Capítulo 3 - La entrevista
De vuelta en la aldea de Odomari, Lillian y Byakuya esperaban el regreso de Senku. Al oír movimiento entre los árboles y ver su inconfundible peinado puntiagudo, sintieron un profundo alivio.
—Senku, ahí estás —lo llamó Byakuya.
—Realmente estábamos empezando a preocuparnos —añadió Lillian.
—¡No puedo hablar! ¡Tengo una emergencia! —declaró, pasando rápidamente junto a ellos, con la esperanza de encontrar a algún local que pudiera ayudarlo.
Después de unos cinco minutos de correr sin rumbo, Senku finalmente llegó a la única casa de huéspedes del pueblo, que finalmente serviría como su alojamiento para pasar la noche.
Por suerte, la anfitriona estaba bien equipada con jabones suaves, un botiquín de primeros auxilios y, lo mejor de todo, ungüento antibiótical. Al parecer, las mordeduras de gato, aunque poco frecuentes, no eran del todo imposibles, por lo que era común en la isla tener tratamiento disponible.
—Tuviste suerte de que la mordida no fuera muy profunda. Debes tener más cuidado de ahora en adelante. Y mostrarles más respeto a los gatos —la anfitriona lo regañó, dándole una palmada en la cabeza con un abanico de papel antes de dirigirse a la cocina a preparar el almuerzo.
Aunque no le dolió, Senku todavía se frotó la parte posterior de la cabeza con sorpresa.
Al salir, la anfitriona se cruzó con Byakuya, quien llevaba la mochila de Senku consigo.
—Entonces, ¿tu gran emergencia fue una mordida de gato? —preguntó Byakuya con sarcasmo, lanzándole su mochila ahora que estaba todo vendado.
—No es broma. La boca de un gato está llena de bacterias que pueden causar infecciones graves si su saliva entra en el torrente sanguíneo —explicó, haciendo que Byakuya palideciera y se sintiera avergonzado por su propia ignorancia.
Aunque, en realidad, una chica lo había mordido, intentar explicárselo a cualquier persona cuerda sería demasiado humillante.
—Vaya, qué mala suerte. ¿Al menos recuperaste tu celular? —preguntó Lillian, apareciendo detrás de Byakuya.
Fue entonces cuando Senku se dio cuenta de que, en su pánico, se olvidó por completo de su celular y lo dejó en manos de esa chica-gata.
—¡Mierda! —exclamó, levantándose de su asiento y empujando junto a ellos para dirigirse a la entrada.
—¿Quieres decir que después de corretear por todos lados, lo único que ganaste es una mordedura de gato?
Byakuya no pudo evitar reírse disimuladamente ante la desgracia de su hijo, ganándose un golpe de mano en el pecho por parte de Lillian.
—¡No te rías de él! No solo perdió algo importante, sino que además está herido. ¿Te costaría tanto ser un poco más considerado?
—Guárdate tu compasión. Voy a recuperar mi celular ahora mismo —declaró Senku.
Una vez que llegó a la entrada principal, abrió la puerta con fuerza y, para su sorpresa, justo afuera estaba la chica-gata.
—Ya era hora de que te dieras cuenta —dijo burlándose de él—. ¿Olvidaste algo?
Ella le mostró el celular, provocándolo. Él intentó quitárselo, pero ella lo apartó de su alcance, escondiéndolo tras su espalda.
—Nop. No tan rápido —advirtió ella, moviendo el dedo índice hacia él.
—Hicimos un trato y me aseguraré de que cumplas con tu palabra. Mientras tanto, guardaré esto —dijo, volviendo a mostrarle el celular antes de encajarlo en su escote.
—¡Tch! —chasqueó la lengua—. ¿Crees que eso me detendrá? —dijo sin pestañear.
—Eres bienvenido a intentarlo —lo desafió, levantando una mano mientras exponía sus garras una vez más.
—Okey, vale. Ya has hecho tu punto.
—¡Perfecto! Ahora, espero que al venir aquí le haya dejado claro que puedes confiar en mí —presumió, sonriendo con orgullo.
