CXL

Tres meses luego de la desaparición de Henry

No, no está de acuerdo. No quiere abandonar la casa ni a Poe. No quiere…

—Pero Poe puede venir contigo —replica Joyce con suavidad—. No sería molestia.

Esta discusión ha empezado hace media hora y todo la incomoda, en especial la mirada amable de Joyce.

La mirada que es incluso más amable ahora que nota el estado en que se halla su hogar. Y sí, Eleven sabe que la casa no es lo mismo sin Henry; ha hecho lo mejor que puede, pero no está acostumbrada a ocuparse de tantas cosas, sin mencionar la pérdida de los poderes en que se ha apoyado prácticamente toda su vida, sus obligaciones escolares y —lo más incapacitante de todo— el dolor causado por la ausencia de Henry

—Sería estresante para él —insiste ella tercamente.

Joyce y Hopper intercambian miradas conflictuadas.

—Esto es lo que Henry hubiese querido —dice entonces Joyce.

—¿Cómo lo sabes? —le cuestiona ella, convencida de que no tendrá respuesta.

—Porque me lo pidió.

Esto la desarma.

—¿Qué…?

—El día en que lo invité a nuestra boda —se explaya Joyce— me pidió que cuidara de ti si cualquier cosa fuese a ocurrirle. —Notando su incertidumbre, la mujer remata—: ¿No crees que tiene sentido, cariño? ¿Que Henry haya previsto… no poder estar a tu lado? ¿Que me haya pedido ayuda a mí?

—Pero… Pero tú ya tienes a Jonathan y a Will y…

—Nos dejó dinero, niña —resopla Hopper con su sutileza habitual.

—¡Jim…!

—Es la verdad —le gruñe él en respuesta. Y luego vuelve a mirarla—. Eso no significa que no te habríamos recibido de todas formas: solo estoy desbaratando tus excusas. Además, donde comen dos comen tres, y todo eso —concluye con un gesto despreocupado.

Eleven baja la mirada, observando sus manos con desconcierto. Un gesto cálido la sacude: las manos de Joyce envuelven las suyas con ternura, el tipo de toque que solo una madre puede ofrecer.

—No es una obligación, Jane —le dice Joyce, arrodillada frente a ella—. Pero… quisiéramos que fueses parte de nuestra familia. Ya lo eres, claro está. Pero esto sería…

Sabe que ha perdido la batalla cuando Hopper interrumpe a su esposa para decir, en un murmullo:

—Nos haría felices… que fueses nuestra hija.


Las pesadillas se vuelven la norma. Tal vez sea por el perpetuo vivir en guardia y no dormir lo suficiente.

Tal vez sea por la culpa.

Lo cierto es que, cada vez más frecuentemente, Henry sueña con ella. Son sueños varios, más que nada recuerdos. Momentos de diversiones compartidas, fotografías que ha visto miles de veces. Entrenamientos.

Peleas.

Sin embargo, las peleas no son del estilo al que está acostumbrado cuando se trata de ella: el cuestionarse el uno al otro, la frustración patente de ambos lados. No, las peleas son él gritando al vacío y ella mirándolo decepcionada. Sin esperanzas.

Como la última vez.

Sin importar dónde se encuentre —en una casa abandonada, en la sección de muebles para dormitorios de un centro comercial—, Henry se despierta bañado en sudor.

Es en esos momentos que el impulso de comunicarse con ella es más fuerte. Sí, desearía llamarla, desearía… Desearía hacerle saber que está bien, que no se ha rendido, que está buscando la manera de solucionar este enorme problema que él mismo ha creado, que tiene toda la intención de volver a ella —si ella fuese a aceptarlo, ciertamente—…

Pero no lo hace. Nunca lo hace. No cree que tenga la fuerza suficiente —menos aún tras este modo de sobrevivencia en el que lleva existiendo medio año—, y también teme ser descubierto por su otro yo.

Y hay aún otra razón.

Los sueños, se dice mientras se limpia la frente con el antebrazo, su cuerpo extendido sobre una bolsa de dormir en el pasillo vacío de un supermercado —su último refugio—.

Los otros sueños.

Los sueños donde Eleven le sonríe y su cuerpo reacciona en maneras a las que no está acostumbrado, tal y como aquella vez en que la observó desplegar un potencial que no había alcanzado a imaginar siquiera. Sueños donde se le hace confuso distinguir dónde termina su piel y dónde comienza la de ella.

Sueños que, al despertar, lo obligan a evocar como nunca su mirada decepcionada, hebras de cabello rubio pegadas a su frente. Su cuerpo reaccionando de maneras que antaño le resultaban repulsivas pero que, últimamente, se ha visto obligado a aceptar…

El repiqueteo de la lluvia lo distrae de sus pensamientos. Aliviado, Henry observa a través de la vidriera del supermercado cómo se llena la cubeta que ha dejado fuera la noche anterior avisado por las nubes de lluvia.

No es que le falte agua por el momento, pero no está seguro de nada.

¿Su única esperanza?

Que Hawkins tenga la respuesta.

Empero, las rutas están repletas de vehículos abandonados y conducir unos diez minutos sin atascarse es un milagro. Lógicamente, el viaje interdimensional no es opción. Por ello, tan solo le queda la opción de seguir la Interestatal 90 a pie, un viejo mapa y el sol de mediodía como sus guías hacia el sureste.

Espera llegar antes de que se cumpla un mes más.

Espera que esto no sea en vano.

Hoy, no obstante, llueve, así que no caminará más. No; tan solo vuelve a dormirse.

Ruega porque su subconsciente lo deje tranquilo, aunque sea por una vez.