5.- Lo que oculto está.

Nota: Me imagino que suena "Shelter from de Storm" mientras sucede lo que a continuación narro. Es un ost bastante bonito que parece transmitir esa aura de serenidad y profunda soledad del corazón.

Sucumbí a lo desconocido. La inconsciencia hizo su trabajo y se encargó de dirigir mi mente hacia un abismo de oscuridad en donde todo parecía perder valor. Mis preocupaciones y todo aquello que apreciaba de repente se vio olvidado.
Creí que me estaba muriendo, pero, caí en un sueño tan profundo que incluso tuve el lujo de soñar un poco.

La fragilidad del hilo que unía la realidad con el mundo de los sueños era tan real que, de vez en cuando, pude tener ciertas sensaciones que podrían haberse confundido con alucinaciones.

Algunas manos palpando mis hombros, recorriendo mis brazos y alzándome en lo alto… Voces alrededor de mí, cuyas palabras no podría entender en su totalidad. Una luz blanquecina lastimándome los ojos pese a que los tenía cerrados, como si me encontrara sobre la mesa de un cirujano. Calor y frío… Mucho frío. Y después nada.

Estaba segura de que había dormido mucho. A pesar de estar algo consciente de mi entorno, no era capaz de abrir los ojos o de moverme o de tan siquiera balbucear algo. Era como una muñeca en su caja.
Comúnmente sucedía que dormía demasiado y cuando despertaba estaba tan descansada que incluso no podía recordar nada de lo que había estado soñando o pensando durante la noche, por ello, mientras batallaba para abrir mis ojos, supuse que sería igual. Vagamente podía hacer memoria de la noche anterior y la canción de cuna de Elisabet seguía en mi mente, como si ella siguiera cantando a mi oído. Me sentí extraña y confundida, como si estuviera teniendo una especie de parálisis. ¿Por qué no podía moverme o hablar si ya estaba despierta? ¿Era acaso que seguía soñando o de verdad estaba muriéndome? Todo fue confusión.
Comencé a preguntarme: «¿Cómo es que sigo consciente y no he muerto todavía si ya han pasado horas?» Entonces pensé que Elisabet debería seguir acurrucada a mi lado, pero, yo estaba boca arriba y no estaba segura de sentir algún cuerpo cerca de mí. No había rastro de calor o tan siquiera la misma comodidad de antes. De repente mi cuerpo se sentía pesado y frío… Incluso entumecido.

Quise pensar por un momento en que podría levantarme y decirle a Elisabet con mucho ánimo: «¡Hey, Lis! Míranos… ¡No hemos muerto!»
Me imaginaba su cara de sorpresa al darse cuenta de ello. Y también comencé a preguntarme qué clase de órdenes me daría a continuación.

Tuve muchos sueños por esa noche. Estaba rodeaba de una luz blanca mientras muchas manos me palpaban con suavidad y después con brusquedad. Y después mi sueño fue diferente… Solo escuchaba mi propia respiración mientras un frío intenso me envolvía sin piedad. Y eso junto con la canción de Elisabet era todo lo que podía recordar.

Gemí de dolor, mi cuerpo estaba incómodo. Mis huesos se sentían pesados, ajenos, y la espalda estaba torturándome horrores.

Por fin abrí mis ojos. No enfocaba bien la vista, por lo que estuve tallándome los ojos un buen rato para poder percibir las luces y colores a la perfección, pero fue inútil. Estar las últimas semanas frente a la computadora sin pestañear había tenido sus consecuencias, me lamenté por eso.

—Lis… —la llamé. No obtuve respuesta.

Seguía acostaba boca arriba mientras mantenía mis manos sobre mi rostro intentado deshacerme de la sensación de hostigamiento. Estiré mis extremidades y finalmente pude enfocar la visión. Era un ambiente extraño… Era de día, estaba en algún lugar que no era la base, y, los más importante: Elisabet no estaba.

—¿Elisabet? —dije en voz baja.

¡Cielos! Mi garganta dolía como si hubiese estado durmiendo a la intemperie durante una tormenta. Estaba seca, tuve que carraspear para poder conseguir hablar con mi tono normal. Aclaré mi garganta hasta que me sentí mejor. Me costó mucho enderezarme, la espalda y cada músculo de mi cuerpo estaba entumecido. Volví a gemir de dolor.
Me dolía la cabeza, me faltaba el aire, mi voz sonaba apagada y cada movimiento significaba algo de dolor. ¿Qué demonios había pasado? Y, sin poder dejarlo de lado, ¿en dónde estaba? Sea para donde sea que mirara, todo lucía igual. Era una especie de cabaña adornada con telas cálidas y paredes entintadas de diferentes tonos de rosa y azul. Supe que era de día por la luz del sol filtrada por debajo de la tela que actuaba como puerta.

Una manta como de piel de animal estaba encima mío protegiéndome del frío. De repente la razón cayó en mí, ¡hacía muchísimo frío! No recordaba que durante la noche anterior el clima fuera similar. Debía haber estado muy estresada como para percatarme de ello, quizá.

Toqué la tela sobre mí esperando poder sentir la sensación de suavidad al pasar las yemas de mis dedos y verificar que no fuera otro torpe sueño. Toqué la manta, mi cabello y el suelo. Todo se sentía real. En efecto, no era un sueño más. Era tan real como el hecho de que seguía respirando y que por alguna razón todo parecía estar tranquilo como si me encontrara en mi habitación, en mi propia casa, y no en la base de investigación o en alguna otra parte.

Inspeccioné una vez más. A mi alrededor había canastos con algunas cosas que me parecieron extrañas. Había objetos que parecían ser artefactos de arquería, así como toda clase de armas punzocortantes, partes de hojalata, frascos con pinturas o mermeladas, y algunos otros canastitos cuyo contenido era más familiar y agradable, como mandarinas, nueces y arándanos.
Inhalé profundo… Algo se quemaba. Seguro alguien había encendido una fogata en alguna parte.

Dirigí mi mano hacia mi oreja esperando encontrar el foco que siempre llevaba conmigo. Travis y los otros solían burlarse de mí por depender todo el tiempo de tecnología antigua, pero ahora significaba todo para mí. Cuando puse mi mano y no sentí nada, una histeria me invadió. De repente me sentí fuera de lugar. Si no me sintiera tan mal físicamente, probablemente mi mente habría permanecido más tranquila. ¿En dónde estaban mis cosas? Yo seguía dependiendo por completo de tecnología que según los miembros de mi equipo era obsoleta y completamente estúpida, ¡pero yo dependía de ellos y ahora los necesitaba mucho! No había nada…

Tendría que salir y buscar a alguien que pudiera explicarme qué rayos estaba pasando. Cuando encontrara a Elisabet le diría que, quizá, podría considerarme como otra de los Alfas. Después de todo, no habíamos muerto y darme por vencida una segunda vez no sería justo. Si el destino no quería eso para mí entonces lo aceptaría.
Me sentía en extremo confundida y agotada. Había asumido el peso de la muerte con tanta determinación que incluso el hecho de seguir respirando me parecía irreal. Mis pulmones dolían tras cada bocanada de aire.

Saldría, buscaría mis cosas y a Elisabet y volvería a trabajar, ese era el plan. Si todavía podía cooperar un poco más en la sistematización de GAIA, debía hacerlo y ya. La IA tenía mucho por aprender todavía.
Me deshice de la manta y de inmediato sentí arrepentimiento porque el frío era cruel. Estaba desconcertada porque si lo pensaba bien, poco o nada podía recordar de los días anteriores o incluso de la ropa que llevaba puesta cuando estaba en el trabajo. Ahora era diferente y llevaba prendas cómodas, pero para nada presentables. No había un espejo para que pudiera observar mejor mi apariencia, sin embargo, me percaté de que llevaba puesto el calzado incluso cuando estaba durmiendo. Según recordaba, me había despojado de él.

Me toqué el estómago para cerciorarme de que todo estaba bien. Algo dentro de mí se sentía distinto, pero no tenía forma de saber qué era.

