8.- Incumpliendo órdenes.

Nota: Me dirijo a mi público como "chicas" en general puesto que la historia está narrada pensando en que la lectora sea una mujer, no obstante, si hay varones aquí les doy toda una cordial bienvenida y por favor siéntanse incluidos cuando se me olvide y vuelva a mencionar "chicas/muchachas", je, je, je.
¡Seguimos con el recorrido hacia la Base junto a Kotallo!

Seguía avergonzada por mi comportamiento de instantes atrás, cuando el mariscal y yo abordamos el ascensor para descender a la tierra helada junto a las monturas. El ascensor lucía poco seguro a mi parecer, por lo que cuando sentí el ligero temblor de que había comenzado a moverse me apalanqué del brazo de Kotallo. "Lo siento" dije tras ver esa mirada de reojo suya que traía descontento consigo y me volví a mi sitio, aferrándome a los garrotes de madera.
Seguía recordando y mi rostro volvía a colorarse, pero, estando en el momento presente me dije: «Ya no es tiempo de pensar en eso».
Estando sobre el galopador lo acaricié como si se tratara de un corcel de verdad. Sentí el metal, el cobre, y recordé la realidad en la que me encontraba. Quizá esa fue la acción que despertó el interés en el mariscal para que me preguntara lo siguiente:

—¿Te interesan tanto las bestias metálicas como para desear tener control sobre ellas?
—Sí, estoy consciente del daño que pueden hacer y supongo que tú también. Aunque, pensándolo mejor, me pregunto..., su ahora estamos montando estos galopadores, ¿no debería significar que se puede hacer lo mismo con las otras máquinas? Las más grandes supondrán un problema, lo sé, pero, debería haber sido posible para ustedes desde hace tiempo. Entonces, ¿por qué?
—Esa respuesta la posee Aloy. Fue ella quien nos enseñó a mantener bajo control a las bestias de metal.
—¿Aloy? —cuestioné. La expresión de Kotallo cambió como quien echa algo a perder.
—Es… el nombre de la pelirroja.

Asentí denotando que lo comprendí.
Era lógico pensar que, si yo me llamaba "Gaia" en este nuevo mundo, entonces "Aloy" era el nuevo nombre de Elisabet. Debía ser eso, porque, ¿qué podría ser si no? Después buscaría la justificación para tal elección.

—Bueno, es genial que ella les haya ayudado. Siempre ve por el bien de los demás. Aun así, estoy segura de que puedo poner mi grano de arena en esto. Es por eso que me urge verla…
—Espera —dijo haciéndome una seña para indicar silencio.
—¿Uh?, ¿qué pasa?
—Eso de ahí. —Señaló a un sitio cerca de la llanura próxima—. Son pastadores. Vamos a cazar algunos. Van a ser el complemento perfecto para tu armadura. La fusión entre un conjunto Banuk con Tenakth debería funcionar bien.
—Eh… No estoy segura de…
—Andando —dijo aproximándose a mí. Tomó las riendas de mi galopador y lo dirigió—. Tienes una nueva oportunidad para practicar. Estas bestias suelen ser más amigables en comparación a las otras.

Quise negarme de varias maneras, pero era visible que me obligaría a hacer lo que él me indicara. Nos acercamos a la manada y nos escondimos cerca de la hierba para verlos con detenimiento. El plan explicado por el mariscal era simple, pero en definitiva no era para tomárselo a la ligera. Se suponía que apuntaríamos a las astas de las máquinas y las desprenderíamos de las partes que funcionaran bien en una armadura. Excusarme diciendo que no sabía usar el arco no fue suficiente.

—Supuse que con muñecos de prueba perderíamos el tiempo al igual que con el entrenamiento en el foso de lucha —dijo Kotallo encogiéndose de hombros—. Lo mejor será que aprendas aquí.

Se posó detrás mío. Ambos estábamos arrodillados entre la maleza rojiza que usamos como camuflaje. Me dio el arco y lo acomodó entre mis manos con la posición correcta.

