Capítulo 4: Tillbury

"I tried so hard and got so far
But in the end, it doesn't even matter.
I had to fall to lose it all
But in the end, it doesn't even matter."

(Me esforcé tanto y llegué tan lejos
Pero al final, ni siquiera importa.
Tuve que caer para perderlo todo
Pero al final, ni siquiera importa.)

In The End, Linkin Park.


Golpeó a la puerta de la casa del Valle aun sabiendo que era muy tarde en la noche (o quizá muy temprano en la mañana, había perdido noción del tiempo). Sin duda, sus integrantes todavía estaban durmiendo. Pero a pesar de ello un decrépito elfo doméstico con cara de pocos amigos acudió al llamado y le permitió entrar, no sin antes murmurar por lo bajo frases incomprensibles donde Tessa solo pudo reconocer palabras sueltas como "salvajes" e "ignorantes de las normas sociales".

—Necesito hablar con Albus Potter —le pidió con cierta urgencia, abalanzándose instintivamente hacia las escaleras en un intento por acceder al piso superior.

El elfo le bloqueó el camino.

—Nadie sube a los pisos superiores a excepción de los señores —le criticó mirándola con sus enormes ojos desaprobatorios. Tessa estaba acostumbrada a que los elfos de grandes familias se sintieran incómodos con su trato informal hacia los protocolos.

—Es importante, ¿lo puedes llamar? —le rogó ella, perdiendo la poca paciencia que aún conservaba a pesar de todo. Había sido una noche muy larga y no estaba dispuesta a darla por concluida sin hablar con Albus.

—Aguarde en la sala de descanso o despertará a toda la casa con sus gritos —le ordenó el elfo meneando la cabeza desaprobatoriamente, pero desapareciéndose segundos más parde para ir a buscar a su amo.

Tessa obedeció. Se sentó en el borde de una de las butacas apenas apoyándose sobre la misma, los pies moviéndose inquietos a la expectativa. Una de sus manos se mantenía oculta dentro del bolsillo de su túnica sujetando con todas sus fuerzas ese trozo de servilleta donde su informante había redactado las coordenadas y fechas. Era toda la evidencia con que contaba y aunque para ella era sólida no estaba segura de que fuese suficiente para el resto.

Por eso había recurrido primero a Albus. Si lograba que Albus se sumara al plan y apoyara la emboscada entonces las chances de que Hamilton, y sobre todo Jasper, la escucharan se volverían reales.

—Por Merlín, ¿Es que tú nunca duermes? —se quejó Albus mientras bajaba las escaleras frotándose los ojos todavía adormecidos.

—Sé que te pediste unos días personales en el cuartel por… lo de… ya sabes… —Tessa se sintió repentinamente incómoda hablando sobre la muerte reciente de los padres de Elektra Cameron.

—Y si lo sabes, ¿por qué estás aquí? —le criticó Albus aunque la curiosidad se hizo tangible en su voz. En lugar de mantenerse alejado, se aproximó aún más hacia ella, atraído por lo que fuese que ella prometía contar. Tessa sonrió internamente. Conocía a Albus y sabía que le resultaba imposible mantenerse quieto mucho tiempo. Y ya llevaba cuatro días fuera de su uniforme. Si Tessa jugaba bien las cartas, estaba segura de que podía convencerlo de sumarse a su plan.

—Necesito tu ayuda —soltó finalmente, apelando al ego de su amigo.

—¿No puedes pedírselo a alguien más? ¿A Fillys o incluso a Tattum? —suspiró Albus, dejándose caer con pesadez sobre uno de los sillones cercanos. Se lo veía cansado. Pero por debajo de esa capa superficial Tessa veía algo más. Veía los engranajes de esa mente prodigiosa moviéndose incansablemente incluso mientras conversaban. Como Tessa, él también buscaba respuestas.

—No confío en ellos —respondió escuetamente.

—Los dos son excelentes aurores —aseguró Potter. Tessa torció una sonrisa.

—Pero tú me prometiste que me ayudarías a atrapar a los culpables de la muerte de mis padres, ¿recuerdas? —no le gustaba tener que arrojarle en cara esas cosas. Albus siempre la había ayudado sin necesidad de que ella tuviese que esgrimir una deuda moral. Pero ahora, necesitaba cobrar esa promesa. Era la primera pista clara que obtenía en dos años y no pensaba dejarla pasar.

—¿Qué es lo que tienes? —le preguntó Potter, enderezándose y adoptando una actitud más profesional.

Tessa extrajo la servilleta manchada y arrugada de su bolsillo y la extendió sobre la mesa frente a ellos.

—Fecha, horario y sitio de entrega del próximo cargamento de los Zabini, proveniente de Sicilia. Parece que viene lleno con armas y drogas como nunca antes las hemos visto —vaticinó Tessa, cierta excitación filtrándose en su voz.

Albus analizó durante silenciosos minutos el trozo de papel con el ceño levemente fruncido y los labios apretados, un gesto que Nott le conocía de memoria. No estaba convencido.

—¿De dónde lo has sacado? —fue su primera pregunta que le hizo sin despegar la mirada de la servilleta, como si estuviese intentando deducir la respuesta a partir de la caligrafía torpe con que la habían garabateado.

—La fuente es confiable —aseguró Tessa.

—¿La fuente tiene un nombre? —insistió Albus.

—Su identidad no importa —se mantuvo inflexible ella. Albus torció un gesto gatuno.

—Importa si quieres que te autoricen un operativo de este calibre —la contradijo—. ¿Tienes idea la cantidad de personas que necesitaremos para cubrir el puerto de Tilbury? Sin contar que es terreno muggle y después de nuestro último fiasco en el teatro, dudo que Asuntos Muggles quiera autorizar una intervención basándose en una servilleta sucia proveniente de un bar de Knockturn.

—Lo sé —reconoció ella, y una sonrisa también se extendió en sus gruesos labios, cómplice y provocadora—. Por eso te estoy pidiendo que me ayudes.

—Mierda, Tess —exhaló Albus reclinándose hacia atrás en la butaca y dejando caer su cabeza sobre el borde del respaldo. El silencio se prolongó tanto que Nott llegó a dudar de que su amigo se hubiese quedado dormido—. Hablaré con mi padre —murmuró finalmente hacia la oscuridad.

Tessa se lanzó sobre él, abrazándolo y enterrando la cabeza en el hueco entre su cuello y su clavícula, haciendo un esfuerzo descomunal por contener las lágrimas que ardían en sus ojos. Sintió cómo los brazos de Albus la envolvían con suavidad para contenerla.

—Gracias —susurró contra su cuerpo.

—Agradéceme cuando hayamos capturado a Zabini.


Era una madrugada gris en Tilbury. Una bruma fría y espesa todavía flotaba sobre el río Támesis dándole un aire espectral y sombrío al puerto. El invierno estaba cerca y podía sentirse. Entraban en esa época del año en que las nubes ocluían el cielo la mayoría de los días.

Pero había algo más. Una estática invisible en el aire que le erizaba los vellos de la nuca y lo hacía sentirse inquieto. Como si ese lugar supiera algo que Albus ignoraba. Y a Albus no le gustaba no saber.

—Aquí Yaxley, en posición —habló por la Lombriz Jasper a su lado, ambos agazapados detrás de un contenedor metálico.

Fishback, también en posición —respondió la voz filosa de Megara.

Aquí Dallas, listo.

Knight, listos —respondió por último Hammer. Albus espió hacia su izquierda localizando el sitio donde Hamilton y Tessa se encontraban ocultos, a pocos metros de ellos.

