11.- No es solo una pérdida de tiempo.

Nota: Así como en este fanfic Kotallo jamás perdió su brazo en la Embajada, Aloy jamás aprendió a controlar a los alasoles (sunwings). Por ello usaremos transporte exclusivamente terrestre por el momento.


Llegamos al lugar. Capté de inmediato las miradas de los escoltas y de toda aquella persona con la que me cruzara apenas entrando por la zona agreste.

El lugar era bonito y el clima era mucho más agradable y favorable de lo que me había encontrado antes. Y aunque el suelo esta levemente plagado por una resistente maleza carmesí, lo demás era verde y fresco. Me hizo recordar a los viejos días en los que solía ir a pasar el fin de semana al parque con mi familia mientras comíamos pizza y jugábamos algún juego de mesa. Nostalgia pura.

Zo se posó frente a nosotras a la vez que saludaba a los hombres que vigilaban la entrada a Cantollano.

—Buenos días, ¿cómo se encuentran?
—Zo, ¿por qué no avisaste que pasarías más tiempo de lo habitual fuera de la localidad? Todos se preocuparon por ti —dijo uno de los centinelas.
—Es bueno verte otra vez —dijo otro.
—Gracias por estar siempre atentos, muchachos —dijo ella y sonrió haciéndose a un lado para que la atención de ambos se centrara en la pelirroja y en mí. Ellos se quedaron boquiabiertos cuando vieron a mi acompañante más que a mí misma. Zo siguió hablando tranquilamente—. Aloy regresó una vez más con nosotros.
—¡Oh! ¡Es Aloy! ¡Bienvenida!
—¡Bienvenida, campeona! ¿Qué te trae por estas tierras?
—Vengo acompañando a una vieja amiga —dijo refiriéndose a Zo—, y a mostrarle uno de los lugares más bellos que he conocido a una persona que se volverá prontamente especial para todos —completó refiriéndose a mí—. Por favor levanten sus cabezas, me siento más cómoda si nos tratamos todos como iguales.

Ellos de inmediato se volvieron a erguir con la mirada llena de alegría por ver a la Nora y esa misma mirada se volvió una de intriga cuando se clavó en mí. Zo se sintió obligada a justificar mi visita.

—Esta mujer tiene una misión importante que cumplir junto con Aloy y para eso va a quedarse aquí en Cantollano hasta que ella decida irse. Por favor trátenla como una de los nuestros.

"Por supuesto" dijeron ambos guardias y nos cedieron el paso. Uno de ellos le hizo un breve recordatorio a la morena. "Será mejor que el Coro sepa de su presencia o podrían correrse rumores nada benéficos. ¿Una espía Banuk, quizá?" Zo replicó: "Mírala bien, no es Banuk. Ni Carja, mucho menos Tenakth o de otra procedencia que pudiéramos conocer". Y aunque supuso confusión para el pobre caballero, Zo dejó el tema hasta ahí diciendo que tomaría el consejo y me llevaría más tarde a presentarme ante el Coro, fuera lo que fuera.
Seguimos caminando y aunque mi presencia supuso el robar las miradas de todos, la protagonista fue Aloy que le robaba sonrisas y suspiros a quien quiera con quien se encontrase. La estructura de Cantollano era preciosa, había flores y todo tipo de plantas por todas partes y las ropas de todos eran tan hermosas y artesanales que solo pudieron ganarse mi admiración.

El viaje no fue tan pesado. De hecho, el camino fue más agradable de lo que imaginé. Como el clima era mucho más cálido en dicha localidad, Zo y sus conocidos me ayudaron con la elección y provisión de un atuendo acorde al lugar. Era una vestimenta de color verde manzana con detalles amarillos. Zo terminó ayudándome a verme un poco más llamativa cuando colocó unas florecillas entre mi ropa y mi cabello. Las margaritas lucieron bien con mi tono de piel.
Ciertamente la bienvenida de los Utaru fue mucho más cálida en todo sentido en comparación al recibimiento que tuve ante los Tenakth, que solo habían sabido tratarme como mera mercancía. Más allá de la amabilidad mostrada, no me veían como a un bicho raro, sino que rápidamente me consideraron como otra de ellos y eso me hizo más feliz que nunca, pues ni siquiera en mi lugar de trabajo me había sentido tan en sintonía con alguien o algo desde hace mucho tiempo.

—Te ves hermosa vistiendo de ese color —comentó Zo.
—Muchas gracias.
—Sí, te queda muy bien —dijo Aloy.
—Oh, gracias… También es ligero. Me gusta. —Sonreí.
—¿Lista para ver al Coro?
—Claro. Te sigo, Zo.

Fui detrás de ella y cuando llegamos me presentó tranquilamente con aquellos que se encargaban de dirigir todo en la localidad. No habían sido tan amigables como lo esperaba, pero no incomodaban tanto como estar ante la presencia de Kotallo o Tekotteh. De cualquier forma las cosas fueron bien y ellos sin ningún problema me permitieron quedarme en Cantollano tanto como lo desease hasta que encontrara algo mejor que hacer. Lo que quedaba era planear el siguiente paso: la partida hasta territorio Banuk.

Nos hubiera gustado intercalar un poco más las palabras, sin embargo, Zo tenía algo muy importante que hacer.
Cuando subimos un poco más una niña pequeña de unos 4 años salió corriendo y se hizo campo entre las personas que pululaban alrededor. Se veía muy feliz al ver a Zo llegar de nuevo a su hogar.

