FRAGMENTOS
¡Hola! Nuevo capítulo.
- Cbt1996: Este capítulo fue duro, sí. Las emociones están a flor de piel y hay cosas que cuesta mucho procesar, incluso escribir. No todo lo que pasa es fácil de aceptar, pero creo que a veces es necesario mostrar lo difícil, lo que duele, porque también forma parte de la historia de los personajes. Algunos actos no tienen excusa, y eso se siente. Y aunque no se diga todo con palabras, las consecuencias están ahí, marcando a cada uno. Lo importante ahora es cómo sigue cada personaje después de todo lo vivido. Qué hacen con el dolor, cómo intentan seguir adelante. Ya estamos entrando al cierre, y entiendo que surjan dudas, sentimientos encontrados, e incluso miedo por lo que pueda pasar. Pero al final, la historia va de eso: de decisiones, de caminos que se cruzan y se separan, de lo que se pierde y también de lo que aún puede salvarse. Gracias por seguir leyendo, queda poco por recorrer.
- Kayla Lynnet: Entiendo ese silencio del que hablas, a veces los capítulos no solo se leen, se sienten… y este en particular fue uno de esos. Las cosas se pusieron intensas y los personajes se enfrentaron a situaciones límites, donde ya no hay espacio para medias tintas. Lo que ocurrió con Koga fue fuerte, sí. No era fácil de escribir, tampoco de leer. Pero hay momentos en los que la historia exige mostrarse cruda, sin filtros, porque así es como algunos quiebres dejan huella. Y sí, incluso los Taisho, que parecían tener un control, sobre todo, terminaron envueltos. Nadie sale ileso en un ambiente tan cargado, y a veces las decisiones nacen más del dolor que de la razón. Kagome carga con tanto que es imposible pensar que pueda sanar sola. Hay heridas que van más allá de lo que se ve, y buscar ayuda no solo es necesario, es urgente. En cuanto a los niños, ellos son el motor para seguir creyendo que algo bueno todavía puede construirse. Gracias por seguir aquí, incluso cuando las palabras se escapan.
- joiscar2: Las cosas por fin empiezan a acomodarse, aunque sea lentamente y entre ruinas. Es bueno ver a ciertos personajes creciendo, tomando decisiones desde un lugar más consciente, más sereno. No siempre fue así, pero el dolor también enseña, aunque lo haga a la fuerza. Tomarse un tiempo, alejarse, sanar… es válido. No siempre se puede seguir como si nada. Pero también hay quienes no están dispuestos a rendirse tan fácil, y eso puede marcar la diferencia. Y sí, hay acciones que nacen del límite, del cansancio, del daño acumulado. No se trata de justificar, pero en ciertos contextos, algunas respuestas se entienden mejor que otras. La historia sigue tomando forma. Lo que viene será clave para cerrar ciclos… o abrir otros.
- Karii Taisho: ¡Holi! Gracias por tomarte el tiempo de compartir todo esto. Es muy cierto que muchas veces quienes más callan, más cargan por dentro, y eso también termina por romperlos. La contención emocional, o la falta de ella, pesa más de lo que parece, y en esta historia ha sido un factor fuerte para varios personajes. A veces los momentos más oscuros no están en lo que se ve, sino en lo que se insinúa, en lo que cada uno imagina. No es necesario mostrar todo con detalle para que el dolor se sienta. Lo que pasó en esa celda, más allá de lo explícito, dejó una huella que va mucho más allá del cuerpo. Hay personajes que parecen girar todo el tiempo entre redención y manipulación, y justamente por eso es difícil confiar en ellos, incluso cuando intentan mostrar otra cara. Lo cierto es que algunas heridas, aunque no parezcan "tan graves" desde fuera, igual dejan marcas profundas. La situación con los hijos es otra de las grandes preguntas, y sí, el deseo de protegerlos puede llevar a tomar decisiones extremas, algunas con consecuencias que aún no se han medido del todo. La historia no solo habla de lo que duele, sino también de lo que sigue después del dolor: cómo se enfrenta, cómo se transforma, y cómo se logra sanar. Hay personajes que están comenzando a dar pasos más conscientes, otros que aún necesitan romper ese muro del silencio. Lo que venga para ellos no será sencillo, pero todo apunta a que tendrán que mirar hacia adentro, hacia lo que realmente importa. Gracias por seguir leyendo con tanta atención. Queda poco por recorrer, pero aún hay mucho por sentir.
- Samudio Marlenis: Gracias por compartir lo que sentiste con este capítulo. La historia ha llegado a un punto donde muchas emociones se mezclan, y es normal que todo se sienta tan intenso. Lo que vivió Kagome, aunque no se haya consumado como tal, sigue siendo profundamente doloroso y marcó un antes y un después en ella, en su cuerpo y en su mente. A veces lo que más pesa no es solo lo que pasa, sino lo que te hacen sentir, y eso también deja cicatrices. La muerte de quien tanto daño hizo puede parecer un cierre, un tipo de justicia, aunque como bien dices, queda ese deseo de entender más, de ver cómo fue el momento en que todo terminó para él. En cuanto a Kikyo, su castigo puede parecer poco frente a lo que causó, pero aún hay camino por recorrer y tal vez las consecuencias internas sean más fuertes de lo que parecen desde fuera. Lo de Inuyasha y Kagome toca una fibra especial. Ella quiere sanar, empezar de nuevo, buscar paz... pero eso también significa tomar distancia de todo, incluso de quien más la ama. Es complicado, porque hay veces en que el amor no basta para curar. Aun así, él ya ha demostrado que no piensa soltarla fácilmente, y quién sabe, tal vez lo que venga más adelante no sea una despedida definitiva, sino el comienzo de algo nuevo, desde otro lugar. Entiendo ese deseo de verlos juntos, reconstruyéndose. Al final, no hay mayor esperanza en una historia como esta que ver cómo, después de tanto dolor, los personajes logran encontrar un poco de luz. Vamos a ver qué decide el corazón de cada uno.
