Cap 7
Las batallas femeninas fueron un éxito rotundo. Mujeres de distintas edades compitieron en sus respectivas categorías, mostrando con orgullo el fruto de su disciplina y su herencia. El ambiente estaba cargado de emoción; los gritos de aliento, los tambores y el perfume del incienso que ardía junto a los estandartes daban al evento una atmósfera casi ceremonial. Me correspondía entregar una pequeña medalla a cada ganadora y presentarla ante la comunidad, como matriarca y como mujer que también había estado en ese mismo lugar años atrás.
Entre las premiadas estaba Kumiko. Al verla subir con el rostro encendido por el esfuerzo y los nervios, sentí que el corazón se me ablandaba. Mi felicitación fue más personal, más cercana. Le sonreí con orgullo, me posicioné frente a ella, y le alabé la ejecución perfecta de la técnica que le había enseñado solo unas horas antes. Fue imposible no pensar en cómo el tiempo pasaba, en cómo ahora ella empezaba a escribir su propia historia dentro de esta aldea. Le aseguré que, si seguía así, pronto sería una amazona temible. Al colocarle la medalla sobre el pecho, me incliné ante ella con respeto y admiración. Ella respondió de la misma forma y me agradeció permitirle entrenarla.
La siguiente ronda de premiación era la más esperada por todos: la categoría de "mujeres adultas y/o elegibles". Esta competencia reunía a todas aquellas mayores de dieciséis años que deseaban probar su fuerza y ganar un lugar entre las grandes luchadoras de la tribu. No se trataba solo de habilidad en combate; estaba en juego la gloria, el prestigio… el reconocimiento como una fuerza digna de respeto dentro de nuestra sociedad. Por eso, el ambiente se volvió más solemne, y el público, más expectante.
En esta categoría se les reconoce de igual forma al tercer y segundo lugar, quienes también se ganan el respeto de la comunidad por ser el cuadro más fuerte de la aldea. El público expectante aclamó a la ganadora del primer lugar; Tao Ming, una mujer de unos 48 años que ya había conquistado este título el año anterior. Su experiencia y resistencia habían brillado en cada enfrentamiento. Al anunciar su nombre, la ovación fue ensordecedora. Caminó hacia mí con la espalda recta y la frente alta, sin arrogancia, pero con la dignidad de quien sabe lo que vale.
Le entregué una hermosa medalla de jade tallada, y el premio ceremonial: una lanza ornamentada con cintas púrpura, color reservado para las campeonas de más alto rango, además de un poco de dinero y mucha comida. Nos inclinamos mutuamente, y su mirada firme me recordó que muchas veces la verdadera técnica no está en la juventud, sino en la constancia. Y eso lo sabía bien yo, no en vano Cologne y el maestro Hapossai eran muy buenos en su disciplina. Personajes que junto a muchos otros llegaron de nuevo a mi mente luego de mi encuentro con Ranma, y que solo parecían querer confundirme más y más.
Con la victoria de Tao Ming, dimos por concluida la competencia femenina de las amazonas. Los aplausos, tan intensos momentos antes, comenzaron a apagarse poco a poco, dejando tras de sí un silencio agradecido. El ambiente se fue calmando con suavidad. Los espectadores empezaron a dispersarse, muchos dirigiéndose a los puestos de comida, atraídos por el aroma a panecillos de arroz y carne especiada que flotaba en el aire tras la emoción de las batallas.
Para mi "fortuna", no había visto a Ranma desde la victoria de su hija. Una parte de mí esperaba que por fin hubiera aceptado la situación y se hubiera rendido. Pero otra parte, más tonta, más insistente, sentía una decepción absurda, una punzada injustificada que no tenía cabida en un momento como este.
¿Y si le hubiera dado una oportunidad para reunirnos?
¿Cómo hubiera sido mi vida si no hubiera huido?
¿Se hubiera arrepentido de estar con Shampoo para luego querer estar conmigo?
Sacudí la cabeza, como si eso bastara para sacarme esos pensamientos. A pesar de su nota de amenaza, no había recibido noticias de nuevos intentos de acercamiento, ni lo había visto entre la multitud. Su ausencia era tan absoluta que empezaba a preguntarme si ya se había marchado. Y por muy decepcionante que eso pudiera parecer, tenía sentido. Sus hijas habían sido bautizadas y habían demostrado su talento en la arena. Ya no quedaba mucho más para ellos en la aldea, salvo que quisieran quedarse como simples turistas. Sin embargo, tampoco los había visto recorriendo los puestos, ni entre las tiendas repartidas por la aldea mientras yo daba un pequeño paseo para intentar distraerme antes del siguiente evento. Paseo al que por supuesto contaba con mis guardias por si el susodicho hacía algún intento de hacer presencia. Paseo al que inevitablemente no pude dejar pensar y buscarle a él.
Volví a reprenderme. No debía perder el enfoque. Había cosas más importantes en las que pensar.
