DISCLAIMER: Los personajes de "Candy Candy" no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Misuki e Yumiko Igarashi. Realizo esta historia con fines de entretenimiento y sin ningún ánimo de lucro, sólo el ferviente deseo de liberarme de la espinita clavada en el corazón después de ver el anime y leer el manga. Por siempre seré terrytana de corazón.
DESEOS DE AÑO NUEVO © 2017 by Sundarcy is licensed under CC BY-NC-ND 4.0. Está prohibido la reproducción parcial o copia total de este trabajo.
DESEOS DE AÑO NUEVO
By: Sundarcy
o-o-o
Capítulo 22: ABRIENDO LOS OJOS
Residencia privada, East Hampton
Long Island, Nueva York
06 de enero de 1920
Un sonido seco y repetitivo reverberaba en el garaje mientras Terry golpeaba la suela de sus zapatos contra el suelo, su impaciencia creciendo con cada segundo que pasaba sin que el empleado apareciera con las llaves de su carro. Sus músculos tensos y su mandíbula firmemente apretada delataban la urgencia que lo consumía; necesitaba irse de allí cuanto antes. Permanecer un minuto más en esa condenada residencia, escenario de las peores horas de su vida, le resultaba prácticamente insostenible.
A su lado, su pecosa guardaba silencio, observándolo con discreta comprensión. Sabía que cualquier palabra sería inútil en ese momento, así que se limitó a dejarlo desahogarse contra el suelo. Si descargar su fastidio en aquel insistente golpeteo servía para contener la frustración que aún lo envolvía, que así fuera.
Ahora, con la cabeza un poco más fría, Terrence se dio cuenta de que, por más que hubiera querido marcharse solo, no lo hubiera podido hacer. Las Marlowe habían llegado con él y, para su desgracia, también tendrían que regresar con él en el mismo auto por el que esperaba las llaves, no tenía otra alternativa. Si bien no le apetecía en lo más mínimo volver a la fiesta, confiaba en que ambas mujeres habrían tenido la suficiente sensatez para salir del salón por su cuenta. Así que, cuando el empleado apareció finalmente con sus llaves, el castaño no perdió tiempo.
—¿Podrías hacerme un favor? — pidió el joven actor en tono firme y cuando el muchacho asintió, prosiguió con su pedido. —Quisiera que fueras a buscar a la señorita y la señora Marlowe para que les informe que las estoy esperando en el garaje para irnos de aquí cuanto antes.
Hizo una breve pausa, sus ojos oscureciéndose con un destello de impaciencia para añadir con frialdad:
—Y diles que, si no están aquí en cinco minutos, me iré sin ellas. No me importará en lo más mínimo dejarlas solas; ya verán ellas cómo se las arreglan para regresar a Manhattan.
No necesitó levantar la voz para que su ultimátum quedara claro. Con suerte, eso bastaría para que aquellas mujeres se dieran prisa. Sin embargo, en vez de Susana o la Sra. Marlowe, fue Robert quien apareció en el garaje. Su director traía un semblante serio y sostenía un abrigo que Terrence reconoció de inmediato como suyo, el mismo que había dejado olvidado en el cuarto que le sirvió de camerino temporal. Al llegar junto a él, se lo tendió sin ceremonia.
—En verdad, siento todo esto, Terry. — expresó el hombre mayor, sus palabras sonando verdaderamente apenadas.
El joven actor dejó escapar una larga exhalación, intentado liberar al menos una fracción de su irritación.
—No tienes que disculparte. —respondió con cansancio en lo que se colocaba su abrigo. —No ha sido tu culpa.
Robert negó con la cabeza, la culpa aún reflejada en su expresión, siendo que el mismo no estaba muy convencido de su inocencia.
—Fui yo quien te persuadió de venir y, supuestamente, iba a ayudarte. ¡Y mira que gran ayuda resulté ser!
Entornando los ojos, tuvieron que pasar unos instantes para que la sombra de la autocrítica se disipara poco a poco del rostro del director. En cuanto recuperó la seriedad en su semblante, continuó resueltamente:
—Voy a tratar de ver cómo puedo arreglar esto. Presentaré las disculpas del caso, alegaré que todo fue un ataque de histeria colectiva o algo parecido. Ya veré qué se me ocurre. No te preocupes.
Los ojos de Terrence se entrecerraron un poco, sopesando tal declaración, antes de fruncir el ceño con incredulidad.
—¿Me estás diciendo que la fiesta va a continuar después de esto?
Robert se encogió de hombros, esbozando una sonrisa triste que era un reflejo de la incomodidad de la situación.
—Los anfitriones están en una encrucijada. No pueden simplemente echar a los invitados sin quedar en ridículo, aunque tampoco pueden fingir que nada ha pasado. Francamente, ya es bastante escándalo que la hija haya protagonizado semejante escena. Por ese motivo, la señorita se marchó del salón y dudo mucho que vuelva después de esto.
Soltando una risa seca, sin rastro de humor, Terrence fue incapaz de ahogar una réplica mordaz:
—Eso tampoco me convencería a mí de regresar. Por mí, no quisiera volver a ver a esa mujer en mi vida.
Resoplando frustrado al recordar los avances no deseados de aquella señorita, él percibió cómo su mal humor se avivaba de inmediato. En realidad, bastaba con pensar en ella para que sus gestos se ensombrecieran.
—Aunque ella no regrese, el ambiente en el salón aún sigue tenso.
—Ya me lo imagino. — murmuró Terry con ironía, flexionando sus brazos sobre su pecho.
No tenía el más mínimo interés en seguir hablando de esa mujer, así que decidió cambiar de tema.
—¿Sabes dónde están Susana y la señora Marlowe? — cuestionó de pronto, expresando en voz alta la duda que lo había estado rondando desde hace rato. —¿Acaso siguen en el salón después de aquella bochornosa escena?
—No, ellas salieron justo después que tú. De hecho, pensé que te las encontrarías en el vestíbulo. — explicó su director con calma. —Pero cómo desapareciste tan rápido, seguro ni las viste. Cuando yo mismo salí y vino este empleado a decir que estabas en el garaje, las dejé con Melanie. Le pedí que las acompañara mientras se limpiaban los restos de pastel y recogían sus abrigos.
Guardando silencio por un instante, Robert observó a Terrence de manera pensativa, intentando medir sus reacciones antes de proseguir:
—Ellas ya no deben tardar en llegar, Terry. Sólo queda esperarlas.
Tensando la mandíbula al escuchar aquello, el castaño dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos un segundo, para luego pasarse una mano por la nuca en un intento fallido de aliviar la tensión.
—Mientras más rápido se apuren, más rápido nos largamos de aquí. — respiró hondo, esforzando por controlar su impaciencia. —Aunque, con lo que tardan, no me sorprendería si salimos de aquí en veinte años más.
El hombre mayor lo vio con preocupación, notando la rigidez en su postura. Se cruzó de brazos y eligió con cuidado sus siguientes palabras:
—No te vendría mal relajarte un poco… Recuerda que aún te quedan casi dos horas de viaje hasta Manhattan.
—Ni siquiera me lo recuerdes. — murmuró el castaño, cerrando los ojos de nuevo y dejando escapar un largo suspiro resignado. —Estoy preparándome mentalmente para otra tortura: soportar a Susana y a su madre durante todo el trayecto.
Asintiendo con gravedad, Robert lo vio con más cautela, dispuesto a exponer ciertas de sus reservas.
—He visto cómo están las calles afuera. Hay gruesas capas de nieve en las calzadas y está nevando mucho más fuerte que antes. No creo que sea buena idea que manejes en estas condiciones de tormenta. Las pistas pueden volverse peligrosas y la visibilidad será un problema.
Contrayendo sus cejas, Terrence estrujo sus labios en una tensa mueca, sintiendo cómo la irritación se instalaba en su pecho.
—Entonces… ¿qué es lo que sugieres?
—Lo mejor sería que pasaran la noche en un hotel cercano. Posiblemente encuentres alguno por aquí. — le recomendó como posible alternativa.
El joven actor reflexionó sobre aquella opción durante unos momentos. La idea no sonaba tan descabellada, sobre todo porque le permitiría postergar el insoportable viaje de regreso con Susana y su madre. Además, cualquier cosa era mejor a seguir en esta residencia.
—Piénsalo bien, Terry, me parece que sería lo mejor. — insistió el director, viéndolo con ahínco. —Y, por encima de todo, quiero que te mantengas tranquilo. No te preocupes por las consecuencias del incidente que pasó.
Por unos segundos, su mirada se endureció, reflejando la determinación con la que pretendía manejar la situación. Después, con un dejo de pesar, agregó:
—Es una lástima que todo esto haya opacado la increíble actuación que diste esta noche.
Terrence desvió la mirada, fijando la vista en un punto indefinido del suelo. Pasando una mano por su nuca, intentó disipar la incomodidad que esa noche le había dejado.
—Ya no quiero pensar en eso, Robert. Sólo quiero irme de aquí. ¡Ojalá Susana y la Sra. Marlowe aparecieran de una vez!
Como si hubieran sido invocadas, madre e hija llegaron al garaje justo en ese preciso momento acompañadas por Melanie Hathaway. Susana lloriqueaba desconsolada con los ojos rojos y un pañuelo en la mano, mientras su madre la guiaba en su silla de ruedas, lanzando miradas furibundas a diestra y siniestra, obviamente buscando a quién culpar. No tardó mucho en encontrar su objetivo favorito: Terrence.
—¡Esto es culpa suya! — reclamó la señora Marlowe con voz indignada, señalándolo como si fuera un criminal. —Si no fuera por usted, nos hubiéramos ido antes y nada de esto habría pasado. ¡Usted es el responsable de todo!
El castaño se giró hacia ella, arqueando una ceja con expresión aburrida. De verdad que responder a semejante absurdo estaba muy por debajo de sus estándares, pero, lamentablemente, la vida no siempre le daba el lujo de ignorar la estupidez ajena.
—¿Acaso está escuchando las tonterías de las que habla? ¿En verdad cree que lo que acaba de decir tiene algún sentido? ¿O es que tanto le falla la memoria que hasta de eso se olvida?— replicó, dejando caer sus palabras con un marcado sarcasmo. —Porque, hasta donde yo recuerdo, si hubiese sido por mí, nos habríamos ido de aquí en cuanto terminé mi actuación. Pero no, ustedes fueron las que más querían quedarse. Así que, con todo respeto, señora…
Se tomó su tiempo, ladeando apenas la cabeza mientras dejaba que su mirada se afilara con inconfundible ironía.