—Mantengan posiciones. No avanzamos hasta tener visual del cargamento —les recordó Jasper. Su voz se oía tensa. La última vez que Jasper había estado al mando de un operativo, cinco muggles habían muerto a causa de una bomba biológica. Y aunque el mentor de Albus acostumbraba a lucir una máscara de fría indiferencia para el mundo, internamente sufría esas pérdidas.

Esperaron. Los minutos dieron lugar a la primera hora sin ningún evento. Albus se frotó las manos en un intento por entrar en calor. Tenía la punta de los dedos entumecidos a causa del frío. Consultó su reloj de muñeca. Faltaban cinco minutos para el horario previsto de entrega. Inhaló profundamente el aire húmedo del puerto, deseando que el informante de Tessa no se hubiese equivocado.

Como si se tratase de una respuesta a sus plegarias, la bocina de una embarcación llenó el silencio anunciando un arribo.

—Fishback, ¿qué ves? —preguntó Jasper en un susurro por la Lombriz que lo comunicaba con el resto del equipo.

Un barco de carga avanza hacia el amarre 37 —respondió Megara Fishback. Albus se tensó en su lugar afianzando los pies para levantarse cuando fuese necesario y sujetando con firmeza la varita en su mano.

Tengo un camión dirigiéndose también hacia nuestro muelle —informó Hammer repentinamente, la alarma vibrando en su voz.

Efectivamente, un vehículo negro inmenso con vidrios polarizados avanzaba en ese momento por la estrecha callejuela que había entre las pilas de contenedores. Se veía ridículamente grande mientras se tambaleaba por el camino irregular, sacudiéndose sobre la bruma que todavía sobrevolaba el muelle.

—Mantengan sus lugares —volvió a dar la orden Jasper.

Se podía sentir esa electricidad anticipatoria entre los aurores, esa adrenalina que corría por la sangre propulsándolos a la acción. En ese estado de alerta, el menor de los estímulos podía gatillar una respuesta desmesurada. Un ruido inesperado. Un movimiento brusco. Era todo lo que se necesitaba para que el instinto de supervivencia se activase dentro de alguno haciéndolo entrar en acción antes de lo previsto. Saber contenerse era todo un desafío: Jasper necesitaba pruebas de que algo ilegal estaba teniendo lugar allí antes de intervenir.

El camión se detuvo junto al amarre 47 y la puerta del asiento de acompañante se abrió para permitir el descenso de Keith Nox, vestido en ropa muggle modesta y sobria. Otro hombre emergió del asiento de conductor dándole la vuelta al camión para abrir las puertas traseras del mismo. Otros tres hombres, vestidos con atuendos similares a los de Keith, bajaron para unírseles.

Aguardaron expectantes a que la embarcación se detuviera frente al amarre 37. Desde sus posiciones, los aurores también esperaban pacientemente. Los minutos se prolongaban elevando la tensión entre ellos. Albus podía sentirlo en la pesadez de sus respiraciones que resonaban en la Lombriz de su oído. A su lado, Jasper hacía girar una y otra vez la varita en su mano en un gesto inconsciente para liberar su propio nerviosismo.

Pero la espera encontró su recompensa cuando la figura alta y morena de Taurus Zabini descendió del barco. Llevaba un saco largo y oscuro que bien podría pasar como una túnica en el mundo mágico. Conservaba la misma actitud altiva que Albus recordaba de Hogwarts como si contemplara el mundo desde un escalón por encima del resto de la gente y cuando sus ojos se enfocaron en los hombres que acompañaban a Keith, una mirada de claro desdén se perfiló en sus rostro anguloso volviéndolo menos apuesto.

—Nox —saludó Taurus con un movimiento seco de cabeza.

—Zabini —respondió Keith con la misma sequedad en un gesto de mera cortesía. Ambos estaban haciendo un esfuerzo por sobrellevar el momento, pero sus facciones los delataban. No eran amigos. A duras penas parecían tolerarse. Estaban allí cumpliendo órdenes—. Él es Caleb Wallace. Él se encargará de la distribución del cargamento —agregó señalando al hombre que había descendido desde el asiento de conductor.

—¿Éste es el proveedor del que nos has hablado, K? —comentó Caleb Wallace, una sonrisa socarrona torciéndole los labios mientras sus ojos miraban de arriba abajo a Taurus.

—Sí —respondió Keith, rechinando los dientes con desagrado al escuchar el apodo. Su incomodidad resultaba evidente a los ojos de Albus, como alguien atrapado entre dos personas a las que habría preferido evitar.

—Es un niño —volvió a reírse Wallace.

—Mi nombre es Taurus Zabini, heredero de la familia Zabini. Te conviene recordar ese nombre —le advirtió Taurus con una mirada gélida al tiempo que llevaba la mano derecha hacia su cadera, en un gesto anticipatorio que intentaba intimidar a su oponente.

La sonrisa de Wallace se borró inmediatamente de sus labios. Los hombres detrás de él encuadraron los hombros adoptando un actitud defensiva y sus manos también se deslizaron hacia sus cinturones. Keith se aclaró la garganta y se interpuso entre ambos, intentando calmar los ánimos caldeados.

—Estamos todos del mismo lado, ¿recuerdan? —se vio forzado a decir, lanzando miradas significativas a ambos bandos.

Wallace asintió con un gesto hosco pero Zabini se mantuvo unos segundos más sin moverse, su mirada entornada y sus dedos tensos sobre el cinto. Detrás del contenedor, Albus se posicionó mejor para moverse ante la menor señal de violencia. Pero Taurus se limitó a chasquear la lengua desdeñosamente y luego elevó la mano en el aire dando una señal hacia el barco.

Otras dos personas aparecieron desde el barco haciendo levitar el primer cargamento hasta el muelle. A pesar de que los hombres que habían bajado del camión vestían ropas muggles, ninguno pareció sorprenderse ante el uso de magia. Jasper frunció el ceño, señal de que algo no le cuadraba, pero no dio la orden de moverse. En cambio, siguieron espiando desde sus escondites.

Taurus dio la orden de que depositaran el cargamento en el espacio entre él y los hombres muggles con una expresión de petulante superioridad. Luego, con un ademán de su mano les indicó que podían revisarlo.

Wallace movió la cabeza señalando el cargamento e inmediatamente dos de sus hombres se acercaron y forzaron la tapa superior para descubrir el contenido. Un silbido largo y satisfecho escapó de los labios de Wallace cuando se inclinó sobre la caja y distinguió lo que guardaba en el interior. Introdujo la mano en el interior de la misma y extrajo una esfera circular del tamaño de una pelota de tenis. La contempló a contraluz durante unos segundos, intentando descifrar la sustancia que bailaba en el interior de la misma.

Albus la reconoció de inmediato. Eran bombas de corto alcance, fabricadas con polvo de diente de dragón, capaces de ocasionar una explosión contenida pero efectiva. Era armamento delicado y de uso exclusivamente militar. Bajo ningún concepto algo así debía estar en manos de civiles, menos aún de muggles.

—¿Estás seguro de que nosotros podremos usarlas sin inconvenientes? —preguntó Wallace dirigiéndose a Keith.

—No se necesita de magia para activarlas —respondió Nox con sequedad.

—Excelente —aceptó complacido Wallace, la sonrisa expandiéndose también entre sus compañeros como niños que contemplan un árbol de navidad repleto de regalos—. ¿Qué más tienes? —se engolosinó el hombre, ahora hablándole directamente a Zabini.

—Tengo otras nueve cajas similares a ésta esperando en el barco —informó Taurus, cruzándose de brazos en un gesto que daba a entender que ellos no se ocuparían de bajarlas. Wallace dio la orden a sus hombres para que se encargaran de la descarga.

