Problemas muy pequeños Parte 4

Flora entró a su tienda.

—Ya es hora —murmuró, quitándose el sombrero de exploradora junto con el hiyab y las gafas steampunk, y arrojándolos sobre unos asientos vacíos.

Luego, se puso sus características gafas rosas y sacó una pequeña pinza dentada del interior de su bota izquierda. Con delicadeza, la usó para extraer una fotografía de King, Queen y Prince de su oreja izquierda.

Contempló la imagen durante unos segundos antes de alzar la vista hacia la cortina roja al fondo de la tienda. Desenrolló el látigo de su cintura derecha y lo azotó con fuerza contra el suelo.

—¡Vee! —llamó con voz firme.

Las cortinas se sacudieron, primero apenas, luego con un tirón brusco. De entre los pliegues oscuros emergió Vee, la misma basilisco que había salvado a Queen de los atrapatitanes. Sus ojos parecían muertos. Su piel tenía un tono ligeramente cenizo y su expresión era completamente vacía. Se deslizaba por el suelo con movimientos suaves y fluidos, como una serpiente acechante.

—Aquí estoy, ama —dijo con voz apagada.

Flora alzó la fotografía, mostrándola como si se tratara de una orden escrita en sangre.

—¿Ves a estos pequeños titanes?

Vee asintió sin vacilar.

—Por supuesto. ¿Qué necesitas que haga?

Flora le entregó la fotografía y, sonriendo con dulzura, dijo:

—Encuéntralos por mí.

Sin perder la sonrisa, agarró nuevamente su látigo y lo hizo silbar en el aire. Al instante, apareció una botella rociadora con un líquido rosa dentro, que cayó en las manos de Vee.

—Y cuando los encuentres, rocíalos con esto y tráemelos.

Vee observó el contenido con interés.

—¿Qué hace?

Flora amplió su sonrisa.

—Digamos que... reducirá sus posibilidades de escape.

Vee asintió lentamente… y justo en ese momento, su forma empezó a cambiar. Su cuerpo se alzó ligeramente del suelo mientras su silueta adquiría proporciones humanoides. Su cabello se tornó verde con puntas azules, como si imitara las aletas de un pez. Conservó sus orejas de basilisco, ahora casi indistinguibles entre los mechones. Su piel se aclaró apenas, lo suficiente como para pasar por una bruja común. Sus piernas se afirmaron al suelo, ahora más robustas, y vestía un suéter de rayas naranjas y amarillas con una calabaza en el pecho, pantalones azules rotos y botas marrones. Sólo sus ojos —los ojos de basilisco, profundos y sin alma— delataban lo que realmente era.

Flora la observó alejarse por la entrada de la tienda, esta vez con la sonrisa oscurecida.

—Qué noble fue tu final, ¿eh, "Zom-Vee"?

Rió suavemente mientras miraba la fotografía, y pasó el índice derecho sobre la imagen de Queen.

—Diste todo por ella, y al final, ¿qué obtuviste? Ahora me perteneces. La muerte fue solo el primer paso.

Hizo una pausa, para luego bajar la voz y envenenar aún más su tono:

—Porque la única redención para los traidores es volverse mis herramientas eternas.

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En algún rincón de la feria, un cuarteto paseaba entre risas y quejidos. Prince corría feliz entre sus padres y Luz, saltando de vez en cuando sobre los cráneos de los primeros, provocando carcajadas a su paso. Luz, con pequeñas ojeras bajo los ojos y el cabello algo revuelto, tenía el aspecto de alguien que acababa de bajarse de uno de los juegos más intensos de la feria… y así era.

—¡Mierkina, Villana Lucy, loco! —exclamó, llevándose una mano al estómago—. Esa desgraciá Montaña Molar da un remeneo en la tripa que tú jura que va pa'l otro lao.

Entonces, le dio una mordida a lo que parecía una masa frita con un relleno viscoso y púrpura, que sostenía con su mano zurda por un palo.