—… ahórrese sus acusaciones. Y de paso, ahórreme también a mí sus fastidiosos gritos. Nos haría un favor a todos aquí si se quedara callada de una buena vez.
El rostro de la señora Marlowe pasó de rojo a púrpura en cuestión de segundos, al tiempo que iniciaba una retahíla de reproches y palabras atropelladas que brotaron con la furia de una tormenta descontrolada.
Terrence no se sorprendió en lo más mínimo, de hecho, habría estado más desconcertado si la mujer no estallaba en su tradicional indignación desmedida, pero eso no evitó que su paciencia se desgastara aún más. Y como si el drama materno no fuera suficiente, Susana decidió aportar su cuota a la escena, sollozando con un dramatismo tan exagerado que bien podría haber salido de un guión barato.
Harto hasta la médula, el joven actor dejó de prestar atención a la ópera trágica en desarrollo y se centró en lo práctico. Sin decir una palabra, abrió las puertas traseras del coche, poniendo a Susana en el asiento e instando a la señora Marlowe a subir. Después de terminar de guardar la silla de ruedas en el auto, casi por inercia, se adelantó a abrir la puerta del copiloto, esperando que su pecosa se sentara ahí.
Fue entonces cuando se dio cuenta de su error, el momento en que su cerebro registró el pequeño detalle de que Candy, técnicamente, no estaba ahí y nadie podía entender la razón detrás de sus acciones. Aquel gesto quedó flotando en el aire como una nota discordante en medio del caos y un incómodo silencio se apoderó del garaje mientras los demás lo miraban perplejos.
—¿Robert también nos acompañará? — aventuró Susana, parpadeando en confusión al ver la puerta del copiloto abierta.
El director negó con la cabeza, sin apartar la vista de su actor estrella, estudiándolo con una intriga que no podía disimular.
—¿Por qué abre la puerta? — intervino la señora Marlowe, sospechando de todo y de nada al mismo tiempo. —¡Lo mismo hizo cuando vinimos! ¿Qué es lo que pretende?
—Es la fuerza de la costumbre… — musitó para sí mismo, cerrando la puerta en cuanto Candy se hubo sentado.
Robert Hathaway intercambió una mirada con su esposa, ambos con idéntico aire de desconcierto. No obstante, como era de esperarse, fue la señora Marlowe quien insistió, con la tenacidad de un sabueso en plena cacería:
—¿Qué está diciendo? ¡Explíquese de una vez!
Liberando un suspiro, Terrence ladeó la cabeza con semblante hastiado. Luego, con su característica insolencia, dejó caer su respuesta con una leve sonrisa sarcástica:
—Lo siento, señora. Olvidé que usted necesita un manual para entender lo obvio. Pero no se preocupe, no es su culpa. Simplemente hay conceptos que están fuera de su alcance, pues no todos tenemos la misma capacidad e inteligencia. Además, creo que su edad avanzada tiene mucho que ver también.
La mandíbula de la señora Marlowe cayó en un silencioso jadeo de indignación, sin embargo, antes de que pudiera lanzar una nueva perorata, Terry ya se había girado hacia su director para despedirse.
—Gracias por todo, Robert. Seguimos en contacto. — le estrechó la mano con firmeza para luego inclinar la cabeza ligeramente hacia la esposa de su director. —Hasta pronto, señora Hathaway.
Sin esperar más, subió al coche y encendió el motor, deseando dejar atrás no sólo aquel lugar, sino también los reproches, las miradas acusadoras y el peso sofocante de la velada. Con cada metro que avanzara, sentía que recuperaría un poco de su tranquilidad. O al menos, eso creyó. Aunque, tristemente, lo que le esperaba en ese brevísimo viaje sería una prueba aún más agotadora que todo lo que había vivido esa noche.
TyC TyC TyC TyC TyC
Con los nudillos blancos de tanto apretar el volante, Terrence luchaba por enésima vez contra el impulso de gritarle a Susana y a la señora Marlowe que se callaran de una maldita vez.
Ambas seguían parloteando sin tregua, quejándose, suspirando y dramatizando cada detalle de la noche como si estuvieran narrando una tragedia griega. Apenas llevaban unos minutos fuera de la mansión, pero cada segundo se alargaba en una eternidad de sufrimiento. ¿Cómo demonios iba a sobrevivir casi dos horas más escuchándolas destrozar lo poco que le quedaba de paciencia?
Para empeorar las cosas, Robert tenía razón: la nieve caía con más intensidad y la visibilidad era un desastre, pues las luces de los faros a las justas perforaban la cortina blanca que cubría el camino. No iba a arriesgarse a seguir manejando en esas condiciones, mucho menos con semejante banda sonora de fondo.
Decidido, comenzó a buscar un hotel u hospedaje donde pudieran pasar la noche. No tardó mucho en encontrar un letrero luminoso a unas calles de distancia y, sin pensarlo dos veces, giró el volante con brusquedad hacia ahí y frenó en seco.
El chirrido de los frenos junto al repentino movimiento arrancaron un par de gritos histéricos desde los asientos traseros.
—¿Está usted loco? — se quejó la señora Marlowe, llevándose una mano al pecho como si acabara de ver su vida pasar frente a sus ojos. —¿Qué es lo que pretende? ¿Matarnos?
Volteando la cabeza y esbozando una sonrisa mordaz, Terrence entrecerró los ojos hacia la mujer.
—¿Me creería si le digo que lo estoy considerando?— replicó con un tono peligrosamente tranquilo, lo que sólo aumentó el miedo en el rostro de la mujer. —Pero si quiere evitarlo, le sugiero que no siga probando mi paciencia y baje del auto antes de que me arrepienta.
La señora Marlowe gimió ofendida, mientras Susana, al borde de las lágrimas otra vez, intentaba entender lo que ocurría.
—¿Por qué nos bajamos aquí? — balbuceó con voz temblorosa.
—Porque está nevando demasiado y no voy a arriesgarme a conducir hasta Manhattan. — explicó él, soltando un suspiro y lanzando una mirada al frente. —Nos quedaremos aquí esta noche y, cuando amanezca, si es que sobrevivo a tanto drama, retomaremos el viaje.
Sorprendemente, la lógica innegable de sus palabras, logró lo impensable: hacer que ambas mujeres guardaron sus objeciones y se quedaran calladas, por primera vez en lo que parecía siglos. Sin más protestas, la señora Marlowe descendió del auto justo cuando un empleado del hotel se acercó para ayudar con la silla de ruedas de Susana.
El castaño esperó a que las dos mujeres entraran al hotel y desaparecieran de su vista para finalmente abrir la puerta del copiloto, permitiendo que Candy bajara.
—Siento todo esto, Pecosa.
No estaba seguro de por qué se disculpaba exactamente, si por todo el martirio de haber soportado a las Marlowe o por el hecho de haber tenido que ignorarla. De cualquier forma, la rubia se limitó a sonreírle dulcemente, sin darle importancia. Juntos ingresaron a la estancia donde Susana y su madre ya lo esperaban con caras largas. En la recepción del hotel, les informaron que solamente quedaban dos habitaciones disponibles, las cuales eran bien sencillas y se encontraban contiguas.
—Perfecto, esas tomaremos. —resolvió Terry sin perder el tiempo. —La señorita y la señora Marlowe se quedarán en la que tiene dos camas y yo me quedaré en la otra de una sola cama.
Ni siquiera esperó comentarios; con un simple movimiento de cabeza indicó al recepcionista que procesara el registro. Cuanto más rápido estuviera en su habitación y lejos de cierto par de voces irritantes, mejor.
—¿Acaso pretende que mi Susy y yo nos hospedemos en una habitación tan humilde? — la molestia en la voz de la Señora Marlowe le irritó sobremanera, por su tono parecía que le estaban pidiendo que durmiera en un establo.
El joven actor exhaló con pesadez y se cruzó de brazos, viéndola con la misma paciencia con la que uno oye a alguien quejarse porque el Sol aparece en las mañanas.
—Son los únicos cuartos que están disponibles. Y no hay más. — remarcó con evidente fastidio, preguntándose internamente por qué tenía que perder tiempo explicando lo obvio.
—No me pienso quedar en un cuarto así con mi hija. — respondió la mujer, alzando la barbilla con ese aire de superioridad que tanto lo sacaba de quicio. —Podemos ir a buscar otro lugar más adecuado.
Escéptico por tal pedido, Terrence dejó escapar una risa baja, optando por contestar con afilada ironía:
—Pues irá a buscarlo usted sola, porque yo no me pienso ir a ningún otro lado.
La madre de Susana dejó escapar un jadeo escandalizado por la rotunda negativa.
—¿Cómo puede ser tan insensible? ¡Después de todo lo que mi pobre hija y yo hemos sufrido por su culpa! Y encima, ¿pretende obligarnos a dormir en este… este tipo de sitio?
Sosteniendo la mirada de la mujer con frialdad, los ojos azul mar de Terry eran tan cortantes como una hoja de acero.
—Haga lo que quiera, señora. Si le parece más digno dormir en el auto, bajo la nieve, o aquí en la recepción abrazada a una lámpara, no seré yo quien se interponga en su noble sacrificio. ¡Adelante, es su decisión!
El tono de Terrence destilaba un sarcasmo letal a la vez que rodaba los ojos con exasperación.
—Pero lo que definitivamente no voy a seguir haciendo es perder otro segundo de mi vida escuchando más de sus exigencias ridículas. De verdad, no hay suficiente temple en el mundo para lidiar con esto. Porque si existiera un premio a la persona que más agota la paciencia ajena, le aseguro que usted ya tendría su trofeo… y probablemente me harían una mención honorífica por aguantarla tanto.
Supremamente indignada, la señora Marlowe soltó un bufido tan fuerte que casi podría haber despertado a otros huéspedes. Sin molestarse en escuchar más estupideces, Terry tomó la llave de su habitación y se marchó sin mirar atrás. Al menos, tenía la satisfacción de saber que había dejado una absurda discusión atrás con la certeza de haber ganado.
Al estar en el primer nivel, no tardó en llegar a su cuarto. Mientras cerraba la puerta, todavía podía oír a la mujer refunfuñando al fondo, probablemente escandalizando al recepcionista con su lista interminable de agravios. Por primera vez después del incidente del pastel, una sonrisa genuina se dibujó en su rostro.
"¡Al fin, algo de tranquilidad!"— pensaba él, apoyándose sobre la puerta y dejando escapar un largo suspiro que descargaba el peso de toda la noche.
