Notas:
Hey hola, aqui un nuevo capitulo se que me tome mi tiempo pero estoy ocupado con un proyecto de la universidad que requiere mi atencion, asi que puede que tarde un poco, pero bueno espero que lo disfruten, ya saben si encuentran errores o hay algo mal dejen me su comentario.
gracias por leer :)
Jack estaba absorto en sus pensamientos, preocupado por el inminente encuentro con los padres de María y Elias. Mientras el barco atracaba, su mirada parecía perdida, fijándose en el horizonte sin realmente verlo. María, al notarlo, dio la vuelta hacia él y trató de llamar su atención pasando su mano frente a su rostro, pero Jack no reaccionó. Entonces, sin dudarlo, se acercó más y lo tomó suavemente por los hombros, sacándolo de sus pensamientos.
Jack parpadeó y finalmente reaccionó, mirándola de reojo. María sonreía con esa calidez característica que lograba desarmar sus nervios.
—¿Qué pasa? —preguntó Jack, intentando disimular su inquietud mientras su mente seguía procesando la idea de conocer a los padres de María y Elias.
—Nada, solo te vi muy pensativo —respondió María con una sonrisa tranquila, manteniendo su mirada en él.
Jack suspiró ligeramente, esbozando una pequeña sonrisa mientras desviaba la vista hacia el puerto que se acercaba cada vez más.
—Bueno… pensaba en cómo será conocer a tus padres y cómo son —admitió con cierta honestidad, aunque el nerviosismo era evidente en su voz.
María rió suavemente, un sonido que hizo que Jack se sintiera un poco más relajado.
—Ah, eso era lo que pensabas —dijo ella, inclinando la cabeza ligeramente mientras lo miraba—. Estoy segura de que le encantarás a mi madre. Aunque mi padre… bueno, puede que se sobresalte un poco al saber de ti. Pero no te preocupes, estoy convencida de que le caerás bien cuando te conozca.
La sonrisa de María tenía un matiz tranquilizador, pero las palabras sobre su padre hicieron que Jack sintiera un revoltijo en el estómago, una mezcla de nervios y emoción.
—¿De verdad crees que le caeré bien? —preguntó Jack, con una mezcla de esperanza y duda mientras volvía a mirarla.
—Claro que sí —afirmó María con una seguridad contagiosa.
Mientras ellos hablaban, Elias estaba de pie cerca de la barandilla, observando con emoción el puerto que ya se veía claramente desde el barco. Hughes y los demás caminaban cerca de él, con Hughes supervisando el atraque del barco. Fue entonces cuando Elias sintió una presencia a su lado y, al voltear, vio a Juno acercándose. Ella estaba mirando el paisaje con ojos brillantes, apreciando la vista que se extendía fuera del puerto.
Elias sonrió, notando cómo los rayos del sol resaltaban el brillo en el pelaje de Juno, mientras ella disfrutaba del paisaje, aparentemente ajena a todo lo demás.
—¡Ahhhh, se ve hermoso! —exclamó Juno, admirando el vasto campo verde que se extendía frente a ella. Sus ojos brillaban mientras disfrutaba del paisaje, y luego dirigió su mirada a Elias.
—Me alegra que te guste —respondió Elias con una sonrisa cálida—. Pero todavía no has visto la mejor parte, como el campo de flores o la zona del lago.
Los ojos de Juno se iluminaron aún más con emoción.
—¿¡Podemos ir a verlos!? —preguntó con entusiasmo, moviendo la cola alegremente mientras miraba a Elias.
Él rió suavemente al verla tan emocionada.
—Claro, pero primero veremos dónde se quedarán —respondió tranquilamente.
Juno asintió con una sonrisa radiante mientras el barco comenzaba a atracar. La tripulación lanzó las amarras al puerto, donde los trabajadores rápidamente aseguraron el barco. Poco después, la pasarela fue bajando.
Gon y los alumnos esperaron juntos, mientras Else se dirigió hacia Hughes, quien observaba la pasarela bajar hacia el muelle.
—Embajador Hughes —dijo Else con serenidad, llamando su atención.
Hughes giró hacia ella, mostrando una expresión amable.
—Sí, dígame, embajadora. ¿Qué pasa? —preguntó con cortesía.
—Quería preguntarle algo. ¿Dónde nos quedaremos? —preguntó Else, mostrando una ligera incertidumbre en su tono, preocupada por los arreglos para dormir y comer.
Hughes la miró tranquilamente, con una actitud segura y profesional.
—No se preocupe, embajadora. Los ministros, el alcalde y yo nos pusimos de acuerdo en los alojamientos. Decidimos que se les llevará a una mansión perteneciente a uno de nuestros ministros, quien se ofreció amablemente a hospedarlos. Puede estar tranquila, embajadora, él es una persona muy agradable —respondió Hughes con voz tranquila y reconfortante.
Else lo miró, sintiéndose más aliviada, aunque una pizca de nerviosismo permanecía al saber que serían huéspedes en un lugar tan importante.
Todos miraban el paisaje con emoción mientras la pasarela descendía completamente. María fue la primera en bajar, seguida de Jack y, después, el resto del grupo. Hughes y sus hombres cerraron la marcha, avanzando con firmeza hasta que todos estuvieron reunidos en el suelo. Los viajeros, cargados con sus equipajes, no podían contener su entusiasmo.
—¡Ahhh! ¡Ya quiero ir a ver el lugar! —dijo Juno con alegría, mostrando su impaciencia mientras daba pequeños saltos.
Los demás compartían su entusiasmo, observando el nuevo entorno. Hughes, al llegar junto a ellos, habló con autoridad:
—Bien, síganme. Los llevaremos al lugar indicado —indicó con calma.
El grupo asintió, dispuesto a seguirlo a un área de espera. Mientras Hughes hablaba, sus hombres, Mei y Geruft se dirigieron a un hangar cercano, de donde sacaron un camión militar sin lona y un automóvil de aspecto antiguo pero bien cuidado. Ambos vehículos se detuvieron en la salida, listos para partir. Hughes se giró hacia el grupo y les explicó.
—Muy bien, suban al camión. Los guardias los ayudarán.
Sin cuestionar la instrucción, los chicos se dirigieron al camión, donde los soldados les ofrecieron ayuda para subir. Hughes, por su parte, se acercó a Else y Gon.
—Acompáñenme —dijo, sonriendo.
Else y Gon asintieron, siguiendo a Hughes hacia el automóvil. Hughes abrió la puerta, permitiendo que ambos subieran con sus maletas antes de ocupar su propio asiento. Cerró la puerta tras de sí, acomodándose dándole la espalda al conductor y el pasajero, Geruft como pasajero y Mei como conductor, quien esperaba instrucciones.
—¿A dónde, señor? —preguntó Mei, mirando a Hughes a través del retrovisor.
—A la casa de Elias y María —ordenó Hughes con tranquilidad.
—Entendido, señor —respondió Mei, iniciando la marcha con el camión siguiendo de cerca al automóvil.
Mientras los vehículos avanzaban por el camino de tierra mojados, los chicos no podían apartar los ojos del paisaje. Pastizales verdes se extendían hasta el horizonte, salpicados de árboles que se mecían suavemente con la brisa de la pasada tormenta. Sakane, fascinada, exclamó.
—¡Este lugar es hermoso!
Gouhin, observando con calma, esbozó una sonrisa.
—Sí, es tranquilizador. Quién lo diría, pero los humanos tienen su pedazo de cielo —comentó con voz relajada.
Sakane lo miró, compartiendo su entusiasmo.
—Es cierto. Sin el ruido constante de la ciudad, a uno se le olvida lo tranquilo que puede ser el campo —respondió alegre.
Gouhin, con los brazos cruzados, rió levemente.
—En especial porque no tengo que oír las quejas de mis pacientes —añadió con ironía.
Sakane lo miró con curiosidad.
—Señor Gouhin, ¿puedo hacerle una pregunta? —inquirió.
Gouhin la miró, levantando una ceja.
—Claro, dígame.
—Bueno… ¿en qué área médica trabaja usted? —preguntó Sakane, notando las cicatrices en su rostro. Luego, se apresuró a aclarar—. Lo digo porque parece alguien con mucha experiencia, pero sus cicatrices me intrigan.
Gouhin suavizó su expresión seria y respondió con serenidad:
—Me dedico a atender casos de adicción a la carne. Trato a pacientes que otros hospitales no quieren aceptar.
Sakane lo miró, sorprendida y con un nuevo respeto.
—Entonces, usted rehabilita a adictos que han cometido actos de depredación —dijo con admiración.
Gouhin asintió.
—Así es. Prácticamente, intento ayudarlos. Aunque, claro, hay algunos que nunca aprenden —respondió con una mezcla de resignación y tranquilidad.
La conversación continuó mientras el camión seguía avanzando, llevándolos más adentro de aquel apacible paisaje que ahora les parecía un rincón sacado de otro mundo.
El viaje avanzaba con una serenidad que hacía difícil no detenerse a contemplar el paisaje. Los campos verdes se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y un aire fresco y limpio llenaba el ambiente.
—Elias, tu hogar es muy tranquilo —comentó Miguno con una sonrisa, admirando el paisaje desde su asiento.
—Me alegra que les encante. Ya quiero mostrarles los demás lugares —respondió Elias con entusiasmo, devolviéndole la sonrisa.
—Ya veo por qué les encanta este lugar —agregó Collot, observando con atención el horizonte.
Durham, mirando el paisaje con igual interés, se giró hacia Elias.
—Oye, Elias, ¿nos podrás llevar a ver el lugar? —preguntó con curiosidad.
—Claro, solo que hay que dejar nuestro equipaje —respondió Elias, contento al ver cómo los demás disfrutaban de la vista.
Un poco más atrás, Jack y María estaban sentados juntos, contemplando en silencio el mismo paisaje. La brisa suave hacía que el pasto danzara ligeramente, creando un cuadro casi idílico.
—¿Te gusta, Jack? —preguntó María, notando cómo Jack movía la cola con entusiasmo mientras miraba los campos.
—¡Sí! Quisiera poder correr por el campo ahora mismo —respondió Jack, volteándose hacia ella con una sonrisa radiante.
María rió suavemente al verlo tan animado.
—Me alegra que te guste —dijo María, sonriendo también.
Jack se acomodó un poco, intentando aprovechar el momento para seguir conversando.
—Y dime, ¿cómo son tus papás? —preguntó con curiosidad, realmente interesado en conocerlos.
María lo miró con calma, pensativa.
—Bueno, mamá no es tan alta como nosotros, pero papá siempre dice que me parezco mucho a ella —respondió, su tono cargado de afecto.
—¿Y tu padre? —Jack sintió un leve nerviosismo al hacer esta pregunta, preguntándose cómo sería conocerlo.
—Papá sí es de nuestra altura, y es muy fuerte. De hecho, una vez él y Elias jugaron para ver quién era más fuerte, y papá ganó —comentó María, tranquila.
Jack, por su parte, sintió que la imagen del padre de María se hacía cada vez más intimidante en su mente.
—¿Por qué… dices eso? —preguntó con voz temblorosa, visiblemente más nervioso.
—Papá es constructor, tiene su propia compañía y también trabaja en el campo —respondió María con naturalidad.
Jack no podía evitar imaginarse al padre de María aplastándolo como si fuera un insecto. Su inquietud era evidente, y María lo notó de inmediato. Con suavidad, se inclinó hacia él para calmarlo.
—No te pongas nervioso, no te hará nada. Sé que puede parecer imponente, pero es una de las personas en las que más puedes confiar —dijo María, abrazándolo con una sonrisa tranquilizadora.
Jack la miró, sintiendo cómo su nerviosismo disminuía un poco.
—S-s-sí, solo espero caerle bien… —respondió Jack, abrazándola también mientras intentaba calmarse.
María simplemente le sonrió con calidez y luego volvió su mirada hacia el paisaje. En ese momento, los campos verdes empezaron a dar paso a cultivos más organizados. Todos en el grupo lo notaron.
—Ya casi llegamos —anunció María con alegría, captando la atención de los demás.
Al frente, pudieron ver una muralla de piedra desgastada que se alzaba a lo lejos. Algunos edificios se encontraban dispersos cerca de la muralla, y el camino de tierra se había transformado en uno pavimentado con piedras, todavía húmedas por la tormenta reciente. A los lados del camino, pequeñas casas comenzaban a aparecer entre los cultivos.
El vehículo dio una vuelta, adentrándose por un camino más estrecho pavimentado con lámparas dispersas por el sendero. Finalmente, llegaron a un camino principal donde el auto y el camión se detuvieron.
Mientras todos miraban con curiosidad el lugar, María y Elias se levantaron de sus asientos, listos para darles la bienvenida a su hogar.
