6.- Punto de partida.

Nota: En esta historia Kotallo tiene sus dos brazos, al menos hasta que se diga lo contrario. Además, les hago saber que he visitado una y otra vez el mapa del juego para poder ubicar los sitios en este fanfic pero la verdad es que no termina por gustarme mucho, así que no esperen que todo sea exactamente igual al Oeste Prohibido que ya conocemos. ¡Gracias por seguir leyendo! :)

Entorné la mirada. Conforme se iban acercando pude observarlos a detalle; sus rostros, sus ropas, sus cuerpos tatuados y su andar. Sí, ambos varones eran intimidantes. Sin darme cuenta me posicioné detrás de Kivva y Kettah esperando recibir protección.

—¡Señores mariscales! Bienvenidos —dijo Kivva—. Los esperábamos.

Kettah hizo una reverencia. Yo quise imitarla, pero me quedé quieta como un trozo de hielo.

—Siento la tardanza. Espero que sus subordinados hayan llegado con bien y le hayan comunicado mi mensaje, señora —dijo Fashav educadamente.
—Oh, desde luego que recibí el mensaje, hace un rato que mis chicos llegaron. —Kettah se mantuvo en silencio por un efímero momento y se vio en la necesidad de agregar—: Esta de aquí es Gaia. Fashav, tú ya la habías visto. Aun así, me gustaría que la ayudaran a reconciliarse con el entorno. Hace muy poco tuvo una mala experiencia.

El hombre al que llamaban Fashav dio unos pasos para acercarse a mí y me ofreció una reverencia mientras sonreía cálidamente.

—Mucho gusto, señorita. Soy el mariscal Fashav. Espero que su estancia en Cresta Rocosa no haya significado molestias para usted.
—He recibido un buen trato —dije rápidamente.
—Oh. —Fashav demostró asombro. Se dirigió a Kivva y dijo—: Se ve vivaz. No supondrá una enorme carga, supongo.
—La chica muestra signos de buena salud y aunque tuvo problemas para caminar los primeros días, ahora se le ve muy bien —explicó ella.

De nuevo aquel efímero silencio. Kettah que solamente estaba ahí para respaldar a Kivva y seguir sus órdenes, no pronunciaba palabra alguna. Su presencia se notaba con asentimientos de cabeza y ademanes sutiles.

—Deberíamos hacerlo breve —dijo Kotallo—. El jefe Hekarro me pidió personalmente que le llevara a la chica, por eso estoy aquí. Si no hay objeciones que agregar, marchémonos ya.
—Kotallo, compañero. No hay necesidad de mostrar tal rudeza… —comentó Fashav con una sonrisa nerviosa.
—Es verdad. ¿Se han puesto de acuerdo con este asunto?
—Sí, señora. Verá, no pude quedarme callado con el hecho de encontrar a una persona de la era de Los Diez en medio de la nada. Envié a algunos de mis hombres a informárselo al jefe, ¿quién podría ser más digno en manejar la situación? Y, bueno, de una u otra forma el jefe pudo ponerse en contacto con la pelirroja. Al parecer, ella misma quiere verla. Se espera que el punto de encuentro sea a las afueras del Kulrut.
—"¿La pelirroja?" —balbuceé—. ¡¿Quieren decir que Elisabet está buscándome?!

Mi intromisión en la conversación hizo que los cuatro me dirigieran una mirada de perplejidad. Yo me callé enseguida. Sentí mucha vergüenza.

—¿Elisabet? —cuestionó Fashav.
—Según me han dicho mis chicas, ha estado mencionando ese nombre por días. Ayúdenle a buscar a dicha persona si lo ven necesario, por favor —pidió Kivva.
—Este… Yo… ¿tengo opción de negarme a este viaje? —pregunté.
—Cualquier signo de resistencia nos obligará a tomar acciones que, créeme, no van a gustarte. Nos hará el trabajo más difícil —dijo Kotallo con aquella mirada helada y voz carente de sentimientos.
—Entonces… ¿puedo al menos hacerles una pregunta?
—¿Cuál es? —cuestionó Fashav.
—¿Qué razón tiene su jefe para quererme con él?

Los mariscales compartieron miradas, como si con eso se dijeran el uno al otro lo que podían decir y lo que no.

—Bueno, es claro que has visto a las máquinas —dijo Fashav dirigiendo su mirada a mi hombro cuyo dolor no pude ocultar—. Necesitamos a alguien que nos ayude a controlar el comportamiento de esas bestias y, según el jefe, eres la herramienta indicada para eso.
—¿Yo?
—Una mujer de la antigua civilización aparece de la nada desde el fondo de una montaña en donde se ocultaba una base secreta de los Antiguos, cuyo origen es similar al de donde surgen las bestias de metal. Eres el puente entre el origen de nuestros problemas y su solución. ¿Quién si no?
—A… ¿A-Antigua civilización? —tartamudeé.

Fashav se arrepintió de haber hablado de más. No pensó mucho en mi estado mental, eso era evidente. Quizá sintió culpa o la misma vergüenza que yo experimenté hace pocos minutos atrás.

—Pobre mujer —vociferó Kotallo con media sonrisa a modo de burla.
—Uh… ¿Hablaron con ella sobre eso? —preguntó Fashav.
—No lo suficiente —contestó Kivva.

No conforme con dicha respuesta el hombre dirigió su mirada a Kettah, quien solo se encogió de hombros haciendo un gesto.

—Hablaremos en el camino —dijo Fashav.

Meneé la cabeza de lado a lado. La información era necesaria, por supuesto, pero la prioridad era formar ese vínculo de reciprocidad que tenía mi boleto hacia la libertad.

—¡Lo que Hekarro dice es verdad!, ¡puedo controlar a las máquinas! Pero… necesito ayuda. Si me llevan a donde se encuentra esta mujer pelirroja que mencionan, seguro puedo hacer algo por ustedes.
—¿Te sientes segura de ello? —me cuestionó Fashav.
—Desde luego —dije, aunque había un poquito de mentira en mi afirmación. Solo había una cierta cantidad de máquinas que había aprendido a controlar durante su creación y no estaba realmente segura de poder hacerlo ahora.

Se miraron unos con otros. En evidencia de que yo no tenía derecho a negarme y que, por el contrario, me sentía con ánimos de colaborar con ellos, la decisión ya estaba tomada. No había necesidad de armar alboroto alguno.

No hubo tiempo de cambiarme de ropa, tan solo me dieron una capa para cubrirme del intenso frío. "Ya encontraremos algo adecuado para ti en uno de los campamentos" fue lo que dijo Fashav.

Me encontraba de nuevo arriba, cerca de la fogata que ahora estaba apagada, mientras me ajustaba en el cuello la capa que también actuaba como bufanda. Antes de mi partida, Wekatta y Jekkah aparecieron por detrás.

