CLVI

Durante estos dos años y medio, este hubo sido, sin duda alguna, el momento que más anheló…

… y, al mismo tiempo, el que más temió.

Por supuesto que le hubiera gustado creer en Eleven ciegamente, pero, de cierta manera, ¿no supondría semejante fe exigirle perdonar lo imperdonable? Alguna vez, después de todo, Max le hubo hecho ver la gravedad de sus acciones al lastimar físicamente a Eleven, y eso no había sido más que una sesión controlada de entrenamiento.

¿Qué puede esperar, entonces, de ella, cuando la última vez que la vio, so pretexto de darle un abrazo, la ha apuñalado por la espalda?

Es la primera respuesta que obtiene.

A la misma altura que él la ha apuñalado dos años atrás, ella presiona suavemente la palma de su mano y le promete no abandonarlo.

Es tan Eleven.

Y con esa promesa, Henry se siente —y posiblemente es— invencible.


—¡Estén listos! —les ordena Hopper.

El clic de los seguros de las armas se escucha casi al unísono. Todos empuñan sus revólveres e intentan poner algo de distancia entre los monstruos y ellos. En especial cuando notan que la barrera creada por Eleven se desvanece.

—¡FUEGO! —ruge Hopper a la par que tira el gatillo.

Una lluvia de fuego se abate sobre los monstruos, que chillan despavoridos ante el ataque: las balas modificadas por Robin con pólvora negra y termita no atraviesan a las criaturas, sino que estallan al entrar en contacto con sus cuerpos, encendiéndolos al instante. Por si esto fuera poco, Robin se vale de la rápida defensiva proveída por los disparos para apoyarla con sus bombas caseras que, aunque más lentas, son indudablemente más potentes.

—¡Nancy! —la llama Robin.

La joven no necesita que se lo diga dos veces: rápidamente se ubica a su lado, la correa de su escopeta colgando de su hombro.

—Recuerda que…

—Lo recuerdo —la corta Nancy segundos antes de aprovechar la repentina distracción proveída por la avalancha de fuegos artificiales de Max para escabullirse por detrás de la formación.

—¡Wow, de hecho funcionó! —Joyce no hace el menor intento por ocultar la sorpresa en su voz cuando el revólver no le explota en la cara.

—¡Gracias por la confianza…, supongo! —masculla Robin con los dientes apretados mientras lanza proyectil tras proyectil…

Estaba segura, después de todo, de que los revólveres funcionarían.

Ahora, ¿la escopeta?

Esa es otra historia, se dice a sí misma mientras intenta no pensar en Nancy y en la petición que le ha hecho de disparar solo de ser estrictamente necesario.


Su pierna izquierda no logra aguantar su peso tras haber sido arrastrada tan violentamente minutos atrás.

Aun así, es más que capaz de mantenerse firme ante los embates de su enemigo, protegiéndose a sí misma y a Henry, quien parece estar esperando el momento óptimo para atacar. Ella comprende su plan: después de todo, ninguno de los dos tiene la energía infinita de la que parece gozar el Henry que se ha vuelto uno con esta dimensión.

De pronto, una gigantesca nube de partículas negras se materializa frente a ellos, tomando forma poco a poco.

Henry la mira por encima del hombro en ese momento, una ligera sonrisa en su rostro.

—No temas.

Sus palabras le arrancan una suave risa. Podrá rayar de incongruente con la situación, pero esto es lo más feliz que ha sido en años.

—¿Contigo aquí? —replica entonces suavemente, apoyando ambas manos contra su espalda, la promesa de su apoyo incondicional—. Jamás.

No tienen tiempo para intercambiar más palabras: un gigantesco Mind Flayer se erige frente a ellos. Es colosal, y su sombra parece envolverlos incluso antes de sus ataques.

Confía en mí.

El pensamiento la atraviesa como un rayo cuando Henry echa a correr al frente, atravesando limpiamente la barrera que ha erigido. Su primera reacción es la de desesperarse —¿acaso va a perderlo minutos luego de haberlo encontrado?—, mas pronto se fuerza a sí misma a reaccionar.

—¡AHORA! —grita Henry a la par que da un salto con los brazos extendidos hacia el torso del Mind Flayer, que deja escapar un escalofriante chillido.

Muchas cosas suceden a la vez.

El otro Henry murmura:

—¡Tú, iluso! —Y, con sus repugnantes garras acercándose a Henry, parece tener toda la intención de quebrar sus huesos con su mente.

Eleven reacciona a tiempo: una maniobra ofensiva no logrará proteger a Henry, incluso si con ella sega la vida de su doppelgänger. Opta, entonces, por lo más lógico: con las palmas de ambas manos mirando hacia el frente y dejando escapar un grito por el esfuerzo, se obliga a sí misma a proyectar un campo protector que cubra la totalidad de Henry.

