.

Porque a veces, el destino golpea justo cuando aprendés a respirar.

Golpe seco contra el cristal.

Hermione se sobresaltó.
Draco se tensó.
Y ahí estaba.

Un búho negro.
Inmenso.
Plumas como obsidiana.

En su pata, una carta.

La dejó sobre el alfeizar.
Y desapareció con un batir de alas que pareció robarle el calor a la cocina.

Draco no se movió.
Ni un centímetro.

Hermione sí.
Se acercó.
Tocó el sobre.

Lo reconoció al instante.

Cera negra.
El sello Malfoy.
La caligrafía precisa de Narcissa.
Cada trazo más afilado que una maldición.

—¿Vas a abrirla? —preguntó, sabiendo que era una pregunta que no necesitaba respuesta.

Draco asintió.
Lento.
Como quien se quita una venda… sabiendo que debajo hay herida.

Despegó la cera.
Leyó.

Tres líneas.
Cuatro.

Y entonces, se endureció.

—¿Qué dice? —insistió Hermione.

Draco no respondió.
Le alcanzó el pergamino.
Los dedos fríos.

Ella leyó.


Draco,

San Mungo ha determinado que tu padre puede dejar Azkaban bajo vigilancia terapéutica.

El comité aprobó su traslado al ala oeste del sanatorio familiar.

Está débil. No representa riesgo físico. Necesita supervisión.

Quiero que vengas.
Un solo día.
No pedimos más.

Narcissa


Hermione bajó la carta.
Y el mundo pareció encogerse.
El desayuno.
La cocina.
El presente...
se desdibujó.

Draco fue hasta la ventana.
Apoyó ambas manos en el marco.
No miraba nada.
O tal vez miraba todo.

—No lo veo desde la guerra —dijo—. Desde que gritó que debía dejarte morir… para salvar el honor de su sangre.

Hermione sintió náuseas.
No por Lucius.
Por Draco.
Por lo que esa carta podía hacerle sin tocarlo.

—No tienes que ir —dijo ella.
Con más firmeza de la que creía tener.

Draco la miró.

Y no había fuego en sus ojos.
Había neblina.

—Pero es mi madre —susurró—.
Y esa casa... también fue mía.
Aunque haya querido matarme en ella.

Hermione se acercó.
Lo tocó.
Porque a veces, el cuerpo es la única forma de hablar.

—Si vas —dijo—, no me olvides en la puerta.

Draco cerró los ojos.

Y en ese gesto…
estaban las dos versiones de él.

El niño que temía volver.
El hombre que no sabía si podría salir.

—Si cruzo esa puerta... —dijo—. No sé quién va a salir de ahí.

Hermione le sostuvo el rostro entre las manos.

—Entonces dejame esperarte del otro lado.

Y él la besó.

No con deseo.
Con necesidad.

Y por primera vez desde que se conocieron…

tuvieron miedo juntos.

No del mundo.

Del pasado.
Y del poder que aún tenía.


。゚ ︎。 El pasado no siempre golpea con furia. A veces, llega con letra perfecta y cera negra. Si este capítulo te estremeció, dejá tu o contame qué frase te dejó en pausa.