FRAGMENTOS
Disclaimer: Los personajes de esta historia son de Rumiko Takahashi.
CAPÍTULO 45.
INUYASHA
¿Fácil?
No, nunca lo es del todo.
La mayoría del tiempo me la pasaba pensando en cómo todo puede cambiar en un segundo. Nada es realmente estable. Las cosas cambian, y con ellas, las personas también.
Lo único seguro es eso: que no somos la misma persona que ayer. Y eso aplica para todo.
No es fácil. Pero aceptarlo es el primer paso hacia el cambio.
Aceptar que ya nada será igual (aunque tampoco tiene que serlo siempre).
Aceptar que, a pesar del tiempo, hay cosas que no vuelven.
Personas, momentos, versiones tuyas que ya no encajan.
Y sí, duele.
Pero también libera.
Porque cuando sueltas lo que ya no está, te das espacio para lo nuevo.
Y eso, aunque no lo parezca, también es una forma de empezar.
No desde cero, sino desde donde aprendiste.
–Déjame ayudarte…
Miré a Izayoi con una sonrisa.
–Está bien, mamá. Puedo hacerlo solo…
Apreté los labios para no soltar un gemido. Ese maldito dolor en las costillas seguía ahí, por más que intentara disimularlo era inútil. Pero era lo de menos.
Sabía que, si me recuperaba rápido, Kagome podría irse, como quería.
Y yo… yo no sería el obstáculo.
–No seas necio –reclamó Sesshomaru–. Si te caes en tu estado, vas a terminar en la clínica un par de meses más.
Tuve que alzar la mirada para verlo directo a los ojos. ¿Cree que no lo sé? Odiaba esa actitud tan... sabelotodo.
–Oye... ¿Y tú qué haces aquí, eh? –solté–. No deberías estar con Kanna. Supe que está enferma.
–¿Y por qué crees que estoy aquí, genio? –resopló con ese tono tan cansino–. Ahora le están haciendo unos análisis y...
–¿No deberías estar con ella?
Su expresión cambió al instante.
–Sí, debería. Pero nuestra madre me llamó para ayudarte a ir al baño. ¿Sabes lo molesto que es eso?
No pude evitar reírme. Me dolió, sí, pero me reí al fin.
–Así que más te vale que te dejes ayudar, porque si no...
–Hola.
Todos giramos hacia la dueña de la voz. Kagome nos miraba algo confundida, pero en cuanto me vio, entendió todo al instante.
–¿Otra vez quiere hacerlo todo solo?
–Sí –respondieron mi madre y mi hermano al unísono. Yo los miré con fastidio.
–¿Qué? No empiecen con...
–Inuyasha –dijo Kagome, dejando sus cosas en el sillón y acercándose–. Puedes dejar de actuar como un niño.
–Yo no...
–Puedes irte, Sesshomaru. Me encontré con Miroku en el pasillo. Dijo que Kanna tuvo una crisis de rabietas. Será mejor que vayas –le dijo con una sonrisa–. Yo ayudaré a Inuyasha.
–¿Estás segura? –preguntó, dudando un poco–. Tal vez sea mucho para ti y...
–Oye, puedo con esto. Además, Izayoi está aquí para ayudarme. ¿Verdad?
Mi madre le sonrió antes de pasar su mano por los brazos de Kagome.
–Claro que sí, cariño. Puedes irte, hijo. Ve antes de que mi nieta incendie toda la clínica.
Sesshomaru asintió. Creo que, en el fondo, sabía que esa era una posibilidad bastante real. No era de extrañar. Se podría decir que Kanna había heredado su magnífico carácter. Tal cual.
Y no es que fuera malo, pero… la consentía demasiado. Más de lo normal, diría yo. Aunque, ¿quién era yo para juzgarlo? Yo era el menos indicado para hacerlo, sabiendo lo mucho que malcriaba a mi hija.
–Bien… –dijo Kagome después de que Sesshomaru saliera–. Ah, Izayoi, casi lo olvido –sonrió–. Dejé a los niños con Bankotsu en el auto. De hecho, también están con mi madre en el estacionamiento y me dijeron que te preguntara si quisieras ir con ellos al zoológico. Están muy emocionados y...
–Disculpen –intervine–. Pero alguien aquí tiene la vejiga a punto de explotar. ¿Les importaría...?
Kagome aprovechó para taparme la boca con su mano.
–Vaya con ellos, por favor. Yo me quedaré con Inuyasha.