—Llegamos —dijo Elias con alegría, tomando su mochila. María también recogió sus cosas mientras los demás los observaban, contagiados por la emoción de bajar del vehículo.
Hughes fue el primero en descender, seguido por Else, Gon, Geruft y Mei. Jack y los demás vieron cómo Hughes se acercaba hacia ellos.
—Bien, bajen —dijo Hughes con una sonrisa. Todos asintieron, y los guardias de Hughes abrieron la puerta trasera del camión para ayudarles a bajar. Una vez en el suelo, comenzaron a pasarles sus equipajes.
Elias y María intercambiaron miradas confusas mientras Hughes se acercaba a ellos con una expresión tranquila.
—Ah, Elias, María, se me olvido mencionar que sus padres aceptaron que los demás se queden en su casa —dijo Hughes despreocupadamente.
Elias y María lo miraron incrédulos.
—¿Pero si no tenemos espacio? —comentó Elias, pensativo.
María se quedó callada por un momento hasta que algo pareció cruzar por su mente.
—Espera, no me digas que el… —dijo María, deteniéndose de golpe.
Elias volteó hacia ella, entendiendo a qué se refería. Jack y Juno, que estaban atentos a la conversación, los miraron con curiosidad.
—No puedo creer que la reparara —murmuró Elias mientras miraba a María.
—Ya sabes cómo es papá —respondió María con tranquilidad, encogiéndose de hombros.
Hughes los observaba con una sonrisa relajada mientras los demás terminaban de recibir el equipaje. Una vez que todo estuvo listo, Hughes dio media vuelta.
—Bien, síganme —indicó, comenzando a caminar por un camino de terracería.
Elias y María lo siguieron, con los demás detrás de ellos. Mientras avanzaban, el paisaje comenzó a desplegarse ante sus ojos: vastos campos que se mecían suavemente con el viento, algunas casas dispersas en la distancia y un aire de serenidad que envolvía el lugar.
Después de unos minutos, llegaron a una casa de tamaño mediano rodeada por un jardín. Jack y los demás observaron detenidamente la construcción: era una casa de ladrillo con ventanas pequeñas y una chimenea que asomaba por el techo. Al fondo podían ver terrenos de cultivo y otro edificio más grande que la casa principal, quizás un granero u otra cosa.
Hughes se detuvo frente a la casa y sonrió.
—Bien, llegamos —anunció, satisfecho.
Elias y María sonrieron, asintiendo al mismo tiempo. Caminaron por un pequeño sendero que llevaba a la puerta principal. Antes de tocar, ambos se miraron.
—¿Lista? —preguntó Elias.
—Sí —respondió María con una sonrisa tranquila.
Los dos levantaron las manos y tocaron la puerta al mismo tiempo, esperando una respuesta mientras el sonido de sus golpes se mezclaba con la calma del entorno.
Los chicos esperaron unos segundos con un silencio inquietante, hasta que del otro lado de la puerta se oyó una voz femenina que exclamó, Jack y los demás no entendían lo que dijo la voz del otro lado.
—(¡Voy!)
Jack tragó saliva, sintiéndose particularmente nervioso, mientras los demás miraban expectantes. Cuando la puerta finalmente se abrió, reveló a la madre de Elias y María. Vestía un elegante vestido azul largo de mangas cortas, y su cabello castaño estaba recogido en un peinado sencillo que realzaba la calidez de sus ojos color miel. Su rostro joven y hermoso mostraba sorpresa y emoción mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
Sin dudarlo, la mujer se lanzó hacia sus hijos, abrazándolos con fuerza. Elias y María se inclinaron para recibir el abrazo, sonriendo ampliamente.
—(¡Mamá! —exclamó Elias con alegría.)
—(¡Mamá! —repitió María, irradiando felicidad.)
—(¡Volvieron, mis niños!) —dijo la madre, llorando de alegría mientras los abrazaba con fuerza. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero su sonrisa no se desvanecía. Elias y María correspondieron el abrazo con igual emoción.
—(No llores, mamá, ya estamos aquí —susurró María, tranquilizándola con una sonrisa.
—(¡Los extrañé tanto!) —respondió su madre, soltando un último sollozo antes de separarse un poco para verlos mejor. Colocó ambas manos en las mejillas de sus hijos, como si quisiera asegurarse de que realmente estaban allí —(Me alegro de que estén bien. Vengan, pasen.)
Antes de que pudiera girarse hacia la casa, Elias la detuvo con una sonrisa.
—(Mamá, todavía falta que te presentemos a los demás.)
La mujer parpadeó, recordando de golpe a las otras personas allí presentes.
—(¡Ah, es cierto! Me olvidé al verlos) —admitió con una risa ligera, girándose hacia el resto del grupo. Sus ojos curiosos examinaron a los chicos, que se sintieron de inmediato algo cohibidos bajo su mirada, se acercaron a Hughes.
Hughes, siempre tranquilo, se adelantó con una sonrisa cortés.
—(Hola, señora. Como le prometí, sus hijos están aquí sanos y salvos, sin un rasguño.)
La madre de Elias asintió con gratitud.
—(Gracias por cumplir su promesa, ministro.)
—(Siempre cumplo mi palabra) —respondió Hughes con serenidad. Luego, haciendo un gesto hacia el grupo —(Estos son los amigos de sus hijos, quienes se quedarán durante las vacaciones, como le mencioné.)
—(¡Bien!) —dijo la mujer, irradiando amabilidad —(Solo déjenme avisarle a mi esposo para que los conozca también…)
No alcanzó a dar la vuelta cuando una voz grave y rasposa resonó desde el interior de la casa.
—(¡Cariño! ¿!Qué pasa¡? ¿!Por qué gritaste¡? ¿!Por qué está la puerta abierta¡?)
Todos giraron hacia la entrada mientras un hombre alto y robusto aparecía. La madre de Elias sonrió al verlo.
—(Ah, parece que no tendré que ir) —dijo con tranquilidad.
El hombre que emergió tenía un porte imponente, más robusto que Elias, con cabello corto de un negro caoba y ojos azules penetrantes. Su barba y bigote bien arreglados le daban un aire serio y maduro. Vestía botas negras, un pantalón gris y una camisa blanca de trabajo con las mangas dobladas hasta los codos, que dejaban entrever sus brazos musculosos.
Al verlo, María corrió hacia él con entusiasmo.
—(¡Papá!) —gritó, saltando hacia sus brazos.
—(¡Mi niña, ya están aquí!) —respondió su padre sonriendo y riendo con ella, atrapándola con un abrazo fuerte.
Jack y los demás observaron la escena, sintiendo la calidez del reencuentro, pero también notaron la expresión de terror que Jack intentaba ocultar tras una máscara de calma aparente.
El padre de Elias dejó a María en el suelo y abrazó a su hijo con igual emoción.
—(¡Mi muchacho, estás bien! No saben cuánto los extrañamos) —dijo con una sonrisa amplia.
—(Nosotros también los extrañamos mucho) —respondió Elias, devolviéndole el abrazo.
Después de unos momentos, el hombre se separó de Elias y caminó con sus hijos hacia donde estaba su esposa. Tras intercambiar una mirada cálida con ella, se volvió hacia Hughes.
—(Ministro, gracias por cumplir su promesa. Me alegra mucho que mis hijos estén bien.)
—(Es un placer, señor) —respondió Hughes con una inclinación de cabeza —(Y como mencioné, aquí están los chicos que se quedarán con ustedes.)
El padre de Elias volvió su mirada hacia el grupo, evaluándolos con una expresión seria. Los chicos, tensos bajo su escrutinio, se enderezaron de inmediato. Jack, en particular, sintió que su corazón latía con fuerza, mientras trataba de mantener la calma.
El padre de Elias los miraba a todos con una expresión seria, sus ojos recorriendo lentamente al grupo de amigos. Jack, que ya estaba nervioso, parecía temblar bajo esa mirada intensa.
—(¿Ellos son tus amigos?) —preguntó el padre de Elias, con voz tranquila pero firme.
Elias asintió, dando un paso adelante acompañado de María.
—(Sí, papá. Son muy buenos amigos) —respondió Elias con una sonrisa.
Bruno lo miró por un momento y luego cruzó los brazos, evaluando al grupo con detenimiento.
—(Bien. Entonces permíteme presentarme a mí y a tu madre) —dijo el con calma. La madre de María y Elias, se acercó a su esposo, tomándolo del brazo mientras esbozaba una sonrisa cálida.
El volvió a mirar al grupo, inclinando ligeramente la cabeza.
—Hola a todos. Son amigos de mis hijos, y quiero agradecerles por confiar en ellos y en nosotros. Muchas gracias —dijo el padre de Elias en el idioma de las bestias, con un acento apenas perceptible.
El grupo quedó sorprendido, especialmente al escuchar lo fluido de su pronunciación.
La madre de María, aún con su sonrisa amable, añadió.
—Sí, muchas gracias por cuidar de ellos. Les agradecemos mucho su confianza.
Su voz era suave y cálida, y hablaba con la misma fluidez que sus hijos. Ante la sinceridad de las palabras, todos se miraron entre sí, algo tensos. Jack fue el primero en atreverse a hablar.
—S-sí, no hay problema —dijo Jack con un leve tartamudeo, esforzándose por parecer tranquilo.
Los demás asintieron en señal de apoyo, aunque el nerviosismo era evidente.
Bruno sonrió levemente, asintiendo.
—Muy bien, me alegra que se lleven bien con ellos. Pueden llamarme Bruno, y ella es mi esposa, Amelia —dijo, presentándose con sencillez.
Juno fue la primera en dar un paso adelante, llena de entusiasmo.
—¡Es un gusto conocerlos! —exclamó Juno, sonriendo ampliamente.
Bruno la observó con la misma mirada seria, lo que hizo que Elias interviniera rápidamente.
—Ah, papá, déjame presentar a nuestros amigos —dijo Elias con una sonrisa mientras se acercaba a Juno—. Papá, mamá, ella es Juno. La conocí el primer día de clases.
Juno los saludó con su mejor sonrisa antes de dar un paso atrás. Elias continuó las presentaciones, señalando a cada uno de sus amigos.
—Él es Jack. Fue el primero que conocí cuando llegué.
Jack, que ya se sentía incómodo, notó la mirada de Bruno posarse sobre él. Trató de saludar, pero sus nervios le impedían moverse con naturalidad.
—Él es Miguno —dijo Elias, señalándolo. Miguno sonrió con cierta timidez, levantando la mano en un gesto nervioso.
—Él es Durham —continuó Elias. Durham trató de mantener la compostura mientras levantaba la mano para saludar con un movimiento contenido.
—Y ellos son Collot y Voss —dijo Elias. Ambos saludaron tratando de parecer tranquilos, aunque sus gestos delataban su incomodidad.
Finalmente, Elias se acercó a Legoshi. Este solo lo miraba, sintiendo un nudo de nervios en el estómago.
—Él es Legoshi —dijo Elias con calma.
Bruno fijó su seria mirada en Legoshi, quien saludó con un gesto de la mano, esforzándose por parecer amigable.
—Ellos son Bill, Tao y Aoba —continuó Elias, señalando al trío. Los tres hicieron su mejor esfuerzo para saludar, pero no pudieron evitar un escalofrío al sentir la atención de Bruno.
Por último, Elias buscó con la mirada hasta encontrar a Haru, quien se escondía tímidamente detrás de Legoshi. Los demás se apartaron un poco, dejando que ella quedara al descubierto. Haru trató de ocultarse más al notar que Bruno y Amelia la miraban fijamente.
Ambos padres se acercaron e inclinaron un poco, observándola más de cerca.
—Es una coneja blanca… —dijo Bruno, con un tono de incredulidad.
—¿Ella es su amiga? —preguntó Amelia, sorprendida.
—Sí, mamá, se llama Haru —respondió María mientras se acercaba para calmar a la pequeña coneja.
Haru temblaba ligeramente, pero cuando María le sonrió y le habló suavemente, se sintió un poco más tranquila. La tensión en el aire disminuyó un poco, aunque la mirada analítica de Bruno aún era tangible.
Haru observaba con algo de nerviosismo cómo el padre de Elias, Bruno, sonreía ampliamente.
—¡Ah, ah! ¡Esto es increíble! Nunca pensé que vería un conejo blanco enano en mi vida —exclamó Bruno emocionado.
Haru se tranquilizó al notar su tono amistoso y observó con curiosidad cómo la madre de Elias, Amelia, también se mostraba emocionada.
—¡Sí, esto es una señal de buena suerte! —dijo Amelia sonriendo mientras intercambiaba una mirada con su esposo.
Ambos se levantaron y se dirigieron hacia el grupo con amabilidad.
—Bien, es un gusto conocerlos a todos ustedes —dijo Bruno con alegría en su voz.