—Entonces el momento de tu partida ha llegado, ¿no, Gaia?
—Jekkah…
—Serás libre como un pajarillo.
—Wekatta…
—¡No te preocupes! Estás bajo el ala de los mariscales, todo va a estar bien. La verdad es que ellos conocen mejor que nadie los caminos más seguros —dijo Jekkah con un aire de hermana mayor.
—Desearía ser tú, pequeña Gaia. Mira que viajar junto a dos hombres guapos… Qué suerte —dijo Wekatta, mostrándose deseosa por estar en mi posición.
—Pues yo no quiero ser yo ahora mismo —dije.

Kotallo me intimidaba bastante, y Fashav pese a haberse mostrado amable conmigo seguía teniendo la apariencia de todo un hombre rudo. No podía abandonar la inquietud.

—¡Bueno!, ¿qué se le puede hacer? Solo queda abrazarse a lo bueno y lo malo, y seguir andando… —comentó Wekatta cual filósofa mientras me ayudaba a ajustar mi atuendo, eliminando las arrugas de la tela con cuidado.
—Mucha suerte, esperamos verte pronto por aquí. No temas, estás en buenas manos.
—E-Esperen, chicas, ¿qué va a pasar con ustedes? Luego de lo de ayer… es probable que las castiguen por mi culpa.
—Ah, podrían duplicar nuestras tareas por una semana… —dijo Jekkah.
—O privarnos de la cena… —complementó Wekatta.
—Quizá hasta reducir nuestras esquirlas… —volvió a decir Jekkah.
—Tal vez tratarnos como a los parias… —supuso Wekatta otra vez.

Ambas se quedaron pensativas a la expectativa de lo que podría ocurrir en el futuro cercano. Yo estuve observándolas con miedo. No debía temer, porque a pesar de que terminé lastimada mi reacción más natural sería la de escapar, ¿cierto? Yo no tenía la culpa, Wekatta hizo algo que no debía y eso no debía relacionarse con mis responsabilidades sentimentales.

—Como sea, estaremos bien. —Jekkah se encogió de hombros.

Las vi un momento más, pensativa. En un mundo en donde no recordaba ni siquiera mi propio nombre, me fue impensable que debía separarme de ellas cuando me habían cuidado durante más de dos semanas.

—¡Gaia!, ¿estás lista? ¡La señora Kivva y los mariscales esperan! —exclamó Kettah desde el inicio del puente.
—¡Ahora voy!

Wekatta se acercó a mí y con cuidado me acomodó una flor entre el cabello. Con dedicación lo peinó y lo dejó presentable. Lamentablemente, sabía que el viento no tardaría en estropearlo.

—Buen viaje, querida. Golpea certera como Los Diez.
—Suerte, futura salvadora.

Agradecí y me incliné a modo de despedida. Era hora de partir.
Cuando llegué al puente, Kivva me dio la despedida y me encomendó a los dos hombres. Yo tan solo los seguí por detrás.
"Bueno —dijo Fashav—, aquí es donde nuestro recorrido comienza", y tras terminar sus palabras asentí esperando instrucciones que no llegaron. Al parecer, todo lo que había que hacer era seguir el paso tranquilamente. Bajamos la montaña. No estaba muy acostumbrada a ello y mucho menos con el viento gélido de la mañana, sin sumar que no había siquiera desayunado. De vez en cuando, cuando mis pies se hundían entre la nieve, Fashav me ofrecía su brazo para que fuera capaz de apoyarme en él. Era muy afortunada de tenerlo, pues el otro mariscal no mostraba un signo de interés. Kotallo era más rápido que nosotros, apenas y se volteaba de vez en cuando para estar al tanto de nuestro avance. Aprovechando que estuvo bastantes pasos de ventaja, Fashav me dijo:

—Kotallo es callado y algo intimidante, pero tiene un buen corazón.
—¿Ah, sí? Aparenta todo lo contrario —dije con cansancio.
—Su prioridad será la de protegerte desde este instante hasta llegar al Kulrut. Lo que pase después es un misterio.
—¿Qué es el Kulrut?
—La arena en la que valientes guerreros demuestran ser fuertes y dignos para ganarse la dicha de servir al jefe Hekarro como mariscales. —Añadió con una media sonrisa—: Sí, mi destino fue doloroso mucho tiempo, pero me considero afortunado de haber obtenido dicha oportunidad.
—¿Pelean unos con otros?
—Con las bestias de metal, desde luego. Hombres contra hombres… No lo encuentro atrayente. —Resopló con cansancio. Pareció haber recordado algo a juzgar por su silencio.
—Pues este señor mariscal y yo no nos llevaremos muy bien, probablemente —dije por lo bajo, manteniendo mi mirada en Kotallo.

Yo seguía tomándole del brazo. Descender de la montaña en compañía de Wekatta había sido más simple debido a que ella había elegido un momento correcto con sumo conocimiento del terreno; conocimiento que los dos hombres en mi compañía no poseían.

El recorrido fue complicado para mí pero simple para ellos. Afortunadamente el peligro estuvo lejos de nosotros. Nos cruzamos con colmilludos y lanceros, máquinas algo inofensivas en comparación con el resto.

Cuando llegamos a descansar a Riscovigía me quedé en la orilla del campamento. Según dijeron, sería un descanso de menos de una hora y seguiríamos. Fashav estaba al cargo de ello. Froté mis brazos para lograr entrar en calor. ¿Cómo era posible que los Tenakth soportaran semejante clima?

—Discúlpame, había olvidado ese pequeño detalle… —dijo Fashav apareciendo detrás mío—. Hablé con Dukkah, ella se encargará de darte un atuendo adecuado.
—¿Otra armadura pesada?
—No estoy seguro. ¿Prefieres hablar con ella?, es esa chica que ves allá —dijo mientras apuntaba con su dedo índice a la dirección de la mujer.
—Gracias… —dije y me retiré con su permiso. Al llegar hasta donde estaba ella agité mi mano sutilmente a modo de saludo—. Hola…, ¿Dukkah?
—Soy yo. —Sonrió—. ¿Qué se te ofrece?
—El señor Fashav me dijo que eres una excelente vendedora de atuendos, y también me dijo que podrías ayudarme a encontrar algo adecuado para mí.
—¡Claro! ¿Prefieres un tinte en especial?, ¿quizá un detalle que combine con el color de tus ojos?
—Busco algo que pueda protegerme de este frío. No estoy muy acostumbrada a las temperaturas bajo cero cuando solo uso una polera encima.
—¡Ja, ja! Entiendo…

Aunque dijo aquello, dudé que ella supiera qué era un polera.
Me invitó a seguirla dentro de la tienda y buscó entre su enorme armario mostrándome toda clase de ropajes hermosos que al parecer no solamente se conformaban por los atuendos típicos de su tribu. Había toda clase de colores y texturas. Entre todos ellos, hubo un traje que me llamó la atención.

—¿Podría tener este? —pregunté mientras lo tomaba. Era suavecito, cálido y ligero.
—Oh, ¿te va mejor un atuendo Banuk? Claro que sí, todo tuyo.

Agradecí y salimos de la tienda. Aunque tuve el instinto por cambiarme de ropa al sentir el frío del exterior, tampoco es que deseara hacerlo de una vez debido a que no me había bañado todavía.
Dukkah extendió la palma de su mano hacia mí. Acababa de recordarlo… Algo debía darle a cambio, ¿pero de donde sacaría dinero ahora?