Puede que una tormenta aún estuviera desatada afuera, pero al menos, por unas benditas horas, no tendría que lidiar con otra peor.
Después de encender la luz del cuarto, comenzó a desvestirse con movimientos lentos. Se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre la cama, seguido por su saco hasta quedar en camisa. Al verlo aflojar su corbata y desabrochar los primeros botones de su camisa, Candy, que había estado en silencio hasta ese momento, desvió su mirada y se aproximó hacia la ventana, tratando de fingir estar distraída. Sus ojos terminaron posándose en los copos de nieve que caían afuera, pintando las calles de blanco.
—¿De verdad la nieve es tan fascinante? — comentó él en tono burlón, habiéndose acercado hacia ella antes de romper el silencio. —Porque si lo es, empezaré a pensar que tengo competencia seria para robar tu atención. ¿Qué tiene la nieve? ¿Algún encanto hipnótico que yo no logro superar?
Sorprendida, Candy volteó rápidamente y se encontró cara a cara con los intensos ojos azules verdosos de Terry, que ahora la observaban con una chispa algo divertida.
—Sólo me distraje. Es… apacible.— replicó ella con calma, esforzándose por ignorar la cercanía de su mirada y paseando la vista por la habitación con una sonrisa que jugueteaba en sus labios. —Mucho más que los gritos, los pasteles voladores y las tragedias teatrales de esta noche.
Manteniendo sus ojos aún fijos en su pecosa, él dejó escapar una breve carcajada y sacudió su cabeza.
—Apacible, dices... — repitió con un tono deliberadamente irónico. —Este lugar parece un paraíso si lo comparas con el circo que dejamos atrás.
Ella se encogió de hombros y volvió a girarse hacia la ventana en un intento calculado de eludir su mirada. Se obligó a concentrarse en la nieve que caía tras el cristal, como si aquel acción pudiera servirle de escudo. Pero sus dedos, que jugueteaban con la falda de su vestido, la traicionaban, igual que la tensión apenas perceptible en su postura. Si su reflejo se hubiera podido ver en el empañado cristal, tal vez habría revelado la verdad: que por mucho que quisiera aparentar indiferencia, la proximidad de Terrence la desarmaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
—Deberías relajarte, Terry — formuló al fin, buscando sonar despreocupada. —Todo terminó. Lo que pasó en esa fiesta ya quedó atrás.
Él suspiró, frotándose los ojos e intentando apagar la tensión junto con el cansancio acumulado.
—Decirlo es fácil, pero borrarlo de la mente es otra historia. — admitió con resignación. —¿Cómo rayos podría borrar de mi cabeza una situación tan ridícula como esa?
De repente, Candy volteó hacia él con una dulzura inesperada en la mirada y con un tono más suave, le dijo:
—Por lo menos, tu actuación fue lo más memorable de la noche. Seguramente, eso es lo que todos recordarán.
Aquellos irresistibles labios de Terrence se dibujaron en una enigmática media sonrisa, aunque sus ojos mostraban más escepticismo que aceptación.
—Eso suena halagador, pero me atrevería a decir que la mayoría de personas preferirán recordar el "gran final" cortesía de Susana y la "Caperucita Loca" antes que mi representación. No importa cuánto me esfuerce, los escándalos siempre se roban el protagonismo.
La rubia estrujó sus labios, sin encontrar una respuesta inmediata. Sin embargo, cuando creyó encontrar algo que decirle, notó cómo Terrence reprimía un bostezo a la par que se quitaba los zapatos y los dejaba junto a la cama.
—Estás agotado, Terry. — susurró con suavidad. —Deberías descansar. En la mañana tendrás que conducir de vuelta a Manhattan y, bueno… necesitarás fuerzas para soportar lo que queda del viaje.
Él alzó una ceja, calibrando el significado de su comentario. Aunque, acabó por soltar un resoplido de rendición, asintiendo y dejando caer los hombros.
—Tienes razón, Pecosa. No tengo energía para debatirlo.
Sin más que decir, apagó la luz y se dejó caer en la cama, hundiéndose en el colchón con un suspiro de alivio. Apenas se cubrió con los edredones y su cabeza tocó la almohada, el sueño comenzó a arrastrarlo con la misma rapidez con la que él hubiera querido escapar de la fiesta horas atrás.
Ella se acercó hacia la cama para contemplarlo en silencio por unos instantes, observando cómo la tensión de su rostro se desvanecía paulatinamente mientras caía en el sueño. Cuando su respiración se volvió acompasada, señal de que ya dormía, una cálida sensación le llenó el corazón y, sin darse cuenta, una tierna sonrisa se formó en su boca.
—Descansa, Terry. En la mañana será como otro día.
Lentamente, Candy se alejó del apuesto actor y regresó a su sitio al lado de la ventana. El silencio del cuarto la envolvió, un marcado contraste con el torbellino que se empezaba a agitar en ella. Afuera, la nieve continuaba cayendo con más fuerza, como si la tormenta estuviera dispuesta a borrar cualquier rastro de la caótica noche. No obstante, dentro de ella, lejos de disiparse, sus pensamientos sólo parecían intensificarse. Y con ellos, la persistente pregunta que no la dejaba en paz…
"Seis días…"
Esa frase retumbaba en su mente como un eco persistente. Si la fecha era tal como Terry había mencionado, eso significaba que ya era 6 de enero y llevaba seis días junto a él. ¡Seis días atrapada en esta situación completamente inverosímil!
"¡Dios mío… ayúdame, por favor! Necesito entender qué está pasando. ¿Es esto un sueño interminable o algo más grande… algo que no comprendo?"
Su desesperación vibraba en cada pensamiento, una preocupación tras otra que se abría paso con más intensidad en su cabeza hasta que una cuestión se impuso con más fuerza por encima de las demás.
"Y lo más importante… ¿Cómo le hago entender a Terry que yo soy real?"
Recordó la conversación pendiente que ambos habían pospuesto hasta después de la función de Noche de Reyes. El momento se estaba acercando, sin embargo, incluso ahora no tenía ni idea de cómo enfrentarlo. ¿Qué palabras usar para convencer a alguien tan obstinado, tan atrapado en su propia lógica, de algo que parecía desafiar toda razón?
"Él cree que está perdiendo la cabeza…"— reflexionó abrumada. —"Y aunque eso no tiene sentido, es más fácil para él aferrarse a esa idea que aceptar que hay algo más… algo que todavía no sabemos explicar. ¡Dios del cielo! ¿Qué hago? ¿Cómo lo convenzo?"
Unos gritos apagados, procedentes del cuarto contiguo, la sacaron de sus pensamientos intempestivamente. La voz, aunque amortiguada, le resultó extrañamente conocida. En el acto, giró la cabeza hacia el muro desde donde le pareció percibir aquel sonido. La joven parpadeó, dudando un instante y mordiendo su labio inferior, al tiempo que miraba hacia la pared con extrema curiosidad.
"Es sólo Susana y su madre… deben estar en el cuarto de al lado." — concluyó ella, apartando su mirada y tratando de convencerse de que no era algo relevante.
Con todo su afán, forzó a su mente a alejarse de la idea, y a concentrarse en otra cosa. Pero aquello no fue nada fácil, la duda ya se había instalado en su interior, sutil e insistente a la vez, como una planta trepando por los muros de su voluntad con paciencia cruel. No importaba cuánto intentara desviar su atención, la tentación seguía ahí, creciendo con cada segundo de silencio entre un murmullo y otro.
Se obligó a quedarse quieta, a no ceder, sin embargo, sus pies tenían otra idea. Antes de que pudiera detenerse, se encontró avanzando pausadamente hacia la pared que separaba ambas habitaciones y que se encontraba a unos pasos de la cama donde dormía Terry. La curiosidad había crecido dentro de ella cual chispa peligrosa y difícil de ignorar, hasta el grado de hacerla luchar contra su propio sentido común.
"¡No es asunto tuyo!" — se recriminó, esforzándose por resistirse. —"No tienes derecho a escuchar conversaciones ajenas…"
Aquella batalla interna la mantuvo inmóvil unos segundos, viendo al muro como si pudiera atravesarlo con la mirada. Entonces lo sintió… un impulso extraño… una certeza absoluta… algo dentro de ella que le decía que tenía que escuchar lo que sea que estaban hablando esas mujeres en ese momento.
A pesar de que no sabía de dónde provenía esa seguridad, antes de detenerse a reflexionar más tiempo, se dejó llevar por el instinto. Dio una última mirada a Terrence, quien yacía profundamente dormido y ajeno a todo lo que estaba pasando, antes de avanzar con decisión, cerrando los ojos mientras lentamente iba atravesando el muro hacia el cuarto contiguo.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontraba en otra habitación. La luz, más fuerte que la penumbra del cuarto de Terry, la cegó momentáneamente. Se llevó una mano al rostro, parpadeando hasta que sus ojos se acostumbraron al brillo, y entonces, justo en el momento en que recuperó la vista, terminó fijando su atención irremediablemente en Susana, sentada sobre la cama, junto con su madre, quien se encontraba sentada frente a ella. Ambas conversaban acaloradamente, sin darse cuenta de la intrusa que las veía desde el rincón.
La joven pecosa permaneció quietecita junto al muro, sintiendo la adrenalina corriendo a través de ella. Su mente era un caos de pensamientos contradictorios, sentía el peso de la moralidad enfrentándose a su curiosidad.
"¿Qué estoy haciendo? Esto está mal…" — se decía a sí misma. —"No debería estar aquí…"
Y, sin embargo, no pudo moverse. Algo en aquella discusión la mantenía anclada, incapaz de apartar la vista. Su cabeza intentaba, sin mucho éxito, procesar el insólito giro que estaba tomando su madrugada.
—¡Todo esto es tan injusto! — se quejaba Susana amargamente, dando de manotazos a la almohada como si esta tuviera la culpa de su desdicha.
Las palabras que salían de sus labios estaban impregnadas de una ira que ardía como un fuego incontrolable en cada sílaba.
—¡Ahora tengo que enfrentarme directamente a esas mujerzuelas! No sólo se les ocurre posar sus ojos en mi prometido, sino que además se atreven a intentar arrebatármelo. ¿Por qué me tiene que pasar esto? ¿Por qué, mamá?
Lágrimas de frustración empañaron sus ojos, mirando a su madre y esperando que ella tuviera las respuestas a sus preguntas.
—Hija, ya no te aflijas. — respondió la mujer con un tono que pretendía ser tranquilizador, pero que solamente lograba avivar la tormenta. —¡Todo es culpa de ese hombre ruin! Si no anduviera coqueteando con cuanta mujer se cruza en su camino, nada de esto estaría pasando. ¡Ese Terrence es un canalla de la peor clase!
