nota:

Espero que lo disfruten estare revisando un poco algunas partes de los capitulos para corregir errores.

Error corregido en uno de los dialogos me falto agregarle mas contexto.


El coche entró tambaleante en la ciudad, directo a la base de Shishigumi. Ni siquiera se tomaron el tiempo de estacionar correctamente, Ibuki y Agata se bajaron rápidamente, sus pasos tambaleantes delatando su estado. Dolph, que estaba en la entrada, se alarmó al ver sus rostros pálidos y cuerpos temblorosos.

—¿¡Hey, qué les pasó!? —preguntó Dolph con evidente preocupación al ver que no respondían. No era normal que estuvieran así.

Dolph, sin esperar una respuesta, los tomó por los hombros y los llevó apresuradamente al interior del edificio. Abrió la puerta principal y gritó:

—¡Ayuda!

Algunos miembros del grupo, que estaban en el vestíbulo, corrieron para ayudar. Ibuki y Agata apenas podían mantenerse en pie. Dolph dio una rápida orden:

—Llévenlos arriba.

Mientras los demás los asistían, Dolph salió rápidamente para inspeccionar el coche. Lo encontró mal estacionado, con las ventanas destrozadas, el gato y la palanca tirados en el asiento trasero, y la llanta de repuesto apenas puesta en su lugar. Una sensación de inquietud se apoderó de él.

—¿Qué demonios les pasó? —murmuró antes de regresar al interior para encontrar respuestas.

En la sala de descanso, Ibuki y Agata se sentaron tratando de calmar sus temblores. Los demás miembros los observaban con rostros llenos de preocupación. Jinma, uno de los más antiguos, se acercó con una expresión seria.

—¿Qué les pasó? ¿Por qué están tan pálidos? —preguntó, notando sus ropas desordenadas y la falta de color en sus caras.

Agata intentó hablar, pero las palabras apenas salían de su boca.

—Fu... fu... fu... fui... —tartamudeó, incapaz de continuar. Fue Ibuki quien, a pesar de su estado, logró mantener la calma.

—Fuimos a ver al proveedor humano —dijo con un esfuerzo evidente, recuperando algo de color en el rostro.

—¿Qué? ¿Fueron con los humanos? ¿Para qué, si todavía tenemos suministros? —preguntó Jinma, cruzando los brazos con desconfianza.

Ibuki abrió la boca para dar su explicación, pero en ese momento Dolph entró en la sala, apartando a los otros miembros con una expresión furiosa.

—¡Ibuki! ¿Qué demonios ocurrió? ¡El coche está hecho un desastre! ¿Acaso fueron atacados por alguna de las facciones enemigas? —exigió respuestas, su voz firme y preocupada.

Ibuki levantó la mano para calmarlo.

—A eso iba. Fuimos a ver a los humanos.

El ambiente en la sala se tensó aún más. Las expresiones de los miembros cambiaron rápidamente, pasando de la preocupación a la ira.

—¡Lo sabía! ¡Son demonios de verdad! —Grito Dolph con furia, apretando los puños.

—¡Cállate y déjame terminar! —gritó Ibuki, visiblemente molesto. Se tomó un momento para recuperar la compostura antes de continuar—. Como le estaba diciendo a Jinma, cuando fuimos a comprar suministros la semana pasada, nos dieron unos frascos de sangre humana.

—¡¿Qué?! ¿Los humanos te dieron sangre? —exclamó Jinma, visiblemente perturbado, al igual que los demás miembros.

—Sí, me dieron cinco frascos —contestó Ibuki con una expresión grave.

—¿Y dónde están ahora? —preguntó Dolph, con el ceño fruncido.

—Los destruí —respondió Ibuki con firmeza.

—¡¿Qué?! ¿¡Por qué!? Podríamos haberlos utilizado, ¡eso es traición, Ibuki! —Dolph lo miraba con dureza, cuestionando su lealtad.

Ibuki mantuvo su mirada firme.

—Sé lo que piensas, pero tenía mis razones. Escucha. Le di uno de esos frascos a un adicto a la carne, uno de esos que usan para las peleas clandestinas. Apenas lo bebió, su expresión cambió. No tenía emociones, era... perturbador. Luego, cuando subió a la arena, su contrincante, un carnívoro completamente dominado por sus instintos, se lanzó sobre él. Pero el adicto lo detuvo. Lo agarró del cuello con una velocidad aterradora y lo arrastró a través de los muros, pintándolos con su sangre.

El silencio en la sala era absoluto. Dolph y Jinma lo miraban incrédulos, tratando de procesar lo que acababan de escuchar.

—No hace falta que te diga cómo terminó... pero fue brutal. Al terminar, alzó la vista y miró al público sin ninguna emoción en su rostro. Saltó hacia la jaula protectora y casi logra doblar los barrotes para escapar. Si no hubiera sido por la seguridad, que tuvo que dispararle unas quince veces para detenerlo...

Ibuki terminó su relato con una mirada seria, esperando las reacciones de sus compañeros. Jinma y Dolph parecían aturdidos, pero sabían que Ibuki no mentía.

—Entonces, esa sangre es peligrosa... No quiero ni imaginar cómo será su carne —murmuró Dolph, finalmente aceptando la gravedad de la situación.

—Por eso la destruí. Era demasiado peligrosa —respondió Ibuki con determinación.

—¿Entonces por qué volvieron en ese estado? —preguntó Jinma, aún con la duda reflejada en su rostro.

Ibuki respiró hondo antes de contestar.

—Fuimos a preguntar sobre el contenido de los frascos, pero intentamos hacerlo de forma disimulada. En el camino, se nos pinchó una llanta. Descubrimos que habían lanzado púas gruesas en el camino. Oímos un ruido entre la maleza y, cuando llegamos al muelle, vimos al proveedor de rodillas, con sus hombres siendo custodiados por unos sujetos vestidos de negro, armados con rifles automáticos con supresores. No era el mejor momento para estar ahí en ese momento, planeaba retirarme pero de los alrededores salieron otros sujetos de negro, todos igualmente armados, conté como unos veinte.

Dolph y Jinma escuchaban con atención, cada vez más preocupados.

—Entonces, apareció alguien más. No me creerán si les digo quién era —dijo Ibuki, haciendo una pausa dramática.

—¡Vamos, dinos quién era! —pidió Dolph, su tono ahora más cauteloso.

—Era el embajador humano. El mismo que salió en las noticias tras la llegada del niño humano —respondió Ibuki con una mirada seria.

La incredulidad se apoderó de la sala.

—¿Estás seguro de lo que viste? —preguntó Jinma nervioso, tratando de encontrar algún signo de duda en Ibuki.

—Sí, era él. Traje blanco con rayas negras de arriba a abajo, máscara blanca... no hay duda.

Dolph sintió un escalofrío recorrer su espalda al escuchar eso.

—¿No te vieron a ti y a Agata? —preguntó con preocupación.

—No, pero lo que presenciamos fue una ejecución. No entendía su idioma y de qué hablaban, pero era algo sobre los frascos de sangre. Primero les dispararon a sus hombres, y luego, el embajador humano lo ejecutó a sangre fría al proveedor.

La tensión en la sala era palpable.

—¿Quién lo diría...? Los demonios también se matan entre ellos. No puedo creerlo —murmuró Dolph, impresionado.

—Esperamos a que se fueran. Se llevaron los cuerpos, subiéndolos a un bote junto con toda la mercancía. Excepto los frascos de sangre, que derramaron en el muelle. Luego, uno de ellos salió con un lanzallamas y lo quemó todo. Apenas tuvimos la oportunidad de cambiar la llanta y salir de allí a toda prisa, cuando estábamos en la carretera, una explosión iluminó el cielo... —Ibuki bajó la voz, recordando la escena—. Fue tan fuerte que rompió los cristales del coche y algunos edificios cercanos.

—¿Espera, dices que vieron lo que se oyó hace un momento? ¡Todas las ventanas retumbaron! —dijo Jinma, sorprendido de que regresaran en una sola pieza.

—Sí, no sé qué tipo de explosivo usaron, pero parece que limpiaron todo rastro de ellos. Aún me zumban los oídos —contestó Ibuki, mirándolo con seriedad.

Todos lo miraban con preocupación, intentando digerir la intensidad de lo que Ibuki les contaba. Se quedaron en silencio unos minutos hasta que él volvió a hablar.