Tenemos suficiente, ¿verdad? —preguntó la voz ansiosa de Tessa por la Lombriz.

No sabemos cuántos más de ellos hay dentro del barco —comentó Megara.

Tenemos visual del puto cargamento y de la mierda de Zabini. ¿Qué mas necesitamos? —intervino la voz ferviente de Rama Dallas, el antiguo discípulo de Megara.

Están entregando armas mágicas a personas muggles, Yaxley —señaló Hammer, y a pesar de que intentaba mantener la voz calma, la urgencia se palpaba con claridad en sus palabras.

El mentor de Albus inspiró profundamente, cerrando los ojos durante una fracción de segundo. Cuando volvió a abrirlos, Potter vio la determinación en ellos.

—Fishback, Dallas: ustedes cubran el flanco izquierdo. Knight, nosotros avanzaremos por la derecha. Nuestro objetivo es capturar a los sospechosos con vida, ¿entendido? —comenzó a dar las órdenes Jasper—. ¡VAMOS, VAMOS, VAMOS! —gritó por la Lombriz al tiempo que salía de detrás del contenedor, con Albus siguiéndolo.

—¡MANOS ARRIBA! ¡TODOS LEVANTEN LAS MANOS! —gritó Hammer, su varita apuntando directamente hacia los magos que habían ayudado a bajar el primer cargamento. Eran los únicos que estaban armados de forma visible y por lo tanto los primeros a quienes había que reducir.

Como era de esperarse uno de ellos intentó contraatacar. No llegó a disparar. Tan pronto como su varita amagó con formular un hechizo Hammer lo derribó. El mago cayó al suelo con un ruido seco, su varita deslizándose de entre sus dedos. Fue un estallido de confusión seguido de un silencio profundo y espeso, donde la tensión en el aire se volvió tan espesa que prácticamente podía palparse.

—¡SUELTA LA VARITA! —le advirtió Jasper al otro brujo. El hombre vaciló un instante, sus ojos saltando de la varita de Jasper que le apuntaba directamente al pecho, hacia Zabini y de regreso a la varita.

Por la izquierda, el otro grupo de Aurores también avanzaba con sus varitas en alto apuntando hacia el resto del grupo. Keith era el único que había obedecido la orden y levantado las manos como señal de que no estaba armado. Los demás se mantenían en una postura alerta, sus manos estiradas sobre sus caderas, dispuestos a desenfundar lo que fuese que traían con ellos.

—¡SUELTA LA MALDITA VARITA! —repitió Jasper, dando un paso más hacia el mago armado. Esta vez chispas brotaron del extremo de su varita a modo de advertencia. Y esa vez, el mago obedeció. Dejó caer la varita, sus manos alzándose en alto y temblando.

—Muéstrame las manos, Zabini —exigió Tessa, avanzando con la mirada negra entornada y el cuerpo tieso. Estaba lista para atacar. Su varita se encontraba fija en el centro del pecho de Taurus mientras aguardaba a que el hombre obedeciese la orden.

Taurus hizo un mueca de asco frunciendo los labios, pero lentamente obedeció. Sus manos se elevaron por encima de si cabeza en gesto de rendición. Tessa acortó de inmediato la distancia entre ambos, forzándolo de cara contra el suelo para palparlo hasta dar con la varita oculta en su cinturón.

—Ustedes también. Manos a la nuca —les dijo Megara Fishback a los hombres que acompañaban a Wallace.

Una chispa desafiante cruzó las miradas de los hombres, un breve momento de tentación en el que Albus pensó que no obedecerían. Pero el momento de coraje se extinguió cuando Megara disparó contra el suelo a los pies del que se encontraba más cerca. Inmediatamente levantaron las manos hasta colocarlas detrás de sus cabezas, sus abrigos elevándose lo suficiente como para que la empuñadura de sus armas de fuego asomara en la zona lumbar donde las mantenían ocultas.

Pero Caleb Wallace seguía sin levantar sus manos. La sonrisa torcida y burlona aún prevalecía en sus labios.

—Muéstrame las manos… despacio —Jasper también se había percatado de que Wallace no estaba obedeciendo. Como respuesta, el hombre arqueó las cejas con fingida inocencia, y muy lentamente levantó las manos para que todos pudiesen ver la bomba que todavía sostenía.

—Ups —respondió Wallace, al tiempo que la dejaba caer en dirección a donde se encontraban Jasper y Albus.

—¡Cúbranse! —gritó Yaxley, al tiempo que empujaba a Albus hacia atrás, intentando tomar toda la distancia posible.

Antes de que Albus llegara a tocar el suelo la onda expansiva de la explosión lo alcanzó, golpeándolo con su fuerza invisible y propulsándolo por el suelo como un trompo. Su cabeza golpeó contra el asfalto antes de que pudiese tomar consciencia de lo que estaba pasando y durante unos segundos el mundo se volvió negro.

Pestañó con pesadez, su cabeza abotagada a causa del golpe y sus oídos sordos consecuencia de la explosión. El aire era difícil de respirar, inundado con humo y polvo. Se tambaleó intentando ponerse de pie, su equilibrio todavía afectado. Había perdido la varita y al tocarse la cabeza sintió un bulto en la zona occipital.

Volvió a pestañear intentando disipar el aturdimiento. Los sonidos comenzaron a llegar hacia él de a poco, amortiguados y graves, como si estuviesen atravesando una capa de algodón. Un hechizo aturdidor pasó zumbando e iluminó de rojo el humo a su izquierda. Se arrastró prácticamente a ciegas a través de la nube de polvo, palpando el suelo e intentando dar con su varita. Chocó contra algo blando. Un cuerpo.

—¿Jasper? —lo llamó al reconocer su cabello rubio bajo las cenizas grises. Le chorreaba sangre por la frente y tenía los ojos cerrados. Por un momento, Albus temió lo peor. Su mano se extendió temblorosa hacia el cuello de su mentor buscando un pulso. Exhaló aliviado al encontrarlo.

Levantó la mirada, intentando reconocer al resto de su equipo en medio de la confusión. Uno de los muggles se arrastraba por el suelo intentando escapar, gimiendo de dolor mientras dejaba un surco de sangre a su paso. Caleb Wallace yacía inmóvil a pocos metros de donde la bomba había explotado, muerto. El otro hombre se había arrinconado detrás del cargamento junto a Keith Nox y ambos descargaban sus armas de fuego contra Megara Fishback y Rama Dallas, haciéndoles imposible avanzar.

A su izquierda, Hammer y Tessa estaban enfrascados en un combate con uno de los brujo que había descendido del barco con el cargamento. En medio del caos, el hombre había logrado recuperar su varita del suelo y ahora disparaba como un maníaco hacia todo lo que se movía.

Nadie se percató de Taurus Zabini hasta que fue demasiado tarde. Se había arrastrado entre las sombras pasando desapercibido en medio del combate, intentando dar de regreso con su varita. Pero en su lugar, sus manos se encontraron con el cuerpo sin vida de Wallace y la pistola que todavía conservaba enganchada en el cinturón.

Como guiada por un sexto sentido, la atención de Tessa Nott se giró hacia el cadáver de Wallace para encontrarse con los ojos acorralados y desesperados de Zabini.

Desde la perspectiva de Albus, todo sucedió en el tiempo que dura un latido. Taurus Zabini levantó la pistola sosteniéndola con ambas manos y presionó el gatillo. Siendo la primera vez que usaba un arma, el retroceso del disparo lo tomó por sorpresa haciéndolo tambalearse hacia atrás y desviando la bala. Pero a pesar de ello, volvió a disparar… una y otra y otra vez.

