Aquí vamos otra vez…

Anotaciones:

Y los planetas se alinearon y llegó la novena entrega de esto.

He de anticipar que las edades y los contextos de algunos personajes irrelevantes para lo que tengo planeado (respectivamente Aurore y Aymeric Cassel, los hermanos corredores de Phantom Liberty), serán cambiados en pro de beneficiar la trama. Quizás más adelante explicite el porqué. De momento no es relevante, pero que no te extrañe si aparecen siendo mucho más jóvenes de lo que en realidad son.

En principio, esto no pasará, tan exageradamente al menos, con ningún otro personaje. Por lo que puedes despreocuparte de encontrar desemejanzas iguales como las que hallarás en este capítulo en algún futuro.

Nada más.

Disfruten.

*(Al final del capítulo habrá unas notas que explican el cambio de nombre del "arco introductorio".)

Alerta: En esta historia se narran variadas situaciones que catalogan como contenido adulto y que pueden ser muy sensibles para algunos. Todas (o casi todas) cuestiones tratadas en mayor o menor profundidad dentro del juego Cyberpunk 2077, y que también se tocarán en esta ficción. Si has jugado al juego, sabrás lo que te espera (e incluso así puede que te sorprendas). Leer con discreción.

~~o~~

Un Pacto con la Muerte

~~Netrunner~~

Capítulo 9: Hydrotech Industries

~~o~~

Año 2065. Algún lugar perdido en el mundo.

Los campos de un sueño etéreo.

El complejo, en medio de un páramo deshabitado y con decenas de kilómetros a la población más cercana, era enorme, y estaba excelentemente guarecido: en el anillo exterior, los camiones entrantes, vaciados o cargados, eran revisados y escrutados por armados soldados de ópticas envidiables, probablemente unas Kiroshi de última generación, o una venidera; luego los transportes pasaban a la estación de carga/descarga del combustible y los productos necesarios para producirlo; mientras tanto, en el anillo interior, se acomodaban los barracones, comedores y un gran arsenal de las fuerzas de seguridad. Y hay quienes dirían que había y ocupaba mucho espacio utilizable para la fábrica las fuerzas de seguridad, que se suponía que debían de estar allí sencillamente para evitar que los clanes nómades asaltasen la estación y los camiones provenientes de las zonas de extracción como los que se dirigían a las grandes megaciudades para la comercialización del producto. La seguridad de la refinería de hydro fue de Arasaka.

La instalación de Hydrotech Industries, o Industrias Hidro-técnicas (aunque generalmente no se usaba el término castellanizado pese a que los dueños en teoría era un grupo inversor mexicano), daba el pego de una fábrica industrial, muy bien vigilada por las fuerzas de Arasaka, «contratadas» para resguardar la planta productora. Casi ni parecían las instalaciones clandestinas donde se violaban todos los tratados establecidos con NetWatch tras la involución de la humanidad con la caída de la antigua Red global, causado por el evento reconocido como DataKrash, provocado por el infame Rache Bartmoss. Y casi ni pareciera que ahí se entrenaba y preparaba a la futura generación de perlas ilustres del ciberespacio de Arasaka, mandándolos a temprana edad a explorar los inhóspitos terrenos ciberespaciales en una cargadísima tarea de recogida de información, datos perdidos de la antigua Red. Quizá se denotara un poco por la fijación tan peculiar de Arasaka sobre la zona, estableciendo una legión entera de sus fuerzas para que aguardasen a un ataque interno o externo, esta última opción algo casi certeramente improbable (desde dentro lo veían imposible). Y no por nada fingían tan bien las actividades de la empresa productora de combustible hidrogenado; nadie sospecharía que la novísima y austera corporación local de Hydrotech era la tapadera ideal para los japoneses protectores.

Un camión cisterna abandonaba la instalación. Al mismo tiempo, él se apeaba, tras un viaje que se hizo largo y aburrido, con la singular entretención de las arenas y las tierras secas observadas a través de su ventanilla. Cuando el lujoso aerovehículo lo estacionó en el suelo, ya lo esperaban ansiosos, y nervudos, los gerentes de la planta. Ansiosos porque, ante una eminencia célebre como él, querían demostrarse capaces y a la altura de la situación, evidenciando que hacían bien su trabajo. Nervudos y algo incomodados porque nadie les había anticipado su visita hasta hace unos momentos, cuando personalmente pidió a los antiaéreos que rodeaban el lugar que no lo convirtiesen en una bola humeante en el desierto (si es que los antiaéreos de Arasaka actuales dejaban pistas de sus víctimas, ya derribadas). También, seguramente, estaban nerviosos por su ominosa reputación.

"Bienvenido sea, Takeshi-sama." Dijo nervioso un hombre joven y moreno, con hirsuto cabello, cual jabalí, rapado en los costados. Unos lentes cuadrados de montura negra, trajeado con el uniforme más insulso y formal de Arasaka (pero con un logo de Hydrotech). Una perilla y líneas de ciberware recorriendo sus facciones.

"Por favor, solo Takeshi." Repuso el hombre de ojos mercurio, jugando a la humildad tal como su exiguo rival procuraba. Aquello tranquilizó al hombre, un tanto aunque sea.

"No esperábamos su visita el día de la fecha. La de nadie." Dijo él, inseguro. "Aunque, resta decir: a usted lo recibimos encantados y con los brazos abiertos, Takeshi-sa- Takeshi." Añadió para demostrar su no ofensa. Takeshi se mostró divertido ante esto: frente al miedo diáfano e imposible de esconder por el joven muchacho. Muy diligente y calificado tuvo que ser para que le entregaran el puesto de gerente de estas supuestas instalaciones productoras de hydro (un combustible que talvez algún día dominaría el mercado).

"Yo tampoco lo esperaba." Aseveró él, con su traje azul marino, de profundidades insondables. Sus ojos mercúricos tan denodados como siempre. "Sin embargo, a último momento me propusieron un pequeño desvío para tantear la situación. Son órdenes de Saburo-sama." Por supuesto, era mentira; puede que Saburo ni recordara, por lo viejo y senil que estaba, que aceptó el avance del Proyecto Hydrotech. No obstante, aquellos dichos ocasionaron lo deseado.

François, el administrador del sitio, al menos en cuanto a lo administrativo, se puso algo pálido al oír el nombre del emperador. Muy imberbe para dilucidar el engaño, por lo menos a primera vista, aun siendo lo tan observador y dedicado a la corporación que se suponía que era. Tal vez, si pasara suficiente tiempo, preguntaría y sabría que no hubo tal ordenanza del emperador, pero para aquel momento lo que Takeshi quería ya habría concluido. Solo necesitaba esta visita.

El administrador asintió, lento. Takeshi le dijo que le gustaría que le mostrara las instalaciones y su manera de trabajar. Algo muy común: superiores asegurándose de que todo estaba en orden, salvo con la terrible excepción de los altos cargos de Arasaka de hoy día eran tan descuidados como un pirata austral ebrio, borrachos del éxito. No poseían la meticulosidad y el afán de un artista de la tortura.

Avanzaron por pasillos pulcramente prístinos, blancos y grises, de suelo de metal rejado y paredes de placas. La iluminación, neón. En el camino, François hablaba y se jactaba de que, de momento, no hubo el menor de los incidentes, a excepción de la muerte de algunos participantes del proyecto, pero eso eran pormenores previstos, sorprendente era que no hubiese más jóvenes muertos.

Cuando Takeshi ingresó a la sala de cámaras, notó la falta de seguridad a través de la retransmisión de cada prisma de visión que captaba un rincón del asentamiento subterráneo. El administrador cercioró que no era necesario postar a demasiados guardas en las salas subterráneas, que con unos cuantos los niños ya se verían intimidados, incapaces de desobedecer el orden impuesto por sus médicos y entrenadores.

Takeshi se reservó sus opiniones acerca de la falta de seguridad en los pisos inferiores, donde los niños estaban. Takeshi sabía que los niños, tan jóvenes como inocentes que eran, podrían llegar a ser las armas más letales que uno pudiera tener a su disposición; estos no concebían el peligro real de sus actos, y eso los hacía realmente temerarios y, por lo tanto, presuntos agentes del caos. Después de todo, lavarles el cerebro a niños solados fue una de las tareas más divertidas y llenadoras que acometió, pero también la más óptima.

Mirando por las cámaras, que se mostraban en un panel acristalado y holográfico que ocupaba toda la pared, había un único soldado, armado con una pistola en su cinturón. Su nombre era Raúl, y él se encargaba de vigilar a los corredores en los turnos tarde y noche, a la mañana ocupándose de aquello el propio François o un suboficial de su confianza.

"Quisiera ver a los niños." Takeshi pidió. "¿No les han alertado de mi llegada, verdad?"

"No, claro que no, señor." Repuso el administrador. "¿Hicimos lo correcto?"

Takeshi no contestó, en cambio, mostró mayor interés en las visualizaciones de las cámaras.