—¡Mamá! ¡Qué bueno que llegaste! —exclamó la pequeña con alegría.
—Hola, mi amor. ¿Me extrañaste? Tranquila, ya estoy aquí. —Zo alzó a su hija en brazos y le dio un beso en la mejilla. Ella se le abrazó al cuello.
—¡Vaya! ¿Es Lea? ¡Pero cuanto ha crecido! —exclamó Aloy acariciando el cabello de la niña—. Cada vez se parece más a Varl…

Incluso aunque creía que se parecía más a Varl que a Zo, la verdad era que la niña era tan preciosa como lo era Vala.
La pequeña Lea se giró para verme y sobre el hombro de Zo me saludó amistosamente con su manita. Yo también agité mi mano con una sonrisa, era muy bonita. Cuando Zo la bajó siguió pegada a su madre hasta que vio a Aloy y tras reconocerla fue y se le abrazó a una de las piernas, cosa que hizo que Aloy se sonrojara con ternura porque en definitiva no estaba acostumbrada al contacto físico y se notaba.
Pronto llegó corriendo la muchacha que se había quedado al cargo de la hija de Varl y Zo. Cuando vio que la niña ya se había encontrado con su madre se alegró mucho por el regreso de ésta, sin mencionar el asombro que le supuso la llegada de Aloy y una cara nueva.

—¡Zo y Aloy! ¡Volvieron! Como no dijiste nada, Zo, el Coro pensaba enviar a alguien a tu búsqueda. No te preocupes, no dejamos que las suposiciones llegaran a los oídos de Lea.
—Muchas gracias por cuidarla, Nel. ¿Cómo te sientes?
—Feliz de verlas a ambas. Y también a… esta peculiar visita.
—Su nombre es _. Lo sé, diferente, ¿no? Por eso todos la llamamos Gaia —me presentó Zo—. Está relacionada con Aloy y ahora es amiga nuestra también. Va a quedarse con nosotros un tiempo. Gaia, esta es Nel.
—Hola —dije con una sonrisa.
—Hola, Gaia. —Sonrió e inclinó levemente la cabeza—. ¿Piensas quedarte mucho tiempo?
—Umm… Eso no lo sé —admití con una sonrisa.
—¡Esperemos que sí! Me hace falta compañía femenina. Zo es perfecta, pero, me gustaría tener a alguien más para platicar. Quizá tengas aventuras interesantes que contarme, me gustan esas historias.
—Me encantaría charlar contigo —accedí de forma amistosa. Nel me agradó rápidamente. Además de su personalidad fresca, era también muy bonita y lucía como una persona confiable.

Zo sonrió al ver que nos llevamos bien rápidamente, sin embargo, no pude ver el rostro de la pelirroja y eso hizo que me preguntara: «¿Qué clase de expresión tienes ahora, Aloy?»

—Nel, ¿podrías ayudar a que ambas se instalen correctamente en una habitación? Sé que no avisamos con tiempo, pero…
—¡Claro que sí! Déjamelo a mí, Zo. ¿Por qué no vas a descansar con Lea? De verdad te extrañó mucho…

Zo agradeció y se fue con la niña tomándola de una mano.

Desde entonces Nel me acompañó con una sonrisa hasta el lugar que sería mi nueva estancia al menos hasta que yo lo decidiera. Era una habitación bonita que se encontraba en lo más alto de Cantollano. Me gustaba porque desde ahí arriba se podía ver el cielo limpio y también observar perfectamente las parcelas en donde crecían sus cosechas. Aloy estaba satisfecha también con la hospitalidad con la que se nos recibió.
Dedicamos mucho tiempo a preparar el lugar para mi estancia y la de Aloy. Como Cantollano no era tan espacioso como sí lo era el Baluarte, tuvimos que compartir una habitación, aunque eso no supuso problema alguno para mí.
La habitación estaba adornada con varios tipos de plantas y flores. Afortunadamente era lo suficiente limpia y ordenada como para evitar que los insectos se refugiaran en ella. Y para el resto del día lo dedicamos a descansar debidamente y a comer algo que nos proporcionara fuerzas. Los alimentos de los Utaru eran frescos y deliciosos; en su mayoría consistían en ensaladas con varios tipos de verduras y también diferentes tipos de semillas como nueces, almendras y cacahuates. Era rico. Y, cuando no estábamos comiendo o merendando cualquier cosa cada tantas horas, estábamos arreglando la habitación. Aloy supuso que ir a la zona de abajo a pedir un tinte nuevo para su atuendo estaría bien, por lo que yo me dediqué de lleno a acomodar mi ropa y demás cosas que traía conmigo como el arco y las flechas que usé antes para entrenar, una de las lanzas que Kotallo me dio a la hora de practicar en el foso de lucha y también la nueva armadura que entinté en su compañía dentro de aquel viejo caldero. Cuando en un cesto para la ropa tuve bien doblado el atuendo Banuk, el calzado y el atuendo con el que fui hallada, supuse que despertaría curiosidad en aquellos que me habían visto llegar y que me preguntarían varias cosas como forastera, pues, ¿qué hacia una Banuk en zona Utaru? No tenía cómo responder a ello y vi la curiosidad en el rostro de Nel. «No es tiempo de inventar cosas —me dije—, tengo que contarle la verdad de manera sutil».

Era tarde, el día se había ido más rápido de lo que esperaba. Siempre pasaba así cuando estaba de verdad ocupada.
Zo pasó el día con su niña y yo me centré en descansar lo suficiente para lo que se avecinaba, sin embargo, pensando mejor sobre ello y considerando el bienestar de Aloy, supe que debía cambiar de planes.

La pelirroja entró en la habitación no sin antes llamar a la puerta.