Llevaba la ropa típica que solía usar luego de salir del trabajo y que desde luego usaba para estar en casa. Una sudadera blanca —por debajo llevaba puesta una camiseta negra sin estampado—, pants gris y unos tenis converse blancos. Removí mis dedos para acostumbrarme a la sensación de aprisionamiento. Quise quitarme el calzado, pero era necesario salir a reunir datos.

Me encontraba recostaba en una cama no muy alta rodeada de pilares de madera que eran la base de la misma, así como también de varias hierbas aromáticas. Recién me estaba percatando de los detalles de mi alrededor más allá de los pigmentos rosados y azules. Además de oler madera quemada, también percibí el aroma de las flores de campo que adornaban las esquinas de la habitación sobre los jarrones de barro. Alguien se había tomado el tiempo de arreglar la habitación perfectamente para mí o podía deberse a que era el hogar de alguien.
Sea como fuere, el sitio me pareció tan extraño que solo alimentó mi curiosidad y desconcierto.

Apenas estaba intentando ponerme de pie apoyándome en el suelo, cuando de pronto escuché pasos de alguien que venía aproximándose a mi paradero. Me quedé quieta, porque quería creer que se trataba de alguien que yo conociera. No podía haber sido la única en la base que quedara excluida de todo, ¿cierto? Sin embargo, al ver a aquella mujer las palabras se fueron, no pude decir absolutamente nada. Traía consigo una charola con una taza con agua y algo que parecía ser una especie de guiso en un plato. Al verme tuvo la misma reacción que yo.

—Has despertado… —dijo en voz baja finalmente. Dejó a un lado la charola y se aproximó a mí para poner una mano en mi frente, cosa que me desconcertó—. Tu fiebre desapareció.

Yo no dije nada, era obvio que estaba debatiendo para mis adentros un sinfín de cosas. La simple apariencia de la chica me hizo hacerme ideas extrañas… ¿Acaso había tiempo para una fiesta de disfraces en medio del fin del mundo? Meneé la cabeza. Sea lo que fuera, el olor de la comida hizo que mi apetito despertara y de repente sentí sed, mucha sed.

No fue necesario que expresara mi necesidad, pues la chica de inmediato dijo:

—Voy a dejar esta comida aquí, es para ti. Asegúrate de alimentarte bien, te brindará calor para afrontar el invierno. Aquí tienes algo de agua. ¿Hay algo más que pueda hacer por ti?

La vi detenidamente. El maquillaje de su rostro era curioso, inusual. Al igual que la habitación, la pintura rosa, azul y blanca estaba perfectamente aplicada sobre su piel. Su cabello estaba recogido en trenzas, formando una sola coleta hacia atrás y el cabello de la zona baja en la nuca estaba rapado. Su cuerpo pálido estaba lleno de tatuajes y su ropa consistía en algún tipo de piel de animal decorado con los pigmentos de antes, así como también poseía algunas partes de metal cubriendo el costado de sus brazos y adornando su peinado.
La vi de pies a cabeza, olvidándome por completo de mis buenos modales, sin disimular mi desconcierto. Tomé la taza de la charola y bebí de inmediato el agua fría que contenía. No sirvió de mucho para calmar mi sed.

—¿En dónde estoy? —pregunté.

Ella pareció alegrarse al oírme hablar. Quizá estaba pensando que yo era muda o algo así.

—Ahora mismo estás en Cresta Rocosa.
—¿Cresta… Rocosa? No lo conozco. —Carraspeé.

Entonces no me lo pensé mucho y tomé el plato impulsivamente, comiendo de inmediato su contenido. No me detuve a pensar sobre las verduras que no me gustaban o sobre qué tipo de carne estaba servido. Lo devoré todo con gran apetito. Sentía un hambre tan voraz que me fue imposible de explicar.

—Tranquila… Si comes demasiado rápido le hará mal a tu estómago.

Cuando terminé dejé la bandeja con el plato y la taza a un lado. Me concentré en retomar el aire, miré a la chica directo a los ojos y le pregunté varias cosas más. Por alguna razón mi cabeza daba vueltas y una leve amnesia se apoderó de mí. Poco o nada podía recordar de mí misma, además de que había ayudado con mi propia investigación para los elementos del proyecto Zero Dawn.

—¿Elisabet no dijo nada de mí? Estaba con ella hace unas… ¿ocho horas? Ugh… Mi cabeza da vueltas…
—¿Elisabet?

Me abracé a mí misma, estaba haciendo realmente mucho frío.

—Ella tuvo que haber ordenado que me trasladaran aquí. Siempre ha estado a cargo de lo que me sucede dentro de la base. Oh, mi foco… ¿En dónde está mi foco? Eso va a ayudarme a encontrarla.
—Escucha, voy a traerte otra taza de agua. Debes estar mareada a causa de la deshidratación. Ahora vuelvo —dijo y se dio la vuelta, dirigiéndose a la salida de la choza.
—¡Espera! —dije a la vez que la detuve del brazo, cosa que pareció alertarla—. Tengo muchas cosas que preguntarte, ¡no te vayas!

Hizo una pausa manteniendo la mirada con la mía, a lo que agregó:

—También te traeré otra manta. Estás temblando terrible, tu fiebre podría volver. Y si eso pasara, van a reprenderme.

La solté, entendiendo que, a pesar de su actitud o su apariencia, era una persona que aparentemente estaba atendiéndome lo mejor que podía. Lo mínimo que podía hacer era darle las gracias o algo por el estilo. Comenzaría por una presentación.

—¿Cómo te llamas? —cuestioné.
—Jekkah.
—¿Jekkah? —repetí, ella asintió, a lo que pensé: «¡qué nombre más extraño!»—. Mucho gusto. Yo soy… ¿eh? Yo soy…

No pude terminar la frase, olvidé mi nombre y ello hizo que me aterrara. Comencé a temblar, pero no por el frío, sino por el genuino terror que sentí en ese instante. Tenía muchas cosas qué aclarar. Mis ojos se llenaron de lágrimas y Jekkah se dio cuenta de ello, por lo que rápidamente puso una de sus manos en mi hombro y me habló.

—Tranquila. Acabas de despertar y estás confundida, lo mejor será que dormites un rato en lo que regreso.
—¿Desde cuánto tiempo he estado aquí?
—¿En Cresta Rocosa? Una semana. Te trajeron inconsciente… Te hemos estado cuidando desde entonces.
—In… ¿Inconsciente? Cielos…
—Ahora vuelvo.
—¿Podrías buscar y traerme mi foco, por favor? Debería estar entre mis cosas, sea donde sea que… me encontraron —dije.

Pero ella no pareció entender de lo que hablaba. Me sonrió de manera rápida con esa terrible expresión de confusión y salió.
Suspiré con pesadez. ¿Ahora qué haría? Al oírla hablar supe que estaba hablando en plural, pues acababa de decir que entre ella y alguien más habían estado cuidado de mí, ¿cierto?
Tan solo quería encontrarme de nuevo con alguien de la base, incluso si era el idiota de Travis Tate. Necesitaba comunicarme lo antes posible y pedir un vehículo prestado. Mientras pensaba aquello, una posibilidad pasó por mi cabeza: ¿Elisabet estaba en la misma aldea que yo, ahora mismo? Si era así, debía aventurarme ya. No podía tirar el trabajo de meses por un pequeño descuido. Quise creer que el exceso de trabajo y estudio había tenido efectos negativos en mí y ahora me encontraba como me encontraba.

«Quizá es solo un mal sueño… Después de todo, este frío no se siente real».

Aprovechando que Jekkah salió, me puse de pie. Mis piernas dolían y mis muslos se sentían débiles. ¿Cuánto tiempo dormí? ¿Acaso acababa de decir que estuve inconsciente una semana? Entonces... ¿qué había sucedido con la destrucción del mundo? Fue lógico para mí pensar que habíamos logrado prolongar los daños al menos un poco más. Después de todo afuera estaba nevando, podía sentirlo, estábamos a algunos grados centígrados bajo cero y hacía mucho tiempo que el planeta no respetaba las estaciones que le correspondían durante determinado tiempo.
Cuando dormí, afuera de la base hacía calor. Pero ahora estaba muriendo de frío; no importa cuánto me aferrara a aquella piel pesada, no lograba apaciguar a mi cuerpo tembloroso. Caminé alrededor de la cabaña buscando con mayor libertad algo que pudiera ayudarme a ubicarme mejor, pero mi foco no estaba en ningún lado y mis llaves o identificaciones estaban igualmente perdidas.