—Tendré que decirle al jefe que raptar a ese humano es demasiado peligroso. Nunca pensé que vería algo tan maldito... los humanos son unos verdaderos monstruos —dijo Ibuki, con el cansancio reflejado en su rostro y las manos aún temblorosas.

Los demás asintieron al escuchar su historia, volviendo a sus tareas. Jinma y Dolph se quedaron con él, mientras Agata intentaba calmarse tras el incidente.

—Me sorprende que estén vivos. Tuvieron mucha suerte —añadió Dolph, más tranquilo.

—Denme un poco de alcohol, quiero olvidar todo esto. Les contaré lo que pasó hoy con ese niño humano —pidió Ibuki con un tono relajado, aunque sus ojos reflejaban el agotamiento.

Dolph asintió y fue a buscar una botella, mientras Jinma tomaba asiento para escuchar. Agata, todavía temblando, se unió a ellos, intentando mantenerse sereno.


El sol comenzaba a salir cuando Legoshi se despertó. Abrió la cortina de su cama, permitiendo que la luz de la mañana inundara el pequeño espacio donde estaba su cama. Se sentó y vio que todos estaban ya despiertos, vestidos con su uniforme todavía sin terminar de ponérselo. Bostezó, y luego notó que Jack estaba viendo las noticias en su teléfono con el volumen alto, mientras los demás escuchaban.

—El reporte de la policía y los bomberos aún no ha sido dado sobre la explosión en el puerto a las afueras de la ciudad —informaba la voz de la reportera—. Anoche, aproximadamente a las tres de la madrugada, se suscitó una explosión que sacudió el puerto y sus alrededores, causando daños en ventanas de edificios cercanos, aunque no se reportaron heridos ni muertos. Algunos trabajadores creen que se debió a que en el área se almacenaba magnesio puro junto con otros elementos volátiles en uno de los almacenes. Que se cree que entro en contacto con el agua debido a una fuga, lo produjo una gran explosión mesclando los elementos. Tenemos aquí a uno de los trabajadores. Señor, ¿qué fue exactamente lo que vio?

La reportera acercó el micrófono al trabajador, que parecía aún en estado de shock.

—Estaba en mi oficina, trabajando cuando sucedió. En ese momento me asomé a la ventana y vi... una explosión blanca, elevándose y cegándome. Reaccioné rápidamente agachándome detrás del escritorio. Las ventanas se quebraron y fragmentos volaron por todos lados, destruyendo la oficina. Me dejó sordo por unos minutos —explicó el trabajador.

La reportera le agradeció y volvió al reporte en directo.

—Como pueden ver, eso fue lo que sucedió anoche. Los bomberos aún intentan apagar el fuego que se extendió por la maleza, y la policía mantiene el área acordonada...

Jack apagó la transmisión.

—Entonces, eso fue lo que se oyó anoche —dijo Voss, desde la cama de Miguno.

—Al parecer, fue bastante fuerte. Me despertó y me asusté mucho —comentó Durham, con los brazos cruzados.

—¡Sí! Casi salgo corriendo de la cama —añadió Miguno, riéndose de su reacción.

Todos seguían discutiendo sobre el tema, mientras Legoshi los miraba, confundido y aún medio dormido, solo captando fragmentos de la conversación.

Finalmente, Legoshi los interrumpió.

—¿Qué está pasando? ¿De qué hablan?

Los demás lo miraron, sorprendidos de que apenas se hubiera dado cuenta.

—La explosión de ayer —contestó Jack, observando a Legoshi, que seguía con una expresión de confusión en el rostro.

—¿No oíste anoche el estruendo? —preguntó Collot, mirando a su amigo—. La ventana casi se rompe.

Legoshi negó con la cabeza.

—Sí que tienes el sueño pesado —bromeó Voss, riendo un poco.

—Bueno, será mejor que nos preparemos para ir con Elias y Maria a la plaza del festival. Tenemos que ayudar con los preparativos —dijo Jack con entusiasmo. Los demás asintieron, terminando de alistarse mientras Legoshi recordaba lo de la noche anterior.

—Por cierto, ¿ya fueron a ver a Elias y Maria? —preguntó Legoshi, un poco preocupado. El comentario hizo que Jack y los demás se detuvieran, recordando como Maria se puso ayer, inquietud en sus rostros.

—No, espero que Maria ya se haya recuperado —respondió Jack, sintiéndose culpable por no haber ido antes.

—¿Qué tal si vamos a verlos? Tal vez ya esté mejor —sugirió Miguno al notar el ánimo decaído del grupo.

—Sí, tal vez... —dudó Jack—. Pero fui más temprano en la mañana a tocar la puerta de Elias, y no respondió. Asumo que se quedó en la enfermería con ella toda la noche.

—Vamos, seguro esta mejor —insistió Miguno, con un tono optimista.

Jack asintió, al igual que los demás. Legoshi se levantó de la cama dispuesto a prepararse también. "Espero que no nos tenga miedo, estoy seguro que ella le dijo lo que vio a Elias o que la actitud de los dos cambia hacia nosotros." Pensó Legoshi poniéndose su uniforme, Una vez listos, salieron del dormitorio, caminando en dirección al edificio principal. En el camino, pasaron junto a grupos de estudiantes que comentaban sobre la explosión de la madrugada, mientras otros hablaban emocionados sobre el festival, dirigiéndose en grupos a ayudar con los preparativos.

Al llegar a la enfermería, Jack abrió la puerta. La enfermera, Sakane, estaba sentada tras su escritorio y los observó entrar con una sonrisa amable.

—Mmm, ah, eres tú, el que acompañaba a Elias, ¿verdad? Jack, ¿no es así? —preguntó Sakane, recordándolo del día anterior mientras los demás se acercaban.

—Sí, vinimos a ver a Maria y Elias. Nadie respondió en su dormitorio esta mañana, y estábamos preocupados —respondió Jack con un tono de inquietud.

—Se retiraron hace un momento. Fueron a la cafetería —explicó Sakane—. Y si te preguntas cómo está Maria, se siente mucho mejor.

El rostro de Jack se iluminó al escuchar esas palabras, al igual que los de los demás.

—De verdad, gracias —dijo Jack, sinceramente aliviado.

—No hay de qué —respondió ella con una sonrisa cálida, observando cómo el grupo se despedía y salía de la enfermería, sus preocupaciones disipándose mientras se dirigían a su próxima tarea.

Todos se sentían aliviados de que Maria estuviera bien y se dirigieron a la cafetería. En el camino, hablaban sobre sus planes para el festival, mientras Legoshi se sumergía en sus propios pensamientos. "Me pregunto cómo estará Haru... no la he visto desde ayer. Quisiera hablar con ella sobre lo que siento, pero...". Legoshi acariciaba sus orejas, intentando calmar la agitación que lo invadía. "Seguro que si le digo, me rechazará... o tal vez simplemente dirá que no podemos estar juntos. O peor, quizá... solo soy un depredador para ella, como dijo aquel médico...". Sus pensamientos giraban sin control, hasta que Jack lo notó, viendo cómo su amigo se tocaba nerviosamente las orejas.

—¡Legoshi! ¿Estás bien? —preguntó Jack, sacudiéndolo un poco. Legoshi reaccionó, saliendo de su ensimismamiento.

—Sí, estoy bien... solo pensaba en algo —respondió Legoshi, tratando de tranquilizar a Jack. Luego se dio cuenta de que ya estaban en la cafetería. Los demás miraban a su alrededor, tratando de localizar a Elias y Maria.

—Ya llegamos, ¿ves a Elias? —preguntó Legoshi, mientras escudriñaba la multitud de estudiantes. Jack se unió a la búsqueda hasta que finalmente los encontró, sentados juntos, comiendo y charlando en una mesa al fondo. Maria se reía, y su semblante parecía mucho más relajado.

—Parece que se recuperó —comentó Legoshi al ver la escena.

—Sí —respondió Jack, visiblemente aliviado.

El grupo se dirigió al área de comida para servirse, y luego se acercaron a la mesa donde Elias y Maria charlaban.

—¡Buenos días! —saludó Jack alegremente, sentándose al lado de Maria mientras su cola se movía de un lado a otro, reflejando su felicidad.

—Buenos días, Jack —respondió Elias, devolviéndole la sonrisa.

—Buenos días —añadió Maria, con una sonrisa amigable. Los demás también saludaron y tomaron asiento.

—Me alegra que ya estés mejor —comentó Jack, notando cómo Maria movía su cola de un lado a otro. Legoshi observaba la escena en silencio, absorto en sus pensamientos mientras miraba su bandeja de comida.