"Muéstrame la habitación de los corredores." Le dijo a Raúl, que se arrellanaba en una cómoda silla de oficina negra entretanto se pasaba el día, o más bien la tarde y la noche, tomando café y holgazaneando y haciendo como que se preocupaba decentemente por su trabajo. Velozmente, el susodicho tecleó con su mente unos dictámenes que cambiaron las perspectivas vistas el panel; tenía su enlace conectado a una computadora.

Una sala grisácea fue lo que se vio de inmediato. En su interior, más de una docena de camas en dos filas paralelas, de sábanas y almohadas blancas, dejando un pasillo muy amplio de por medio. La sala era espaciosa, pero su decoración era de un estilo muy espartano: los únicos muebles además de las camas, que en realidad estaban hechas de metal, eran las lisas y sobrias mesitas de noche de madera blanca. Los suelos de losas cuadradas y las paredes eran rectangulares de hormigón visto. Todo muy práctico, todo muy en sintonía con la sensación que Arasaka transmitía a sus rivales y miembros inferiores: desesperanza e incomodidad, imponencia. Todo aquello amenizado con las dulces promesas de algún día pertenecer al cuerpo de netrunners, o la rama administrativa que fuere, de Arasaka, la corporación más grande y más poderosa del mundo, sin lugar a discusiones u objeciones.

El rasgo distintivo de la habitación eran sus habitantes, acostados en las camas, charlando e incluso riendo. Para Takeshi destacaron, al instante, tres matas de cabello rojo, e intentó discernir cuál era la que a él lo enervaba en lo profundo de su ser. No fue difícil hallar al discípulo de su magnánimo rival corporativo. La totalidad de los niños netrunners vestía con un uniforme compuesto por un mono de netrunning negruzco o, para quienes no le gustaba portarlo las veinticuatro horas del día, unos pantalones y chaqueta grises con una camiseta homogéneamente blanca que usaban para los momentos de ocio y en los descansos. Ninguno llevaba calzado; una medida de seguridad, por si les antojaba escapar y, de algún modo, lograban evadirse de los guardas. No correrían muy lejos si era el caso, o tendrían que acercarse a población civil para buscar calzado, o robárselos a sus carceleros.

"¿Desea que le comente sobre ellos, los niños?" El administrador preguntó a Takeshi, quien enfrascado miraba por las cámaras.

"Adelante." Respondió Takeshi.

"¿Quiere conocerlos a todos?"

"Dígame cuáles son los más habilidosos. Luego, yo preguntaré por quienes capten mi atención."

"Como usted desee." Dijo François. "Raúl, hazme el favor de ir enfocando a los jóvenes de los que hablo."

"Hecho." Anticipó el hombre de aspecto latino, acercando la vista del plano panorámico general.

"¿Quiere empezar con los más aptos, señor Takeshi?"

"Dime cuáles son los cincos mejores, del peor al mejor." Takeshi dijo, ocultando su molestia frente a tantas preguntas innecesarias. Solo quería saber algo sobre los chicos antes de hacer su movimiento.

"Bueno, creo que podríamos comenzar con los cinco mejores corredores del proyecto." Dijo el administrador. "Raúl, enfoca a los Cassel."

Veloz, la imagen se transformó, fragmentándose en enormes píxeles visibles solamente durante milisegundos, para pasar a mostrar las pequeñas siluetas de tres niños sentados y hablando. Dos pelirrojos en una cama; un niño de apariencia tibetana.

"Si tendría que hacer una nómina de los mejores corredores dentro del proyecto, sin dudas la señorita Aurore Cassel iría en quinto lugar." Del dúo de pelirrojos, la imagen se centró en la cara de la niña, con ojos ámbares y mofletes pecosos al igual que su hermano. Los dos niños tenían un pelo rojizo muy corto, aunque nimios aspectos de sus faces podían revelar la sexualidad originaria de ambos sujetos. Takeshi tenía un ojo experto para destacarlos, sobre todo habiendo diseccionado a tantos cambiaformas, jóvenes o no, a lo largo de sus años de servicio para el emperador. "Ella estuvo entre los centenares de jóvenes que se probaron para Arasaka. Es la sujeto 238 y su hermano el 239; son como uña y carne. Aunque en habilidades difieren un poco. Las habilidades de Aymeric, el hermano, son increíbles, pero Aurore lo supera. No sabemos mucho sobre su pasado, por lo que es muy plausible que borraran todas sus huellas previo a realizar las pruebas de admisión al examen final. Eso ya da una pauta de su talento innato. Hay mejores, eso sí."

"¿Hay referencias?" Consultó Takeshi.

"¿Quiere los datos en bruto al completo?"

"Sí por favor."

En un recuadro lateral apareció toda la información pertinente: nombre y apellido completos, fecha de nacimiento, documentación, nacionalidad, ascendencia, tipo de sangre, ciberware, compatibilidad con la cibernética, compatibilidad con sus compañeros corredores, gustos, posible orientación sexual, fetiches, nivel de agrado por los otros corredores e, inclusive, grado de atracción sexual por sus compañeros (de momento esos valores perduraban en cero absoluto para la mayoría; se suponía que aún eran niños de entre catorce y nueve años) y demás datos banales que se percibían en letra chica. Toda clase de información, incluso las del tipo irrisorio, se encontraba en la lista. Todo a disposición para la manipulación de sus frágiles y convencibles mentes.

"Un informe muy completo…" Observó Takeshi. "Supongo que el que se sienta a su lado es su hermano, pero, ¿el otro quién es?"

El niño en cuestión se sentaba al frente de los gemelos Cassel tenía el cabello muy corto, como casi todos los niños; cara redonda, ojos hundidos, piel levemente atezada (con una flagrante pérdida de color por pasar tanto tiempo dentro de las instalaciones sin recibir luz solar). A leguas, se notaba que era de ascendencia asiática, pero no japonesa.

"Es el sujeto 094. Su nombre es Han Geymutsang. Es nepalí o tibetano, o mongol…" François dudó un momento. "O de alguna parte del oeste chino. De todos modos, lo obtuvimos como un intercambio a cambio de protección de un monje de por allí. Oprimidos y esclavizados por Kang Tao y sus sucursales menores, lo típico. Los chinos nunca han simpatizado mucho por los monjes." El administrador aguardó un momento de silencio, mientras que se mostraban los datos del chico en cuestión. "No obstante, aunque parezca alguien bastante campestre y dedicado a la meditación, es un excelente corredor. Pasó las pruebas sin demasiadas dificultades. Y sin trampas."

"¿Trampas?"

"Sí, trampas. Pero enseguida vamos a ello. ¿Qué tal si primero vamos al siguiente sujeto?" François aguardaba con la cabeza ladeada esperando su confirmación.

Takeshi miró un momento al administrador, y acto seguido asintió, curioso de saber.

"Raúl, muéstranos a Uzumaki Naruto." Dijo François. E inmediatamente la atención de Takeshi fue enjaulada en la próxima imagen captada.

Sentados espalda con espalda, un niño de melena roja salvaje muy reconocible y un moreno parecían meditar, sus enlaces personales conectados al puerto neuronal del otro. Una escena muy pintoresca y que transmitía amistad y confianza entre ambos, una unión fraternal irrompible. Para Takeshi era otra muestra de la sibilina naturaleza del niño bermejo; un nuevo vínculo especial que romper e incinerar a su debido tiempo.

"Sujeto 004. Uno de los más especiales en cuanto al grupo se refiere, y con un talento endiablado para el netrunning, y para casi cualquier disciplina seguramente. Nos lo entregó el señor Hellman. Un talento en bruto que él detecto en el nojo de su jurisdicción. Nació en Kyoto y, aparentemente, alguien, talvez un corporativo avergonzado de su progenie, lo donó aún muy joven, con días de nacido. Probablemente sea hijo de una prostituta. Esas cosas pasan con algunos trajeados que no controlan la producción de su simiente." Raúl rio entre dientes por el comentario de su superior.

Takeshi, serio, ignoró lo dicho e indagó: "¿Qué más sabes sobre sus habilidades? Su manera de navegar por la Red, ¿tiene algo de particular?"

Ante la pregunta tan específica, François se lo pensó un momento.

"Quizás si tenga un modo peculiar de actuar." Dijo, acariciándose el mentón. "Creo que los adiestradores lo llamaron el bloqueador perfecto: con él en el equipo nadie violará tus defensas, no atravesaran tu ICE ni con el mayor de los empeños. Ciertamente su manera de hacer netrunning es muy pasiva, observadora. Ve y luego actúa en consecuencia, no se apura en demostrar su validez como alguno de los otros niños. Si tuviera que describirlo con una palabra, diría que es sensato, o defensivo. A diferencia de sus colegas corredores, Uzumaki es como un diamante recién extraído de la mina pero que se ve inusualmente pulido: quizá no tenga el potencial más alto, pero actúa con la madurez requerida de un profesional. No restan dudas, será alguien importante dentro de la corporación en un futuro."