- MegoKa: ¡Holi! Gracias a ti por dejarme un mensaje tan lleno de emoción y reflexión. Me alegra mucho saber que la actualización te hizo el día y que conectaste con todo lo que está pasando en la historia. Sí, este capítulo tiene ese aire de transición, de empezar a sanar después de tanto dolor, aunque todavía queden heridas abiertas y decisiones difíciles por tomar. Entiendo completamente esa mezcla de sentimientos que mencionas: las dudas, la tristeza, el alivio, el enojo, incluso las pequeñas esperanzas. Todo lo que sucede con Kagome, Inuyasha y los demás personajes está cargado de matices. A veces no hay decisiones "correctas", solo caminos que cada uno intenta recorrer con lo que puede. Me gusta mucho cómo percibiste la carga emocional de cada momento, y cómo notaste detalles tan importantes en lo que dicen y hacen. Gracias por leer con tanta atención, por compartir tus pensamientos y por seguir acompañando a estos personajes en su proceso. Me encanta recibir mensajes como el tuyo, porque me recuerdan que esta historia no se vive sola. Un abrazo grande.
¡Hola a todos!
Llegamos al punto que siempre supe que llegaría, pero que jamás imaginé lo abrumador que sería escribir: el final.
Este proyecto, que nació desde una idea pequeña, desde una emoción que me quemaba dentro y necesitaba salir, creció junto a ustedes. Cada palabra escrita, cada escena construida, fue un proceso profundo, honesto y en ocasiones muy doloroso. No solo por el contenido o por lo que los personajes vivieron, sino por todo lo que implicó para mí como escritora. Fragmentos no fue solo una historia… fue una catarsis, una forma de sanar, de acompañar, de gritar cosas que muchas veces no se pueden decir en voz alta.
Escribir esta historia fue remover emociones, repensar decisiones, llorar con los personajes y reír en medio de su caos. Fue sentir miedo, coraje, ternura, tristeza y amor… mucho amor. Y lo mejor de todo fue poder compartir ese viaje con ustedes. Sus mensajes, sus teorías, sus enojos, su ternura, su dolor compartido... su compañía constante.
No tienen idea de cuánto significó para mí. Nunca estuvieron del otro lado de la pantalla: estuvieron conmigo, dentro de cada página.
A partir de aquí, ya no hay vuelta atrás. Lo que sigue es el desenlace, lo inevitable. Los personajes han tomado sus decisiones y el camino ha sido trazado con cada paso. Lo que leerán en los capítulos 44, 45 y el epílogo es la culminación de todo este viaje. Espero de corazón que lo disfruten, que los toque, que los abrace de alguna forma.
Y aunque este ciclo se cierra, mi corazón de escritora no deja de latir. Sí, habrá más proyectos. Sí, ya se están gestando ideas que muero por compartir con ustedes. Y sí, en su momento, soltaré pistas. Pero todo a su tiempo. Ahora quiero que nos demos la oportunidad de cerrar esta historia con la misma pasión con la que la empezamos.
Gracias por dejarme entrar en su mundo. Gracias por sostener esta historia conmigo. Gracias por emocionarse, por sufrir, por amar junto a mí a cada uno de estos personajes.
Y por último…
Nunca subestimen el poder de una historia bien contada. Las palabras sanan, unen, transforman. Que nunca les falten motivos para crear, para sentir, para volver a empezar.
Nos vemos en el próximo viaje.
Con cariño infinito,
XideVill
.
Disfruten del capítulo 44, 45 y del epílogo.
¡Que la lectura les haga sentir vivos!
Disclaimer: Los personajes de esta historia son de Rumiko Takahashi.
CAPÍTULO 44.
INUYASHA
–Dime si te incomoda.
–No me has tocado y ya me duele, Larry –solté con un deje de broma.
El hombre frente a mí sonrió, pero no se detuvo; al contrario, puedo jurar que la presión que ejerció en mis costillas fue por pura maldad.
–Vas bien, creí que gritarías.
–Muy gracioso –solté.
–Hablo en serio. Te recuperas muy bien, pronto podrás irte a casa.
–¿Es eso, o simplemente ya no me quieres tener como paciente?
–No hay nada peor que tener a un Taisho como paciente –confesó con tono burlón.
–Eso te puede costar un descuento…
–¡Qué miedo! –dijo entre risas–. Primero recupérate, luego hablamos de ese descuento.
–No estoy bromeando…
De pronto, las risas de los niños inundaron la habitación cuando irrumpieron corriendo.
–¡Papi! ¡Papi!
–¡Papito!
Sus pequeñas voces hicieron eco en mis costillas adoloridas, pero la calidez que trajeron con ellos hizo que la punzada pasara a segundo plano.
–¡Papi, gané! –Hoshi se detuvo frente a mí, sonriendo con orgullo, aunque todavía respiraba agitado–. Moroha dijo que el que llegaba primero aquí ganaba y… y yo gané… ¡Te gané, hermana!
–Sí, sí, como sea… Digamos que eres muy rápido –exclamó Moroha, rodando los ojos antes de mirarme con una sonrisa cómplice.
Ambos sabíamos que le había dejado ganar a propósito.
–Bueno… al parecer tienes compañía –dijo Larry, poniéndose de pie–. Los dejaré para que convivan.
Fue en ese momento cuando Kagome apareció en la puerta.
No sabía cómo describir lo que sentí al verla ahí. Algo en su expresión, en su postura… ¿Estaba preocupada? ¿Aliviada? Lo que sí podía asegurar era que lucía hermosa.
–Hola –saludó.
–Hol…
–¿Señora Kagome? –preguntó Larry, interrumpiéndonos.
–Sí...
–Un gusto conocerla.
–Igualmente. ¿Cómo está, Inuyasha? –le preguntó sin apartar la mirada de mí.
No sabía cómo actuar.