Recargándome en las paredes recorrí la habitación hasta llegar a la tela que actuaba como puerta. La removí y lo que vi me dejó impresionada. Estaba lleno de personas que vestían igual que Jekkah. Peinado, maquillaje, tatuajes, ropa... Todo era similar.

Me hice hacia atrás con desconcierto a la vez que parpadeé repetidas veces. Luego volví a asomarme para cerciorarme de que lo que miraba era real. ¿En dónde estaba? ¿Quizá me subí a un avión y terminé perdida en alguna isla lejana con algún tipo de civilización desconocida? No entendía nada.

El sitio era pequeño, pero había suficiente espacio como para que una tribu estuviera perfectamente establecida ahí por un buen tiempo.

Me encontraba en las montañas. Ver la nieve cayendo a lo lejos sin poder llegar a ver el suelo de forma cercana me puso inquieta. Otra vez, los pigmentos rosa, blanco y azul adornaban la localidad.

Y, sí, había una hoguera encendida cerca. Y muchas, muchas personas pululando alrededor.

¿Qué era esto? "Cresta Rocosa..." No recordaba haber escuchado algo al respecto. Sin embargo, había un detalle que me tenía al pendiente. Esta tribu, o al menos Jekkah, podía hablar perfectamente mi idioma. ¿Cómo tenían dicho conocimiento?

No pude detenerme a preguntarme más cosas mientras sostenía la manta con una mano para lograr observar, pues apenas Jekkah volvió y me vio asomando la nariz, con cautela me ordenó volver a mi sitio.

"¡Podrías enfermarte!", exclamó mientras me daba la media vuelta con ayuda de una de sus manos apoyada en mi hombro. Me encaminó hasta mi cama y me cubrió con un montón de mantas más. Me dio más agua y me ofreció un trozo de pan, el cual comí sin rechistar.

—Esas ropas no son adecuadas para enfrentar el frío de afuera. Incluso ahora sigues temblando. Tu nariz y labios se han puesto rojos. ¿Deseas que te traiga algún atuendo nuevo?

La observé un momento. Si con traerme un atuendo nuevo se refería a traerme ropas iguales a las suyas, entonces prefería que no. Tener el estómago y los hombros descubiertos solo haría que atrajera una pulmonía. Negué con la cabeza.

—Estoy bien, por ahora… —Me aferré las mantas y me enderecé. Palpé un lugar cerca de mí invitándola a que se sentara en un extremo de la cama. Ella lo hizo, y entonces me sentí con la confianza de preguntar lo que necesitaba—. Escucha, Jekkah… Tal y como dices, me siento confundida, muero de frío y me duele la cabeza, y quizá para ayudarme con ello podrías contestar algunas de mis preguntas. ¿En dónde estoy, nacionalmente hablando? ¿Por qué ustedes son…? Quiero decir, son parte de una tribu, pero hablamos el mismo idioma. ¿Cómo lo aprendiste? ¿Todos hablan igual o eres la excepción?

Ella estaba notablemente confundida. Se relamió los labios para dar una respuesta.

—¿Idioma? ¿Qué es?
Abrí los ojos consternada.
—Idioma es…, ya sabes, la forma única de comunicarse entre miembros de distintas naciones.
—Nunca había oído hablar de ello. ¿Te refieres a hablar con señas? —dijo haciendo ademanes extraños.
—No, me refiero a hablar —dije haciendo la señal del habla, juntando mi pulgar con el resto de dedos, abriendo y cerrando.
Ella negó con la cabeza.
—Todos hablamos igual en todas partes —dijo.

Supuse que no habría manera de hacerle entender, por lo que me encogí de hombros diciendo "entiendo", aunque me había quedado igual que antes.

—Estás en territorio Tenakth —explicó finalmente—. El mariscal Fashav fue quien te encontró junto a los otros miembros de su escuadrón.
—¿Los Tenakth? Eh... ¿En dónde me encontraron exactamente?
—En la montaña, eso oí, pero no conozco los detalles.
—¿Y ese tal Fashav sabrá algo más? Tengo que hablar con él...
—Ha estado discutiendo los detalles sobre esa expedición. Era evidente que encontrar una cámara con uno de los antiguos dentro suyo no era su objetivo principal. Pero, aquí estás. Debe ser un milagro de Los Diez, ¿cierto? —dijo con una sonrisa.
—Eh, no. Solo estoy de paso... —dije, creyendo todavía que había llegado en avión—. ¿Qué quieres decir con "los antiguos"?
—Tu gente, por supuesto.
—¿Los de la base? ¡Oh! Entonces, ¡¿sabes dónde está Elisabet?! Quiero decir, ¿la doctora Sobeck?
—Debo decir... que además de que desconozco ciertos datos, tengo prohibido hablar de los pocos que sé.

Jekkah se levantó y prometió visitarme más tarde, además de advertirme que no intentara escapar, pues había guardias alrededor del campamento. La verdad es que aunque estaba tentada a hacer dicha cosa, tampoco era lo suficientemente estúpida como para no saber que moriría congelada allá fuera sin el alimento o abrigo necesario.

Me dormí otra vez, esperando que cuando despertara estuviera de nuevo en las instalaciones con mis compañeros. Era todo lo que quería.

Estuve así al menos tres días más hasta que Jekkah luego de alimentarme y cuidarme ocupándose de mis demás necesidades, supuso que era mejor presentarme a las demás personas de su tribu. Se abstuvo de dar cualquier explicación a mi situación. Era una mujer amable pero reservada. Pensé en muchas maneras de lograr que se abriera conmigo y lograra sentir al menos un poquito más de empatía por mí, pero nada sucedió. Además de dejar una charola con comida para mí cada mañana, cada tarde y cada noche, no me ofrecía nada más allá de una breve conversación sin información importante que pudiera rescatar.

Una mañana la luz blanca del día entró por la puerta de la pequeña choza, indicándome que alguien había entrado para conmigo. Era una mujer delgada, refinada y llevaba un maquillaje perfecto. Para mi sorpresa, dejó la tela de la habitación recorrida, permitiendo que la luz entrase con libertad y despreocupándose por la remota posibilidad de que yo pudiera escapar.

—Buenos días —me dijo con una sonrisa, posándose justo a un lado mío.

Yo estaba sentada a la orilla de la cama permitiendo que mis pies tocaran el suelo. Desde hacía un tiempo que me había despojado del calzado, dejando mis tenis en una orilla de la habitación.

—Buenos días… —respondí.

Ella hizo una señal para que me inclinara a ella y eso hice instintivamente. Me tentó la frente con su mano y pareció estar satisfecha cuando se hubo dado cuenta de la inexistencia de la fiebre en mí.

—Te has acostumbrado a la temperatura de Cresta Rocosa. ¿Cómo te sientes?
—Sin importar cuántas veces me hagan esa pregunta, la respuesta seguirá siendo la misma. Me siento terriblemente confundida. ¿Eso funciona para ti?

Ella rio.

—Me gustas… Tu forma de ser es firme. —Sonrió y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.

Hacía unos días atrás que ya había podido caminar sin menearme de un lado a otro a causa del mareo, no obstante, tanto Jekkah como esta chica misteriosa parecían tener mucho cuidado con ello todavía.