Entonces, giró la mirada hacia Hughes, que estaba junto a Else y Gon, luciendo algo nerviosos. Hughes sonrió antes de intervenir.
—Bien, señor Bruno, déjeme presentarle a la embajadora Else —dijo, señalando a la leona que se acercó para estrechar la mano de Bruno.
—Es un gusto conocerlos —dijo Else, sonriendo lo mejor que podía.
Bruno le estrechó la mano con firmeza, seguido de Amelia, quien también saludó con cortesía. Luego ambos dirigieron su atención hacia Gon.
—Él es Gon, el director donde asisten sus hijos —dijo Hughes, haciendo un gesto hacia Gon.
Gon mantuvo su semblante tranquilo, aunque internamente se sentía algo tenso.
—Es un gusto —dijo Gon con formalidad mientras estrechaba la mano de Bruno.
—Espero que mis hijos no le hayan causado problemas —comentó Bruno con serenidad.
—No, claro que no. Ellos son muy buenos con todos y obtienen calificaciones excelentes —respondió Gon, sonriendo ligeramente mientras Bruno soltaba su mano con una expresión satisfecha.
Amelia también lo saludó con cortesía antes de dar un paso atrás. Hughes intervino de nuevo, mirando al grupo.
—Bueno, debo irme, señor Bruno. Aquí les dejo a los chicos. Si desean salir, no hay problema. Toda la ciudad está informada de su presencia, así que si alguien los detiene ilegalmente, será reprendido. Pueden estar tranquilos —añadió Hughes con una sonrisa tranquilizadora.
Los jóvenes asintieron, aunque algo nerviosos. Hughes sacó entonces un pequeño radio cuadrado y se lo entregó a Elias.
—Si pasa algo, solo presiona este botón y vendremos de inmediato —explicó con calma.
Elias asintió mientras recibía el dispositivo.
—Bien, ahora nos tenemos que ir. Vamos, embajadora —dijo Hughes, mirando a Else, quien asintió antes de avanzar hacia los vehículos.
Gouhin, cruzado de brazos, lo detuvo antes de que continuara.
—Embajador, ¿puedo preguntarle dónde planea alojarnos? —preguntó con seriedad.
—También nos acompañará con la embajadora —respondió Hughes tranquilamente.
Con esa respuesta, Gouhin asintió y se apartó junto a Sakane. Hughes avanzó hacia los vehículos con Else y los demás, dejando al grupo de jóvenes con Elias y María.
—Bien, vengan, les mostraré dónde se quedarán —dijo Bruno, indicando que lo siguieran mientras se dirigía hacia la casa.
Amelia lo siguió, y mientras los demás permanecían estáticos, María animó al grupo.
—Vengan, vamos —dijo con una sonrisa tranquila.
Jack asintió y empezó a avanzar con su equipaje, seguido por el resto del grupo. Mientras caminaban, Miguno no pudo evitar expresar su curiosidad.
—Oye, Elias, creí que dijiste que no había espacio en tu casa para que nos quedáramos.
—Sí, y tu casa no parece tan grande como para albergarnos a todos —añadió Durham.
Elias suspiró antes de responder.
—No es que no hubiera espacio. El problema era dónde acomodarlos, pero parece que mi padre reparó la vieja casa.
—¿Tienen otra casa? —preguntó Bill, sorprendido.
—Sí, era la casa de mi abuelo. Es más vieja, pero también más grande. Mi padre seguramente la reparó para que pudiéramos usarla —explicó Elias mientras cruzaban el umbral de la casa principal.
Dentro, los chicos quedaron impresionados al ver las escaleras alfombradas que llevaban al segundo piso, las paredes blancas adornadas con fotografías y decoraciones, y el pasillo ancho con varias puertas que conducían a diferentes habitaciones. El suelo de madera estaba impecablemente limpio, reflejando la dedicación con la que había sido preparado.
El grupo avanzaba con cierto asombro, aunque intentaban disimularlo, siguiendo a Elias y María, guiados por sus padres. Atravesaron la casa hasta llegar a una puerta que daba al patio trasero. Al cruzarla, se encontraron con una cerca de madera que delimitaba un amplio campo de cultivo rodeando la propiedad. Detrás de la casa se alzaba un edificio grande que llamaba la atención de todos.
—Increíble, esa casa es enorme… ¿pero tiene un estilo diferente? —comentó Collot, observándola con curiosidad. Los demás compartían su asombro.
—Sí —respondió Elias mientras avanzaban por un camino cubierto de piedras irregulares—. A mi abuelo le encantaba ese estilo. No recuerdo cómo lo llamaba, pero disfrutaba mucho del aire libre y de sentarse a mirar el campo. Lo único malo de esa casa es que en invierno hace mucho frío. Por eso mi padre construyó otra.
Llegaron a la entrada del edificio. El padre de Elias abrió la puerta y los invitó a entrar. El interior era acogedor, con un piso de madera que parecía más antiguo y cuidado que el de la casa principal. Las paredes eran blancas, lisas como el papel, y algunas puertas corredizas destacaban por su diseño sencillo. Había pocos muebles en el pasillo principal, lo que reforzaba la sensación de espacio.
Los chicos observaron cómo los padres de Elias, junto con María y él mismo, se quitaban los zapatos antes de entrar. Elias los miró y explicó con amabilidad:
—Tienen que quitarse los zapatos para entrar. No se preocupen, el piso está limpio.
Con algo de torpeza, todos se quitaron los zapatos y continuaron en calcetines, siguiendo a Elias y su padre. Recorrieron el pasillo hasta que llegaron a una puerta que el padre de Elias abrió, revelando una habitación espaciosa con varias puertas a los lados y una pequeña mesa en el centro.
—¡Por fin arreglaste mi cuarto! —exclamó María con entusiasmo, mirando a su padre con una gran sonrisa.
—Sí, me tomó un poco de tiempo, pero ya está listo —respondió el hombre, devolviéndole la sonrisa.
María corrió hacia él y lo abrazó con alegría.
—¡Gracias, papá! —dijo, riendo mientras su padre la abrazaba también con afecto.
Elias miró alrededor de la habitación y señaló con curiosidad:
—Oh, veo que ya no está el hoyo en el techo.
El padre soltó a María y lo miró.
—Sí, me tomó tiempo conseguir las tejas, no son tan comunes. Pero bueno, aquí dormirán las chicas —explicó, mirando a María, quien asintió.
Juno se acercó a María con una sonrisa, y Haru lo hizo con algo más de timidez.
—Bien —dijo el padre de Elias, girándose hacia los chicos. Su expresión cambió de una cálida sonrisa a una mirada seria que los hizo tensarse al instante.
—Ahora, ustedes vendrán conmigo. Y una cosa más… si descubro que alguno de ustedes se cuela en la habitación de las chicas durante la noche… —su tono se volvió frío, casi amenazante—. Lo castigaré severamente.
Un escalofrío recorrió a todos los chicos, quienes rápidamente asintieron con nerviosismo.
—¿Entendido? —añadió, fijando la mirada en cada uno.
—¡Sí, señor! —respondieron al unísono, intentando no temblar.
Al ver su respuesta, el padre de Elias volvió a sonreír con amabilidad.
—Bien, me alegra que entiendan. Vamos, les mostraré dónde se quedarán.
Salió de la habitación con Elias siguiéndolo, mientras los chicos caminaban tras ellos, todavía temblorosos. Mientras tanto, Amelia, María, Haru y Juno se quedaron en la habitación, observándolos marcharse con cierta diversión.
El grupo seguía a Elias y a su padre por un largo pasillo, doblando una esquina. Elias hablaba animadamente sobre la casa, pero la atmósfera entre los demás era tensa.
—E-e-e-el padre de Elias da mucho miedo, ¿no lo creen? —susurró Tao con voz temblorosa.
—S-s-s-sí, no sé cómo Elias puede estar parado a su lado —respondió Durham, tan nervioso como Tao. Luego miró a Jack con una sonrisa maliciosa—. Pobre de ti, Jack, donde sepa que sales con su hija…
Jack, rojo de vergüenza y pánico, reaccionó rápido, tapándole la boca.
—¡Cállate! ¡No digas eso! —le respondió en un susurro nervioso.
El pequeño alboroto los hizo detenerse, y el padre de Elias notó el cambio de ritmo.
—¿Pasa algo? —preguntó, girándose para mirar al grupo.
Durham y Jack se quedaron congelados, sintiendo como si sus corazones fueran a salirse del pecho. Jack reaccionó rápidamente, esforzándose por sonar tranquilo.
—N-no, es solo que… el estilo de esta casa es muy interesante —respondió con una sonrisa nerviosa, diciendo lo primero que se le ocurrió.
El padre de Elias lo miró en silencio por unos segundos que parecieron eternos para Jack, quien sentía como si estuviera siendo juzgado con cada pestañeo.
—Sí, es un buen diseño, aunque tiene sus fallas. Pero sigamos. —El hombre sonrió levemente antes de continuar hacia una puerta, que abrió deslizándola.
Jack dejó escapar un suspiro mental. "Ahhhh, eso estuvo cerca," pensó, agotado mentalmente, mientras seguía al resto del grupo. Entraron a una habitación con algunos muebles, ventanas y un armario. Elias sonrió al verla.
—Bien, es bueno volver a mi vieja habitación —comentó con nostalgia.
—Cambié algunas piezas del piso que se estaban cayendo, pero ya está sólido de nuevo —añadió su padre, observándolos con calma—. Ustedes se quedarán aquí.
Los chicos asintieron rápidamente, demasiado tensos para hacer otra cosa.
—Ayuda a tus amigos a instalarse, hijo. Iré por las colchonetas que faltan —dijo el padre de Elias con tranquilidad, saliendo de la habitación y cerrando la puerta tras de sí.
Apenas el hombre se fue, todos los chicos miraron a Elias, quien estaba tranquilo y ya revisaba el armario. Jack, desesperado, fue el primero en acercarse.
—¡Elias! —dijo Jack, casi en un grito, haciendo que Elias lo mirara con curiosidad.
—¿Qué pasa? ¿Por qué todos tienen esa cara? —preguntó Elias, confundido.
—¡Tu papá da miedo! ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —exclamó Jack, visiblemente alterado, mientras los demás asentían en silencio, con expresiones de terror.
Elias soltó una pequeña risa.
—¿De verdad les da miedo? —preguntó, incrédulo—. Vaya, no pensé eso. Pero no se preocupen, uno se acostumbra. Mi papá es así, pero no tienen por qué temerle, es una buena persona.
—Bueno, si tú lo dices… —respondió Bill, tratando de calmarse.
—Está bien, confiaré en tu palabra —añadió Durham, aunque su tono era menos convincente.
—Sí, no parece tener malas intenciones, pero definitivamente intimida —comentó Miguno, riendo nerviosamente. Los demás asintieron, intentando relajarse.
Justo en ese momento, la puerta se abrió, y el padre de Elias apareció sosteniendo las colchonetas. Todos se quedaron inmóviles.
—Aquí están —dijo, dejándolas en el suelo.
Elias se acercó y sonrió.
—Gracias, papá.
—Bien, acomódenlas. Cuando terminen, vengan a comer. Tu madre preparó algo para todos —dijo el hombre, dirigiéndose a la puerta nuevamente.
—Sí, papá —respondió Elias con calma. Justo cuando su padre iba a salir, Elias lo detuvo.
—Ah, papá, antes de que te vayas, hay algo que debes saber —dijo Elias, como si nada.
Los chicos lo miraron aterrados, especialmente Jack, quien sentía que su vida pendía de un hilo.
—¿Sí? Dime —respondió el padre de Elias, girándose hacia él.
—Ellos no pueden comer cebolla o ajo, es veneno para ellos —explicó Elias, señalando a sus amigos.
El padre de Elias los miró brevemente antes de asentir.
—Entendido. Le diré a tu madre que tenga cuidado con eso —respondió con tranquilidad antes de salir de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
En cuanto la puerta se cerró, los chicos soltaron un suspiro colectivo, tratando de relajarse después del tenso encuentro. Elias, mientras tanto, los miró con una sonrisa tranquila, como si nada hubiera pasado.
Elias tomó las colchonetas y comenzó a repartirlas entre los demás mientras mantenía una sonrisa relajada.
—Amigo, tu padre tiene un aura muy opresiva. Siento que nos va a aplastar con tan solo mirarnos —comentó Voss, riendo nerviosamente.
—Vamos, seguro le caerán bien. Y Jack, no te preocupes, estoy seguro de que mi hermana ya le habrá dicho algo a nuestra madre de que están saliendo —respondió Elias tranquilamente mientras entregaba una colchoneta a cada uno.
Jack se quedó paralizado al escuchar eso, y los demás lo miraron con preocupación.