—Mmmm… Oigan, esta masa misteriosa sabe mejor que mi vómito.

—Me encantan estas rarezas —decía Prince mientras correteaba alrededor de sus padres y de Luz—. ¡Gracias, mami! ¡Gracias, papi! ¡Gracias, tía Luz! ¡Gracias, gracias, gracias, gracias!

—¿Y qué es lo que el pequeño Prince quiere hacer ahora? —le preguntó Luz con ternura y la boca llena de pasta púrpura.

—Ñaaa... Podríamos desafiar la Vuelta al Miedo —sugirió Queen, entusiasmada—. Dicen que da pesadillas interminables.

—O podríamos sumergir al Esqueleto —dijo King, señalando un juego de feria donde un esqueleto estaba sentado sobre una trampilla, justo encima de un enorme caldero que decía "Piel". Alguien había acertado al blanco en el centro del círculo derretido con una pelota, haciendo que cayera.

—¡Ah, ah, estoy cubierto de poros! —gritó el esqueleto, que ahora parecía tener carne, ojos y otras cosas.

—Oh...

Prince pareció ver algo que llamó su atención.

—¿Qué es eso?

Corrió hacia lo que parecía ser un puesto de premios, atendido nada más y nada menos que por Lusine Nocelum, quien dormía apoyada con el codo izquierdo y el antebrazo derecho sobre el mostrador. Llevaba el mismo atuendo que usó aquella vez cuando atrapó a Luz en su mente.

Prince observó el puesto con curiosidad, sentado en el suelo y moviendo su colita de un lado a otro, mientras sus padres y Luz lo alcanzaban.

—Ñaaa, es un puesto de premios, mi amor —le dijo Queen con dulzura, dándole suaves palmaditas en la cabeza.

Prince ladeó su cabecita.

—¿Premios? ¿Qué son premios?

—La respuesta es muy sencilla, hijo mío —dijo King, señalando hacia los objetos mientras Luz se llevaba a la boca de un solo bocado su misteriosa masa frita. Luego miró a Lusine, que se mordía el labio inferior tratando de contener la risa—. Son recompensas que puedes canjear con unos pedazos de papel llamados boletos, que ganas al participar en algunos juegos de esta feria.

Ni bien terminó la explicación de King, Luz acercó lentamente el palo —el que antes sostenía su masa frita— a la oreja derecha de su doble dormida, dispuesta a metérselo, pero...

—Ni se te ocurra, payasa —murmuró Lusine sin abrir los ojos, atrapando la muñeca de Luz con una velocidad inquietante, lo que provocó que el palo cayera al suelo.

—¡Ah! —soltó Luz, entre una risita nerviosa y un gesto de dolor—. Tienes buen instinto, lo admito... pero... ¡suelta, suelta, suelta!

Lusine la soltó sin decir una palabra más, dejando que su mano volviera a caer perezosamente sobre el mostrador.

Entonces abrió los ojos y miró a Luz con absoluta indiferencia, como si interrumpir su siesta fuera un crimen imperdonable.

—¿Y bien? —dijo con tono seco y sarcástico—. ¿Viniste a molestarme o a cambiar un montón de papeluchos por alguna #%& inútil de las que tengo aquí?

Luz la miró con reproche, frotándose la muñeca mientras los pequeños titanes la alcanzaban.

—En primer lugar, hola. Qué gusto encontrarte, "hermana". Y en segundo, cuida tu lenguaje. ¿No ves que hay niños presentes?

King bufó, colocando una garra sobre el lomo de su hijo.

—¡Eh! ¡Tanto mi niñez como la de mi reina terminaron hace como dos horas! ¡Ahora somos adultos responsables y padres!

Queen asintió, acariciando a Prince con ternura.

—Ñaaa, exacto. Dos horas. Ya es suficiente experiencia de vida.

Lusine los observó con una sonrisa torcida y un tono ácido.

—Wow... niñez fugaz, decisiones dudosas y paternidad prematura. Qué gran combinación. ¿Por qué no escriben un libro? "Cómo arruinar tu juventud en tres pasos".