—¿Te apetece salir a pasear conmigo?
—Me encantaría —dije sin dudarlo.
—Sin embargo…
—¿Mhm?
—Aunque ha dejado de nevar y esta mañana es cálida, lo mejor sería que te cambiaras de ropa. Afuera es distinto a lo que podrías pensar.
—No te preocupes —dijo Jekkah apareciendo en la habitación—, lavaré esa ropa tuya y podrás usarla después, si así lo quieres.
—Jekkah… —musitó la otra.
—¿Así que estabas planeado dejarme la parte pesada, Wekatta? Dame un respiro. —Jekkah habló con las manos puestas en la cintura.
—¡Claro que no! Esta pobre chica de aquí ha estado tan sola y aterrada todo este tiempo que pensé que, quizá, le vendría bien algo de aire fresco. Para su suerte es la primera vez que sale el sol en estos días.

Jekkah se acercó a la otra chica y la tomó del brazo amenazadoramente. Posándose muy cerca de su rostro le dijo entre dientes:

—No tenemos permiso para permitir que salga.
—Lo sé. Pero, vamos, nosotros los del Clan del Cielo no somos muy del estilo de tener prisioneros.
—No se trata de nosotros. Si los mariscales se enteran van a…
—Déjamelo a mí. Después de todo, necesita un cambio de imagen. Con esa apariencia suya parece a lo mucho una Carja y no queremos que tenga problemas, ¿o sí? —Sonrió.

Jekkah la soltó de su agarre. Me miró, meneó la cabeza, se cruzó de brazos y concluyó su intromisión diciéndome:

—Cuando te desvistas deja la ropa sobre la cama. La tendré limpia y seca para el final del día si esta helada lo permite.

Entonces salió. Estando solamente las dos otra vez, la chica me apretó la mano derecha con ambas de las suyas, agitándolas con suavidad.

—Disculpa mi mala educación, no me he presentado. Me llamo Wekatta.
—Mucho gusto. Yo… —dije temiendo de que fuera mi turno de presentarme, pero ella calmó las aguas de mi mente.
—No lo recuerdas, ¿cierto? Estoy al tanto. En ese caso… ¿te parece si te llamo Gaia?

En ese instante sentí un cosquilleo en mi espina dorsal. Ese nombre trajo a mí tantas sensaciones que lograron afligirme.

—¿Por qué querrías llamarme así? —dije a la defensiva. Estaba cansada de no tener más información de lo que me preocupaba y seguir obteniendo datos a medias.
—Es bonito.
—¿De dónde ha llegado esa idea? —susurré, más que para ella, para mí.
—Te lo diré mientras te ayudo a vestirte. Voy a elegir algo un poco cálido y que vaya bien contigo. —Al hablar me observaba detenidamente como si estuviera tomándome las medidas tan solo con la mirada.

Ella salió unos minutos y fue por un atuendo para mí. Al volver me lo dio y me dijo que esperaría afuera para que pudiera desvestirme libremente.
Observé las ropas. Eran de un color rosado mezclado con marrón y detalles azules. Al igual que las ropas de todos los del clan, consistía en una especie de falda larga que actuaba como armadura, así como la parte superior del pecho que cubría perfectamente la zona, aunque dejaba al descubierto el área del abdomen. El calzado era pesado, eran una especie de botas que a la vez dejaban ver los dedos de los pies. Lamenté no poder ponerme un mallón que cubriera mis piernas, pues a pesar del pesado atuendo y la calidez que la tela pudiese brindar, era imposible proporcionar todo el calor que yo necesitaba.

Me sentí incómoda y no había un espejo en donde pudiera mirarme. Extrañamente comencé a preocuparme por mi apariencia.

Llamé a Wekatta para hacerle saber que ya estaba lista, y cuando entró soltó una disimulada risita que me hizo ruborizar.

—Vaya, ¿tuviste problemas para acostumbrarte?
—Es un poco... diferente.
—Es lo ideal para alguien como tú. Casi tan pesada como el atuendo de los mariscales. Ya te acostumbrarás. Aunque veo que dejaste de lado todo lo demás.
—¿Es tan necesario vestir esa clase de accesorios?
—¿De qué hablas, chica? El protector de antebrazos te ayudará a protegerte de las heridas que el arco pueda provocarte. Y el casco, bueno, supongo que está demás explicarlo.
—Uh… ¿Arco?
—Ah, es verdad. No sabes tal cosa. Bueno, no te preocupes. Ya te haré una demostración de por qué deberías usarlos cuando estemos fuera. Por ahora, permite que te ayude.

Wekatta se acercó a mí y comenzó a ayudarme a ajustar lo que faltaba de la armadura sobre mis antebrazos y hombros. Ajustó correctamente la piel de animal alrededor de mi cintura y de paso alisó mi cabello inocentemente con sus dedos. Cada tirón solo hacía que me sintiera más apretada pese a la desnudez que aparentaba el atuendo, casi como si usara una camisa de fuerza.
Cuando le hice saber sobre mi incomodidad tan solo soltó una risita diciendo que exageraba y que pronto me acostumbraría. No me quedó de otra más que convencerme a mí misma de ello.

—Sobre lo otro, W-Wekatta —tartamudeé al decir su nombre—, ¿no vas a explicármelo?
—Oh, claro. Supongo que es correcto darte una explicación de tu nuevo nombre en lo que recuperas tus recuerdos.
—¿Entonces?
—Nada del otro mundo, o al menos para mí. Según escuché, Fashav y los otros salieron una mañana hace poco más de siete días a hacer patrullaje. Algo extraño estaba pasando en el Kulrut. Como sea, al parecer durante su camino hubo problemas cerca de la montaña y fueron allí, encontrándose no solamente con un montón de furiosas bestias que no habían visto antes en dicha zona, sino también con una instalación oculta que estaba comportándose de una manera extraña. Sonidos raros provenían de ella. Al ingresar, estabas dentro de una máquina que tenía escrito algo en ella: "GAIA". Eso es todo lo que sé. Desde entonces los pocos de la tribu que sabemos sobre ti hemos comenzado a llamarte así, aunque, según Jekkah, es grosero.

Estuve unos segundos en silencio antes de poder decir palabra.

—Jekkah es una mujer inteligente —dije—. Pero da igual, díganme como quieran. Y, ¿dónde queda?
—Desconozco el camino. Y aunque lo supiera, no te lo diría, corazón. También recibo órdenes.
—Órdenes que no siempre cumples, por lo que veo. ¿Qué pasa con el paseo de hoy?

Ella se rio, siguió atando con cuidado los hilos detrás de mi espalda.

—Me atrapaste. Tienes razón… De vez en cuando soy algo rebelde. Pero, como te he dicho. No sé nada más. Todo lo que te he contado lo sé porque los líderes tienen la mala costumbre de hablar muy alto. No debí haber escuchado nada de eso en primer lugar. ¿Quieres algún peinado en especial?
—Creo que estoy bien… —dije, no permitiendo que peinara mi cabello.
Pero Wekatta insistió.
—Una coleta alta con unas trenzas en los costados se verían muy bien con este cabello tan bonito que tienes. —Pasó sus dedos cuidadosamente por mi cabeza, provocándome sueño por la placentera sensación.

Ella me indicó que me sentara y lo hice. Se sentó en la cama junto a mí, tomó un peine y comenzó a cepillar con dedicación y sumo cuidado mi cabellera.
Me estuve quieta todo ese tiempo aprovechándolo para aclarar mi mente. Tenía muchas ganas de llorar, pero sabía que debía ser lo más fuerte posible. Estar rodeada de desconocidos en un lugar lejano no era algo que le gustase a nadie y pensando en ello decidí que afrontaría la situación con todo el coraje que pudiese reunir desde lo más profundo de mi ser. La relajación que me dio el suave tacto de Wekatta me recordó al tacto de mi madre y al de Elisabet. Y cuando pensé en Elisabet, quise salir corriendo a buscarla. Quería abrazarla, después tomarla de la mano y pedirle que se quedara conmigo. Si las dos habíamos tenido una segunda oportunidad para no morir, al menos quería aprovecharla para pasar mis últimos días con ella antes de que sucediera de nuevo lo inevitable.
Cerré mis ojos y su dulce voz tarareando una canción de cuna volvía a mis memorias, y se hacía más y más lejana cada vez. Tenté mis propias manos imaginándome que eran las manos de ella. Odiaba sentirme sola.