–Bastante bien, justo le acababa de decir que se recupera muy rápido –dijo Larry.
–Qué alivio…
Kagome suspiró, pero algo en su tono me pareció extraño.
–¿Puedo hablar con usted un momento?
Miré a Larry, sintiendo un ligero nudo en el estómago.
–¿Pasa algo? –Kagome y yo preguntamos al unísono.
–Para nada. Es solo… papeleo –me miró fijamente–. Ya sabes…
Algo me decía que no era solo eso.
Asentí, y los vi salir, dejándome a solas con los niños.
Hoshi se subió con cuidado a la cama y Moroha se acercó al otro lado, ambos mirándome con expectación.
–Papito, ¿te duele mucho? –preguntó Moroha en voz baja, como si temiera la respuesta.
–No mucho, princesa. Solo un poco.
No quería preocuparlos más de lo necesario.
–Papi, mami te compró algo…
–¡Hoshi, shh! –Moroha le tapó la boca antes de que siguiera–. Se supone que era una sorpresa.
Reí bajo. Verlos así me hacía olvidar, aunque fuera por un momento, todo lo demás.
–¿Una sorpresa, eh? Entonces haré como que no escuché nada…
Moroha sonrió, pero su mirada iba y venía de la puerta. Podía notar que, aunque intentaba actuar normal, algo rondaba su mente.
–Oye, princesa… ¿estás bien? –pregunté, observándola con detenimiento.
Ella tardó unos segundos en responder, pero finalmente asintió.
–Sí… solo pensaba en algo…
No insistí. Sabía que, cuando estuviera lista, me lo diría. Ella era como yo, tan reservada en ocasiones, pero a la vez, Moroha era una niña muy sensible.
Me incliné un poco y le besé la frente. Sentí cómo se relajaba bajo mi toque, y cuando me aparté, me sonrió antes de abrazarme con fuerza, como cuando era solo una bebé y buscaba refugio en mis brazos.
–Te quiero mucho… Lo sabes, ¿verdad?
Asintió sin apartar la mirada de mí.
–¿Y yo…?
La voz de Hoshi nos hizo voltear al mismo tiempo. Tenía los ojos muy abiertos, esperando su turno.
Sonreí y le pasé la mano por la cabeza.
–También te quiero, hijo. Los quiero a los dos.
Hoshi no lo pensó ni un segundo antes de lanzarse sobre mí y abrazarme con todas sus fuerzas. Sentí su pequeño cuerpo temblar apenas, como si hubiera estado conteniendo algo.
–Yo también te quiero, papi… –susurró contra mi pecho.
Moroha se unió sin decir nada, apoyando su frente en mi brazo.
No importaba nada más en ese momento, ni siquiera el dolor en mis costillas. Solo ellos.
–Vaya, vaya… Me voy solo unos minutos y me excluyen.
–¡Mami! –Hoshiro se sentó de inmediato, estirando los brazos hacia Kagome.
Ella no lo pensó dos veces y cruzó la habitación para tomarlo en brazos y llenarlo de besos.
Cuando terminó, Kagome soltó una risa y miró en mi dirección.
–¿Cómo te sientes?
–Mejor ahora que estás aquí.
Ella suspiró, pero sonrió de lado mientras Hoshi jugaba con un mechón de su cabello.
–Te traje algo –dijo entonces, sacando una pequeña bolsa de papel de su bolso–. No es la gran cosa, pero pensé que te gustaría.
Moroha se acercó de inmediato, curiosa.
–¿Qué es?
Kagome sacó una cajita y la abrió frente a mí. Adentro había un par de orejas de perro de felpa.
Parpadeé.
–¿En serio?
Moroha soltó una carcajada.
–¡Póntelas, papito! –dijo emocionada.
–Ni de broma.
Kagome sonrió y dejó la caja sobre la mesa junto a la cama.
–Está bien, entonces me las quedo yo.
Antes de que pudiera protestar, ya se las estaba colocando sobre la cabeza.
Moroha y Hoshi estallaron en risas.
Y yo… Yo simplemente no podía dejar de mirarla.
–¿Y… qué tal? ¿Me queda bien? –preguntó sin ser consciente del efecto que provocaba en mí.
–Kag…
–Es broma, amargado –dijo, sentando a Hoshi sobre la camilla con una sonrisa traviesa–. En realidad, esto es para los niños.
–Me asustaste…
–¿Seguro? –cuestionó, mirándome a los ojos con esa expresión que siempre lograba desarmarme.
No supe qué decir. La verdad era que… susto no era lo que sentía. Ella se veía hermosa usara lo que usara, y esas orejitas de felpa solo lograban hacerla ver más adorable de lo que ya era.
Le colocó las orejitas a nuestro hijo, quien se rio emocionado, y luego buscó algo en su bolso.
–En realidad, sí te traje algo.
–¿Otra broma?
Escuché la risita de Moroha a mi lado, quien claramente sabía de qué se trataba.
–No, esta vez va en serio.
–¿Qué es?
Kagome sacó una pequeña foto y me la entregó con delicadeza.
–La policía me la dio… dijeron que la encontraron cuando allanaron los lugares donde Kikyo nos tuvo cautivos.
Mis ojos no podían dejar de ver la imagen plasmada en esa diminuta fotografía.
–Tampoco sabía de su existencia hasta entonces… y bueno… creí que sería un buen regalo ya que… bueno… es para que de alguna forma… –su voz se fue apagando mientras soltaba el aire, nerviosa–. Solo quería que conocieras a Hoshi cuando nació.
La miré. Para ser honesto, no disimulé el temblor de mis manos al sostener tal regalo.
Era él.
Pequeño, frágil, con los ojos cerrados y envuelto en una manta blanca. Apenas un recién nacido… mi hijo.
Mi pecho se comprimió con una mezcla de emociones que no supe cómo manejar.
–No sé quién tomó la fotografía, pero… de alguna forma… me alegra que lo hayan hecho –continuó Kagome en voz baja–. Así puedes verlo.