"¿Dirías que tiene un ICE fuera de lo común?" Inquirió Takeshi, con los engranajes de su cabeza girando a todo lo que daban entretanto recibía y digería la información percibida.

"No." Repuso el administrador. "No, para nada. Hemos revisado su ciberware, y lo hacemos cada tanto tiempo, y no detectamos nada anormal o fuera de lugar. Son las piezas indispensables las que llevaba, ni más ni menos." Un momento, François pareció pensárselo mejor. "Puede que le falten unas ópticas reales, pero, por lo demás, su cibernética es bastante normal y él la soporta con facilidad."

"¿Sus ópticas?"

"Pedido de Anders Hellman: «No toquen sus ojos orgánicos». Desconocemos el porqué. Solo nos advirtió que eran intocables."

Takeshi se quedó pétreo observando al niño de cabellera carmesí, charlando con lo que parecía ser un amigo, tan pérfidamente astuto debajo de su faz alegre que, incluso a Takeshi, le generaba cierto tipo de inquietud, de las que te pican en el interior del cráneo, como un cuervo repiqueteando dolorosamente en la noche. Estaba claro que los agentes de Hydrotech encargados de la vigilancia y adiestramiento de los jóvenes no atendían a las conversaciones personales que estos tenían, y, por lo tanto, desconocían las verdaderas personalidades y lealtades que poseían. Takeshi memorizó lo que vio en la ficha de Uzumaki, asistido por la memoria fotográfica de sus ópticas. «Probabilidad del cuarenta y siete por ciento de compatibilidad de asociación con la sujeto 003, Lucyna Kushinada.», decía el informe. Takeshi entendía que la «compatibilidad de asociación» hacía referencia a una relación de carácter personal entre ambos individuos, o las probabilidades de que esta se diera, basándose en un nivel de apego emocional trazado según el comportamiento observado de los niños, la manera en la que se relacionaban. Por ejemplo, Naruto también tenía un gran nivel de apego por un tal Karl Mason (que Takeshi supuso que era el joven moreno con el que estaba Naruto), aunque más bajo de lo que tenía con Lucyna. No obstante, Naruto aparentaba tener mucha afinidad con el grupo de compañeros netrunners, siendo que no bajaba del diez por ciento de compatibilidad (un valor bastante alto considerando que el grupo no fue selecto en base a la compatibilidad sino a la destreza para el netrunning) para con la mayoría.

"Antes dijiste que Naruto era especial en cuanto al grupo se refiere." Takeshi mencionó, mirando la ficha de datos del Uzumaki. Todo aparentaba ser demasiado corriente, demasiado. "¿Por qué?"

"Bueno, pues tras los primeros incidentes, es decir, muertes de los candidatos menos cualificados, Naruto destacó por mantener la cohesión y actividad del grupo bajo la presión y el desánimo de haber perdido a alguno de sus compañeros. Sucedieron las primeras muertes hará un año y medio, cuando iniciamos las inmersiones profundas más allá del Muro Negro. Entonces, Naruto se ha convertido en una especie de líder espiritual. Sospechamos que los demás se organizan en base a sus decisiones. Es muy respetado, querido."

Algo fue bastante claro para Takeshi mientras veía al joven bermejo parlotear tranquilamente: Uzumaki Naruto había estado moviéndose como la alimaña sagaz que era, convenciendo al resto de su pasiva y sosegada persona. Y Takeshi se tuvo que preguntar por centésima décimo octava vez cuánto de esa personalidad afable que el niño dejaba a la vista era verdadera y cuánto una falsedad para ganarse la confianza del resto.

"Procedamos con el trío de oro." Anunció el administrador. Raúl, sin que le especificaran ningún nombre o sujeto, enfocó a tres niñas que ocupaban una sola cama.

Una rubia se recostaba perezosa y cómodamente, una morena se sentaba apoyada en el respaldo de la simple cama y una albina muy reconocible tomaba asiento en un borde, más tímida que las demás, pero claramente perteneciente al grupo, hablando y comunicándose con sus compañeras corredoras sin grandes problemas.

"Sujeto 042. Kusanagi Motoko. Nacida en Japón; tomó las pruebas junto a un colega que también pasó, pero no de la forma idónea." François habló. La chica, de expresión adusta, tenía el cabello negro, que en una melena abultada caía hasta sus hombros. Los ojos eran dos perlas grises analíticas y centradas. Su edad, trece años. A diferencia de los demás, los niveles de atracción sexual y compatibilidad de asociación por uno de sus compañeros, un tal Batou, comenzaban a decantarse drásticamente (un noventa por ciento, el valor más alto de consonancia recogido). "¿Recuerda lo que le conté sobre una trampa durante los exámenes finales de admisión en Tokyo? Bueno, se detectó que alguien estuvo perturbando los valores de los resultados a través de un complejo programa lapa que se adhirió al sistema central, y si no fuera por los corredores de élite que secretamente pusimos a revisar los exámenes, nadie se habría percatado. Más cuando recibió la ayuda de una de sus pequeñas amigas. Pero con ella iremos más adelante. Aparentemente hizo lo que hizo con tal de favorecer a su muy estimado amigo, el sujeto 045, Batou." Brevemente la pantalla mostró a un chico durmiendo en otra cama: cabello ceniciento peinado hacia atrás, ojos literalmente como platos, dos circulares lentes blancas sin expresividad o señal alguna, haciendo que sea imposible determinar si en realidad estaba durmiendo. Era el más adulto, con catorce años, y también el más alto y grandullón de los corredores. Casi parecía un cadete precoz de las fuerzas de seguridad y no un aspirante a netrunner.

"Mmm…" Takeshi hizo un sonido pensativo. "Lucyna Kushinada y la otra niña rubia que la acompaña son las mejores. ¿Estoy en lo correcto?" El administrador asintió. Las cámaras volvieron a enfocar al trio de niñas, los datos de estas bailando a un costado. "Y Lucyna, ¿es la mejor de estas instalaciones?"

"La segunda mejor, señor Takeshi." Le corrigió el subordinado, con la máxima cortesía plausible. "Raúl." El susodicho centró la imagen en la hija de Takeshi. "Yo supongo que tú…"

"La conozco, sí." Intercedió Takeshi. "Pero no del todo. No la visito hace mucho tiempo. Háblame de su desempeño aquí."

"Bueno. La sujeto 003 destaca por la velocidad de su hackeo y su destreza a la hora de extraer datos y perseguir objetivos (aunque hay alguien que la supera muy claramente en esto último). Realmente, la jovencita… Kushinada consiguió buenos valores en todas las pruebas de nivelación; es capaz en casi cualquier cosa dentro del área del netrunning. No tienes problemas durante las inmersiones profundas. Apenas se resiente del estrés causado en las largas horas del ciberespacio (aunque no hemos podido llevarla a sus verdaderos límites por las directrices y presiones de Hellman). Supongo que en lo que más sobresale es la extracción de datos; si tuviéramos un prisionero, talvez se lo confiaría a ella antes que la histriónica y a veces displicente Liara." François terminó de hablar y miró a su superior. Takeshi miraba por la pantalla, enajenado de su derredor. Una expresión indescifrable del hombre de ojos mercurio.

Su hija, una retraída y traumada sociópata, había sufrido un cambio sin precedentes: hablaba con un grupo compuesto por otras dos muchachas, confortablemente, pareciendo parte de una sociedad amistosa y fructífera; no reía, pero tampoco estaba ceñuda o afligida por una tristeza impertinente. Pensar que sobrevivió en soledad en las duras calles varsovianas desde muy temprana edad se tanteaba increíble, inclusive inadmisible sin algo de ayuda y muchísima suerte. De hecho, corrió con la fortuna de parar a las manos de los soviéticos, lo que más tarde la posicionó como un interesante objeto de intercambio para un ejecutivo de Arasaka, casualmente un rival de Takeshi.

Sí, ella había sido de lo más afortunada por haber terminado dentro del área de influencia de Hellman. En cualquier otro escenario, Takeshi ya se habría encargado de ella definitivamente o la habría reacomodado bajo su ala para que se convirtiera en uno de sus ases bajo la manga, otro útil ser para sus aspiraciones y contribuir a su ascenso y mantención en el poder. Pero no sucedió. Y ahora Takeshi jugaba en la cornisa para conseguir una ventaja contra la basura alemana. Takeshi le dirigió una mirada de reojo al administrador y le asintió, permitiéndole que finalizara con la última sujeto.