Una burbuja que lo envuelva y lo proteja de los ataques tanto del otro Henry como de las mandíbulas del Mind Flayer que ya se abalanzan sobre él.

Si bien tiene éxito, el choque telequinético resultante sobrepasa las limitaciones físicas de su estado actual: su pierna sana flaquea y termina postrada de rodillas, las afiladas piedras de esta dimensión hundiéndose en su piel.

Pero Henry está a salvo.

La presión invisible que siente en sus brazos pareciera estar a punto de hacerlos añicos… y, aun así, resiste.

—¡TÚ…! —ruge de vuelta el otro Henry, posando ahora su mirada en ella.

Es la distracción perfecta: dominado por la ira, deja de prestar atención a su terrible esbirro.

Y Henry, tensando sus hombros y hundiendo sus manos en el tórax de la criatura con todas sus fuerzas, la desintegra.


El alarido que se escucha entonces es escalofriante y parece helar la sangre de todos los presentes.

A Eleven le toma un momento comprender que este terrorífico sonido no proviene del Mind Flayer —que se esfuma con un siseo amenazador, sin duda decidido a reemerger en la brevedad posible— ni de la frustración e ira del otro Henry.

No: la fuente es nada más y nada menos que ella misma. Ella misma, quien ha bajado sus defensas plenamente consciente de lo que ocurriría.

—¡ELEVEN!

Ya no está de rodillas: está tendida boca abajo sobre el suelo, las rocas hincando ahora la totalidad de su cuerpo. Sus dos piernas están dobladas en posiciones para nada normales, al igual que su brazo izquierdo. Lágrimas rojas se deslizan por su cara ante una avasalladora presión que amenaza con traspasar su cráneo.

Y sus ojos apenas pueden distinguir…

¡BAM!

Súbitamente, la presión cesa. Y esta vez, los gritos no son suyos. Con cuidado, con todo el cariño del mundo, dos manos se posan en sus mejillas.

—Eleven…

Nunca lo ha escuchado así. Como si se estuviera ahogando. No puede moverse ni siquiera un poco, y sus ojos están empañados a causa de las lágrimas y la sangre.

Corazón, ¿por qué…?

Porque era la única manera. Porque ya ha probado vivir sin Henry, y el resultado ha sido devastador.

Frente a ella, Henry parece tener hasta miedo de tocarla. Supone que es lo mejor: sospecha que terminará fracturándose en pedazos si intenta moverse apenas un poco.

Por supuesto, su rostro es lo primero que logra distinguir tras parpadear un par de veces. Su rostro empapado en lágrimas, sus labios trémulos, una mejilla algo hinchada —¿es eso un hematoma?— y la otra teñida del rojo que augura el llanto.

Debería sentirse orgullosa, supone: ha despertado en Henry una profundidad emocional de la que —ella lo sabe— él mismo renegaba. Sin embargo, no le es posible sentir la mínima felicidad al verlo roto.

Se arrepiente, pues, es de causarle tanto dolor.

Y, como si esto fuera poco, un repentino olor a carne quemada y pólvora abrasa sus pulmones.

Sin mover la cabeza, desvía la mirada y alcanza a ver, por el rabillo del ojo, al otro Henry, su cuerpo entero siendo consumido por las llamas. Detrás de él distingue a Nancy; su escopeta rota, aún humeante, cuelga lánguidamente de su mano. Sus ojos van del otro Henry a ella, de ella al otro Henry, del otro Henry a…

Y Eleven piensa que, aunque sea otro Henry, ella no puede evitar sentir afecto por él.

Es, después de todo, lo que su Henry podría haber sido.

Si ella no hubiera intentado tan tercamente enderezar su vida.

Con este pensamiento —con su corazón hinchado de afecto y pena—, parpadea pausadamente una, dos veces. Los dedos de su única mano sana se mueven apenas.

—¿Qué estás…? Eleven, no, no debes…

Pero ya lo ha hecho. Siempre ha sido así, después de todo: una niña sin sentido de autopreservación lista para desafiar las expectativas de Henry incluso de manera inconsciente.

El Mind Flayer volverá, tal vez en otra forma, pues es obvio que este mundo no tolerará su extinción: se encuentran eminentemente entrelazados.

Este, no obstante, no es el caso con el pobre monstruo que tanto daño le ha hecho: aquí, en esta otra dimensión, el otro Henry se desintegra como un mal sueño porque así ella lo ha deseado.

(Es, después de todo, el final más bondadoso que puede darle).

Eleven, por su parte, vuelve a posar los ojos en Henry, quien aún sostiene su rostro con infinita gentileza.

Es tan hermoso, incluso cuando llora. Pero lo es incluso más cuando sonríe.

—Arreglaré esto —le asegura él en un susurro, besando su frente empapada de sudor—. Lo prometo.

No lo duda: él siempre ha arreglado todos y cada uno de sus desastres.

Esboza una débil sonrisa.

Cierra los ojos.

Y se deja envolver por la oscuridad.