Pasé la yema de los dedos sobre la imagen como si pudiera sentir su calor a través del papel.
–Gracias… –susurré, sin apartar la vista de la foto.
Kagome se acercó un poco más, sus dedos rozando los míos sobre la imagen.
–No tienes que agradecerme… Siempre debió ser tuyo.
Levanté la vista hacia Kagome, su expresión era dulce, pero en sus ojos había un dejo de tristeza, como si sintiera el peso de todo el tiempo perdido.
Apreté la foto entre mis dedos, como si de alguna forma eso pudiera acercarme al momento que nunca viví.
Moroha, que había permanecido callada, se inclinó un poco para mirar la imagen.
–Se parece a ti, papito –comentó con una sonrisa.
Y yo sonreí sin poder evitarlo.
–¿Sí?
–Sí… bueno, un poco… en la nariz.
Solté una risa breve, y Kagome también lo hizo. ¡Por dios, Hoshi era mi copia exacta! ¿Cómo podía decir que solo en la nariz?
–Mami, papi, ¡yo también quiero ver! –exclamó Hoshi, trepando sobre mis piernas para intentar alcanzar la foto.
Me reí y lo alcé con cuidado, mostrándole la imagen.
–Ese eres tú, campeón… –murmuré.
Él frunció el ceño, observándola fijamente.
–¿Yo?
–Cuando eras bebé.
Hoshiro abrió la boca sorprendido y luego miró a Kagome.
–¡Mami! ¿Por qué estoy tan chiquito?
–Porque así nacen los bebés, cariño.
Hoshiro volvió a mirar la foto y luego me miró con curiosidad.
–¿Y cómo nacen los bebés?
De inmediato miré a Kagome, pero ella esquivó mi mirada y se hizo la desentendida. Traidora.
–Eh… bueno… –tosí, buscando desesperadamente una salida.
Moroha, que siempre estaba un paso adelante, se cruzó de brazos con una sonrisa maliciosa.
–Sí, papi, dinos. ¿Cómo nacen los bebés?
Le lancé una mirada de advertencia, pero ella solo se encogió de hombros, disfrutando del momento.
Hoshiro parpadeó, esperando una respuesta.
–Pues… los trae la cigüeña –intenté, esperando que con eso se diera por satisfecho.
Pero no.
–Eso no es cierto –replicó con un puchero–. Mi mami me dijo que vienen de la pancita de mamá.
Genial.
–Así es, Hoshi –intervino Kagome, finalmente decidiéndose a ayudarme–. Los bebés crecen en la pancita de mamá hasta que están listos para nacer.
Hoshi frunció el ceño.
–Pero ¿cómo entran ahí?
Casi me atraganté con mi propia saliva.
Moroha soltó una carcajada, cubriéndose la boca con la mano.
–¿Sabes qué? –dije levantándolo con cuidado y acomodándolo en mi regazo–. Es una historia larga, campeón. Pero puedo decirte que los bebés se crean cuando papá y mamá se aman mucho.
–¿Tú y mamá se aman mucho?
Esta vez fue Kagome quien se atragantó con su saliva.
–Bueno, ya es suficiente, cariño. Y ahora mismo, es hora de comer. ¿Qué tal si lo dejamos para otro día?
Hoshiro hizo un pequeño puchero, pero luego su carita se iluminó.
–¡Sí! ¡Quiero pizza!
Solté un suspiro de alivio.
–Yo también quiero –dijo Moroha–. Mami, ¿podemos decirle a Bankotsu que pida pizza para comerla junto a papá?
–¡Sí!
Hoshi y ella se encargaron de manipular la situación con Kagome, y al final, ella terminó cediendo.
–Bien, vayan a pedirle, pero… –recalcó antes de que salieran por la puerta–. También díganle que pida algo de ensalada o lo más saludable que haya.
–¡Sí!
Y así fue como ambos salieron corriendo.
–¿Algo saludable? –cuestioné–. ¿Desde cuándo te preocupa eso?
Ella me sonrió mientras acomodaba la manta que me cubría los pies.
–Lo saludable no es para mí –dijo con malicia–. Es para ti.
–Oye, eso no…
–¿Qué? ¿Creías que la pizza iba a ser para ti?
–Tengo rotas las costillas, Kagome. No la sensibilidad gustativa.
Ella soltó una risotada antes de mirarme.
–¿Quieres decir que sí puedes comer tal cantidad de grasa?
–Sí…
–Mentiroso.
–Oye, solo quiero comer con ustedes –le dije sin dejar de mirarla.
–Y lo harás. Pero no comerás lo mismo. Primero está tu salud.
–¿Sabes qué es lo mejor para mí?
–¿Qué? Y no me digas que es la pizza –advirtió.
Reí mientras negaba.
–No, es algo mucho mejor.
–¿Qué es?
–Son ustedes –esperé su reacción–. Mi familia.
Kagome abrió la boca, pero no dijo nada. Su mirada se suavizó por un instante, y por un momento pensé que iba a responderme con la misma honestidad. Sin embargo, en cuanto parpadeó, esa expresión se desvaneció.
–No uses esas palabras para evadir la ensalada… –murmuró, volviendo a acomodar la manta sobre mi pecho.
Reí entre dientes.
–No era mi intención.
–Claro que sí.
–No, en serio… –La observé con atención, intentando descifrar qué pasaba por su mente. Había algo en sus ojos, un brillo diferente, algo contenido. Quizás duda. Quizás nostalgia. O tal vez era solo mi deseo de que sintiera lo mismo que yo.
Se giró justo cuando Moroha y Hoshi regresaban, gritando emocionados.
–¡Va a tardar un poco! –avisó Moroha, subiéndose a la camilla sin la menor consideración por mi estado.
–¡Sí! ¡Dijo que pedirá una pizza gigante! –agregó Hoshi, subiendo tras su hermana.