—No tienes que llamar cada que vas a entrar —le dije con una sonrisa mientras seguía hojeando mi libreta llena de garabatos—. Estaremos mucho tiempo juntas de ahora en adelante. Tratemos de ser cercanas.
—Como gustes —respondió devolviéndome la sonrisa.
—Qué tinte más bonito has elegido para tu armadura. El verde te queda bien. Combina con tus ojos.
—¿De verdad? —Se sonrojó sutilmente—. No logro acostumbrarme…
—Debo decir que los Utaru tienen buen gusto. Sus armaduras no son tan pesadas como lo esperaba.
—También te queda bien. Es ligero y útil al mismo tiempo. Aprenderás a luchar fácilmente con este atuendo.
—¿Luchar? ¡Oh! Hablando de eso… ¿Qué pasa con las máquinas de afuera?
—¿Los cuernoarados?
—Labradores, sí. Antes oí que les llamaron Dioses Agrestes. ¿Qué pasa con ellos?
—Al parecer son algunas de las máquinas que no lograron corromperse. Es todo un caso.
—Ya veo. Me alegra que al menos una parte haya logrado salvarse.

Aloy sonrió ante mis palabras y me dio la sensación de que ella hallaba consuelo conmigo, así como yo con ella. Era bueno para ambas encontrar a otra persona con la cual se pudiese hablar abiertamente de los temas que relacionaban a la salvación o terminación del mundo.

—Por cierto, Aloy, ¿en dónde estabas? Me la pasé todo el día poniendo orden aquí así que no tuve oportunidad para preguntármelo.
—Oh, estuve jugando asalto.
—¿Asalto? Lo mencionan mucho. ¿Es bueno?
—Sí, es entretenido. Puedo enseñarte a jugar si quieres.
—Gracias. Juguemos un poco mañana, ¿sí? Hoy estoy cansada.

A Aloy se le vio sorprendida por mis palabras.

—¿Mañana? Creí que estarías ocupada ideando el plan para el viaje.

Me lo pensé mejor y de repente las palabras se fueron de mi boca porque era cierto que olvidé hacerle saber mis ideas para el futuro.
Me relamí los labios antes de continuar. Dejé a un lado la libreta y me recosté en la cama viendo fijamente a la pelirroja que todavía seguida plantada de pie frente al marco de la entrada.

—Estuve pensándolo… Quizá sea mejor que pase aquí unos días antes de continuar. Ya tenemos el permiso del Coro para pernoctar todo lo que queramos y necesito tiempo para pensar en lo que debo hacer de ahora en adelante e incluso idear un plan B para el plan B.
—Eres igual a mí… —Resopló.
—Pero lo digo en serio. Será bueno para ti también porque no deberías estar mucho tiempo lejos de tu hermana. No es bueno que permanezca en un mismo sitio siempre… Vi los datos de tu foco. Ella tiene miedo y eso no es saludable. Como Cantollano está cerca de la base podrás pasar tiempo con ella y cuando te diga que estoy lista entonces iremos a Las Tierras Heladas.

La pecosa sonrió y se cruzó de brazos.

—¿Desde cuándo das tú las órdenes? —dijo de forma juguetona.
—Desde que me di cuenta que tú tampoco tienes la más mínima idea de qué hacer para salvar al mundo —respondí con el mismo tono que ella usó—. Armemos este rompecabezas juntas. Sabes que necesitas tiempo tanto como yo… Esta es una carga enorme y necesitamos ayuda. No has llegado tan lejos solo por tu cuenta, ¿cierto?
—Cierto —respondió al reflexionar sobre ello—. Aunque… no debería dejarte sola.
—Voy a estar bien, de verdad. Cantollano es lindo, me recuerda a mi casa. Y hablaba en serio cuando decía que podías ir a la Base a pasar los días que te hagan falta allí. Cuando estemos en nuestro viaje no vamos a poder retroceder.

Luego de pensar mejor sobre cada una de mis palabras ella simplemente sonrió y dijo: "Gracias. Así lo haremos". Entonces le devolví la sonrisa y palpé el colchón de la cama justo a un lado mío invitándola a sentarse. También me enderecé y me senté; yo con las piernas cruzadas y ella con sus largas piernas extendidas. Se deshizo de la parte pesada de su armadura y quedó con su ropa más ligera al igual que yo.

—Sería bueno pasar un rato juntas sin tener que pensar en preocupaciones.
—Las preocupaciones definen nuestra existencia —respondió.
—¿Específicamente de nosotras dos?
—Eso pienso.
—No me asustes…

Ambas soltamos una risita.
El canto de los grillos protagonizaba la noche junto con la cálida luz ámbar de las velas iluminando nuestra habitación. Si nos asomábamos a las afueras, se veía a lo lejos que cada una de las habitaciones en la comunidad tenía su pequeño destello ámbar en el centro. Era lindo saber que todos descansábamos de la misma forma.

Mi compañera interrumpió el silencio diciendo:

—¿Te apetece una taza de té?
—No hay nada mejor para el alma. Claro que sí. Gracias, Aloy.

Entonces ella encendió afuera una pequeña fogata en la que puso a hervir algo de agua. Cuando estuvo listo volvió con una taza en cada mano. Yo se lo agradecí, pues olía muy rico. De por sí el aroma de las flores secas era dulce.

Aloy se sentó a mi lado otra vez con ambas piernas cruzadas y me invitó a adoptar también una posición cómoda. Cuando estuve a gusto con otra taza de té de bugambilias entre las manos, ella comenzó a hablar.