–Claro que sí, cariño. Pero antes, déjame ayudarte con él.
–No es necesario.
¿¡Cómo que no era necesario!?
La miré con disgusto. ¿Acaso no veía la gran urgencia que tenía?
–Llamaré a una enfermera.
Mi madre me miró, y no pudo ocultar su sonrisa antes de asentir.
–Bien, pero más vale que te apures si no quieres tener un accidente –dijo con una risita burlona–. Ya sabes cómo son los niños...
Kagome rio.
–Lo sé. Lo sé muy bien... Hoshi se encargó de mostrármelo.
Ambas rieron, mientras mi madre apartaba los cabellos de mi frente para dejarme un beso tierno.
–Pórtate bien… –susurró antes de irse.
Me estiré solo un poco para intentar tomar el control y llamar a una enfermera, pero Kagome fue más rápida y me lo quitó.
–Kagome...
–Vamos, de pie –dijo, animándome.
–Oye, sé que actué mal.
–¿No eras tú el que quería hacerlo por su cuenta hace unos minutos? –se burló–. De pie, ahora.
Sonreí, cansado, antes de sujetarme con fuerza de los lados de la camilla. Cuando mis pies tocaron el piso frío, me estremecí.
–¿Dónde están tus zapatos?
–Así está bien...
–Dime dónde –exigió, cruzándose de brazos.
Definitivamente me estaba tratando como a un niño.
–En ese cajón –apunté.
Aún no me había levantado del todo; solo estaba sentado en la camilla, con los pies tocando el piso y el dolor en mis costillas ya empezaba a ser molesto.
–Oye, Kagome. Mejor sí llama a alguien para...
–¿Crees que no puedo contigo yo sola?
–Solo no quiero lastimarte si me caigo.
Ella me miró y, sin decir nada, se arrodilló para ponerme los zapatos.
–Ya, y estás muy seguro de que te dejaré caer en tu estado.
–Peso mucho.
Sonrió mientras se levantaba y me extendía las manos.
–Vamos, de pie –dijo una vez más.
Lo dudé.
Pero ella me miraba con una determinación que hacía que mi duda se redujera.
Tomé sus manos y ella me sujetó con fuerza. Intenté ponerme de pie, pero temía lastimarla. Kagome se esforzaba y entonces me puse a reír por lo ridículo de la situación.
–Ok… un segundo… –dije entre risitas de dolor–. Esto no está funcionando.
–Si te esforzaras más, tal vez ya estarías en el baño.
–Llama a alguien, Kag…
Ella me miró con disgusto. Tenía el cabello algo revuelto por toda la fuerza que había ejercido, y aquello solo me hizo actuar por mero impulso. Acomodé sus mechones rebeldes tras su oreja antes de notar el ligero rubor de sus mejillas. Entonces aparté mi mano como si me hubiera quemado.
–Bien… –murmuré, mirando al piso–. Una vez más.
Kagome asintió y ejerció fuerza en mis brazos para ayudarme a ponerme de pie. En cuanto lo hice, sentí que todo me daba vueltas. Dios, esto era difícil. Sentí las manos de Kagome rodearme la espalda con cuidado mientras caminaba.
–Da pasos pequeños –sugirió, y yo sonreí.
–Si doy pasitos de tortuga, te juro que no llegaré al baño.
Ella sonrió sin dejar de ayudarme.
Al llegar a la puerta, me sujeté de la manilla con todas mis fuerzas, tal vez queriendo aligerar el peso para Kagome.
–¿Y ahora qué? –dijo ella, sin soltarme.
–Ahora es el momento en el que debes llamar a una enfermera.
–¿Te sientes mal?
Volteé la cabeza ligeramente, solo para ver su preocupación en los ojos.
–No es eso… –murmuré.
–¿Entonces?
–Bueno…
Solté un suspiro, ¿cómo decirlo? Sonreí mientras negaba con la cabeza, esto era incómodo.
–Necesito que alguien me ayude a… –miré hacia adentro–. Ya sabes… no puedo…
–¿Qué?
Sí, esto era demasiado incómodo.
–Bueno, es que al terminar de… –carraspeé–. Digamos que necesito que ciertas partes queden bien aseadas.
–¿Qué…?
Entonces ella abrió los ojos, entendiéndolo todo.
–¡Ya va, ya va! Llamaré a alguien –dijo soltándome, y al hacerlo me tambaleé.