Bum. Bum. Bum. Los estallidos de la pólvora resonaron en el cráneo embotado de Albus, todavía paralizado junto al cuerpo de Jasper, como un espectador que nada puede hacer para evitar lo que está desplegándose frente a sus ojos.

La tercera bala golpeó a Tessa en el pecho haciendo que sus ojos se abrieran enormes, sorprendidos y asustados, como si no terminara de comprender lo que estaba sucediendo. El chaleco de auror amortiguó el impacto, pero su amiga no tuvo tiempo para procesarlo. La cuarta bala la alcanzó en el muslo derecho, haciéndola caer de rodillas al suelo. La varita se le resbaló de los dedos, inútil.

Albus intentó ponerse de pie una vez más. No tenía varita, ni pistola. Pero aun así se tambaleó hacia ella con pisadas inestables y la mirada borrosa. Pero incluso mientras lo hacía, supo que era demasiado tarde.

Taurus se acercó hasta que el cañón de la pistola quedó a escasos centímetros de la cabeza de Tessa. Cerró los ojos antes de disparar la última bala.

Bum.


Tras la caída de Azkaban, el precario sistema penitenciario del mundo mágico había quedado en evidencia. Sin una isla perdida en el medio del mar a donde enviar a sus prisioneros, los calabazos del Ministerio de Magia se vieron rápidamente sobrepoblados. La solución fue desesperada pero efectiva: el departamento de Seguridad Mágica recurrió a la comunidad mágica considerada especialistas en crear lugares seguros y prácticamente inviolables. Los duendes.

El objetivo inicial había sido construir una prisión desde cero que reemplazara Azkaban. Pero conseguir algo de tamaña dimensión habría supuesto años de trabajo duro y cientos de galeones, y ambos recursos escaseaban en tiempos de guerra.

En cambio, negociaron con los duendes la compra de una de sus edificaciones ya existentes. Un lugar oculto en las profundidades del mismísimo Londres, conectado de forma estratégica con la red subterránea de transporte muggle. Hábiles con la piedra, los duendes habían construido su propia red de conexiones que les permitía el comercio oculto debajo de una de las ciudades más agitadas de Europa. Los cientos de túneles secretos comunicaban diferentes asentamientos de duendes con el mundo mágico y el muggle. Sin ir más lejos, Gringotts contaba con su propia ruta preferencial a través de la cual se trasladaban los tesoros de sus bóvedas.

La negociación demoró siete días completos y hacia el final del último día el departamento de Seguridad Mágica estaba a punto de darse por vencido y buscar otra solución cuando finalmente los duendes cedieron, entregándoles un lugar llamado Ungordum.

Caverna de la condena.

Esa era la definición en el idioma de los duendes. No había dementores pero eso no la convertía en un lugar más agradable que Azkaban. Oscura y privada completamente de luz solar, Ungordum tenía su propia forma de succionarle las ganas de vivir a las personas. Sus paredes eran gruesas, sin ventanas, escarbadas en la profundidad de la roca subterránea. Contaba con una única puerta de ingreso, inmensa y fabricada a base de una aleación de hierro con escamas de dragón que la volvía resistente al fuego y la magia. Una vez cerrada era prácticamente imposible volver a abrirla desde el exterior.

Más que una prisión, Ungordum era una tumba.

En el Torreón del Norte, Keith había escuchado hablar mucho de Ungordum. Sus compañeros rebeldes cuchicheaban sobre trampas ocultas en las celdas por los duendes y salas de interrogatorio que se asemejaban más a lugares de tortura. No eran más que rumores. Ninguno de ellos conocía Ungordum. Nox se había limitado a cumplir su trabajo, confiado de que Ungordum no era un lugar del que debiera preocuparse. Pero cuando se despertó esposado a una cama después de que Megara Fishback lo derribara con un hechizo aturdidor en el puerto, los rumores sobre la nueva prisión volvieron rápidamente a su memoria para atormentarlo.

—¿Dónde estoy? —balbuceó todavía aturdido, mientras intentaba incorporarse inútilmente porque las cadenas lo mantenían restringido de movimientos.

—San Mungo —respondió una voz gruesa, sorpresivamente educada aunque sus palabras se pronunciaron con tanta frialdad que Keith tuvo que resistirse el impulso de estremecerse. Torció la cabeza como pudo para divisar la figura masculina que había hablado. Vestía una túnica escarlata con la insignia de auror aunque no llevaba puesta ni la pechera reforzada ni las protecciones clásicas de quien trabaja en el campo de batalla. Eso, sumado al bastón que utilizaba para sostenerse en pie, le dio a entender a Keith que el hombre cumplía un rol más burocrático y menos bélico dentro del departamento.

—¿Qué hago aquí? —insistió Nox, incapaz de enderezarse lo suficiente como para poder mirarlo de frente.

—Veras, pendejo… Las preguntas las hacemos nosotros —interrumpió otro custodio. A diferencia del primero, su voz era más suave y al mismo tiempo mucho más aterradora, como el siseo sedoso de una serpiente que anticipa un ataque inminente—. Si no le es mucha molestia, claro —agregó luego con brutal ironía, como si se le hubiesen olvidado los modales.

Keith no tenía la sensación de que pudiese negarse. Estaba esposado, desarmado y rodeado por dos hombres que emanaban una energía de evidente rechazo hacia él. El hombre del bastón hizo un movimiento con su mano e inmediatamente las cadenas que lo sujetaban se aflojaron, permitiéndole sentarse en el borde de la cama y contemplar mejor a sus interrogadores. Podía no llevar puesto un uniforme de combate pero las cicatrices de su cuerpo contaban otra historia. Fuese quien fuese ese auror, había sobrevivido a algo grande.

Keith reconoció al otro hombre. Era uno de los aurores de la emboscada en el puerto. Su ropa todavía estaba manchada con el polvo residual del explosivo que había estallado y un vendaje le cubría una parte del cráneo. Sus ojos, negros e implacables, atravesaban a Keith en ese momento como flechas.

—Mi nombre es Athos Goodwich y él es Jasper Yaxley. Somos del cuartel de aurores y estamos aquí para hacerte unas preguntas —se presentó el hombre del bastón manteniendo siempre su tono formal y educado.

—¿Estoy bajo arresto? —preguntó cautelosamente Nox.

—¿Tú qué crees? —chasqueó las lengua Jasper. Athos dio un paso al frente, interponiéndose en la discusión antes de que pudiese seguir escalando. Resultaba evidente que Yaxley estaba arrebatado, haciendo uso de toda su fuerza de voluntad para no arrojarse sobre Keith.

—En este momento te encuentras bajo nuestra custodia —respondió de forma precavida el auror Goodwich.

—Creo que prefiero esperar a mi abogado, entonces —Keith soltó una respuesta entrenada. Conocía sus derechos y sabía que el departamento de seguridad mágica no podía negarse a darle un abogado si él lo solicitaba.

Para su sorpresa, Jasper comenzó a reír. El sonido de su risa, suave y sibilante mientras se escapaba por entre sus dientes, hizo que a Keith se le erizaran los vellos de la nuca.

—Vaya que eres una verdadera mierda insignificante —siseó con la voz impregnada de cruda repulsión.

En lo profundo, Keith sabía que Jasper estaba provocándolo, forzándolo a cometer un error. Pero algo en la forma en que Yaxley lo miraba en ese momento le hizo imposible contenerse de responder. Conocía esa mirada de arrogante superioridad. La había visto antes en los chicos muggles que lo habían acosado durante años. La había visto también en los magos sangre pura con los que había intentado codearse durante sus últimos años. Odiaba esa mirada. Lo hacía sentir diminuto, débil y vulnerable. Y Keith se había prometido a sí mismo no volver a sentirse de esa forma.