—No tengo idea de qué debería darte… ¿Hay algo que desees?
—¿Hay algo que poseas?
—Supongo que te han puesto al tanto de mí. No tengo nada.
—Sí, veo que no pareces de este mundo —dijo entre risitas—. En todo sentido.
—¿Qué significa eso? —cuestioné medio molesta.
—Y veo que no te han puesto al tanto de la situación. No te preocupes, chica. Estoy jugando contigo, esta vez lo dejo pasar. Llévatelo. De cualquier forma ese atuendo ya llevaba un buen tiempo aquí.
—Me hace sentir mal.
—¿Qué harás entonces? —dijo con media sonrisa poniéndome a prueba.
—Pues… Eh…
—¿Con esto es suficiente? —cuestionó Kotallo apareciendo de repente mientras le extendía algo con la mano para que lo tomase.
—¡Más que suficiente, mariscal! —Dukkah agradeció inclinando la cabeza.
—Perfecto. Gracias por atenderla —dijo el hombre. Girándose hacia mí, ordenó—: Cámbiate y vámonos.

Sea lo que sea que le dio, Dukkah lo llamó "esquirlas". Pensé que debería aprender al respecto. Yo le di las gracias a ambos, pero la única respuesta que vino a mí fue la de la vendedora. Seguí al señor mariscal. Caminaba sin intenciones de esperarme.

—Eh… ¡Kotallo! —lo llamé y logré captar su atención—. No podríamos… Eh, ya sabe, ¿tomar un descanso?
—¿Tomar un descanso? —espetó con molestia.
—No he comido nada ni he tomado un baño. No creo poder seguir después de haberme privado de ello.
—Supongo que no entiendes tu posición.
—¿Uh?
—Yo ordeno algo, tú obedeces. Es simple. Ahora es tiempo de marcharnos, la Redentora de Meridian espera.

Supuse que esa era la forma en la que habían decidido llamar a Elisabet. Cuando la recordaba, ciertamente mis ganas de poner excusas a la continuación del camino disminuían, pero tampoco podía descuidar mi estado de salud.

—Caminamos durante mucho tiempo sin descanso, Kotallo. ¿La chica no merece algo de reposo? El jefe Hekarro entiende estas situaciones normalmente —comentó Fashav que también apareció de la nada. Al parecer ambos eran amantes de escuchar las conversaciones ajenas.

Kotallo echó una mirada a Fashav y luego a mí, y se fue sin decir nada.

—Gracias.
—Por nada —dijo él. Tras una breve pausa siguió hablándome—. Descansaremos dos horas y luego retomarán el camino.
—¿Retomarán? ¿Quiere decir que…?
—Escucha, Gaia. Tengo la responsabilidad de conocer tu estado y paradero dado que fue mi pelotón quien dio contigo en esa instalación. Pero, tengo otros cargos. En estos momentos los Tenakth y la gente de Meridian lo están pasando mal y tengo que volver. —Hizo una pausa. Volteó a ver el horizonte casi como si hablara para sí mismo—. Yo soy el puente entre Avad y Hekarro.
—No creo entender.
—Disculpa por no habértelo dicho antes. Kotallo y tú seguirán su camino sin mí. Me quedaré hasta mañana aquí en Riscovigía, mis hombres vienen en camino.

Sentí una opresión en el pecho. Pese a que solamente habían sido unas cuantas horas, ya había logrado sentirme segura junto a Fashav. ¿Por qué ahora debía irse? Sentí pena por mí.
Sin embargo, pudimos intercambiar las suficientes palabras como para despejar mis dudas acerca del recorrido que estaba por atravesar. Mientras estuviera con Kotallo no debería ser difícil atravesar toda clase de dificultades, o eso era lo que pensaba. Fue lógico para mí imaginar que el mariscal estaría al cien por ciento de mi cuidado hasta que yo llegara con el tan mencionado jefe Hekarro quien con tanto anhelo deseaba tenerme de frente. Pero, al parecer los planes eran otros y yo tardé mucho en darme cuenta de ello. Mi estancia en Riscovigía al final fue más larga de lo acordado, lo que me hizo pasar otra noche en dicho lugar. El frío era tan seco que apenas y me permitía respirar con normalidad… Dormí llena de pieles cálidas y fui atendida con bebidas calientes de todo tipo que, según mi percepción, se conformaban de flores secas y maíz.
Ciertamente la partida del mariscal Fashav me hizo sentir un agujero en el corazón. Sobre todo porque al sentirme como si hubiera viajado en el tiempo hacia un pasado muy remoto, no tenía forma de comunicarme con él salvo enviando un pergamino o algo por el estilo. Pero no. Estaba en el momento presente y las máquinas estaban allí para recordármelo en cada instante. Por supuesto que estar rodeada de personas pertenecientes a una tribu desconocida me hacía sentir extraña y temerosa, pero yo siempre había sido «y sigo siendo», me dije, una protectora del mundo.

La cosa era que seguir con el recorrido era en extremo peligroso y exponerse a perderme no era una opción muy inteligente para Kotallo. Por supuesto que yo no quería adentrarme a la peligrosidad del mundo real, pero si era el único camino que me llevaría con mi tan adorada mentora entonces lo haría. Quedarse en Riscovigía a pasar la noche era una opción prudente, la cual nos había ayudado para reponer el sueño, aliviarnos del dolor de las articulaciones causadas por el frío y la caminata, así como proveernos de alimentos para el momento presente y el camino que nos esperaba. También tuve la suerte de conseguir después de mucho tiempo un baño, el cual afortunadamente fue uno caliente. Bastó con poner un cubo de agua de metal sobre la fogata encendida y utilizarla después para lavarme el cabello y cuerpo. Fue como quitarse las molestias de encima, tanto físicas como mentales. Estuve exhausta durante mucho tiempo.

Cuando fue el día de partir, Kotallo se encontraba esperándome en la entrada del lugar listo para continuar con nuestro camino. Llevaba controlados dos galopadores, uno que yo montaría y otro que era su medio de transporte. Dado que yo ya había desayunado me sentía mucho mejor que el día anterior. Justo como la noche previa durante el momento de la partida de Fashav, el olor a la madera quemada y el aroma de las flores estuvo haciéndome compañía en el campamento. Yo no era precisamente una persona a la que le gustara probar suerte y dormir en distintos lugares cada dos o tres días en medio de un montón de desconocidos, pero la vida no me había dado muchas opciones.
Yo ya estaba cambiada con mi nuevo atuendo y el cabello suelto y bien lavado. La flor que había estado adornando mi pelo la guardé en uno de los bolsos de mi ropa.
Cuando estuve por fin portando aquel atuendo Banuk, me sentí satisfecha con mi elección. Los colores azul y celeste eran bonitos y la tela era cálida y ligera. Dukkah dijo que me quedaba bien y yo le di las gracias, para luego darme cuenta de que Kotallo me observaba curiosamente desde la distancia con una expresión de forzado descontento.