—¿Estás bien, Jack? —preguntó Legoshi al notar que no parpadeaba. Rápidamente lo tomó por los hombros y comenzó a sacudirlo.
—¡Jack! ¡Jack! ¡Jack! —exclamó Legoshi hasta que el otro reaccionó.
—¿¡Por qué le diría eso a tu madre!? —dijo Jack, visiblemente preocupado.
Elias lo miró con calma y se acercó, colocándole una mano en el hombro.
—Tal vez porque quiere suavizar la sorpresa para mi padre. Así que prepárate —dijo con una leve sonrisa, mirándolo directamente a los ojos—. Trata de ser fuerte y de mantenerte tranquilo, ¿sí?
Jack lo miró durante unos segundos y, resignado, asintió.
—¡Bien! Entonces acomodemos las cosas y luego vamos a comer —añadió Elias con entusiasmo mientras el grupo comenzaba a moverse para organizarse.
En otra habitación, María estaba sentada en el suelo junto a Juno, Haru y su madre. Conversaban relajadamente mientras revisaban algunas cosas.
—Dime, ¿tú y tu hermano hicieron algo interesante cuando estuvieron allá? —preguntó la madre de María con alegría.
—Sí, mamá. Fuimos a muchos lugares. Juno nos llevó a un centro comercial donde había muchas tiendas llenas de cosas interesantes, y me compró algunas cosas —respondió María con tranquilidad.
Su madre la miró de inmediato, frunciendo el ceño ligeramente.
—No, le habrás pedido que te lo comprara, ¿verdad? —inquirió, mirándola con cierta severidad.
—Eh... claro que no, yo... —María intentó justificarse, pero Juno intervino.
—No, señora, yo les ofrecí a Elias y a María que yo pagaría por esa salida —dijo Juno con una sonrisa amable.
La madre de María miró a Juno durante unos segundos antes de sonreír.
—Eres muy amable con mis hijos. Gracias por lo que hiciste, pero te lo pagaremos de alguna manera —respondió con calma.
—No es necesario. Aunque le dije a Elias que con este viaje y que me mostrara su hogar era suficiente —contestó Juno con modestia.
—Aun así, insisto. Te lo pagaremos de alguna manera —dijo la madre de María con una sonrisa, antes de volver la mirada hacia su hija —Y bien, ¿me mostrarás lo que compraron?
María asintió alegremente y fue a buscar su maleta. Al regresar, comenzó a mostrarle la ropa a su madre.
—Ah, se ven hermosos —dijo la madre de María con admiración.
—Sí, ¿verdad? Son bonitos —respondió María con entusiasmo, entregándole la ropa para que la examinara.
Mientras su madre revisaba la ropa, estirándola para ver su flexibilidad, María tomó aire y se armó de valor.
—Mamá, hay algo que debo decirte —dijo con cautela, mirándola directamente.
Su madre dejó la ropa en su regazo y le prestó toda su atención.
—Sí, dime, ¿qué es? —preguntó con interés.
María tragó saliva, intentando controlar sus nervios.
—Bueno, mamá, verás... es un poco difícil, pero quiero que te tranquilices y que no le digas nada a papá todavía —dijo con cautela.
Su madre arqueó una ceja, intrigada.
—¿Hiciste algo malo? —preguntó, mirándola con seriedad.
—¡No! No es eso, es que... —María comenzó a tartamudear, sintiendo cómo cada palabra se atoraba en su garganta. Finalmente, lo soltó casi en un susurro—. Tengo un... novio.
La confesión dejó a su madre en silencio por un momento, lo que aumentó el nerviosismo de María. Juno y Haru, que habían estado escuchando en silencio, empezaron a percibir que el verdadero miedo no era al padre, sino a la madre. Amelia emanaba un aura intimidante que hizo que ambas se tensaran.
—¿Es alguno de esos chicos bestia? —preguntó su madre con seriedad.
—S-s-sí, mamá… —respondió María, tartamudeando.
—¿Quién de ellos es? —inquirió, fijando la mirada en su hija.
María tragó saliva antes de responder.
—Es Jack. El chico que venía detrás de mí.
Para sorpresa de todos, la madre de maria sonrió suavemente. El aura opresiva que había llenado la habitación se desvaneció, y Juno y Haru soltaron un suspiro de alivio.
—Bien, espero que me lo presentes pronto. Quiero conocerlo bien —dijo con amabilidad.
María respiró aliviada, justo cuando su padre abrió la puerta.
—Cariño, ya terminé de repartir las colchonetas —anunció él con tranquilidad.
—Bien, iré a preparar la comida —respondió la madre de María con alegría. Antes de salir, miró a las tres jóvenes.
—Cuando terminen de acomodar, vengan a la casa principal para comer —dijo con una sonrisa antes de salir y cerrar la puerta.
Juno, Haru y María se miraron mutuamente antes de suspirar al unísono. Juno y Haru intercambiaron una mirada y luego dirigieron una sonrisa cómplice hacia María, quien les devolvió una sonrisa tímida pero aliviada.
El ambiente comenzaba a relajarse tras el ajetreo.
—Bien, comencemos a acomodarnos —dijo María, buscando aliviar la tensión en la habitación.
Haru y Juno asintieron y comenzaron a organizarse. Pasaron algunos minutos hasta que escucharon que tocaron la puerta. María, Juno y Haru se giraron hacia ella. La puerta se abrió, y María vio a Elias con los chicos.
—Hermana, ya terminamos. Vamos a casa a la otra casa —dijo Elias tranquilamente.
—Sí, ya vamos —respondió María mientras se levantaba.
Juno y Haru también se pusieron de pie, siguiendo a María al salir del cuarto. Avanzaron hacia la entrada, se pusieron los zapatos y salieron de la casa rumbo a la otra.
Al llegar, Elias abrió la puerta y todos entraron detrás de él. Caminaron hacia el comedor, donde encontraron una gran mesa con ocho sillas. Los chicos observaron el lugar decorado con muebles, cajoneras y varias fotos en blanco y negro, así como en sepia. Algunas mostraban a Elias y María de niños junto a sus padres; otras, a sus padres con personas desconocidas para ellos.
Juno sonrió al acercarse a las fotos.
—¡Ah! ¿¡Estos son ustedes de pequeños!? —dijo emocionada, atrayendo la atención de los demás, que también se acercaron curiosos.
Elias y María la miraron mientras ella tomaba una fotografía donde ambos aparecían sonrientes cuando eran niños.
—Sí, somos nosotros. Papá nos la tomó mientras jugábamos —explicó María con una sonrisa nostálgica.
—¡Ah, se ven tan pequeños! —exclamó Juno, divertida.
Su atención se desvió a otra fotografía en la que eran solo bebés, cargados por su madre y su padre.
—¿Todos los humanos se ven así de pequeños? —preguntó Juno con entusiasmo, moviendo la cola mientras observaba la foto.
—Sí, esa la tomó mi abuelo cuando nacimos —respondió Elias con calma.
—¡Se ven tan pequeños y tiernos! —dijo Juno, casi brincando de emoción.
Los demás chicos miraban las fotos con curiosidad, algunos moviendo la cola al igual que Juno.
"¡Se ven tan lindos! Siento que quiero... protegerlos" pensó Juno, mientras Jack examinaba las imágenes con atención.
"Son pequeños, como nosotros. Nunca creí que vería a un humano bebé" reflexionó Jack, sorprendido. Su mirada pasó de la foto a María y Elias, que ahora charlaban con Juno. "¿Por qué me siento así al ver esta foto? Siento que quiero proteger a ambos... ¿Qué me está pasando?"
En ese momento, la madre de Elias y María salió de la cocina.
—Bien, ya está lista la comida —anunció con una sonrisa. Al notar a todos los invitados, miró alrededor.
—Elias, María, ayúdenme con los platos... mmmh, no cabrán en la mesa —dijo, pensativa.
—Mamá, nos sentaremos en la sala —sugirió María tranquilamente.
—Está bien —respondió la madre, sonriendo mientras regresaba a la cocina.
María caminó hacia el comedor y abrió una puerta corrediza que conectaba con la sala. Entró primero, seguida por Juno, Haru, Miguno, Durham, Vozz y Collot.
La sala tenía una mesa pequeña en el suelo, sobre una alfombra. A un lado, una chimenea decoraba la habitación. Las ventanas dejaban pasar algo de luz a través de las cortinas entreabiertas. Había una maceta con flores sobre una cajonera cerca de las ventanas. Un sofá y un sillón completaban el ambiente acogedor, junto con más cuadros y muebles distribuidos en las paredes. Un televisor grande y antiguo ocupaba una esquina.
María sonrió y señaló un pequeño zapatero.
—Si quieren caminar descalzos aquí, pueden dejar sus zapatos en el mueble —sugirió.
Ellos asintieron, siguiendo su indicación, y se acomodaron alrededor de la mesa pequeña. En la mesa grande Jack y Legoshi se sentaron juntos, dejando la esquina vacía. Bill ocupó la cabecera contraria, con la espalda al pasillo. Aoba y Tao se sentaron frente a Jack y Legoshi, intercambiando miradas algo nerviosas.
Elias y María llegaron pronto con los platos. El aroma que emanaban los platos era agradable, y los chicos miraban el contenido con curiosidad: parecía ser arroz mezclado con verduras, huevo y algo rosado encima que no podían identificar.
—Ahora traigo tu plato, Haru —dijo María alegremente mientras repartía.
Haru asintió, mirando con interés el contenido de los platos. El color rosa en el arroz captaba su atención mientras se preguntaba qué podría ser.
Haru no podía dejar de mirar el plato frente a ella. Su mente intentaba procesar lo que veía mientras su estómago se encogía con una mezcla de nerviosismo y curiosidad. "¿Qué es eso? ¿Se ve de color rosa? No me digas que es..." pensó, pero no pudo terminar la frase en su cabeza. Su desconcierto se vio interrumpido por la voz de María.
—Haru, ¿estás bien? —preguntó María, llamándola suavemente.
Haru reaccionó de inmediato y se giró hacia el plato, notando la sonrisa tranquila de María mientras esta se sentaba junto a ella. Miró la comida, un poco de arroz blanco acompañado de verduras y pan. Tragó saliva y forzó una sonrisa.
—Gracias —respondió Haru, tratando de esconder su nerviosismo mientras echaba un vistazo rápido a los platos de los demás, temiendo confirmar sus sospechas.
María se acomodó en la mesa con ellos, esperando pacientemente a que su familia se uniera. Desde la sala, Haru observó cómo la madre de María se sentaba al lado de Jack, quien sonreía nervioso, mientras el padre de Elias ocupaba la cabecera principal. Elias, por su parte, tomó asiento junto a Tao, dejando a todos en sus posiciones.
El ambiente en la mesa se tensó ligeramente cuando el padre de Elias cerró los ojos y juntó las manos, al igual que su esposa, María y Elias. Los demás intercambiaron miradas incómodas, aún desconcertados por este gesto que, aunque sabían lo que representaba, seguía resultándoles extraño.
—Amén —dijeron al unísono los miembros de la familia, abriendo los ojos y mirando al resto de los presentes.
—Bien, comamos —dijo el padre de Elias, tomando sus cubiertos con calma, seguido por su esposa.
Los demás miraban sus platos con cierta inquietud, especialmente Jack, quien no podía apartar la vista del extraño color rosa en la comida. Elias, notando su incomodidad, levantó una ceja.
—¿Qué pasa? —preguntó Elias con curiosidad.
Jack levantó la mirada, nervioso.
—Elias, no quiero sonar grosero... ¿pero qué es esto? —preguntó, señalando con un dedo tembloroso la porción rosada.
El padre de Elias lo observó con intensidad, mientras la madre de Elias lo hacía con una sonrisa tranquilizadora.
—No te pongas nervioso, no es malo preguntar —respondió la madre de Elias con suavidad.
Jack tragó saliva y asintió lentamente.
—S-s-sí, claro. Solo tenía curiosidad... ¿qué es esto rosa en la comida? —preguntó con cautela.
La madre de Elias le lanzó una mirada tranquila antes de responder.
—Mmmh, son camarones —dijo, sonriendo.
Un silencio cargado de tensión se apoderó de la mesa. Los demás miraban sus platos, horrorizados, mientras Jack parecía debatirse entre la cortesía y su creciente inquietud.
—Tranquilos —dijo el padre de Elias con un tono firme, atrayendo todas las miradas hacia él—. Sé lo que están pensando: que debemos ser monstruos por comerlos —añadió con calma.
Jack levantó las manos rápidamente, sonriendo nervioso.
—¡No, claro que no! —exclamó apresuradamente—. Es solo que...