—No me conoces —gruñó entre dientes apretados, mordiendo el anzuelo—No sabes nada de mí.

—No necesitamos conocerte, Keith —intervino Athos con su estoica tranquilidad—. Y francamente, nos tiene sin cuidado tus motivos. Todo lo que nos importa es que hoy tú y tus cómplices mataron a una de las nuestras.

—Yo no he matado a nadie —jadeó Nox, sintiéndose por primera vez acorralado.

—Buena suerte intentando convencer al Wizengamot de eso —se burló Jasper con una sonrisa desagradable en los labios.

—Jasper aquí quiere pedir la pena máxima… Y seguramente el Wizengamot esté de acuerdo con él. La muerte de un auror es algo que se toman muy en serio —comentó Athos, encogiéndose despreocupadamente de hombros. Hizo una pausa para darle tiempo a que sus palabras se hundieran profundo dentro de Nox—. Yo, sin embargo, estoy dispuesto a negociar un acuerdo. Pero para eso necesito que empieces a hablar.

Athos se reclinó sobre su bastón alivianando el peso de su pierna mala y al mismo tiempo acercándose de forma casi imperceptible hacia Keith. Durante la conversación ambos aurores se habían desplazado lentamente hacia delante acortando la distancia que los separaba y haciendo el que el lugar se sintiese más y más pequeño con cada paso. Lo estaban acorralando y Keith podía sentir la presión sobre él sofocándolo.

Ellos no lo conocían. No sabían lo era caminar sus zapatos. Lo que había tenido que superar para llegar hasta allí. Ambos aurores destilaban una confianza innata. Ninguno de ellos era nacido de muggles, eso era evidente a sus ojos. Ambos habían nacido y crecido en el mundo mágico, rodeados de los privilegios que su condición les otorgaba. Él, en cambio, había vivido la primera mitad de su vida sintiéndose un forastero en su propio mundo, consciente de que algo en él era diferente. Se había avergonzado de sí mismo. Se había mantenido oculto, escondiendo la verdad por temor al rechazo.

Y después había pasado la segunda mitad de su vida intentando encajar en un mundo al que no terminaba de comprender, desaprendiendo vicios que había adquirido de los muggles e incorporando nuevos defectos de los magos. Había añorado con tanta desesperación sentir que pertenecía a algún lugar que había resignado lo mejor de sí mismo en el camino.

—No soy una mala persona —masculló con voz frágil, más para sí mismo que para los aurores frente a él.

—No, simplemente eres una persona que ha tomado muchas malas decisiones —suspiró Jasper, un destello de lástima suavizando momentáneamente sus rasgos.

Keith comenzó a hablar. Una vez que las palabras empezaron a brotar de sus labios, ya no se pudo detener. No había caído en cuenta de lo pesada que era la carga de sus propias decisiones hasta que lo dijo en voz alta. Jasper tenía razón: sus últimos años consistían en una secuencia de malas elecciones, una detrás de la otra, que lo habían llevado inevitablemente a la catástrofe.

Los aurores estaban particularmente interesados en los muggles que habían participado de la fallida transacción de armas ilegales. Así que Keith les contó todo lo que sabía al respecto. Después de todo, él había jugado un rol fundamental como eslabón entre los mundos.

El cuartel de Aurores llevaba tiempo sospechando que la Rebelión de los Magos contaba con colaboración dentro del mundo muggles. Sus sospechas se veían reforzadas por los últimos ataques que se habían gestado contra la comunidad no mágica: en todos y cada uno de ellos, la Rebelión había contado con un conocimiento íntimo, prácticamente confidencial, del funcionamiento y la logística muggle. El atentado en el teatro contra la familia real había sido el más reciente y claro ejemplo. La Rebelión había estado familiarizada con el cronograma de la familia real y había logrado colarse dentro de un edificio con avanzada tecnología en seguridad. Incluso con magia eso suponía un gran desafío.

Jasper Yaxley había sido uno de los primeros en sospecharlo: había llevado su teoría con Harry Potter. Pero la teoría fue rápidamente desestimada por las esferas superiores: los jefes de los otros departamentos y el mismísimo Ministro de Magia no creían posible la existencia de una colaboración entre los Rebeldes y los muggles. La creciente tensión con la FAE no había ayudado: Asuntos Muggles les había dado la orden explícita de que abandonaran esa línea de investigación por temor a que el Ministro muggle se lo tomara como una ofensa o una acusación infundada.

Pero no había nada de infundado en esa teoría.

Había sido una iniciativa del propio Duncan Ford, quien durante su estadía en Estados Unidos había aprovechado el círculo clandestino del mundo muggle para extender su poderío y su terror. Pero había sido Keith, junto a otros mestizos y nacidos muggles, quien había elevado la idea a otro nivel.

No alcanzaba con captar a las esferas clandestinas de mundo muggle. Keith conocía a esa gente: era la escoria de la sociedad. Personas marginales, violentas y fácilmente corrompibles. No, lo que ellos necesitaban eran seguidores. Gente que estuviese dispuesta a traicionar su propio mundo. Y para conseguirlo, debían ofrecerles algo que valiera el alto precio que estaban exigiéndoles. La perspectiva de un mundo mejor. Debían darles una prueba del mundo mágico.

Así fue cómo surgió la iniciativa de conversión mágica. La oportunidad de formar parte de un mundo que hasta entonces solo había existido en sus más delirantes fantasías. Aferrarse a la ilusión de que tal vez ellos también podían alcanzar un poco de esa magia. Después de todo, ¿no era eso lo que estaban intentando conseguir en el laboratorio del Torreón? A Keith le había parecido profético: una forma de reparar un mundo que estaba roto y que rompía a todos aquellos que lo habitaban.

Pero crear un mundo así tenía un costo: era de esperar encontrarse con resistencia al cambio. La Rebelión estaba lista para eso también. ¿Qué mejor forma de sofocar esa resistencia que desde adentro? ¿Qué mejor plan que reclutar a los propios muggles para hacer el trabajo sucio? Y si alguno de ellos moría en el proceso, pues… Era un sacrificio que todos estaban dispuestos a aceptar. Incluso Keith.

Llevar todo eso a la práctica había sido más difícil de lo que Nox se había imaginado cuando se unió a la Rebelión. En aquel entonces, la mayoría de sus decisiones estaban gobernadas por un dolor sordo y vengativo, que clamaba justicia de la forma más violenta posible. El mundo muggle lo había herido y ahora él quería pagarle con la misma moneda.

Empezó reclutando a familiares y amigos de magos vinculados al mundo muggle. Los squibs le siguieron de forma casi inevitable y natural. Y luego, empezaron a llegar los fanáticos. Los ambiciosos. Y lentamente, la incipiente red de espionaje y terrorismo empezó a echar raíces y a crecer, extendiéndose como maleza por todas las esferas del mundo que alguna vez había sido su hogar. Los armaron primero con pistolas y balas, y luego con armamento mágico. Les enseñaron teoría de la magia y formas de evadir ser detectados. Les dieron lo suficiente para alimentar su curiosidad y ambición, y los engañaron con ilusiones de que la magia estaría algún día a su alcance también si colaboraban con ellos.

Keith se volvió un experto en manipulación y aprendió a disparar una pistola. Participó en la planificación de atentados con el único objetivo de causar disrupción y anarquía. Fue él quien sugirió distribuir entre los nuevos reclutas pociones estimulantes fabricadas a base de veneno de billywig, aun sabiendo que era peligrosamente adictivo y potencialmente mortal para los muggles. Si no los motivaba la fidelidad hacia la causa, entonces la dependencia hacia el billywig alcanzaría.