Tomé la bolsa con las provisiones para el viaje y la llevé conmigo. La correa cruzando por mi pecho.

Hasta el momento todo aquel con quien me había cruzado había sido amable conmigo. Quienes no lo habían sido en su lugar habían demostrado sentir incomodidad o indiferencia por mi presencia. Cualquiera de las tres era aceptable, sin embargo, el mariscal Kotallo se había mostrado frío y distante conmigo y yo me preguntaba por qué. Era evidente que la misión de cargar conmigo no era una tarea que le emocionara realizar, ¿pero si íbamos a estar tanto tiempo juntos no podía mostrar una mejor cara? Ni siquiera yo tenía ganas de sonreír y sin embargo lo hacía.

Me trepé a mi galopador y lo eché a andar. Qué fortuna que Ted y yo habíamos hecho pruebas con las máquinas antes. Sería una pena no haber aprendido a montarlas desde los tiempos de su creación.

Kotallo y yo habíamos estado andando en silencio tan solo por diez minutos, pero yo ya comenzaba a incomodarme. Ensimismarme no era muy fácil en una situación así.
Bajamos la montaña una vez más y nos encontramos con un camino boscoso en donde el blanco de la nieve fresca lo cubría todo. No podía evitarlo… Me quedaba atrás de vez en cuando. Intentar comenzar una conversación no parecía ser una tarea sencilla por lo que hacía un rato atrás ya había dejado de intentarlo. Nuestras monturas estaban un tanto separadas una de la otra; para mi fortuna el hombre a mi cargo estaba convencido de que yo no podría manejar mi propia montura por lo que la había unido con una especie de cable de cobre o algo similar a nuestros galopadores. Aquello significaba dos cosas: la primera era que mis intentos de escapar eran nulos. La segunda era que el señor mariscal me protegería a toda cosa. Sí, unas por otras.

Estaba segura de que mi propia existencia significaba una carga para el hombre, pero orgullosamente me convencía a mí misma de que mi presencia seguía siendo exageradamente valiosa para la sociedad, la humanidad y el mundo entero en realidad.

Estábamos pasando por una llanura cubierta de nieve, lo cual nos dejaba completamente expuestos a las criaturas de metal. Pero, si lo pensábamos de ese modo, teníamos exactamente la misma ventaja al verles. El problema real era que yo seguía siendo una inexperta en el tema de la autodefensa.

Al principio creí que me volvería loca o que la vergüenza podría derrotarme, sin embargo, lograr una hora de camino sin intercambiar ni una sola palabra con el mariscal me fue posible. Y ese silencio tuvo fin pronto. Kotallo apenas se giró y me miró sobre su hombro.

—¿Qué harás cuando aprendas a controlar las máquinas?
—¿Eh? —La pregunta me tomó por sorpresa—. Ayudaré a tu tribu, si es lo que desean.
—¿Y tú cómo puedes saber lo que nos interesa?
—Porque he oído hablar sobre ello entre tu gente… Hay rumores por todas partes sobre la prosperidad de los Tenakth si es que existe la posibilidad. Aunque me pregunto qué quieren decir…
—¿Puedes hacerlo?
—¡Claro que sí! Pero… —Me quedé dubitativa. Kotallo todavía observándome por encima del hombro—. Necesito verla.
—¿Hablas de la campeona de Meridian?
—Pues, así la llamaron.
—La conozco.
—De… ¡¿De verdad?!
—Estuvimos en contacto por un tiempo. Me enseñó a usar algo especial, algo que quizá conoces.

En ese instante, Kotallo tomó algo de entre su armadura y me lo mostró presumidamente.

—¡Eso es un foco!
—¿Era lo que querías?
—¡Eso es mío!, ¡devuélvemelo!
—Fashav dijo que podría entregártelo cuando comenzaras a comportarte o cuando nos reuniéramos con la campeona. Supongo que eso ya es decisión mía. Deberás ser obediente o esperar hasta ese día.
—¿Qué demonios significa ser obediente? —dije molesta.
—A no replicar ante lo que te ordene.
—¡¿Eh?! ¿Cuándo lo he hecho?
—Estoy seguro de que lo querrás hacer pronto —dijo con el ceño fruncido y esa mirada helada de siempre. Detuvo la montura y se interpuso entre la mía. Paramos—. ¿Sabes por qué te has vuelto tan importante de repente? Porque eres una reliquia viviente y me toca explicarte la situación. Detesto verte con esa cara idiotizada de no entender nada. Cierra la boca o te entrarán moscas.

No me di cuenta de cuándo me había quedado boquiabierta y muy indignada.

—Es mejor que lo entiendas cuanto antes. La batalla podría comenzar pronto y no quiero tener que cargar con alguien que es tan patético que ni siquiera sabe su nombre.

No pude verlo, pero pude sentirlo: mi cara se había puesto roja. Una combinación de enojo, vergüenza, impotencia y ansiedad.

—¡¿Me llamaste patética?!
—Y también estableceré ciertas reglas. Número uno, obedecerás lo que te ordene mientras te encuentres bajo mi custodia. Número dos, no hables de más frente a los otros a menos que yo te acceda el permiso.
—¡Pero…!
—¡Número tres! —elevó el tono de su voz y dijo—: No interrumpir cuando estoy hablando. —Siguió un instante de silencio en el que me penetró con la mirada—. Número cuatro, y esta es la regla más absurda de todas puesto que al parecer tenemos los mismos intereses… No intentes huir. De lo contrario, tendrás que abstenerte a las consecuencias.
—¿Cuáles podrían ser las consecuencias?

Quizá mi pregunta fue demasiado brusca, por lo que me dirigió una mirada de rabia mientras hábilmente eligió desviar el tema.

—Como dije, ahora cargo con la tediosa tarea de ponerte al tanto de tu situación. Adelante, es tu oportunidad de hacer preguntas al respecto.
—¿Qué debería…?
—Que sepas que mi paciencia es escasa.

Nos miramos fijamente todavía montados sobre los galopadores. Al verle al rostro tuve la sensación de ver hacia el futuro del pasado.

—¿No es mejor llevarme a la base en donde los otros me encontraron? Quiero decir, Fashav y tú son compañeros, ¿cierto? Ambos debieron hablar de mí y estar de acuerdo en que eso era la mejor opción. Cualquier explicación puedes ahorrártela si me llevas hasta allá y yo misma encuentro mis respuestas.

La mención de Fashav hizo que el rostro de Kotallo cambiara.

—La base en donde dormías está bastante lejos de aquí, al norte de territorio Nora. Dudo mucho que quieras viajar hasta allá ahora mismo cuando está a punto de desatarse una guerra en la frontera con los Carja una vez más. No entiendes nada...

Sin quererlo me contraje. ¿Las conversaciones que yo sostenía con los Tenakth siquiera tenían lógica? Pocas veces o ninguna.

