FRAGMENTOS


Disclaimer: Los personajes de esta historia son de Rumiko Takahashi.


EPÍLOGO.

KAGOME

Aeropuerto Internacional, Vuelo 512 a Londres

El interior del avión olía a plástico nuevo, a telas sintéticas y desinfectante. Las luces tenues iluminaban el pasillo mientras la azafata nos guiaba hasta nuestros asientos. Hoshiro iba de mi mano, aún medio dormido, con la cabeza recargada en mi brazo. Moroha arrastraba su mochila por el suelo, murmurando algo sobre si en Londres también servían ramen.

Me senté junto a la ventanilla con los niños a cada lado, y en cuanto me acomodé, el mundo comenzó a moverse de nuevo. El avión se sacudió levemente mientras retrocedía y luego avanzaba por la pista. Las luces del aeropuerto se alejaban una a una, como si dijeran adiós.

Y entonces lo recordé.

"Por favor… enamórate de la primera persona que te ofrezca ayuda cuando llegues a Londres."

La frase cayó sobre mí como una piedra.

¿Cómo podía pedirme algo así?

Me enderecé en el asiento, mirando al frente sin ver realmente nada. Era absurdo. Estúpido. Ofensivo.

¿Cómo se atrevía?

Después de todo lo que habíamos pasado. Después de los años, del amor, del dolor, de reconstruirnos mil veces entre ruinas.

¿Enamorarse de cualquiera que ofreciera ayuda?

¿Así de fácil era para él?

¿Así de reemplazable sería yo si él estuviera en mi lugar?

Me ardían los ojos. No iba a llorar. No ahora. No por él. Pero dentro de mí, el corazón se retorcía.

¿No aprendió nada?

¿No comprendió lo que significó nuestra historia, todo lo que vivimos?

¿No se dio cuenta de que no se trata solo de seguir adelante… sino de sanar con dignidad?

Miré a mis hijos. Dormían profundamente, ajenos a mi batalla interna.

Y yo… yo no dormí.

No pude cerrar los ojos ni por un segundo.

Todo el viaje pensé en sus palabras.

"Enamórate…"

Como si fuera una orden.

Como si fuera tan simple.

Como si el amor pudiera obedecer.

Londres. Aeropuerto de Heathrow. 07:14 p.m.

Había niebla afuera. Todo parecía envuelto en un gris espeso. Los anuncios sonaban en otro idioma, las voces eran distintas, y el mundo se sentía más grande. Más lejano. Más ajeno.

Caminamos entre pasillos hasta la zona de equipaje. Hoshiro empezó a tirar de mi abrigo.

–Mami… quiero ir al baño.

–Un ratito, mi amor. Esperamos las maletas y vamos, ¿sí?

–Pero es urgente –dijo con más insistencia, apretando las piernas.

–Solo un poquito más, corazón.

Y entonces lo escuché.

El sollozo.

Al principio leve. Después más alto.

Hasta que se convirtió en llanto.

–¡Quiero ir ahoraaaa!

Se soltó de mi mano, se tiró al suelo, y lloró con una rabieta que me heló la sangre.

–¡Hoshi! –exclamé, atónita–. Por favor…

No me obedecía. Pataleaba en el suelo. Nunca había hecho algo así.

Nunca.

Moroha se agachó junto a él.

–Hoshi, por favor, ya… Mamá está cansada. ¡Cálmate!

–¡No quiero! ¡No quiero estar aquí! ¡Quiero irme a casa!

Y como si eso no fuera suficiente, una de las maletas cayó mal al ser empujada por otra. El cierre reventó y toda la ropa de Hoshiro se desparramó por el suelo brillante del aeropuerto. Camisetas, pijamas, su peluche…

La gente empezó a mirar. Una señora chasqueó la lengua. Alguien comentó algo en voz baja. Una azafata pasó y apuró el paso.

Y yo…

Yo me congelé.

–¡No quiero! ¡Déjame!

–Hoshi, ya basta –insistió Moroha empezando a perder la paciencia.

El llanto de Hoshi. Las quejas de Moroha. La vergüenza de la ropa por el suelo.

Todo se volvió lento.

Como si el tiempo se arrastrara.

Como si el universo se burlara de mí.

Ya no podía más.

Sentí la presión en el pecho. Las lágrimas en los ojos. Las manos temblando.

Iba a gritar. A llorar. A rendirme.

Y entonces…

–¿Quieres mi ayuda?

Una voz.

No…

Su voz.

Me giré como un resorte, con el corazón en la garganta.

Y ahí estaba.

Inuyasha.

De pie. Frente a mí. Con su cabello enredado por el viento, su chaqueta abierta, sus manos en los bolsillos… y esa mirada.

Esa maldita mirada. La que lo decía todo sin necesidad de palabras.

Mi cerebro tardó segundos en procesarlo.

¿Estaba alucinando? ¿Era real?

Mi cuerpo entero se negó a creerlo.

Pero era él. Y sonreía con tristeza. Con ternura. Con todo lo que no dijo en el aeropuerto.

Y entonces entendí.

"Enamórate de la primera persona que te ofrezca ayuda cuando llegues a Londres."

No era un favor absurdo.

Era una trampa.

Una última lección.

No para reemplazarlo…

Sino para darme cuenta de que no podía.

Y que él tampoco podía reemplazarnos.

Yo no dije nada. No podía. Solo lo miré… y sentí que respiraba de nuevo.

–¡Papi! –gritó Moroha, y su voz resonó con fuerza en todo el aeropuerto.

–¡Papitooo! –lloró Hoshi, y fue como si todo el dolor y las lágrimas desaparecieran al instante al verlo.