—¿Sabes algo, Aloy? He querido preguntarte sobre tus compañeros de viaje. Específicamente sobre el señor mariscal.
—Ah, Kotallo. Sí, supuse que te intrigaba. Pregúntame lo que quieras. —Meneó la bebida con una cucharita de madera.
—Pues, ¿qué razones tenía para involucrarse conmigo? Si tú ya sabías que me habían encontrado pudo haber sido mejor que de una sola vez fueras a buscarme. Aunque eso habría supuesto que te confundiría con Elisabet sin dudarlo.
—Parece simple, pero si no hubiera sido por Kotallo yo jamás me habría dado cuenta de tu existencia.
—¿Pero por…?
—Fashav dio contigo en una expedición en busca de sustento porque los Tenakth han estado atravesando por una sequía que trajo hambruna consigo. Al parecer no me fue posible restablecer el mecanismo de DÉMETER de una forma permanente y ello afectó la fertilidad de muchas tierras. —Su voz sonó decaída—. La cosa es que Kotallo siempre ha sido la mano derecha de Fashav y fue el único al que le tuvo la suficiente confianza como para darle una tarea tan importante como lo es tu cuidado. Entonces Kotallo supuso que era mejor si nos lo hacía saber a mí y al jefe Hekarro, y allí fue cuando se presentó una inconformidad porque ambos queríamos conocerte. Desconozco si él se saltó la parte en la que vuelve a Fashav el protagonista de tu encuentro porque al jefe no iba a gustarle nada que le ocultasen cosas. Quizá eso despertó inconformidades entre los dos. Sobre tu custodia, afortunadamente el jefe Hekarro me debía un favor y me dejó tomar la delantera. Supuse que también te parecería mejor si estabas conmigo, así serías un poquito más libre.
—Gracias.
—No agradezcas. Francamente no me agradaba la idea de que te fueras lejos y te vieras involucrada con un pleito que desconoces.
—Y… ¿ya tenías un plan para seguir reuniendo las subfunciones de GAIA?
—No, la verdad no. Confiaba en que tú lo tendrías.
—Lo tendré, puedes apostarlo. Solo necesito tiempo para pensar.
—Te creo. —Posó una mano sobre la mía. Era cálida a causa de que con ella había estado sosteniendo su taza de té.

Sentí que me distraje un poco por su tacto y ella rápidamente se apartó.

—Aloy, ¿por qué dices que Fashav solo confió en Kotallo? Si la máxima autoridad es Hekarro, entonces hizo mal, ¿no es así?

Ella suspiró y pensó en las palabras correctas.

—Te contaré los detalles bélicos después. Por ahora… me gustaría hablar de Kotallo para que tu mente esté más despejada al respecto y también porque me gustaría que lo comprendieras. Es amigo mío, después de todo.

Suspiré y ladeé la cabeza.

—No me malentiendas, Aloy. Nunca he… odiado verdaderamente a Kotallo. Lo que pasa es que no estoy acostumbrada al trato que me dio. Es solamente eso. Quizá si hubiera explicado un poco mejor sus intenciones podría haberlo comprendido. Aunque, admito que estuve muy histérica con él desde el inicio.
—Creo que ambos serán capaces de entender las razones de su comportamiento. Todo es nuevo para ti. Y él…

Tomé un sorbo de té tan solo para darle tiempo de pensar en sus palabras y de paso para no dejar que la bebida se enfriase.

—¿Qué pasa?, ¿tan grave es?
—Me duele verlo decaído porque nos conocemos desde hace un tiempo… —Tras hacer una pausa desvió la mirada al exterior y luego la devolvió a mí—. Kotallo está comprometido.

No me esperé una respuesta como esa y me costó no hacer una mueca.

—¿Okay?
—En contra de su voluntad. Hekarro va a obligarlo a casarse pronto.
—Oh, eso es terrible —dije sinceramente. No es como si no supiera que esas cosas pasaban en la vida real, pero al menos se había albergado en mí una diminuta esperanza de que dichos casos hubiesen desaparecido ya.
—Es una relación de conveniencia para fomentar las relaciones positivas entre las tribus.
—¿Qué tribus?
—Tenakth y Carja.
—Entiendo… Ese asunto de ustedes ha involucrado la vida de personas de varios miembros de los clanes. Pero, ¿por qué Kotallo?
—Uy, de verdad me encantaría que conocieras al jefe Hekarro a la brevedad… No se puede, pero nos ayudaría mucho. Además del asunto de terraformación hay que resolver las diferencias entre esas dos tribus amantes de la guerra y a veces siento que no se puede con todo a la vez. La visión Carja afecta directa e indirectamente a los demás, ellos son el soporte. Hace tiempo Hekarro tomó a Kotallo oficialmente como su protegido; es casi como un hijo para él. Se protegen el uno al otro. Y como todo buen padre, Hekarro busca para Kotallo un lugar a salvo. Y si al ponerlo bien protegido en tierra ajena puede a la vez fortalecer su relación con los Carja, entonces lo hará. Dos pájaros de un tiro.
—Entonces, esta persona con la que se comprometió es una Carja, ¿cierto?
—Cierto. Y una que se le parece mucho. Aunque el corazón de Kotallo ya tenía dueño. Y es por eso que estoy tan afligida por él. No es capaz de llevarle la contra a Hekarro porque no quiere comportarse como un desagradecido. ¿Pero qué se le hace? De cualquier modo, Kotallo no es correspondido.
—¿Puedo preguntar por qué?
—La persona que quiere, o quería, es en parte Carja y ahora vive entre los Tenakth desde hace tiempo. No obstante, a pesar de que esta persona podría ser un gran partido para él, no comparte sus ideas. Es pariente del Rey Sol Avad… Hará lo que sea por mantener una buena relación con el Solminio sin tener que inclinarse a ningún bando. Y Kotallo está al cien por ciento con su propio clan.
—¿Cómo alguien de tanta importancia podría estar involucrado con la tribu enemiga?, ¿quién es esta persona?
—Larga historia…
—No tengo problema con que me la cuentes. —Me encogí de hombros y le soplé a la bebida caliente.
—Hablar me agota —admitió con toda la verdad—. Prefiero resumir.
—Te escucho.
—¿Quieres una pista? —Sonrió con travesura.
—No me asustes, Aloy —dije riendo.
—Vamos. Ya le conoces…
—¿Qué ya le…? Imposible, apenas y he tenido contacto con alguien por aquí.
—Ugh, tienes razón, esto no es justo de mi parte. —Volvió a reírse. Tomó una galleta de amaranto de entre una caja y le dio una mordida. Cuando terminó de masticar, dijo—: A veces llegué a pensar que no combinaban como pareja, pero poco a poco fui acostumbrándome y de repente la vida ya les había puesto varios obstáculos uno detrás de otro. ¿Quién sabe? Quizá Fashav no añora tanto a Kotallo como Kotallo a él.