—Sinceramente no entiendo este asunto de los pleitos que tienen entre sus territorios y es lo de menos, porque yo deseo ayudar genuinamente a todos. Es decir, todos somos seres humanos, ¿cierto? No veo por qué querrían matarse los unos a los otros…

Mi forma de dirigirme hacia Kotallo era tan informal que dolía.

—Solicitas volver a la instalación, pero mi respuesta es no. Haz tu siguiente pregunta.

¡Kotallo era realmente duro! Pero debía concentrarme únicamente en las preguntas.

—¿Qué quieres decir con que soy una reliquia viviente?
—Te haré una pregunta, mujer. ¿Sabes qué año es?
—2066 —dije.
—Permíteme corregirte. —Resopló—. Te encuentras en el año 3041, según el calendario de tu comprensión. Intenta recordarlo. ¿Eso responde tu pregunta? Dormir durante casi mil años debió ser suficiente como para volverte importante ante los ojos de los demás. Tu tribu o lo que sea que alguna vez fue tu hogar ahora no existe y somos muchos los que deseamos saber sobre la historia del pasado. Tienes mucho qué mostrar…
—E… Espera…
—Y según lo que dijo Fashav, la cabina en donde yacías tenía grabado el nombre de GAIA. Suponían que se trataba de ti.
—¿Quiere decir que…? ¿Qué yo…?

Poco a poco las piezas comenzaron a encajar. ¡Pero me negaba a creerlo!
¿Que llevaba dormida casi diez siglos? Me negaba rotundamente a creerlo… Algo como ello debería ser imposible.
Entonces recordé el reintento de la Odyssey y comencé a hacerme toda clase de ideas, pues según Elisabet, al someterse a los experimentos de inmortalización, tanto cuerpo como memoria se conservarían intactos durante milenios si era posible. ¿Era posible entonces que después de todo hubiera accedido a la involucración con los Zenith? Si eso era verdad, debería recordar por lo menos los detalles de dicho evento. Estaba consternada.

—Entonces… después de todo, Elisabet… ¿está aquí conmigo también en… este nuevo mundo?
—Oye.
—El proyecto fue un éxito si lo que me dices es verdad… ¿cierto? Es decir… Todo se ve… perfectamente. —Vi a mi alrededor y mi vista se volvió borrosa de repente. Todo, absolutamente todo, era blanco—. Todo se ve… perfectamente.

Me tambaleé. Mi vista estaba borrosa y sentí que mis pulmones dejaban de realizar su función correctamente. Estaba totalmente cansada; una bomba de confusión estalló junto a mí. No hubo momento de reaccionar ni siquiera cuando me di cuenta de que estaba a punto de caer de la montura.
Recuerdo haber visto a Kotallo llamándome con aquel nombre que no era mío mientras estaba tendida en el suelo cubierta por la espesa nieve medio fresca. Me palpaba la cara en busca de hacerme reaccionar, pero ni siquiera yo misma pude convencerme de que las cosas estarían bien.

Quizá, en una situación como la mía, la tranquilidad sería lo primero en llegar, pues ello indicaba que Zero Dawn estaba bien y que Elisabet estaba bien y eso era todo para mí, incluso si desde el instante en que me di cuenta de ello debía comenzar a recapacitar sobre todo lo demás: mi familia había muerto y todo aquel en el planeta que no fuera un Zenith había muerto.

La inconciencia me atrapó una vez más, y cuando hube despertado me encontraba cobijada por el cielo nocturno, y además literalmente con una manta de piel similar a la que habían usado en Cresta Rocosa conmigo. Vi a mi alrededor; de nuevo otra habitación similar a la que tenía anteriormente en aquel campamento. Sin embargo, el nuevo sitio tenía una peculiaridad: había demasiado cuchicheo por todas partes. Sí… Había mucha gente a los alrededores.

Me mantuve con los ojos abiertos viendo hacia el techo sin molestarme en enderezarme. Mi cabeza dolía horrible.

Mi privacidad fue interrumpida por una mujer que apenas asomó la cabeza para encontrarse con la sorpresa de que yo ya había despertado. Cruzamos miradas fugazmente y luego ella se volvió para avisar al resto.

—¡Ha despertado!

Un hombre robusto entró en la habitación con toda la confianza del mundo. Me vio y sonrió, cosa que me erizó la piel.

—Así que es ella… Todos en el Baluarte no han parado de esperar por su llegada. Encima, resulta que a la reina le encanta dormir, ¿no es así, mariscal? —dijo viendo a Kotallo que acababa de entrar a la habitación.
—Gracias por avisar, Serivva —dijo Kotallo ignorando las palabras de Tekotteh.

La joven abandonó su puesto luego de una reverencia leve.
De repente me hube quedado sola en presencia de dos hombres imponentes. Me incorporé de puro instinto.

—¿Cuánto tiempo he…?
—Cuatro horas —dijo Kotallo de inmediato—. Afortunadamente solo cuatro horas.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Tekotteh.
—No muy bien…

Mi peor error fue haber confundido su fingida preocupación por amabilidad.

—Soy Tekotteh, líder del Clan del Cielo. Supongo que sabes que te encuentras bajo el cuidado de este buen hombre —dijo mientras posaba la mano sobre el hombro del mencionado—, Kotallo. Estará a tu servicio hasta que Hekarro diga lo contrario. Y, desde luego, mientras se estén alojando aquí ambos seguirán las reglas que rigen el Baluarte —sentenció. Luego volvió a mirarme—. ¿Eres…?
Gaia es un nombre que les es fácil de pronunciar a todos aquí —dije sin más.
—Entonces, Gaia, ¿te apetece darte un paseo por el Baluarte?
—¿Eh?

Kotallo enseguida entornó sus ojos.

—¿Quién te ha dado permiso para ofrecerle tal libertad? —cuestionó el mariscal.
—¡No es prisionera! Al fin y al cabo, se convertirá en nuestra salvadora, ¿no es así?
—El jefe Hekarro me ordenó a que me encargara de custodiarla hasta que se reuniera con la Redentora de Meridian. Estás a cargo del Baluarte, pero no de ella. ¿Nos entendemos?

Tekotteh soltó una risita de mofa y le dio unas palmaditas en la espalda que aparentaban ser amistosas.
Contemplarlos a ambos mientras discutían sobre mi posesión como si fuera un objeto simplemente me aterraba más. Los recuerdos de la anterior conversación con el mariscal aparecieron de repente.

—¡Claro, sin problemas! —exclamó Tekotteh—. Si eso es lo que quieres, entonces cancelaré las lecciones que tenía preparadas para ella en el foso de lucha. Mis chicos estaban entusiasmados. Supongo que tendrás que encargarte personalmente, viejo amigo.

Kotallo arrugó la nariz y torció el labio. Era evidente que Tekotteh no le gustaba.

—Como gustes.

El líder del clan se dio la media vuelta luego de echarme una última mirada y se fue diciendo: "¡siéntanse cómodos!"