Ambos corrieron hacia él con esa desesperación y ternura que solo pueden tener los niños al buscar a su padre, sabiendo exactamente dónde pertenecían. Inuyasha no dudó ni un segundo. Abrió los brazos y se agachó justo a tiempo para recibirlos. Uno de cada lado, con el alma expuesta. Hoshi se aferró a su cuello con tal fuerza que parecía que no quería soltarlo nunca, mientras Moroha lo rodeaba por la cintura y escondía el rostro contra su pecho. Inuyasha cerró los ojos un instante, como si quisiera quedárselo grabado, como si ese abrazo fuera todo lo que necesitaba. Y, en cierto modo, lo era. Ese calor. Ese momento. Todo su mundo estaba allí.

Vi cómo acariciaba el cabello de Moroha con una de sus manos libres y, sin pensarlo, me acercó hacia ellos. No me resistí. Dejé caer todo a mi alrededor y me hundí en ese abrazo, como si fuera el único lugar donde mi alma pudiera respirar. Mi rostro se estrelló contra su pecho, ese refugio que tanto había anhelado. Sentí su calor, su olor, su respiración tranquila y constante. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estaba en casa.

Levanté la mirada, buscando sus ojos con urgencia. Había tanto que quería decirle, pero no sabía por dónde empezar. Sentía miedo, amor, dudas, esperanza… tantas cosas que ni siquiera sabía cómo nombrar. Inuyasha acarició mi cabello con dulzura, y luego bajó a Hoshi con cuidado. Miró a nuestros hijos con una seriedad suave.

–Recojan todo lo que se cayó. Rápido. Y pongan las cosas bien en la maleta, ¿sí? –les dijo.

–¡Sí! –respondieron al unísono, como siempre, unidos en su pequeño mundo.

Moroha tomó la delantera y Hoshi la siguió sin rechistar.

Entonces, nos quedamos solos.

Inuyasha fue el primero en hablar, su voz apenas fue un susurro, pero cargado de todo lo que no decía con palabras.

–Perdón, Kagome. Por todo. Por estos meses, por mis errores, por no haber sido el hombre que merecías cuando más lo necesitabas –dijo con dificultad–. Al principio creí que podía dejarte ir… pero tú me conoces. Sabes lo egoísta que puedo ser. No puedo. No quiero. No me imagino una vida sin ti. Sin ellos. Sin nosotros.

Sus ojos brillaban con algo que no había visto en mucho tiempo, y su voz temblaba con una sinceridad que no podía ignorar.

–Estoy dispuesto a cambiar. A mejorar. A reconstruir lo que destruí. A darte los años que te fallé. A crecer contigo. A amar lo que somos. No quiero más despedidas, Kagome. No más finales…

Sus palabras me quemaban, pero no pude hacer más que bajar la mirada. Estaba temblando, luchando por mantenerme firme.

–Yo… –balbuceé, pero lo golpeé con suavidad en el pecho– ¿Por qué haces esto ahora?

–Te amo… –susurró, tan firme como si nada más importara.

Lo golpeé otra vez, un poco más fuerte, como si quisiera que se detuviera, que dejara de darme esperanzas.

–¡Creí que…! –mi voz se quebró, pero él solo me miró, tranquilo, y repitió:

–Te amo.

Y en ese momento, sentí que mi corazón ya no podía soportarlo más. La furia y el dolor se apoderaron de mí, y no pude evitar gritar.

–¡No lo vuelvas a hacer! –lo golpeé otra vez, pero esta vez era con el corazón roto, con una mezcla de frustración y amor.

–Te amo –dijo una vez más, esta vez con una sonrisa que nació desde lo más hondo de su ser.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control. Cerré los ojos, apreté los labios, y a pesar de todo, sonreí. Fue una sonrisa llena de contradicciones, de sentimientos encontrados.

–Yo te odio… –murmuré, pero sabía que no era cierto. No lo era.

Inuyasha no se detuvo. Me atrajo hacia su pecho, pegándome con fuerza, y sus labios rozaron los míos como una promesa.

–También te amo, Kagome –susurró, y me besó.

Y en ese beso, me perdí. Fue un beso lleno de historia, de batallas vencidas, de heridas que ya no dolían. Fue un beso de todo lo que habíamos vivido juntos, de lo que aún nos quedaba por vivir. Mi mente se inundó de recuerdos, como flashes de película: nuestro primer beso, la primera vez que nos peleamos, el nacimiento de Moroha, nuestro primer encuentro cuando yo era Escargot… la risa de Hoshi, las veces que lo esperé, las veces que lo volví a ver. Todo. Todo tenía sentido si terminaba en él.

Lo rodeé con los brazos por el cuello, lo atraje con fuerza y profundicé el beso. No importaba que estuviéramos en un lugar público, ni las miradas ajenas, ni el escándalo que acabábamos de causar. No importaba nada. Nada más que esto. Este instante. Este milagro. Esta nueva oportunidad.

Y él… sonrió, dejando que yo hiciera con él lo que quisiera. Porque al final del día, siempre había sido yo.

Siempre. Suya.


Me dejé caer sobre el sillón con un suspiro largo, profundo, como si mi cuerpo por fin recordara lo que era sentirse en paz. Apenas me acomodé, una masa peluda, enorme y cálida se desplomó sobre mis pies con un golpe sordo.

–¡Inuyasha! –grité.

Era Kuro. Nuestro gigantesco terranova negro, más grande que mi paciencia, más terco que su dueño. Se tumbó como si fuera un gato diminuto, aplastando mis piernas con todo su peso y cerrando los ojos como si acabara de cumplir con su misión divina.

–¡Inuyasha, sácalo a pasear! –volví a gritar, pataleando sin éxito.

Él apareció por la puerta, se recargó contra el marco, y sonrió como si ver a Kuro aplastarme fuera la escena más graciosa del universo.

–Yo lo saqué ayer –dijo con toda la frescura del mundo.