Vaciló, sin saber cómo continuar. Miró de reojo a María, buscando algo de valor, antes de intentar nuevamente:
—Es que puede ser un poco peligroso para...
Antes de que pudiera terminar, el padre de Elias lo interrumpió.
—¿Peligroso? —repitió, arqueando una ceja. Su tono no era amenazante, pero tenía un peso que demandaba atención.
Jack tragó saliva mientras los demás lo observaban en completo silencio.
—Tranquilo, sé a qué te refieres. Es el instinto que todos ustedes, los carnívoros, tienen al comer carne. Ese impulso que los hace perder el control —explicó el hombre, mirando a Jack con serenidad.
Jack y los demás intercambiaron miradas incómodas, sintiendo que el tema tocaba fibras sensibles.
—Pero no se preocupen —continuó el padre de Elias—. Esta comida no los hará perder el control ni volverse adictos a la carne. Yo mismo los preparé con mi esposa de manera segura.
La declaración despertó curiosidad entre los jóvenes. Jack, todavía algo nervioso, reunió valor para preguntar.
—¿Cómo puede estar tan seguro? —dijo, tratando de ocultar su incertidumbre.
El padre de Elias suspiró antes de responder.
—Cuando era más joven, me dediqué a estudiar el comportamiento de los carnívoros y la razón por la que nos atacaron durante la guerra. Quería entender la conexión entre su dieta y su estado mental —explicó, con un tono serio que capturó la atención de todos.
Jack lo miró, sorprendido.
—¿Entonces usted...?
—Sí, alguna vez quise estudiar a las bestias y a los humanos por igual. Pero, como puedes ver, la vida me llevó por otro camino, y decidí priorizar a mi familia —respondió, esbozando una sonrisa ligera.
Hubo un breve silencio mientras procesaban la revelación.
—Volviendo al tema, el motivo de esos impulsos está relacionado con ciertos químicos que se liberan al consumir carne o sangre en su estado natural incluso si es cocinada, de la manera incorrecta. Esos químicos desatan reacciones en el cuerpo que los llevan a un estado irracional, casi instintivo. Sin embargo, al preparar la de esta forma correcta en que la hacemos, neutralizo esos efectos —explicó con calma, cruzando los brazos.
Jack y los demás se relajaron un poco, aunque seguían algo sorprendidos por la explicación.
—Entonces... ¿es seguro? —preguntó Jack con timidez.
—Completamente. Y si te pregunta o tus amigos también lo camarones no son conscientes son como los insectos no piensan y no hablan —concluyó el padre de Elias tranquilamente.
Jack y los demás lo miraron con una mezcla de intriga y duda. Finalmente, rompió el silencio con cierta incomodidad.
—Entonces... ¿son como los insectos de tierra? —preguntó, sintiéndose algo culpable por lo que implicaba esa comparación. Los demás parecían compartir su inquietud, mientras Haru se limitaba a escuchar en silencio.
El padre de Elias los observó con calma y sonrió comprensivo.
—Mira, muchacho, no te sientas culpable por comerlos. Sé que ustedes tienen sus costumbres, no comen carne ni peces. Pero la vida es así. Todos los seres vivos de este planeta consumen a otros para sobrevivir, aunque no lo parezca. Incluso las plantas lo hacen, absorbiendo nutrientes. Todos somos parte de ese sistema. Y así como yo, mi esposa y mis hijos algún día regresaremos a alimentar a los seres que consumimos, de una forma u otra. —Su tono era sereno, pero las palabras tenían un peso que resonó en cada uno de ellos.
Jack y los demás guardaron silencio, asimilando lo que decía. El padre de Elias continuó, su voz ahora algo más seria.
—Sé que suena un poco hipócrita de mi parte, pero si queremos seguir viviendo, a veces hay que hacer cosas que no nos gustan, incluso si eso implica quitar la vida de otro ser vivo. —Los miró con una expresión de comprensión y gravedad, como si tratara de aliviar la carga que parecía pesar sobre ellos.
Jack asintió lentamente, empezando a entender, y los demás también mostraron señales de aceptación. Sin embargo, lo que dijo después despertó una nueva curiosidad en el grupo.
—Además, sería un insulto para ellos desechar su cuerpo y no consumirlo. La vida en el mar tiene una visión muy distinta a la nuestra en tierra. Ellos creen en la reencarnación. Pero, aun así, creemos que ningún ser debe sufrir. Por eso, cuando cazamos, tratamos de hacerlo de la manera más humanamente posible. —El padre de Elias habló con convicción, aunque sus palabras causaron cierta confusión en los jóvenes.
Jack levantó la mano, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—¿A qué se refiere con "humanamente posible"? —preguntó con curiosidad genuina. Los demás también mostraron interés, pendientes de la respuesta.
El padre de Elias los miró con paciencia y explicó.
—Verán, usamos esa expresión para referirnos a la cantidad de sufrimiento que algo puede causar, como el dolor a otros seres vivos. Así que, cuando cazamos, buscamos terminar rápido y sin dolor. Lo hacemos de manera que el sufrimiento sea mínimo. No queremos que nadie sufra más de lo necesario.
La explicación provocó una mezcla de alivio y temor entre los jóvenes. Aunque entendían lo que quería decir, el concepto era inquietante, como una verdad que preferían no confrontar. Sin embargo, el tono calmado del padre de Elias les ayudó a aceptar esa perspectiva.
—Pero bueno, comamos, que la comida se enfría. Y créanme, no les provocará ninguna reacción. —Concluyó tranquilamente mientras empezaba a comer con normalidad, animándolos a hacer lo mismo.
Jack tomó sus cubiertos, todavía un poco dubitativo, mientras el resto de los jóvenes lo seguían. El ambiente en la mesa se relajó gradualmente, aunque todos sabían que ese encuentro quedaría grabado en sus memorias.
El ambiente en la mesa se llenó de expectativa cuando Jack, Legoshi y los demás, con sus cubiertos en mano, miraron sus platos con cierto recelo. Fue Bill quien se armó de valor primero y probó un bocado. Todos lo observaron mientras masticaba lentamente, cerrando los ojos como si intentara descifrar el sabor. Finalmente, tragó y abrió los ojos con una amplia sonrisa.
—¡Esto sabe… delicioso! —exclamó Bill, sorprendido y feliz, antes de tomar otro bocado con entusiasmo.
La reacción de Bill alentó a los demás a probar. Jack tomó un pequeño bocado con algo de miedo, al igual que Legoshi y el resto. Al saborear la comida, todos parecían estar esperando algún indicio de que algo estaba mal. Sin embargo, lo que encontraron fue una agradable sorpresa.
—¡Sabe bien! —dijo Tao, animado.
—¡Sí, es como si no estuviera ahí! —comentó Aoba, impresionado y feliz.
La mesa se llenó de voces animadas, cada uno expresando lo sorprendente que era el sabor. No solo no había nada extraño, sino que la comida resultaba deliciosa. Jack, con una sonrisa, disfrutaba cada bocado. Legoshi, por su parte, seguía masticando, sorprendido por la ausencia del olor característico de la carne del mercado negro.
"¡Esto sabe bien! ¿Pero cómo es que no tiene el olor de la carne del mercado negro? ¿Será que el padre de Elias tenía razón?" pensó Legoshi mientras disfrutaba de su comida. De reojo, observó a Haru, que permanecía en silencio y parecía absorta en sus pensamientos. "Me pregunto qué estará pensando…"
La voz alegre de la madre de Elias los sacó de sus pensamientos.
—Me alegra que les haya gustado —dijo con una sonrisa radiante.
Todos asintieron y sonrieron en señal de aprobación. Juno, María y los demás comían alegremente, pero María pronto notó que Haru no había tocado su plato.
—Haru, ¿estás bien? No has probado tu comida —preguntó María, observándola con preocupación.
—Ah, sí… es solo que… —intentó responder Haru, pero María la interrumpió con suavidad.
—Sé que es un poco inquietante, pero tranquila. Te prometo que no te pasará nada —dijo María con una sonrisa tranquilizadora.
Haru miró a María por unos segundos y finalmente asintió, aunque todavía algo nerviosa.
—¡Bien! Entonces comamos —respondió María, animada.
Haru tomó su cubierto, observando los vegetales con cierta duda. "Solo espero que no me pase nada…" pensó mientras probaba un pequeño bocado. Al instante, sus ojos se abrieron de par en par, sorprendida por el sabor dulce y fresco.
—C-c-c-c-c… ¿¡Cómo es que saben tan bien!? —preguntó Haru, desconcertada, mirando a María.
—¡Ah! Me alegra que te gustaran los vegetales. Mi mamá es quien cuida los cultivos y prepara la tierra para sembrar. Después de todo, ella fue botánica cuando estudiaba —respondió María alegremente.
La revelación sorprendió tanto a Haru como a los demás. Todos voltearon a mirar a la madre de María, quien les devolvió la mirada con una sonrisa encantadora.
—¡Mhhh! No me sentía tan popular desde que terminé la preparatoria —bromeó la madre de María, llevándose las manos a las mejillas con una expresión risueña.
Jack no pudo evitar notar cómo la personalidad de María parecía reflejarse en su madre. "Se parecen mucho. Ya veo por qué dijo eso" pensó, observándola. La madre de María lo notó y lo miró fijamente, lo que lo hizo ponerse nervioso.
—Por cierto, veo que te llevas muy bien con mis hijos —comentó ella con una sonrisa amable, aunque sus ojos parecían evaluar a Jack.
—Ah... sí. Ellos dos son muy buenos. Siempre los acompaño —respondió Jack, intentando sonar casual, aunque su tono denotaba nerviosismo.
—Mhhh, ya veo —dijo la madre de María con un tono alegre, aunque parecía estar sopesando sus palabras.
Jack esbozó una sonrisa nerviosa mientras María, desde otra habitación, observaba la escena. Sabía exactamente lo que estaba ocurriendo, conteniendo una ligera risa al ver cómo Jack intentaba mantener la compostura.
—Por cierto, hijo, ¿cómo estuvo el viaje? Debió haber sido muy agitado por la tormenta —preguntó el padre de Elias tranquilamente mientras tomaba un sorbo de su bebida.
Elias levantó la mirada, manteniendo la calma mientras respondía con una sonrisa.
—Tuvimos que quedarnos un rato en el mar hasta que pasara. Desde lejos se veía lo peligrosa que era, pero lo importante es que ya pasó, y estamos aquí.
Aquella respuesta no era más que una mentira bien construida, algo que todos en la mesa notaron pero decidieron no comentar. El padre de Elias asintió mientras tomaba un bocado.
—Mhhh, sí, lo noté cuando llegó. El viento era muy fuerte, derribó algunos árboles, y algunos incluso rompieron las tejas de las casas de los vecinos. Parece que tendré trabajo esta semana.
Los demás se relajaron al notar que Elias había desviado la conversación exitosamente. Siguieron comiendo y charlando hasta terminar la comida.
—¿Entonces fueron a ese festival del meteorito que dices? —preguntó el padre de Elias con curiosidad mientras levantaba una ceja.
—Sí, también ayudamos a instalar algunas cosas —respondió Elias tranquilamente.
—No sabía que hacían festivales por allá, suena interesante —comentó su padre, intrigado, mientras la madre de Elias sonreía con calidez.
—¿Ustedes participaron? —preguntó su madre, manteniendo el tono alegre.
Antes de que Elias pudiera responder, María se levantó de su lugar y se acercó a la mesa principal, colocándose detrás de su hermano.
—Sí, mamá. Elias tocó el piano y yo canté y bailé un poco. Nos divertimos mucho —dijo María animada, con una amplia sonrisa.
Sus padres la miraron con sorpresa.
—Después de tanto tiempo, volviste a tocar el piano —dijo su madre, maravillada.
Elias asintió con una sonrisa tímida.
—¡Ah, me hubiera encantado verlos! —añadió su madre, con un brillo de alegría en los ojos.
—Sí, hubiera sido bueno verlos en acción, pero me alegra que por fin volvieras a tocar después de tanto tiempo —dijo su padre con tranquilidad.
Jack, que había estado escuchando desde su asiento, recordó algo. "El video del festival… todavía lo tengo guardado." Sacó su teléfono del bolsillo y comenzó a buscarlo.
—Disculpen… —dijo Jack algo nervioso, llamando la atención de los padres de María.
Los cuatro voltearon a mirarlo.
—¿Sí? ¿Qué pasa, Jack? —preguntó María, sonriéndole.
—Tengo el video del festival guardado en mi teléfono. Quería enseñárselo a tus padres, si no les molesta —respondió Jack, rascándose la cabeza con torpeza mientras intentaba calmarse.
Los padres de María lo miraron con curiosidad.
—¿Teléfono? —preguntó la madre de María, algo confundida.
Jack asintió y levantó el dispositivo.