Abrí mucho los ojos y entonces algo en mi cabeza comenzó a atar cabos, aunque no terminara de entenderlo bien.

—¿Fashav y Kotallo? ¡No puede ser! Ambos me acompañaron a Riscovigía cuando tuvieron la oportunidad.
—Así que estaban juntos… Entonces ya habrán hablado en el camino.
—¿Fashav es un Carja?
—Sí, en parte. Es la única unión entre ambos lados y por eso tuvo una gran importancia para los dos. Aunque, bueno, de repente optó por seguir más las palabras de su primo, Avad, y prefirió sacrificar aquello que amaba. Dejó a Kotallo atrás…

La voz de Aloy sonaba triste como si ella misma se sintiera encarnada en esa situación. Desde luego yo también lo hice, porque siempre que tenía espacio para caer en la tristeza y desesperanza la imagen de Elisabet Sobeck venía a mi mente.

—No es una mala persona —siguió diciendo la pelirroja—, es solo que lleva un gran peso encima. El futuro de los Tenakth, la envidia y odio que se produce en el enemigo e inclusive en los clanes aliados… Tiene una gran carga encima.
—¿Y tú y yo no?
—Gaia…
—Contéstame, Aloy. ¿Acaso nosotras no llevamos una gran carga encima también? No es… que no sienta empatía. Pero estoy cansada de hacer a un lado mi dolor como si no importara. He sacrificado mucho y sé que tú también. ¿No podemos relajarnos un tiempo y no pensar en el resto?
—Eso es… irónico —dijo tras soltar un suspiro—. ¿Cómo se vive esa vida que mencionas? Estamos aquí para pensar en los demás porque no tenemos otro propósito. ¿O tú sí?

Sus ojos verdes se clavaron en los míos y un escalofrío me recorrió. Ella tenía razón. Pedir un estilo de vida más ameno era entregarse al desastre e ignorar mi razón de ser.

—Lo que dices es… cierto. Supongo que me dejé llevar otra vez. —Bebí lo último de mi taza y la dejé a un lado.
—No te preocupes, me pasa a menudo. Y no ha sido fácil… Al menos a ti sí te dieron a luz.
—No hables de eso, Aloy. No por eso eres menos importante. Tu vida es igual de valiosa que cualquiera aquí. Y también… la de tu hermana. Nunca pensaría que son diferentes al resto. Por el contrario, ustedes son espléndidas. ¿Te imaginas lo sola que yo me sentiría sin ti?
—Basta… —pidió con la cara sonrojándose.
—Hablo en serio. Que sepas que tu único propósito no es el de salvar al planeta, ¿okay? Esa fue una responsabilidad que Lis eligió para ella misma y yo decidí acompañarla en esa misión. Y tú, Aloy, no tuviste opción. Aunque, agradezco que tomes interés por tu legado porque podrías simplemente haber decidido dejar todo a la deriva. Y, la verdad, no te culparía por ello… Aunque tendría que rogarte para que no me dejaras sola con esta terrible encomienda.

Lo último dicho hizo reír a Aloy. Ella puso su mano sobre mi pierna y se acercó un poco más. No hubo necesidad de decir nada para que nos sintiéramos tranquilas con ese simple tacto, disfrutando del silencio que se producía cuando todos buscaban dormir plácidamente. La luz de las veladoras en la habitación daba un toque relajante que nos invitaba a dormir también, pero después del largo viaje por fin tuve un momento de tranquilidad con Aloy y me apetecía hablarle. No de cosas del pasado o demás asuntos intrigantes, sino, una charla para pasar el rato.

Dejar de lado la relación que tuvieran los Tenakth y los Carja estaba bien por la actual noche. Ya sería tema de conversación para una tarde calurosa del siguiente día.