–¡Pues hoy no me toca a mí! –protesté con una mezcla de drama y fastidio–. Todos los vecinos se espantan cuando lo ven. Ayer una señora se cruzó de calle y casi se tropieza con su propio bastón.

Inuyasha soltó una carcajada y caminó hacia mí con paso relajado. Se sentó a mi lado, y besó mi frente con suavidad, rodeándome con su brazo.

–Tenemos la casa sola... –susurró, dejando besitos cortos en mi cuello–. Los niños están en el colegio... –murmuró como quien guarda un secreto travieso.

Reí entre cosquillas, atrapando su rostro entre mis manos. Lo miré directo a los ojos y sonreí.

–Tengo que hacer el almuerzo.

Su gruñido de frustración fue tan auténtico que no pude evitar reír más fuerte.

–¡No es justo! –exclamó cuando me levanté del sillón.

–La vida no lo es –canturreé mientras caminaba hacia la cocina, con Kuro siguiéndome como si me perdonara por intentar moverlo.

Sabía que no se rendiría tan fácilmente. Lo conocía demasiado. Y no me equivoqué. Apenas puse una mano sobre la encimera, sentí sus brazos envolviéndome por la cintura. Sonreí sin voltearme, porque ese calor me era tan familiar como necesario.

–Eres terco… –susurré.

–Y tú me amas igual –respondió él, besando mi cuello con un amor que desarmaba.

Me giré apenas para encontrar sus labios, y nos besamos con esa calma ardiente que solo los que se han perdido y reencontrado entienden. No supe cómo terminamos en la habitación. Solo sé que el almuerzo quedó olvidado, Kuro se quedó dormido en la puerta y nosotros estábamos uno al lado del otro, envueltos en las sábanas, mirando el techo, compartiendo silencios que hablaban más que cualquier palabra.

Respiré hondo. Paz. No de la que se compra o se encuentra afuera. Paz de la que se construye, se lucha y se agradece. La que nace de saber que, al final del día, siempre volvíamos a elegirnos.

Él giró para mirarme, su mano buscando la mía.

–¿Ves? No era tan mala idea dejar que Kuro te atrapara.

Reí. Lo besé. Y decidí que, por hoy, el mundo podía esperar.


Me había estado sintiendo mucho mejor últimamente. No solo por Inuyasha –aunque, vamos, él tenía mucho que ver–, sino también gracias a las sesiones con mi psicóloga. Al principio no sabía si funcionaría, pero con el tiempo... todo fue encajando.

Los días pasaban rápido, casi sin freno, y cuando menos me lo esperé, ya habían pasado cinco años desde que nos mudamos a Londres.

Cinco años.

Parecía mentira.

A pesar de todo el esfuerzo, de las búsquedas constantes de trabajo, de los ajustes, los cambios y alguna que otra lágrima, terminé encontrando un lugar para mí. Una pequeña galería de arte me abrió sus puertas. Allí trabajaba como curadora de exposiciones, organizando eventos, ayudando a artistas nuevos a mostrar su obra... y, sinceramente, me hacía muy feliz. Me sentía útil. Me sentía viva.

Todo parecía tener sentido al fin. Inuyasha también había vuelto a trabajar, y no era por presumir, pero... era el doctor más apuesto de todo Londres. Lo sabía. Lo sabía yo y también lo sabían sus pacientes, sus colegas, y hasta las enfermeras que se ponían nerviosas cuando él pasaba cerca.

Moroha se había estirado, y para desgracia de su padre, se había convertido en una señorita hermosa. A sus dieciséis años, irradiaba fuerza, confianza y dulzura, todo al mismo tiempo. No dudaba que pronto nos presentaría a algún noviecito por ahí. Claro, solo si Inuyasha lo aprobaba. Ese era tema de conversación constante en la casa, ya fuera en el desayuno, el almuerzo o la cena.

No –decía Inuyasha con un tono rotundo, cruzado de brazos, sin siquiera dejar que nadie terminara la frase.

Y así, conversación terminada.

En cuanto a Hoshi... bueno, él tenía once años y ya sabía que sería un dolor de cabeza. Era demasiado parecido a su padre: impulsivo, curioso, terco, y con esa sonrisa descarada que podía salirse con la suya en cualquier situación. No había día en el que no se metiera en algún tipo de problema en el colegio, pero, aun así, era un niño brillante. Deportista, audaz... y ese cabello plateado y esos ojos dorados lo hacían destacar donde fuera que entrara.

Exactamente como su padre.

Ahora nos encontrábamos almorzando en un restaurante pequeño, cálido, uno de nuestros favoritos. El sol se filtraba por los ventanales y la mesa estaba llena de platos a medio comer, risas, comentarios cruzados y pequeñas discusiones tontas entre hermanos.

–¡Hoshi, deja de patearme por debajo de la mesa! –protestó Moroha.

–No te estoy pateando, estás tan grande que ya no cabes bien –respondió él, encogiéndose de hombros con cara de inocente.

Reímos todos. Yo también. A veces, solo a veces, me permitía mirar ese momento como si no fuera mío, como si estuviera viéndolo desde afuera. Y aun así, me parecía perfecto.

Entonces Inuyasha y yo nos miramos.

Lo supe en el instante en que cruzamos los ojos. Es ese tipo de miradas que solo puedes compartir con quien ha caminado a tu lado toda una vida. Teníamos algo que decirles. Y no sabíamos por dónde empezar.

Inuyasha se aclaró la garganta, dejando el vaso a un lado.

–Bien, hijos... –dijo con esa voz grave, casi solemne–. Su madre y yo queremos decirles algo.

Tomé su mano. Estaba tibia, segura. Asentí.

–Así es, mis niños... Nosotros...

–¡Estás embarazada! –exclamó Moroha, abriendo los ojos como platos.