—Ah, esto es un teléfono celular que usamos allá. La mayoría de las personas tienen uno —explicó mientras lo mostraba.
Los padres de María lo miraron con intriga. La madre de María tomó el dispositivo con cuidado, examinándolo como si sostuviera algo salido de un cuento.
—¡Increíble! ¿Cómo un teléfono puede caber aquí? —exclamó, observando la pantalla y la parte trasera con fascinación.
—También puede tomar fotos y videos —dijo Jack, explicando las funciones básicas del dispositivo.
—Interesante. Su tecnología es mucho más avanzada que lo que tenemos aquí. Me pregunto si algún día veremos algo así aquí —comentó el padre de María, devolviéndole el teléfono a Jack.
Jack asintió con una sonrisa.
—Tal vez en algún futuro. Pero bueno, quiero mostrarles el video.
Encendió el dispositivo y, con movimientos rápidos de sus dedos, abrió el archivo. Los padres de María observaron con asombro cómo la pantalla cobró vida. Cuando el video comenzó, un círculo giratorio dio paso a la imagen de un tigre que grababa el video cambio de dirección al el escenario, seguido por Elias presentándose.
—Te ves como tu padre cuando era más joven —comentó la madre de Elias alegremente.
Elias sonrió, sin decir nada. El video continuó hasta mostrar a María en el escenario, junto con Juno y otras chicas, todas vestidas para el festival. Su madre se emocionó al verla.
—¡Ahhh, te ves preciosa en ese vestido! —exclamó con entusiasmo.
—Sí, pero era el vestuario del club —respondió María alegremente.
Siguieron viendo el video hasta el final, mientras intercambiaban comentarios felices sobre lo bien que lo habían hecho. El ambiente se llenó de orgullo y calidez, dejando a Jack con una pequeña sonrisa satisfecha.
La madre de María estaba visiblemente emocionada mientras exclamaba.
—¡Es increíble, me encantó!
Elias y María asintieron con entusiasmo.
—Bueno, ya es hora de levantar los platos —añadió la madre de María mientras se levantaba de la silla. El padre de María siguió su ejemplo, al igual que Jack y los demás.
—Ah, yo... ¿le puedo ayudar a limpiarlos? —preguntó Jack tímidamente, ofreciendo su ayuda.
La madre de María lo miró con una sonrisa cálida, mientras los demás lo observaban, conscientes de que intentaba agradarles.
—No te preocupes, yo los limpio. Después de todo, son nuestros invitados, pero gracias por ofrecerte, eres un buen muchacho —respondió ella alegremente, con una expresión sincera.
Jack asintió, pero luego la madre de María se inclinó un poco hacia él y le susurró al oído con un tono alegre:
—No te preocupes, más tarde hablaré contigo. Ya veo por qué le gustaste.
Jack se sonrojó ligeramente y asintió nervioso.
—Bien, pero si quieren ayudar, solo pásenme los platos para llevarlos —añadió la madre de María con una sonrisa.
Todos asintieron y comenzaron a pasarle los platos, ayudando también el padre de Elias. Cuando los platos estuvieron en la cocina, los padres de Elias regresaron y miraron a los jóvenes.
—Bien, si van a salir, por favor no regresen tarde —advirtió el padre de María con un tono firme pero calmado.
—Sí, papá, no te preocupes —respondió María con una sonrisa.
—Bien, pueden irse —dijo finalmente, dándoles su permiso.
Elias y María se despidieron antes de salir.
—Ah, sí, gracias por la comida —dijeron Elias y María, agradeciendo a sus padres.
Los demás chicos también agradecieron, a lo que los padres de María respondieron con un gesto tranquilizador.
—Bien, nos vamos —anunció Elias con entusiasmo, girando para salir.
Los demás lo siguieron, con María cerrando la puerta detrás de ellos.
—Tengan cuidado —dijo la madre de Elias mientras los observaba irse.
—Sí, mamá, volveremos al rato —respondió María alegremente mientras los alcanzaba.
Una vez en la calle, el grupo se reunió alrededor de Elias y María.
—Bien, ¿a dónde iremos primero? —preguntó Elias, pensativo.
—Vamos al campo de flores —sugirió María con tranquilidad.
Elias la miró y asintió.
—Sí, vamos. No queda muy lejos. Después de ahí podemos ir a la plaza al lado del muro —añadió Elias con calma.
Los demás escuchaban con curiosidad, intrigados por los lugares que mencionaban.
—Bien, vamos —dijo Elias sonriendo.
El grupo asintió y comenzó a seguir a María y Elias por el camino, mientras miraban el paisaje de cultivos que se extendía por el camino de terracería.
En el auto, se movía con Hughes, Else, Gon, Gouhin y Sakane como pasajeros. Observaban con atención la ciudad mientras pasaban por sus calles, contemplando a la gente que paseaba tranquilamente mientras el camión los seguía.
Hughes miró a Else, quien observaba con curiosidad el paisaje urbano.
—¿Le gusta la ciudad, embajadora? —preguntó Hughes con tono tranquilo.
Else volteó a mirarlo y respondió con una sonrisa.
—Sí, es muy hermosa, embajador. Su ciudad tiene un toque único y cálido.
Hughes asintió, satisfecho con el comentario.
—Me alegra que le guste, embajadora. Este lugar no es muy grande, pero su gente es la mejor que puede encontrar —dijo Hughes con calma, mostrando orgullo por la ciudad.
Else asintió, todavía con un leve dejo de preocupación en su rostro.
—¿Y cómo es la mansión a la que vamos? —preguntó con un toque de inseguridad en su tono.
—Es un lugar muy agradable. He estado allí un par de veces; estoy seguro de que le encantará —respondió Hughes con una sonrisa confiada.
Else intentó corresponderle con una pequeña sonrisa, aunque la preocupación persistía.
—Ah, por cierto, embajador... ¿Está seguro de dejar a los chicos solos sin vigilancia? —preguntó con cautela.
Hughes mantuvo su expresión tranquila.
—Puede estar tranquila, embajadora. Se les avisó a los habitantes de la ciudad con antelación, y saben muy bien que cualquier acción contra nuestros invitados será castigada con todo el peso de la ley. Además, le di a Elias un radio para que puedan contactarnos si ocurre algo. No tiene nada de qué preocuparse.
Las palabras de Hughes parecieron calmar un poco a Else, quien asintió.
—Está bien, si usted lo dice, me tranquiliza. Solo espero que no se metan en problemas —respondió con una sonrisa nerviosa, dejando ir un suspiro mientras apartaba sus pensamientos de los chicos.
El ambiente en el vehículo se relajó, y Else aprovechó el momento para abordar un tema que había estado rondando su mente.
—Una cosa más, embajador... he tenido una duda desde que lo conocí —dijo con curiosidad, inclinándose un poco hacia él.
—Dígame, embajadora —respondió Hughes con serenidad.
—Me gustaría saber: ¿qué tipo de gobierno tienen? —preguntó Else mientras lo miraba con interés. Los demás en el vehículo dejaron de observar el paisaje para prestar atención a la conversación.
Hughes esbozó una sonrisa.
—Ah, es muy simple. Nuestra nación se gobierna a través de tres poderes principales. Primero, están los Ministros de la Corte Suprema, quienes toman decisiones cruciales y están divididos en cinco secciones que abarcan toda la isla. Segundo, tenemos a los Ministros Senadores. Son quienes proponen y aprueban las leyes, y entre ellos hay tanto militares como ciudadanos. Por último, están los Ministros de la Cámara Baja, a la que pertenezco. Su labor es conectar directamente con la gente, escuchar sus necesidades y recoger sus ideas. Aunque, si tuviera que situarme en un rango, diría que estoy entre senador y representante de la Cámara Baja.
Else escuchaba con atención, impresionada por la complejidad del sistema. Los demás en el vehículo también parecían intrigados.
—Es... interesante cómo gobiernan su nación. Es muy diferente a cómo funciona la nuestra —comentó Else tranquilamente, recordando el Consejo de las Bestias y los Beastars.
—Lo sé —respondió Hughes, dejando escapar una risa ligera—. Pero a veces puede ser un verdadero dolor de cabeza. En fin, no creo que tardemos mucho en llegar; ya estamos saliendo del distrito comercial.
Mientras Hughes hablaba, el vehículo dejó atrás las tiendas y los edificios. La ciudad dio paso a un paisaje con árboles altos y bardas de ladrillo. Pasaron por una zona con jardines perfectamente arreglados y casas de gran tamaño, hasta que finalmente llegaron a un portón decorado con intrincados diseños. A través de él, podían ver un camino de piedra que conducía a un enorme edificio de ventanales amplios y rodeados de flores.
Else y los demás observaron atentos, impresionados por la majestuosidad del lugar. Un guardia con uniforme negro, máscara y chaleco se acercó a la ventana del conductor, donde Mei la bajó.
—(¿Identificación?) —preguntó el guardia con un tono profesional.
Geruft sacó un pase de la guantera y se lo entregó a Mei, quien lo mostró al guardia. Este examinó el sello, asintió y se apartó, presionando su radio.
—(Déjalos pasar) —ordenó.
El portón se abrió lentamente mientras el guardia hacía un gesto con la mano para que avanzaran. Mei condujo el vehículo hacia el interior, mientras un camión lleno de soldados de Hughes se desviaba hacia un área de estacionamiento indicada por otro guardia.
El vehículo continuó por el camino de piedra, acercándose a la mansión. Desde esa distancia, la construcción se veía aún más imponente, rodeada de detalles arquitectónicos elegantes y jardines florales perfectamente cuidados. Mei detuvo el auto frente a la entrada principal, todos miraban maravillados por el impresionante lugar.
El ambiente estaba cargado de una mezcla de solemnidad y nerviosismo mientras el grupo descendía del vehículo.
—Listo, señor, llegamos —anunció Mei con tranquilidad.
—Bien, bajemos, embajadora —dijo Hughes con una sonrisa mientras extendía una mano hacia Else.
Ella asintió, y uno por uno, los demás comenzaron a descender. Hughes fue el primero, seguido por Else, Gon, Gouhin y Sakane, quienes observaron con impresión la entrada. Frente a ellos se alzaban amplias escaleras que conducían a una gran puerta doble de madera pintada de blanco, impecable y majestuosa. Mientras Geruft bajaba el equipaje, un hombre vestido con traje negro, guantes blancos, y un bigote perfectamente recortado caminó hacia ellos. Su cabello negro peinado con pulcritud y sus ojos castaños claros les transmitieron una sensación de seriedad. Else y los demás se tensaron al sentir su mirada escrutadora antes de que dirigiera su atención a Hughes.
—Ah, señor Hughes, es un placer verlo de nuevo por aquí —dijo el hombre con calma, inclinando levemente la cabeza en señal de respeto.
—También es un gusto verlo, señor Gauthier —respondió Hughes con una sonrisa amistosa.
El hombre, identificado como Gauthier, desvió la mirada hacia Else y su grupo.
—Veo que ha traído a nuestros invitados —añadió Gauthier con tranquilidad antes de inclinarse ligeramente—. Sean bienvenidos a la Mansión Levasseur. Soy Gauthier Moitessier, el mayordomo jefe. Estaré a su servicio durante su estancia aquí.
Else, sorprendida por la cortesía del hombre, respondió con un leve asentimiento.
—Es un gusto conocerlo —dijo, intentando sonar relajada.
—El gusto es mío —respondió Gauthier, enderezándose—. Pero no hagamos esperar a mi señor. Les está esperando. Por favor, síganme.
Hughes comenzó a seguirlo sin dudar. Else, Gon y los demás intercambiaron miradas, aún algo inseguros, pero finalmente lo siguieron mientras cargaban sus pertenencias. Gauthier abrió la gran puerta blanca y los invitó a entrar. Cuando todos estuvieron dentro, cerró la puerta detrás de ellos.
El interior de la mansión los dejó sin palabras. El suelo de mármol blanco brillaba bajo la luz que se filtraba por los ventanales. Las columnas de granito, las paredes revestidas de madera con intrincados patrones, y una amplia escalera cubierta por una alfombra elegante conducían al segundo piso. Un majestuoso candelabro colgaba en el centro de la sala principal, mientras múltiples puertas conducían a otras partes de la mansión. Pasillos iluminados por los ventanales se extendían a los lados, y una fila de sirvientes, vestidos impecablemente, aguardaba en posición de respeto.
Entre ellos destacaba una mujer con cabello negro recogido y ojos castaños, que se acercó al grupo con seriedad.
—Bienvenidos —dijeron todos los sirvientes al unísono, inclinándose en sincronía.
La mujer avanzó un poco más, inclinándose ligeramente.
—Soy la jefa de sirvientes. Me pueden llamar Rolande —dijo, presentándose con voz firme—. Pueden entregar su equipaje a los sirvientes. Ellos lo llevarán a sus habitaciones.