Los explosivos mágicos también había sido su idea. Su idea le había costado la vida a Tessa Nott.

La recordaba vívidamente de Hogwarts, después de todo no había sido tanto tiempo atrás. Inteligente y vigorosa, Tessa había tomado particular importancia dentro de Hogwarts durante sus últimos años, donde había demostrado una capacidad superior al conseguir todos el EXTASIS necesarios para poder entrar en el cuartel de Aurores.

Pero antes de ser una aurora, antes de ser una líder excepcional y una estudiante superlativa, había sido una chica como cualquier otra. Había reído con facilidad y había disfrutado de la compañía de sus amigos. Había jugado quiddich solo por el placer de jugar. Se había enamorado y por un tiempo había sido feliz.

Al igual que para Keith, había bastado solo un evento traumático para cambiar sus vidas para siempre. Para él, había sido esa noche en que sus antiguios compañeros de colegio muggle lo habían perseguido hasta acorralarlo. Lo habían golpeado brutalmente hasta dejarlo prácticamente inconsciente, incapaz de defenderse. Y entonces, se habían tomado turnos para abusar de él, burlándose y riéndose mientras lo hacían, preguntándole una y otra vez si era eso lo que le gustaba.

Keith volvió a Hogwarts siendo un hombre distinto después de eso. Y lo mismo le sucedió a Tessa Nott cuando sus padres fueron brutalmente asesinados. Ambos se habían quebrado, pero la forma en que intentaron rearmarse fue completamente diferente.

Keith se sumergió en el odio y el rechazo hacia todo lo que lo volvía muggle. Se alejó de sus raíces y se introdujo de lleno en la magia. Y no cualquier magia. La más poderosa de todas. La que prometía grandiosidad para personas como él. La que hablaba sobre tomar el control de la escoria que había en el mundo muggle y arreglar la mierda en la que estaban viviendo.

Tessa, en cambio, se había recluido en sus estudios hasta el punto de la obsesión, perfeccionándose todo lo que era físicamente posible para convertirse en aurora. Dormía y respiraba ese sueño. Confiaba en que cuando lo consiguiera, lograría dar con los culpables de la muerte de sus padres.

Pero a pesar de todo lo diferente que Tessa podía ser a Keith, en el fondo eran bastantes similares: ambos guardaban un resentimiento frío e insoldable hacia los que los habían herido. Al final, ese resentimiento había sido su condena.

A Keith le había caído bien Tessa. Nunca había deseado su muerte. Pero muchas cosas no habían salido como él hubiese deseado.

Una vez que los Sanadores le dieron el alta médica, Keith Nox fue trasladado a las prisiones transitorias del Ministerio de Magia donde continuó su interrogatorio. Durante los siguientes días, Keith declaró frente a Athos Goodwich todo lo que sabía de la Rebelión de los Magos. Entregó nombres y ubicaciones. Les reveló los lugares de reunión con los muggles, los sitios donde ocultaban las armas, los próximos objetivos planificados para atacar. Durante largas y agotadoras conversaciones, Keith le contó a un muy astuto Goodwich todo lo que sabía.

Hacia el final del último día, cuando ya no quedaba nada más que decir, Nox fue trasladado hacia los calabozos subterráneos a donde esperaría su juicio frente al Wizengamot. Su abogado estaba confiado de que la información brindada serviría para aplacar la sentencia. Si tenía un poco de suerte y contaba con alguien piadoso dentro del jurado, talvez podía negociar un trato para evadir Ungordum. Solo pensar en la nueva prisión le provocaba escalofríos.

Albus Potter no apareció hasta el anochecer. Reconoció su figura recortada contra los barrotes de su celda a pesar de la escasa iluminación. Había llegado silenciosamente, sus pisadas lentas y acompasadas, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se había detenido frente a su celda con las manos todavía en los bolsillos de su túnica y los hombros encuadrados en una postura orgullosa. Keith siempre lo había encontrado intimidante, incluso en sus épocas adolescentes cuando todavía peleaban para el mismo bando. Pero allí, de pie frente a él con esa expresión gélida en sus ojos verdes, lo encontró directamente terrorífico.

—¿Has venido a matarme? —fue lo primero que se le ocurrió. La mirada de Albus sin duda trasmitía un deseo asesino.

—No voy a negar que lo consideré —reconoció Albus, encogiéndose suavemente de hombros, como si no fuera la gran cosa—. Pero hace mucho tiempo le di mi palabra a alguien de que no te lastimaría. Y todavía me considero un hombre de palabra —le confesó.

La promesa de Albus tendría que haberle transmitido cierto alivio a Keith. Aun así, Nox seguía sintiendo la amenaza latente que pendía sobre él. No había ni el menor atisbo de clemencia en el rostro de Potter y su inmutable calma resultaba perturbadora. El Albus que Keith conocía era pasional, vengativo e inteligente. La misericordia no era una de sus virtudes.

—Mira, Potter… Ya le he dicho todo lo que sé a los aurores que me interrogaron —se apresuró a hablar Keith, sintiendo que cada segundo que pasaba en compañía de Albus era un peligro que no podía predecir.

—Lo sé —confirmó Albus—. He leído tu declaración y he visto las grabaciones del interrogatorio.

Potter se acercó un poco más a los barrotes, la luz del interior de la mazmorra iluminándole mejor el rostro. Keith notó que la comisura de sus labios estaban levemente curvadas hacia arriba en un atisbo de sonrisa. Instintivamente retrocedió dentro de la celda, pegándose a la pared más alejada. Los ojos de Albus chispearon complacidos con su reacción.

—He venido porque quería ser yo quien te diera la noticia de tu traslado —volvió a hablar Potter regocijándose en sus propias palabras.

—Pero aún no me han juzgado —jadeó Keith—. No pueden mandarme a Ungordum sin un juicio previo. ¡Tengo derecho a defenderme! —estalló. Albus chasqueó la lengua, desechando su argumento.

—No te enviaremos a Ungordum —lo corrigió pausadamente—. Tu caso acaba de ser trasferido a la FAE.

—¿Qué?

—Tus crímenes serán juzgados por el sistema judicial muggle. Mañana por la mañana se llevará a cabo tu traslado a una de sus prisiones —siguió informándole Potter y esta vez sonrió sin disimulo.

—No pueden hacer eso —se quejó Keith, la voz temblándole—. Soy un mago.

—También eres un muggle —lo corrigió una vez más Albus—. Tus padres son muggles. Creciste en su mundo y confesaste ser uno de los contactos de la Rebelión con ellos. Llevabas un arma de fuego muggle contigo cuando sucedió el enfrentamiento en Tillbury. Y fue una de esas armas la que mató a Tessa —la voz de Albus se endureció hasta volverse piedra, áspera y rígida. La sonrisa había desaparecido de sus labios para ser reemplazada por un gesto de repulsión. La ira y el dolor parecían emanar de él como una onda invisible y expansiva.

—Esto no fue lo que mi abogado acordó con ustedes —la desesperación empezaba a dominarlo—. Goodwich me prometió un acuerdo a cambio de información.

—Parece que tu información no era tan valiosa después de todo —siseó Albus, indiferente al desasosiego de Keith.

—¡No pueden mandarme allí! ¡Les dije todo lo que sé! ¿Qué más quieres de mí, Potter? —estalló Nox, despegándose de la pared y acercándose a la reja.

—Quiero que pagues por lo que has hecho —confesó Potter, mostrando los dientes en un gruñido casi animal.