Kagome suspiró y cruzó los brazos.
–¿Y qué hay de lo saludable?
–Bankotsu dijo que la pizza tiene tomate –respondió Moroha con total naturalidad.
Tuve que morderme el labio para no reír.
–Eso no cuenta… –Kagome masajeó sus sienes, resignada.
–¡Pero sí va a traer ensalada! –intervino Hoshiro.
Ella suspiró y miró a los niños con expresión exasperada.
–Está bien…
Moroha sonrió satisfecha y luego se acomodó sobre la camilla, apoyando la cabeza en mi hombro.
–Oye, papá…
–¿Hmm?
–¿Extrañas estar en casa con… nosotros?
Mi corazón dio un vuelco.
Kagome, que se había volteado como si no le importara nuestra conversación, se tensó sutilmente cuando la miré. No sabía si ella también quería escuchar mi respuesta o si solo temía lo que diría.
Pasé un brazo alrededor de Moroha y asentí.
–Claro que sí… Mucho.
–Sana rápido, papito… –me susurró al oído–. Quiero que estés con nosotros… y con mamá.
Cuando levanté la mirada para buscar a Kagome, ella ya no estaba en la habitación. Su ausencia pesó más de lo que quise admitir.
Giré la cabeza hacia la puerta, esperando verla todavía cerca, pero solo me encontré con el eco de sus pasos. Solté un suspiro, dejando que el aire se escapara con un peso que no sabía que estaba conteniendo.
El peligro había pasado, las amenazas que nos mantenían en vilo ya no estaban… pero entonces, ¿por qué sentía que todo se volvía más difícil? ¿Por qué, en lugar de acercarnos, parecía que nos alejábamos más?
Apreté los puños sobre la manta que me cubría, luchando contra la sensación de que, aunque había sobrevivido, algo más se estaba desmoronando entre nosotros.
KAGOME
Apenas empujé la puerta del baño, la cerré tras de mí con un movimiento apresurado, casi desesperado. Me llevé una mano a la boca, tratando de ahogar un sollozo antes de que escapara.
Recorrí el lugar con la mirada; estaba vacío, frío, indiferente. Me apoyé en el lavamanos, sintiendo cómo mi cuerpo temblaba con el peso de todo lo que estaba conteniendo. Abrí el grifo y dejé que el agua corriera unos segundos antes de inclinarme y lavarme la cara, frotando con fuerza, como si pudiera borrar el rastro de mi fragilidad.
Pero en el fondo, sabía que no se iría. No importaba cuánto lo intentara, no importaba cuántas veces repitiera el gesto. Lo que sentía no podía desvanecerse con un poco de agua… no cuando el dolor estaba arraigado tan dentro de mí.
No podía ser indiferente a lo que estaba pasando. Los niños querían tener cerca a Inuyasha, y Moroha era la primera en demostrármelo. Su mirada, su manera de aferrarse a él… todo en ella gritaba cuánto lo necesitaba.
No podía ser egoísta con ellos. No cuando su felicidad dependía de algo tan simple y a la vez tan complejo como la presencia de Inuyasha en sus vidas.
Pero… ¿dónde quedaba yo en todo esto? ¿Dónde quedan mis heridas, mis miedos, mi derecho a sanar?
Yo también lo merecía. También necesitaba estar bien para seguir adelante, para reconstruirme, para encontrar mi propio camino. Pero si todo gira en torno a él, si todo me arrastra de nuevo a lo que fuimos y a lo que nunca terminamos de ser… entonces, ¿qué me quedaba a mí? ¿Resignación?
–¿Kagome…?
Volteé de inmediato en cuanto escuché su voz. Rápidamente intenté secarme la cara con las mangas, como si pudiera borrar cualquier rastro de mis emociones, pero...
–Cariño, ¿estás bien?
–Sí… no… no te preocupes, Izayoi, yo… estoy bien, solo… –intenté sonreír, pero la expresión se sintió forzada–. Necesitaba un poco de esto.
Ella me miró con esa expresión dulce y comprensiva que tanto la caracterizaba, pero que en ese momento me hacía sentir expuesta. Como si pudiera ver a través de mí, como si supiera exactamente lo que estaba ocurriendo dentro de mi pecho.
–¿Viniste a ver a Inuyasha? –pregunté, intentando sonar normal, aferrándome a la conversación como si fuera un salvavidas.
–Sí… estaba llegando cuando te vi correr hacia aquí y…
–Bueno, "correr" es una exageración –me apresuré a decir, esbozando una sonrisa nerviosa mientras buscaba el papel para secarme las manos–. Yo solo necesitaba…
–Lo que necesitas es un abrazo –soltó de pronto.
Me quedé en mi sitio, inmóvil, como si sus palabras hubieran detenido el tiempo.
No dije nada cuando acortó la distancia entre nosotras, ni cuando extendió los brazos para rodearme con ellos. Pero cuando lo hizo… me rompí.
No fue un llanto escandaloso ni desesperado. Fue silencioso, casi contenido, pero tan profundo que sentí que me desmoronaba en sus brazos. Un sollozo quedó atrapado en mi garganta mientras me aferraba a ella, buscando un refugio en su calidez.
–Shh… está bien, cariño –susurró Izayoi, acariciando mi cabello con ternura–. No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
Sus palabras fueron mi perdición.
Me aferré con más fuerza, como si temiera que, si la soltaba, todo el dolor que intentaba contener me consumiría por completo. Porque en el fondo lo sabía… sabía que no tenía que ser fuerte todo el tiempo. Pero admitirlo… admitirlo me aterraba.
–¿No sé qué debo hacer…? –musité sobre su hombro, sintiendo mi propia voz quebrarse–. Me siento tan perdida, Izayoi.
Ella me frotó los hombros con dulzura, transmitiéndome un calor reconfortante antes de separarme con cuidado. Sus manos, suaves y firmes, se deslizaron por mis mejillas, limpiando con delicadeza los rastros de mis lágrimas.