Con eficiencia, los sirvientes comenzaron a recoger las maletas mientras Rolande se dirigía nuevamente al grupo.
—No se preocupen por sus cosas. Serán llevadas más tarde, después de la comida. Mi señor los espera con ansias —añadió con un tono que era a la vez cortés y autoritario.
Else y los demás asintieron, aunque la tensión seguía evidente en sus rostros. Hughes, en cambio, mantenía una expresión tranquila, casi acostumbrada al entorno. Rolande giró para guiarlos mientras Gauthier se unía a ellos. Subieron las escaleras, admirando el lujo del lugar: cuadros, pinturas y elegantes plantas adornaban los pasillos, mientras un área abierta revelaba una pequeña sala con sillones y una mesa ornamentada.
Tras recorrer un largo pasillo, llegaron a una puerta doble de madera. Gauthier y Rolande la abrieron simultáneamente, permitiéndoles entrar. Dentro, una mesa larga y elegantemente decorada los esperaba, iluminada por la luz natural que entraba por los ventanales. La habitación estaba adornada con muebles finos que realzaban la atmósfera majestuosa.
—Tomen asiento. Nuestro señor pronto los acompañará —indicó Gauthier con una ligera reverencia.
Else, Gon y Sakane se sentaron nerviosos, mientras Gouhin permanecía serio, observando con atención. Hughes, en cambio, parecía cómodo, como si todo aquello fuera parte de una rutina conocida. El grupo esperó en silencio, la tensión flotando en el aire mientras aguardaban la llegada del misterioso anfitrión.
Legoshi caminaba detrás del grupo, observando el paisaje de cultivos que se extendía a lo largo del camino. Sus ojos se perdían en la serenidad del lugar, mientras sus pensamientos vagaban. "Este lugar es muy tranquilo..." reflexionó, admirando los campos iluminados por el suave resplandor del sol. "Me pregunto cómo pasan el tiempo aquí, qué deportes practican o qué les gusta hacer." Sin embargo, sus pensamientos se desviaron rápidamente hacia otro tema. "Tampoco puedo sacarme de la cabeza cómo esa comida no olía como la carne que había en aquel lugar. Me pregunto cómo lo habrá preparado el padre de Elias..."
El recuerdo de aquella noche en que atacó a Haru por primera vez surgió en su mente. La culpa aún lo perseguía, una sombra que no lograba disipar. Sumido en sus pensamientos, apenas notó un leve tirón en su brazo. Giró la cabeza, encontrándose con Haru.
—¡Ah! Haru, ¿qué pasa? —preguntó Legoshi, algo sorprendido.
Ella lo observó con una mezcla de curiosidad y preocupación.
—Oye, ¿estás bien? —preguntó, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿No te afectó la comida?
Legoshi la miró durante unos segundos, pensando en qué responder. Por un momento, temió que ella mencionara algo relacionado con su naturaleza como carnívoro. Finalmente, contestó con calma:
—No, de hecho, no sentí nada al comer. Fue como si fuera una comida normal —dijo, su rostro neutro.
Haru lo examinó, buscando alguna señal en su expresión, pero no encontró nada fuera de lo común. Entonces, Legoshi hizo una pausa antes de continuar, rascándose una oreja con nerviosismo.
—¿No estás... asustada por haber comido a otro ser vivo? —preguntó con cautela.
Haru permaneció pensativa unos instantes antes de responder, desviando la mirada hacia el camino.
—Un poco, pero todos parecen tranquilos. Nadie actúa como si les hubiera afectado. Aunque... es un poco inquietante que coman a otros seres vivos frente a un herbívoro. Sin embargo, parece que algunos se arrepienten de hacerlo —respondió con tranquilidad.
Llegaron a una intersección de caminos, donde un pequeño puente de madera cruzaba un arroyo cristalino, lo cruzaron con los demás. Legoshi, con una mezcla de arrepentimiento y decisión, rompió el silencio.
—Oye, Haru, quisiera pedirte perdón —dijo, mirándola mientras avanzaban.
Haru lo miró, ligeramente confundida.
—¿Por qué? ¿Es por la comida que comiste? —preguntó con curiosidad.
—Bueno, sí... y también por otra cosa —respondió Legoshi, bajando la mirada, como si el peso de sus palabras lo abrumara.
Haru lo observó, intrigada.
—¿Qué es? —preguntó suavemente.
Legoshi tomó aire antes de responder, sus palabras saliendo con esfuerzo.
—Bueno, verás... es por algo que te hice la primera vez que te conocí. No sé si... lo recuerdas.
El rostro de Haru cambió al comprender de qué hablaba. Bajó la mirada hacia su brazo, donde las pequeñas cicatrices aún permanecían como un eco de aquella noche.
—Ah... te refieres a... eso —murmuró en voz baja.
Legoshi la miró con seriedad.
—Te dije que me corté por accidente —añadió Haru, intentando desviar la conversación.
—No... —interrumpió Legoshi.
Haru lo miró, sorprendida por su respuesta.
—Yo realmente te ataqué esa noche. Quiero pedirte perdón. Me dejé llevar por mi instinto y casi termino devorándote —dijo con arrepentimiento, su mirada llena de culpa.
Haru se quedó en silencio unos instantes, procesando sus palabras. Finalmente, habló con calma.
—Sé que ustedes no pueden controlarse cuando entran en ese estado, y no es tu culpa. Pero... sí dolió cuando me... clavaste las garras —respondió, su voz tranquila pero cargada de sinceridad.
Legoshi asintió, aún mirando el suelo.
—Aun así, te pido disculpas. Te hice daño, y aunque no le dijiste a nadie, sé que estuvo mal. Por eso te lo digo ahora, lo siento.
De repente, Haru tomó la mano de Legoshi. Él levantó la vista, sorprendido por el gesto. Haru le dedicó una pequeña sonrisa.
—No te pongas así. Te perdono por lo que hiciste. Sé que no tenías intención de atacarme, pero... sí tuve miedo. Esa noche sentí que iba a morir —admitió, su tono suave.
Legoshi la miraba, sorprendido y más tranquilo por sus palabras.
Haru observó cómo Legoshi movía ligeramente la cola y dejó escapar una suave risa.
—Gracias, Haru —dijo Legoshi, esbozando una pequeña sonrisa.
Haru le devolvió una sonrisa ligera mientras continuaban caminando juntos. De repente, escucharon un murmullo de sorpresa proveniente del grupo. Ambos voltearon y se encontraron con una vista impresionante: un vasto campo de flores de colores que brillaban bajo la luz del sol. Las flores se mecían suavemente con el viento, creando un espectáculo casi mágico. Los ojos de Haru brillaron al contemplar el paisaje.
—¡Llegamos! —exclamó María emocionada, tomando a Jack de la mano y arrastrándolo hacia el claro lleno de flores. Jack quedó sorprendido por el contacto, pero no opuso resistencia.
El resto del grupo observó el campo con asombro mientras una sonrisa se dibujaba en sus rostros. Poco a poco, todos comenzaron a avanzar, maravillados por el lugar.
—Este lugar es hermoso —dijo Haru, admirando el paisaje con una sonrisa.
Legoshi la miró, feliz de verla tan animada.
—Vamos —le dijo con una sonrisa.
Haru asintió, sonriendo también, y siguieron a los demás. El campo parecía absorber todas sus preocupaciones, envolviéndolos en una paz inesperada.
Bill, por su parte, se dejó caer en la hierba, cruzando las manos detrás de su cabeza mientras miraba el cielo. A su lado, Aoba se sentó también, con la mirada fija en las nubes.
—Este lugar es tan tranquilo... me gustaría poder volar aquí —dijo Aoba, suspirando mientras observaba el cielo, como si intentara imaginarse deslizándose entre las nubes.
Bill lo miró de reojo.
—¿Y por qué no lo haces? —preguntó con indiferencia, como si no fuera nada extraordinario.
Aoba lo miró con el ceño fruncido.
—¿Qué? ¿Y que me arresten? —respondió, molesto por la aparente insensatez de la sugerencia.
Bill se encogió de hombros.
—Eh, pero tú lo dijiste, no yo. Además, no creo que las leyes de allá apliquen aquí —replicó Bill con un tono de reproche.
Aoba lo miró, algo serio, mientras reflexionaba sobre sus palabras. Tao, que estaba tomando fotos con su teléfono, se acercó al escuchar la conversación, capturando de paso una imagen de Bill y Aoba en la hierba.
—¿De verdad vas a volar? —preguntó Tao, con un toque de preocupación en la voz, sabiendo que Aoba no tenía licencia para ello.
—Sí, pero solo un poco. Sería divertido... aunque primero tendría que preguntarle a Elias si está bien hacerlo —respondió Aoba con calma.
Tao lo miró unos segundos, evaluando su respuesta.
—Bueno, si quieres preguntarle creo que Juno y Elias se fueron por allá —dijo Tao, señalando un sendero cercano donde podían verlos caminando a lo lejos.
Aoba miró en la dirección indicada y vio a Elias y Juno desaparecer entre los árboles.
—Bueno, supongo que le preguntaré a María entonces —dijo Aoba con un leve encogimiento de hombros, mientras desviaba su atención al campo de flores que los rodeaba.
Juno y Elias avanzaban con paso tranquilo entre la línea de árboles que se alzaban a su alrededor, el susurro de las hojas acompañando su caminata.
—Entonces, este es el lugar donde ves el cielo nocturno —dijo Juno con entusiasmo, sus ojos brillando con curiosidad mientras miraba a su alrededor.
—Sí —respondió Elias con una leve sonrisa—. Mi hermana y yo solíamos venir aquí de vez en cuando a ver las estrellas.
A medida que se abrían paso entre los árboles, finalmente salieron a un claro. Frente a ellos, un pequeño lago cristalino reflejaba la luz que se filtraba a través de las ramas, mientras un arroyo serpenteaba suavemente hacia el bosque. Juno se detuvo un momento, observando el lugar con una sonrisa radiante.
—¡Ahhh! ¿Todos los lugares son así de hermosos aquí? —exclamó Juno, maravillada.
Elias, mirándola, no pudo evitar sonreír ante su entusiasmo.
—En su mayoría, sí. Pero este lugar en particular es especial para mi hermana y para mí —contestó con tranquilidad, sus palabras teñidas de un toque de nostalgia.
De repente, Juno lo tomó por la muñeca, tirando de él con energía.
—¡Vamos! —dijo ella, animada.
Elias asintió con una sonrisa y la siguió, mientras ambos se acercaban al borde del lago. Allí, Juno finalmente lo soltó, inclinándose para mirar su reflejo en el agua. Elias, por su parte, se dejó caer sobre la suave hierba, recostándose con los brazos detrás de la cabeza para contemplar el cielo despejado.
No pasó mucho tiempo antes de que Juno lo imitara. Se sentó primero a su lado, y luego se recostó también, mirando hacia las alturas donde las ramas se entrelazaban enmarcando un pedazo del cielo. Por un instante, ambos guardaron silencio, disfrutando de la calma del lugar y el suave sonido del agua fluyendo cerca de ellos.
Elias cerró los ojos, dejando que el sonido del viento al mover las copas de los árboles llenara el silencio. A su lado, Juno lo observaba con atención, perdida en sus propios pensamientos.
"Me pregunto qué diría si le digo…" pensó Juno mientras miraba el rostro tranquilo de Elias. Sin embargo, la duda rápidamente la invadió. "¿Y si me estoy adelantando y me rechaza, como Legoshi? Tal vez debería tomarme esto con más calma…" Reflexionaba mientras jugaba nerviosamente con sus dedos, desviando la mirada hacia el cielo.
Mientras sus pensamientos se enredaban, Elias abrió los ojos y la miró con curiosidad.
—¿Estás bien? —preguntó con tranquilidad, sentándose para mirarla mejor.
Juno se sobresaltó al oírlo, volviendo a la realidad. Giró la cabeza hacia él, notando cómo su mirada la estudiaba con amabilidad. Su rostro se sonrojó levemente.
—S-s-sí, estoy bien. Solo pensaba en lo tranquilo que es este lugar —respondió, apartando la mirada mientras se sentaba también.
—Sí, lo sé. Por eso nos gusta venir aquí —dijo Elias con una sonrisa, volviendo a mirar el cielo.
Juno lo observó por un momento antes de animarse a romper el silencio.
—Oye, Elias… ¿qué haces para divertirte? —preguntó, tratando de sonar casual.
Elias giró la cabeza hacia ella y sonrió ligeramente.
—Bueno, no hay muchas cosas que hacer aquí, a diferencia de allá, pero a veces me gustaba dibujar… aunque soy muy malo en eso —dijo riendo.