–¡Ah! Lo siento.
–Está bien –dije con una sonrisa mientras la veía correr por el control.
Como era de esperar, la enfermera no tardó en llegar. Sindy era nueva, pero buena en lo que hacía. Bastante joven, sí, pero bien preparada.
–Señor Taisho –dijo ella al verme–. ¿Pudo llegar usted solo hasta aquí?
Sonreí mientras miraba a la mujer que estaba al fondo de la habitación, con el control en la mano.
–Lo siento, pensé que no había nadie –se disculpó Sindy–. Usted debe de ser la señorita Kagome, es un gusto…
–Señora –dijo Kagome con firmeza–. Tengo dos hijos de… ese hombre que ve allá.
Sonreí. Bien, al parecer a nadie le interesaba la urgencia de mis necesidades.
–Bien… –dije con dificultad–. Ahora que se conocen, Sindy, por favor, ¿podrías ayudarme?
–Claro que sí, señor Taisho.
Sus manos me rodearon con cuidado, y esta vez cerró la puerta una vez que entramos por completo. Me pareció extraño, ya que generalmente nunca lo hacía, pero por otro lado… creo que así era mejor, para no incomodar de más a Kagome.
KAGOME
"Claro que sí, señor Taisho…"
Dios, qué irritante voz.
Como sea, lancé el control sobre la cama y me crucé de brazos. Debería ser un delito aceptar enfermeras muy jóvenes. Quiero decir, ¿cuánta experiencia profesional podría tener esa muchachita? Dudaba que mucha… Entonces, ¿para qué las contrataban?
¡Basta, Kagome!
Estaba actuando como una estúpida. Ella era competente, si no, ¿por qué estaría trabajando aquí? Y, por lo visto, era la encargada de Inuyasha y su… aseo. Y eso… bueno…
¡Arg!
Inuyasha es un tonto. ¿Por qué insistió en llamar a una enfermera? Según él, porque yo no podría sola con su peso… pero esa mujer es mucho más delgada y joven que yo. Entonces, ¿ella sí puede con él y su peso? ¡Qué tonto!
–Muy bien… con cuidado…
Acomodé mi cabello antes de ir a ayudarlo.
–¿Todo bien? –pregunté mientras sujetaba su brazo.
–Si te refieres a que, si por fin me siento liberado, sí –dijo él con tono bromista.
Sonreí. Pero yo no estaba para bromas.
Juntas logramos regresar a Inuyasha a la camilla. Acomodé su almohada antes de mirar lo que hacía Sindy. Al parecer estaba muy concentrada organizando las pastillas que Inuyasha se tomaría.
–Listo, señor Taisho. Creo que está en muy buenas manos –comentó–. Lo dejo, pero regresaré…
–En tres horas, lo sé, Sindy –dijo él–. Muchas gracias.
Lo vi sonreírle. Qué patético, coqueteando con una jovencita.
–Bien, me retiro.
–Gracias… –musité antes de que saliera.
Perfecto, justo lo que me faltaba: instalar un ambiente tenso en la habitación.
Me acerqué a mis cosas y busqué mi celular en el bolso. Tal vez no era demasiado tarde para acompañar a los niños.
–¿Todo bien?
–Sí, todo bien –respondí más por reflejo que porque en verdad lo sintiera.
–Ayer hablé con Larry –comentó, y yo no despegué la mirada del celular–. Dijo que voy mejorando y que muy probablemente podré irme a casa en dos semanas.
Entonces lo miré por encima del celular.
–¿Dos semanas?
–Eso me dijo…
–¿Eso es necesario? –cuestioné dejando el celular a un lado.
–¿Qué quieres decir?
Me acerqué a él.
–Me refiero a que si es necesario quedarte aquí esas dos semanas. Bueno, de todas formas, puedes hacer lo mismo que haces aquí estando en tu casa, ¿o no? Es más, allá estarías más cómodo y…
–Allá no tendría a Sindy –dijo como si nada, y aquello me provocó acidez en el estómago.
–¿Qué?
Él parecía estar divirtiéndose.
–Quiero decir que allá en casa nadie se encargaría de mis necesidades como Sindy lo hace.
–Solo te ayuda a usar el baño, cualquiera lo haría…
–Tú no pudiste.
Lo miré fijamente.
–Lo habría hecho si tú no hubieras insistido en que llamara a una enfermera.
–No recuerdo haber insistido. Solo dije que necesitaba que alguien se encargara de mi aseo.