—Listo —dijo Wekatta interrumpiendo mis pensamientos.

Abrí muchos mis ojos al volver a la realidad.

—¿Ya? —dije tocando mi cabeza, comprobando que mi cabello estaba recogido en una coleta, mi fleco peinado perfectamente hacia atrás permitiendo que mi frente quedara despejada y a los lados de mi cabeza había hecho trenzas que decoró con cuentas de color azul, blanco y gris—. Gracias… Fue muy rápido. ¿Eres muy buena en esto, cierto?
—Algo así. —Sonrió—. Ahora sigue tu maquillaje. ¿Cómo debería usar la pintura?
—Uh… ¿maquillaje?

No era que aborreciera el maquillaje, pero no me encontraba de ánimos para ello. Desde que había empezado a trabajar duro para el proyecto Zero Dawn hace varios meses atrás me descuidé de mi apariencia, por lo que no solo no había usado maquillaje desde hace mucho tiempo atrás, sino que, para empezar, era algo que no tuvo espacio en mi mente en absoluto. ¿Maquillaje?, ¿peinarme bien? ¿A quién le importaba? El mundo se estaba acabando y yo debía hacer algo al respecto. Comer y dormir correctamente tampoco eran prioridades hasta el momento.

—Permite que me encargue —dijo mientras tomaba un frasco de pintura de uno de los estantes de la habitación y sujetaba una brocha humedeciéndola.
—No, no, gracias. Estoy bien.
—Destacas más con tu rostro impecable.
—No me importa si paso desapercibida o no. Simplemente… no es mi estilo —dije intentando no ser grosera.
—No te preocupes, querida. Esto no se me da mal. Todos usamos este estilo, como puedes ver. No te avergüences de ello, incluso si es nuevo.

Puesto que ya llevaba un atuendo completamente fuera de lugar, supuse que un poco más de excentricidades no harían la gran diferencia. Wekatta era lo suficientemente amable como para permitirme ser distante.
Asentí dándole mi autorización y ella comprendió mi señal.

Con pintura color rosa cubrió mi nariz, labios, mejillas y frente, para después pintar una línea que se extendía hasta mi cuello. Luego tomó la pintura de color azul claro y pintó mis párpados y alrededor de mis ojos, para después seguir con el color blanco, dibujando desde debajo de mis ojos dos líneas blancas que pasaban por las comisuras de mis labios y se extendían hasta mi cuello.

Podía parecer un maquillaje simple, pero tomó su tiempo de elaboración. Wekatta estuvo en silencio mientras realizaba cada movimiento con la brocha, como si se reservara la conversación para la caminata de más adelante.
Al finalizar guardó los frascos con las pinturas y las brochas, me dio el visto bueno y sonrió al sentirse satisfecha con el resultado. Según ella, ese era el maquillaje de toda una saqueadora, por lo que yo me sentí ligeramente atemorizada. ¿Qué se supone que debería saquear, de todas formas?

—¡No te preocupes! —Sonrió—. ¡No es como si te fuese a poner en peligro a propósito! Ya que estamos, los pigmentos están por terminarse… ¿Te gustaría ayudarme a conseguir los ingredientes para hacerlos? Además, tu maquillaje es realmente el de una merodeadora. Te brinda cierta libertad. ¿Vamos, entonces?
—Sin problemas —dije.

Me tendió un canasto para que lo llevara conmigo. Si tenía la posibilidad de indagar por ahí mientras fingía estar de su lado, haría lo que fuera. Conseguir la información que necesitaba era todo lo que quería.
Wekatta me ayudó a ponerme el casco. La apariencia que me daba dicho accesorio se me hizo algo familiar. No obstante, me abstuve a preguntar.

Bajamos por la montaña. Cuando pasé a un lado de cada miembro del clan me vi desapercibida. Muchos tuvieron que sentirse curiosos con el rostro que no habían visto muy seguido por ahí, pero pareció no importarles. Pasamos cerca de la hoguera, y después me asomé a la orilla del barranco. A lo lejos se miraban los rayos del sol haciendo contraste con la montaña de enfrente; los pinos se dispersaban y decoraban perfectamente los suelos llenos de blanca nieve.

Sí, estaba lejos de casa.

Seguí el paso de Wekatta yendo un poco detrás de ella. Todo se sentía increíblemente diferente. Cuando estuvimos casi fuera del campamento cruzamos un puente de madera adornado con varias estacas a los lados, también pigmentados con los colores que me habían estado rodeando los últimos días: rosa, blanco y azul.
Al pasar el puente, estuve rodeada de blanca nieve y un sendero donde apenas se asomaban las rocas y las flores silvestres por el suelo. Me abracé, de repente se había puesto muy frío pese a los brillantes rayos de sol de aquel bonito día. ¿Y se suponía que era un día cálido? En comparación con los demás, quizá. Pero seguía siendo terriblemente helado.
Los dedos de los pies comenzaron a sentirse entumidos, mi estómago estaba teniendo espasmos y sentí la necesidad de frotarme una y otra vez los brazos. Afortunadamente mi rostro era lo único que había sido maquillado.

Lo que llamó mucho mi atención fue ver a Wekatta llevando un arco y flechas a su espalda mientras llevaba una lanza en la mano. Sabía que era inusual, pero por obvias razones mantuve mi distancia en todo momento.

—Comencemos reuniendo bayas y, ¿te parece bien si me ayudas a juntar flores azules?
—Claro. Aunque no creo que sea fácil hallarlas con esta nieve.
—¡Las hay! —dijo sonriendo.

Caminamos un rato hasta que pude ver las flores que necesitaba. Nos alejamos bastante de nuestra ubicación principal. No era como si fuese imposible volver, pero la montaña se veía lejos y tuvimos que abandonar aquel relieve disparejo para poder adentrarnos a donde encontraríamos los materiales que necesitábamos para la pintura. Por fortuna, había una pradera en una zona que podía considerarse "cercana", pese a la lejanía que podía significar para mí. Vi a lo lejos y pude percatarme de que la luz anaranjada del sol pintaba la nieve en la punta de las montañas. Tomaría un tiempo volver.

Corté con cuidado los tallos y los fui apilando sobre el canasto que llevaba en el brazo. Estaba demasiado ida como para darme cuenta de un detalle muy importante que aquellas flores poseían hasta que de repente caí en cuenta de la realidad. Todavía con una de las flores en la mano observé el tallo y lo inspeccioné; cada pétalo, casi hoja, cada rama sobre el suelo.

—Wekatta… —dije para llamar su atención. Apenas se giró a verme y continué diciendo—: Estas son Muscari, ¿cierto?

No dejé de observar la flor como si se tratara de algo insólito.

—Son las Flores del Cielo —dijo.

Eran flores muy hermosas de color azul que, según creía, llevaban mucho tiempo extintas. Suspiré profundo. ¿Me equivocaba?

—Es increíble… Y toda la pradera está llena de ellas. Ahora que lo veo, este lugar está lleno de plantas que creía que ya no existían. Son como las semillas que guardé en el búnker antes de… Ay, mi cabeza. —Puse mi mano sobre mi sien.
—¿Pasa algo, Gaia?
—No, estoy bien.
—No te esfuerces demasiado, querida. Con esas flores que llevas contigo van a ser más que suficientes.

Sin importar sus palabras seguí juntando flores hasta formar un ramo decente.

Con el pasar de los minutos volvía a desesperarme. No solo por el frío que calaba hasta mis huesos, sino porque en mi mente seguía con la incógnita de que afuera de las tierras que estaba pisando podría encontrar a alguien que comprendiera mi situación. Quizá alguien me conociera.

A veces quieres ir a donde todos saben tu nombre.