–Tengo mucho miedo… –le dije en un susurro tembloroso, sintiendo el peso de mis propias palabras oprimirme el pecho–. Tengo miedo de arruinarles la vida a mis hijos con mis decisiones…
Mi voz se quebró al final. Apenas pude sostener la mirada de Izayoi, porque en el fondo, decirlo en voz alta hacía que ese temor pareciera más real, más grande, más imposible de ignorar.
Ella no respondió de inmediato. En cambio, apretó con suavidad mis manos entre las suyas, como si quisiera asegurarse de que no me soltara en medio de la tormenta que sentía dentro de mí.
–Kagome… –su voz era calmada, llena de esa paciencia infinita–. Ser madre no significa no equivocarse. Significa hacer lo mejor que puedes con lo que tienes. Y si hay algo que veo en ti es cuánto amas a tus hijos.
–¿Y si eso no es suficiente? –pregunté, con un hilo de voz–. ¿Y si, a pesar de todo lo que intento, siguen sufriendo?
Izayoi acarició mi mejilla con ternura, secando con el pulgar una lágrima que ni siquiera me había dado cuenta de que había caído.
–Ellos no necesitan una madre perfecta, Kagome. Necesitan una madre que los ame, que esté ahí para ellos, que siga adelante a pesar del miedo. Y tú… ya estás haciendo eso.
–Dejaremos Tokio, Izayoi… lo siento… –mi voz se quebró al final, y un nudo se formó en mi garganta.
Izayoi parpadeó con sorpresa, pero casi de inmediato su expresión se suavizó.
–Oh, no, no, cariño –negó con dulzura, tomando mis manos entre las suyas–. No te disculpes por eso.
Pero yo bajé la mirada, sintiendo que el peso de mis decisiones era demasiado para sostenerlo sola.
–Siento que debo hacerlo… –susurré–. Mi decisión los apartará de sus nietos, será la responsable de que ellos estén lejos de su padre y… y eso… no puedo con eso…
Las palabras salieron atropelladas, como si de pronto ya no pudiera contenerlas más. Mi pecho se agitaba con cada respiración, y la culpa se instaló como una sombra persistente en mi mente.
Izayoi no dijo nada al principio. En lugar de eso, sus dedos acariciaron el dorso de mi mano en un gesto tranquilizador antes de hablar.
–Kagome –dijo con ternura–, tú no estás alejando a nadie. Estás buscando lo mejor para ti y para tus hijos. Y si eso significa irte de Tokio, entonces es lo correcto.
Sacudí la cabeza con frustración, sintiendo cómo la desesperación se aferraba a mi interior.
–Pero… ¿y si me equivoco? ¿Y si después de todo, ellos terminan sintiéndose perdidos, sin rumbo? ¿Si… si un día me reprochan esto?
Izayoi suspiró suavemente y apretó mi mano con más fuerza.
–¿Sabes qué creo? –murmuró con una calidez inquebrantable–. Que los niños no necesitan una casa grande o una ciudad específica para ser felices. Necesitan a sus padres, Kagome. Necesitan a alguien que los ame y los guíe, y eso es exactamente lo que tú y mi hijo están haciendo.
Quise responder, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.
–Sé que estás aterrada –continuó–. Sé que esta decisión no es fácil, pero tampoco lo es quedarte donde no eres feliz. Tienes derecho a empezar de nuevo, a buscar tu bienestar, a sanar. Y eso no te convierte en egoísta.
Respiré hondo, tratando de asimilar cada palabra. Quería creerle, quería aferrarme a la idea de que estaba haciendo lo correcto. Pero el miedo… el miedo seguía ahí.
Izayoi acarició mi cabello con dulzura, como solía hacer con Inuyasha cuando era niño.
–No importa a dónde vayan –susurró–, siempre tendrán un hogar en nuestros corazones. Y créeme, ellos siempre encontrarán el camino de regreso a su padre, porque el amor verdadero no se rompe por la distancia.
Mis labios temblaron, y las lágrimas, silenciosas y pesadas, resbalaron por mis mejillas.
Quizás… solo quizás, Izayoi tenía razón.
–Habla con mi hijo –dijo Izayoi con suavidad, pero con firmeza–. Estoy segura de que aún no se lo has dicho, ¿verdad? y por eso todo esto te está afectando aún más. Habla con él, sé sincera. Estoy segura de que, con su apoyo, todo saldrá bien…
Hizo una pausa y apretó con ternura mis manos entre las suyas.
–Y… si mi tonto hijo decide no apoyarte –sonrió con melancolía–, siempre puedes acudir a nosotros.
Mi pecho se oprimió al escucharla. Había tanta sinceridad en sus palabras que sentí un escalofrío recorrerme.
–Mi esposo y yo… estamos muy arrepentidos por todo lo que pasó –su voz tembló un poco, y por primera vez noté el brillo de las lágrimas en sus ojos–. No tengo palabras para explicar lo que siento al verte, Kagome… te juzgamos mal, y eso… al menos yo, no me lo voy a perdonar nunca.
Mi respiración se volvió pesada, y mi corazón latió con fuerza en mi pecho.
–Izayoi…
Pero ella negó con la cabeza y me miró con una tristeza que me atravesó el alma.
–Te crie prácticamente como a una hija, cariño –murmuró, llevándose una mano al pecho, como si le doliera–. Me arrepiento tanto de haber traicionado tu confianza…
Mi garganta se cerró. No supe qué decir.
La miré a los ojos, y lo único que vi en ellos fue amor, arrepentimiento y el deseo genuino de enmendar el daño.
Ella suspiró, sosteniendo mi mirada con una mezcla de esperanza y dolor.
–Espero que algún día me perdones…
Sentí mis ojos arder, pero esta vez no me contuve. Las lágrimas cayeron sin que pudiera hacer nada para detenerlas.
Tal vez… tal vez Izayoi no era la única que necesitaba perdón.
.