–¡Qué asco! –gritó Hoshi tapándose la boca con ambas manos–. ¡¿Otra vez hicieron eso?!

Soltamos la risa al mismo tiempo. Inuyasha casi se atraganta con su bebida.

–¡No! –dijo, aun riendo–. ¡No, eso no es lo que queríamos decir!

Los dos chicos suspiraron, visiblemente aliviados.

–Menos mal... –dijo Hoshi, murmurando–. ¡No quiero otro hermano que me robe los videojuegos!

–Qué inmaduro –soltó Moroha.

–Queríamos contarles que... pronto será el cumpleaños del abuelo Toga –continué yo, aun sonriendo–. Y toda la familia va a viajar a Tokio.

Moroha frunció el ceño.

–¿Regresar a Tokio?

–Sí, amor –le respondí con suavidad–. Solo será por unas semanas. Vamos a ver a los abuelos, a tus tíos, a tus primos... y bueno, también podrán recordar cómo era nuestra vida allá.

Hubo un silencio breve, lleno de pensamientos. Luego Moroha sonrió.

–¿Podemos visitar el parque donde papá me enseñó a montar en bici?

–Y el restaurante donde hacían ramen de verdad –añadió Hoshi, emocionado de pronto.

Asentimos los dos.

–Claro que sí –dijo Inuyasha.

Y yo... yo no podía estar más feliz. Ver sus ojos brillar con curiosidad, nostalgia y emoción me confirmó lo que ya sabía desde hacía tiempo:

Habíamos construido algo hermoso.

Y ahora, estábamos listos para volver, aunque fuera por unos días, al lugar donde todo comenzó.


Ver a mis hijos correr entre los árboles del jardín, reír con sus abuelos, compartir historias y juegos como si los años no hubiesen pasado... fue un golpe directo al corazón. Pero uno bueno. De esos que te hacen contener la respiración, no por dolor, sino por pura emoción.

La casa de Toga seguía igual. Esa mezcla de tradición japonesa con algunos toques modernos que poco a poco se habían colado gracias a Izayoi. Y aunque las paredes, los muebles y hasta los cerezos parecían haber quedado intactos en el tiempo, las personas no. No había dimensionado cuánto podían cambiar en cinco años.

Mi suegra tenía más canas, sí, pero también más luz en la mirada. Toga estaba más lento en sus movimientos, pero su risa seguía siendo fuerte, contagiosa y profunda... como siempre. Los observaba mientras Hoshi hablaba sin parar con ellos, usando manos y gestos como si estuviera en una obra de teatro, mientras Moroha imitaba sus movimientos exagerados. Toga aplaudía cada broma, e Izayoi los observaba como si fueran una bendición caída del cielo.

Me sentí... completa. Pero también, extrañamente, nostálgica. Había algo en volver a casa que te hacía consciente del paso del tiempo, de lo mucho que habías ganado... y también de lo que habías dejado atrás.

Sentí a Inuyasha acercarse por detrás. Me rodeó la cintura con esos brazos que aún me hacían sentir segura, incluso después de tantos años, y dejó un beso suave en mi cuello.

–¿Te la estás pasando bien? –me susurró con voz ronca.

Asentí, sin despegar la vista del jardín.

–Sí –respondí en voz baja–. Es bueno volver.

En ese instante, una risa inesperada rompió el momento. Una risa suave, contenida... pero definitivamente familiar.

Nos giramos y lo vimos venir desde la entrada del jardín.

Sesshomaru.

Y con él, una pequeña niña de la mano, aunque no tan pequeña, tenía la misma edad de Hoshi. Sus cabellos blancos ondeaban con la brisa, sus ojos oscuros contrastaban con su piel de porcelana. Kanna. Ya no era un bebé. Era una niña hermosa, delicada, con una expresión serena que le daba un aire casi angelical.

–Tíos –dijo Sesshomaru con ese tono neutral que ya conocíamos tan bien–. Quiero que conozcan a Kanna. No sé si la recuerdan.

–¡Claro que sí! –respondí, sonriendo y agachándome un poco para quedar a su altura–. Aunque eras muy chiquita cuando nos conocimos.

Kanna frunció el ceño con dulzura.

–No los recuerdo bien… –murmuró.

–Es normal –añadió Inuyasha, revolviendo su cabello suavemente–. Pero tranquila. Porque ahora sí vamos a poder pasar más tiempo juntos.

Sesshomaru nos miró con calma, pero con una chispa de complicidad en los ojos. Inuyasha, que lo conocía mejor de lo que le gustaba admitir, lo notó enseguida.

–¿Y cómo va todo? –preguntó, cruzándose de brazos.

–Muchas cosas van a cambiar en un par de meses –respondió Sesshomaru.

Ambos se rieron. Fue breve, seco, pero genuino.

–Prepárate –le dijo Inuyasha–. Ser padre de uno es muy distinto a ser padre de dos.

Yo no dije nada, pero mi sonrisa lo dijo todo. ¿La familia de Sesshomaru iba a crecer?

Entonces, como una exclamación bajada del cielo, la voz dulce de Kanna cortó la conversación:

–¡Mami!

Se soltó de la mano de Sesshomaru y salió corriendo por el jardín.

Todos nos giramos.

Y allí estaba ella.

Kagura.

A lo lejos, avanzando despacio por el sendero de piedra, con una de esas sonrisas que se te quedan grabadas en el alma. Su cabello estaba más largo, más suelto. Su figura había cambiado, y no solo por la madurez, sino por la pancita redonda que lucía con orgullo bajo su vestido rojo. Se veía hermosa. Serena. Completa.

Kanna se lanzó a sus brazos y Kagura la recibió con ternura. Caminó hacia nosotros con esa elegancia natural que siempre la había caracterizado. Y cuando la tuve cerca, no pude evitarlo. Mis manos se posaron sobre su vientre por instinto.