—Sí, lo siento si los preocupé ayer. Solo fue un dolor de cabeza —se disculpó Maria, con una expresión de culpa.

—No hay problema, todos lo entendemos —respondió Jack con comprensión, asintiendo junto con los demás.

—Gracias —dijo Maria, con una sonrisa agradecida—. Son todos muy amables. Ahora entiendo por qué le caen tan bien a mi hermano.

El comentario hizo que Jack y los demás sonrieran, sintiéndose valorados.

—Ah, por cierto, ¿oyeron lo de anoche? —preguntó Durham, con curiosidad.

—Sí, nos despertó a mi hermana y a mí. Casi me caigo de la silla —respondió Elias, recordando la escena—. Pensé que era una pesadilla hasta que vi a la enfermera asustada. Parecía que las ventanas iban a estallar.

—¿Saben qué fue? —preguntó Maria, intrigada.

—Salió en las noticias —explicó Durham—. Fue en el puerto, por unos materiales mal almacenados.

Maria y Elias intercambiaron miradas sorprendidas.

—Vaya, qué peligroso —comentó Elias, asombrado.

—Sí, pero bueno, me voy a preparar para ir con ustedes —dijo Maria, sonriendo mientras se levantaba—. Ya terminé mi comida.

—Yo también —añadió Elias, levantándose para dejar su bandeja.

—Los esperaremos aquí afuera de la cafetería —respondió Jack, sonriéndoles mientras se despedían temporalmente.

—Necesito darme un baño, me siento sucia —murmuró Maria mientras se alejaba con Elias para dejar sus bandejas. En ese momento, sin prestar atención, chocó accidentalmente con alguien más pequeña.

El impacto fue repentino, y todos en la cafetería volvieron su atención hacia la escena. Maria había chocado con una coneja blanca. Legoshi, al escuchar la exclamación de sus compañeros, salió de sus pensamientos y levantó la vista justo a tiempo para ver el choque. Los murmullos se extendieron por la sala mientras Elias miraba hacia atrás, con la bandeja en la mano, observando la situación con preocupación. Todo el mundo esperaba ansiosamente la reacción de ambas chicas, conteniendo la respiración.

Haru chocó contra alguien mucho más alto que ella, y al momento reaccionó con calma.

—Oye, ten más cuidado por donde… —respondió mientras volteaba a ver quién era, pero su voz se fue apagando al reconocer a la persona frente a ella. Era la hermana de Elias. Haru se paralizó al instante, el miedo invadiéndola al notar lo parecida que era a él. Maria la observaba con una curiosidad intensa, la cual hacía que Haru se sintiera como si estuviera siendo acechada. Su instinto le pedía que corriera, pero sus piernas no le respondían. Había perdido la voluntad de moverse.

Maria se agachó a la altura de Haru y le sonrió cálidamente.

—Lo siento —dijo Maria con una sonrisa amplia. Haru, aún paralizada, la miraba hasta que logró reaccionar.

—S-sí, no hay problema —respondió Haru, tartamudeando. Maria le sonreía con una alegría inusual, y Jack y los demás notaron el brillo en su mirada. Incluso Legoshi, observando a la distancia, se preguntaba si debía intervenir. Fue en ese momento que Elias se acercó a ellas.

—Hola, Haru —la saludó Elias con una sonrisa nerviosa. Haru se giró, aún asustada, y se encontró con los dos hermanos juntos.

—H-hola, Elias. ¿E-ella es tu hermana? —preguntó Haru, aunque ya conocía la respuesta. Lo hizo sin pensar, presa de los nervios.

—Sí, supongo que ya sabes su nombre —respondió Elias sonriendo. Haru asintió, pero aún sentía la mirada alegre de Maria, quien, agachada, la observaba con una curiosidad casi infantil, apoyando la cabeza en sus manos.

—"Ah, no sabía que había de su especie, son tan tiernos… y más en persona" —dijo Maria en un idioma que Haru no comprendía, con una sonrisa aún más radiante. Haru frunció el ceño, confundida, al escucharla hablar en una lengua desconocida.

—"Maria, vamos, déjala. No la incomodes" —respondió Elias en el mismo idioma, intentando calmar la situación.

—"Sí, lo sé, pero es exactamente como mi abuelo los describía. Es tan tierna... quisiera abrazarla. Sus orejas son tan bonitas, parecen hechas de algodón" —contestó Maria, fascinada, mirando a Haru con ojos brillantes. Haru, sin entender una palabra de lo que decían, solo los observaba desconcertada.

"Ah, perfecto. Primero atraigo a Legoshi y ahora a esta chica humana y su hermano. ¿Qué soy, un imán para fenómenos?" pensó Haru, sintiéndose abrumada y buscando una forma de escapar. Sintió alivio cuando vio que Maria se ponía de pie y se alejaba.

—Vamos, antes de que se haga más tarde —dijo Maria, esta vez en un idioma que Haru comprendía. Elias asintió, y Maria se volvió hacia Haru, dedicándole una última sonrisa.

—Lo siento de nuevo. La próxima vez tendré más cuidado… ¿eh...?

—Haru —intervino Elias, dándole su nombre.

—Sí, Haru, fue un gusto conocerte. Adiós —dijo Maria, y se alejó junto a Elias, mientras ambos se dirigían hacia la salida de la cafetería, hablando nuevamente en su idioma.

Haru y los demás se quedaron perplejos, desconcertados por el cambio en la actitud de Maria, que era completamente distinta a como se había comportado en el auditorio el día anterior. Legoshi miraba a Haru, igualmente confuso, preguntándose qué habrían dicho Maria y Elias en aquella extraña lengua.

Haru suspiró profundamente, aliviada, y continuó su camino por la cafetería. A pesar de las miradas que seguían sobre ella, decidió ignorarlas hasta que todo volvió a la normalidad. Mientras tanto, Legoshi siguió comiendo junto a sus compañeros de dormitorio.

—Realmente me pregunto, ¿por qué los humanos se fueron a esa isla? o ¿si las cosas ubieran sido diferentes ellos vivirian con nosotros? No parecen tan peligrosos como los describen —comentó Collot mientras masticaba, dejando la pregunta abierta para los demás.

—No lo sé, pero son bastante interesantes. Me pregunto si podremos conocer a más —respondió Durham, imaginando nuevas aventuras mientras comía.

—Tal vez cuando vayamos con Elias. ¡Tengo muchas ganas de ver esos campos que él menciona! —dijo Miguno, emocionado ante la idea, contagiando a los otros.

Legoshi escuchaba sus conversaciones mientras su mente vagaba en sus propias dudas. Aún le rondaba la cabeza la imagen de Jack, recordando cómo había actuado extraño el día anterior en la plaza del monumento. A pesar de las preguntas que seguían surgiendo, decidió no preocuparse demasiado. Cuando terminaron de comer, salieron de la cafetería y se dirigieron a la entrada para esperar a Elias y Maria. No pasó mucho tiempo antes de que Juno se acercara a ellos.

—Hola, chicos. ¿Saben cómo está Maria? —preguntó, con un tono de genuina preocupación.

—Sí, está bien. La vimos en la cafetería hace un momento —contestó Legoshi, con tranquilidad.

—Me alegra que ya esté mejor —respondió Juno, sonriendo y soltando un suspiro de alivio al saber que Maria se encontraba en mejores condiciones.

—Oye, Legoshi, por cierto, esta mañana fui al club y Sanu me comentó que todos los del club irán, incluso los herbívoros. Me dijo que ahora es más seguro, así que todos podrán ayudar —añadió Juno, informándole con entusiasmo. Sonreía, contenta de poder compartir esa noticia.

"Entonces, significa que Haru también estará ahí... Me pregunto si..." Legoshi pensó para sí, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por la llegada de Elias y Maria, quienes lucían sus uniformes impecables.

—¡Ah! Buenos días —saludó Juno alegremente, con una sonrisa radiante.

—Buenos días —respondieron ambos al unísono.

—Me alegra mucho que te sientas mejor, Maria. Ayer me preocupé mucho al verte en ese estado —dijo Juno, sus orejas bajando un poco mientras recordaba la noche anterior con tristeza.

Maria se acercó a ella y le acarició la cabeza con ternura.

—Siento haberte preocupado, Juno, pero ya estoy mucho mejor. Gracias por preocuparte por mí —dijo Maria con una sonrisa cálida, intentando aliviar la preocupación de su amiga.