—¿Qué es lo que se hace aquí para ganarse la vida?
—¿Eh?
—Bueno, solo pensaba que no puedo vivir esperando a que tú u otros paguen mi alimento y mi estancia. Además, no me gusta sentirme inútil. ¿Podría trabajar por aquí? Si lo piensas de una manera realista, no podemos seguir viviendo de pedir favores y necesitamos ir lejos. De verdad lejos…
—No estoy segura ahora que lo mencionas. Desde el conflicto con los Tenakth no hay mucha seguridad y los puestos de trabajo se han reducido. Si te lo estás preguntando, la gente a veces suele darme algunas esquirlas si cumplo a cambio algún trabajillo para ellos que involucre algo de acción.
—Yo no sé luchar, Aloy. —Solté una risita nerviosa.
—Lo sé… —Me devolvió la sonrisa—. Aquí en Cantollano la gente vive de sus cosechas y de los tratos con otras tribus para hacerse de materiales y alimento. ¿Tienes habilidades para la agricultura?
—Solía tener un pequeño huerto en mi antigua casa donde cosechábamos remolachas, pepinos y lechugas. ¿Funciona?
—Mañana se lo diré a Zo. Seguro que te encuentra un lugar junto a los Dioses Agrestes.
—Genial. También tendrás que enseñarme cómo funcionan las monedas aquí.
—Fácil —dijo con media sonrisa. Las pecas destacándose en su pequeña nariz arrugada.

Aloy sopló las velas. Tan solo nos cubrimos con una manta no tan cálida como todo lo que había usado antes. Y fue una experiencia linda, porque ella y yo dormimos juntas por primera vez. Ella dándome la espalda y yo viendo hacia el techo.

—Buenas noches, Aloy.
—Buenas noches, Gaia. Descansa.

Por la mañana siguiente no me hubiera levantado tan temprano de no ser porque sentí el movimiento de Aloy cuando se puso de pie y comenzó a ponerse la armadura, aunque no se había puesto especialmente algo como lo que solía llevar.
Apenas abrí los ojos y me removí los cabellos alborotados de la cara, ella me sonrió y me palpó la cabeza.

—Buenos días —dijo de forma amistosa.
—Hola, Aloy. ¿Qué hora es?
—Veamos, según tu reloj, las 6:00 de la mañana.
—Agh, quisiera dormir un poquito más. —Me abracé a la almohada.
—Puedes hacerlo. Yo voy a tomar una ducha. No me gusta hacerlo cuando la mayoría ya ha despertado…
—¿Una ducha a esta hora?
—El agua en Cantollano es más cálida que en otras partes. Sienta muy bien para la piel y me levanta el ánimo. Lo hice un par de veces cuando estuve aquí. —Se quitó las cuentas del cabello y se destrenzó el pelo con dedicación. Al final se atrevió a decir—: ¿Quieres venir?

La invitación me tomó por sorpresa, aunque supe que no le diría que no. No solamente porque no quería perder la oportunidad de pasarlo con ella, sino porque de verdad que me hacía falta un buen baño; mi pelo ya ni siquiera brillaba.

—Claro, voy contigo. ¿Tienes toallas?
—Sí, ya las llevo. Voy a conseguirte otro cambio de ropa. ¿Sabes que los tintes rosas se ven bien en los atuendos Utaru?
—Lo sabré hasta que lleve puesto uno.
—Tengo uno en el armario que le pedí a uno de los sastres ayer. Se ve de tu medida, no debería estar mal.
—Perfecto… —dije mientras me ponía de pie. Me puse el foco sobre la sien y ajusté bien el calzado.

Aunque la localidad era cálida la mañana seguía siendo fresca, por lo que me supuso tener que frotarme los brazos para darme calor. El cielo, aunque iluminado, seguía estando levemente oscurecido manteniendo los tonos violetas opacos anteriores a la salida del alba. El ambiente gélido me caló en la nariz y la brisa que se alzaba desde los suelos recién comenzó a disiparse de a poco luego de la noche. Mientras anduve con Aloy me sentí cómoda, en especial porque me di cuenta de algo: cuando caminaba con ella no solía quedarme detrás junto a su espalda, sino que caminábamos de lado a lado como solía hacerlo con Elisabet. Era curioso, porque a Aloy no la conocía prácticamente de nada y aun así no tardamos mucho en volvernos cercanas por el mero hecho de que en el mundo actual nuestras experiencias eran las más similares si las comparábamos con las vivencias de otras personas que conocimos o conoceríamos en el camino. Ambas éramos una clase de puente en el mundo antiguo.

Con poquito tiempo que estuve en Cantollano me enamoré de la localidad. Era fresco, tranquilo y bonito, sin mencionar especialmente a la gente que le habitaba, donde eran todos muy amables y talentosos con sus artes.
Bajamos la rampa en caracol y nos dirigimos a un río que no estaba muy alejado de la zona. Era tranquilo y no era lo suficientemente hondo como para considerarlo peligroso. Se encontraba rodeado de árboles, por lo que no se sentía muy expuesto y uno era capaz de desvestirse cómodamente. A la lejanía se miraban las máquinas que araban la tierra sin descanso.

Sin darme cuenta de que ya me había perdido en mis ensoñaciones, no me había puesto a pensar en que Aloy tenía en mente que nos metiéramos a bañar literalmente juntas. La idea me tomó por sorpresa, aunque no debería ser así porque al recibir la invitación debí suponerlo. Aunque, quizá, estaba tan acostumbrada a las bañeras modernas con sus regaderas amplias que no me puse a pensar en que no tomaríamos un baño en un sitio cerrado con puertas y sus espejos.

—¿Qué pasa?, ¿no vas a desvestirte? —cuestionó Aloy mientras se metía al río, dejando su ropa sucia en una orilla junto a su arco y su bolsa de viaje.

—No es eso. Es solo que pensé que…

Guardé silencio un rato. La verdad no tenía derecho a siquiera considerar poner peros porque yo ya era lo suficientemente mayor como para sentir bochorno por algo así. «Los adultos deben comportarse», me dije. Además, estaba segura de que Aloy estaba tan acostumbrada a ver cuerpos semidesnudos —quizá incluso completamente desvestidos— así fuesen femeninos o masculinos. Y eso terminé de deducirlo al pensar en la vestimenta de los Tenakth que me dejó boquiabierta desde el comienzo. Vagamente pensé en el torso de Kotallo y tuve que hacer una mueca porque Aloy se rio de mí.