"Sujeto 217. Liara van der Laan. Once años. Neerlandesa. Familia adinerada que no cuidaba muy bien de sus hijos (tiene otros veinte hermanos y hermanastros)." Dictó lo básico sobre la niña estrella de las instalaciones. "Escapó de casa y se pasó un tiempo sobreviviendo quién sabe cómo." Las cámaras captaron la cara de la niña: rubia, bonita (probablemente sus padres se sometieron a «arreglos genéticos» para heredar «hijos perfectos»), de ópticas rosadas, complexión normal (nunca había pasado hambre a diferencia de los demás), y en general una niña que parecía haber sido creada al detalle para pertenecer a alguna aristocracia, da igual el tiempo histórico, ella encajaría. En sus ademanes hablando con la albina y la morena, se veía que también disponía del don de nunca quedarse sin palabras, de tener temas de los que hablar o expresar opinión. Muy elocuente. "Eso hasta que contactó con Kusanagi y Batou de algún modo, llegaron a un acuerdo. Todos tenían que pasar los exámenes de admisión para que se cumpliera. Lo consiguieron, pero nosotros nos percatamos de su trampa. Aun así, lo ignoramos en reconocimiento de sus habilidades (y, en realidad, Batou tampoco es que sea pésimo; no había muchos mejores que él). En cualquier caso, la niña no nos demostró sus capacidades absolutas hasta que estuvo inmersa en el proyecto. Y nos dejó alucinados. No recuerdo haber visto un talento tan puro como ella desde…"

"¿Desde?" Takeshi quiso saber.

"Desde Altiera Cunningham, señor. Es simplemente brillante. Deja al resto de sus colegas como simples novatos, y eso que no estamos hablando de un grupillo cualquiera: se trata de los prospectos más excepcionales que Arasaka pudo reunir de todo el globo, los más aptos de entre unos ochocientos que realizaron las pruebas reales, y unos cien que llegaron a las finales. Si es bien guiada y adiestrada, podría convertirse en una de las genios altamente envidiables del netrunning en la historia de la humanidad, sino la mejor."

Takeshi asumió que el hombre estaba exagerando para vender bien su proyecto, como cualquier otro. Sin embargo, el problema era saber cuánto manipulaba la verdad. Según los atributos calculados por las computadoras de Arasaka, lo que decía no estaba alejado de ser veraz, factual. El hombre de ojos mercurio sonrió, amigablemente por fuera, pero muy pérfido por dentro. Ya se estaba haciendo ideas de lo que podría conseguir si raptaba un genio como ese para sus pretensiones. Volvería a ser el favorito de Saburo, o, incluso mejor, quizá podría deshacerse del viejo amargado y débil.

"¿Desea reunirse con los corredores?"

"No, de momento no. Quisiera ver el resto de las instalaciones. Cuando finalicen su inmersión, quizás los salude como es debido." Y si los saludaría como es debido. Takeshi, entretanto era guiado por los pasillos metálicos, acarició un pequeño chip, un pincho con una prueba mortal. Una pena de muerte, o una demostración de traición y ocultación. Eso dependía de qué tan cualificado estuviere el niño de la melena carmesí. Uzumaki Naruto. El asesino de la madre vírica, Octopus Ks-401.

Regodeándose en su magnificencia, Takeshi apenas contenía la impaciencia.

~~o~~

"Tienes que estar bromeando. ¿Cómo que te arrojaste a cientos de kilómetros en las calles de Tokyo? ¿Y no los atraparon?"

"No estoy bromeando ni te estoy tomando el pelo. Tampoco nos trincaron. Fue una mezcla de buena fortuna y… circunstancias anormales."

"¿Circunstancias anormales?"

"Sí. Circunstancias anormales. Resulta que, durante nuestra huida en pánico, nos quedamos encerrados en un callejón sin salida: no había modo de escapar si no era enfrentándonos a las fuerzas de la ley."

"Pero los evadieron. Si no, quizás no estarían hoy aquí. ¿Cómo lo hicieron?"

"En realidad, no hicimos nada. Cuando nos preparábamos para lo peor, algo de improviso nos salvó. Un hombre, o un ser que pretendía simular a uno, nos cogió en sus brazos y nos elevó en los cielos. Tenía un Sandevistan que recorrió kilómetros en tan solo segundos."

"Eso sí que suena a un invento fantástico."

"Te digo la verdad. En serio."

"¿Y quién era ese sujeto?"

"Ni idea. Lucy cree que fue una especie de mercenario, un edgerunner o algo por el género. Yo me inclino a pensar que era algo más."

"Algo más… ¿Sabes el qué?" Karl percibió la negación, pese a que no recibiera ninguna señal. El moreno se quedó meditabundo.

"Tú y Lucy han vivido muchas aventuras juntos, ¿no?" Preguntó finalmente, con claras evasivas para saber lo que en verdad quería preguntar.

"Sí, supongo."

'Aunque no te he contado la gran mayoría aún, mi querido Karl.' Pensó Naruto, con los ojos cerrados, en pose meditativa. La muñeca apoyada en su rodilla. Espalda con espalda con Karl, su mejor amigo en las instalaciones. Si le contara cómo la conoció y lo que tuvo que hacer para ganarse su confianza…

"Con Han hicimos una apuesta hace algún tiempo." Dijo Karl. "Tratamos de adivinar quiénes se emparejarían primero de nuestro grupo. Los dos estuvimos de acuerdo en que tú y Lucy iban a ser los más propensos, junto a Kusa y Batou, por ser quienes se conocían antes de llegar aquí."

"¿Emparejar?" Naruto dudó.

"Sí, emparejamiento. Noviazgo, ya sabes." El bermejo se quedó estupefacto, congelado y sin enviar las ondas habladas en forma de una respuesta, dentro de sus mentes interconectadas. "Teóricamente esos intereses crecen en nuestra pubertad. Pero yo me preguntaba si tú y ella ya se habían declarado y…"

"¡Lucy y yo no somos novios!" Gritó mentalmente Naruto. Por supuesto, Naruto negó efusivamente cualquier intimidad, mayor a la der ser simplemente amigos, con su compañera albina.

"Pero si se comportan como unos." Karl habló a través del canal de audio privado, de veras desconcertado.

"¿De qué hablas?"

"No sé, yo creía… nosotros creíamos que, porque ustedes comparten cama de vez en cuando, ya se habían acercado a ese punto."

Naruto guardó silencio, petrificado. Nuevamente, fue tomado con la guardia baja por los dichos del moreno. El bermejo jamás imaginó que fueran tan cotillas en esas instalaciones. Su cara como si hubiese probado algo agrio. Leve pero apreciable un sonrojo.

"Solo somos amigos. Mejores amigos" Naruto se excusó.

"Podría ser que lo de compartir camas sea algo que se adquiere del apego, y no necesariamente del amor. Pero, aun así, ¿ella te gusta, cierto?"

"Es algo privado." Sentenció el bermejo, un rubor en su tono y en parte en su cara. Si Karl no estuviera de espaldas, le habría parecido ocurrente compararlo con un tomate.

"Eso equivale a un sí aquí y en todos los rincones del mundo, ¿sabes?" Karl dijo, genuinamente divertido. "¿No vas a hablar, ni a contarme cómo y cuándo pasó? Me encantaría conocer…"

"Solo con una condición."

"¿Cuál?" Karl se animó.

"No se lo dirás a nadie."

"Nadie lo sabrá. Te lo prometo por Dios."

"Poco vale lo que puedas prometer por supuestos. Mejor: yo me aseguraré de que no digas absolutamente nada."

"¿Qué? ¿A qué te refieres con…?" Karl sintió un pinchazo en su consciencia, señal emulada por el ciberware cerebral. "Oye, ¿qué crees que haces?"

"Te hago cumplir tu palabra. Sencillamente eso." Naruto dijo de un modo enigmático, sonriente. "Cada que intentes hablar de mis sentimientos por Lucy, el script que te he colocado te callará la boca. Inténtalo. Habla de ello ahora."

Karl abrió la boca, pero de ella no salió ni una palabra. Trató y trató, pero mientras más se forzaba más se percataba de la imposibilidad de decir: «Tú amas a Lucy».

"¿Cómo funciona?" Quiso aprender el extrañado chico.

"No te voy a decir, obvio. Si no te lo quitarías y perdería la gracia. Al menos, hasta que yo se haya dicho todo lo que se tenga que decir en el asunto. Por cierto: he puesto un interruptor para que mañana no recuerdes este pacto ni tu promesa como tu impedimento de decirla en voz alta."

"Pareciera que lo tenía planeado desde hace un tiempo…" Karl musitó.

"Sí, quién sabe. Pero bueno, ¿qué es lo que querías aprender acerca de nuestra relación?"

"La amas. Eso es un hecho."

"La aprecio bastante. Eso es un hecho, sí."

"¿Por qué no le expresas lo que sientes?"