El gesto de Maria hizo que Juno sonriera alegremente, aliviada de ver a su amiga en mejor estado.

—¡Bien, vayamos a ayudar en la plaza! —exclamó Juno con energía, señalando la dirección con entusiasmo.

Todos asintieron y comenzaron a caminar hacia la salida de la academia. Mientras avanzaban, Legoshi, quien caminaba a su lado, le hizo una pregunta a Elias.

—Oye, Elias, ¿nos acompañarán los mismos guardias que vinieron ayer? —preguntó, intrigado.

—No, le avisé al director más temprano, y me dijo que serían otros guardias. Al parecer, los que nos acompañaron ayer están tomando un descanso —respondió Elias con calma mientras continuaban su marcha.

Al llegar a la salida, los nuevos guardias ya estaban esperándolos. Juntos, salieron de la academia y se dirigieron al metro, ignorando las miradas curiosas de los demás pasajeros. Durante el trayecto, Elias y Maria conversaban animadamente con sus amigos, sin prestar demasiada atención a las miradas.

Finalmente, llegaron a la estación y caminaron hacia la plaza, guiados por Juno, quien conocía la dirección exacta. Al llegar, quedaron impresionados por el ambiente Que era vigilado por la policía. La plaza era amplia, rodeada de árboles y arbustos que le daban un toque natural. En el centro, el suelo era de tierra, y algunos estudiantes estaban colocando puestos para sus clubes. Otros, en el escenario, se afanaban en armar una estructura de madera.

En el centro de la plaza, notaron una enorme estructura esférica incompleta, aún incompleta, con algunas partes de dinosaurios que necesitaban ser pintadas. Elias y Maria se detuvieron por un momento, observando con asombro el trabajo de los estudiantes, pero lo que más llamó su atención fue la vista del mar, que se extendía en el horizonte, justo al lado de la plaza.

El sonido de las olas chocando contra la costa les daba una sensación de tranquilidad, y por un instante, Elias y Maria se quedaron en silencio, maravillados por la belleza del lugar.

—¿Qué les parece? —preguntó Juno, observando las expresiones de asombro en sus rostros.

—¡Este lugar es enorme! ¿Y esas son las decoraciones de tu club? —preguntó Maria, con una sonrisa radiante al ver las enormes figuras de dinosaurios a medio construir.

—¡Sí, vaya que es interesante la forma en que decoran! —comentó Elias con entusiasmo, cruzándose de brazos mientras admiraba el trabajo.

Juno sonrió orgullosa, contenta de que les gustara tanto.

—Sí, es hermoso. Por cierto, Maria, ¿todavía no eliges un club? —preguntó Juno con curiosidad, inclinando ligeramente la cabeza.

Maria la miró pensativa, jugueteando con un mechón de cabello.

—Mmm, estaba pensando en unirme al club donde está mi hermano, pero... aún no me decido. Tal vez tome una decisión más adelante —respondió Maria con calma, manteniendo una sonrisa relajada.

—¡Bien! Entonces, vayamos a ayudar —exclamó Juno alegremente, con un brillo de entusiasmo en sus ojos. Maria asintió y siguió a Juno, dejándole a Elias con los chicos.

Elias los miró con una expresión tranquila antes de hablar.

—Bueno, vayamos a ayudar. Supongo que todavía hay mucho por hacer —dijo cruzando los brazos con una actitud decidida.

Los chicos asintieron y se dispersaron para ayudar en lo que pudieran, dejando a Legoshi solo en medio de la plaza. Sumido en sus pensamientos, apenas notó que todos se habían ido, hasta que levantó la mirada y se dio cuenta de que estaba solo.

—¿Eh? ¿Adónde se fueron todos? —se preguntó a sí mismo en voz alta, algo desconcertado. Sacudió la cabeza para salir de sus pensamientos y decidió encaminarse hacia donde se encontraban los miembros del club de teatro, pensando que allí podría ser útil.

Mientras caminaba, el murmullo de las olas del mar se mezclaba con el bullicio de la plaza. Con un último suspiro, se unió al ajetreo del lugar, decidido a colaborar en lo que hiciera falta.

Maria siguió a Juno hasta una de las carpas, ansiosa por encontrar en qué podía ayudar. Al entrar, varios miembros del club de teatro que estaban dentro se giraron al verlas llegar.

—¡Oh! Juno, viniste. Bien, podrás... —empezó a decir Dom, pero su voz se apagó cuando notó la presencia de Maria detrás de ella. Un incómodo silencio se extendió en la carpa mientras todos observaban a la recién llegada, y Maria también los miró de vuelta. Identificó al chico que había hablado como un pavo real, y notó que algunos de los presentes la observaban con nerviosismo.

—Hola, Dom. Vine para ayudar y traje a una amiga que quiere ayudar —dijo Juno con una sonrisa, tratando de aliviar la tensión.

Una chica leopardo se acercó rápidamente a Juno, con una mirada de preocupación.

—¿Por qué viene contigo? —preguntó en voz baja, mirando a Maria con una mezcla de miedo y desconfianza.

—Tranquila, Sheila. Maria solo quiere ayudar, y además aún no ha elegido un club, así que pensé que sería buena idea mostrarle nuestro trabajo —respondió Juno, sonriendo tranquilamente mientras miraba a su amiga.

Maria echó un vistazo a los demás. Vio a una chica oveja en el fondo que parecía asustada, un chico mangosta que evitaba su mirada, y un ciervo rojo que la observaba con seriedad, casi con desagrado. Este último se acercó lentamente.

—Veo que trajiste a la hermana de Elias —dijo Louis con voz neutral, sin apartar la mirada de Maria.

—Sí, Maria quiere ayudar en lo que pueda —respondió Juno con calma. Maria sostuvo la mirada de Louis, manteniendo una expresión serena. Louis sintió la intensidad de sus ojos, como si pudiera ver a través de él, y no pudo evitar sentirse algo incómodo. Finalmente, Maria les sonrió con amabilidad.

—Hola, es un placer conocerlos. Supongo que ya saben mi nombre, pero por si acaso, soy Maria, la hermana de Elias. Si necesitan ayuda en algo, estaré encantada de ayudar—dijo Maria, presentándose con una sonrisa amistosa.

Los demás miembros del club parecían un poco más relajados, aunque seguían nerviosos. Louis, por su parte, intentaba mantener la compostura, aunque la presencia de Maria le resultaba desconcertante. Ella le recordaba a Elias, pero al mismo tiempo, era completamente distinta.

—Bien, puedes ayudar a las chicas con las decoraciones —indicó Louis, acercándose a ella para verla mejor. A medida que se acercaba, Maria notó que su expresión se suavizaba un poco, aunque todavía parecía algo incómodo.

Ella sonrió y se inclinó ligeramente para ponerse a su altura, tratando de hacerle sentir más cómodo.

—Claro, no hay problema —respondió Maria con una sonrisa. Al notar que Louis seguía algo tenso, decidió ser directa—. Oye, puedo notar que estás nervioso. Sé que algunos de ustedes nos tienen miedo, pero pueden estar tranquilos. Cuando me presenté la primera vez, no lo hice de la mejor manera, estaba asustada. Quisiera disculparme por esa primera impresión; no es así como soy realmente.

Las palabras de Maria sorprendieron a todos en la carpa, especialmente a Louis, quien se quedó mirándola con asombro. Había esperado algo completamente diferente de la hermana de Elias, pero en cambio, veía a una chica que parecía muy amable.

—Sí, no hay problema —respondió Louis con un tono más amable, sin poder evitar sentirse intrigado por ella.

Maria sonrió agradecida.

—Espero que podamos conocernos mejor —dijo, y se levantó, volviendo junto a Juno para empezar a ayudar con las tareas del club. Louis la siguió con la mirada, intrigado por la energía que transmitía, tan diferente de la de su hermano.

Mientras Maria y Juno se ponían a trabajar, Louis se quedó en su lugar, pensativo.

"Este humano es muy diferente al otro... parece vulnerable, pero al mismo tiempo transmite una fuerza que no logro descifrar. Es... curioso."

Louis ayudaba con las cajas, sacando las decoraciones para el festival. De vez en cuando, lanzaba miradas furtivas hacia Maria, quien conversaba animadamente con Juno. Había algo en la forma en que ella lo miraba a ratos, como si pudiera leer sus pensamientos, que lo ponía algo nervioso. Intentando enfocarse, desvió la mirada y siguió sacando adornos de una de las cajas. Finalmente, decidió pedirle ayuda a Juno para colgar algunas decoraciones.