—Apuntas con este brazo. Colocas la flecha de forma que no se deslice de la cuerda. Lo mantienes firme y entonces disparas. Vamos, inténtalo.
—No daré en el blanco.
—Por supuesto que no lo harás.
—¡¿Eh?!, ¿entonces por qué…?
—Shh, baja la voz —indicó forzándome a hacerlo, pues cubrió mi boca con su mano—. Por algo debes empezar y necesitamos que ganes experiencia real lo más pronto posible. Ya, dispara sin rechistar. Sabemos que no tendrás éxito, pero al menos inténtalo, ¿sí?

Asentí. Me mantuve en la posición indicada por el mariscal y poniendo mi mejor esfuerzo en la tarea disparé a uno de los pastadores que estaba más cerca. Cuando la máquina hubo detectado nuestra presencia amenazante junto con el flechazo recibido en su muslo (que principalmente había sido dirigido a una de sus astas) se echó a correr junto con la manada completa. Los demás pastadores cambiaron el color de sus focos de azul a amarillo y se alejaron de nosotros.
Para mí fue una fortuna que no se nos echaran encima. Creí que todo había terminado por fin, pero en seguida Kotallo se puso de pie y se montó en el galopador con arco y flecha en mano.

—¡Tras ellos!
—¿D-De verdad vamos a…?
—¡Se escapan!, ¡sigue detrás de mí!

Dicho eso, me monté en mi propio galopador y seguí a Kotallo que se encarreró detrás de las máquinas. Eran veloces, pero no más que nuestras monturas. Cuando llegamos a una pradera helada tuvimos la perfecta oportunidad para demostrar los dotes de cada uno con el arco. Obviamente yo me quedé en ridículo, sin embargo, sirvió para la experiencia.

Justo como un perro pastor que corretea a un rebaño de ovejas para dirigirlas por el sendero correcto, Kotallo persiguió al montón de máquinas sin darles oportunidad de dispersarse y escapar.
Con ayuda del arco lancé una flecha mal dirigida que hizo que un pastador se balanceara. Me sentí satisfecha por la acción, pero para el mariscal no significó ningún logro. Siguió detrás de las otras, yo siguiéndole con la misma prisa.

—Fíjate bien cómo se hace. —Disparó una especie de proyectil electrizante que dejó al pastador indefenso, cosa que le dio oportunidad para atacarle con las flechas que cargaba consigo. Derribó esa máquina y luego otra y luego otra más. Eran doce bestias de metal que él hizo caer como si nada con el simple arco que llevaba. Por supuesto que me quedé perpleja, con la boca abierta. Cuando logró hacer que la última máquina cayera, mas no muriera, se volvió hacia mí y me dijo—: Es tuya.

Apunté de nuevo hacia las astas preguntándome si sería mejor concentrarme en los depósitos. Aunque eso no fue de ayuda, pues la indicación fue otra.

—No. Baja de la montura y apuñálalo en su punto débil.

«¿Punto débil?», pensé. Las máquinas tenían por lo general uno o dos puntos vulnerables, pero, no lograba recordar del todo los detalles sobre la creación de dichos diseños al estar revisando los planos de Faro. Pese a ello bajé, toqué suelo, tomé la lanza y con la punta logré aturdirla y apagarla al clavársela en el cuello. Suspiré con alivio, era bueno saber que no me había ganado ni un solo rasguño.

La mirada del mariscal denotaba "bien hecho", pero no dijo nada. Quizá fue algo que quise pensar.

—Tomaremos lo que nos sirva y lo añadiremos a la armadura que Tekotteh nos entregó para ti. Puedes conservar la capa que llevas puesta.
—La verdad preferiría no tener que acoplarme a la moda de los Tenakth. Muero de frío con normalidad.
—Espero que no tengas que vivir una verdadera experiencia en la que finalmente comprender por qué es que los Tenakth llevamos las armaduras tan pesadas que acostumbramos.
—Sé con qué clases de bestias se han enfrentado. Créeme, yo estuve ahí cuan… —Me interrumpí a mí misma carraspeando. No podía arriesgarme a que el hombre me juzgara de maldita o me confundiera con una especie de condenadora.