"No es tan fácil, querido Karl. No en nuestra tesitura. Verás, por más que yo la ame, y teniendo en cuenta que el sentimiento sea recíproco," Karl no tenía dudas de que lo fuera. "¿no te parece que sería un trauma inabarcable que alguno de los dos perdiera al otro? Sería algo horroroso. Pasar por eso. Por esa soledad nuevamente." Naruto, al hablar de estos temas, tenía un tono más circunspecto y asertivo. Decía lo que realmente pensaba cuando hablaba así, o eso creyó Karl según lo que conocía del Uzumaki. "Lucy y yo no hemos tenido los mejores pasados. Luchamos por sobrevivir. Naufragamos en un mar tormentoso, en una noche eterna, con nubes llorando a nuestro derredor. Y en nuestro navío no había ni una sola vela para consolar nuestra desesperación o dictaminar un camino. Solos. Descarriados. Eso nos caracterizó. Eso nos forjó. No obstante, por más difíciles que hayan sido nuestros senderos, por más duros que creamos ser, cuando nunca has obtenido amor, al momento de perderlo, puede transformarse en la mayor pérdida que cualquiera jamás haya sentido. Porque eso es el amor: un salvavidas que, en caso destruirse, te vuelve a hundir hasta la profundidad, una nueva e intransigente oscuridad, tu cayendo sin parar, sin ganas de nadar a contracorriente, como si en tu espalda cargaras con el ancla del dolor…"

Naruto se detuvo en su relato, Karl perdido en su mente, imaginándose lo que el bermejo describía con lujo de detalles.

"Je. Creo que me he dejado llevar por lo excesivamente poético. Mi dramatismo exagerado otra vez, perdón." El peliescarlata se rascó la nuca en un gesto clásico de su persona, avergonzado. "En cualquier caso, lo que quiero evitar es que cualquiera de los dos se vuelva demasiado dependiente del otro. Y que no podamos desatarnos el ancla a tiempo. Supongo."

"Creo que tienes un punto." Dijo Karl, pensando en qué haría si perdiera a la gente que más apreció: Lia, Naruto, Kusa, Lucy, Batou y sus distintos y problemáticos compañeros corredores, a quienes quería como su única familia. Una familia de verdad, y no aquella excusa que tuvo en su pasado. "No obstante, creo que hay algo defectuoso en tu pensamiento. Y es que…"

"¡Chicooooos!" Una niña los aturdió a ambos con su desconsiderado llamamiento. Los dos casi saltan de la cama, olvidando dónde estaban. Desconectaron sus enlaces del puerto de su contraparte por el abrupto movimiento proveniente del susto. Entremedias de los dos jóvenes, que hacía instantes compartían una conversación muy profunda sobre sus sentimientos, ahora estaba una niña rubia muy llamativa. Excepcionalmente llamativa. Fulgurante.

"Liara, te dijimos claramente la última vez que no volvieras a hacer eso." Dijo Karl, sobándose un lado de la cara; ella les había gritado a centímetros de sus orejas.

"Pero es que estaban tan centrados que no quería interrumpirlos." Dijo ella poniendo cara de inocente. "Pero luego vino el inspector." Susurró Liara, medio ocultando su boca como si contara un secreto, señalando a su vez a un hombre que miraba a todos, una tableta holográfica en su mano. Pasaba lista.

"Innecesario era armar tanto escándalo." Naruto se quejó. Él siempre tuvo los sentidos más desarrollados y sensibles que las personas normales, para bien y para mal. Esta vez fue mal.

"Ya. Perdón, cariño." Se disculpó la niña rubia. De cara bonita, pero que eso no te confunda; ella era, sin tener en cuenta las singularidades de Naruto, la corredora con mayor talento del asentamiento subterráneo, la que siempre apuntaban como un ejemplo a seguir sus cuidadores y adiestradores. Naruto agradeció tener a una persona como ella en el equipo; eso le quitaba peso y lo ayudaba a fingir sus especialidades, no teniendo que recurrir, salvo cuando corría peligro la vida de uno de sus compañeros corredores, al poder secreto de golpe-rebote que se activaba al recibir cualquier tipo de daño.

Karl y Naruto se bajaron de la cama compartida como sofá. Karl continuaba molesto, aunque Naruto notó algo muy particular en esa molestia. Liara se le acercó a Naruto y lo raptó llevándolo del brazo, separándolo varios metros de Karl, hasta la hilera de camas paralela.

"¿Te dijo algo de mí, Naru?" Cuestionó Liara.

"Eh… ehm, no." Naruto respondió sin apariencias de ser certero. De fondo vio que Karl permanecía con el ceño fruncido. ¿O se había profundizado? Naruto conocía algunas cosas, deducidas, de los sentimientos de Karl. Naruto no era el único con un aparente enamoramiento.

"¿Le preguntaste siquiera?"

Naruto iba a dar una farsa. Pero se retractó.

"No, no le pregunté. Hablamos de otras cosas, no menos importantes."

"¿Cómo qué?" Los ojos, pálidos como cuarzo sonrosado, brillaron de curiosidad.

"Cosas de chicos." Dijo Naruto, resolutivo. Liara se desinfló; Naruto le había hecho la misma jugada que ella cuando sea él, Karl o Batou preguntaban sobre las charlas entre ella, Kusa, Kiara y Lucy.

"Ah, no sé para qué me molesto." Dijo ella.

"Te prometo que la próxima será, Lia. Lo juro."

"Mmm… Si te pones así. Creo que nunca has roto una promesa." Ella recuperó sus ánimos y cuando se disponía cogerlo del brazo devuelta, un tercero terció su intercambio.

"Naruto." Los dos miraron a la niña albina que se paró a su lado, una Lucy con la cara igual de plana que de costumbre. "Andando, la inmersión ya comienza." Un dedo señalando a su espalda. Como prueba de ello, los otros, incluidos Karl, ya salían de sus aposentos directo a la gran sala donde se hallaba la terminal. Lucy se giró y avanzó como si Naruto hubiera respondido afirmativo de inmediato a su pedido.

Naruto, confundido, quedó plantado en su sitio. Al menos hasta que Lucy de soslayo le dio una mirada atiborrada de una emoción indescriptible. Rápidamente se puso a seguirla, no queriendo contradecirla y ponerse en el cabo opuesto de su querida amiga. Recordaba su ajusticiamiento al conocerla, y cuando ella lo entrenó «a su modo», y no quería pasar por ello.

Liara, que los siguió de atrás, sonreía maléficamente. Aunque ninguno reparó en eso.

Los niños fueron llamados a su sesión diaria de inmersión, al otro lado del Muro Negro, a robar datos que las megacorporaciones de antaño, como las que todavía sobrevivían, habían perdido durante el terrible cataclismo que había sido el DataKrash. Décadas después, se seguían encontrando datos comprometidos, proyectos abandonados y documentaciones que databan las violaciones a los derechos civiles y soberanos de varios países. Lo de siempre en el mundo corporativo. Aquel fue un día de rutina, como cualquier otro.

Naruto y los demás avanzaron por los laberínticos pasillos de datos como quien anda de la cocina al baño de su casa. Eso sí, en todo momento, en todo lugar, tenían un ojo muy abierto por si una IA o un malware atacaba de improviso, rompiendo el hielo conjunto que formulaban como la defensa exterior para el grupillo.

Esta vez caminaban el Gran Pasillo, lugar donde generalmente los expulsaba Arasaka al traspasar el muro; se podía advertir la actividad recurrente de los jóvenes corredores por los caminos secundarios, artificiales, establecidos como atajos o los interminables senderos de minería de datos.

El ciberespacio era un sitio confuso, y no había que encerrarse en las preconcepciones físicas y lógicas del mundo normal. No, para nada. Eso significaría la muerte o, aún peor, la despersonalización. Una simple «pared», más en esa red vetusta y pasada por alto, podía esconder una infinidad de posibilidades y peligros. Podías caminar cinco minutos de traspaso (unidad que a veces usaban los netrunners para comparar el tiempo transcurrido en la Red con el del mundo real) por un corto pasillo hasta salir a una superficie, para mirar atrás y darte cuenta de que tu terminal se encontraba a kilómetros, que no eran kilómetros, de distancia. Todo muy complicado. Todo muy contraintuitivo.

Dentro de uno de esos raros pasadizos a larguísimas distancias, se hallaba un pozo al que Naruto, en solitario, recurría seguidamente; él saltaba, y dejaba a cargo a Lia, a Lucy y a Karl del grupo, para que no se metieran en problemas e hicieran como que trabajaban rigurosamente. Hacer como, simplemente. Porque Naruto ya regresaría con los datos que Arasaka pedía como un mínimo de productividad aceptable.

Y allí estaban, los once avatares de niños menores que trabajaban y cumplían sus sueños de servir a la megacorporación más grande y más poderosa del mundo. Pero nada era como habían esperado, y los once, incluyendo Naruto, temían a la muerte. Y tal temor provoca siempre algo en el interior, en la mente de uno.

"Vas a saltar otra vez, ¿no es así?" Lucy habló. Los demás decidían por qué lado explorarían ese día. Lia creía haber encontrado una fortaleza de datos.

"Alguien se tiene que arriesgar por el grupo. Tomar al toro por las astas. Cuidar de los desamparados." Él sonrió igual de confianzudo que siempre.

"Regresa. El grupo confía demasiado en tus habilidades después de lo que hiciste por Zuma." Había un tinte sombrío en la voz de Lucy, de una herida reciente en los indolentes corredores. Ellos dos ya estaban apartados del grupo, que se dirigía a la siguiente minería pacífica. Casi sin excepciones irían a un sitio desprovisto de peligros, aunque no fuese lo ideal para conseguir lo pedido y requerido por Arasaka.