Me separé un poco de Wekatta. Estaba tan concentrada admirando la belleza de la pradera que no le di demasiada importancia al hecho de que me estaba alejando de mi posición principal. Estaba concentrada en mi labor, cuando de repente el estruendo de la tierra temblando me sacó de mis pensamientos. ¿Un terremoto? No, era otra cosa. El suelo retumbaba como si hubiera cerca una carrera de caballos llevándose a cabo. Era curioso, incluso cuando tenía días libres fuera del trabajo —y rara vez los tenía— estaba demasiado ocupada ocupándome de labores propias a través de mi computadora que ahora cualquier cosa me parecía asombrosa; el espesor de la nieve, el aroma de las flores, el retumbar de la tierra, la ventisca de invierno…

Seguí a mis instintos y me dirigí a donde fuera que venía el sonido. Apenas girando por una gruesa pared de rocas y subiendo la colina, lo vi. Me quedé atónita una vez más, porque fue como volver a casa por un instante.

Estaba lleno de pastadores. Todos ellos estaban ocupados en la tierra, y otros cuantos estaban corriendo alrededor de la pradera. Me mantuve con los ojos muy abiertos al igual que mi boca, lo que me hacía tener una imagen estúpida de mí misma, pues, ¿qué acaso no era las máquinas de Faro? Esas eran las máquinas que…

Por supuesto que conocía su peligrosidad, sin embargo, según recordaba, la programación de los pastadores era siempre un poco más gentil que el resto de ellas, por lo que supuse que acercarme con cuidado no traería problemas. Si las maquinas estaban cerca, podría encontrar un búnker y ser capaz de encontrar alguna tecnología que pudiera ayudarme. Quizá hasta podría hablar con GAIA y pedirle que me ayudara a topar con Elisabet.
Me escurrí lo más sigilosa que pude y me mantuve agachada con algo de distancia. Después de todo, tanto la presa como el cazador quedan al descubierto en una pradera. No fue más de dos minutos que mantuve mi posición cuando las máquinas se percataron de algo. Su luz cambió de azul a rojo y salieron corriendo a toda prisa, pero no fui yo quien las asustó. Sentí el peligro cuando vi la máquina que había sido la causante de su terror: un acechador.
Sentí un miedo enorme cuando me di cuenta de que no tenía idea de a dónde ir ni con qué defenderme. Esa cosa se había dado cuenta de mi presencia justo cuando, al intentar retroceder, una rama por debajo de la capa de nieve crujió debajo de mis pies.

De inmediato la máquina se giró hacia mí y se puso en alerta. Se volvió completamente invisible, logrando camuflarse entre el color blanco de la pradera. Estaba totalmente al acecho, dando giros de un lado a otro esperando dar conmigo. Me puse de pie con histeria, pero no supe qué hacer. ¿Estaba bien acercarse a la máquina e intentar desenchufarla? No tenía mi foco para poder intentar encontrar una falla en ella y no sabía qué hacer. Si mis recuerdos no fallaban, esa cosa comenzaría a atacarme pronto.
Me alejé corriendo, pero el acechador corrió detrás de mí por reflejo. Justo cuando estaba a punto de ocultarse detrás de una roca que estaba cerca de uno de los arbustos, esa bestia de metal se arrojó sobre mí ocasionando un terrible rasguño en mi hombro que, de no ser por la armadura, habría sangrado muchísimo más.
Puse de inmediato mi mano sobre la zona herida, se tiñó de rojo. Cuando quise volver a retroceder, una bengala salió disparada hacia arriba y luego otra. ¡Esta cosa de verdad era inteligente y quería matarme!
Corrí cuando usó uno de sus ataques a distancia que, aunque pude esquivar logró provocarme una quemadura no muy grave en la pierda. Las minas de la máquina eran peligrosas. Maldita tecnología de Faro.

Me quedé recostada sobre la nieve y cuando la máquina planeaba arrojarse sobre mí otra vez tan solo pude arrastrarme hacia un lado para que el daño no fuese lo suficientemente grave, si es que podía al menos hacer eso. Aunque, el acechador no fue capaz de hacer mucho, pues una flecha atravesó su lanzaminas y una segunda flecha lo desprendió de sus generadores de sigilo.
Luego su antena y después su núcleo. La máquina quedó tendida sobre la nieve totalmente destruida a tan solo centímetros de mí.

Mi cuerpo temblaba, me quedé boquiabierta.

—¿Qué demonios estás haciendo? —me dijo Wekatta que apareció detrás de mí, hablando con un tono no muy amigable como el de antes—. Y si ese acechador lograba partirte por la mitad, ¿cómo se lo explicábamos al mariscal Fashav?
—Yo creí que…
—Cielos, tan solo te di unos minutos de libertad. ¿Es tan difícil quedarte quieta? Mira tu ropa, está llena de sangre.

No me di cuenta de ello hasta que vi la tela que cubría mi hombro. Rojo carmesí.

—Levántate. Dame la mano —dijo tendiéndome la suya—. Volveremos al campamento.

Tomé su mano y me puse de pie. Íbamos de regreso cuando pensé: «¿realmente hace tanta falta ser obediente en estos casos?»
Para mí, la respuesta más lógica fue pensar que no. Entonces deslicé mi mano de la suya y olvidándome de darle las gracias por su anterior acción, salí corriendo hacia la dirección contraria esperando meterme al bosque más cercano. Al diablo, no temía perderme.

—¡Gaia!, ¿qué haces? ¡Vuelve inmediatamente!

No me di la vuelta ni para mirarla un segundo más. Solo seguí corriendo. Tenía la esperanza de toparme con alguna persona civilizada con la que pudiera entablar una conversación normal. Necesitaba llegar a alguna base de información y conseguir conectarme con GAIA al menos una vez.
Solo escuchaba la voz de Wekatta que me llamaba y me pedía que volviera. Primero cerca y luego más lejos… Y después me di cuenta de que me estaba siguiendo porque pude oír las ramas crujir detrás mío bajo la suela de su calzado.

A pesar de que fui capaz de correr una gran distancia, la herida me dolía y los muslos se me entumecieron. ¡Cielos! Hace unos días no era capaz ni de ponerme de pie y ahora me había echado una carrera de ese calibre. No era capaz de mover un músculo más. Me desplomé en el suelo cuando Wekatta me alcanzo y se arrojó sobre mí, logrando atraparme con todas sus fuerzas. Era fuerte, de verdad muy fuerte.

—¡Ni creas que serás capaz de escapar! Debí haberlo sospechado. Y yo que tenía fe en ti.
—Si estuvieras en mi lugar… sabrías que… lo que están haciendo… no está bien… —dije con dificultad, pues su agarre me estaba asfixiando.
—¿Qué dices? Soy más indulgente que cualquier otro Tenakth con el que te podrías encontrar.
—D-Déjame ir…
—Claro que no. Volveremos a Cresta Rocosa. Si alguien se llega a enterar de lo que has hecho nos irá muy mal a las dos. Anda, sé que puedes caminar.
—¿Caminar? Claro que puedo, pero, muero de frío. Si este es el mejor atuendo que tienen, me siento disgustada.

Evidentemente ese fue un insulto para Wekatta pero supo disimularlo bien. No era la clase de persona que arma alboroto por cosas simples.
Cuando volvimos al campamento me faltaba el aire y tenía la garganta seca, por lo que de inmediato fui atendida con una jarra de agua. No obstante, Wekatta se mostró distante conmigo y Jekkah apenas volteó a verme, pero, a través de la fisura de la puerta pude notar que ella siguió reprendiendo a la otra por haberme dejado ir.

Jekkah estaba curándome la herida. Untaba un brebaje en mi hombro luego de haber humedecido un trapo con él. La frescura de las hierbas se sentía bien, era una mezcla entre frío y caliente. Al principio dolía, pero después comenzaba a ser una sensación relajante. Puso un vendaje alrededor del hombro y hubo terminado. Mientras ella desempeñaba esa tarea no me dirigió la palabra. No porque estuviera enojada conmigo, pues me pareció verla cavilar en medio de su silencio sobre algo ajeno a mí.
Salió de la habitación y la perdí de vista. Lo mejor era acostarme e idear otro plan de escape mucho más inteligente. Después de todo, la gente de la tribu no se miraba exageradamente fuerte. Deduje que con algo de tecnología podría controlar a las máquinas y llevármelas lejos para mí.