Por fortuna el señor mariscal era un hombre de pocas palabras, así que no tuve que preocuparme por explicarle. Nos dedicamos por un buen rato a buscar entre la chatarra y rescatar las partes de metal que fueran útiles. Era material ligero pero sólido. Servía.

Desmantelar a las bestias fue entretenido. Desde que acabamos de realizar dicha tarea, Kotallo y yo estuvimos en silencio otra vez durante un largo periodo de tiempo. Lo más curioso de la situación era que yo lo sabía: él moría de curiosidad con mil preguntas por hacerme, y yo igual, honestamente.

Era costumbre andar en la montura en completo silencio esperando que el otro dijera algo para interrumpir el momento, pero era casi imposible. ¿Qué pueden platicar dos personas que son separadas por mil años de diferencia? Sí, posiblemente una infinidad de cosas y esa diferencia tan abismal era la misma que nos distanciaba.
Yo disfrutaba del recorrido observando aquellas infraestructuras que ahora no eran más que ruinas. El musgo se había apropiado de ellas y las ramas las cubrían como si fuese su manta. De vez en cuando divisé algún que otro automóvil entre la maleza y las arenas.

—Si todo esto se encuentra aquí, incluyendo a los pastadores de hace rato, quiere decir que la creadora está cerca, ¿no es así, mariscal? Dígame, ¿no conoce algún lugar en donde las máqui…, las bestias metálicas predominen? Debería, ¿no es así?

Kotallo vio al horizonte como buscando una respuesta en ello.

—Hay un sitio cerca.
—Vayamos entonces —sugerí—. Ya que la persecución de los pastadores fue un fracaso me gustaría intentar de nuevo.
—No hay más oportunidades. Esas bestias eran casi inofensivas. No creo que quieras intentar lo mismo con un colmilludo.
—¿Y qué pasa si sí?
—¡Pff! No tendré más remedio que acompañarte. No tienes el más mínimo instinto de supervivencia. Te pareces a alguien que conozco —dijo la última frase con melancolía.
—Gracias —dije con una sonrisa, pero no obtuve respuesta más que un bufido.

Antes de la travesía subimos a la montaña y buscamos un sitio donde pudiéramos descansar cómodamente. Debido a que el mariscal me había sacado del Baluarte sin desayunar (y quizá el tampoco había comido nada) comencé a sentir hambre repentinamente.
En el bolso no llevaba mucho; apenas algunos frutos secos, leche de cabra consensada, pan y almendras. Quizá en el campamento nos dieran algo más.
Cuando llegamos, los chicos del clan reconocieron de inmediato a Kotallo quienes lo saludaron con respeto. Se extrañaron al verme detrás suyo sin maquillaje y con un atuendo forastero. "No soy Banuk", pensé decirles temiendo que amenazaran con atacar, pero bajo la presencia de Kotallo todo parecía estar bien. Según el mariscal, ese campamento llevaba por nombre "Ascenso de las Montañas Abruptas". Era el punto correcto para tomar aire antes de ascender hacia la helada. Saludé a los soldados, pero ellos apenas me miraron.

—Siéntate y descansa —indicó el mariscal—. El tramo que sigue es largo.

Obedecí y me senté. En el campamento nos provisionaron de comida caliente como avena con leche y canela, guisado de pollo y brochetas de carne de jabalí. Estuvimos en el sitio alrededor de una hora, y durante ese tramo de tiempo jamás vi a mi acompañante descansar. En cambio, andaba por los alrededores recolectando bayas y demás ramas.

—Eres afortunada —dijo una de los soldados—, el jefe Hekarro no suele prestarle a nadie sus mejores mariscales. Tienes una gran responsabilidad, forastera. Significa que no puedes dejar que nada le pase.
—Creí que él me escoltaba a mí —dije encogiéndome de hombros.
—La relación con los mariscales es recíproca. Si fuera cosa tan simple se te habría encomendado un pelotón cualquiera. Esto quiere decir que el señor Kotallo y tú llevan una misión importante, ¿no? Eso o te eligieron como su concubina.