—Juno, ¿me ayudarías a colgar esto afuera? —dijo, acercándose.

—¡Claro! Solo déjame... —comenzó a responder Juno, pero antes de que pudiera terminar, tropezó y cayó, tirando un par de cajas llenas de decoraciones por todo el suelo.

—¡Uh! —se quejó Juno, sentada en el suelo, sobándose con las cosas esparcidas a su alrededor.

—¡Juno, ¿estás bien?! —preguntó Sheila, alarmada al ver la caída.

—Sí, sí, estoy bien. Pero parece que tiré todo... —respondió Juno, riéndose nerviosa mientras sentía un dolor leve por la caída.

Maria se acercó rápidamente para ayudarla, ofreciéndole la mano. Juno la aceptó, y Maria la llevó hasta una silla cercana para que se sentara.

—¿Caíste sobre tu cola? —preguntó Maria, preocupada, sabiendo que esa zona podía ser muy sensible para los animales.

—Sí, pero no te preocupes, no es grave —respondió Juno, tratando de tranquilizarla. Intentó levantarse, pero una punzada de dolor la hizo sentarse de nuevo. Sheila, al notar la situación, se apresuró a ayudar.

—Quédate sentada, Juno. No te esfuerces o podrías lastimarte más. Iré por una bolsa de hielo —dijo Sheila, visiblemente preocupada, antes de salir en busca de la bolsa.

Juno asintió y luego miró a Louis, disculpándose.

—Lo siento, Louis. Creo que no podré ayudarte. Fue mi torpeza la que causó este desastre —dijo, sintiéndose algo culpable.

—No te preocupes, Juno. Pero, ¿estás segura de que no necesitas atención médica? —preguntó Louis con cierta preocupación al notar su incomodidad.

—No, estaré bien. Solo necesito que la hinchazón baje un poco —respondió Juno, sonriendo para intentar aliviar la preocupación de los demás. Luego miró a Maria con una sonrisa de complicidad.

—¿Por qué no le ayudas tú? —le sugirió Juno a Maria, viendo a Louis esperando su reacción.

—Claro, me encantaría —respondió Maria alegremente.

—Bien, gracias —dijo Juno con alivio.

—Vamos, entonces —dijo Louis, señalando la salida con un gesto, sorprendido por la naturalidad con la que Maria aceptó ayudar. Salieron de la carpa, caminando hacia la zona donde estaban las grandes decoraciones de dinosaurios.

—Sígueme. Debemos colgar estas decoraciones por ahí, donde están los dinosaurios. Tú las cuelgas arriba, ya que eres más alta que yo —indicó Louis mientras caminaban juntos, sintiendo nuevamente esa extraña sensación de ser observado. Volteó para encontrar los ojos azules de Maria fijos en él, llenos de una calma desconcertante.

—No hay problema —contestó Maria, con una sonrisa tranquila.

Louis siguió caminando, sintiendo sus pensamientos enredarse. No podía evitar preguntarse cómo alguien como ella, que parecía tan vulnerable, irradiaba tanta confianza. A pesar de su apariencia frágil, no mostraba el más mínimo indicio de miedo, algo que lo desconcertaba profundamente. Sabía que, de alguna manera, él también era vulnerable, pero la determinación de Maria lo hacía sentir que, de algún modo, ella era más fuerte de lo que aparentaba.

"¿Qué es lo que hace a los humanos tan diferentes?", pensaba Louis mientras seguían caminando, sintiéndose cada vez más intrigado por Maria y su actitud. ¿Cómo podía una humana, tan similar en algunos aspectos a Elias, ser tan distinta en su forma de comportarse?

Louis y Maria caminaron en silencio hasta llegar al lugar donde debían colocar las decoraciones. Louis le entregó una de las piezas decorativas y ella la tomó con una sonrisa, comenzando a amarrarla con cuidado a uno de los dinosaurios. Mientras tanto, él se ocupaba de colocar otras decoraciones en el lado opuesto, observándola de reojo. Había algo en su tranquilidad que lo inquietaba, como si ella pudiera ver más allá de lo que él mostraba.

De pronto, Maria rompió el silencio, su tono casual pero inquisitivo.

—Oye, ¿puedo hacerte una pregunta? —dijo mientras ajustaba una de las decoraciones.

Louis sintió un ligero nudo en el estómago. Desde que la conoció, había tenido la sensación de que ella podía leerlo como si fuera un libro abierto.

—Claro, ¿qué es? —respondió, esforzándose por sonar tranquilo mientras continuaba con su tarea.

—No quiero que me encuentres grosera o entrometida por preguntar esto, pero... —hizo una pausa antes de lanzar la pregunta— ¿por qué pareces estar triste todo el tiempo?

Las palabras lo golpearon como una ráfaga fría. Louis se quedó inmóvil, sus manos todavía sosteniendo una de las decoraciones. Su mente se llenó de recuerdos de los libros que había leído en la mansión de Ogma de su colección privada, historias de humanos que eran demonios disfrazados o brujos capaces de leer pensamientos. Aunque sabía que esas historias eran exageraciones, no podía evitar sentirse vulnerable bajo su mirada penetrante.

Maria se detuvo también al notar su silencio.

—Ah, lo siento si pregunté algo demasiado personal. No era mi intención incomodarte —se disculpó, genuinamente apenada.

Louis, recuperándose rápidamente, volvió a aparentar calma.

—No te preocupes —respondió con una voz controlada—. Pero… ¿por qué preguntas algo así?

Maria lo miró directamente, dejando las decoraciones por un momento.

—Tus ojos —dijo con un tono sereno—. He visto a muchas personas con esa mirada. Es la mirada de alguien que lleva mucha tristeza y dolor internos, algo que no puede resolver. También he visto lo que pasa cuando se dejan consumir por esa tristeza.

Louis sintió que su pecho se apretaba. ¿Cómo era posible que ella pudiera verlo de esa manera? Una mezcla de emociones lo recorrió: curiosidad, nerviosismo e incluso molestia. A pesar de todo, mantuvo su máscara de tranquilidad.

—No te preocupes. Estoy bien. He aprendido a lidiar con eso —respondió, desviando la mirada.

De repente, Maria se acercó a él. Antes de que pudiera reaccionar, tomó su rostro con ambas manos, haciendo que Louis la mirara directamente. Sus nervios se dispararon, y al mismo tiempo, no podía evitar sentir que ella lo veía desde una posición de superioridad, algo que lo incomodaba profundamente. ¿Cómo podía alguien tan frágil como un humano atreverse a tratarlo de esa manera?

—Muchos me han dicho lo mismo —dijo Maria, su voz firme pero sin rastro de agresividad—, pero al final terminan dejándose consumir por completo. No dejes que eso te pase.

Soltándolo suavemente, volvió a concentrarse en las decoraciones, como si la interacción no hubiera sido algo fuera de lo común. Pero Louis no pudo contenerse más. Las emociones reprimidas hervían dentro de él, y sus palabras salieron, cargadas de una mezcla de irritación y curiosidad.

—¿Y tú qué vas a saber? —su tono era bajo, calmado, pero claramente molesto—. ¿Cómo puede un humano saber lo que es sufrir? Seguro crees que eres mejor que yo y que todos aquí.

Maria detuvo su trabajo por un momento, girándose para mirarlo con calma, como si ya esperara una reacción de ese tipo. Sus ojos azules lo atravesaron nuevamente, llenos de una calma desconcertante que Louis no podía entender.

Maria se detuvo por un momento, observando a Louis antes de responder con un tono sereno pero lleno de convicción.

—¿Mejor? Nadie es mejor que otros. Todos tenemos nuestros defectos y fortalezas. No somos perfectos, pero tampoco por eso deberíamos sentirnos menos que los demás. Aunque somos diferentes, todos somos únicos a nuestra manera. Y respecto a saber lo que es sufrir… —hizo una breve pausa, mirando hacia las decoraciones que colgaban del dinosaurio—. Te puedo asegurar que muchos de nosotros conocemos el sufrimiento. Los fantasmas de nuestro pasado siempre nos persiguen.

Sonrió ligeramente antes de continuar con las decoraciones, como si sus palabras no fueran más que una verdad universal. Louis la observó en silencio, las palabras resonando en su mente. Había hablado solo por molestia, pero sabía bien por lo que los humanos habían pasado durante la guerra. La culpa y la vergüenza lo envolvieron momentáneamente, aunque su exterior seguía siendo sereno.