El mariscal me observó unos segundos y yo le devolví la mirada con todo el coraje que fui capaz de reunir. La pintura de su rostro comenzaba a verse agrietada; traía escarcha en la armadura, seguro afuera seguía nevando. Me sentí aliviada de vestir mi nueva ropa calientita. Los Banuk, fueran quienes fueran, sabían perfectamente cómo hacer un buen atuendo.
La cosa era que Kotallo seguía viéndome de brazos cruzados sin decir absolutamente nada casi por un minuto entero y quizá más.

—Eh… ¿Sucedió algo?

Unos segundos más de completamente en silencio hasta que decidió hablar.

—¿Te sientes despejada?
—¡Claro que no! —exclamé—. ¿Creías que luego de escuchar esa explicación tan confusa me sentiría mejor? ¡La verdad es que no! ¡¿Te das cuenta de que mi mundo ya no existe!? ¡Ya no está! ¡Ya no…!
—¡Hey!

Fui interrumpida por su agarre firme. Con una mano me tomó del hombro y con la otra sujetó mi muñeca. Me quedé estática, interrumpió bruscamente el comienzo de un ataque de pánico.

—Mírame a los ojos —ordenó. Yo obedecí—. Respira.

Inhalé y exhalé. Y de repente todo estuvo mejor.

—No me sirves con la mente nublada. Necesitas despejarte, limpiar tu memoria y entender por qué estás aquí.
—"¿Por qué estoy aquí?"
—Responde.
—Porque… —Pasé saliva. Los labios se me resecaron—. Porque le hice una promesa a alguien.
—Bien. Ten eso en mente. Cada que creas perder el control, piensa en esa persona.
—Pero… ¿qué se supone que haga ahora?
—Precisamente de ello quería hablar. —Kotallo me mostró su foco para después ponerlo en su oreja—. Si me vences, te entregaré el tuyo.
—¿Vencerte?, ¿en qué?
—¿Puedes levantarte?
—Eso creo.
—Ven conmigo.

Caminamos, estábamos en los niveles más altos. Ese lugar al que llamaban el Baluarte era enorme y perfectamente construido. No quería preguntar los detalles de cómo había llegado ahí, aunque deduje que Kotallo me había llevado cargando en brazos hasta arriba. No pude evitar hacer una mueca de incomodidad al pensarlo.

Conforme íbamos bajando todo aquel que nos cruzáramos me dirigía la misma mirada que el resto de gente me había dedicado en Cresta Rocosa. Confusión, desprecio e intriga.
No era solo que mi rostro carente de pintura llamara la atención, sino que mis ropas foráneas eran un tanto peculiares. El contraste del azul parcial con las pieles tatuadas era evidente.
Cada nivel era asombroso; admirar la arquitectura no era algo de lo que estuviera exenta incluso en mi situación. Los pigmentos adornando cada parte de la extravagante construcción eran perfectos. Me preguntaba en la cantidad de esfuerzo que tuvo que llevar. Y como era de esperarse, mis cavilaciones sobre todo rastro de belleza que pudiera observar se desvanecieron cuando el mariscal me obligó a volver al mundo real.

—¿Has luchado alguna vez?
—Uh… No.
—Esto será más difícil de lo que esperaba… —dijo él casi para sí mismo antes de soltar un pesado suspiro.

Pidiendo permiso al guardián del foso de lucha, entramos a dicho terreno. Para entonces, yo no tenía idea de que se trataba de un foso de lucha.
Nos posicionamos en medio del espacio y antes de cualquier movimiento, el mariscal me dio unas cuantas instrucciones que no pude comprender muy bien. Por lo que decía, deduje que dentro de poco estaría muerta.

—¿Has entendido lo que te expliqué?
—Esquivar. No dejar que me golpeen. Lo tengo, es básico.
—Entonces demuéstralo.

Me quedé estática. No era para nada el tipo de entrenamiento que esperaba.

—¿Así nada más?
—Intenta golpearme.

¿Cómo y dónde? No tenía idea, pero algo debía intentar.
De mero instinto lancé un puñetazo dirigido a su hombro, el cual fue desviado con suma facilidad. Casi tomando de inmediato la consciencia del momento presente volví a dirigir mi furia creciente hacia uno de sus brazos, y de nuevo, hábilmente desvió mi puño con la palma de su mano. Comenzaba a molestarme que desviara mis movimientos como si no se trataran de nada; Kotallo estaba leyendo mi mente de alguna forma.

—¿Es todo lo que tienes? —dijo con una sonrisa de mofa.

Podía sentirlo, tenía el ceño fruncido, pero quería aparentar un poco más mi molestia. De inmediato me di la media vuelta y lancé mi mano hacia su rostro de nuevo. Esta vez obtuve un agarre fuerte de la muñeca que me lanzó lejos. Volver a acercarme al cuerpo del mariscal sería difícil. No estaba intentando mostrarse indulgente y era una de las cosas que me irritaba, porque podía ver en su odioso rostro que amaba ponerme en ridículo en frente de todos los espectadores que habían comenzado a ponerse alrededor de la arena.
No solo me sentía pequeña y ridiculizada, sino que también estaba siendo alguna clase de objeto experimental que no me agradaba para nada.
Volví a observar a detalle las posibilidades que tenía, y de nueva cuenta dos de mis ataques dirigidos a su pecho y rostro fueron desviados con gran habilidad. Fue hasta ese leve momento de tacto que supe que Kotallo era fuerte, verdaderamente fuerte. Tan solo un empujón suyo bastaba para separarse de mí y mandarme lejos de su área.

—Cuando hagas un ataque, haz de inmediato el segundo movimiento con toda la intención de herir.

Escuchándolo, luego de dirigir mi puño hacia su abdomen —el cual no tuvo ninguna clase de efecto—, dirigí una patada hacia su pantorrilla, la cual fue detenida también.
Lo que obtuve a cambio fue humillante y doloroso. Con destreza me tomó de los hombros y me arrojó hacia atrás; posicionó su pierna detrás de mí y me dio un leve empujón sobre los tobillos con el empeine, provocando que ambos de mis pies se separaran del suelo y me cayera abruptamente contra la tierra fina. Tosí tras el impacto, no tragar la tierra fue imposible.

Oí unas de las risas que soltaron los espectadores.

—Y asegúrate de poner firmemente los pies sobre el suelo —agregó con expresión de burla.

Tosí otra vez estando tendida boca arriba y me recargué sobre mis rodillas para lograr levantarme. Gracias a sus movimientos hábiles no me lastimé la espalda, la cabeza o las caderas, pero de igual forma el impacto dolió.

—¿Qué ha sido eso? —dije con molestia.
—Es hora de que ganes experiencia. ¿Y qué mejor si es conmigo? Saldremos al mundo real y no puedo estarte cuidando la espalda, ¿lo entiendes?
—¿No es mejor una instrucción previa?
—Nada mejor que demostrar las consecuencias de tu torpeza con hechos.

Guardé silencio, quizá él tenía razón. Nada mejor que el conocimiento empírico.
Cuando estuve de pie otra vez me puse en una posición parecida a la que se toma en el muay thai, pero por supuesto que Kotallo no sabría eso a menos que APOLLO hubiera llegado a él y eso no me constaba.