—Seguro que el frío de la mañana está molestándote, pero créeme, el agua es más cálida que el aire.
—¡Oh, nada de eso! Lo haré —dije dándome la vuelta porque aunque no quería admitirlo me daba algo de pena ver el cuerpo de Aloy sin nada de ropa encima—. Pero, ¿podrías por favor cerrar los ojos? No estoy acostumbrada a esto.
—Sin problemas.

Entonces cuando me aseguré de que ella no miraba comencé a quitarme la tela de encima. Primero la capa, luego las botas, después los protectores de los antebrazos y al último el pantalón junto con la ropa interior. Al ir deslizando esas últimas prendas sentí que el calor se me subía a la cara, así que no lo pensé mucho tiempo más y me metí rápidamente al agua hasta que me llegó a la altura del pecho cuando me senté sobre una roca apoyada al fondo.

—Puedes abrirlos.
—¿Todo en orden? —Sonrió.
—Tenías razón, el agua es mucho más cálida de lo que parece —dije a la vez que asentía con la cabeza—. ¿Recurrías a este sitio muy seguido?
—Ah, con respecto a eso… No es que no haya bañeras en alguna de las casas de baño Utaru que hay cerca, pero, deben estar todas abarrotadas de los agricultores que se levantan temprano para cuidar de las cosechas. Además, serían curiosos contigo. Aquí solo estamos las dos y podemos hablar cómodamente.
—Gracias por pensar en eso.
—No es nada. La verdad es que me apetecía estar un momento contigo. Las cosas no han marchado muy bien y me preocupa lo que puedas estar pensando.
—Por el momento todo va bien. Es solo que me gustaría quedarme aquí un momento para calmar las aguas. A veces todavía siento que estoy soñando.
—Comprendo. Quizá es como lo que yo sentí cuando caí en aquel agujero… Quizá hasta peor. Y no es por desmotivarte.
—Tranquila. Como siempre tu intuición está bien.

Me hundí más en el agua y me enfoqué en lavar bien mi cabello con el agua dulce del río. Aloy llevaba consigo un brebaje que usamos a modo de champú y nos remojamos un momento más en el agua. Ella mantuvo sus ojos cerrados y yo la observé atentamente. No podía dejar de ver a Lis en su ser y aunque traté de convencerme de que ambas eran dos identidades diferentes me fue difícil aceptarlo. Francamente, quizás no lo haría nunca.
La vi un rato más. Su rostro lucía bonito empapado y como nunca había tenido la oportunidad de ver los hombros de Elisabet me hizo volar la imaginación al notar que Aloy tenía hombros y espalda llenos de pecas. Me forcé a no escudriñarla porque mi mirada se perdía en sus clavículas y su nuca. Tenía el pelo recogido en una cebolleta y se veía bella.

Cerré los ojos con fuerza y sacudí la cabeza para despejarme.

—¿Te sientes bien?
—Sí, solo un escalofrío —improvisé.
—Salgamos ya. Con un remojón basta antes de comenzar el día.

Se levantó sin ninguna clase de pudor y yo me di la vuelta para no verla. «¡Compórtate!» me dije a mí misma sintiendo que la cara se me ponía caliente. Ya no era correcto seguir teniendo el comportamiento de una niña, pero yo nunca me había acostumbrado a compartir un baño con nadie.

—Aquí tienes. —Me extendió una toalla. Ella ya estaba envuelta con una, con el pelo todavía empapado y recogido.
—Gracias. —La tomé y me envolví en ella cuando Aloy se dio la vuelta.

Nos cambiamos cada una entre los arboles sin voltear a ver a la otra. El sitio era frondoso así que si nosotras no podíamos ver nada más allá de eso, seguro que a la inversa funcionaba igual. La cosa era nueva para mí.

—Hacer esto me recuerda a cuando iba en los scouts.
—¿Scouts?
—Oh, era una especie de brigada… para niños. Era divertido. Desde pequeña tuve una fijación por contribuir a algo. —Terminé de secarme el torso y me puse de a poco la armadura Utaru que Aloy consiguió para mí con el bonito color rosa que mencionó—. Hace mucho que no tenía contacto con la naturaleza. Todo estaba muerto…

Hablábamos dándonos la espalda.

—Supongo que andar por aquí significa un respiro para ti, ¿no es así?
—¡Desde luego! Todo lo que había visto hasta ahora por meses consecutivos era únicamente mi computadora y cientos de hologramas…
—Entonces, quiero pensar que… por eso has tomado la decisión de quedarte.
—Sí, en parte… Me agrada aquí porque me recuerda a mi infancia. Tenía una casa pequeña pero el jardín era grande y acogedor.
—Me hubiera gustado haber vivido en el mundo antiguo… Aunque, sé que es cosa imposible. Si ni fuera por Elisabet…
—Lo sé. —Sonreí—. En su buena época te habría gustado mucho estar ahí.

Las dos estuvimos cambiadas correctamente con nuestros atuendos de tonos verde y rosa. Ella volvió a decir que esa ropa me iba bien y yo convenía porque era mucho más cómoda que cualquier cosa que hubiera usado, además de mi pijama que solía ponerme al salir de la oficina del trabajo.