Afuera de la habitación había dos guardias que no me dejaban salir. El día fue trascurriendo rápido y mi castigo a aquella acción tan imprudente fue el completo aislamiento justo como en los días anteriores.
Pasaron las horas hasta que el sol se hubo ocultado por completo. Estaba recostada en la cama medio dormida cuando de pronto Wekatta entró con una charola con comida y una bebida que se asemejaba al chocolate caliente o algo similar.
Al verla me senté en la orilla de la cama, me tallé los ojos y esperé a que me tendiera la bandeja. Lo hizo y la tomé. Creí que mencionaría lo terrible que se veía mi maquillaje o algo por el estilo, pero no lo hizo.

—Mañana temprano te llevaré con nuestra líder Kivva. Ha solicitado verte antes de que Fashav vuelva. Después de que comas puedes hacer lo que desees, siempre y cuando permanezcas en el campamento.
—¿Qué va a pasar conmigo?, ¿por qué no me dejan ir?
—Porque como te diste cuenta, afuera es peligroso.
—Si me ayudas a llegar a una base de información, puedo sabotear a las máquinas. Te lo juro. Eso es todo lo que quiero… Cuando me haya encontrado con mi equipo puedo volver y ayudarlos si es que ese es su problema.
—¿Sabotear a las máquinas?
Yo asentí. Wekatta dijo:
—Come. Cuando termines sal de la habitación y despeja tu mente. Recuerda que estás siendo vigilada cada minuto.

Conversar seguía siendo una tarea difícil. Tan solo comí y terminé aquella bebida que se asemejaba al agua de horchata. Dado que no soportaba el cruel frío nocturno, me quité la ropa Tenakth y tomé mi ropa recién lavada que yacía doblada en una orilla de la cama. Volví a vestirme con ese conjunto mucho más familiar: mi sudadera blanca, pantalón gris y mis tenis blancos. No era precisamente muchísimo más cálido que la ropa local, pero al menos me cubría completamente y no era pesado.
Me puse la capucha para que cubriera mis oídos del aire helado. Mi cabello se revolvía.

Apenas salí de la habitación bajé las escaleras y me senté frente a la fogata. No en la fogata que estaba en el centro, sino en una más pequeña que estaba solitaria sobre la fría nieve. Estiré mis manos para calentarlas con el fuego. De repente la sensación volvía a ser nostálgica y familiar. La brisa no permitía ver más allá de la montaña, apenas se percibían las puntas de los pinos entre la espesa neblina. La percepción del tiempo era distinta para mí desde los últimos días… Las horas iban y venían y yo no me percataba de ellas. Sin embargo, si hubiera sabido que ya llevaba tres horas delante del fuego en completo silencio únicamente observando el horizonte, habría preferido volver a la habitación y acurrucarme de una vez entre las mantas.

A mis espaldas permanecía el Clan del Cielo al pendiente de mí. Sin embargo, ahora estaba más cuerda que antes. No intentaría escapar con la ventisca que se avecinaba y el espesor de la nieve acumulada. Estando frente a la luz del fuego me sentía protegida, pero mi espalda estaba helada. Solo me abrazaba a mí misma mientras pensaba: «Lis, ¿cómo estás?»

Cuando el sueño se estaba apoderando de mi ser decidí que lo mejor sería volver a mi habitación y quedarme allí hasta el día siguiente, cuando Jekkah o Wekatta me dijeran que era hora de marcharme. Estaba dispuesta a lo que fuera con tal de aventurarme hacia lo desconocido y encontrar respuestas.
Estaba acostumbrada a dormir con el calzado, los ataques de ansiedad habían comenzado a aparecer de un momento a otro y tenía la constante sensación de que necesitaría salir corriendo en cualquier momento de la noche. Casi en la madrugada me di cuenta de que una de las chicas me había dado una visita puesto que la jarra de agua estaba llena otra vez. Al menos podía sentirme protegida en ese aspecto.

También, durante los últimos días, me percaté de algo curioso, y era que la gente del Clan del Cielo hacía guardia nocturna sin falta. A pesar de encontrarme dentro de la campaña, distinguía las luces de las fogatas al exterior, así como las sombras de los Tenakth merodeando de esquina a esquina con sus arcos y lanzas. ¿De qué estaban tan alertados? Sentía demasiada curiosidad, no obstante, pensé que dedicar mis energías a esos pensamientos no sería lo mejor.

Por la mañana me desperté temprano a pesar de que lo más regular en mi sería ayudarme con un despertador digital. Uno de los guardias entró a mi habitación y terminó con mi sueño bruscamente diciendo: "¡Hey! La señora Kivva te llama. ¡Levántate inmediatamente!"
Como si no bastara con semejante falta de tacto, me sacudieron con una lanza hasta hacer desaparecer todo rastro de modorra. Meneé la cabeza y me puse de pie; ni Jekkah ni Wekatta estaban. No había ni bebida ni desayuno esta mañana. Dado que no podía quedarme esperando para siempre y ser reprendida después, me acomodé el cabello sacándolo de la capucha de la sudadera, usé nieve derretida para limpiarme el maquillaje esparcido y salí de la habitación removiendo la tela. Una mujer que no conocía me esperaba.

—Buenos días. ¿Estás lista? —dijo. Me escudriñó de pies a cabeza. Era evidente que mi atuendo le provocó inquietud o una sensación no muy ajena al desagrado.
—¿Lista para…?
—Te llevaré con Kivva, nuestra líder. Puede que esta mañana lleguen por ti. Sígueme.

Entonces yo la seguí. No era tan amable como Jekkah ni cargaba consigo la inquietante hospitalidad de Wekatta, pero lucía como una buena persona.

—Soy Kettah. Un gusto conocerte, Gaia. Disculpa que te llame así. Todos por aquí se refieren a ti con ese nombre, porque tengo entendido que no te acuerdas de tu nombre real.
—Así es. ¿Jerrah y Wekatta te lo dijeron?
—Sí. Han intentado hacer su trabajo lo mejor posible pero no han logrado averiguar mucho sobre ti.

Seguimos caminando hasta llegar al puente que conectaba con mi posible libertad. Allí estaba quien parecía ser Kivva. Al verme sonrió sutilmente. Debido a que tanto Wekatta y Kettah habían mostrado interés por el control de las máquinas, supuse que podría usarlo a mi favor. Además, no tendría nada de malo usar esas intenciones para intentar hacer algo bueno por ellos de paso.

—Veo que por fin has despertado de tu sueño casi eterno —dijo la líder Kivva al verme fijamente con media sonrisa.
—Sí… Gracias por acogerme.

Incliné la cabeza, pues no veía que fuese la cosa más normal del mundo el dar un apretón de manos.

—Y también puedo ver —dijo a la vez que posaba su mano sobre mi hombro—, que la imprudencia de alguien te ha costado caro.
—Es solo un rasguño… —dije haciendo una mueca de incomodidad, aunque el dolor punzante había desaparecido gracias a los ungüentos de antes.
—El punto es que no tenías permiso para salir de Cresta Rocosa. No te preocupes, no estoy molesta contigo, sino con mis muchachas por haber permitido tal cosa.
—Por favor no las castigue severamente. Han sido buenas conmigo.

Al oír mis palabras Kettah hizo un gesto compasivo. Permaneció junto a la líder y conmigo a modo de centinela.
Kivva sonrió y retiró su mano de mi hombro. Luego me preguntó que cómo me sentía, que cuánto recordaba antes de llegar allí. Yo le respondí lo mismo que a Jekkah y Wekatta a pesar de los días que habían transcurrido desde entonces. Nada había cambiado, salvo mi pulsante sentido de encontrar a Elisabet.