Ambas entramos a la habitación donde estaba Inuyasha, y en cuanto lo hicimos, su mirada se posó de inmediato en el brazo de Izayoi, que rodeaba mi espalda y descansaba en mi hombro.
–¿Pasó algo? –preguntó, tratando de sonar tranquilo para no alarmar a los niños, aunque sus ojos reflejaban preocupación.
–No, cariño –respondió su madre con una sonrisa serena.
Antes de soltarme, me dio un pequeño apretón en el hombro, como un recordatorio silencioso de que no estaba sola. Luego, caminó hacia su hijo con calma.
Para mi suerte, los niños ya estaban comiendo en la pequeña mesa de la habitación, demasiado concentrados en sus platos como para notar la tensión en el aire.
–Este es tuyo, mami –dijo Hoshi con entusiasmo, alcanzándome un plato con un pedazo de pizza.
–Gracias, mi amor… –murmuré con una sonrisa, tomando el plato con cuidado.
Me senté junto a ellos, intentando enfocarme en la comida y en la alegría inocente con la que los niños compartían aquel momento. Sin embargo, la presencia de Inuyasha era demasiado intensa para ignorarla. Podía sentir su mirada sobre mí, expectante, preocupada…
Intenté evitarlo, intenté mantener la vista fija en mi plato, en los niños, en cualquier cosa que no fuera él. Pero al final, fue imposible.
Con un suspiro, levanté la cabeza y nuestros ojos se encontraron por un instante. Un instante que lo dijo todo.
Su expresión era un torbellino de emociones: preguntas sin formular, dudas, temor… y algo más. Algo que dolía.
No pude sostener su mirada por mucho tiempo. Bajé la vista de inmediato, fingiendo que nada había pasado, pero mi corazón latía con fuerza.
Comí un pequeño bocado, pero la comida apenas tenía sabor. No cuando mi mente estaba atrapada en el caos de lo que estaba por venir.
Al terminar de comer, era evidente que la energía de Hoshi había disminuido. Lo notaba en sus ojos pesados, en la forma en que parpadeaba lentamente, luchando por mantenerse despierto. Estaba agotado. Mientras tanto, Moroha, con un gesto instintivo y cariñoso, pasaba los dedos por su cabello, peinándolo con suavidad mientras él descansaba recostado en sus piernas.
–Bien, creo que me los llevaré un rato a la mansión… –anunció Izayoi en voz baja, como si no quisiera interrumpir la tranquilidad del momento–. Estoy segura de que su abuelo estará muy feliz de verlos.
Se puso de pie con naturalidad y comenzó a recoger las cosas de los niños.
–Izayoi…
Ella se detuvo y me miró con expectación. Tal vez esperaba que me opusiera, que intentara retenerlos a mi lado… pero en cambio, lo único que hice fue sonreírle con gratitud.
–Gracias… –susurré.
Por un instante, su expresión se suavizó aún más. Sin decir nada, tomó mis manos y las apretó con calidez, un gesto que decía mucho más de lo que las palabras podían expresar.
–Bien, es hora –comunicó con voz serena–. Ven, cariño… déjame ayudarte.
Tomó con cuidado a Hoshi en brazos, cubriéndolo con el abrigo de Moroha para protegerlo del frío. Y Moroha se levantó con cuidado, asegurándose de que su hermanito estuviera cómodo en los brazos de su abuela.
–Mami, ¿vendrás por nosotros? –preguntó con un atisbo de duda en su voz.
La acerqué a mí un poco para mirarla a los ojos.
–Claro que sí, mi amor. Iré dentro de poco, ¿de acuerdo? Mientras tanto, quiero que ayudes a tu abuelita a cuidar de Hoshi, ¿está bien?
–Está bien.
–Muy bien… –murmuré mientras la acercaba a mí para darle un beso en la mejilla–. Y recuerda que puedes aprovechar para ver a Kuma.
Sus ojos se iluminaron en el acto, y su rostro se transformó con una enorme sonrisa. Sabía cuánto amaba a su pato y que la sola idea de verlo le traería alegría.
–¡Sí! –exclamó con entusiasmo.
La observé mientras tomaba la mano de Izayoi, lista para irse. Me quedé en mi sitio, viendo cómo se despedía de Inuyasha y viendo cómo se alejaban, sintiendo un vacío momentáneo en mi pecho. Pero también supe que, por ahora, era lo mejor.
–Bien, supongo que ahora que se fueron todos, me dirás qué ocurre –soltó Inuyasha, cruzándose de brazos mientras me miraba fijamente.
–¿Por qué tendría que ocurrir algo? No te hagas ideas…
–Kagome, te conozco. Sé cuándo algo te preocupa.
Solté una risa sin humor y bajé la mirada por un momento antes de devolverle la vista con firmeza.
–No me conoces, Inuyasha… –musité–. Tal vez eso era antes, pero ahora… he cambiado. Hemos cambiado –corregí, enfatizando las últimas palabras.
Su expresión se endureció un poco, pero en lugar de discutir, dejó escapar un suspiro y asintió.
–Ok, sí. Bien, tienes razón. Todos hemos cambiado.
–No estoy jugando –insistí, mi voz tembló apenas, pero sostuve mi postura.
–Sé que no, Kagome –dijo con su mirada clavándose en la mía–. Sé que lo dices muy en serio… y yo también.
Por un momento, el silencio se instaló entre nosotros, pesado, denso, cargado de todo lo que no habíamos dicho en tanto tiempo. Nos habíamos convertido en extraños con recuerdos en común, y eso… dolía más de lo que podía admitir.
Solté un suspiro largo y me senté cerca de sus pies, sintiendo el peso de mis palabras antes de dejarlas salir.
–Nos iremos, Inuyasha… dejaremos Tokio.
Él me miró de inmediato, sus ojos dorados reflejaban sorpresa y algo más… algo que no pude descifrar del todo. Su expresión se endureció por un instante, pero no dijo nada.