—Sabes, eres rara. Incluso más rara que muchos carnívoros que he conocido, a pesar de no ser uno te comportas como uno —comentó finalmente, mientras retomaba su trabajo con una calma renovada.

Maria rió suavemente, sin ofenderse.

—Tal vez. Pero esa rareza es parte de lo que nos hace únicos, tanto a mi hermano y como a mí. También aunque algunos de ustedes se vean intimidantes, eso no significa que no les demos una oportunidad, tal como ustedes lo hacen con los carnívoros.

Louis la miró de reojo, observándola con algo de curiosidad. Ella continuó colocando las decoraciones con una facilidad que casi hacía parecer la conversación irrelevante, aunque sus palabras seguían pesando en el aire.

—Si te preguntas cómo lo sé… es porque lo he notado desde que llegué aquí. La mayoría de los herbívoros solo se relacionan entre ellos, se evitan unos a otros y algunos pocos los veo que realmente se llevan bien, sabes realmente no somos tan diferentes.

Maria dio un paso hacia él, extendiendo su mano para ayudarlo con una decoración que se le había complicado. Su gesto y su sonrisa eran tan naturales que desarmaron la fachada defensiva de Louis. Él la miró por un momento, analizando sus palabras, y luego dejó escapar una ligera risa.

—De verdad, ustedes los humanos son extraños. Pero supongo que esa rareza es parte de su naturaleza —respondió, sus expresiones suavizándose notablemente.

Maria sonrió, satisfecha por su reacción.

—Bien, terminemos esto. Todavía tenemos que poner más de estas cosas.

Louis le pasó la mitad de las decoraciones que llevaba, permitiendo que ambos trabajaran juntos en silencio, aunque esta vez el ambiente entre ellos era mucho más relajado.

Maria y Louis continuaron poniendo las decoraciones hasta que el sol marcó el mediodía.

—Bien, esa sería la última —dijo Louis, colocando la decoración final y levantándose del suelo, estirando un poco la espalda tras el esfuerzo. Miró a Maria, quien le devolvió una sonrisa entusiasta.

—Bien, ¿ahora qué sigue? —preguntó Maria, claramente animada por seguir ayudando. Justo en ese momento, notaron que Juno se acercaba caminando hacia ellos, con un paso ya más seguro.

—Siento interrumpirlos —dijo Juno con una sonrisa amable al acercarse.

—Sí, dime. ¿Qué sucede? —respondió Louis, curioso por saber qué necesitaba.

—Quería pedirle ayuda a Maria con algunas cosas —dijo Juno, mirando a ambos.

—Claro, ya terminamos de poner las decoraciones —contestó Maria, aún con esa energía que la caracterizaba.

—Bien, entonces vamos —dijo Juno, volviendo su atención hacia Louis por un momento—. Te la traeré después.

—No hay problema —respondió Louis con calma, viendo cómo las dos chicas se alejaban. Maria se giró para despedirse antes de irse.

—Te veo en un rato —dijo ella, moviendo la mano en señal de despedida, y siguió a Juno con una sonrisa.

Louis las observó mientras se alejaban, dejando que un suspiro escapara de sus labios. Las palabras de Maria seguían resonando en su mente, y aunque no lo admitiría fácilmente, habían dejado una impresión en él. Se quedó en silencio un momento, mirando el cielo, como si buscara respuestas en las nubes.

—Supongo que los humanos son interesantes... pero aun así, me sorprende lo fácil que confían en los demás sin juzgar mucho su apariencia —murmuró para sí mismo, pensativo.

Con eso en mente, decidió dar una vuelta por el lugar. Había algo en ese día que lo hacía reflexionar sobre las cosas de manera diferente, sobre cómo alguien tan frágil como Maria podía proyectar esa confianza en los demás. Mientras caminaba, se encontró con las decoraciones que habían colocado juntos, ahora ondeando suavemente con la brisa.

Legoshi observaba la escena desde el andamio mientras pintaba un dinosaurio junto a Elias. Los demás chicos se habían dispersado para ayudar con las decoraciones en otros lugares.

—Hey, Legoshi, pásame la pintura verde —pidió Elias mientras continuaba pintando a su lado. Legoshi estaba tan ensimismado que no respondió, lo que hizo que Elias se acercara para tocarle el hombro.

—Hey, Legoshi, ¿me oyes? —preguntó, sacándolo de sus pensamientos.

—Ah, sí, toma —respondió Legoshi, entregándole la pintura verde mientras su mirada volvía a perderse, enfocándose en algún punto frente a él.

—¿Qué ves? —preguntó Elias, curioso, mirando en la misma dirección que él.

—A Maria, hablando con Louis —contestó Legoshi, señalando hacia donde observaba. Elias miró también, notando cómo Maria y Louis conversaban con naturalidad, mientras ella sonreía de vez en cuando.

—Ah, te refieres al chico ciervo, el que me abrió la boca para ver mis dientes —comentó Elias recordando como lo conoció sintiéndose incómodo.

—Sí, ese mismo. Parece que se lleva muy bien con ella —observó Legoshi, sin dejar de mirarlos.

—Así es Maria. Se lleva bien con todo el mundo, aunque al principio se mostró algo distante solo por temor a que alguien le hiciera daño —dijo Elias, recordando cómo fue la llegada de Maria. Volteó a ver a Legoshi y notó una ligera inquietud en su expresión.

—Mmm, ustedes dos son bastante distintos a pesar de que se parecen mucho físicamente —comentó Legoshi, intrigado por las personalidades contrastantes de Elias y Maria.

Elias sonrió, divertido por el comentario.

—Sí, me lo ha dicho varias veces en casa —respondió con una ligera risa. Luego, tomando de nuevo la pintura, agregó —Bueno, será mejor que sigamos con esto.

Legoshi asintió y se inclinó para continuar pintando, aunque su mirada se desviaba de vez en cuando hacia Maria, quien ahora se alejaba con Juno, dejando a Louis solo. Sus pensamientos comenzaron a divagar, y se encontró recordando su propia curiosidad hacia los humanos.

"Veo que se han adaptado bastante bien a todos nosotros. Es interesante observarlos... me pregunto si todos los humanos serán como ellos." reflexionaba mientras observaba a Louis, quien caminaba por el lugar. No pudo evitar seguirlo con la mirada hasta que vio a Haru, quien ordenaba unas macetas cerca.

Louis se acercó a ella, y Legoshi notó cómo le pasaba una mano por la cabeza mientras ella le devolvía una sonrisa cálida. Ver ese gesto hizo que una mezcla de emociones se removiera en su interior, y recuerdos de una conversación anterior con Louis regresaron a su mente.

"¿Uh, tú y Haru son amigos?"

"¿Dijo algo ella?"

"No, realmente…"

"Bueno, sí, lo somos."

Legoshi recordó esas palabras y, junto a ellas, ese sutil aroma que había sentido en Louis en esa ocasión, un olor familiar que él no podía olvidar. Sentía cómo una presión comenzaba a apoderarse de su pecho. Sin darse cuenta, había apretado las pinturas en sus manos, manchándose.

"Ella hace que el aliento se me vaya cuando estoy a su lado, me vuelve loco... siento más que dolor al verlos juntos," pensó, recordando la manera en que Haru le hacía sentir.

Se dejó llevar por sus emociones, sintiendo una mezcla de celos y frustración al ver a Louis y Haru. "Haru... así que puedes hacer caras como esas también..." Las palabras resonaron en su mente, y en un momento de claridad, sus pensamientos se desbordaron: "Ahora lo entiendo... ya lo entiendo muy bien te amo."

Estaba tan perdido en sus pensamientos que no notó cuando Elias volvió a tocarle el hombro, sacándolo de golpe de su ensoñación. Legoshi se giró, sorprendido, y vio la expresión sonriente de Elias, cuyo rostro estaba ahora lleno de pintura. La escena era tan absurda que lo sacudió de sus pensamientos de llenos de celos.

Legoshi sintió una punzada de culpa al ver a Elias con la cara completamente cubierta de pintura.

—¡Legoshi! No sé si esto es una broma tuya o no, pero… ¡ayúdame a limpiarme la cara! No veo nada y estamos aquí arriba —dijo Elias, tratando de quitarse la pintura a ciegas.