–¡Se siente tan cálida! –susurré, emocionada.

–Lo sé, es extraño ¿verdad? –dijo ella con una sonrisa.

–Hola, cuñada –saludó Inuyasha, divertido.

–¿Ahora sí soy cuñada oficialmente? –bromeó Kagura mientras se reía y se refugiaba en los brazos de Sesshomaru, como si ahí encontrara su refugio definitivo.

Él la besó en la frente y luego bajó las manos para rodear su barriga con un gesto protector, casi instintivo.

–¿Y ya saben qué va a ser? –pregunté, con los ojos brillando de emoción.

Kagura y Sesshomaru se miraron unos segundos, como si compartieran un pequeño secreto.

–Un varón –dijo él, con una leve sonrisa en los labios.

La alegría nos invadió a todos. Kagura se sonrojó y bajó la mirada, pero no pudo ocultar su felicidad.

Y yo... yo solo podía pensar en lo lejos que había llegado.

Recordé cómo había sido todo antes. Las discusiones con Sesshomaru. La soledad en su primer embarazo. La tormenta en su alma por culpa de Naraku. Y cuando cayó en coma cuando recibió el disparo, todos pensábamos que tal vez... tal vez no volvería. Pero Sesshomaru jamás perdió la esperanza. Día tras día, noche tras noche, allí estaba él. Sin moverse. Sin rendirse.

Y cuando despertó, con los ojos aún confusos, lo primero que vio fue a él. A su lado. Esperándola.

Tiempo después, cuando se enteraron de que estaba embarazada, Sesshomaru no lo procesó de inmediato. Kagura siempre lo contaba, entre risas, que él la miró con esa típica expresión suya y dijo:

¿Estás segura?

Y ella respondió:

Estoy embarazada, no loca.

Él simplemente la cargó en brazos sin decir nada y la llevó hasta el sofá, la rodeó con una manta y dijo:

A partir de ahora no te moverás sin mi permiso.

Kagura se rio contándomelo, diciendo que había sido su manera torpe de demostrar que le importaba.

Yo lo llamo amor.

Un amor que sobrevivió a la confusión, al miedo, a la espera. Y ahora, ese amor... tenía forma. Latía dentro de ella.

Y me sentí feliz. Por ella. Por ellos.

Porque, a veces, lo imposible solo tarda un poco más en llegar.


Tocar la puerta de la casa que me vio crecer fue como tocar un recuerdo. Sentí un nudo en la garganta. Hacía años que no regresaba a ese umbral, y aunque muchas cosas seguían igual –la maceta con las flores que mamá siempre cuidaba, el leve chirrido de la puerta– todo me parecía distinto… tal vez porque yo ya no era la misma.

La puerta se abrió con un golpecito suave y, en cuestión de segundos, me vi envuelta entre los brazos de mi madre y Rin. Ambas lloraban, sonreían, y hablaban al mismo tiempo, como si el tiempo que habíamos pasado lejos pudiera comprimirse en ese abrazo.

–¿Cuándo llegaste? –preguntó mamá entre sollozos, limpiándose las lágrimas con la manga de su suéter.

–Hace poco –respondí con una sonrisa emocionada–. Estamos aquí por el cumpleaños de Toga. Pero… ¿por qué no estuvieron ustedes?

Mi madre soltó un largo suspiro y lanzó una mirada significativa a Rin.

–Por culpa de esta niña –dijo, dándole un pequeño codazo con ternura.

–Bueno, ¡perdón por no haber podido evitar estar enferma! –replicó Rin, alzando las manos con fingida indignación.

–¿Enferma? –repetí, y el tono de mi voz se volvió inmediatamente más serio–. ¿Qué tienes?

–Nada grave –respondió ella enseguida–. Solo creo que algo me cayó mal. Una pequeña intoxicación, eso es todo.

Me giré justo cuando Inuyasha entraba a la sala. Se sentó a mi lado y entrelazó sus dedos con los míos, atento a cada palabra. Todos estábamos acomodados en los sofás, en esa misma sala donde crecí, ahora llena de conversaciones cruzadas y el eco de nuevas vidas.

–¿Desde cuándo te sientes mal? –preguntó Inuyasha, mirándola con desconfianza.

–No es para tanto –insistió Rin, pero mamá interrumpió con la tranquilidad de quien ya se ha resignado.

–Desde hace una semana. Con náuseas, mareos y cansancio constante.

Inuyasha asintió lentamente, como si algo encajara en su mente. Lo vi entrecerrar los ojos, medir sus palabras… y luego, sin más, lo soltó:

–Estás embarazada, Rin.

Un silencio helado cayó sobre la sala.

–¿Qué? –dije, entre sorprendida y molesta–. Inuyasha, no bromees con eso…

Él me miró, me sonrió de lado y, sin decir una palabra, me dio un beso suave en los labios.

–No estoy bromeando… –murmuró con total convicción.

Rin se levantó rápidamente y se alejó, sacando su celular del bolsillo. Caminó hacia la cocina para hacer una llamada. Mamá solo negó con la cabeza y suspiró con una sonrisa resignada.

–He pasado tanto tiempo tratando de que Rin acepte lo que siente por ese muchacho…

–¿Qué muchacho? ¿Desde cuándo? –pregunté, sin poder disimular la sorpresa.

–Probablemente desde hace dos años –respondió como si nada.

–¿Dos años…? ¿Y en todo ese tiempo no…?

Mamá soltó una carcajada.

–Rin adquirió tus mismos hábitos, Kagome. También ha aprendido a meter a cierto chico a su habitación a escondidas.

Inuyasha y yo nos miramos, al borde del colapso. Ambos nos sonrojamos al instante, sin saber si reír o cambiar de tema.