—Je, je, je. No me vengas con esa mierda y te hagas la moralista. Obviamente, esta no fue tu primera parada —la acusó, haciéndola perder su fachada arrogante.
—¿Cómo es posible que ya lo sepas?
—Fácil. Eres mucho más rápida que yo, y aun así llegué antes que tú. Déjame adivinar. Fuiste al puerto y aun así no pudiste dar ni un paso fuera de la isla, ¿no es así?
—¡Ja! Es asombroso lo astuto que eres. Estoy segura de que, si alguien puede resolver mi problema, eres tú.
—Je, bueno, eso está por verse. Primero, tengo que aprender más sobre tus habilidades. Mi pregunta es: ¿de qué eres capaz, y cuáles son tus límites? Así que, ahora que estás aquí, Leona, podemos empezar con nuestra investigación.
—¡Claro! Ah, y no soy una leona. Soy una…
—Un bakeneko, ¿verdad? También conocido como gato fantasma.
Al principio se quedó atónita y en silencio, pero al final quedó impresionada una vez más.
—Así que pudiste determinar eso, ¿eh? No me sorprende. Cuanto más tiempo paso contigo, más intrigante me pareces.
—Podría decir lo mismo de ti. Esto será muy emocionante. Cuéntamelo todo.
…
Ya en el salón de té de la casa de huéspedes, ambos se sentaron a intercambiar información. O al menos, ese era el plan, hasta que la curiosidad de la chica-gata la venció y empezó a trastear con todo lo que encontraba.
Apretó las manos y la cara contra las ventanillas de los refrigeradores llenos de bebidas y casi rompió unas cuantas figuritas de cerámica de maneki-neko que adornaban los estantes, pero logró atraparlas con sus rápidos reflejos antes de que se quebraran. Sin embargo, lo que más le fascinó fue el dispensador de agua.
Tras sacar un cuaderno de su mochila, Senku centró su atención en la chica-gata y la encontró con la cabeza hundida bajo la llave del dispensador de agua, dejando que el agua cayera en la boca. Gotas de sudor le formaron por las sienes con solo observarla.
"Esta leona es una auténtica obra de arte", pensó Senku.
—Te lo dije, no soy una leona —reiteró, deteniéndose de beber agua.
—Bien, bien. Entonces, dime cómo llamarte. ¿Tienes siquiera un nombre? —preguntó con cierta duda.
—Por supuesto que sí —confirmó ella, para su sorpresa.
—Me llamo Kohaku. Una señora de la aldea me puso ese nombre porque el color de mi pelaje dorado al atardecer le recordaba al color de ámbar. O algo así. Pero eso fue hace décadas. Ya está muerta —dijo con indiferencia, encogiendo los hombros, antes de volver a beber agua.
Por muy entretenido que fuera verla hacer algo tan ridículo, necesitaba toda su atención para obtener más información sobre ella. Así que se levantó y la arrastró lejos de allí, obligándola a arrodillarse a la mesa mientras él tomaba un vaso de papel y lo llenaba de agua.
Cuando se dio la vuelta, la encontró jugando con un hervidor de agua suspendido en un gancho sobre el hogar que estaba incorporado a la mesa para preparar el té.
Negó con la cabeza y suspiró exasperado. Era como tratar con una niña.
Tras quitarle el hervidor de agua de su alcance, colocó el vaso de agua frente a ella, el cual agarró y miró con curiosidad. Al notar el agua que contenía, se llevó el borde a los labios, probando a lamer el agua antes de inclinarla. Por supuesto, se derramó un poco encima, lo que hizo reír a Senku.
Como mínimo, verla luchar con cosas cotidianas y comunes era motivo de risa.
—Muy bien, Kohaku —comenzó, sentándose a su lado y abriendo su cuaderno—. ¡Resolveremos tu problema con el método científico!
—Mira, este método se puede dividir en siete pasos. Estos son: pregunta, investigación, hipótesis, experimento, análisis de datos, conclusión y comunicación —explicó, anotándolos en su cuaderno a modo de diagrama de flujo—. Pero para nuestros propósitos, podemos ignorar el último paso. Como tu caso es único, no veo mucho sentido en publicar nuestros resultados.