—Por favor, ten un poco de piedad —susurró Nox, intentando apelar al lado más humano de Potter—. Yo no maté a Tessa.

Albus estiró la mano por entre los barrotes en un movimiento sorpresivamente veloz que no le dio tiempo a Keith para retroceder. Tiró de la camiseta de Nox hasta hacerlo golpear de frente contra las rejas, tan cerca uno del otro que podía sentir la respiración de Albus sobre él.

—No. Digas. Su. Nombre —jadeó entre dientes apretados.

Keith pensó que ese sería el final. Albus iba a matarlo. Podía sentir su magia vibrando en el aire lista para descargarse sobre él. Una parte de Nox se sintió aliviada. Prefería una muerte rápida a manos de Albus a tener que pasar el resto de su vida en una prisión muggle. Como si Potter pudiese leer su mente, la mano que lo sujetaba contra los barrotes cedió, liberándolo y permitiéndole retroceder hasta quedar a una distancia segura.

—Buena suerte en el mundo muggle, Nox —le deseó y acto seguido se dio media vuelta y se alejó con la misma templanza con que había llegado.

—¡Espera! ¡Vuelve! ¡Haré lo que quieras! ¡Mierda, Potter! ¡POTTER! —gritó Keith desenfrenado, sacudiendo los barrotes en un intento fútil por abrirlos.

Se pasó la noche en vilo, incapaz de conciliar el sueño. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a estar en ese callejón de Londres. Bruce y sus matones estaban sobre él. Lo golpeaban. Lo desvestían. Lo humillaban y se reían entre ellos de su sufrimiento.

No podía volver a ese mundo. Había recorrido demasiado camino intentando escapar para regresar ahora. Simplemente no podía hacerlo.

Prefería una muerte rápida en el mundo mágico a una vida larga en el mundo muggle.


El ataúd que contenía el cuerpo de Tessa Nott ardió bajo las llamas azules tal como lo habían hecho sus padres seis años atrás. Albus contempló estoicamente como lo último que quedaba de su amiga se convertía en cenizas para ser arrastradas por el viento. Le pareció sentir el perfume a sal proveniente del mar que golpeaba contra el acantilado debajo de ellos. Para él, el mar siempre tendría cabello negro y ojos rasgados. Indomable e hipnótico, como ella lo había sido en vida.

Se sentía desconcertado, como atrapado en un sueño del que no era capaz de despertar. No se sentía real. Le costaba creer que no volvería a escuchar su risa. Su ausencia le dejaba un vacío que no sabía cómo llenar. Simplemente, no tenía sentido. A su lado Elektra le estrujó la mano, haciéndole sentir su presencia. No estaba solo. Pero se sentía como si lo estuviera. La calidez de Elektra no parecía poder alcanzarlo.

Albus permaneció allí hasta que el ataúd terminó de arder y desaparecer. Ya no quedaban rastros de Tessa Nott en el mundo. Como si nunca hubiese estado allí.

Lentamente, la gente comenzó a dispersarse. La convocatoria había sido numerosa, mucho mayor de la que Albus habría esperado teniendo en cuenta que la mayor parte de la familia de Tessa se encontraba muerta. Pero Nott había tocado los corazones de mucha gente a lo largo de su corta vida. Todos ellos habían acudido a rendirle sus respetos una última vez. Uno a uno, pasaban junto a Draco y Scorpius Malfoy para despedirse. El padre de Scorpius parecía haber envejecido una década en los últimos años. ¿Cuánto podía perder un hombre antes de perderse a sí mismo en el dolor? Draco Malfoy parecía muy cerca de conocer la respuesta. En los últimos años había perdido a su mejor amigo, a su madre y ahora a su ahijada a manos de la Rebelión.

Como siempre, Scorpius se alzaba ante la adversidad. Se mantenía firme junto a su padre cumpliendo con las obligaciones protocolares que a Draco ya no parecían importarle. Estrechaba la mano de conocidos y desconocidos por igual, aceptando con una inclinación de cabeza sus palabras de consuelo, aunque por dentro tuviera ganas de gritar e insultar al mundo.

Albus recorrió la multitud con la mirada buscando otras caras conocidas. Su mentor Jasper Yaxley se encontraba a pocos metros de donde estaba él. Vestía una túnica impoluta y llevaba el cabello rubio peinado pulcramente, disimulando a la perfección la herida de su cabeza que todavía no terminaba de sanar. Tenía las manos cruzadas detrás de su espalda y la mirada fija en el sitio donde todavía crepitaban las últimas llamas mágicas. Se sorprendió de encontrarlo solo.

—Enseguida vuelvo —le dijo a Elektra al tiempo que soltaba su mano y se empezaba a abrirse camino hacia su mentor.

—¿Dónde está Hammer? —le preguntó apenas estuvo junto a él.

—No ha venido —le respondió.

—Tessa era su Discípula —recriminó Albus, frunciendo el ceño. Jasper torció la mirada hacia él.

—Precisamente —respondió como si eso fuese suficiente explicación—. No se sentía capaz de enfrentarse a la familia de Tessa después de lo que pasó —agregó encogiéndose de hombros.

—No fue su culpa —aseguró Albus.

—No, claro que no lo fue —confirmó Jasper con aspereza. Ahora su mirada estaba entornada sobre él, expectante—. Keith Nox se ahorcó en su celda anoche. Encontraron su cuerpo esta mañana cuando hicieron el cambio de guardia.

—Probablemente la mejor decisión que tomó en su vida —comentó Albus sin esconder su desdén. Jasper arqueó una ceja, curioso.

—No pareces sorprendido —comentó. No lo estaba.

—Perdóname si no lamento la muerte de una escoria como Nox —se justificó Potter.

—¿Tienes alguna idea de por qué Nox se quitó la vida? —le preguntó Yaxley. Mantenía un tono de voz informal y relajado, pero Albus lo conocía demasiado bien. Lo estaba interrogando.

—¿Por qué habría de tenerla? —fingió desconcierto Potter. Jasper sonrió astutamente.

—Sé que fuiste a visitarlo, Al —blanqueó su mentor—. De hecho, fuiste la última persona en verlo con vida —hizo una pausa, esperando que Albus dijera algo. Pero al ver que Potter se mantenía en cauto silencio, exhaló con pesadez y continuó—. ¿Qué hacías ahí?

—Intentaba averiguar el paradero de los Zabini —mintió Potter. Taurus Zabini era el único que había logrado escapar del puerto el día de la emboscada.

—Yo mismo le pregunté durante el interrogatorio y Nox negó saberlo —señaló Jasper insistente.

—Pensé que podría sacarle más información si hablaba a solas con él —se excusó Albus.

—¿Y por qué habría de hablar contigo? —le preguntó Jasper. Era un hombre inteligente. Sospechaba que algo en la historia de Albus no cerraba.

—Hubo un tiempo en Hogwarts en que fuimos… aliados —respondió Albus—. Pensé que podía convencerlo de hacer lo correcto.

Jasper se acercó más a él, inclinándose para hablarle prácticamente al oído, evitando que la gente cercana pudiese escuchar lo que estaba a punto de decir.

—Somos Aurores. No hacemos justicia por mano propia —le dijo de forma discreta.

Tal vez por eso los nuestros siguen muriendo mientras ellos siguen escapándose, pensó Albus por dentro pero se contuvo de decirlo. Sabía que Jasper jamás lo aprobaría. Detrás de todo ese sarcasmo y es fingida indiferencia, Yaxley era un idealista. Jamás apoyaría las artimañas de las que se valía Albus para conseguir lo que se proponía.