Poco después, Rin regresó con el teléfono aún en la mano. Su rostro estaba pálido, pero había una emoción vibrando en sus ojos.

–Voy a ser mamá… –susurró, como si aún no se atreviera a creérselo–. Voy a ser mamá…

Y en ese instante, todo se detuvo. El tiempo. El aire. Los recuerdos. La esperanza.

Horas después, Bankotsu apareció en la puerta con una sonrisa nerviosa y las flores más desordenadas que había visto en mi vida. Pero era claro que lo había intentado. Cenamos todos juntos, y para sorpresa de nadie –excepto quizás de Rin–, mamá lo recibió con calidez. Como si ya supiera que formaba parte de esta historia desde hace mucho.

Todo parecía estar bien. No solo para Rin.

Sango y Miroku también estaban brillando en su propio universo. Hace poco más de dos años, habían tenido a su tercer hijo, Hisui. Su hogar siempre estaba lleno de risas, gritos infantiles, pasos descalzos corriendo por los pasillos. Y últimamente hablaban más y más de mudarse a una casa más grande, con espacio suficiente para su enorme y hermosa familia.

Quizá… hasta para un nuevo integrante más.

Y ahí, entre el bullicio, las noticias inesperadas y los silencios significativos… comprendí algo. Las personas cambian en cinco años. A veces para bien, otras para sanar… pero todas –todas– tienen derecho a una segunda oportunidad para ser felices.


Visitar a Kikyo no era algo que tenía marcado en una lista de pendientes, pero sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo. Había cosas que, por mucho que uno intente postergar, terminan encontrándote. Esta mañana, mientras nos preparábamos para salir, Inuyasha me tomó la mano en silencio y asintió, como si supiera que necesitaba su apoyo. Me acompañó hasta la entrada del centro psiquiátrico, pero cuando llegó el momento, me soltó con una ternura triste y dijo que me esperaría afuera, que algunas batallas debía librarlas sola.

Y tenía razón.

Entré al recinto con un nudo en la garganta. El aire olía a limpieza estéril, a soledad pulcra, a tiempo detenido. Una enfermera me indicó hacia dónde debía dirigirme y caminé en silencio por los pasillos blancos, cada paso resonaba demasiado fuerte.

Y entonces la vi.

Kikyo estaba en el jardín, vestida con una bata azul celeste, el cabello un poco más largo, desordenado por el viento. En cuanto me vio, sus ojos se agrandaron como si hubieran visto a un fantasma. Corrió hacia mí, sus pies descalzos golpeando el pavimento sin importar el dolor. Extendió los brazos para abrazarme, pero dos enfermeros la sujetaron antes de que pudiera tocarme.

–¡Está bien! –gritó con una mezcla de desesperación y dulzura–. ¡Es mi hermana! ¡Mi hermana ha venido a visitarme!

La duda me asaltó como un relámpago. ¿Era realmente consciente de quién era yo? ¿O me confundía con una figura de su mundo fragmentado?

Pero luego la miré. Y vi algo detrás de su delirio: una emoción real. Tal vez confusa, tal vez distorsionada… pero sincera. Asentí con lentitud y le permití acercarse. El abrazo fue frágil, casi infantil. Su cuerpo temblaba como si el viento pudiera deshacerla.

Nos sentamos juntas en una de las banquetas del jardín. Las flores estaban bien cuidadas. Había una fuente al fondo y algunas aves cantaban sin saber que estaban rodeadas de almas rotas. Kikyo no tardó en empezar a hablar, y una vez que lo hizo, no se detuvo.

–Estoy casada, ¿sabes? Con un hombre maravilloso. Tiene los ojos más bonitos del mundo. Y tenemos un hijo –declaró con una sonrisa–. Es precioso, se llama como mi abuelo. Somos muy felices. Inuyasha me ama… me ama igual que papá. Él también viene a verme a veces. Naraku. Viene de noche, siempre de noche, para que no lo vean.

Yo solo la miraba.

Mi hermana se había convertido en una sombra brillante. Una mujer que hablaba de una felicidad tan perfecta que solo podía ser mentira. Su voz era suave, su sonrisa tan pura que dolía. Como si de verdad creyera en todo lo que decía.

Y quizá sí lo creía.

Pero yo… Sabía que no era cierto. Ni su matrimonio, ni su hijo, ni su amor con Inuyasha. Mucho menos que Naraku, ese hombre que nos rompió la vida siguiera con vida. Todo eso… era una fantasía. Una creación minuciosa, nacida de una mente que ya no pudo sostener el peso de la culpa, la envidia, el odio.

Kikyo se había quedado atrapada en su propia mente, prisionera de su historia no contada. Y quizá, solo quizá, ese era el peor castigo que podía existir para alguien que hizo tanto daño estando cuerda: vivir en un mundo falso, creado por una mente rota que jugaba con sus emociones, que le ofrecía consuelo mientras la destrozaba lentamente.

Ella era su propia enemiga.

Y esa… fue la vida que eligió.

Sus malas decisiones no solo le quitaron lo que alguna vez tuvo, sino que también la empujaron a este abismo disfrazado de paraíso. Una realidad alterna que parecía amable, pero a la vez era cruel. Porque lo que ella creía tener, yo lo estaba viviendo.

Yo tenía el amor de Inuyasha. Tenía una familia real, amigos sinceros, un hijo que sí existía, abrazos que no se desvanecían cuando cerraba los ojos. Lo mío… sí era real.

Y por primera vez, sentí lástima por ella. No por la Kikyo que me había herido, sino por la mujer rota frente a mí, perdida en un espejismo que no podía abandonar.

No era perdón. No era olvido.

Era compasión.

–Me alegra verte –le dije, aunque ella ya hablaba sobre otra cosa.