—¡Oye! —exclamó Luz, mirando a Lusine con indignación—. Eso fue horrible, pero tristemente cierto.

Lusine se encogió de hombros, sin el menor remordimiento. Mientras tanto, Prince, ajeno a la conversación de los "adultos", saltó ágilmente sobre el mostrador y se sentó en él.

Miró a Luz, luego a Lusine.

—Te pareces a la tía Luz —señaló.

—Qué observador —respondió Lusine con indiferencia, mientras Luz soltaba una risa entre dientes.

—Y eso que no ha visto a su tío Lucho —añadió la joven humana.

Luego, Prince se fijó en una bolsa color crema con signos de interrogación, ubicada en el fondo izquierdo del puesto, sobre un estante inferior.

—¡Uh...! —exclamó, señalando con su pequeña zarpa derecha—. ¿Qué hay ahí?

Lusine sonrió con malicia.

—Si quieres saberlo, cachorrito huesudo, tendrás que pagar el precio. Vale un millón de boletos.

—¿¡Qué!? —exclamó King, mientras Queen y Luz se quedaban boquiabiertas—. ¡Golpéala y róbale sus cosas, por el príncipe!

Prince, por su parte, se quedó mirando al frente, frunciendo el ceño con toda la seriedad del mundo, como si estuviera intentando resolver una ecuación matemática avanzada en su cabecita.

—¿Eso es más que uno? —preguntó, completamente convencido de que estaba haciendo una gran pregunta.

Lusine se agachó junto a él, esforzándose por no estallar en carcajadas.

—Muchísimo más que uno, pequeña peste amarronada —le susurró.

—¡Lenguaje! —le reclamó Luz—. Pero sí, es como un millón de unos, su altecita —agregó con humor y ternura.

Prince, con una cara de revelación que podría iluminar toda la ciudad, dijo:

—Entonces... —su colita comenzó a moverse frenéticamente—. ¡Voy a necesitar muchos juegos!

Y sin más, saltó del mostrador como un torbellino y salió corriendo a toda velocidad, gritando:

—¡Juegos y boletos, juegos y boletos, juegos y boletos, juegos y boletos, juegos y boletos!

King y Queen se miraron como dos padres orgullosos, y luego se lanzaron tras él, con resignación en sus ojos.

—Eso sin duda lo heredó de ti, reina mía —dijo King.

—¡Ñaaa, no es cierto! —respondió Queen—. Lo heredó de ti, mi rey.

Lusine negó con la cabeza mientras los veía alejarse.

—Pestilentes alimañas —murmuró.

Luz sostuvo la mirada de su doble, con los brazos cruzados y el rostro severo.

—Deberías aprender a ser más agradable y educada con las personas, sobre todo con los niños.

Lusine sonrió de forma despreocupada, apoyándose en su codo izquierdo.

—¿Pero…?

Luz soltó una risita.

—Pero, comparada con el pan mohoso de Lucho, eres un pastel de ciruela recién horneado.

Se inclinó y le dio un beso en la frente.

—Aunque un poquito quemado.

Ambas se miraron por un rato, hasta que...

—Pffff...

Estallaron en sonoras carcajadas, Lusine golpeando el mostrador con su puño derecho y Luz agarrándose el estómago.

—Eres tan tonta —dijo Lusine, limpiándose las lágrimas con la muñeca derecha.

Luz dejó de reír y se inclinó hacia su doble, ofreciéndole la mejilla izquierda con una sonrisa y los ojos cerrados.

Lusine la miró fastidiada.

—¿De verdad es necesario, Luz?

—No, si no quieres, Lus —respondió Luz amablemente.

Lusine rodó los ojos y, entonces, le plantó un fugaz beso en la mejilla.

—Menos mal que traje enjuague bucal —dijo, mientras Luz se ruborizaba con ojos soñadores.

—Hermana...

Lusine le dio un suave empujón.

—Cállate.