—Bien... Entonces empezamos con el primer paso, ¿no? ¿Qué pregunta nos hacemos? —se preguntó en voz alta.
—El primer paso es fácil. Por alguna razón, no puedes alejarte ni un milímetro de esta isla. Así que la pregunta que debemos hacernos es ¿por qué? Más específicamente, ¿por qué estás atrapado en esta isla? Y la mejor manera de determinarlo es averiguar qué te mantiene atada aquí. Ahí es donde entra el segundo paso: la investigación.
—Y, por suerte para mí, has tenido más de un siglo para investigar. Así que empezaremos recopilando todos los datos que has acumulado a lo largo de las décadas, junto con mis propias observaciones, y luego procederemos al tercer paso: formular una hipótesis de trabajo.
—Prepárate, Kohaku, porque tengo como diez mil millones de cosas que quiero preguntarte. Por ejemplo, ¿qué más sabes hacer además de leer la mente y cambiar de forma? ¿Puedes realizar otras transformaciones? Y ahora que lo pienso, cuando estabas encima de mí en el bosque, tu peso era el de un humano, no el de un gato. ¡Lo que significa que tu cuerpo parece ignorar el principio de conservación de la masa! ¡Esto se ha vuelto diez mil millones por ciento más emocionante! —exclamó con gran entusiasmo mientras comenzaba a tomar notas en su cuaderno.
—¿Qué hay de la masa? —preguntó con una expresión de perplejidad en el rostro.
—Conservación de la masa. Es un principio fundamental de la termodinámica que establece que la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Incluso durante las reacciones químicas, la masa de los reactivos químicos antes de una reacción se mantiene constante con la masa de los productos químicos después de la reacción. Por lo tanto, la masa debería mantenerse constante dentro de un sistema cerrado.
—Y aunque técnicamente los organismos vivos son sistemas abiertos con potencial de crecimiento con el tiempo, suponiendo que aún te puedas considerar un "organismo vivo", un cambio de tamaño tan drástico no se rige por las leyes conocidas de la física. Habrías tenido que absorber materia a un ritmo alarmante para lograr algo así y luego liberar una cantidad ridícula de energía, probablemente en forma de vapor, al volver a convertirte en gato. Pero no observé nada de eso al transformarte. Y eso es lo que hace que todo esto sea diez mil millones por ciento fascinante.
Todo su discurso la dejó aún más confundida. La cabeza le daba vueltas y tuvo que agarrársela para mantenerla quieta.
—No tengo ni idea de lo que acabas de decir, pero confío en que sabes de qué hablas. En fin, tienes demasiadas preguntas en la cabeza. ¿Qué quieres saber primero?
—Hmm... empecemos con tu primer recuerdo. ¿Qué es lo primero que recuerdas después de tu muerte?
—No mucho, en realidad. Solo recuerdo haber escuchado las oraciones de los aldeanos por mi alma para que no me convirtiera en un espíritu vengativo, así como peticiones de buena suerte. Pero solo podía oír sus pensamientos porque ni siquiera tenía cuerpo en aquel entonces.
—¿Ningún cuerpo? Interesante —comentó antes de escribir en su cuaderno—. Entonces, ¿cuándo manifestaste una forma física?
—Eh... más o menos por la misma época en que la pesca era especialmente escasa. Recibí muchas peticiones para una mejor temporada de pesca, y fue entonces cuando los aldeanos empezaron a dejarme ofrendas de comida. De repente, pude ver a mi alrededor y caminar dentro del perímetro de mi santuario.
—¿Solo en esa pequeña área? Pero ahora puedes recorrer toda la isla. ¿Cuándo cambió eso?
—Bueno, creo que ocurrió cuando la isla empezó a hacerse popular entre los turistas. La gente venía de todo Japón para ver la Isla de los gatos, y los locales empezaron a vender esos ídolos de gatos —explicó Kohaku, señalando las figuritas de maneki-neko.