Y me quedé ahí. A su lado. Escuchando. Porque, aunque no pudiera cambiar su mundo, al menos, por unos minutos, podía hacerle compañía desde el mío.


Me acurruqué contra su pecho, despacio, como si fuera un ritual que conocía de memoria. Cerré los ojos por un instante y aspiré su aroma, ese que aún, después de los años, seguía dándome paz. Había algo profundamente reconfortante en cómo me abrazaba incluso mientras dormía, en la forma en que su cuerpo se adaptaba al mío como si hubiera sido hecho para cobijarme. Como si siempre hubiera sido mi hogar.

Hacía poco más de un mes que habíamos regresado a Londres, y aunque extrañaba algunas cosas de Tokio, saber que todos estaban bien me dejaba el alma tranquila. Mi madre, con su sonrisa serena y su fortaleza inquebrantable. Rin, empezando su propia familia, con esa mezcla de nervios y alegría que tanto la caracterizaba. Kagura, al fin viviendo la vida que merecía, junto al hombre que la amaba sin reservas. Mis suegros… seguían igual de fuertes, igual de enamorados, resistiendo al paso del tiempo como si su amor fuera el escudo más poderoso.

Y Sango… mi amiga del alma. Con Miroku y su familia enorme, llena de niños, de risas, de caos hermoso. Pensar en ellos me hacía sonreír sin darme cuenta. Porque por fin, después de tanto… todo parecía encajar.

Tal vez volveríamos para Navidad, o para Año Nuevo. Tal vez, incluso, algún día regresaríamos de forma definitiva. Pero por ahora, esta vida aquí, en Londres, era nuestra. Con mis hijos. Con él.

–¿No puedes dormir…? –murmuró Inuyasha de pronto, con un ronroneo suave, medio dormido, pero consciente de mi vigilia.

Sonreí. Levanté apenas la mirada y lo encontré observándome con esos ojos dorados que me desarmaban, incluso en la penumbra.

–No –le respondí, acariciando con la yema de los dedos el contorno de su mandíbula–. Pero no es por algo malo… es porque estoy muy feliz. Feliz del final que tuvimos.

Inuyasha me sonrió, esa sonrisa ladeada que aún podía acelerar mi corazón. Me atrajo más contra su cuerpo y hundió su rostro en mi cuello, respirando contra mi piel, cálido y dulce.

–Gracias por venir por nosotros –le susurré–. Por tomar ese vuelo. Por no dejarme sola.

–Nunca hubiera renunciado a ti, Kagome –dijo, sin dudarlo.

–Lo sé –le respondí, y me aferré más a él–. Y te amo. Te amo como la primera vez que me hiciste reír… como la primera vez que te besé… y como la primera vez que me entregué a ti.

Él no dijo nada de inmediato. Solo dejó una serie de besos cortos, suaves, en la curva de mi cuello. Sus labios se movían con una ternura casi reverente, como si quisieran sellar mis palabras en su piel.

–Yo también te amo… –susurró por fin, y luego añadió en voz baja, contra mi oído—. Y no hay día que no me agradezca el tenerte, el haber sido lo bastante terco como para dejarte ir.

–No fuiste terco –reí, bajito–. Solo eras tú. Mi Inuyasha.

–Y siempre voy a serlo… –murmuró, antes de morderme con suavidad el lóbulo de la oreja, haciéndome reír bajito y empujarle el hombro, sin fuerza.

–Basta, que vas a despertar a los niños –le advertí, divertida.

–Que se acostumbren –respondió entre besos–. Su madre y su padre se aman. No es culpa nuestra que todavía seamos tan irresistibles el uno para el otro.

–Idiota –le dije, riendo.

–Siempre –respondió, y volvió a abrazarme fuerte, tan fuerte como si temiera que el sueño nos llevara a mundos distintos.

Y así, con su respiración mezclándose con la mía, con su calor envolviéndome por completo, cerré los ojos. Porque sí… por fin teníamos una vida bonita. Un amor bonito. Uno que valía cada lágrima, cada herida, cada espera.

Uno que era nuestro.

–Inuyasha… –murmuré, sin abrir los ojos, con la cabeza apoyada en su pecho, justo donde podía escuchar el ritmo pausado de su corazón–. Te voy a amar hasta el día que me muera. Y si hay algo después de eso… también ahí.

No fue una promesa. Fue una certeza.

Sus brazos se tensaron un poco, como si mis palabras le hubieran atravesado el alma. Luego suspiró contra mi cabello, y sentí cómo rozaba mi frente con sus labios, despacio, con reverencia.

–Kagome… –susurró, con la voz ronca, emocionada, rota de tanto amor contenido–. No digas eso o voy a tener que amarte más de lo que ya te amo. Y eso... eso no sé si es posible.

Sonreí con los ojos cerrados, sintiéndome tonta y feliz, como una adolescente enamorada y una mujer que había vivido demasiado… y que, aun así, elegía volver a él todos los días.

–Entonces inténtalo –le respondí bajito, acariciándole la espalda—. Porque yo sí puedo. Cada día un poco más.

Él se rio suavemente, esa risa que no mucha gente conocía, solo la que me regalaba a mí, cuando estábamos solos y éramos solo dos corazones desnudos. Entonces volvió a besarme, esta vez en la frente, en la nariz, en los labios. Con calma, sin apuro, como quien conoce exactamente lo que tiene entre las manos y no piensa soltarlo jamás.

Y yo… yo me aferré a él.

Porque así éramos nosotros.

Un amor sin fecha de vencimiento.

Un para siempre, dicho bajito… pero que se escuchaba en otro universo.


Someone's moving outside

The lights come on and down the drive

I forget you're not here when I close my eyes

Do you still think of me sometimes?