"Descuida." Naruto le habló, estando frente al pozo en el que no se oteaba un fondo. Permanente la inconfundible mueca zorruna de Naruto. "Lo prometo por mi sangre Uzumaki: volveré."

"Idiota… No mueras." Dijo Lucy, y se volteó para seguir al grupo de corredores. Naruto dilucidó algo como una media sonrisa en los labios fantasmales de Lucy. Quizás se estaba ganando algo mucho más importante que su confianza. Algo que, viniendo de Lucy, ya era invaluable de por sí para Naruto.

Naruto la miró distanciarse, siguiendo a los demás corredores. Naruto la vio perderse tras unos pasillos; se habían acostumbrado a transitar el Muro Negro con bastante parsimonia. Naruto volvió su vista al frente, el pozo de profundidades insondables invitándolo discretamente a que sea engullido, y él aceptó.

El niño bermejo se arrojó, pegando un pequeño saltito al borde para permanecer en el centro del tubo perfecto que servía como portal. Unos cuantos minutos de caída y ya sentía las leyes gravitatorias desvanecerse y recomponerse, aunque no existían allí. Todo era parte de una ilusión para no corromper en demasía las mentes de los netrunners, para no someterlos a lugares tan discrepantes con respecto a la realidad. El centro de gravedad dio cambió de dirección y Naruto giró ágil en el aire, como si acabara de atravesar el mismo centro de la Tierra. Sin embargo, con el impulso ganado en la caída ahora se elevaba a los cielos, saliendo por otra apertura, el cabo opuesto del pozo cilíndrico.

Apoyó los pies grácilmente en ese nuevo mundo, sin pasillos, absolutamente todo siendo una planicie. No se atisbaban estructuras. Ninguna. El pelirrojo cerró los ojos y se centró en su ser. Su avatar, antes el de un niño, creció para mutar al de un joven, un adolescente. Sus facciones seguían siendo algo indefinidas, su cuerpo todavía una masa de luz que emulaba a un humano con sus extremidades y torso. Pero no solo mutó físicamente. La actitud y la profundidad de sus ojos violeta ganaron una fuerza mayor, un golpe al calor de las brasas ardientes con fría resolución, templando al fulgurante niño escarlata que siempre sonreía, pero que ya no.

Caminó. El bermejo anduvo por un tiempo. Atravesando barreras para llegar a un páramo de rocas, ríos sonoros inalcanzables y hojas holográficas centelleantes. Aquello descansaba detrás de una pantalla espejada que repetía su realidad ciberespacial. Y cuando se metió allí, en una roca central, un alma roja y solitaria, como él, lo esperaba.

Al llegar, le mostró cordialidad, amabilidad. Naruto igual.

"¿Qué tal tu día, Sony?" Dijo el joven pelirrojo con simpleza y desenvoltura.

~~o~~

"Agh… ¿Hasta cuándo tendremos que hacer esto?" Dijo una hastiada Aurore, previniendo el avance de Daemons agresivos con una lamparita de luz azul-celeste. Lucy, Lia y Kusa taladraban a través de un túnel de cuadrados divididos por líneas simétricas de neón: habían encontrado otro pozo de información, una antigua fortaleza de datos hundida en el más allá que aparentemente perteneció a alguna empresa. "Y ni siquiera podemos tener algo de diversión. O acompañar a Naruto. ¿Están seguros de que no nos estará vendiendo a un mejor postor a cambio de su libertad?" Karl, Aymeric y Kiara (una niña sino-japonesa) actuaban como defensores, poniendo escudos protectores (ICE), cortafuegos, alrededor del grupo, actualizándolos continuadamente. A Batou, Aurore, Han y Kusov (un niño ruso bastante callado y que todos se olvidaban que existía, exceptuando Naruto, que siempre lo consentía llamándolo por su nombre completo que nadie, absolutamente nadie, rememoraba. Aquel reconocimiento lo reconvirtió en uno de los fieles creyentes del chico pelirrojo, su líder) les tocó alumbrar: ver entre los datos que cortaban y desechaban para anticipar a un posible enemigo escondido en la montaña pixelada de información residual.

"No. Naruto jamás haría tal cosa." Repuso Karl, flagrante su exasperación ante las acusaciones.

"¿Y cómo lo sabes? ¿Es que acaso eres su secretario personal o algo por el estilo?"

"Lo sé. Tan simple como eso."

Aurore puso los ojos en blanco. Karl claramente no discutiría aquel día; solía ser ella, o su hermano, o los miembros ya fallecidos de su grupo, los que ponían en tela de juicio los accionares del niño bermejo. No obstante, cuando se trataba de alguien tan pintoresco y anormalmente amigable, era complejo encontrarle pegas.

"Tampoco nada le asegura que lo tomen de rehén a él." Añadió Liara, segura de que su colega pelirrojo les era fiel y leal. Con movimientos de manos audaces y calculados, taladraba, recababa y descartaba lo obtenido del núcleo corporativo que exploraban. Expoliar datos nunca fue especialmente divertido o trepidante, e igual que Aurore algunas veces deseaba ir con Naruto a explorar lo que había del otro lado de los terrenos a los que Arasaka los mandaba.

"Así es: él es un estúpido que se guía por los valores de nobleza y lealtad. No traicionaría ni a su peor enemigo." Para sorpresa de todos, esta vez fue Lucy la que habló. Callada normalmente, a Aurore le causó curiosidad que la albina saltase en defensa del bermejo (aunque ellos tenían una relación especial que Aurore no terminaba de desencriptar).

"Tú lo conoces desde antes de que llegáramos a parar aquí, a las instalaciones de Hydrotech, ¿cierto? ¿Es así de… intrépido, hablador e imprudente desde siempre?"

Hubo un breve silencio en el que Aurore pensó que cualquier interacción con la niña albina durante la semana moriría allí.

"Sí." Lucy tardó en contestar. Lo hizo rotundo y con mucha acritud, como suele ser característico en sus maneras. Coordinada con Kusa y Lia, perforaban datos de hacía décadas.

"Parece que encontramos a un rival de Biotechnica." Lia dijo, distraída mientras abría y leía y releía un documento a velocidades absurdas (gracias a las ópticas prestadas por Arasaka). "Muy pequeño para que la gente lo recordase. No sacaremos mucho de este sitio."

Lia gesticuló como si bostezara. Miró a un costado, a Lucy. Lucy se percató.

"¿Qué sucede?" Preguntó desganada.

"No has respondido a la pregunta." Dijo sonriente la rubia.

"Claro que lo he hecho. «Sí» es una respuesta bastante clara."

"Oh, vamos, cuéntanos algo más acerca del individuo que cautivó tu corazón." Lucy dio un respingo. Aquello provocó una distracción que casi hace que un torrente de datos los aplastara; por suerte, Karl, Batou y Aymeric estaban atentos, Kusa los asistió.

"Centradas, niñas." Dijo Kusanagi, la más longeva del grupo después de Batou. "Ya podrán discutir fuera sobre el niño de sus sueños en otro momento."

Lucy parecía ruborizada, pero continuó con su trabajo. Lia se mostró entre apenada y abatida.

Como era de esperarse, en aquella región de la antigua red no hubo nada de valor. Solo informes y algunos datos de operaciones de pequeñas empresas que competían por migajas. Muchas de ellas ya ni existían. Aquellos días solían ser silenciosos; no compartían muchos chistes ni hablaban de temas personales hasta salir de los trechos mineros o hasta regresar a su dormitorio compartido. La trágica muerte de Zuma había marcado un paradigma en el modo de actuar en los reinos anárquicos y violentos de la Blackwall. Iban con el temor latente de que, de un segundo a otro, una bestia espectral y pixelada intentara secuestrar a alguno de los suyos.

En el Gran Pasillo, esperaron hasta que Naruto saltó del pozo, elevándose un par de metros por el impulso, aterrizando con la elegancia de un jerarca al nivel del suelo. Divertido, él extendió las manos llenas de fragmentos cuadrados que despedían un resplandor verdoso.

"¿Quién quiere unos documentos ultrasecretos de Petrochem? Son viejos, pero son muy incriminadores." Dijo Naruto. Seguidamente, comenzó a repartir los pedazos entre sus colegas.

"¿De dónde sacas tantos fragmentos, y por qué siempre Petrochem?" Aurore lo cuestionó.

"Serán muy malos ocultando sus rastros del pasado. Vaya uno a saber." Naruto se encogió de hombros. "¿Qué hallaron hoy?"

"Nada relevante." Dijo Lia, sentada en un banquito que nadie recordaba que estuviera ahí; otra vez había modificado su entorno, pese a la insistencia de Naruto de que tratara de no llamar la atención. "¿Estableciste algún contacto? ¿Sabes de nuestra ubicación?"