—Un día, una niña dejó uno de esos ídolos en mi santuario. Aún recuerdo sus pensamientos. Le gustó mucho la figura y estaba emocionada de llevársela a casa, pero cuando visitó mi santuario y se enteró de mi muerte, se sintió tan triste que me lo regaló. Esa fue la primera vez que pude cruzar la valla roja.
Senku asintió, haciendo otra anotación. —¿Y qué tan lejos podrías viajar después de eso?
—No muy lejos. Quizás a diez metros. Pero con el tiempo, cada vez más gente empezó a dejarme todo tipo de ofrendas. Algunas eran objetos al azar, como juguetes para gatos y piedras pintadas, mientras que otras incluían donaciones monetarias y objetos sentimentales.
—Y aunque todavía no estoy segura del porqué, las distancias a las que puedo viajar varían según el significado de cada ofrenda. Por ejemplo, ¿ves esta campanilla? —preguntó, llevándose la mano al cuello y levantando la barbilla—. Me la regaló la misma mujer que me dio mi nombre. Al parecer, pertenecía a su gato, que murió después de quince años de vida. Era tan importante para ella que pude viajar hasta su casa en este mismo pueblo.
—¡Entendido! Reuniste información vital. Diez mil millones de puntos para ti, Leona. Esta información lo puso especialmente emocionado, así que empezó a escribir algunas posibles teorías. Eso también explica por qué elegiste robarme mi celular. Es básicamente mi conexión con la civilización moderna. Y hablando de eso... ¿Por qué empezar a robarles a los turistas? Parece que ya tienes muchas ofrendas.
—Bueno, todas esas ofrendas me han dado todo tipo de alcance y habilidades a lo largo de los años, pero ninguna ha sido suficiente para liberarme de esta isla. Al principio, no fue tan malo. Tener vía libre en la isla era mejor que estar atrapado en el santuario, pero seguro que lo has notado. Esta isla está prácticamente desierta. Si no fuera por los turistas, esta isla habría quedado aislada hace mucho tiempo. Es solo cuestión de tiempo antes de que muera el último residente. ¿Qué haré entonces? Por eso tengo que irme de aquí, cueste lo que cueste.
—Entendido. Sé que probablemente me moriría de aburrimiento después de sólo una década atrapado en esta isla. Ahora... —empezó, con los ojos encendidos de anticipación—. Pasemos a lo bueno. Háblame de tus habilidades.
Kohaku se alarmó un poco por su entusiasmo, pero accedió a su petición.
—Bien, en primer lugar, tanto como mi alcance, mis habilidades se fortalecen y aumentan cada vez que una ofrenda es valiosa y tiene importancia. Hasta ahora, he podido leer la mente, aunque solo la de los mecenas del santuario. Puedo hacer todo lo que un gato normal puede hacer, incluso en esta forma humana, e incluso puedo dar órdenes a otros gatos. No envejezco, puedo comer casi cualquier cosa sin envenenarme e incluso he podido atravesar los sueños de la gente por la noche. Esa es mi habilidad favorita, porque es lo más parecido a experimentar el mundo exterior. Y ya sabes de mis transformaciones.
Senku estaba ocupado anotando todo esto, cada vez más emocionado. —¡Excelente! ¿Qué hay de otras habilidades relacionadas con los fantasmas? ¿Puedes volar, volverte invisible, atravesar paredes o poseer personas?
—¿Por qué querría poseer gente? ¿Te parezco una villana? —preguntó, algo ofendida—. ¿Y volar? ¿Ves alas en mi espalda? Para ser tan inteligente, puedes hacer preguntas tontas.
—Je, je, je. Relájate. Solo me preguntaba. Y no te apresures a juzgar. La posesión podría ser la solución a tu problema. Si no puedes irte de la isla por tu cuenta, entonces viajar en el cuerpo de otra persona podría ser lo suficientemente loco como para funcionar.
A Kohaku le disgustó de inmediato la idea y frunció el ceño indignada. —¿Qué clase de escoria eres? Prefiero quedarme en esta isla para siempre antes que robarle la libertad a alguien.
