Okada

Okada provenía de la Aldea Oculta entre el Arcoíris, de la que se sabía poco ya que sus clanes nunca fueron relevantes.

Su familia alguna vez peleó al lado del segundo Hokage en una misión conjunta. Demostraron particular valentía y por eso, a partir de ese suceso, tuvieron la bienvenida en Konoha. El bisayayo Okada exageraba la amistad que había nacido en esas noches tensas entre él y el en ese entonces joven jonin Tobirama. «Familiaridades exquisitas», solía llamarlas.

Konoha, al ser una aldea militar, cerrada dentro de altos muros y accidentes geográficos importantes, debía tener cuidado con su densidad poblacional debido a las limitaciones de su suelo; no cualquiera podía ir y asentarse indefinidamente. Ser invitado a residir ahí en verdad era considerado un honor, sin importar el lugar de residencia al que se fuera asignado. Por lealtad a su gente, los Okada se mantuvieron en Nijigakure tras la muerte del viejo bisayayo, del yayo, y se hubieran mantenido hasta la muerte de Megumi de no ser por la terrible epidemia que los obligó a emigrar.

Ese fue el final de esa aldea, el final de su anterior estilo de vida; el final de todo aquel mundo de indiscreta alegría que se quedó en el recuerdo de su primera infancia.

Con seis años, Megumi Okada tuvo la edad suficiente para resentir el cambio de vida. Su nuevo hogar le parecía ensayado, artificial. La gente era amable, cierto, pero no veían con agrado que jugara en la calle sin pantalones; tampoco les gustaba a sus vecinos que él o sus padres cantaran en voz alta mientras hacían sus labores diarias. Y ni hablar de los saludos de beso, tan naturales en Nijigakure como escandalosos en Konohagakure.

La falta de libertad autoimpuesta por parte de los konohanos le resultaba intrigante: vivían con una amabilidad respetuosa en cada aspecto de su existencia, dando una cara que no era suya. Discretos, amables, sonrientes, era una neurosis idílica, como si siempre estuvieran obligados a ser así. Sobre todo, veía el profundo respeto que esa gente daba a sus shinobi; todo el mecanismo social giraba en torno a ellos. Se emocionó, su familia también era ninja y en esa aldea podrían prosperar y convertirse en un clan importante.

Su desarrollo académico no se resintió en ese aspecto, lo que le afectó fue no poder ser tan bueno como los demás estudiantes.

Desde pequeño era orgulloso, y soñaba con dar a conocer las habilidades de su linaje. En la escuela las clases teóricas se le facilitaban, absorbía libros con entusiasmo y participaba siempre en todas las clases. Era tan listo como Ino o Sasuke, y no en pocas ocasiones llegaron a pelearse las participaciones. Definitivamente Okada fue un niño aplicado.

De hecho, llegó a rivalizar con el hijo favorito de Konoha en un área más.

Si bien era un poco más bajo que el resto de los chicos de su edad, en todos los demás aspectos fue bendecido por la genética. Era bonito, de rasgos delicados, ojos almendrados color violeta y un pelo castaño sedoso, cortado en dos bloques. Su piel clara no presentaba ninguna marca, parecía de porcelana.

Sin faltar a la verdad, Okada en un principio tenía más atención de las niñas que Sasuke, cosa que no le satisfacía más allá del hecho de sentirse superior. Con el tiempo ese interés se fue apagando ya que al crecer lo consideraron más una hermana que un posible interés romántico.

En las clases prácticas, a diferencia del área académica y social, era evidente su falta de talento y pericia. Tenía un buen desempeño físico, pero en cuestiones de coordinación motora y talento en el combate, Okada era menos que mediocre; fracasaba en tareas donde incluso el vago de Shikamaru Nara mostraba mejores habilidades que él. Sin importar cuánto se esforzara por mejorar, con el paso del tiempo se quedaba atrás.

«Es la eugenesia estimulada desde la fundación de la aldea —Musashi le dijo una vez—. Eligieron a lo mejor de lo mejor del mundo ninja, y solo los mejores siguieron vivos para reproducirse. Hashirama siempre fue un astuto cabrón».

Por supuesto, el delirio de Musashi era tan arrevesado y estúpido que Okada aún no podía creer que no pudo contradecirlo en su momento. A veces simplemente no se podía argumentar nada ante la lógica del loquito.

Y es que era verdad. Los mejores clanes, algunos de ellos enemigos jurados durante la guerra, convenientemente formaron parte de las castas ninja fundadoras de esa aldea. Había en esa comunidad dinastías con Kekkei Genkai que les habrían garantizado el liderazgo en cualquier otra comunidad, y en Konoha eran vistos con normalidad por la población local; los Hyuga, los Uchiha, incluso los Aburame. Esa gente estaba podrida en chakra, ¿cómo podría un mindundi como él y su mediocre clan competir contra ellos?

Con el decepcionante paso por la academia, el orgullo de Okada se convirtió en un peso muerto sobre su blanca espalda. El niño que antaño competía con el gran Sasuke Uchiha en las aulas, tanto en inteligencia como en belleza, ahora veía su realidad convertida en un sinsentido de días continuos haciendo labores manuales. Tal vez Musashi tenía razón en que eran el equipo de los muertos. Tal vez fueron dejados de lado para hacer trabajos de reparto u oficina, mientras los verdaderos talentos brillaban allá afuera.

Todo esto pensó Megumi Okada, el genin que pasó las tardes de una semana entera en la Mansión Hokage lavando los baños, limpiando sus pisos, los barandales y las ventanas; estropeándose las uñas en esa misión.