—¡Lo siento! ¡Sí, claro, vamos! —exclamó Legoshi, aún sintiéndose culpable por haber aplastado las pinturas sin querer. Bajaron juntos del andamio con cuidado, y Legoshi guió a Elias hasta la toma de agua más cercana en el parque.

—Vamos, agáchate, deja que abra la llave —dijo Legoshi, ayudando a su amigo a ponerse de rodillas para poder limpiarse la cara. Elias dejó que el agua fría le corriera por el rostro mientras Legoshi observaba sus propias manos, también manchadas de pintura. Justo en ese momento, Maria y Juno pasaron por el lugar, sorprendidas por la escena.

—¿Qué pasó? —preguntó Maria, mirándolos con una expresión de sorpresa al ver a su hermano con la cara llena de pintura.

Legoshi se giró para responder, pero se detuvo al notar que Maria llevaba el cabello atado en una cola, algo que le daba un aire diferente. Por un segundo, quedó atrapado en el detalle hasta que, nervioso, aclaró:

—Ah... fue mi culpa. Por accidente aplasté las pinturas con la mano —explicó, frotándose la parte trasera de la cabeza con la mano que no tenía pintura, visiblemente avergonzado.

Maria dejó la caja que llevaba y se acercó para ayudar.

—Deja que te ayude —dijo, agachándose junto a Elias para terminar de limpiarle la cara.

Después de unos minutos, Elias se puso en pie de nuevo, con la cara empapada pero limpia.

—Bien, ya puedo ver —dijo Elias sacudiéndose el exceso de agua con una sonrisa.

—Lo siento, Elias. No me di cuenta y apreté demasiado la pintura —se disculpó Legoshi, aún sintiéndose culpable.

—No te preocupes, no pasa nada —respondió Elias con una sonrisa, mientras se secaba la cara con las manos.

Maria aprovechó la ocasión para preguntar:

—Oye, hermano, vinimos a pedirte si podías ayudarnos. Necesitamos a alguien de tu estatura para algunas cosas —dijo con un tono tranquilo, mirando a Elias, quien se quedó pensando.

—Sí, ¿nos ayudarías? —añadió Juno alegremente, con una sonrisa animada.

—Claro, pero… —Elias se giró hacia Legoshi, algo indeciso—. Estoy ayudando a Legoshi ahora mismo.

Antes de que pudiera dudar más, Legoshi intervino rápidamente.

—Si quieres, ve con ellas. Puedo terminar de pintar solo, ya lo he hecho antes —dijo Legoshi con una sonrisa, tratando de no mostrar su nerviosismo.

—¿Estás seguro? —preguntó Elias, aún algo inseguro.

—Sí, no hay problema. Adelante —respondió Legoshi con un tono tranquilo, tratando de convencer a su amigo.

Elias asintió y se despidió antes de seguir a Maria y Juno, dejándolo solo nuevamente. Al verlos alejarse, Legoshi suspiró, sintiendo que la tranquilidad del parque no lograba calmar el remolino de pensamientos en su mente. La soledad traía de vuelta sus dudas, sus sentimientos confusos, y su frustración contenida, que solo parecían intensificarse en la calma de la mediodía.

Maria, Elias y Juno ayudaban en la plaza a preparar todo para el festival. La actividad era intensa, con decoraciones, puestos y luces siendo instaladas por estudiantes de diferentes cursos. Mientras tanto, Maria se acercó a Jack, que intentaba colgar una de las decoraciones que se había caído.

—¡Ahug! —gruñó Jack, frustrado al no lograr colocarla de nuevo en su sitio. Maria, sin hacer ruido, se acercó por detrás y sonrió al ver la situación.

—Deja que te ayude —dijo Maria, sorprendiendo a Jack, quien se giró rápidamente para mirarla, sonrojándose sonriéndole al notar lo cerca que estaba. Maria sonreía, su cabello atado en una cola alta, lo que hacía que Jack la viera con más curiosidad.

"¿Por qué me siento así?" pensaba Jack, su mente dando vueltas mientras la observaba. "Desde que llegó, no sé cómo actuar a su alrededor. Su presencia me inquieta y, al mismo tiempo, me calma…" Jack la miraba fijamente mientras ella tomaba la decoración de sus manos con suavidad y la colocaba en su sitio.

—Bien, ya está —dijo Maria, girándose para sonreírle, pero Jack apenas logró responder.

—G-gracias, Maria —murmuró él, desviando la mirada, visiblemente nervioso.

—No hay de qué… —respondió ella—. ¿Necesitas ayuda con algo más? —preguntó, notando que Jack parecía querer decir algo.

Jack vaciló, sintiendo una oleada de vergüenza. Había otra decoración que necesitaba colgar, pero estaba demasiado alta para él.

—S-sí… hay una más, pero… no alcanzo… y tú tampoco… creo que debería ir por una esca... —Jack no terminó la frase, ya que, antes de que pudiera reaccionar, Maria lo levantó fácilmente, sentándolo sobre sus hombros.

—¡Bien! ¡Ahora ya alcanzas! —dijo Maria, animada, con una sonrisa amplia.

Jack se quedó rígido, con el rostro completamente rojo, sintiendo el calor y la fuerza de Maria a través de sus hombros. La repentina cercanía, la facilidad con la que lo había cargado, y el hecho de que estaba literalmente sobre sus hombros, lo llenaron de emociones encontradas.

"¿¡Por qué está haciendo esto!? ¿¡Qué hago!? ¡Es lo suficientemente fuerte para cargarme…!" Los pensamientos de Jack lo sobrecogían, sintiendo que su corazón latía con fuerza, acelerado por la vergüenza. Varias personas en la plaza, incluyendo algunos de sus amigos, notaron la escena, mirándolos con curiosidad y sonrisas divertidas.

—Jack, ¿estás bien? —preguntó Maria con calma, sin notar la tormenta de emociones en la mente de Jack—. Vamos, pon la decoración —lo animó con suavidad.

Jack reaccionó al escuchar su nombre, saliendo de su trance nervioso.

—S-sí… ¡Voy! —dijo, tratando de calmar su respiración mientras colgaba la decoración con manos temblorosas. Su única meta era terminar rápido para poder bajar de la posición embarazosa en la que se encontraba.

Finalmente, Jack terminó de colocar la decoración.

—¡Bien, ya está! ¡Ya puedes bajarme! —dijo Jack con urgencia, su rostro ardiendo de vergüenza.

Maria lo bajó con cuidado, colocándolo nuevamente en el suelo con una sonrisa alegre.

—¡Listo! ¡Quedó bien puesta! —dijo ella, claramente satisfecha con su trabajo. Sin embargo, al notar el rostro completamente rojo de Jack, se inclinó ligeramente, preocupada.

—Jack, ¿qué pasa? —preguntó con un tono genuino de curiosidad—. ¿Te sientes bien?

Jack, sintiendo su corazón a mil por hora, desvió la mirada rápidamente.

—N-n-nada… —respondió en voz baja, su voz temblando, sin atreverse a mirarla a los ojos.

Maria, sin entender del todo, se acercó un poco más, su expresión volviéndose seria.

—¿Estás seguro? Te ves muy rojo… —dijo ella, con una ligera preocupación. El acercamiento de Maria hizo que Jack se tensara aún más, deseando que el suelo se lo tragara.

—S-s-sí, estoy bien, solo... —Jack apenas pudo hablar antes de que Maria se acercara aún más, tocando su frente con la de él. La cercanía era abrumadora, y Jack sintió cómo sus pensamientos se volvían un caos absoluto.

—Mhhh... No tienes fiebre —dijo Maria con los ojos cerrados, sus frentes todavía unidas.

"¡Ayuda, alguien, por favor! ¡Legoshi, Miguno, Collot, quien sea!" pensó Jack desesperado, sintiendo un impulso creciente e inexplicable. Podía oler a Maria tan de cerca, y su mirada se desvió hacia su cuello. Su boca comenzó a abrirse lentamente, impulsada por un deseo desconocido y aterrador.

"¿Qué es esto? ¿Por qué siento como si algo me llamara, como si fuera... hambre?" pensaba Jack, su mente luchando entre la confusión y el impulso.

De repente, la voz de Elias rompió la tensión:

—¡Maria, necesito ayuda!... Mmmh, ¿qué estás haciendo? —preguntó Elias al notar la escena, lo que hizo que Maria se apartara rápidamente de Jack. Jack respiró profundamente, sintiendo un alivio y una vergüenza intensos al mismo tiempo.