Desde su lugar, Candy observaba la escena con creciente irritación. En el preciso momento en que las palabras de la madre de Susana le perforaron los oídos, ella sintió cómo una corriente de indignación recorrió su espalda y su ceja empezó a temblar peligrosamente.
"¡Esto ya es el colmo!" — pensaba ella, sumamente molesta. — "¿Por qué esa mujer insiste en culpar a Terry de absolutamente todo? ¿Es que acaso para la Señora Marlowe la simple existencia de Terrence es motivo suficiente para insultarlo?"
—¡Ay, mamá! — gimió Susana, cubriendo su rostro con las manos. —Hablas como si no conocieras a Terry. Él nunca coquetea con nadie, es bastante frío en su trato con todas las mujeres. ¿No te has dado cuenta?
Su madre resopló con desgana, chasqueando la lengua y alzando sus cejas con sorna, sintiendo que escuchaba la excusa más ingenua del mundo.
—¿Frío? — repitió con escepticismo, entrecerrando los ojos. —Ay, hija… ¡qué inocente eres! Eso es justo lo que él quiere que creas. Pero a mí no me engaña.
Se inclinó un poco hacia adelante, como si estuviera compartiendo una gran revelación.
—Un hombre como él siempre lleva una doble cara. Cuando no está contigo, seguro actúa como el mujeriego que realmente es.
Algo dentro de Candy empezó a hervir y se tensó como una cuerda a punto de romperse. Su mandíbula se apretó, mientras la injusticia de las palabras de la Señora Marlowe le retorcía el estómago.
Negando con la cabeza, la ex actriz despegó sus manos de su rostro y suspiró cansadamente. La frustración brotó en su voz como una marea contenida.
—El problema no es Terry, mamá. Esas mujeres son el verdadero problema. Se creen con el derecho a quitarme lo que me pertenece. ¡Eso sí no lo soporto! Ni siquiera la noticia de que estoy comprometida con él, saca la idea a esas… zorras de que pueden quitármelo.
—Es muy obvio que ese hombre no te da tu lugar, por eso las mujeres lo siguen persiguiendo. — replicó la madre, implacable en su empeño de hacer a Terrence culpable de todo. —Aquí tienes el resultado: tú humillada y él… bueno, él seguramente durmiendo plácidamente sin una sola preocupación en el mundo.
Susana mordió sus labios con fuerza, tratando de contener los sollozos que se le escapaban como agua entre los dedos.
—¡Sólo quiero olvidarme de esta pesadilla! Ojalá me quedara dormida y nunca despertara.
Nuevas lágrimas corrieron sin control por su rostro, logrando que Susana se dejara caer sobre la cama y hundiera su cabeza en la almohada.
—¡No digas esas tonterías, Susy! – exclamó su madre, visiblemente alterada, sin saber cómo consolarla.
—Es lo que siento, mamá. — se lamentó entrecortadamente. —He sufrido la peor humillación pública de mi vida. No voy a poder presentarme ante la alta sociedad de nuevo después de lo qué ocurrió hoy. Seré el hazmerreír de todo Nueva York. ¿Por qué me está pasando esto? ¿Qué hice para merecerlo?
La habitación se sumió en un silencio pesado, solamente roto por el acongojado llanto de Susana.
—Creo que sé una forma de remediar lo que pasó, Susy. — expresó su madre con el destello de una idea brillando en sus ojos. —Tal vez podríamos hablar con los medios, darles una entrevista exclusiva sobre tu boda. Algunos periódicos han estado llamando a la casa estos días, quieren una declaración tuya sobre el matrimonio. ¡Podríamos usar esa ocasión para explicar todo lo ocurrido y borrar este incidente!
Al escuchar la mención de la boda, la expresión de Susana cambió drásticamente. Sus facciones, ya crispadas por el llanto, se contrajeron aún más, reflejando un nuevo golpe emocional.
—¿La boda? ¡Eso también es otro problema!
En un arrebato de frustración, la ex actriz no encontró mejor forma de desahogarse que tomar la almohada y estrellarla contra el colchón con tanta fuerza que una nube de plumas salió disparada en todas direcciones, convirtiendo la habitación en un verdadero infierno blanco.
—¡Por favor, hija! ¡Cálmate! ¡Cálmate que no entiendo nada! — rogó su madre, acercándose con las manos alzadas en un intento desesperado por tratar de serenarla.
La misma Candy contempló la escena incrédulamente, el hecho de ver a la ex actriz perder los estribos de esa manera le provocaba asombro y desasosiego al mismo tiempo.
Tomando aire para tranquilizarse, Susana pareció perder parte de su ímpetu anterior con su último derroche de energía. Sin ánimo y sin fuerza, se dejó caer sobre la cama una vez más, ocultando su rostro con sus manos. No tenía escapatoria, debía confesarle la verdad a su madre.
—Terry planea desmentir la primicia de la boda en una rueda de prensa dentro de dos días.
El chillido que escapó de la garganta de la señora Marlowe fue tan agudo que recordó al maullido de un gato callejero.
—¡Así que ese infeliz se ha encaprichado con no casarse! ¡Nunca vi a un hombre tan sinvergüenza! —vociferó la mujer, levantándose de la cama, y llevándose las manos a la cabeza con los ojos desorbitados. —¿Cómo se atreve a no querer cumplirte? ¡Qué ser más despreciable! ¿Por qué no me lo dijiste antes, Susy?
Su indignación no se detuvo ahí. Gesticulaba frenéticamente, caminando de un lado a otro del cuarto a la vez que alzaba sus manos como si intentara atrapar el aire para darle forma a su rabia.
—¡Ah, pero ese desgraciado va a escucharme! ¡Soy capaz de salir ahora mismo e ir a su habitación para sacudirlo hasta hacerle entrar en razón! ¡Le haré ver cuáles son sus obligaciones contigo, aunque tenga que despertarlo a golpes!
Eso lo decía muy en serio, pues la Sra. Marlowe ya se dirigía a la puerta con paso firme, dispuesta a cumplir su amenaza. Aquello pareció devolverle algo de energía a Susana, quien dejando de lado el repentino cansancio bajo el que había caído, se incorporó intempestivamente sobre la cama muy alarmada.
—¡No, mamá! ¡No vayas a ningún lado! — exclamó con urgencia, levantando sus manos para detenerla. —Las cosas ya están lo suficientemente tensas ahora como para añadir tus reclamos.
—¿Entonces dejarás que ese hombre se salga con la suya? — le espetó su madre, deteniéndose en su camino para clavarle una mirada dura y llena de reproche.
—¡Por supuesto que no! — replicó Susana, bajando sus manos hasta apoyarlas sobre su regazo. Desviando la vista a sus manos entrelazadas, las apretó con fuerza para luego declarar. —Terry se casará conmigo… sólo que tendré que recurrir a otros medios para lograrlo.
—¿A qué te refieres?
La confusión no solamente se reflejaba en el rostro de la Sra. Marlowe, la propia Candy se descubrió a sí misma también deseando saber a qué se refería. Conteniendo el aliento, se sintió invadida por un extraño miedo al escuchar las inquietantes palabras de Susana.
Sin pensarlo demasiado, Candy intentó acercarse más a las dos mujeres, su instinto gritándole que debía escuchar cada palabra con atención. Sin embargo, había dado apenas unos pasos hacia la cama donde estaba Susana, cuando algo invisible la detuvo en seco. Un muro intangible, una barrera que la anclaba al mismo lugar.
"Debe ser la distancia con Terry… No puedo ir más allá." — pensó algo molesta, sintiendo que su cuerpo vibraba de frustración por no poder acercarse más.
En ese momento, Susana suspiró, cerrando sus ojos y llevando sus manos a sus sienes, donde se había comenzado a formar una leve jaqueca.
—Ahora no quiero hablar de esto. — contestó con su voz envuelta en una frialdad casi distante. —Mejor ayúdame a alistarme para dormir, mamá.
Su madre la miró con preocupación, pero asintió, comprendiendo que insistir en ese momento no serviría de nada.
Por otro lado, la joven pecosa no podía apartar los ojos de Susana. Había algo alarmante en la forma en que había pronunciado esas palabras. Si bien podría ser un matiz imperceptible para cualquiera, para ella era algo que le erizaba la piel. No era resignación… había sido un tono calculado. Algo se escondía tras su silencio, algo que Candy no lograba descifrar, y esa incertidumbre no la dejaba tranquila.
Comenzando a deshacer el elaborado peinado de su hija, la Sra. Marlowe retiró con delicadeza las horquillas, e incluso, para su disgusto, también tuvo que sacar algunos restos de glaseado que habían quedado adheridos a las hebras rubias de la joven, después de vergonzoso incidente con el pastel. En ese transcurso, Susana permanecía inmóvil, con la mirada perdida en algún punto indescifrable del techo.
Su madre empezó a moverse por la habitación, trayendo lo necesario, y también limpiando un poco el cuarto del desorden que había quedado después del último despliegue de energía de su hija contra la almohada. Entre tanto ajetreo que hacía, la paciencia de la mujer finalmente se desvaneció.
—Susy, al menos ayúdame recogiendo un poco de las plumas alrededor de la cama. Así terminaremos más rápido.
Su hija no giró su cabeza, simplemente mantuvo su mirada vacía fijamente clavada en el techo.
—Mamá, sabes que no puedo moverme. Estoy incapacitada, ¿lo olvidas?
—¡Por supuesto que no, Susy! — repuso su madre, frunciendo sus labios. —Pero me refería a que podrías, al menos, juntar las plumas a tu alrededor.
—Ni siquiera ese tipo de esfuerzo se me es posible. No puedo valerme por mí misma.
Había dicho aquello con la cadencia monótona de quien ha repetido la misma frase tantas veces que ha terminado por creerla. Sin embargo, a su madre no le causó el efecto deseado. La mujer mayor suspiró, atrapada entre la frustración y la impotencia. Aunque, no dijo nada más y siguió recogiendo en silencio.
Tuvo que transcurrir un largo minuto para que la voz de la Sra. Marlowe volviera a romper el mutismo. Dejando escapar un trémulo suspiro antes de hablar, la señora buscó reunir el valor suficiente para insistir una vez más en un tema que ya había causado demasiadas discusiones entre ellas.
—Hija… — dijo en un tono suplicante. —Ya sé que te lo he dicho muchas veces, pero en verdad necesitas usar una prótesis.