–Es eso exactamente. ¿Crees que yo no pude haberlo hecho?
–Kagome…
–Pero claro, una completa desconocida sí que puede. ¡Ahora resulta!
Inuyasha sonrió, dejando escapar una risita disimulada.
–Esa desconocida es muy profesional en todo lo que hace.
–Inuyasha…
–¿Qué? ¿Te molesta que ella haya visto cosas que solo tú y mi madre han visto?
Abrí los ojos deseando desaparecer. ¿Por qué decía eso?
–No estoy celosa…
–Nunca dije que lo estuvieras –se defendió, y aquello me hizo enojar aún más–. Vamos, Kagome, es solo una broma.
No dejé de mirarlo. Pues muy graciosa su broma….
Solté un suspiro, intentando liberarme del enojo. Aproveché para sentarme al pie de la camilla. Bien, creo que había olvidado por completo el por qué había venido aquí en primer lugar.
–Oye…
–Eso no me gusta –dijo él–. Aquí viene el momento serio.
No pude evitar sonreír antes de continuar.
–Esta mañana hablé con la inmobiliaria.
–¿Ya encontraron un buen lugar en Londres?
–Esta vez creo que es un buen lugar –comenté–. Es una casa de dos pisos, tiene cuatro habitaciones, tres de ellas con su propio baño, y lo mejor de todo es que…
–Tiene un patio grande –completó con la misma emoción que yo mostraba.
–Sí… aunque no sé si sea demasiado. Cuatro habitaciones me parecen mucho, ¿no crees?
–Si lo vemos desde otra perspectiva, yo creo que está bien. Después de todo, te quedarás allá por… ¿cinco años?
–Es un estimado.
–Bien, entonces tú tendrás una habitación, Moroha y Hoshi también la suya, y la otra… sería para las visitas ocasionales. ¿Dónde está la cocina?
–En la primera planta, junto al cuarto de lavandería.
–Eso es…
–Lo sé, perfecto, ¿no es así?
–Entonces, ¿qué estás esperando? –preguntó mirándome–. Acepta la oferta antes de que alguien más te la gane.
–Bueno… sí, lo sé. Es que antes quería consultarlo contigo, después de todo, tus hijos vivirán allí.
–Son nuestros hijos, Kagome. Y estarán contigo.
Me senté bien en mi lugar.
–Sobre eso… –musité–. Ayer hablé con Moroha, le volví a preguntar, ya sabes, sobre todo esto.
–¿Algo cambió?
–No, es más, me dijo que no iba a cambiar de idea.
–Eso es… bueno, supongo –dijo él soltando un suspiro–. Creí que sería más difícil convencerla de irse contigo.
–Yo también.
Inuyasha se entretuvo quitándole una pelusa a la manta que lo cubría.
–Ya dime qué le dijiste para que aceptara esto –exigí con calma.
Él sonrió, seguramente recordando todo.
–Inuyasha…
–Prometes no colgarme.
–Inuyasha –dije exasperada.
–Bien, le prometí que le compraría…
–¡Oh, dios! –exclamé llevándome las manos a la cara–. Dime que le prometiste un vestido.
Inuyasha sonrió aún más mientras negaba con la cabeza.
–¿Una blusa? –volví a intentar. Él negó otra vez–. ¿Una mochila? ¿Pantalones? ¿Un nuevo celular? ¡¿Qué?!
–Oye, tranquila –dijo riendo bajito–. No es tan grave.
–Por favor, ya dime qué le prometiste.
–Le dije que le compraría un perro.
–Dime que un chihuahua.
–Para ser sincero, yo se lo ofrecí, pero ella simplemente no quiso, entonces…
–Ya dime qué perro escogió –dije al borde del colapso.
–Quiere un terranova.
Abrí los ojos con pánico.
–Es broma, ¿verdad? Dime que lo es…
–No, no lo es.
–Inuyasha… –me quejé–. Ese perro podría ser un oso. Dime, si Moroha te hubiera pedido un unicornio, tú…
–En algún momento le ofrecí un frisón.
Me crucé de brazos. Inuyasha no era capaz de medir los límites, ¿verdad?
–Llamaré a la inmobiliaria.
–Kagome… –dijo entre risas, tomando mi mano para detenerme.
–Necesitaremos una casa más grande.
–No me hagas reír, por favor… –pidió, claramente adolorido por la risa que no podía contener.
–Eres un tonto.