Mi rostro se enrojeció.

—¡Hey! No hables con esa tipa, ¿no has oído los rumores que llegaron desde Cresta Rocosa? No pertenece a ninguna tribu —interrumpió uno de los centinelas.
—Pues a mí no me parece peligrosa. Solo mírale la cara —respondió otro de sus acompañantes.
—¿Qué tiene mi cara? —pregunté.
—No has matado ni a una mosca, ¿cierto?
—¿Por qué habría de causar daño? Estoy al servicio de la vida, señor.
—Pues deberías estar al servicio de tu vida. Con ese pensamiento un durarás mucho aquí.
—Ella ya está al tanto de eso —dijo Kotallo llegando de repente—. No la asusten más.
—¡Señor mariscal! ¿Hacia dónde se dirigen? No poseemos suficientes alimentos como para provisionarlos —comentó una de los soldados.
—No más allá de territorio Utaru —dijo.

No contentos con las escasas palabras del hombre, uno de los chicos cuestionó de nuevo:

—¿No es esta forastera una carga demasiado pesada para cualquiera?
—Si Hekarro me ha encomendado la tarea no tengo nada más que decir. Y para evitar los rumores incompletos, esta mujer no es una forastera en todo sentido de la palabra. Es deber de cada tribu acogerla como parte de los suyos en cada estancia que tenga. Por el momento es parte de los Tenakth, aunque prefiera usar ropas de las afueras. La llamamos Gaia.

«Aunque ya le dije que ese no es mi nombre», pensé sin poder poner objeción.

Los demás asintieron a las palabras del mariscal. Según lo que me fue explicado después, lo de acogerme fue una sugerencia y poco después orden de Fashav. Ya iban siendo varias las razones por las cuales podría considerarlo mucho más indulgente que cualquiera con quien me había topado. Kotallo parecía obedecer a Fashav y el jefe Hekarro sobre todo casi a ciegas. Esa era en definitiva una nota mental más que añadir.

Habiendo descansado lo suficiente partimos en los galopadores hacia lo alto del risco, en donde, del otro lado al descender, nos toparíamos con manadas de colmilludos.
El recorrido no fue amigable. Pese a que el calzado del atuendo se asemejaba a las garras de una bestia, no fue suficiente para ayudarme a caminar entre la nieve. Los galopadores llevaban sobre sí morrales con toda clase de provisiones, lo que hacía que se volvieran lentos.
Me faltaba el aliento cuando nos encontrábamos en la cima. Me cubrí con la capa.

—¿Ves eso de allá? —dijo apuntando—. Es una zona llena de colmilludos. Podrás ponerte a prueba tanto como lo desees.
—Estupendo. —Observé la lejanía frotando mis brazos para entrar en calor.

Los colmilludos no eran exactamente lo que buscaba, pero sí eran una clave importante para mi éxito.

Descendimos con cuidado. De un momento a otro la montaña estaba tan empinada que tuvimos que bajar de los galopadores y dirigirlos con su riel. Mis botas se hundían en la nieve húmeda; había comenzado a caer aguanieve ligeramente que cubría mi atuendo y las hebras de mi cabello. Cuando estuvimos cerca de la manada nos escondimos cerca de unas ruinas que al parecer fueron alguna vez un campamento escolar a nivel primaria. Kotallo vigilaba mis movimientos cuidando que no hiciera algo peligroso para mí o ambos.

Kotallo observaba minuciosamente a las máquinas y su patrón de comportamiento, pero yo estaba enfocada en la lejanía. Si los rebaños, manadas y demás eran recurrentes en dicha zona, entonces uno de los calderos estaría cerca. Así que vi alrededor y divisé una montaña interesante. Hacia allá es adonde iría.

—Ve con cautela como la vez anterior.
—Claro —dije tomando el arco y la flecha, dejando al mariscal atrás.