My shadow's dancing

Without you for the first time

My heart is hoping

You'll walk right in tonight


INUYASHA

Sostuve la fotografía con ambas manos, la miré por largo rato. Siempre me había gustado esa imagen de ella. Tenía el cabello algo alborotado, una blusa blanca y la sonrisa más suave del mundo. Sus ojos brillaban como si guardaran secretos del cielo. Casi parecía un ángel caído, de esos que se te aparecen una sola vez en la vida para enseñarte lo que es amar de verdad.

Suspiré.

Gracias, Kagome... por haber existido en mi vida. Por cada minuto que me regalaste, por enseñarme lo que era reír de verdad, por darme unos hijos maravillosos. Gracias por quedarte, incluso cuando todo se volvía oscuro y yo no sabía cómo seguir.

Recordé todo con una claridad abrumadora. El día que compramos aquel perro enorme que parecía más un caballo que un cachorro. La forma en que abriste los ojos al verlo correr por el patio, como si la casa se nos fuera a caer encima. Reímos tanto ese día.

Nuestra vida en esa ciudad nueva, extraña, llena de ruidos que no conocíamos. Los obstáculos que enfrentamos juntos. Las noches que pasábamos en vela, preocupados por llegar a fin de mes o por entender cómo criar a dos hijos tan distintos.

Y entonces... esa visita al doctor.

"No serán capaces de volver a tener otro hijo."

No por más que lo intentáramos. El embarazo de Hoshi había sido duro. Las condiciones no eran las mejores, y al parecer eso dejó una herida en ti que nadie pudo reparar. Nunca te dejé sola con ese dolor. Éramos un equipo. Yo también lo sentía, yo también lloré. No era tu culpa. Quizás no era culpa de nadie. Lo entendiste con el tiempo... y te abracé cada vez que te sentiste insuficiente. Porque nunca lo fuiste.

Estuviste conmigo siempre.

Cuando Moroha terminó sus estudios y decidió irse a vivir por su cuenta. Fue duro aceptarlo. Mi niña, mi princesa… ya no era mi bebita. Tú estabas ahí, tomándome la mano cuando creí que el corazón se me rompería.

Cuando Hoshi se graduó en la facultad de medicina. Lloramos juntos. Como también lo hicimos cuando Moroha anunció su compromiso. Estabas tan orgullosa de ellos… Y yo estaba tan orgulloso de ti.

Estuviste cuando nos tocó despedir a nuestros padres. Fueron golpes duros, sí. Pero tú eras mi bastón, mi consuelo. Y yo era el tuyo. Nos sosteníamos como árboles que no quieren caer en mitad de una tormenta.

Y luego... llegaron los nietos.

La hija de Hoshi, con esa carita redonda que tanto se parecía a la tuya. El hijo de Moroha, tan travieso que parecía sacado directamente de nuestra historia. Quién lo diría... nuestra familia creció más de lo que jamás imaginé.

Volví a mirar la foto. A pesar de los años, seguías siendo para mí la mujer más hermosa del mundo. Mis labios se curvaron en una sonrisa y mis ojos se llenaron de lágrimas. No pude contenerlas.

Espérame un poco más, ¿sí?

No me extrañes mucho...

Para eso estoy yo, para extrañarte. Para llevarte en cada respiro, en cada paso que doy desde que te fuiste a hacerle compañía a tus padres.

Allá arriba deben estar los ángeles más bonitos. Y tú... tú eres uno de ellos, mi amor.

Me dolía la espalda. Me dolían los huesos.

La edad pesa, lo sé.

Pero me reconfortaba pensar que pronto estaremos juntos otra vez, que dejaremos de ser solo fragmentos sueltos de un amor bonito.

–Papito… ¿estás listo?

Me giré.

Moroha estaba en la puerta con las maletas preparadas. Sonreía con dulzura, igual que tú cuando querías convencerme de algo.

–¿Llevarás a mamá?

Asentí con lentitud.

–Siempre estaré con ella.

–Lo sé, papito… y también sé que ella está con nosotros. Pero por ahora, apúrate, que Hoshi nos espera en el auto. Y ya sabes cómo se pone cuando demoramos.

Reí suavemente.

Asentí de nuevo, poniéndome de pie con dificultad. Tomé mi bastón y sujeté el cuadro con tu imagen como si fuera lo más valioso del mundo.

Le seguí a paso lento. Ojalá así de lentos hubieran sido mis días contigo, Kagome. Ojalá así de lenta hubiera llegado la vejez, para poder quedarme un rato más contigo, aunque sea un poco más.

Pero no me arrepentía de nada.

Viví contigo a toda velocidad, sí, como si el tiempo nos persiguiera. Pero lo hicimos con un amor que iba contra la corriente.

Me despedí de esta casa que guardaba tus risas, tus pasos, tus silencios y tus besos. Me despedí de nuestros recuerdos, para intentar vivir lo poco que me quedaba junto a nuestros hijos y nietos, en Tokio, el lugar al que siempre quisiste volver. Lo pospusimos tanto... y ahora, al fin, voy a cumplir tu último anhelo, mi amor.

Volveré al lugar donde todo comenzó.

Donde fuimos tú y yo.

Donde seguimos siendo.

Donde todo... termine bonito.

Porque, aunque el tiempo nos haya dispersado en fragmentos, aunque tu ausencia pese y la memoria a veces duela, nuestro amor no se rompió con los años, ni con la distancia, ni siquiera con la muerte.

Sigue intacto, cosido en cada rincón de mi alma, firme como la primera promesa que nos hicimos, vivo en cada paso que doy hacia ti.

Porque lo nuestro no fue solo un capítulo, fue el libro entero.

Y aunque ahora camino sin ti,

sé que pronto estarás de nuevo a mi lado,

y esta vez… no habrá despedidas.

Fin.