Él no dejaba de reír al verme. Esto le divertía. Y yo… bueno, a mí me gustaba escuchar su risa, por muy tonta que fuera.
INUYASHA
–Son dos temas importantes a tratar.
Miré a Larry mientras hablaba.
–El primero es tu recuperación –dijo, revisando mi expediente.
–Creo que ambos sabemos que ya estoy mucho mejor.
–Tal vez ya puedes ir al baño por ti mismo, sin embargo…
–Oh, vamos, Larry. Ya estoy bien, acéptalo. Puedo vestirme por mi cuenta y también puedo levantar algo de peso.
–De eso nada, te lo prohíbo.
Lo miré con el ceño fruncido.
–Te recuerdo que soy alguien atlético.
–¿Eso era cuándo? ¿En el colegio? Ahora no eres igual, aunque te cueste aceptarlo. Ya no tienes el mismo físico… y mucho menos la libido de antes.
–Te aseguro que mi libido es la misma. O mayor.
Larry me miró y no pudo evitar sonreírme.
–Bien, firmaré tu alta médica, pero eso sí: reposo. Necesito que estés tranquilo.
–Bien.
–Ahora, el segundo tema importante es el trabajo.
Solté un suspiro mientras jugaba con mis dedos.
–Lo sé. Sé muy bien que no podré ejercerlo por un buen tiempo.
–Solo no dejes de asistir a tus terapias de rehabilitación.
–Bien. Ahora sí, ¿ya me puedo ir? Quiero darles la sorpresa a mis hijos.
–Inuyasha…
–Tranquilo, no los cargaré. Me duele, pero no lo haré.
Cuando Larry salió, el silencio se quedó conmigo, como un eco suave que se aferraba a cada rincón de la habitación.
Me tomé un segundo para mirar mis manos. Las abrí y cerré lentamente, sintiendo cómo respondían sin temblar. Luego llevé la mirada a mis piernas… ya no era ese cuerpo débil, inmóvil, que necesitaba ayuda hasta para girarse en la cama. No. Ahora podía sentarme solo. Podía ponerme de pie con esfuerzo, pero sin asistencia. Incluso podía caminar unos pasos. Y eso… eso significaba mucho más de lo que cualquiera podría imaginar.
Significaba dignidad. Significaba volver a ser yo.
Me incliné un poco hacia adelante, sintiendo cómo los músculos se estiraban, tensos pero vivos. Sonreí apenas. Porque sí, dolía. Pero era un dolor que me recordaba que seguía aquí.
Y entonces, como un golpe sordo en el pecho, volvió ella a mi mente.
Kagome.
Ella iba a irse. Pronto.
Siempre lo supe. Desde el principio. Desde que apareció en la puerta del hospital, con esa mezcla de angustia y determinación en la cara. Desde que tomó mi mano sin dudarlo, y se quedó cuando yo no podía sostenerla de vuelta. Supe que no sería para siempre.
Pero… una parte de mí se aferró a la idea de que tal vez. Tal vez ella cambiaría de opinión. Tal vez encontraría una excusa. Tal vez el mundo conspiraría a favor de este idiota convaleciente que aún la amaba como un tonto.
Pero… No fue así.
Ella no cambió de opinión. Nunca dudó de su decisión. Nunca se permitió mirar hacia atrás.
Y eso… eso era lo que más dolía.
Porque, aunque yo me levantara. Aunque me curara por completo. Aunque pudiera correr, saltar o cargar el mundo si hiciera falta… el lugar que ella llenaba no podía repararse con fisioterapia.
Solté un suspiro largo, apoyando la cabeza en el respaldo.
Ella se iba.
Y esta vez, no había nada que pudiera hacer para detenerla.
.
Las despedidas eran inevitables, el prepararme todo este tiempo no había servido para nada. No era tan valiente como creí.
Así que apenas crucé la puerta de la casa de Kagome, con el alta médica doblada en el bolsillo y un leve temblor en las piernas que no me importó disimular, supe que ese era el momento. Mi momento.
No toqué el timbre. Kagome ya sabía que iría.
Abrí con cuidado. El olor a incienso suave y madera limpia me golpeó primero. Era un olor que ya sentía ajeno, aunque alguna vez fue parte de mi rutina. Como tantas otras cosas.
Los escuché antes de verlos.
Las risas de Moroha. La voz de Hoshiro preguntando algo sobre lo que pasaba en la tele. Crucé la sala y ahí estaban, tumbados en el sillón como si el mundo no pesara nada sobre ellos.