Juno parpadeó sorprendida.
—¿También sabes dibujar? —preguntó con curiosidad.
Elias se encogió de hombros mientras recogía una piedra plana del suelo.
—Sí, pero como dije, soy terrible. Solo hago garabatos —respondió con una risa nostálgica, recordando un intento fallido de dibujar a María que terminó siendo un boceto desastroso.
Mientras hablaba, lanzó la piedra hacia el lago. Esta rebotó varias veces en la superficie antes de hundirse, captando la atención de Juno.
—¿Qué pasa? —preguntó Elias al notar su mirada fija.
—Nada… solo estaba mirando cómo lanzabas esa piedra. ¿Cómo lo hiciste? —preguntó Juno, intrigada.
Elias frunció ligeramente el ceño, como si no pudiera creer lo que oía.
—¿Qué? ¿Nunca has hecho rebotar piedras en el agua? —preguntó, sorprendido.
—No, nunca —respondió Juno con serenidad.
—¿Quieres aprender? —dijo Elias con una sonrisa al notar su interés.
—¡Sí! —respondió Juno emocionada, moviendo la cola con entusiasmo. Elias sonrió al verla tan animada.
—Primero, toma una roca que sea lo suficientemente plana —indicó Elias.
Juno se agachó, buscando con atención hasta encontrar una que le pareció adecuada.
—¿Esta sirve? —preguntó, mostrándosela.
Elias asintió.
—Bien, ahora te enseñaré cómo hacerlo. Tienes que doblar tu torso hacia atrás y lanzar con la mano dominante —explicó mientras demostraba el movimiento.
Juno intentó imitarlo.
—¿Así? —preguntó, girándose hacia él.
Elias rio suavemente al notar que lo estaba haciendo mal. Se acercó para corregirla.
—No, lo estás haciendo mal. Déjame ayudarte —dijo mientras se colocaba detrás de ella, tomando sus manos para guiarla.
El corazón de Juno empezó a acelerarse al sentir el contacto de Elias y cómo su proximidad la envolvía. "¡Debo calmarme!" pensó, nerviosa, pero la sensación de sus manos sobre las suyas hacía que le costara concentrarse. Podía sentir su calor y escuchar el latido rápido de su propio corazón. "¡¿Qué hago?!" pensaba, desesperada, cuando la voz tranquila de Elias rompió el caos de su mente.
—Bien, ya está. Así es como deberías hacerlo. Ahora solo lánzala con fuerza —dijo Elias, soltándola y sonriendo.
Juno, todavía nerviosa, tomó aire para calmarse.
—S-s-sí… —respondió, intentando sonar normal. Lanzó la piedra, pero esta simplemente golpeó el agua sin rebotar.
Elias observó la escena con calma.
—Bueno, es tu primera vez. No te preocupes, tal vez la próxima lo hagas mejor —la alentó con una sonrisa.
Juno asintió, sin mirarlo directamente, mientras un leve sonrojo teñía su rostro. La emoción seguía latiendo en su pecho, aunque tratara de ignorarla.
Juno miró a Elias, nerviosa, mientras buscaba las palabras adecuadas. "Se lo diré," pensó, girándose hacia él con determinación.
—¡Ah, Elias! —llamó, su voz ligeramente temblorosa.
Elias se giró hacia ella con curiosidad, dejando de buscar piedras por un momento.
—¿Sí? ¿Qué pasa? —preguntó tranquilamente.
Juno respiró hondo, tratando de calmar los latidos de su corazón mientras sentía el rubor en sus mejillas.
—Hay algo… que te… quiero decir —dijo, titubeando al final. Sus manos temblaban ligeramente, pero intentó mantener la mirada.
—¿Qué es? —preguntó Elias, ladeando la cabeza con una expresión calmada.
Juno abrió la boca para responder, tomando un poco más de valor, pero justo en ese instante, un grito rompió el momento.
—¡Elias! —gritó María, saliendo de entre la línea de árboles junto con los demás.
Elias y Juno se giraron al unísono hacia la voz. Elias alzó la mano, saludando con entusiasmo.
—¡Aquí! —respondió, haciéndoles señas.
María se acercó con el resto del grupo, mientras Juno apretaba los labios, frustrada por la interrupción.
—¿Qué pasa? —preguntó Elias cuando María llegó a su lado.
—Aoba me preguntó ¿si podía volar? —dijo María con tono casual.
Elias arqueó una ceja, mirándola con confusión.
—Espera… ¿Aoba puede volar? —preguntó, mirando al aludido.
Aoba, con sus alas visibles, se encogió de hombros con una sonrisa sarcástica.
—Claro que sí. ¿Qué, pensabas que mis alas eran de adorno? —respondió con un tono burlón.
Elias lo observó unos segundos y luego asintió lentamente.
—Bueno… sí, en realidad pensé que solo estaban ahí de decoración —dijo Elias con una sonrisa ligera.
Aoba lo miró incrédulo, negando con la cabeza.
—Vaya, ustedes necesitan actualizar sus fuentes de información —comentó con tranquilidad.
—Bueno, hasta donde sé, no hay leyes que te impidan volar… a menos que lo tengas un avión pero no veo ninguno —dijo Elias, sarcásticamente alzando los hombros.
—Entonces, ¿puedo hacerlo? —preguntó Aoba, sonriendo con entusiasmo.
—Claro. Pero ten cuidado —añadió Elias.
Aoba asintió emocionado y se apartó del grupo, caminando hacia donde estaban Bill y Tao, quienes lo observaban con interés. Mientras tanto, Legoshi y Haru caminaban cerca del lago mientras que Miguno y el resto se sentaban a ver el paisaje, observando el agua, mientras Juno permanecía junto a Elias, María y Jack.
—¿Qué estaban haciendo? —preguntó María, mirándolos con curiosidad.
—Le estaba enseñando a Juno a rebotar piedras en el agua —respondió Elias tranquilamente.
María sonrió con entusiasmo.
—Ah, hace mucho que no lo hago. ¡¿Quieres competir para ver quién la hace rebotar más?! —preguntó animada.
Elias asintió, sonriendo.
—Claro, pero sabes que te ganaré —dijo riendo.
María se agachó para buscar una piedra plana, inspeccionándola hasta encontrar una adecuada.
—¡Bien, esta servirá! —exclamó, alegre.
Ambos se colocaron en posición junto al agua mientras el resto del grupo observaba con interés.
—¿Lista? —preguntó Elias.
—Sí —respondió María, concentrándose en el lago.
—Bien, a la cuenta de tres. Uno, dos… ¡tres! —contó Elias.
Ambos lanzaron sus piedras al mismo tiempo. La piedra de Elias rebotó un par de veces con grandes saltos, mientras que la de María rebotó varias veces seguidas, formando delicados patrones en el agua antes de hundirse.
—Ah, perdí —dijo Elias con tono cómico.
—¡Te lo dije! —respondió María, sacándole la lengua juguetonamente.
Jack rio al ver su reacción, el observaba desde atrás, se acercó un poco, intrigado.
—¿Puedo intentarlo? —preguntó, mirando a María.
—¡Claro! Solo toma una piedra plana y te enseño —dijo María con entusiasmo.
Jack obedeció buncando una, trató de lanzar la piedra como le indicó María, pero en su primer intento, la piedra cayó directamente al agua sin rebotar. María soltó una risa ligera.
—Es un buen primer intento —dijo, riendo suavemente.
—Ustedes hacen que parezca fácil —dijo Jack, algo frustrado.
Los demás empezaron a acercarse, mirando la escena con curiosidad.
—Se ve interesante cómo lo hacen —comentó Miguno, sonriendo.
Elias lo miró con una ceja levantada.
—¿Qué? ¿Quieres intentarlo también? —preguntó.
—No, yo no soy bueno lanzando cosas, pero me dio curiosidad… ¿qué tan lejos puedes lanzar? —preguntó Miguno.
Elias lo pensó unos segundos, mientras María lo miraba con interés.
—¿Qué tan lejos? Hmm… creo que podría lanzar una piedra hasta el otro lado del lago —dijo pensativo.
Se agachó, recogió una piedra más grande y se preparó para demostrarlo. María y Miguno se apartaron un poco, dejando espacio. Con un movimiento fluido, Elias lanzó la piedra con fuerza, y esta atravesó todo el lago, chocando contra un árbol en la otra orilla. El grupo quedó boquiabierto.
—¡Impresionante! —dijo Miguno, mientras los demás asentían con asombro.
—¿Ustedes pueden lanzar así de lejos? —preguntó Legoshi intrigado, reflejando el interés de los demás.
Elias y María intercambiaron miradas antes de responder.
—¿Qué? ¿Ustedes no pueden? —preguntó María, genuinamente curiosa y un poco confundida.
—Mmmh, no exactamente. He lanzado cosas antes, pero nunca tan lejos como Elias. No sé los demás —respondió Legoshi, reflexionando.
Elias y María sonrieron al escucharlo, y fue María quien rompió el silencio.
—¿Y no quieren intentarlo? ¡Podemos enseñarles! —dijo con entusiasmo, su sonrisa contagiosa.
El grupo se miró por unos segundos antes de asentir, animados por la idea.
—¡Bien! —exclamó María con energía.
Pasaron el rato cerca del lago, practicando lanzamientos bajo la guía de Elias y María. Al principio, sus intentos fueron torpes, pero eso solo generó más risas entre todos. Cada fallo era una excusa para bromear y disfrutar del momento.
El viento soplaba suavemente, agitando las hojas de los árboles cercanos. La luz del sol iluminaba pasado el mediodía, reflejándose en el agua cristalina del lago y creando un ambiente cálido y acogedor. Las risas resonaban en el lugar, mezclándose con el sonido del agua y el susurro del viento.
María, siempre animada, ofrecía consejos con una sonrisa, mientras Elias daba demostraciones con precisión. Aunque ninguno de los demás logró alcanzar la distancia de Elias, la experiencia no era menos divertida.
El tiempo pasó rápidamente en ese rincón tranquilo, y aunque sus lanzamientos seguían siendo imprecisos, todos coincidieron en que estaba siendo un momento divertido.
En la mansión, Else, Gon, Gouhin y Sakane aguardaban con una mezcla de nerviosismo y ansiedad. La atmósfera era opresiva, cargada de un silencio que amplificaba cada pequeño sonido, desde el crujir del piso bajo sus pies hasta el tenue zumbido del aire que circulaba por la habitación. Else observó a Gon, quien estaba sentado a su lado, tratando de parecer relajado pero con una evidente rigidez en sus hombros.
—Este lugar es… muy pudiente —murmuró Else, con un leve temblor en la voz, mientras lanzaba una mirada cautelosa a los opulentos candelabros y a las pinturas que adornaban las paredes.
Gon asintió lentamente, desviando la vista hacia el frente antes de responder.
—Sí, lo sé. Tal vez debí vestirme más formal —admitió con un susurro grave, aunque su tono mantenía una fachada de calma.
Else arqueó una ceja, ladeando la cabeza con curiosidad.
—Me pregunto cómo será quien nos invitó —dijo en voz baja, sin poder disimular la inquietud que le provocaba aquel enigmático anfitrión.
Gon abrió la boca para responder, pero justo en ese momento, un sonido agudo rompió el silencio: el giro de una cerradura al otro lado de la habitación. Ambos se giraron hacia la gran puerta doble, al igual que Gouhin y Sakane. El leve crujido de las bisagras hizo eco en la sala, y los cuatro contuvieron el aliento mientras la puerta se abría lentamente.
Hughes, quien hasta entonces había permanecido de pie junto a una ventana, sonrió levemente, sin mostrar señales de incomodidad.
Una figura apareció al cruzar el umbral, y su presencia llenó la sala con un aire de misterio y autoridad. Vestía un hábito oscuro que cubría su cuerpo por completo, la capucha ocultando cualquier detalle de su rostro. Lo único visible era una máscara inquietante, mitad blanca y mitad roja, decorada con inscripciones doradas que brillaba sutilmente.
Else sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda al ver a la figura enmascarada. Gouhin y Sakane, aunque intentaban mantenerse serenos, no pudieron evitar tensarse ante la inesperada presencia. Gon, a su lado, permaneció inmóvil, pero sus ojos se clavaron en la figura, intentando descifrar algo más allá de la máscara.
Notas:
una cosa mas no se si note pero puede que este algo presionado el capitulo devido a lo mismo, asi que les pido disculpas si se ve que esta escrito muy aprisa ya que no tengo tanto tiempo.
p.s. Lo siento si la historia no a avanzado mucho pero quiero que entiendan que estoy tratando de construirla para que mas adelante pueda poner lo mas pesado, asi que por ahora solo sera calma, mas adelante abra mas cosas interesantes.
gracias por su paciencia :)
saludos.