"Es claro que estamos en alguna parte del planeta tierra. Pero el territorio es vasto." Dijo Naruto. "Y no, no he tenido suerte aún; aparentemente NetWatch vigila muy bien su particular mascota."

Los once niños volvieron hacia la gran pared que delimitaba lo antiguo de lo nuevo, lo destartalado de lo controlado. Una humanidad, y una marabunta de consciencias deshumanizadas. Despertaron en la terminal. El pilar gigantesco, negro, con una infinidad de conectores en su cuerpo, cableríos conectándolo a las cabezas de los infantes. Abrieron los ojos casi que al unísono. Rápido, los cuidadores se preocuparon por desenchufar los cables y quitar la conexión a la terminal. Sin embargo, algo no cuadraba del todo, y fue Naruto quien atendió a esta rareza el primero, seguido de Lucy.

El administrador del proyecto, François, y el comandante y el subcomandante de las fuerzas de seguridad del pequeño batallón de Arasaka que Naruto sabía que los vigilaba en la superficie (aunque muy pocos de sus soldados se relacionaban con ellos: los experimentos) los esperaban fuera. Pero más que la presencia de estos sujetos, lo que turbó los pensamientos del Uzumaki fue la aparición de un trajeado, un ejecutivo de la empresa. Y no uno cualquiera, sino que probablemente uno de los que Naruto más aborrecía sin siquiera conocerlo en demasía.

El padre de Lucy, Takeshi Kushinada, se paraba no muy alejado del grupo de niños corredores, conversando con una sonrisa amena con los superiores. Moreno. Ojos mercurio. Traje azul, profundo. No cabían dudas. Naruto mandó un mensaje a Lucy cruzando miradas con ella. Al instante, ella lo captó, demasiado aguda como para no hacerlo. «Ten cuidado, esto es extraño», fue la conclusión mutua a la que el bermejo y la albina, bajándose de las sillas de netrunning, llegaron.

Fuera de lo rutinario, les hicieron acomodarse en filas, formando uno al lado del otro. Naruto se posicionó estratégicamente entre Karl y Lucy. Naruto no comprendía a qué se debía esta visita sorpresa, pero si ocurría algo, los quería tener arrimados a él. Sobre todas las cosas a Lucy la quería salvaguardada.

Una vez formados, inmediatamente Takeshi se irguió en mitad de la sala, mirándolos a los ojos, uno por uno. El violeta chocó contra el mercurio, uno con gélida indiferencia y el otro con una diversión incomodadora e indetectable para la mayoría. Se escrutaron entre sí. Naruto notó lo intimidados que andaban algunos de sus compañeros; no fue para menos. Takeshi, lo conocieras o no, daba el aspecto de ser alguien importante, de ser alguien que podría hacerte mucho mal en la vida. Así lo hizo con su única hija.

"Bueno, antes que nada, me gustaría presentarme a ustedes, jóvenes netrunners." Inició su discurso el ejecutivo. "Mi nombre es Takeshi, ejecutivo de esta increíble compañía, Arasaka, desde hace más de cincuenta años (o talvez sesenta, ya casi ni lo recuerdo)." Buscó un toque de humor allí, pero la tensión, en cuanto a los niños, era demasiada como para reír. El administrador y los militares que lo escoltaban hicieron el papel de público receptor de su broma: rieron, tímidos.

'Omitió su nombre completo.' Pensó Naruto.

Contento, Takeshi siguió: "Pero, en cualquier caso, mi persona es reconocida no por la cantidad de tiempo que llevo calentando un asiento, sino porque participé y fui un soldado ilustre en los tiempos de guerra, contra Militech, nuestro conocidísimo archienemigo. No quiero darles importunarlos con el relato del extenso conflicto que aún persiste en la actualidad, pero me forjé grandes honores que me terminaron otorgando el puesto tan estimado que hoy conservo. Y no lo digo con ánimos soberbios, para dejar en claro quién o qué soy y qué puedo y qué no puedo hacer."

Devuelta, un cruce de miradas entre Takeshi y Naruto. El mensaje fue directo.

"Siempre me ha apasionado el mundo del netrunning: son la piedra angular de esta corporación, ténganlo bien en cuenta. Desde que tengo memoria he sido fanático de las grandes leyendas de las que seguro habrán escuchado y en las que se habrán inspirado: ya sea la honorable Hanako-sama o el infame Rache Bartmoss; quién sabe si alguno de ustedes también se ha escuchado hablar de gente como Falcone." A Naruto le sonó conocido aquel nombre, pero no estaba seguro de dónde. "Guardo una gran admiración por los netrunners, y me encanta animarlos y probar como conocer a los que son realmente capaces. Y qué mejor que traerle una prueba secreta al grupo selecto por Arasaka para continuar con la larga nómina de sujetos estelares que supieron marcar su huella en el mundo del netrunning."

Takeshi hurgó en el interior de su chaqueta, sacando un pequeño chip, encastrable en puertos. Naruto se olió la trampa, pero procuró permanecer impávido y concentrado en el discurso de la serpiente de vista mercúrica.

"¿Alguien puede decirme qué es lo que sostengo aquí?" Dijo Takeshi, exhibiendo el pincho que no desentonaba en nada con los comunes que se podían hallar en cualquier parte, de no ser porque éste se encontraba finamente decorado con filamentos dorados. Oro puro. No se trataba de un pincho de créditos, o de alguna porquería sacada de un mercadillo.

Hubo un susurro silencioso: era el ambiente. Nadie se animaba a alzar la mano, a pesar de que los niños conocían la franca respuesta. Cuando Naruto se disponía a ello, alguien se le adelantó. Una niña rubia, sonriente y risueña, levantó su mano.

"Es un pincho encriptado de información, ¿no?" Dijo Lia. "Pero no uno normal sino uno de los que usan los corporativos para guardar los datos delicados sobre sus corporaciones. Aunque generalmente almacenan lo importante en el cerebro del empleado, para los agentes de menor rango, se entregan esos chips. También sirven para guardar enormes cantidades de dinero, creo."

Takeshi la examinó con ojo escrutador. Le sonrió a la niña rubia, cohibiéndola.

"Excelente, señorita Van der Laan." Dijo Takeshi, y la sonrisa tonta de la rubia creció una onza, si es que fue posible.

Lia sin dudas inflaría el pecho más tarde, siendo llamada «señorita» por uno de los jefes, cabría de esperárselo. Pero desconocía con quién estaba tratando. Takeshi la quería en ese punto.

"Esto suele tratarse de un chip de encriptado bastante complejo, pero no es el caso hoy." Advirtió Takeshi. "Esto es una cosa más especial que en los laboratorios de Arasaka se lleva desarrollando en secretismo desde hace un tiempo. Pero, para que lo descubran, uno de ustedes tendrá que ser mi sujeto de prueba para saber si es o no tan rentable y seguro el experimento." Takeshi deslizó la vista del primer al último joven corredor.

Naruto esperó que preguntara por voluntarios. En ese caso, quizá tendría que actuar y…

"Preguntaría por voluntarios. No obstante, hay quienes podrían arruinar la sorpresa y el suspense demasiado rápido." Los ojos mercurio se posaron en Liara, quien rio por lo bajo, casi avergonzada de tanto ser halagada.

'No le creas en nada de lo que te dice.' Pensó Naruto, sintiéndose mal por su amiga que caía tan fácil y redonda en la persuasiva afabilidad del ejecutivo de Arasaka más detestable (más detestable desde la perspectiva de Naruto, claro está).

"Por eso…" Takeshi, esta vez sin ningún género de dudas, avistó a Naruto de pies a cabezas, estudiándolo, cual depredador que se acerca a una cándida e inconsciente presa. "Naruto-kun, ¿nos haces los honores?"

El bermejo hesitó entre hacerle caso o no. Sin embargo, cuando Takeshi se enfocó de reojo en Lucy, las piernas de Naruto actuaron de un modo casi automático, llevándolo a estar frente a frente al hombre que abandonó a su hija y mató a su esposa, la madre de Lucy.

Temblaría. Si esto le hubiere pasado hace unos tres o cuatro años, temblaría por verse superado por la situación. Ahora, ya estaba algo templado, algo experimentado en la tediosa y peligrosísima área del netrunning. Ya había visto compañeros caer. Ya había visto a amigos agonizando, muriendo. Con sus propios ojos.

Sin decir palabra, y con una gesticulación amigable (que a Naruto se le asemejaba al disfrute macabro del mismísimo demonio), Takeshi le tendió la mano con el pincho en la palma. Dubitativo, el pelirrojo continúo vacilando, procurando parecer tranquilo y decidido. Fallaba gravemente. La incertidumbre corría por sus venas, llegaba a su cabeza en forma de interrogantes: ¿Qué había en esa cosa? Porque un simple pincho no podía ser, al menos que Takeshi y su forma de torturar hubiese evolucionado a algo tortuosamente simbólico. ¿Qué pretendía demostrar él con esto? ¿Por qué exactamente él tenía que ser el elegido para su estúpida prueba? ¿Acaso era sabedor de su relación tan particular con su hija? En ese caso, ¿quería matarlo, o advertirlo?