La nieve bajo nosotros estaba derretida y mezclada con la tierra empapada. No pude evitarlo, me llené de furia.

—¿Lo intentamos de nuevo? —preguntó en busca de una provocación.

Sin decir nada corrí hacia su dirección. Cubrí mi rostro con mi puño y brazo, mientras que con la rodilla quise golpear uno de sus muslos.
No tuve éxito.
El mariscal Kotallo me tomó de los brazos y los torció hacia atrás en mi espalda, de nuevo llevándome al suelo cuando con ayuda de una de sus piernas logró doblar las mías. Quedé de rodillas y la frente rozando contra el suelo. El hombre seguía sujetándome de las muñecas con rudeza.
Mi respiración estaba agitada y él lucía totalmente ajeno a mis sensaciones.

—Esto no es tan fácil como te lo imaginas, ¿cierto? —dijo con voz ronca. Con un movimiento ágil me tomó de la cintura y me puso de pie otra vez. Me vio a los ojos con la misma frialdad de siempre—. Hay cosas que mejorar, y muchas. No hay tiempo para ponerte en forma, así que tendremos que ir directo con el entrenamiento cuerpo a cuerpo sin importar qué.
—¿Por qué el entrenamiento cuerpo a cuerpo? —cuestioné—. ¿No está acaso el mundo lleno de máquinas peligrosas? Deberías mostrarme cómo abatirlas.
—¿A ti? —preguntó y luego esbozó media sonrisa como si creyera que lo que acababa de oír era absurdo—. No hay ninguna posibilidad. Lo mejor sería mantenerte dentro de la instalación donde te encontraron otros miles de años, pero, bueno… ¿Qué se puede hacer? Fashav y el jefe Hekarro me pidieron hacer esto.

Siempre, cuando había que mencionar esos nombres, la mirada de Kotallo perdía brillo. Ya luego investigaría por qué.

—El propósito de esto me preocupa. ¿Hay gente que quiere matarme?

Kotallo me miró perplejo y se acercó a mí peligrosamente.

—Siempre hay alguien acechando. ¿Cómo carajo era tu mundo? ¿No temiste por tu vida alguna vez?

Esas palabras me hicieron hervir la sangre. "¿No temiste por tu vida alguna vez?" Claro que sí, miles de veces. Temí por la vida de todos y lo he estado haciendo incluso en el momento presente. Siempre traté de no decorarme con flores a mí misma, pero sabía que era una pieza importante del rompecabezas que Elisabet Sobeck había comenzado a armar sola y no podía decepcionarla. No dejaría que aquellas suposiciones volvieran a hacerse.

—Cada segundo.

Kotallo me vio minuciosamente de pies a cabeza. Ignorando mi respuesta que pareció dejarlo mudo por unos segundos, dijo:

—Estás lastimada. ¿Qué fue lo que le pasó a tu hombro?

Me asombré por su sentido de percepción.

—Una de las máquinas corrompidas de Faro se me lanzó encima —expliqué—. Una muy pequeña, así que estoy bien por ahora…
—Entonces debes saber la peligrosidad a la que nos vamos a enfrentar más al oeste. Esa clase de peligros quedarán a mi cargo. Tú te mantendrás a mis espaldas y todo lo que harás será defenderte a ti misma de las amenazas humanas. Un buen trato, ¿no? Por eso debes esforzarte por este entrenamiento. Si no quieres carrear con otra herida como la que te has ganado, pelea.
—¡Eso hago!, ¡estoy esforzándome!
—No lo parece.
—¡De verdad lo hago!
—Cinco veces me atacaste. Cinco veces te detuve. —Con toda su actitud de déspota, agregó—: Cinco veces moriste.

Tragué saliva. Para empezar, no tenía idea de que aquello fuera a funcionar. Mi respiración agitada, mis ropas desacomodadas, mi cabello revuelto. Lo que cargué conmigo fue la sensación de derrota y decepción.
Kotallo pareció entenderlo, porque luego se dio la media vuelta y me pidió que le siguiera y eso hice. Como siempre, él por delante y yo por detrás.
La posibilidad de recuperar mi foco se volvió inexistente de repente, hasta el punto en que quise recuperarlo por la fuerza.

La sesión de entrenamiento fue cancelada y el mariscal dijo que ya habría tiempo más adelante, cosa que pareció haberse cumplido como si un ser divino lo hubiese escuchado.

Había comenzado a nevar otra vez y la nieve siguió acumulándose sin parar como si al mundo no le importara que humanos, plantas y animales muriesen bajo sus fríos suelos, mares y cielos.
El clima era tan terrible como para tan siquiera pensar en salir. El plan correcto era esperar a que aquel terrible clima volviera a la forma regular, por lo que por el momento nuestro objetivo de seguir camino a la Arboleda de mantuvo en pausa.

Yo me encontraba dormida sobre aquella cama previamente preparada por los locales del Baluarte cuando de pronto el mariscal Kotallo sin previo aviso interrumpió esa privacidad.

—La pelirroja ha pedido que nos encontráramos en La Base. —Su voz mantuvo un tono frío como si ni él mismo creyera sus palabras. Como yo estaba medio dormida y no dije nada, agregó—: Cambiaremos de rumbo. Esta noche voy a encargarme de establecer conexión con el jefe Hekarro, es preciso propinar una explicación sólida para justificar tu ausencia ante él. Otra cosa: nos alojaremos aquí indefinidamente hasta que el clima mejore, ella lo entiende. Después de todo, eres débil e inexperta como para exponerte a los peligros de afuera inmediatamente.

Cumpliendo con su deber, salió sin agregar nada más. No era propio de Kotallo dar los buenos días ni las buenas noches, por lo que yo no esperaba alguna clase de explicación extra para el cambio de planes, y aun así quise preguntar…

—¿Cómo te has enterado de su petición?

Vi el foco en su oreja y lo entendí, más él no dijo nada. Su silueta desapareció entre la oscuridad.
Elisabet, desde donde sea que estuviera, se estaba comunicando con él. «Si tú confías tanto en este hombre, Lis, lo haré yo también», me dije.
Fue en ese momento que mi plan tuvo comienzo, aunque no tenía idea de si podría funcionar o no. La idea principal era poder conseguir mi propio foco para poder contactar a Elisabet y seguir el camino hasta su encuentro por cuenta propia. Si había problemas con ello, entonces podría robar el foco que Kotallo llevaba consigo y usarlo a mi conveniencia. El verdadero asunto era que nunca había visto a Kotallo dormir y aunque podía parecer una buena idea el vigilarlo toda la noche tampoco era lo más fácil.