Yo tampoco pude seguir sosteniendo su mirada por mucho tiempo. Bajé la cabeza y jugué con mis dedos sobre mi regazo, intentando reunir el valor para continuar.
–Verás… –mi voz se quebró apenas, pero no me detuve–. Necesito hacerlo. Necesito… sentirme bien, y aquí… aquí siento que me asfixio.
El silencio que se extendió después de mis palabras fue tan abrumador que casi me hizo arrepentirme de haberlas dicho. Pero era la verdad, y no podía seguir ocultándola.
–Los niños… –murmuró, pero se detuvo antes de terminar la frase.
Levanté la mirada, sintiendo cómo mi pecho se oprimía.
–¿Irán contigo? –preguntó.
Mi corazón latió con fuerza. Sabía que esa pregunta llegaría, pero eso no hacía que fuera más fácil de responder.
–No quería tomar una decisión tan importante sin antes consultártelo… –susurré, tratando de mantener la voz firme.
–¿Te los llevarás…?
Mis labios temblaron.
–Me duele hacerlo…
–Kagome…
–Moroha te ama, Inuyasha… –mi voz se quebró–. Nuestra hija te adora, y me lleno de dudas cuando pienso en ella.
–¿Y qué hay de Hoshi?
–Él todavía es un bebé… sabes que me necesita.
–Pero…
Tomé sus manos por impulso, rogándole que me escuchara.
–Hablaré con ellos, te lo prometo. Les preguntaré, no pienso obligarlos a hacer algo que no quieran. Y si ellos deciden quedarse aquí en Tokio contigo, entonces yo… –mi voz se rompió mientras luchaba contra las lágrimas–. Aunque me duela mucho, sé que estarán bien porque te tienen a ti.
–No puedes hacerlo…
–Es algo que debo hacer…
–No, Kagome –su tono fue firme, cargado de emociones contenidas–. No puedes dejarlos. Ellos te necesitan. Moroha también te necesita.
–Lo sé, pero…
Él se inclinó hacia adelante, sosteniendo mis manos con fuerza, como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento.
–Respóndeme algo –pidió con voz grave–. ¿De verdad quieres irte? Dímelo… ¿es eso lo que quieres?
–Inuyasha…
–Solo dímelo, hermosa… –murmuró, y su mano subió hasta mi mejilla, acariciándola con ternura–. Dime si eso es lo que necesitas para ser feliz.
Respiré hondo, sintiendo cómo su contacto hacía tambalear mi determinación. Pero no podía dar marcha atrás.
–Sí… –musité apenas, con un nudo en la garganta–. Sí quiero.
INUYASHA
"...Necesitaba un ancla. Algo que me impidiera ahogarme en el horror de imaginar un mundo sin ellas. Un poco de fe, aunque fuera frágil, si eso significaba que Kagome y nuestra hija volverían conmigo. Y entonces lo prometí.
Si la volvía a ver, si tuviera una segunda oportunidad, haría todo lo que estuviera en mi poder para hacerla feliz. No habría nada más importante que verla sonreír junto a nuestros hijos, incluso si eso significaba renunciar a ella. Incluso si eso significaba verla en los brazos de otro, viviendo la vida que yo no pude darle. No era que me rindiera con ella, no. Me estaba rindiendo conmigo mismo. Con el hombre que fui. Con el hombre que la perdió…"
Apreté sus manos con fuerza, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba poco a poco. Lo había prometido, sí. Había jurado que haría lo que estuviera en mi poder para hacerla feliz, pero entonces… ¿por qué quería romper mi promesa?
La amaba. La amaba más que a mi propia vida. Pero también amaba verla sonreír, amaba escuchar su risa iluminar cualquier espacio en el que estuviera. Y si aquí, conmigo, ella no encontraba la felicidad… si en este lugar solo encontraba dolor y asfixia…
Entonces, ¿qué derecho tenía yo de pedirle que se quedara?
Mi instinto me gritaba que la detuviera, que hiciera lo que fuera necesario para mantenerla a mi lado. Pero el amor… el verdadero amor no se aferra, no encadena, no convierte la felicidad en una jaula.
Así que, aunque cada fibra de mi ser rogaba por impedirlo… debía dejarla ir.
–Está bien… –murmuré, tratando de contener el nudo en mi garganta–. Todo está bien, Kagome.
Con delicadeza, sequé sus mejillas húmedas, intentando borrar esas lágrimas que parecían lacerarme más de lo que ella imaginaba.
–Por favor, no llores –susurré–. Yo… solo quiero que logres encontrar la felicidad de nuevo.
Ella me miró con esos ojos oscuros llenos de dolor y culpa, y su mano temblorosa se posó sobre la mía, aferrándose como si buscara anclarme a su mundo.
–Puedes estar tranquila –le aseguré, aunque mi propia voz sonaba quebrada–. Sé cuánto amas a los niños…
–Inuyasha…
–Escúchame –le pedí, apoyando mi frente contra la suya, buscando un resquicio de cercanía antes de que todo cambiara para siempre–. Te ayudaré con ellos… hablaré con Moroha, haré algo, lo que sea, para que puedan ir contigo.
–Inuyasha… –sollozó, aferrando mi bata como si con eso pudiera retenerme, como si con eso pudiera detener el peso de la decisión que nos estaba separando.
–Solo dame tiempo… –murmuré–. Solo un poco de tiempo hasta que me recupere lo suficiente como para estar de pie por mí mismo.
Ella se inclinó hacia atrás, sus ojos reflejando una mezcla de desconcierto y angustia, como si no entendiera del todo lo que estaba diciendo.
–¿Por qué…? –susurró, casi temiendo la respuesta.
Sonreí con tristeza, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía de manera irremediable.
–Porque quiero estar ahí… en el aeropuerto, para despedirte… –tragué saliva, ahogando el dolor que amenazaba con desbordarse–. Para despedirme de mi familia…
Continuará...