Susana apretó sus labios, sintiendo un latigazo de irritación fulminar su pecho. Cerró los ojos con cierto enojo y se obligó a respirar hondo para calmarse.
—Y yo ya te he explicado muchas más veces por qué no quiero, mamá. — manifestó, comenzando a molestarse con su madre porque no se quedaba callada.
—Es que sigo sin comprender. — contradijo la mujer mayor, buscando justificar su postura. —No veo que hayas ganado mucho con ello.
La mandíbula de Susana se crispó y se atrevió a enfrentar a su madre con mucha más dureza.
—¿Qué es lo que sigues sin entender, mamá? — inquirió, en lo que parecía los últimos bosquejos de su paciencia, pero creyendo que sólo eran su madre y ella en la habitación, no se guardó nada. —Sabes tan perfectamente bien como yo que Terry no quiere estar conmigo. Es muy obvio que él ha sufrido y sigue sufriendo a su manera con esto.
Apenas la oyó, Candy sintió que el aire se le atascaba en la garganta. Su cuerpo se tensó al instante, y por un momento, todo a su alrededor pareció desvanecerse. La habitación, los murmullos, inclusive su propia respiración se volvieron un eco lejano. Solamente quedó el peso de aquella revelación, retumbando en su mente como un trueno desgarrador.
"¡Susana lo sabe!" — las manos de la rubia empezaron a temblar cuando esa verdad le chocó en la consciencia.
El latido de su corazón no podía ser más ensordecedor que en aquellos segundos. La joven pecosa tragó con dificultad, su pecho oprimiéndose en un torbellino de emociones que la empezaron a sofocar: incredulidad, rabia, horror.
Hasta ese momento, ella había creído, o tal vez querido creer, que Susana vivía en la ignorancia de la verdad, que su obstinación por retener a Terry a su lado nacía de ese desconocimiento, de una ceguera autoimpuesta. Pero nunca hubiera pensado… le hubiera sido imposible creer lo que acababa de descubrir ahora… que Susana no era una víctima ciega, no era una mujer engañada por su propio autoengaño.
No. Todo este tiempo… incluso hasta ahora, ella seguía sabiendo que Terry era infeliz a su lado. Había sido consciente del sufrimiento de él, del vacío, del peso de un compromiso que él seguía sin desear a pesar de los años.
Y lo que era el colmo es que aún así, ella seguía utilizando a Terrence, continuaba pisoteando su libertad, sujetándolo con cadenas invisibles, y envolviéndolo en la telaraña de una relación tóxica que no sólo la involucraba a ella, sino también a su madre.
Como si aquellas palabras fueran sólo el preludio de algo aún más retorcido, Susana continuó con su voz ahora impregnada de una frialdad calculadora que estremeció aún más a la rubia pecosa.
—Lo único que me mantiene unida a Terry es la dependencia que él cree que le tengo por mi condición. Es imperante que Terry siga pensando que sin él, yo soy nada. Solamente así puedo mantenerlo atado a mí a través de la culpa.
Un escalofrío más violento que el anterior recorrió la espalda de Candy. Sintió que su estómago se encogía, como si acabara de escuchar la confesión de un crimen atroz. Sus labios se entreabrieron, pero no logró emitir sonido alguno. Sólo pudo mirar a la ex actriz con una expresión desolada, sintiendo que la desesperanza se apoderaba de ella. Sin embargo, Susana todavía no había terminado.
—Si comenzara a usar una prótesis, daría paso a un proceso de independencia... ¡y eso es precisamente lo que no quiero! Terry tiene que estar convencido de que soy completamente dependiente de él, de que si me abandona, quedaría totalmente desamparada.
La mujer hizo una pausa, sus ojos resplandeciendo con esa misma insensibilidad inquietante con la que venía hablando antes de soltar la sentencia final:
—La culpa y la lástima son mis únicas armas… y voy a usarlas hasta el final para retenerlo conmigo.
Candy sintió una peculiar punzada de náuseas en su vientre, al tiempo que su mente se negaba a procesar lo que acababa de escuchar. Únicamente atinó a contemplar a Susana como si la viera por primera vez. Como si, de repente, la mujer que tenía frente a ella ya no fuera la misma. Era como si un velo invisible hubiera caído de golpe, revelando la verdadera esencia que se ocultaba tras su máscara de fragilidad y victimismo.
Susana ya no era simplemente una pobre joven inválida aferrada a una ilusión, ni una mujer desesperada por un amor no correspondido. No. Ahora a quien veía era a una manipuladora, capaz de usar el sufrimiento ajeno como moneda de cambio. Capaz de arrastrar a Terry, al hombre que ella supuestamente decía amar, a un abismo, todo ello sin el menor remordimiento, sólo para asegurarse de que jamás pudiera alejarse de su lado.
—Eres una completa manipuladora, Susana. — susurró con voz entrecortada, sintiendo cómo la ira y la impotencia se enredaban en su garganta, quitándole el aire.
De forma errática, su pecho subía y bajaba, intentando reprimir las lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos. Quería gritar. Quería enfrentarse a Susana, hacer algo para que dejara de controlar la vida de Terry… pero estaba atrapada en su propio desconcierto, paralizada por el horror de lo que acababa de descubrir.
No obstante, la ex actriz, ajena a su presencia, prosiguió hablando con su madre como si sus palabras no hubieran sido una confesión monstruosa, en la que acababa de exponer con una tranquilidad escalofriante, la forma en que mantenía a Terrence encadenado a ella.
—Pero con todo eso que dices, hasta ahora él sigue reacio a casarse contigo. — señaló la señora Marlowe con clara intención, evaluando cuidadosamente la reacción de su hija.
A pesar de entrecerrar levemente los ojos, la expresión de Susana se mantuvo impasible.
—Tengo un plan. —confesó con calma, sin querer ahondar en detalles. —Lo pondré en marcha cuando Terry vuelva de la gira por Inglaterra.
Una corriente de incredulidad recorrió a Candy, y su corazón pareció detenerse por un segundo, solamente para luego retomar el ritmo con una fuerza desbocada. Una sensación de vértigo la invadió, como si la habitación hubiera comenzado a girar a su alrededor. ¿Qué más podía hacer Susana? ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar con tal de no soltar a Terry?
—¿De qué plan hablas? — cuestionó la madre, no queriendo quedarse fuera de detalles. Al menos su hija, le debía esa franqueza.
La ex actriz pareció vacilar, y sus manos temblaron ligeramente en el transcurso que luchaba contra sus propios temores, en unos segundos en los que pareció debatirse entre callar o revelarlo todo. Finalmente, inhaló profundo y lo soltó de golpe:
—¿Qué pasaría si Terry se entera que tengo una enfermedad incurable?
La pregunta retórica de su hija siguió sin aclarar dudas en su cabeza.
—No entiendo.
—No creo que sea necesario ahondar en muchos detalles contigo. ¿No crees, mamá? — repuso Susana con impaciencia, mirando a su madre con ojos que lucían desesperados.
Entonces, la comprensión del verdadero significado de las palabras de su hija cayó sobre la Sra. Marlowe. Su reacción fue instantánea, pues su rostro palideció y un jadeo sorprendido escapó de su boca.
—¿Quieres hacerle creer a Terrence que estás enferma?
—No solamente enferma.— corrigió Susana, arrugando su rostro en una mueca de amargura. —Él tiene que pensar que me estoy muriendo.
Su madre retrocedió un paso, llevándose una mano al pecho. La idea era tan descabellada que, por un momento, incluso ella se quedó sin palabras. Al ver la reacción de su madre, Susana se vio obligada a justificarse:
—Es la única forma, mamá. — explicó la ex actriz, su voz agitándose tanto como el ahora fuerte temblor de sus manos. —Es lo único que se me ocurre para que él finalmente acepte nuestro matrimonio. Por supuesto, él no sería capaz de negarle el último deseo a una pobre moribunda que lo que más desea en la vida es ser su esposa.
Todavía como testigo oculto, Candy sintió que su respiración se volvió mucho más irregular. Sus manos se crisparon a los costados, cerrándose en puños con tal fuerza que estaba segura sus uñas se le hubieran hundido en la piel. Era como si una llamarada le estallara en el pecho, propagándose por todo su cuerpo. No era sólo ira lo que sentía… era indignación, era furia, era una rabia visceral que jamás había experimentado antes. La cruda realidad sobre Susana que se desplegaba frente a ella se estaba volviendo prácticamente insoportable de presenciar.
—¿Y qué pasará cuando se entere que no es cierto que estás enferma, hija? — cuestionó dudosa la madre, sin dejar de lado ciertas reservas.
—Para ese entonces ya será muy tarde. Ya estaremos casados y no voy a dejarlo libre nunca.
La determinación helada con la que había hablado Susana fue capaz de asustar incluso a su madre.
—No lo sé, Susy. Es demasiado arriesgado.
Las dudas de la señora Marlowe no hicieron nada para aplacarla, al contrario, parecieron avivar la terquedad de su hija en una obstinación que nacía de su desesperación. Susana ya se había debatido consigo misma por demasiados días sobre este plan, atormentándose entre lo correcto y lo necesario, entre sus principios desgastados y la desesperación que la consumía. Había dudado, sí, pero al final siempre llegaba a la misma conclusión: no tenía otra alternativa. Ya no. Por lo que ahora que su decisión estaba tomada y era irrevocable, no permitiría que su madre la hiciera flaquear, era demasiado tarde para dar marcha atrás.
Con un brillo de angustia en sus ojos, Susana estalló en un arrebato de intensidad poco común, aferrándose a su última esperanza.
—¡No importa! Para ese entonces, Terry estará atado a mí de por vida y no lo dejaré escapar, mamá. ¡Nunca!
Sin poder controlarse, más lágrimas desesperadas comenzaron a salir por los ojos de Susana. Se sentía acorralada, atrapada en un laberinto sin salida. Su mente sólo le ofrecía una única verdad: todo esto era culpa de Terrence. Él la había orillado a este punto sin retorno, fue él quien los había hecho a ambos tan desdichados. Si tan sólo Terry la hubiera amado desde el principio… si tan sólo él hubiera dejado de arrastrar el maldito fantasma de Candy a sus vidas… Entonces, ellos podrían haber sido tan felices.
Un sollozo lastimero se quebró en su garganta mientras susurraba con voz rota:
—¡Que Dios me perdone, mamá!— sus palabras eran un lamento ahogado en su propio dolor. —Pero Terry no puede dejarme. Por más que lo vea sufrir, a pesar que sé que es muy infeliz conmigo, aunque llegue a odiarme… ¡No me interesa! Lo único que quiero es que se quede a mi lado por el resto de su vida.