Lo que hice fue esperar a que terminara de oscurecer. Cuando en ese momento todo lo que podía alumbrar eran las antorchas disipadas, aproveché la ocasión para salir. Fue fácil camuflarse entre todo puesto que la tormenta de nieve incitaba a todo el mundo a permanecer dentro de las chozas, así que seguí andando hasta llegar al sitio en donde mi cuidador se encontraba. Estaba hablando con aquel hombre de nombre Tekotteh acerca de La Redentora a las afueras de su habitación.
Aguardé cautelosamente. Me abracé a mí misma, estaba helando de verdad.
Fui capaz de oír muy poco de aquella conversación, sin embargo, algunas cosas pude distinguir, tales como:

"Llegar con atraso a Hekarro…"
"…en caso de no poder… Misión importante…"
"Que llegue a salvo… prioridad…"
"Sobre Los Diez… Una de ellos… Puente…"
"Meridian y…"
"…a nosotros… el Kulrut…"
"…problemas y además… Imposible…"
"Porque Aloy es… Los antiguos…"

Dichas palabras me fueron inútiles, era imposible lograr armar el rompecabezas de mi mente con ello. Debía comenzar a enumerar los nombres que no conocía, había mucho por aprender. Sin embargo, no permití que eso me detuviera.

Justo cuando mejor comenzaba a distinguir entra la conversación, me volví inmediatamente pues Kotallo se dio la media vuelta y se dirigió a sus propios aposentos. Me escondí entre una pared de madera que se encontraba perfectamente pitada de rosa y azul. Cuando era noche, el Baluarte era intimidante justo como el mariscal a mi cargo. Vi a Kotallo ir a una de las habitaciones en lo más alto y tras confirmar que Tekotteh también lo dejaba atrás, fui de a poco sobre la espalda del mariscal. Bendita la nieve que me ayudaba a disimular todo ese sigilo. Estuve en una de las habitaciones vacías de un lado hasta que pensé que quizá el mariscal ya había conciliado el sueño, puesto que estaba totalmente de espaldas hacia la puerta sin realizar ningún movimiento y con una sola antorcha iluminando su habitación. Extrañamente no se había deshecho de la armadura ni siquiera para dormir. Me aseguré de que todo luciera en orden y a mi favor, e irrumpí en la habitación rápidamente levantando la tela que actuaba como puerta y dejándola igual que antes. Ningún ruido salvo la ventisca.

Me aproximé a Kotallo y con mucho cuidado me arrodillé a su lado, él seguía de espaldas.

Ya no tenía el foco puesto sobre la oreja, sino que lo llevaba en algún escondite de la armadura, lo había visto antes. Así que con mucho cuidado mientras mantenía la respiración aproximé mi mano hasta su pecho para indagar y recuperar lo que me pertenecía, cuando de pronto con un movimiento tosco me detuvo de la muñeca con un fuerte agarre. La sangre se me heló.

—¿Qué crees que estás haciendo? —espetó con el ceño fruncido.

La oscuridad de la habitación apenas me permitía mirar bien su rostro, la antorcha iluminaba débilmente.

—¿No dormías? —pregunté con voz temblorosa en un acto reflejo.
—Encima de escuchar conversaciones ajenas también te metes en la cama de los hombres por las noches. Eres de las que les gusta tomar riesgos, ¿no?
—¡¿Qué dices?! —Enfurecí—. Vine por lo que es mío.
—¿Esto? —Me mostró el foco que sacó de entre su atuendo—. Fue un regalo de cortesía. El tuyo está confiscado y si sigues portándote así tendré que…
—¿No es mejor dármelo ahora que somos un equipo?

Kotallo me soltó del agarre apartando mi mano de golpe y me sentenció:

—No me interrumpas cuando estoy hablando.
—¡¿Acaso no fue Tekotteh quien dijo que no soy una prisionera?! ¡Me has estado tratando como tal!

En ese momento Kotallo me cubrió del rostro intentando callarme. Era obvio que estaba armando un alboroto pero no me importó. Mantuvo la palma de su mano sobre mi boca callando cualquier sonido.

—Y otra cosa: no somos un equipo. Creí que serías más inteligente y te volverías a tu habitación.

Eso era todo, ya me había sacado de quicio. Me abalancé contra él con toda la intención de arrebatarle aquel artefacto, aunque debió ser predecible que aquella tarea sería imposible. Quedé encima suyo mientras forcejeaba intentando sacarle mi foco de entre la armadura mientras él me sujetaba de los hombros con la intención de alejarme de él con delicadeza. No compartimos palabras, pero era evidente lo que estaba pasando por nuestras mentes: «¡Devuélveme mi foco!» «¡Vuelve a tu habitación!»
Con una pierna a cada lado de su torso me sostuve de su pecho e hice todo lo posible por arrancarle la armadura si era necesario, no obstante, ese salvajismo fue visto en el momento menos oportuno, pues por alguna razón en medio del ajetreo en el que fuimos incapaces de escuchar ruidos del exterior, Tekotteh tuvo la brillante idea de irrumpir en la habitación de Kotallo para otra conversación nocturna. Al vernos en aquella posición, se quedó con una expresión de perplejidad que poco después convirtió en una media sonrisa muy sugerente.

Cerró la cortina de detrás suyo.

—Señor mariscal, si tanto deseaba pasar la noche en compañía pudo habérmelo dicho y me hube encargado de conseguir unas buenas mujeres para usted.

De solo verme a mí misma en la posición en la que estaba se me puso la cara colorada. En seguida me hice a un lado y desvié la mirada cruzándome de brazos.
El mariscal también luchó por ocultar su sofoco. Carraspeó antes de seguir hablando.

—¿Sabes que es de buena educación llamar antes de entrar a una habitación ajena?
—¿Interrumpí en la mejor parte? —añadió entre risas insistiendo con el tema—. No te enojes… Ya traeré a algunas damas que se encarguen de satisfacerte como lo desees, pero por favor no te aproveches de la pobre chica.
—No es para nada lo que piensas —dijo Kotallo con molestia acomodándose la armadura—. ¿Qué quieres?

Sin otra mofa que añadir, Tekotteh decidió hablar normalmente.

—Ahora que la chica y tú cambiarán de ruta tengo planes para proveerlos adecuadamente para el camino. También me gustaría aclarar el asunto sobre el mensaje que se le transmitirá al jefe Hekarro, eres el indicado para sintetizarlo puesto que la Ungida ha tenido contacto contigo. Aunque, bueno, son temas que se tratan mejor entre hombres. —Lo último fue dicho entre dientes y dirigiéndome una mirada de recelo.

Entendí la indirecta pero no me hube movido hasta que recibí la orden del mariscal.

—Vete a dormir —dijo Kotallo dirigiéndome la mirada—. Mañana te espera un día de entrenamiento, ve mentalizándote.

Aunque quise decir "buenas noches" las palabras no salieron de mi boca. Salí de la tienda rápidamente y bajé el camino hasta llegar a mi propia habitación que no eran tan espaciosa ni estaba tan bien decorada como la de Kotallo.

El día siguiente sería pesado por lo que me propuse a descansar duro. No tenía forma de saber lo que me depararía el futuro, pero estaba dispuesta a abrirme mi propio camino incluso si había quién se interpusiera. Me abracé a mi abrigo y recostándome sobre la manta cerré los ojos y perdí la consciencia.

Desperté temprano por la mañana siguiente cuando la tormenta se había apaciguado un poco y el mariscal me llamaba a mi puerta. Era hora de seguir con el entrenamiento, al parecer.