–¿Qué? ¿Nadie va a saludar a su papá?
La sorpresa en sus rostros fue instantánea. Un grito ahogado de Moroha, una risa incrédula de Hoshiro. En un segundo tenía a los dos encima. No importó el dolor, no me importó que aún no podía moverme tan rápido como antes. Ellos se lanzaron a mí, y eso… eso me sostuvo más que cualquier bastón o muleta.
–¡Papi!
–Te extrañamos mucho, papito… –murmuró Moroha, escondiendo la cara en mi abrigo.
Solté un suspiro, y terminé sentado en el centro del sillón, con Moroha recostada en mi pierna izquierda y Hoshiro en la derecha, como si ese lugar siempre les hubiera pertenecido. La televisión seguía sonando de fondo, algún anime que apenas reconocía, pero a ellos les fascinaba. Reían bajito, murmuraban entre ellos, pero no se movían.
Yo tampoco quería hacerlo.
Y entonces la sentí.
Esa mirada que ya conocía. Me bastó un segundo para levantar la vista hacia la puerta que daba a la cocina.
Kagome estaba ahí. Apoyada contra el marco, los brazos cruzados, el ceño apenas fruncido. No decía nada, pero sus ojos lo gritaban todo. Y yo… yo lo entendí.
Lo supe.
Tenía que hacerlo.
Suspiré despacio, bajé la vista hacia mis hijos, besé la frente de Moroha y despeiné a Hoshiro con cuidado.
–Voy a buscar un vaso de agua –mentí–. No se duerman, ¿eh?
Me levanté. Las costillas aún me dolían, pero disimulé. Caminé hacia ella sin decir nada al principio. Me detuve justo a su lado, notando cómo su cuerpo se tensaba apenas notó mi presencia más cerca.
Y ahí, en ese silencio que se había vuelto costumbre, me golpeó el peso de todo.
Nuestra relación… siempre había sido como esto. Una montaña rusa sin freno. Días en los que podíamos reír sin razón, donde las conversaciones eran fáciles, ligeras, como si todo estuviera bien. Como si nunca nos hubiéramos roto. Como si aún tuviéramos una oportunidad.
Y luego, otros días como este. Donde el aire se volvía espeso. Donde las palabras no salían bien. Donde cada mirada era un campo minado.
Este era uno de esos días. Lo sabía. Lo sentía.
Y, aun así, tenía que hablar con ella.
–Kagome –dije al fin, en voz baja, sabiendo que, si no lo hacía ahora, no lo haría nunca–. Necesitamos hablar.
Y esta vez, no iba a dejar que se marchara sin escucharme.
–¿No pensabas venir a saludarme? –cuestionó de manera discreta.
–Kagome…
–Está bien –dijo volteando y sirviendo un vaso de agua–. Toma.
–No tengo sed.
–Tómalo.
–Ya dije que no…
–Y yo que sí –insistió, empujándome el vaso con suavidad, pero con una firmeza que dejaba claro que no era solo una cortesía. Como todo con ella últimamente.
Lo tomé. No porque quisiera el agua, sino porque necesitaba un motivo para quedarme ahí, a unos pasos de ella. Algo que me diera un segundo más para pensar qué decir.
Pero nada salía como debía.
–Se ven bien… los niños –murmuré.
–Sí –respondió con una sonrisa pequeña, sin alegría–. Están emocionados de verte. Moroha apenas durmió anoche de los nervios.
Asentí. Me la imaginaba, dando vueltas en la cama, murmurando teorías sobre la sorpresa, con esa energía que parecía infinita.
–Eso me alegra –dije, y el silencio volvió.
Un silencio denso, incómodo, que se llenaba de todo lo que ninguno de los dos quería decir.
–No viniste antes –agregó ella, como si lo lanzara al azar, pero no lo era–. Supe que te dieron de alta… ayer.
–No me dejaban salir. Tenía que… estar bien –mentí. Era un cobarde por no decirle la verdad.
No vine antes porque temía que este momento llegaría.
–Claro.
Y otra vez, el silencio. Ese maldito silencio.
–Yo… pensé que quizá… –empecé, pero me detuve. No sabía cómo terminar esa frase sin sonar como un idiota. Como alguien que aún cree que las cosas pueden arreglarse con una visita y un par de abrazos.
–Ya tengo las maletas listas –soltó de pronto, sin mirarme.