Sus labios temblaban, aunque la fuerza de sus palabras ardía bajo la firmeza de su propia decisión.
—Él tiene que amarme… ¡me lo debe! No sólo por todo lo que sacrifiqué por él, sino por cada año que pasé a su lado… por cada gesto de su fría indiferencia que tuve que soportar… por cada lágrima que derramé por él… ¡No permitiré que todo este tiempo y todo lo que sufrí sea en vano! ¡Él nunca estará libre de mí!
La señora Marlowe la miró con horror, no pudiendo aceptar que la mujer frente a ella fuera un reflejo distorsionado de la hija que creía conocer.
—¿Estás segura de que esto funcionará? — interrogó, aún con reservas, buscando una última salida para prevenir este plan que le parecía una locura.
—Es eso o nada. Pero si Terry intenta dejarme, si de alguna manera cumple su propósito de sacarme de su vida, te juro que haré todo lo posible para que nunca sea feliz.— habló Susana con un brillo peculiar en los ojos, una obsesión tan intensa que parecía devorarla desde dentro. —Él aprenderá a ser feliz conmigo. ¡Tiene que hacerlo! ¡Es conmigo o con nadie más!
Fue ahí cuando otra confirmación atravesó a Candy con una brutalidad demoledora: Susana estaba dispuesta a todo. No había límites en ella, ni escrúpulos, ni remordimientos, la desesperación la dominaba por completo. Y en ese instante, un profundo terror se apoderó de la joven pecosa por el destino de Terrence de ahora en adelante.
El aire en la habitación se volvió sofocante, como si el oxígeno mismo se negara a existir en medio de tanta vileza. Invisible para las otras dos mujeres, Candy temblaba de pies a cabeza, paralizada por la angustia. Su mente luchaba desesperadamente por procesar lo que acababa de escuchar, pero la realidad se clavaba en su pecho con la crudeza de una daga oxidada.
Lágrimas de pura impotencia rodaron por sus mejillas, sintiendo cómo sus fuerzas amenazaban con ceder bajo el peso de la culpa y el arrepentimiento que empezaba a nublar su cabeza. Una punzada de dolor le oprimió el corazón, tan fuerte que parecía querer romperse para escapar de su propio tormento.
—No… no... ¡Terry! — gimió en un grito desesperado, apenas un eco de su sufrimiento ahogado en un estremecedor sollozo.
La verdad más dura de todas la azotó con una fuerza implacable: ella misma había entregado a Terrence a este destino. Había creído en Susana, en sus lágrimas supuestamente sinceras, en aquellas promesas que sonaban tan desesperadas que Candy había querido pensar que eran reales. Se había aferrado a la idea de que, después de todo, quizá aquella mujer podría hacer a Terry feliz… que su sacrificio no sería en vano.
"¡Dios mío! ¿Qué hice?"— se lamentaba destrozada.
Era inevitable que rememorara todos estos años separada de Terrence, todas las noches en vela luchando contra sus propios celos y su propio dolor, todo lo que había soportado con la convicción que se había obligado a creer, de que Susana cumpliría su promesa de hacerlo feliz.
No obstante, enfrentada ahora a la verdad, sentía que el suelo se abría bajo sus pies. No sólo Terry era infeliz, sino que también Susana lo sabía. Lo había sabido todo este tiempo. Y peor aún… no tenía la menor intención de cambiarlo.
La joven sintió una arcada de repulsión al recordar, con cruel claridad, lo que la ex actriz le había dicho años atrás, justo después de que ella le salvara la vida de aquel intento de suicidio:
"—Yo haría lo que fuera por la felicidad de Terry. Incluso si mi muerte fuera necesaria, lo haría. ¡Debiste dejarme morir! Hubiera sido lo mejor para todos… especialmente para Terry. ¡Lo amo tanto que no quiero ser una carga para él!"
Esas palabras pronunciadas años atrás, que en su momento sonaron como el sacrificio más noble, ahora le parecían una burla cruel. ¿Cuánta falsedad había en esa mujer?
Incluso aquella carta que Susana le envió después, una carta que Candy había querido interpretar como un acto de reconciliación, ahora sólo le provocaba un amargo desprecio.
"[...]¿Cómo puedo compensar tanta bondad? Todo lo que puedo hacer es disculparme contigo en mi corazón y seguir amándolo por ambas. Él es mi vida. Candice [...]" (*1)
Una rabia desconocida comenzó a arder en su interior, exténdiendose desde su pecho hasta su garganta, como llamas de fuego que devoraban la última fibra de resistencia. Era rabia por Terry… por ella misma… por todo lo que les arrebataron. Aunque entonces, un pensamiento todavía más desgarrador la golpeó con la fuerza de un latigazo.
"No nos lo arrebataron…" — Candy apretó los labios, sintiendo cómo temblaban bajo el peso de aquella dolorosa revelación. —"Al final, nosotros mismos nos dejamos ir el uno al otro…"
La aceptación de esas palabras le oprimió el pecho en un puño invisible, abriéndole heridas que nunca habían sanado del todo. ¿Cuánto tiempo había pasado huyendo de esto? ¿Cuánto había tardado en afrontarlo?
El peso de aquella revelación, negada por tanto tiempo, se le clavaba ahora en el alma con agudas punzadas de arrepentimiento. Porque, al fin de cuentas, fueron ellos mismos, con su propio dolor, con su propio miedo, con su propio malinterpretado sentido del deber, quienes habían tomado la decisión definitiva.
Y como un rayo rasgando la oscuridad, otra certeza aún más hiriente se abrió paso en su mente. Si ellos se dejaron ir… si lo sacrificaron todo por lo que creyeron correcto, a pesar de amarse… ¿Por qué Susana no había dejado ir a Terry? ¿Por qué, aun sabiendo cuánto sufría, lo había aferrado a su lado sin importarle nada más?
Eso era algo que Candy no podía comprender, mucho menos aceptar. El amor, el verdadero amor, no encadena, no se aferra con desesperación, no destruye lo que dice proteger. ¿Cómo podían las acciones de Susana estar tan alejadas del amor que aseguraba sentir por él?
A la joven pecosa no le tomó mucho más tiempo deducir las razones detrás de todo lo que había hecho la ex actriz, lo entendió tan claramente que se quedó helada. Fue tan repentino y evidente que parecía haber estado siempre allí, esperando ser reconocido. Era simple, casi obvio, y sin embargo, no lo había identificado sino hasta ese momento.
Susana nunca supo amarlo. Tal vez… nunca amó a Terry realmente.
Aquel pensamiento fue otro impacto certero, una grieta más en su ya fracturado corazón. Algo dentro de ella pareció tensarse hasta el límite, una presión insoportable que la estremeció desde la nuca hasta la punta de los dedos. Entonces, con una voz apenas más que un susurro, impregnada de un dolor profundo y descarnado, dejó escapar las palabras que hasta ahora no había querido aceptar:
—Tú no amas a Terry, Susana… Tú simplemente no sabes amar.
No fue un grito, ni una acusación airada. Aquello fue una sentencia, un juicio inexorable pronunciado desde lo más profundo de su ser, arrancado de su alma rota.
La claridad cruel con la que percibió aquella verdad casi la asfixia. ¿Cómo pudo haber sido tan ciega? ¿Cómo pudo haber dejado al amor de su vida por una mujer como Susana Marlowe?
El dolor de descubrir que había sido víctima de un engaño era desgarrador, pero lo que realmente la destrozaba era comprender que no sólo se había herido a sí misma, sino también había terminado lastimando al hombre que más amaba.
Se había dejado atrapar por su propia ingenuidad, y el hecho de haber llegado a justificar a Susana en algún momento, pensando que, tal vez, simplemente no se daba cuenta de la infelicidad de Terry… que estaba demasiado cegada por su amor para notarlo, la hacía sentir ahora absolutamente estúpida.
Ahí estaba la prueba más cruel de sus errores, dándole una bofetada de realidad en la cara. Cada palabra que salía de la boca de la otra mujer no hacía más que demostrar el nivel de su egoísmo. No solamente no tenía intención de hacer feliz a Terry, sino que estaba dispuesta a arrastrarlo a una vida de miseria con tal de satisfacer su obsesión enfermiza y su propio ego.
Aquel fuego oscuro de la ira se prendió con más intensidad en su interior, un incendio voraz alimentado por años de dolor reprimido. Nunca creyó que podría odiar a alguien tanto como estaba odiando a Susana en ese instante.
Y lo peor de todo… también se odiaba a sí misma.
Ella compartía gran parte de culpa en esta historia. Fue ella quien había dejado a Terry por una mujer que no lo merecía. Y en el camino, no sólo lo había hecho infeliz a él, sino también terminó condenándose a sí misma a un tormento que nunca debió haber vivido.
Ya no quería seguir escuchando más, había sido demasiado. Cada nueva declaración de Susana era como un veneno corroyéndola por dentro, dejándole un amargo rastro de furia y dolor. Ella sólo quería huir, escapar de esa habitación y de esas mujeres que le provocaban ahora únicamente repulsión. Terry no merecía estar expuesto a ellas. Nadie merecía estar a merced de aquel tipo de personas.
Dolía… dolía tanto saber que, de alguna forma, ella misma había contribuido a esta mentira.
Volviendo al muro por el que había entrado, Candy lo atravesó con una urgencia casi febril, deseando que al cruzarlo pudiera dejar atrás el peso de las verdades que acababa de descubrir, por más que en el fondo sabía que no había escapatoria. Aquello que había visto, aquello que había comprendido, se aferraba a su pecho de manera cruel e implacable.
Cuando finalmente regresó a la habitación de Terrence, su mirada voló rápidamente hacia él, aún dormido en la penumbra, apacible y sin conocer la tormenta que batallaba en ella. La luz tenue apenas delineaba sus facciones perfectas, esculpidas con esa elegancia insolente que lo hacía inconfundible. Pero ahora… ahora lo veía como nunca antes.
En estos días que había sido sin querer testigo de la vida de Terry, había visto algo diferente en él, algo que solamente ella podía notar: una sombra sutil, una fragilidad oculta bajo la máscara de indiferencia con la que se presentaba ante otros. Es cierto que con ella nunca había dejado de ser él mismo, seguía iluminándola con esa chispa irreverente, con esa intensidad feroz que le era tan propia. Pero sus ojos… aquellos ojos color mar que ella conocía tan bien, le habían estado ocultando algo todo este tiempo.