—¿Sabes algo, Gaia? No es normal encontrar gente como tú. Hay muchas partes de la tribu que querrían hacer cosas terribles si se enteran de dónde provienes. ¿Lo entiendes?
—¿De dónde… provengo? Se refiere a… ¿mi país?
—No, me refiero a Los Diez. Eres una de ellos, ¿cierto? Por eso vales mucho.
—Eh, no, no. Por favor déjeme hablarle —dije, tomando el riesgo de que mis palabas pudiesen ser interpretadas como una ofensa—. Gracias a que tuve la oportunidad de salir de este campamento me di cuenta de algo que no puedo ignorar. ¡Está lleno de bestias de metal por todas partes!, ¿alguna vez se han preguntado por qué? —No obtuve respuesta. Seguí diciendo—: Es cierto que no puedo recordar mucho de mi vida antes de llegar aquí, pero, esas bestias de metal se sienten familiares de algún modo, y sé que puedo controlarlas…
—¡¿Controlar a las máquinas?! —exclamó Kettah.
—No es imposible —dije.
—Ciertamente no es imposible. El Clan del Desierto lo ha hecho varias veces. Sin embargo…
—Hablo de controlarlas todas. Absolutamente todas —expliqué.
—¿Te sientes capaz de ello? —me cuestionó Kivva.
—Sí, señora.
—¿Por qué habríamos de confiarte eso a ti? —preguntó Kettah esta vez.
—Estuve junto a Ted Faro cuando todo se salió de sus manos.

Entonces, cuando se dieron cuenta de que no entendían ni una sola palabra de lo que yo estaba hablando, se percataron de que podrían confiar en mí. Después de todo, ¿serían capaces de entender las palabras de Los Antiguos? Seguramente no, y eso era mejor para ellos. Lo que a mí me causaba intriga era la razón de ellos para querer controlar a las máquinas.
Algo de mentira había en mis palabras, y era que ni siquiera yo misma sabía si podría reparar el daño de Faro. Pero si se me había dado una segunda oportunidad para vivir y no morir, la tomaría e intentaría reparar lo que ya había abandonado antes. Estúpidamente seguía teniendo la idea de que trabajar con Elisabet me ayudaría a reparar mis problemas y los del mundo una vez que la encontrara. Estaba bien cumplir con los caprichos de esta tribu siempre y cuando pudiera beneficiarme a mí misma también, ¿cierto? No estaba haciendo nada malo por ninguna de las dos partes.

Aunque, en ese instante ignoraba por completo cuán grande podría ser la tribu Tenakth y su territorio. Sin darme cuenta, el destino me había puesto en manos de la gente más violenta del nuevo mundo. Por supuesto, yo no tenía ni la más remota idea.

Supuse que las respuestas a todo saldrían a flote pronto. Llegar a una base estaría bien para mí, y una vez con ello, conseguiría la tecnología necesaria para ponerme a trabajar de inmediato. Una vez de vuelta en la ciudad, podría entregarme a las necesidades del mundo. A este punto temía que mi nombre siguiera difundiéndose por el mundo a través de las noticias, pero poco después pensé que recordar mi nombre y otros cuantos detalles más no estaría mal.

Una ráfaga de viento me devolvió a la realidad. Esa mañana estaba pintada por el cielo rosa del fin de madrugada y el sol recién comenzaba a salir de entre las montañas. La nieve caía ligeramente acomodándose entre las fibras de mi cabello. Me abracé a mí misma por instinto.

—Antes de que te marches haré que te preparen un atuendo que se adecúe a ti. No podemos dejar que el invierno te mate.
—Estoy bien, gracias. —Temí que se tratara de otra pesada armadura que me dejara el abdomen al descubierto.
—En fin. Voy a aclarar tu punto cuando Fashav haya regresado. Si no es capaz de volver en menos de una hora, ya habrá enviado a alguien por ti.
—Disculpe, pero, ¿a dónde me envían?
—Tu destino principal sería la Arboleda. Pero, ahora depende de la decisión de los mariscales. Lo importante es hacer uso de tu talento. Con ayuda de este viaje, es posible que encuentres las respuestas que necesitas. Abre tu mente y ayúdanos, por favor. Es posible que en medio del camino recuerdes quién eres. —Kivva sonrió.
—Gracias —dije con una capa de lágrimas en los ojos.

Llorar era todo lo que podía hacer últimamente en medio de la confusión.

Estaba expectante de lo que sucedería. No obstante, pasó algo de tiempo y no se miraba que alguien fuese a llegar. Yo me mantuve al inicio del puente junto a la líder compartiendo conversación la cual no era muy rica en información útil para mí, pero quizá para ella sí. Kettah ocasionalmente decía algo solo para añadir más preguntas a la conversación. Cuando algo de tiempo hubo pasado, los chicos exploradores que servían a Kivva volvieron con noticias. Se les veía algo cansados por el largo recorrido entre espesa nieve.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó su líder.
—Señora… —exclamó Pivallo—. El mariscal Fashav tiene un retraso, pero nos pidió pasarle el siguiente mensaje: "Por favor espere un poco más. Este retraso podría tener un significado de valor para el futuro de la tribu".
—Ahora mismo se encuentra descansando de su viaje en Riscovigía —informó Ezekko.
—¿Descansando en Riscovigía?, ¿por qué razón haría eso? Teníamos un acuerdo.
—Al parecer el jefe Hekarro se ha interesado por Gaia. Pero antes de eso, creyó que sería mejor que conociera a los demás mariscales, según el señor Fashav, para que comprendiera la situación —hizo saber Pivallo.

Al oír aquello me di cuenta de que todos ya habían comenzado a llamarme así incluso antes de que despertara de mi sueño. Seguro adopté ese nombre desde que los Tenakth me llevaron consigo. Además, al interesarse por mí, ¿se refería a mi valor en conocimiento tecnológico o…?

—¿El jefe Hekarro quiere a Gaia? Creí que la llevarían a Meridian.

A Kivva se le veía confundida. Estando al mando no estaba acostumbrada a cambiar sus planes de un momento a otro. No le agradaba la idea de redirigir las acciones de sus subordinados. Afortunadamente había enviado desde temprano a Ezekko y Pivallo al encuentro con Fashav por cualquier inconveniente.

—Hubo un cambio de planes, según pudimos oír, señora. Al parecer ya han sospechado que esta chica tiene un conocimiento incomparable. La han llegado a comparar con la Redentora de Meridian, incluso.
—Entiendo, entonces el mariscal Kotallo se encuentra en camino para mantenerla bajo su custodia hasta que llegue sana y salva a la Arboleda…
—No está de más mencionar que la Ungida desea verla, aunque por el momento se desconoce su paradero. Hace tiempo que estuvo en contacto con el jefe. Hay sospechas para creer que su último avistamiento fue en la tierra de los Utaru.
—Entiendo, gracias por el mensaje. Pueden pasar a descansar y comer algo. Puede que necesite de su apoyo más tarde.
—Sí, señora —dijeron al unísono y retomaron su camino.

Al pasar por mi lado apenas desviaron la mirada. Sí, mi apariencia resaltaba e incluso incomodaba a los demás. Diferente no era una palabra suficiente para describirme en medio del mundo en el que desperté.

—Entonces, joven Gaia, esperemos. No te preocupes… Sabiendo esto, ahora puedo reafirmar que estás en buenas manos —me dijo Kivva con una sonrisa amable.

Me pareció extraño que Kivva y Kettah me estuvieran mostrando tanta libertad desde que había despertado. Era muy probable que Wekatta no le haya contado a nadie sobre mi intento fallido de escapar. Me sentí aliviada por eso; de cualquier forma, intentar escapar ahora que todo el clan tenía la vista sobre mí sería totalmente imprudente. Debía resistir y confiar en el resto, ya tenía un acuerdo con ellos y conmigo misma.

Estuvimos las tres a la espera, hasta que, pasada una hora y media según mi criterio, pude divisar dos figuras masculinas aproximándose desde lo bajo de la montaña.

Nota: No estoy segura de los pronombres de Wekatta. La verdad es que su aparición en el juego es breve y aunque gusta de usar ropas femeninas y tiene un comportamiento delicado, tampoco es como si nos aclararan si se trata de una mujer transgénero o simplemente un muchacho con un estilo refinado. Sin embargo, he decidido tratarla como a una mujer en esta historia. Si me equivoco, de antemano me disculpo. Comentarios constructivos al respecto son bienvenidos.