Sentí que algo dentro de mí se desgarraba. Algo que había estado tensándose desde hacía semanas, incluso meses. Lo supe en ese momento: ya estaba decidido. Ella se iba. Y se llevaba a mis hijos con ella.
–¿Cuándo?
–Mañana. Muy temprano. Antes de que el sol salga.
Asentí. Me obligué a no suplicar. A no preguntarle por qué. Ya lo sabía.
La tensión en mi pecho era insoportable. Ella lo notó. Y aun así, no dijo nada más. Todo estaba dicho.
Me acerqué a ella. No supe bien qué me movió, si era desesperación o amor o ambas cosas mezcladas en una tormenta que no podía controlar. Pero la abracé.
La abracé como si pudiera sostener el mundo entero con esos brazos, como si al hacerlo pudiera detener el tiempo, detenerla a ella.
Ella se quedó quieta al principio. Y luego, lentamente, sentí cómo se aflojaba. Cómo respiraba hondo, cómo su frente se apoyaba contra mi hombro.
–No tienes idea de cuánto lo intenté… –susurró.
–Está bien… –le respondí cerca del oído–. Y si esto es lo que necesitas… yo te acompaño al aeropuerto. Fue una promesa y la cumpliré.
Ella lloró entonces. No a gritos. No con escándalo. Lloró como lo hacen los valientes cuando ya no pueden cargar más. Y yo solo la sostuve. Porque era todo lo que podía hacer.
Pasé la tarde con ellos. Como si nada pasara. Como si no se fueran a ir mañana.
Jugamos, reímos, comimos juntos. Hoshiro contaba historias imposibles, una mezcla de dinosaurios, samuráis y viajes espaciales que lograban arrancarnos carcajadas. Kagome sonreía desde la cocina, observándonos sin intervenir demasiado, como si supiera que necesitábamos ese momento sin interrupciones.
Cenamos arroz con curry y algo que Hoshi dijo que había preparado él (aunque evidentemente no era verdad). Estaba picante. Lloramos de la risa todos juntos.
Y cuando llegó la hora, llevé a Hoshiro en brazos, haciéndome el fuerte, aunque el cuerpo me dolía. Le conté un cuento que inventé para Moroha hace años y que aún recordaba palabra por palabra. Se quedó dormido con una mano en mi camisa.
Luego fui a ver a Moroha.
Estaba sentada sobre su cama, en pijama, con las piernas cruzadas y el cabello suelto. Miraba la ventana como si pudiera ver el futuro a través del cristal.
–¿Interrumpo? –pregunté desde la puerta.
–Nunca.
Me acerqué y me senté a su lado. No dije nada al principio. Ella tampoco. Era una de esas conversaciones silenciosas que solo los que se entienden de verdad pueden sostener.
–Hay cosas de las que no quiero hablar –murmuró–. Me incomodan.
–Lo sé –dije, sonriendo con dulzura.
–Pero estoy bien.
–Lo sé también.
La miré. Sus ojos eran iguales a los míos, pero había algo de su madre en su expresión, en esa forma de guardar emociones como si le diera miedo mostrarlas.
–No pude desear una mejor hija –le dije al fin, con un nudo en la garganta–. Eres mi pequeña. Mi princesa de ojos bonitos. Te quiero, Moroha.
Ella se giró hacia mí. Me miró y sonrió con tristeza.
–Y yo a ti… papi.
Nos abrazamos. Con fuerza. Con todo. Como si pudiéramos detener lo inevitable solo con eso.
–Voy a cuidar a mamá y a Hoshi –prometió cuando ya tenía los ojos cerrados.
–Lo sé, mi amor –susurré–. Lo sé…
Y no me moví de ahí hasta que se quedó dormida.
Porque esta noche… era la última que podía tenerlos cerca. Y no pensaba perder ni un segundo.
.
El cielo aún estaba oscuro cuando llegué a la casa.
Las farolas titilaban en la calle húmeda por el rocío, y el motor del auto rompía el silencio de la madrugada. Toqué el claxon una vez, suave, casi con culpa, y en pocos minutos vi la puerta abrirse.
Kagome salió primero. Cargaba una de las mochilas en el hombro, y el abrigo cerrado hasta el cuello. Detrás de ella, Hoshiro y Moroha caminaban con paso tambaleante, arrastrando los pies, con el cabello revuelto por el sueño. Cada uno llevaba su propia mochila con los dibujos que ellos mismos habían pegado la noche anterior.