En ese instante, percibió lo que los demás nunca verían: las cicatrices de una guerra que peleaba en silencio. No era sólo la resignación de un destino impuesto. Era la huella de una batalla constante, de heridas que no se cerraban, de la pérdida de algo que ni siquiera había podido reclamar como suyo.
Al resplandeciente Terry… al hombre que reía con insolencia, el que desafiaba al mundo con sólo una mirada, le habían cortado las alas, le habían ido apagando su fuego, sofocándolo lenta y despiadadamente. Estaba atrapado en una jaula invisible, impuesta por manos que jamás deberían haber tenido poder sobre su destino. Y él, sin saberlo, había aceptado ese yugo como si fuera una sentencia ineludible. El simple hecho de verlo tan vulnerable, tan apartado de la justicia que merecía, rompió su corazón en mil pedazos.
Se acercó hacia él, arrodillándose a su lado, mientras era incapaz de contener las lágrimas que brotaban de sus ojos con una intensidad desbordante.
—Perdóname, Terry… — susurró con la voz quebrada, entre suaves sollozos que se le escapaban de la garganta. —Perdóname, mi amor. Tú nunca mereciste esto… No te lo mereces.
Todo lo que pronunciaba parecía hundirla más en un abismo de dolor. Sus hombros temblaban bajo el peso de las emociones que la consumían, y aquel llanto que nacía desde el centro de su ser, era solamente un pequeño reflejo del dolor que por tanto tiempo había cargado en silencio.
Por primera vez, Candy había abierto los ojos a grandes verdades. Verdades crueles y despiadadas que hasta ahora había ignorado, pero que en ese momento caían sobre ella como una avalancha. Había sido ciega ante el sacrificio constante de Terry, ciega ante el sufrimiento al que él se había visto obligado. Ahora lo veía todo con una claridad desgarradora: el hombre que yacía frente a ella, atrapado en un destino injusto, estaba pagando un precio que jamás debería haber pagado.
Vacilantemente, su mano buscó el rostro de Terrence, y si bien por su situación no podía sentir su piel cálida, al menos la visión de su mano junto a su rostro, le brindó algo de consuelo. Era un gesto lleno de desesperación y amor, un intento que pudiera consolarlo para borrar con su ternura cada una de las heridas invisibles que lo habían marcado, y de las que ella era también responsable.
—Prometo que haré algo… — susurró con un tono que a las justas podía sostenerse. —No dejaré que esto siga así. No volveré a mirar hacia otro lado.
Si bien el peso de esa resolución comenzaba a hundirse en su corazón, esta vez no era el dolor el que la debilitaba, sino la fuerza de su determinación para cambiar las cosas, finalmente.
TyC TyC TyC TyC TyC
Hogar de Pony, Illinois
06 de enero de 1920
Las primeras horas de la madrugada en el Hogar de Pony traían consigo un frío penetrante, de esos que se filtran hasta los huesos y parecen instalarse en el alma misma. Afuera, el viento ululaba ferozmente, como si el invierno intentara reclamar cada rincón del lugar con su aliento gélido. Pero aquella noche, el clima no era lo único que perturbaba la quietud del orfanato; algo más flotaba en el aire, algo inusual, una sensación inquietante que presagiaba un cambio.
—¡Archie! ¡Albert! ¡Rápido, vengan!
La desesperada voz de Annie resonó con fuerza desde el cuarto de Candy, desgarrando el silencio de la casa y haciendo eco en los pasillos. Desde la cocina, donde Archivald y Albert preparaban algo caliente para tomar, ambos intercambiaron miradas de confusión y alarma antes de salir corriendo apresuradamente hacia el lugar de donde provenían los gritos.
—¿Qué sucede? — preguntó Archie con la respiración entrecortada al llegar, sus alterados ojos recorriendo la escena frente a él.
—Es Candy… no sé qué tiene. — respondió Annie con expresión nerviosa, señalando con una mano temblorosa a su amiga que yacía en la cama.
Sobre el colchón, la joven rubia yacía con los ojos cerrados, pero era el resto de su cuerpo el que parecía no encontrar paz. Se removía inquieta entre las mantas, a la vez que sus gemidos y jadeos inconexos llenaban la habitación de una inquietante angustia.
Sintiendo preocupación y esperanza a la vez, Albert fue el primero en reaccionar y acercarse. Se arrodilló junto a ella, tomándola suavemente por los hombros para intentar calmarla y traerla de vuelta.
—Candy… Pequeña, ¿me oyes? — susurró con su voz impregnada de una mezcla de ternura y aprehensión.
El corazón del rubio latía aceleradamente, casi convencido de que ella estaba a punto de despertar. Sin embargo, su pequeña no respondía, en realidad, parecía no escucharlo. Candy seguía batallando en su sueño con movimientos erráticos que reflejaban una lucha interna que ninguno de los otros presentes podía comprender.
—No… no... ¡Terry! — gimió repentinamente, en un grito ahogado que cortó el aire, seguido por un desgarrador sollozo que estremeció a todos.
La joven pecosa apretó las frazadas entre sus dedos con una fuerza inusitada, todavía luchando contra lo que parecía su propia tormenta invisible.
De pronto, la espalda de Candy se arqueó con una tensión casi antinatural, en lo que parecía una fuerza invisible que la estaba arrastrando lejos de este mundo. Un escalofrío recorrió la habitación cuando, en medio de aquella convulsión, una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, trazando un sendero brillante para luego perderse en la almohada. Un instante después, como si aquella batalla interna hubiera consumido toda su energía, su cuerpo cayó sobre el colchón, nuevamente inerte, atrapada en la misma posición comatosa del inicio.
Sintiendo cómo la sangre se le helaba en las venas, Albert llevó una mano a la mejilla de la joven y le dio leves palmadas en su pecoso rostro, tratando de arrancarla de aquel estado.
—Candy, reacciona… Por favor… — suplicó con voz rota por la impotencia.
Pero sus esfuerzos fueron en vano. La joven se mantuvo inmóvil con su rostro inexpresivo, como si la tormenta que acababa de atravesar no hubiera ocurrido. Con el corazón hundido en su pecho, el patriarca de los Andley apartó sus ojos que tenía clavados en su pequeña, y empezó a buscar con la mirada alguna confirmación en los rostros de los demás que lo acompañaban en el cuarto, intentando comprobar si lo que escuchó en verdad pasó o sólo se lo imaginó.
Annie lloraba en silencio, cubriéndose la boca con ambas manos porque temía que cualquier sonido rompiera aún más la frágil atmósfera de la habitación. En cambio, Archie permanecía rígido, con el ceño fruncido y los labios entreabiertos, esforzándose desesperadamente por encontrar una explicación racional a lo que acababan de presenciar.
Porque todos habían escuchado aquel nombre. Todos habían sido testigos de esa misma lágrima cargada de un dolor inexplicable.
William Albert Andley respiró hondo, tratando de calmarse a la par que su mente trabajaba a toda velocidad. Necesitaba claridad y sobre todo, necesitaba entender. Sin embargo, antes de que pudiera articular palabra, la voz de Archie rompió el silencio con una incredulidad apenas contenida.
—¿Qué rayos fue eso? — musitó, mirando a su alrededor, esperando que alguien pudiera ofrecerle una respuesta lógica. —¿Acaso ella… llamó a ese… a ese hombre?
El patriarca de los Andley asintió lentamente, regresando su mirada a su pequeña Candy, aún sin poderlo creer.
—Sí… lo hizo.
Había algo en su interior, un presentimiento imposible de ignorar, que le decía que lo que acababan de presenciar tenía un significado mucho más profundo de lo que cualquiera de ellos imaginaba.
—¿Pero por qué? — insistió Archibald con su voz teñida de confusión más que de enojo. —¿Por qué diría su nombre?
Exhalando pesadamente, el rubio se pasó una mano por el puente de la nariz para finalmente decidirse a hablar:
—Yo le envié un telegrama a Terry hace un par de días. — su confesión fue a las justas un susurro, más para sí mismo que para los demás. —Le expliqué lo que ocurrió y le pedí que viniera, si es que le era posible, pero… hasta ahora no ha contestado.
El impacto de aquellas palabras se reflejó de inmediato en la expresión del joven Cornwell. Sus ojos se abrieron con incredulidad antes de resoplar con evidente exasperación. Se cruzó de brazos, su postura rígida reflejando la desconfianza que lo carcomía.
—¿Y qué esperabas? —soltó con amargura. —Ese tipo nunca ha demostrado ser alguien confiable. ¿Por qué asumirías que ahora lo sería?
Tomando aire, Archibald trató de controlarse, por más que la frustración seguía creciendo en su interior, ahora imparable.
—¿Y por qué demonios le mandaste un telegrama en primer lugar? ¿Te has vuelto loco?
Albert no respondió de inmediato, y no porque no tuviera una razón, sino porque las emociones se arremolinaban dentro de él en una maraña difícil de desentrañar. Pero antes de que pudiera encontrar las palabras adecuadas, Annie lo hizo por él, fulminando con la mirada a su prometido.
—¡Archie, por favor! — su voz sonó más firme de lo esperado, sorprendiendo a todos. —No es momento para reclamos.
El semblante de la joven Brighton no era tanto de reproche, sino más bien de súplica. No quería discusiones entre ellos. No ahora.
—Si Albert cree que Terrence puede ayudar, al menos deberíamos intentar contactarlo. — continuó, acercándose a la cama de Candy para tomar una de las manos de su amiga entre las suyas.
Sin embargo, el joven Cornwell no estaba dispuesto a aceptar aquello tan fácilmente.
—¿Intentar contactarlo? ¿Para qué? —replicó, su escepticismo transformándose en algo más cercano a la indignación. —¿Para que él vuelva a meterse en la vida de Candy? ¿Qué de bueno traería eso?
Su mirada se oscureció, y entonces, con un gesto hacia la joven inconsciente, lanzó la pregunta que ninguno de ellos quería responder.
—¡Mírala, Annie! ¿De verdad crees que ese sujeto es la solución?
De inmediato, el aire se tensó en la habitación tras esa pregunta. La joven Brighton cerró los ojos por un instante, reuniendo fuerzas para contestar. Cuando abrió los ojos de nuevo, su mirada brillaba con una determinación que desarmó a Archibald por completo.
—Sí, Archie, lo creo. — repuso al fin gravemente. —Porque, aunque no lo quieras aceptar, y por más que la misma Candy lo trate de ocultar, es obvio que ella todavía lo ama, incluso apostaría lo que fuera a que él la sigue amando también. Y si alguien puede traerla de vuelta, estoy totalmente segura que es él.