Me dirigí a mi sitio. Uno de los momentos más esperados por los visitantes acababa de llegar: los desafíos matrimoniales. Las pequeñas arenas de combate fueron desmontadas con rapidez por los guerreros más jóvenes, y en su lugar se levantó una única arena, más grande, diseñada para los duelos entre géneros. A un lado del escenario, se alzaba una gran mampara tras la cual debían esperar los varones interesados en alguna amazona. Permanecían ocultos, protegidos del ojo curioso del público, hasta que fuera su turno de retar.
Cuando llegó la hora, me planté frente a la multitud y pronuncié un discurso para dar inicio a esta nueva etapa de la celebración anual. Les recordé las reglas fundamentales del evento:
1) Cualquier hombre elegible, natal o extranjero puede desafiar a cualquier mujer elegible.
2) Los menores necesitan el permiso y autorización de ambas familias para hacer y aceptar un desafío.
3) Los menores no necesitan casarse de inmediato, pero deben considerarse prometidos.
4) Toda mujer elegible desafiada no puede negarse a luchar.
5) Toda luchadora debe demostrar su máxima destreza en combate, de lo contrario, perderá su honor.
6) La batalla termina cuando uno de los dos no puede continuar el encuentro.
7) Todo hombre que pierda frente a una luchadora no podrá desafiarla nuevamente jamás.
8) Todo hombre que gane una batalla obtiene el derecho y deber de casarse con la amazona derrotada.
9) Los ganadores, excepto los menores, podrán disfrutar de "La Noche de Sumisión" con sus respectivas parejas si así lo desean.
10) Al día siguiente, las parejas serán celebradas y presentadas en sociedad como matrimonio.
Deseé suerte a los participantes y di la señal para que la festividad comenzara. Luego, me dirigí a mi tarima, desde donde podía observar con claridad cada combate, cada movimiento, cada intento desesperado, o incluso arrogante, por conquistar a una amazona.
Las peleas no tardaron en sucederse una tras otra. Algunas fueron breves, otras se prolongaron entre acrobacias, técnicas depuradas y choques de fuerza bruta. Como era de esperarse, la mayoría de los desafiantes no lograron vencer a las guerreras amazónicas. Algunas combatientes fueron retadas más de una vez, mientras que ciertos hombres, tras ser derrotados, se atrevieron a retar a otras guerreras, aferrándose a la esperanza de una segunda oportunidad. El público no perdía detalle. Vitoreaban a sus favoritas con entusiasmo y se burlaban sin piedad de los varones vencidos, lanzando carcajadas o comentarios ingeniosos que hacían temblar el orgullo de más de uno. Y cuando, en raras ocasiones, un hombre lograba una victoria, la ovación era un estallido de incredulidad y jolgorio.
Había una energía vibrante en el aire: una mezcla de emoción, rivalidad y tradición que lo impregnaba todo. Incluso yo disfrutaba de esta parte de la celebración. Cuando llegué a la aldea, estas costumbres me parecieron absurdas… hasta crueles. Pero con el tiempo, al igual que con muchas otras cosas, me fui integrando. Aprendí a entenderlas y, en cierto modo, a apreciarlas.
Durante mis primeros años, fui desafiada incontables veces. Como amazona, no podía negarme a un combate, era parte de la cultura y tradición de una amazonas. Muchos lo intentaron, buscando ganar mi mano por la fuerza, convencidos de que vencerme era posible. Todos fracasaron. Combatí contra retadores individuales, en parejas, incluso contra grupos enteros al mismo tiempo. Hordas. Como en mis días de juventud. Siempre salí victoriosa.
Lamentablemente la misma situación se mantuvo cuando me volví matriarca. Eventualmente, me vi obligada a imponer un decreto:
"cualquier hombre que me desafiara y perdiera, no podría casarse con ninguna otra amazona"
Lo hice para desalentar los intentos de luchas matrimoniales en mi contra, para impedir que los desafíos se convirtieran en espectáculos repetitivos que interrumpían mis responsabilidades una y otra vez. Desde entonces, los intentos de retarme se redujeron paulatinamente a cero. La amenaza de la derrota ya no era solo el deshonor… sino el destierro del amor en esta tierra.
Me sentía mucho más cómoda luego de imponer esa ley. Y estaba mucho más tranquila desde entonces… hasta hoy…
—¡YO SOY RANMA SAOTOME Y MI DESAFÍO ES PARA LA MATRIARCA AKA!
El rugido de su voz retumbó en la arena, silenciando el bullicio de la multitud en un instante. Sentí que el aire se volvía más denso a mi alrededor, como si cada mirada del público se clavara en mí al mismo tiempo.
Mi cuerpo se tensó instintivamente. No levanté la mirada de inmediato. Me permití un breve instante para procesar lo que acababa de ocurrir.
El murmullo del público creció como una ola a mi alrededor, algunas voces exclamaban sorprendidas, otras se reían con incredulidad. Pero yo no escuchaba nada con claridad. Solo sentía la opresión de su desafío, la inevitabilidad de enfrentarme a él una vez más.
Ranma Saotome… había desafiado a la matriarca de las amazonas. No a cualquier guerrera, no a una rival cualquiera. Me había desafiado a mí.
Ranma me había desafiado... ¡desafiado en matrimonio!.
Esto no podía estar pasando….