—Vale, vale. Lo entiendo. La posesión no es una opción. ¿Y tus transformaciones? ¿Solo puedes convertirte en un ser humano? ¿O también puedes adoptar otras formas? Por ejemplo, a los gatos les da aversión el agua, así que quizá tu cuerpo no pueda poner un pie en el océano. Si ese es el caso, ¿podrías transformarte en ave y volar a tierra firme?
Kohaku lo pensó un segundo antes de negar con la cabeza. —Es una idea ingeniosa, pero no, no puedo convertirme en ave. Salvo por cambiar de tamaño, solo puedo adoptar forma humana.
—¡Rayos! Bueno, ahí van dos de mis ideas. Pero no te preocupes, apenas estoy empezando.
...
Tras casi una hora de conversación, su cuaderno contenía varios párrafos con información sobre Kohaku. Desde la naturaleza, potencia y duración de sus habilidades, hasta las diversas ofrendas atribuidas a cada habilidad única, junto con todos sus intentos previos y el progreso que había logrado para escapar de la isla. Algunas páginas también estaban dedicadas a cosas que Kohaku no acababa de comprender.
—Acaso, ¿de verdad servirá algo de esto? —se preguntó, quitándole el cuaderno y hojeándolo.
—He estado tratando de seguir tu proceso de pensamiento, pero no entiendo ni la mitad de lo que has estado pensando.
—Mmm... Quizás sí... quizás no —admitió—. No sabemos qué podría ser relevante adelantándonos en nuestra investigación.
—Estamos tratando con conceptos que escapan por completo a mi conocimiento científico. Y aunque ha habido pequeños avances en el campo de la actividad paranormal, nunca se ha demostrado un caso de manifestación completa. Francamente, sería mejor confiar en la mitología y el folclore, algo de lo que no sé prácticamente nada.
—Pero aún tienes al menos algunas ideas más, ¿verdad?
—Claro, pero son solo especulaciones mías. En cualquier caso, no estaría de más tener más información. Préstame mi celular para investigar en internet —pidió, extendiendo la mano.
Cuando ella dudó un momento, él habló. —¿En serio? ¿Aún no confías en mí después de todo el tiempo que he invertido? He escrito sin parar hasta el punto de que siento que se me va a caer la mano, y nada menos con la muñeca herida —añadió con el ceño fruncido.
—¡Ja! Sé que lo haces principalmente para saciar tu curiosidad, pero admito que eres bastante directo y dices lo que piensas, así que te tomaré la palabra al pie de la letra —concedió, abriéndose un poco el yukata para recuperar el dispositivo que llevaba en el pecho.
—¡Oye, Lillian! ¿Has visto a Senku? La anfitriona dice que el almuerzo ya está listo —llamó Byakuya en inglés, justo antes de abrir la puerta del salón de té, tomándolos a ambos desprevenidos.
Dirigieron su atención hacia la puerta y encontraron a Byakuya frotándose un ojo con el puño, indicando que acababa de despertarse de una siesta.
—¡Ah! Entonces, ¿estaban los dos aquí...? —Una vez que Byakuya recuperó la visión, se dio cuenta del error en su suposición—. Tú no eres Lillian.
Al observar la escena con más atención, Byakuya tuvo que reaccionar bruscamente, frotarse los ojos con fuerza y levantar la mandíbula del suelo. Tras superar la sorpresa inicial, Byakuya le dedicó a Senku la misma sonrisa ladina que él le había dedicado unos días antes.
Senku se giró para mirar a Kohaku y supo exactamente lo que su padre pensaba. Mientras tanto, el rostro de Kohaku se sonrojó profundamente mientras se abrazaba a sí misma al oír lo que pasaba por la mente de Senku.
—No es lo que parece, viejo —negó inmediatamente Senku, hablando en japonés.
—¿Ah, sí? ¿Te importaría explicármelo? ¡Tengo muchas ganas de oírlo!
—Kohaku estaba a punto de entregarme mi celular.
—Kohaku, ¿eh? ¿Así que acabas de conocer a esta chica y ya la tratas por su nombre? ¡Qué rápido te mueves, hijo! —bromeó su papá.
—Tch, ya sabes que me importa un bledo la formalidad —respondió con una burla.