La noticia de la muerte de Keith era en cierta forma reconfortante. Un pequeño consuelo para paliar el dolor de perder a Tessa. Y saber que había sido él quien lo había llevado al punto de quiebre también le generaba una oscura satisfacción. Una vida en Ungordum no habría sido castigo suficiente. Keith merecía morir. Y Albus había sabido manipularlo a través de su único y más grande temor: el mundo que lo había visto nacer y que también lo había visto quebrarse. Conocía perfectamente el traumático pasado de Keith, como esa herida todavía estaba abierta. La había usado en su contra. Se había arriesgado inventando una historia lo suficientemente terrible como para llevarlo al límite y había confiado en que Keith haría el resto.

Había mentido y había acertado. La sola amenaza de terminar en una cárcel muggle había bastado para que se arrebatara la vida. Albus no había tenido siquiera que ensuciarse las manos.

Jasper volvió a adoptar la postura solemne de segundos atrás como si la conversación que acaban de tener jamás hubiese sucedido. Pero sabía la verdad. Podía no saber cómo, pero sabía que Albus era el responsable de que Keith se hubiese ahorcado. No tenía evidencias y aunque las hubiese tenido, no las habría utilizado. No en contra de su Discípulo.

Cada uno llevaba el duelo como podía.

Ya prácticamente no quedaban invitados a quienes despedir cuando Albus divisó a una persona de pie junto al acantilado de piedra. Se mantenía a distancia de ellos, como quien llega a un lugar sin una invitación formal y prefiere pasar desapercibido. El viento le empujó la capucha de su túnica hacia atrás dejando su rostro al descubierto. La mujer se apresuró a cubrirse nuevamente, pero ese breve instante había bastado para que Albus la reconociera.

—Al —lo llamó repentinamente Hedda, haciéndolo desviar su mirada de la mujer por un momento. No la había oído llegar, pero eso no era algo raro en Le Blanc—. ¿Qué miras? —le preguntó con cierta preocupación. Todos sus amigos le hablaban de esa forma últimamente, como si temieran que Albus estuviese a punto de colapsar.

—Yo… —volvió a girar la cabeza en dirección a la mujer pero ya no se encontraba allí. Frunció el ceño. —Nada —mintió. No quería preocupar a Hedda.

—Estamos pensando en ir a Grimmauld Place —le informó ella, sus ojos siguiendo la dirección de los de Albus solo para descubrir que no había nada allí.

—Vayan yendo. Los alcanzo en un rato —respondió Potter, mientras escaneaba hacia ambos lados del acantilado todavía buscándola. Estaba allí, en algún lado, lo sabía.

Podía sentir la intensa mirada de Hedda sobre él mientras sopesaba la posibilidad de decirle algo. Sabía que se estaba comportando de forma errática, pero confiaba en que Hedda no insistiría en el asunto. Y efectivamente, su amiga se limitó a asentir con la cabeza antes de dejarlo solo nuevamente.

Albus comenzó a caminar hacia el sitio donde había visto a la mujer encapuchada por última vez. Al borde del acantilado el rugido del mar se escuchaba más embravecido aún. Debajo de él, las olas rompían violentamente contra la pálida orilla formando un diminuta playa. La mujer lo esperaba allí.

Podría haber optado por Aparecerse directamente junto a ella, pero en cambio, Albus tomó el estrecho camino de piedra tallado contra la ladera del acantilado para descender. Le tomó varios minutos, pero la mujer no se movió.

Ya no llevaba puesta la capucha. Tenía los pies descalzos sumergidos en la orilla del mar a pesar de que el agua estaba gélida y el viento se filtraba por entre la ropa como navajas de hielo. No giró a mirarlo cuando Albus la alcanzó, sino que se mantuvo tan estática en su sitio que Potter llegó a pensar que no había notado su llegada.

—Nunca entendí porque, de todas las personas, ella se enamoró de ti —habló finalmente Circe, aún sin mirarlo—. Eras un pésimo novio.

—La amaba —respondió Albus, aun sabiendo que eso no era suficiente. Circe torció una sonrisa ácida.

—Ella se merecía mucho más de lo que tú podías darle —siguió criticándolo.

—Nunca te caí bien —puntualizó Albus.

—No. Siempre me pareciste un egoísta y un manipulador —reconoció Circe sin censuras—. Pero pensé que al menos serías capaz de mantenerla a salvo —giró a mirarlo con dureza—. Me equivoqué.

—Lo intenté —se defendió pobremente Albus.

—Fracasaste —siguió recriminándole Circe, girando ahora todo su cuerpo para quedar frente a frente con él. Las olas oscilaban y rompían contra sus tobillos, salpicándola con agua y sal, pero no era el frío lo que la hacía temblar en ese momento, sino la ira contenida.

—¿A eso has venido? ¿A recriminarme su muerte? —Albus también se envaró, avanzando sobre la orilla e introduciéndose también en los primeros centímetros de agua.

—¡Vine a que me expliques cómo es que la dejaste morir! —las palabras fueron un gruñido grave que escapó entre sus dientes apretados.

—¿Dejarla morir? —siseó Albus frunciendo el ceño—. ¿Dónde estabas tú para protegerla? Fue tu hermano quien la mató. Tessa estaba persiguiendo a tu maldita familia cuando murió.

La piel del rostro de Circe adquirió una coloración enfermiza. Dio un paso hacia atrás inestable, intentando alejarse de Albus y de las palabras que acababa de pronunciar. Durante los siguientes minutos, el único sonido que se escuchó fue el retumbar del mar contra los acantilados y sus respiraciones entrecortadas.

—¿Cómo? —le preguntó Circe con la voz ronca, pero ya no lo miraba a los ojos. Se aclaró la garganta. —¿Cómo fue que murió?

—Un disparo a la cabeza —respondió con brusquedad Albus. Él también se sentía molesto e impotente.

El dolor atravesó a Circe de lado a lado, haciéndola cerrar los ojos como si ella misma estuviese recibiendo el disparo. Albus se sintió culpable por haber sido tan duro. Pero antes de que pudiese disculparse por sus crudas palabras, Circe regresó a la orilla y comenzó a colocarse de nuevo el calzado.

—Voy a perseguir a tu hermano, Circe —le advirtió Albus al ver que la mujer encaraba hacia las escalinatas para marcharse, sin siquiera despedirse—. Voy a encontrarlo y voy a matarlo.

Circe se detuvo en los primeros escalones al escuchar su declaración. Albus notó cómo su pecho se inflaba con una profunda inhalación antes de volver a descender, abatido.

—Haz lo que tengas que hacer, Albus —le concedió con un suspiro resignado.

Tessa estaba muerta. Ya nada le importaba demasiado.


Este capítulo me ha sido muy difícil de escribir y ha removido muchas cosas dentro de mí.

En primer lugar, decir que Tessa Nott ha sido uno de esos personajes que he disfrutado mucho a lo largo de esta saga. Ella era mucha mujer para Albus... Y talvez, mucha mujer para ese mundo. Y me duele su muerte porque es una muerte prematura: no solo porque es joven y tiene una vida por delante, sino porque no logra cumplir su gran objetivo. Nunca consigue la justicia por la muerte de sus padres. No logra capturar a Blaise Zabini, y es precisamente esa búsqueda incansable la que le cuesta la vida.

Y en segundo lugar, también me duele porque con ella muere también un poco de Albus y un poco de Circe.

En tercer lugar, para los que preguntaban en Telegram o en los reviews sobre el rol de los muggles en esta guerra: espero que este capítulo aclare un poco más el panorama.

Gracias por seguir conmigo. Espero ansiosa sus comentarios.

Saludos.

G.