Me escabullí con cuidado por entre la hierba para pasar desapercibida con facilidad. Así que continué con el camino yendo de a poco hasta que me alejé de la vista de mi acompañante lo suficiente como para que fuese necesario el entornar los ojos y lograr divisarme.

La montaña estaba cada vez más cerca; tan solo me giré ocasionalmente para ver qué clase de señas estaría haciéndome el mariscal, pero no lo veía. Si yo no podía verlo, entonces él tampoco a mí, por lo que aproveché la oportunidad y me solté a correr. Girando, la puerta que debía ser el caldero que buscaba estaba cubierta de escarcha. Yo no conocía mucho sobre la información de los calderos puesto que pocas veces tuve la oportunidad de visitar las instalaciones, sin embargo, esos sitios eran más mi hogar que cualquier asentamiento de los Tenakth.
Vi la puerta de la instalación, se encontraba semiabierta, apenas detenida por la malformación del relieve, por lo que la humedad y la maleza la habían invadido considerablemente en su primera sala. El sitio estaba en funcionamiento, oía el eco de la maquinaria a lo lejos. Seguí caminando con cautela. Hace tan solo unos meses atrás los había visitado ocasionalmente y ahora se encontraban en un mal estado causado por su abandono durante mil años.

—Waoh… —Vi hacia cada rincón de la instalación. De verdad estaba sorprendida. ¿Qué esperaba? La tecnología utilizada en los calderos tenía todo el propósito de mantenerse estable durante más de un milenio.

Caminé a paso firme; no muy despacio, no muy rápido.

«El marsical Kotallo no se atrevería a entrar aquí», pensé. Debía ser seguro.

Pasé por un pasillo bastante amplio que conforme avanzaba se iba haciendo un poco más pequeño. El piso y las paredes eran oscuras, siendo iluminadas ocasionalmente por luces azules similares a las de las máquinas.

—Ha pasado tanto tiempo que incluso siento que he olvidado los detalles de cada cosa… ¿A dónde debería ir?

Hablar en voz alta conmigo misma siempre había sido un método que me ha ayudado para tranquilizarme. Pensé de nuevo: «¡qué fácil sería esto si tuviera un foco!»

El tiempo en el que estuve en soledad fue largo. Caso 20 minutos en los que no supe en dónde estaba mi "guardaespaldas", como solía sentirlo. En ese tiempo busqué en lo más profundo. Las salidas que conocía habían sido selladas por el musgo o por el propio acero fundiéndose con los otros materiales. Apenas y pude memorizar bien el sendero. Subí unos escalones en donde supuse que estaban los sistemas de cómputo. Ahí era mi lugar.

Así que caminé por los pasillos angostos y para mi mala suerte había puertas que no se podían abrir. Intenté varias veces en el identificador con mi palma de la mano pero fue imposible. ¿Qué acaso no todos los calderos tenían mi huella para accesar?

«Maldito Theodor Faro». En ese instante pensé de inmediato de vuelta: «Espera. ¿Ted Faro?, ¿por qué ese nombre ha venido a mi mente casi de manera tan espontánea?»

Las cosas del pasado venían a mí como si mi pobre mente pudiera procesarlo de forma adecuada.
Estuve un rato intentando dar con la clave para meterme, pero no había nada. Al cabo de unos minutos oí una voz que me llamaba. Por alguna razón me asustó mucho más que la idea de quedarme extraviada y atrapada dentro de un caldero.

—Kotallo… —dije sorprendida al verlo entrar por el portón—. Qué sorpresa…
—¡¿Qué estabas haciendo?! La idea era que practicaras tus habilidades de cacería, ¡no que te escaparas!
—S-Solo… vine a explorar. De otro modo yo no podría…, ya sabes…
—Establecí reglas cuando acepté acompañarte en este recorrido. ¡Y las reglas están para cumplirse!

Me observó con furia. Yo mantuve la mirada. Se veía mucho más molesto que en situaciones anteriores, pero no pensé en disculparme. Él tan solo me tomó del brazo con fuerza y me jaló hacia él.