Cargué las maletas al maletero sin decir nada. Hoshi se apoyó en mi costado y lo alcé sin esfuerzo, dejándolo en su asiento. Moroha me ofreció una sonrisa somnolienta, de esas que se sienten como un puñal en el pecho cuando sabes que te quedan las horas contadas.
Kagome entró al auto después de acomodar los abrigos sobre los niños, asegurándose de que no quedara una manga doblada o una bufanda mal puesta.
–No quiero que se enfríen… –murmuró más para ella que para mí.
En el trayecto, nadie habló al principio. Solo el sonido de los neumáticos sobre el asfalto mojado. Pero el silencio no podía durar para siempre.
–Me despedí de mamá –dijo ella de pronto, mirando por la ventana.
Asentí, sin apartar la vista del camino.
–Y de Rin también.
–Las vas a dejar hechas un mar de llanto –respondí–. Te quieren mucho.
Kagome no contestó. Pero lo sabía. Siempre lo supo.
Al llegar al aeropuerto, el bullicio nos tragó. Carritos, maletas rodando, voces por altavoces, pasos apresurados. Mientras Kagome hacía el registro de las maletas, yo mantenía a los niños cerca, rodeándolos con los brazos como si el contacto pudiera impedir que el mundo se los llevara.
Una vez terminado todo, aún faltaba para abordar.
–¿Quieren algo para tomar? –pregunté, y sus ojos brillaron.
–¡Jugo de naranja! –gritó Hoshiro.
–Yo quiero uno con gas –dijo Moroha, mirando a su madre como pidiendo permiso.
–No es buena idea –opinó Kagome con una ceja levantada–. Después querrán ir al baño en medio del vuelo.
–Que vayan –dije encogiéndome de hombros mientras me reía por lo bajo–. Es lo de menos.
Y los compré.
Cada pequeño segundo que me regalaban, lo tomaba. Como si fuera oro líquido. Como si pudiera guardarlo en una botella y beberlo cuando ya no los tuviera cerca.
El altavoz vibró en el aire con su voz impersonal.
"Vuelo 512 con destino a Londres. Embarque disponible en la puerta 14."
Hoshiro me abrazó primero. Lo tomé en brazos y se aferró con fuerza, enterrando la cabeza en mi cuello.
–Te voy a extrañar, papá.
–Y yo a ti, campeón.
Luego Moroha. Con ella fue diferente. Más pausado. Más largo. Un abrazo en silencio, con lágrimas contenidas.
–Te amo –le dije al oído.
–Yo también… –me susurró, y sentí que el mundo se derrumbaba un poco más.
Kagome se acercó después. Ya no había nada que decir. Y, sin embargo, las palabras estaban ahí, atrapadas entre los labios, arañándonos el pecho.
Nos miramos. Como si quisiéramos tallar el rostro del otro en la memoria para siempre.
–Nos vemos en cinco años –dijo ella, con calma.
–Nos vemos en cinco años –repetí, forzando una sonrisa que apenas sostenía el alma.
Ella se dio la vuelta. Pero antes de que diera un paso más, le tomé la mano.
La detuve.
Ella volteó, sorprendida. Las luces del aeropuerto le daban un brillo tenue en la piel. La gente seguía caminando a nuestro alrededor, como si no estuviéramos allí. Como si no se estuviera rompiendo algo sagrado.
–Kagome –dije, con calma–. Quiero que me hagas un favor.
Ella me miró, confundida.
–¿Cuál?
–Por favor… –respiré hondo, tragando el nudo que me quemaba la garganta–. Enamórate de la primera persona que te ofrezca ayuda cuando llegues a Londres.
Sus labios se entreabrieron. Quiso decir algo. Protestar. Llorar. Tal vez gritarme.
Pero el altavoz volvió a sonar, reclamándola.
Ella solo me sostuvo la mirada. Una última vez.
Y yo solté su mano.
Me di la vuelta.
Y me fui.
Sin mirar atrás.
Porque sabía que, si lo hacía, no tendría la fuerza de dejarla ir.
Así termina esta historia. No con promesas de volver, ni con falsas esperanzas.
Sino con el acto más difícil de todos: dejar ir.
Y amar, incluso en el adiós.
Porque a veces, el amor no está en quedarse.
Está en saber cuándo retirarse.
Y en desear que alguien, al otro lado del mundo, vuelva a ser feliz.