—Trataba de ver si Jack tenía fiebre... Es que se veía tan rojo —respondió Maria, girando para mirar a Elias, quien soltó una pequeña risa.

—Con ellos no es así —dijo Elias con una sonrisa tranquila—. Para saber si tienen fiebre, es mejor tocarles la nariz. Eso es lo que dicen los libros de biología sobre ellos.

—Oh, no lo sabía... —dijo Maria, parpadeando sorprendida—. A ver, déjame ver...

Intentó tocar la nariz de Jack, pero él retrocedió apresuradamente.

—¡Estoy bien, Maria, no te preocupes! —dijo Jack con una voz nerviosa, dando un paso atrás para alejarse un poco más.

—¿Seguro? —insistió Maria, aún algo preocupada.

—Sí, estoy bien. ¿Por qué no ayudas a Elias? Seguro que te necesitan —respondió Jack, forzando una sonrisa para tranquilizarla. Maria dudó un momento, pero asintió y se dirigió hacia Elias, dejando a Jack solo, quien observó cómo se alejaban mientras sus corazones latían con fuerza.

"¿Qué me pasa? ¿Por qué quería... morderla? ¡Yo no soy así!" pensó Jack, asustado y desconcertado por la fuerza de sus instintos. Sin pensar, se llevó ambas manos a la cabeza, tratando de calmar la tormenta en su interior.

"¡Debe ser mi instinto de depredador! ¡Es la primera vez que siento algo así!" La idea lo aturdía. No quería pensar que era un peligro para alguien cercano.

Jack respiró hondo, intentando encontrar una explicación racional. "¡No! Debe ser otra cosa... ¡Sí! Debe haber alguna otra razón. Necesito tranquilizarme..." Su mente seguía enredada en pensamientos confusos cuando sintió una mano en su hombro. Giró rápidamente y vio a Miguno, que lo miraba sonriendo.

—Veo que te estabas divirtiendo —dijo Miguno con una sonrisa burlona, observando a Jack. Este sonrió de forma forzada, tratando de alejar los pensamientos que lo habían abrumado momentos antes.

—Solo... me estaba ayudando —respondió Jack nervioso, intentando restarle importancia.

—Vamos a ayudar a los demás —dijo Jack rápidamente, con la intención de cambiar de tema y distraerse de sus sentimientos.

—Sí, vamos. Creo que los del club de teatro necesitan unas cuantas manos más —asintió Miguno con tranquilidad. Los dos se dirigieron a ayudar y, mientras pasaban las horas, Jack logró enfocar su mente en las tareas, apartando temporalmente el nerviosismo que lo perseguía.

Cuando llegó la tarde, la mayoría de los estudiantes ya se estaba retirando. Elias, Maria y Juno se reunieron con el resto del grupo.

—Vamos, hay que irnos. Ya es tarde —dijo Durham, observando cómo los últimos rezagados se marchaban.

—Sí, pero ¿dónde está Legoshi? —preguntó Collot al no verlo.

—Tal vez ya se fue. Lo vi yéndose con alguien, pero no alcancé a ver quién era —respondió Elias, frotándose los ojos con cansancio.

—Bueno, supongo que será mejor irnos ya. Casi no queda nadie. Vamos —respondió Juno, tomando la iniciativa. Los demás asintieron y la siguieron hacia la estación de metro, listos para regresar a la academia.

Maria caminaba cerca de Elias y Juno, que hablaban de temas sin importancia. De repente, vio a Jack caminando solo detrás del grupo, y decidió acercarse para hacerle compañía.

—Hey, ¿te sientes mejor? —preguntó Maria, recordando cómo lo había visto antes en la plaza.

Jack levantó la mirada, sorprendido de que Maria se le hubiera acercado. Caminaba a su lado, y podía notar una leve preocupación en sus ojos.

—S-sí, estoy bien. No te preocupes —respondió él, sonriéndole con torpeza. Por dentro, seguía nervioso al estar tan cerca de ella, pero trató de mantener la calma.

—Bien —dijo Maria con una sonrisa genuina, lo que hizo que Jack sintiera de nuevo ese extraño impulso. Sin embargo, logró controlarlo y se concentró en la conversación.

—Ah... Me disculpo si te cargué tan repentinamente sin preguntar —dijo Maria de repente, su voz sonaba sincera mientras lo miraba de reojo.

Jack recordó la situación y su rostro se sonrojó un poco.

—No... no hay problema. Después de todo, me ayudaste —respondió algo avergonzado, desviando la mirada y hablando en voz baja.

Maria lo observó un momento antes de sonreír de nuevo.

—Mhhh, sabes, es divertido estar con ustedes y ayudarlos. Nunca pensé que fueran tan parecidos a nosotros. Me agrada pasar tiempo con ustedes —comentó alegremente, con una chispa en los ojos.

Jack la miró con sorpresa ante esas palabras. Algo en su interior se relajó al escuchar la sinceridad de Maria, y su nerviosismo se disipó un poco.

—S-sí... Ustedes también se parecen mucho a nosotros. Me agrada tenerlos como amigos también —respondió Jack, devolviéndole la sonrisa, aunque todavía con una ligera timidez.

Mientras caminaban juntos hacia la estación, Jack se dio cuenta de que, a pesar de sus extraños sentimientos, disfrutaba de la compañía de Maria.

Miguno, Voss, Durham y Collot observaban a Jack, que movía la cola de un lado a otro, claramente contento.

—Hey, ¿vieron al mediodía cómo Maria cargó a Jack? —preguntó Voss desde los hombros de Collot.

—Sí, nunca imaginé que fuera lo suficientemente fuerte para cargarlo… A pesar de que parece tan frágil, ¿quién lo diría? —respondió Durham, mirando la escena con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—Pero, ¿no notan algo extraño desde ayer, en la plaza del monumento? —agregó Durham, mirando hacia Jack y Maria mientras los seguían por la acera.

Miguno, Voss y Collot lo miraron, un poco confundidos.

—¿A qué te refieres? —preguntó Miguno, frunciendo el ceño.

—Me refiero a que, cuando estábamos con ellos dos en el monumento, Jack se veía como… perdido o muy distraído —explicó Durham, pensativo. Miguno asintió, recordando también lo extraño de la situación.

Sintiendo una creciente curiosidad, Miguno se acercó a Jack por detrás y le dio una palmada en el hombro con una sonrisa divertida. Los otros lo siguieron, acercándose a Jack y Maria.

—¡Hey, Jack! Veo que te estás divirtiendo. ¿De qué hablan? —dijo Miguno con una sonrisa traviesa.

Jack estaba a punto de responder, pero Maria se adelantó.

—Me estaba contando sobre esa estructura que tienen en medio de la plaza. No sabía que era tan importante para ustedes —explicó Maria con tranquilidad.

—Sí, y también le hablaba sobre nuestras festividades, como Rexmas —añadió Jack mientras Miguno lo abrazaba amigablemente desde el hombro.

—¿Ustedes también tienen festividades en invierno? —preguntó Collot, curioso.

—Sí, pero la llamamos "Sancta Noctis" —respondió Maria amablemente, lo que capturó la atención de todos.

—¿De qué trata? ¿Es parecida a Rexmas? —preguntó Jack, mostrando interés.

—Bueno, según lo que me contaste, ustedes intercambian regalos y visitan a la familia en diciembre. Pues, prácticamente, son iguales y caen en la misma fecha —dijo Maria alegremente.

Los chicos intercambiaron miradas sorprendidas, dándose cuenta de que compartían muchas similitudes en sus tradiciones.

—También celebramos el fin del año el último día de diciembre —añadió Maria mientras llegaban a la estación del metro. Bajaron las escaleras siguiendo a Elias y Juno, y al llegar, se quedaron esperando juntos la llegada del tren.

—Mhhh, así que celebran dos festividades en invierno, igual que nosotros —comentó Jack, intrigado.

—Sí, prácticamente. Supongo que ustedes también, ¿no? —dijo Maria, mirándolo.

—Sí, pero la que más celebran es Rexmas —respondió él, sonriéndole y moviendo la cola sin darse cuenta.

Miguno, Collot y Voss intercambiaron miradas, notando cómo Jack movía la cola alegremente. Sus amigos lo miraban con curiosidad, percibiendo que había algo más en su reacción.

—Después de todo, somos muy similares, ¿ves? —añadió Maria, devolviéndole la sonrisa.

Los chicos intercambiaron una mirada de complicidad, notando cómo Jack parecía aún más contento de lo normal al hablar con Maria.