—Nos vamos.
—¡Ay! Duele… —dije con molestia y no cooperando mucho para moverme de lugar—. ¿Cómo diste conmigo?
—No puedes escapar de la segunda visión. Creí que sabiéndolo actuarías con mayor inteligencia, pero —me vio de pies a cabeza con una expresión de disgusto— tal vez esperé demasiado. ¡Andando!
—El foco… ¡Eso es! Kotallo, ¡necesito mi foco!
—Ni hablar. No estás cooperando.
—Es que no lo entiendes. ¡Esto de verdad es importante! Con el foco puedo ver más allá de lo que hay en estas puertas. Quizá encuentre los datos que necesito para ingresar y así encontrar todos los controles que necesito. GAIA y sus subfunciones son ahora responsabilidad mía y solo en un lugar como este puedo encontrarlos. Y, si no vas a prestarme el dispositivo, ¡al menos dime lo que tú ves! Aunque, claro, dudo que entiendas siquiera la mitad o una cuarta parte de la información que el foco te deja ver, mariscal.

Kotallo me vio con recelo y su agarre se aligeró. Se puso ambas manos en la cintura y pensó sobre mis palabras.

—¿Qué te hace pensar que no puedo entender?
—Mil años de diferencia…
—Y, sin embargo, cuento con el apoyo de dos personas muy inteligentes que, créeme, posiblemente te superen.
—¡Ja! ¡Qué chiste!
—No te reirías si las conocieras. Como sea, las verás en la Base. Ya tendrán tiempo para platicar y espero que pronto. Vámonos.
—¡Espera! Por favor —pedí entrelazando mis manos—, necesito de tu ayuda. Si lo que busco no está entonces nos iremos, pero quiero intentarlo.
—No.
—¡Ponto en mi lugar! ¿Qué harías si un día te afirman que el mundo está por acabarse, por lo que no comes ni duermes adecuadamente ni ves a tu familia ni amigos por meses, tan solo para trabajar en un proyecto que podría salvar al mundo pero que aun así nadie te lo asegura? Y que, luego de ello solo queda confiar en el futuro y en la inteligencia y talento de tus colegas, tan solo para entregarte a la muerte, pero, ¡sorpresa! No te estabas muriendo, ¡estabas induciéndote a una siesta de mil años en la que, por supuesto, nada es igual al despertar! Cualquier ser humano que haya respirado en la misma época que yo ahora ya no existe y…

Me callé. Cualquiera creería que me dejé llevar por mis sentimientos y que ahora estaba a punto de llorar. ¡Pero no! En medio de mis reclamos me acordé de algo súper importante como la existencia de la Odyssey. ¡Cielos! ¿Y la gente que se fue hacia las estrellas?, ¿por qué nos dejaron a Elisabet y a mí aquí con vida? ¿Tan siquiera habían tenido éxito?

—No tiene sentido… —dije pensando en voz alta.
—Ya estás enloqueciendo, ¿verdad?
—Mariscal, ¡por favor! ¡ Yo…!
—Aquí tienes —dijo lanzándome el objeto solicitado—. Úsalo para lo que lo necesitas y luego salgamos de aquí.

En ese momento mi agradecimiento fue tan enorme que ni siquiera pude expresarme con palabras. Tan solo hice un gesto parecido a una reverencia y me puse el foco en la oreja para analizar los datos. Me sentí mejor.

—Es tecnología más antigua de la que conozco, pero funciona muy bien. Algo así como la rueda —dije.

Kotallo meneó la cabeza.

De repente frente a mí aparecieron una infinidad de símbolos indicándome el paradero de distintas fuentes de datos, nuevos caminos y huellas. ¿Huellas? Y no eran mías ni del mariscal. Eran de Elisabet, según los datos arrojados.

«Qué raro… Ella no sabía de esto».