—Cierto. Pero, ¿debería creerme que esta encantadora jovencita es una ladrona y que tiene tu celular escondido entre la ropa? Creí que se lo había robado un gato.
—Lo creas o no, no cambia la realidad —refunfuñó Senku, pellizcando el puente de la nariz—. Y ser atractiva no te impide robar.
—Entonces, ¿admites que la encuentras atractiva? —dijo Byakuya con una risita.
—¡ESE NO ES EL PUNTO, VIEJO! —gritó irritado.
"Mira, leona, devuélveme mi celular para poder quitarme el viejo de encima —exigió.
Todo lo que escuchó fue un maullido en respuesta. Senku miró a Kohaku con sorpresa.
"¿Eh…? ¿Pero por qué? ¿Por qué se transformó en gato precisamente ahora? A menos que... ¿Será que no fue intencional? De hecho, ahora que lo pienso, no es la primera vez que pasa. ¿Pero qué lo desencadenó?"
—¿E-esa chica acaba de... acaba de... convertirse en gato? —Byakuya palideció, quedándose atónito.
Senku rápidamente tomó su celular del suelo y lo tocó contra la cabeza de Kohaku, tal como lo había hecho antes. Ella al instante recuperó su forma humana.
Byakuya estaba tan alarmado que se tambaleó hacia atrás, cayendo de plano sobre su trasero.
—L-lo… —Tartamudeó, intentando articular una frase coherente, señalando con un dedo tembloroso a Kohaku—. ¡Lo ha vuelto a hacer! Se transformó de nuevo.
—¡Rayos! Parece que se ha descubierto el secreto —suspiró Senku, mientras se rascaba el oído.
—¡Aquí hay gato encerrado! ¿Qué exactamente es esa chica?
Senku negó con la cabeza al desafortunado juego de palabras.
—Soy un… —comenzó a explicar Kohaku.
—¡Ey! Miren esta preciosa gatita que acabo de encontrar. ¿No es hermosa? —interrumpió Lillian, entrando de repente por la puerta, acunando a una gatita rubia que se parecía mucho a la forma felina de Kohaku, pero con ojos dorados en lugar de azules.
—¡AH! ¡ALEJA ESA COSA DE MÍ! —Byakuya retrocedió asustado y se refugió en un rincón de la habitación.
—¿Qué te pasa? Creí que ya habías tomado algo para la alergia.
—Tranquilo, viejo. Para empezar, Kohaku no es peligrosa. Y aparte, ese es un gato normal.
—¿Eh? ¿Me perdí de algo? —preguntó Lillian, inclinando la cabeza.
Fue entonces cuando Lillian finalmente notó a la cuarta persona en la habitación.
—Oh, hola —saludó, pasando por encima de Byakuya, que todavía estaba encogido en la esquina.
—Ay, perdón. No la había visto —se disculpó, sentándose frente a Kohaku—. Soy Lillian.
—No te molestes, Lillian. Ella solo habla… —empezó a decir Senku.
—Es un placer conocerte, Lillian. Soy Kohaku —respondió en perfecto inglés.
—¿Hablas inglés? —Senku la miró incrédulo.
—¡Ja! Lo dices como si fuera tan raro —le respondió.
—Por cierto, ¿escuché algo sobre el almuerzo? —preguntó Kohaku, saliendo del salón de té y siguiendo su olfato hacia el olor de la comida.
—Sabes, ahora que lo mencionas, me muero de hambre —dijo Lillian, siguiendo a Kohaku.
Senku se quedó mirando al vacío, con la boca abierta y las cejas temblando con incredulidad.
"Je, je, je. Esa leona está llena de sorpresas", pensó a sí mismo mientras se dirigía a ellas.
Mientras tanto, Byakuya, que todavía estaba aturdido por las transformaciones de Kohaku, se quedó una vez más atrás, solo y olvidado.
Continuará…
A/N: Aquí está el tercer capítulo. Espero que les haya gustado.
Por favor, muestre su apoyo por este fic con un comentario. Leer de mis lectores los mensajes es una gran motivación.
Gracias por leer. Prometo actualizar pronto. ¡Hasta la próxima!