Incómodo, Archibald desvió la vista, incapaz de contradecirla. La pasión en las palabras de su prometida lo golpearon con más fuerza de la que se sentía capaz de admitir, y a pesar que buscaba argumentos en contra, no encontraba ninguno que realmente pudiera sostener.
Habiendo permanecido en silencio, observando el tenso intercambio, Albert aprovechó el momento para intervenir. Su voz serena y determinada a la vez rompió el pesado ambiente que se había instalado en el cuarto.
—Voy a intentar contactar a Terry de nuevo. — anunció con firmeza, mirando significativamente a ambos jóvenes a los ojos. —No sé si responderá esta vez, pero al menos voy a volver a intentarlo. No me quedaré de brazos cruzados mientras mi Pequeña sigue así.
Sus palabras flotaron en el aire como una promesa inquebrantable, pero en el joven Cornwell no despertaron más que un ardor amargo. Volviendo a resoplar, él todavía parecía renuente, percibía que cada fibra de su ser se oponía a la idea de involucrar a ese hombre en esto, y sin embargo... la imagen de su Gatita retorciéndose en la cama, gimiendo el nombre de ese individuo entre sueños angustiados, lo perseguiría sin tregua de aquí en adelante, anidándose en su mente como una espina imposible de ignorar. Y por más que le pesara, por más que despreciara la idea… quizás era la única opción.
Apretando la mandíbula antes de responder, Archibald no se molestó en ocultar su descontento.
—Está bien, haz lo que creas necesario. — cedió con un tono cargado de advertencia. —Pero, si ese tipo vuelve a fallarle, te aseguro que yo mismo me encargaré de él.
Suspirando cansadamente, Albert asintió, comprendiendo en parte la frustración de su sobrino, no obstante, también sabía que no había tiempo para discutir. Mirando a la joven Brighton, que todavía estaba junto a Candy, apretando suavemente la mano de su pequeña, le dijo:
—Confío en que esto funcionará, Annie. Tenemos que mantener la esperanza.
La prometida de Archie asintió con lágrimas aún en los ojos y su voz apenas un murmullo:
—Gracias, Albert.
Con último vistazo a su pequeña, el hombre mayor se incorporó rápidamente y optó por salir de la habitación con determinación renovada, dispuesto a redactar de una vez el mensaje que le mandaría a Terrence en las primeras horas de la mañana, una vez abrieran la oficina de telégrafos. Sin embargo, una sensación de inquietud seguía flotando en el aire, pues los tres sabían que las próximas horas serían cruciales, no sólo para Candy, sino también para todos ellos.
Un pesado silencio quedó flotando en la habitación tras su partida. Archie permaneció de pie con los brazos cruzados, observando cómo Albert desaparecía en el pasillo. La idea de recurrir a ese condenado aristócrata seguía pareciéndole una pésima decisión, aunque quizás en el fondo, muy en el fondo, sabía que Annie tenía algo de razón. Y eso lo irritaba aún más.
Con un suspiro, se acercó lentamente a su prometida. La joven Brighton seguía sosteniendo la mano de su amiga, sus dedos entrelazados como si a través del contacto pudiera transmitirle algo de su propia fortaleza. Su rostro reflejaba una combinación de esperanza y temor, y la sola visión de su angustia hizo que Archie tragara su orgullo.
—Lo siento mucho, querida. — murmuró, a las justas audiblemente. —No quería sonar insensible. Sólo… no quiero que ella sufra más.
Annie levantó la vista hacia él, sorprendida por la sinceridad de su disculpa. Por un instante, sus ojos reflejaron un destello de ternura para después suavizarse totalmente.
—Lo sé, Archie. — repuso con una pequeña sonrisa triste. —Todos queremos lo mejor para ella, pero a veces lo que creemos correcto no es lo que el corazón necesita.
Frustrado, su prometido se pasó una mano por el cabello y suspiró pesadamente.
—Espero que tengas razón, Annie. Porque si no… — se detuvo, incapaz de terminar la frase.
Bajando la mirada hacia su Gatita, cuya respiración pausada era el único indicio de que aún estaba ahí con ellos, decidió agregar en voz baja:
—… Candy no merece más dolor en su vida.
La habitación quedó en silencio nuevamente, interrumpido únicamente por el sutil ritmo de la respiración de la joven dormida y el viento que aullaba afuera, azotando las ventanas con una furia que parecía reflejar la inquietud en sus propios corazones. Con manos temblorosas, la joven Brighton deslizó otra manta sobre su amiga, intentando brindarle algo de calor, aunque parecía más un gesto de consuelo propio que una ayuda efectiva.
Mientras la madrugada avanzaba, Archibald y Annie permanecieron junto a Candy, atentos a cualquier señal de mejora, cualquier movimiento que indicara que estaba despertando. Pero la joven rubia seguía inmersa en ese inquietante letargo, su rostro sereno contrastando con la angustia que aún pesaba en el ambiente.
En algún momento, cuando la fatiga comenzó a asentarse sobre ellos, Annie se volvió hacia su prometido. La confianza que tenía antes había empezado a flaquear y se veía opacada por la sombra de la duda.
—¿En verdad crees que Terrence vendrá? — inquirió, casi temiendo la respuesta.
El joven Cornwell vaciló por un momento, aunque no pudo evitar responderle con sinceridad al final.
—No lo sé, cariño.— admitió tras una fuerte exhalación. —Pero si realmente la ama como tú quieres creer… debería estar aquí en un abrir y cerrar de ojos.
A pesar que esa respuesta fue algo ambigua, aquello había sido suficiente para Annie. Se aferró a esa pequeña chispa de esperanza a la par que el reloj continuaba su marcha inexorable, acercándolos cada vez más al amanecer.
En el horizonte, el alba anunciaba el inicio de una nueva etapa. Nadie podía prever lo que traería consigo, pero una certeza pesaba en el aire: los días de incertidumbre en el Hogar de Pony estaban contados. Algo estaba por suceder, algo que marcaría un antes y un después. Y, cuando finalmente ocurriera, ya no habría vuelta atrás.
Continuará…
ANOTACIONES:
(*1) Fragmento de la Carta que Susana a Candy: Es la primera y la única carta que Susana le manda a Candy según CCFS, la cual fue enviada luego de la separación entre Candy y Terry en Nueva York.
o-o-o
"Las palabras no esperan el momento perfecto, crean sus propios momentos perfectos convirtiendo los instantes más ordinarios en segundos especiales."
Espero haber hecho especiales estos momentos dedicados a mi historia.
Gracias por leer.
. . . . . .
By: Sundarcy
NOTAS DE LA AUTORA:
Antes que nada, quiero disculparme por no haber podido actualizar la semana pasada. Por temas de tiempo, me fue imposible escribir y revisar lo que publicaría como hubiera querido, pero ya estoy de regreso y agradezco mucho su paciencia.
Hoy, además, quiero aprovechar para enviar un saludo especial a todas mis lectoras mujeres. ¡Feliz Día de la Mujer! Que nunca dejemos de soñar, de luchar por lo que queremos y de ser fieles a nosotras mismas. Gracias por formar parte de este espacio y por compartir conmigo mi pasión y amor por la historia de "Candy Candy."
Ahora, quiero hacer unas aclaraciones, especialmente para quienes son puristas de la obra de Keiko Nagita. En esta historia, intento unificar en la medida de lo posible el anime, el manga y Candy Candy Final Story (CCFS). No es tarea fácil, ya que hay grandes diferencias entre estas tres versiones. Sin embargo, para mí, CCFS siempre será el canon definitivo, ya que es la visión final de Nagita sobre la vida de Candy.
Dicho esto, en la novela todo parece indicar que Susana no perdió una pierna, sino más bien que quedó parapléjica o con una discapacidad similar. Entonces, ¿por qué sigo la versión del anime donde sí le amputaron la pierna? La respuesta es simple: por cuestiones de trama. En esta historia, he decidido mantener ese detalle, aunque CCFS sea mi referencia principal. Estoy explicando esto porque sé que en algunos fandoms el tema del canon puede ser polémico, aunque aquí no lo he notado tanto como las peleas entre las fans de Terry y las fans de Albert. De todas formas, lo aclaro, por si acaso.
En cuanto al amor de Susana por Terry, incluso en el caso hipotético de que haya sido real en Nueva York, no creo que ese "amor" haya podido sobrevivir mucho tiempo. La verdad yo siempre he dudado de su autenticidad. Desde el principio, Susana idealizó a Terry más que amarlo realmente. Sin duda, se sentía atraída por él y compartían su pasión por la actuación, pero más que amor, su actitud reflejaba un capricho que tendió a ser casi obsesivo. Cuando descubrió la existencia de Candy, hizo todo lo posible para separarlos, algo que se evidencia en el anime, el manga y CCFS. Su accidente fue lo único que la ató a Terry de manera irrevocable: su sacrificio a cambio del amor de él. Pero la realidad fue otra.
Cuando Candy se alejó, Susana soñó con ganarse su amor, sin embargo, no contaba con la indiferencia de Terry. No porque él la rechazara de manera consciente, sino porque su rechazo era instintivo, inevitable. Intentar retener a un alma libre como la de Terry fue su mayor error. Con el tiempo, creo que ese amor que ella creía sentir terminó desgastándose. El fantasma de Candy, siempre presente, habría acabado por destrozar su idealización.
Refiriéndonos a este capítulo, espero les haya gustado y sobretodo deseo haber reflejado bien la disyuntiva de Susana en relación a sus acciones, y es que en realidad es un personaje que encierra una dualidad sumamente compleja, en la que pueden convivir el sacrificio y, al mismo tiempo, la mezquindad y el egoísmo de manera paralela. En parte, también me da mucha lástima; debe ser horrible aferrarse a alguien que no te ama, vivir sin siquiera un atisbo de esperanza de que eso pueda cambiar. No obstante, a pesar de esa lástima, en ninguna forma puedo justificar sus acciones. Ella misma labró su propia infelicidad.
De nuevo, me extendí más de lo previsto, mil perdones. ¡Gracias por leer! Responderé mensajes al privado para quienes tienen cuenta y en la cajita de reviews para quienes no tienen. Estaré dejando un mensaje especial para la querida MAYA AC que he visto ha dejado varios comentarios. ¡Bienvenida de vuelta, hermosa MAYA AC! Es placer leerte, me extenderé más por la cajita de reviews. ¡Nos seguimos leyendo por allá!
¡Que tengan una bendecida semana! Vuelvo pronto con el próximo capítulo.
Sunny =P
08/03/2025