Durante mucho rato Aloy no se peinó porque tenía el pelo mojado todavía, pero cuando la brisa matinal se disipó el sol brilló de tal manera que ayudó a acelerar el proceso de secado. No estábamos tan cerca del río, sino que volvimos a Cantollano. Antes de cruzar el puente que nos llevaba a la zona Aloy propuso que nos sentáramos un rato en uno de los refugios cercanos y eso fue lo que hicimos. Ella comenzó a trenzarse el pelo poniendo una a una las cuentas al final de cada trenza terminada y yo con un peine que ella llevaba en su bolsa de viaje comencé a desenredarme el cabello para al final atarlo en una coleta alta, dejando que algunos cabellos del flequillo ya crecido se escaparan por los bordes de mi cara.

Cuando volvimos a la zona principal ya casi todos se habían levantado y empezaron a hacer sus actividades del diario. Aloy se veía intrigada por la forma en que la hierba volvía a contaminase con aquella peste de color rojo, aunque afortunadamente era en una menor medida según lo que había contado.

Como no había gran cosa qué hacer en territorio Utaru salvo matar el tiempo cosechando y cultivando, Aloy accedió a enseñarme cómo se jugaba a "asalto mecánico". Las reglas parecían ser simples pero eran demasiadas como para memorizarlas en una sola ronda, por lo que le pedí la revancha una y otra vez, pero era inútil competir contra ella porque era demasiado buena. "¡Tienes demasiada experiencia!" dije con molestia y ella comenzó a reírse. Jugamos hasta el cansancio y con mucha suerte pude ganar una ronda en el juego, aunque la corazonada de que Aloy se había dejado ganar no me dejaba tranquila.

Las horas de la mañana hasta el atardecer eran siempre las que se pasaban más rápido, por lo que podría decir que pasé de dos a cuatro horas jugando aquello sin cansancio. "¡Estoy harta!", exclamó Aloy. "Yo debería ser la que está harta. Al menos tú has estado ganando", repuse. Ella sonrió y se echó hacia atrás en su asiento, perdiendo la vista desde las alturas de Cantollano hacia los horizontes que apuntaban a territorio Nora.

—No tienes que seguir jugando, pero ahora no puedo permitirme olvidar las reglas y necesito mejorar en esto.
—¡Seguro! Ya no me apetece jugar —dijo sin pena—. ¿Por qué no le pides a aquella chica que juegue contigo?
—Si insistes.

Y ella volvió a reírse porque para nada estaba insistiendo.
De cualquier forma, solicité una revancha y aunque al principio todos me habían estado viendo extraño por el misterio de mi origen, pretendían que todo estaba bien al ser yo una conocida de confianza de Aloy, la Campeona de Hekarro, Redentora de Meridian, la Ancestro Renacido, Salvadora de Meridian, la Ungida de los Nora, etcétera, etcétera, etcétera.

Sin embargo, ese recelo fue desapareciendo de poco en poco y muchos de los lugareños fueron acercándose a la mesa con el tablero para presenciar el juego porque me volví buena en ello con el pasar de las horas. Tanto así, que muchos de los observadores solicitaban una partida conmigo para defender la reputación que tenían entre su gente, pero era inútil, pues yo ya le había agarrado maña al asunto. Pasaron más minutos en los que gané nuevas experiencias en el tablero hasta que se me fueron las ganas de jugar. Para entonces el sol ya se estaba poniendo.

Fue divertido y de esa forma fui capaz de entablar conversación con aquellas personas que momentos atrás parecían extraños. «Son más dulces que los Tenakth», me dije. Sentí que los Utaru podían volverse muy buenos amigos y entablamos conversación hasta muy tarde. Pasé el día dando caminatas alrededor del área porque algunos de los locales insistieron en mostrarme su territorio, y yo desde luego que acepté. Pensé que era el primer día en el que sentía felicidad después de mucho tiempo.

Sin embargo, esa fue la noche en la que me despedí de Aloy porque ella volvería a la Base con Beta mientras yo seguía acoplándome a Cantollano, en donde tenía pensado pasar unos cuantos días más hasta recuperar el ánimo de encaminarme a Las Tierras Heladas. Me dije a mí misma: «No es solo una pérdida de tiempo. Es para recopilar la información necesaria y terminar el trabajo pronto». Pero para entonces ya comenzaba a sentir mis contradicciones.

Aloy se comunicó conmigo durante la madrugada con ayuda del foco para hacerme saber que había llegado a su destino. "Estaré unos días con Beta. Si necesitas algo puedes preguntárselo a Zo. Y si las cosas involucran peligro, llámame inmediatamente".

Esa noche me sentí extraña. Estaba un poco más consciente del mundo que me rodeaba y también me sentí mejor acompañada; había comenzado a conocer a la gente Utaru y era una sensación agradable. Pensé en que no había tenido muchas oportunidades de hacer amigos desde hacía mucho tiempo y comenzar a hacerlo recién no estaría mal. Sin embargo, siempre aparecía la sensación de soledad que me recordaba que estaba lejos de mi familia —que nunca volvería a ver— y lejos de la posibilidad de encontrar a algún conocido en cualquier rincón del mundo. Ahora estando allí sola en la habitación que antes había compartido con Aloy me envolví en las mantas y cerré los ojos con fuerza. El aroma de las flores en la habitación me ayudaba a conciliar el sueño, era agradable y fresco.

Mientras estaba entre la consciencia e inconsciencia pensé en muchas personas. Los rostros de Elisabet, Ted, Charles, Tate y Tilda vinieron a mí. Extrañamente Kotallo, Fashav, Wekatta, Kivva y Zo aparecieron tras mis párpados también.

«Hay que tomárselo con calma». Y me quedé dormida. Estaba segura de que el siguiente día sería mucho más bonito.