A pesar de tener la herramienta que necesitaba no pude dar con nada interesante. El foco me ayudó a encontrar matrículas que ayudaron con el acceso de las puertas metálicas, sin embargo, adentro no había nada. Di un recorrido lo suficientemente duradero como para haber hecho algún hallazgo ya, pero no había nada de interés. Si rendirme me escabullí por los pasillos y volví a checar con el foco cada rincón. ¡Y seguía sin aparecer nada! No habia ningun libreto, documento o escrito físico; todo se limitaba a lo digital. Los calderos no solian tener computadores muy accesibles, por lo que todo lo que vi fue chatarra inservible. Era absurdo.

—Viste lo que tenías que ver. No sé por qué no me sorprende ver esa expresión en tu rostro.
—Hay huellas recientes por algunas zonas de por aquí… ¿Acaso Elisabet lo encontró y por eso no hay nada?
—Sea lo que sea, vayámonos. Al lugar al que vamos cuenta con información que puede ayudarte.

«Quería ayudar un poco a Lis antes de verla», me dije cabizbaja mientras comencé a seguir al mariscal de vuelta.

Un fuerte estruendo se escuchó a la lejanía dentro del propio caldero.

"Eso no puede ser bueno", dijo Kotallo, a lo que yo repuse: "Tuvo que haber sido el operador de las máquinas, el control estará cerca".

Seguimos el paso por los senderos que parecían ser más seguros hasta llegar a la zona más alta. Si habíamos entrado por la zona media de la montaña entonces seguro que saldríamos por el pico.
Cuando estuvimos fuera del revoltijo que significaban los pasillos, fue hora entonces de escabullirnos entre la creadora de máquinas que las expulsaba de su interior una tras otra como si fueran pan caliente.
Había montones de máquinas merodeando de un lado a otro como si estuvieran bajo una hipnosis. Gracias a l foco pude observar su rastro de andanzas.

—Será mejor que las evitemos —dijo él—. En un lugar cerrado como este será difícil abatirlas.
—Sí… Podemos ir por ese pasillo de allá.

Nos escurrimos con el mayor sigilo que pudimos demostrar.
Para nuestra sorpresa, la puerta de salida estaba terriblemente sellada. No accedía con ningún código y el núcleo del caldero estaría demasiado lejos de cualquier forma. Le di unas cuantas patadas a la puerta de metal, pero ni siquiera se movió en lo más mínimo. Era obvio, no era una como si nos encontráramos en una película en la que al patear la puerta la cerradura tiene algún efecto.

—No, no, no… Esto no puede ser. Tendremos que descender. Vamos…, mariscal. Es posible que la puerta de abajo siga abierta como cuando entramos.
—De ninguna manera. ¿No oíste el estruendo de hace un rato? Algo tuviste que hacer para que tanto entrada como salida fueran selladas. Si así es como luce aquí arriba, seguramente abajo es igual. Sin contar que los niveles inferiores se llenaron de bestias metálicas a nuestro paso. No va a ser simple pasar y burlarlas como hasta ahora, y no contamos con suficiente munición. Ni mencionemos tu falta de habilidades.
—Puede… que eso sea verdad. Pero al menos debemos intentar, ¿no? Digo…, moriremos si nos quedamos aquí esperando nada más. Debe existir un hueco por el que podamos salir.

Kotallo me escudriñó y luego le echó un vistazo al caldero mientras tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido.

«Acabo de hacer algo terrible, pero se lo está tomando con calma…»

Debido a que teníamos los focos podría hacer sido una idea brillante el habernos separado y buscar cada uno por su lado hasta encontrar una solución, pero su confianza en mí había disminuido y yo sinceramente prefería seguir con él puesto que no contaba con la fuerza física que podría necesitar en un sitio tan peligroso.

Así que seguimos nuestra andanza juntos.

Nota: Este capítulo lo escribí con lápiz y pluma en una libretita que me compré hace tiempo, así que di rienda suelta a mi imaginación y fue algo pesadito pasar todo a la computadora después, pero me siento feliz con el resultado. De otro modo no hubiera avanzado tanto.
¿Cómo evolucionará nuestra relación con Kotallo? Ya lo verán.
Muchas gracias por leer y agradezco mucho los comentarios que tengan para dejarme :)