Naruto tragó saliva, el pincho entre los dedos de la mano diestra. No despedía aires de ser algo inofensivo, y parecía que dentro de esa cosa estaba sellada la misma muerte en persona. Aunque fuera solo un chip, cientos de cosas podrían ocasionar la conexión de uno con el puerto de una persona. Un rastreador, un virus, un programa que comiera datos y los reinstalara luego en una computadora subalterna. Tantas malas sensaciones causaba el hombre delante de él. Pero otra alternativa no poseía. Él era el superior, el ejecutivo, y Naruto sencillamente un peón descartable, un niño en proceso de convertirse en algo útil, todavía desechable si es que no era capaz de acatar simples órdenes. A espaldas de Takeshi, los soldados y el administrador aparentaban estar casi tan confundidos como Naruto.

El pelirrojo asintió, y, lentamente, se llevó la pequeña cosa a la parte posterior de su oreja, en su cuello. Encastró la pieza y esperó lo peor: un dolor insoportable, que lo hiciera desear morir, y quizá una posterior muerte en plena agonía, vomitando su sangre caliente tras que un fallo multiorgánico se diera por una potente descarga eléctrica, un sobrecalentamiento de su córtex y su tálamo. Pero nada de eso pasó. Cuando se conectó el pincho, un permiso le salió en la esquina de su visión. Naruto aceptó. El menú clásico de una desencriptación, semitransparente, le cubrió la visión, ocultando la mueca de Takeshi para él. No resultaba ser el mismo menú de siempre, pues aparentaba una complejidad bastante superior (mayor cantidad de teclas y combinaciones). Y allí llegó el dilema de Naruto. ¿Lo desencriptaba, o no? Tranquilamente podía sacárselo y devolvérselo a Takeshi con la excusa de que era incapaz de descifrarlo, pero, entonces…

"Si tienes complicaciones, siempre podremos probar con alguno de tus amigos…" Dijo Takeshi en un susurro, solo para que Naruto lo oyera. Naruto abrió los ojos, su corazón latió fuertemente y su respiración perdió el ritmo calmo.

Y Naruto no necesitó verle la cara para deducir el cariz maquiavélico que seguramente había pintado la faz del ejecutivo. Otra vez, Naruto se confió en demasía y un trajeado le había tomado ventaja. Y en estos momentos descreía que saliera indemne como la última vez. Después de todo, Hellman era un ángel absolutamente misericorde en comparación con Takeshi.

"Lo intentaré." Dijo Naruto en voz baja, para asegurarse de que no llamara a Lia, a Karl o, aún peor, a Lucy. Naruto jamás se perdonaría si este hombre le volvía a poner las manos encimas, sea literal o figurativamente, a Lucy, mucho menos si le provocaba cualquier clase de daño físico o psíquico.

Entre la interfaz de hackeo, Takeshi hizo un gesto con la cabeza como diciéndole: «Adelante, inténtalo; yo dispongo de todo el tiempo y la entereza del mundo». Debajo de sus labios comprimidos y rectos y su cara inexpresiva, Naruto apretó los dientes. Suspiró por la nariz. Y, finalmente, comenzó a desentrañar la añagaza de Takeshi.

Al comienzo, se mostró el típico menú de los hackeos: códigos transversales que a enormes velocidades debían de ser completados, sino la seguridad del dispositivo, pincho o ciberware en cuestión se reafirmaría, saltando un aviso. No obstante, el bermejo no se esperó la aparición de un tablero alfanumérico en una esquina inferior. Requería de un código de acceso alternativo que, muy probablemente, se sacaría de alguna especie de combinación de las letras y números que se extraían del clásico modelo transversal. Y Naruto comprendió la trampa: una vez comenzado el proceso, no podías simplemente retroceder y empezar nuevamente, esta vez teniendo en cuenta las combinaciones elegidas, porque si lo hacías fallarías y saltaría la alarma, fracasando de manera crítica con una argucia de menor grado. Un engaño simple pero funcional, casi para cualquiera. Casi. A Naruto le habían contagiado la manía de anotar en un panel aparte, o de memorizar, todos los procesos dados en el hackeo. Una advertencia de Lucy que se había acostumbrado a lo laborioso de manejar vetustas máquinas con décadas de antigüedad, que solían dar más fallos que soluciones, repitiendo procesos innumerable cantidad de veces. Naruto tuvo que agradecerle de corazón, sin dudas luego se lo haría saber lo mucho que le estaba en deuda. Entonces, ya sabiendo la trampa, el pelirrojo revisó lo antes tomado en la combinación transversal y, en orden de primero a último, colocó los números y letras en el pequeño teclado alfanumérico que se presentó a mitad de la operación de hackeo. Una vez ya sabido lo previo, a Naruto no se le hizo cuesta arriba el hackeo, pasando a ser algo consuetudinario. La señal verde fue dada. Completó el hackeo exitosamente.

Cuando Naruto terminó de desencriptar el chip, poniendo las últimas líneas de códigos transversales de complejidad poco común, sorprendentemente un mensaje que no esperaba brilló en su retícula: «¡Felicidades, tú eres verdaderamente especial! ¡Serás un miembro ilustre de Arasaka algún día!».

Naruto cerró el mensaje y apagó la interfaz de hackeo.

"Aplaudan al Uzumaki, ¡resulta ser un genio!" Exclamó Takeshi, comenzando a aplaudir, completamente en soledad. Luego, se le unieron un administrador y unos soldados incomodados y extrañados. Más tarde los cuidadores, los adiestradores y los compañeros de Naruto siguieron la chocante corriente de los hechos; Naruto miró detrás y vio a los diez niños glorificando su nimio esfuerzo con palmadas suaves y algunas más fuertes (las de Batou y Liara); Lia incluso le silbó, metiéndose los dedos a la boca, alegre de que él pudiera pasar este test de competencia, Kusanagi guiñándole un ojo y Batou lanzándole pulgares hacia arriba. Karl le aplaudió efusivo, sonriente. Una media sonrisa de Lucy le valió para contentarse al Uzumaki, diciéndose que el riesgo dio sus frutos.

Pensando que lo que vivía pertenecía a una rarísima fantasía ególatra de sus sueños, Naruto volteó de nuevo hacia Takeshi. Éste le extendió la mano, esta vez como un pedido.

"¿Me devuelves mi pequeño experimento, Naruto-kun? Tendremos que hacerle algunos ajustes. O es que eres verdaderamente listo." Cercioró el ufano ejecutivo.

El pelirrojo acató el pedido, quitándose con extrañas emociones, y malos presentimientos, el pincho de su puerto. Se lo entregó en manos a Takeshi. Sin embargo, en el contacto, el de ojos mercuriales, lo asió con fuerza de la extremidad, mirándolo fríamente a la par de violetas que no entendían nada de lo que sucedía. El bermejo perdió contacto con la realidad, quizás por ultimísima ocasión.

"Amo a los corredores. Son tan únicos. Tan especiales. Tan mentirosos y sorpresivamente crédulos."

Fue lo último que escuchó Naruto por parte de Takeshi antes de que la totalidad de sus sentidos se entumecieran, cubiertos por una capa muy reconocible y muy detestable, recordable de sus días menos agraciados, un manto de lo que nunca sería capaz, ni por asomo, de olvidar y superar. Dolor. Naruto sintió y, si es que el quejido desaforado que aunó en sus pulmones se expulsó como es debido, como él pensó que lo hizo, gritó de dolor. Aulló como un animal al que le acababan de perforar con una ardiente flecha o arrancar una extremidad. Lágrimas no se hicieron esperar. La sangre manó antes.

Alguien apretó los puños.

Los futuros netrunners quedaron inmóviles, en shock. Los efectivos de las instalaciones trataron de asistir al niño que había caído al suelo, retorciéndose y apretándose las sienes con ambas manos, pero Takeshi los despidió con un ademán despectivo, déspota. Las facciones del ejecutivo pasaron a ser las de un hombre mortalmente calculador y efectivo, un soldado perfecto entrenado para la consecución de logros específicos, como la de hacer hablar a prisioneros de guerra, la de torturar durante horas o incluso días a pobres prisioneros, tendiéndoles trampas mentales. O la de convertir a meros niños en máquinas de matar o en pequeños kamikazes con chalecos bomba. Sea cual sea su oficio, estaba claro que él se decantaba por lo inhumano, no viendo otra cosa que sus beneficios y su ascenso en las cúpulas corporativas.

Ojos mercurio disfrutaban placer en silencio, mientras oía el devenir del joven e imberbe Uzumaki. Su traje azulado, remitiendo al oscuro océano, nunca sería tan apesadumbrado como su lunática mente. La mandíbula tallada, prominente la formación pentagonal de ciberware, ahora deformada por una mueca de funesta diversión. Takeshi dio unos cuantos pasos, rodeando en círculos al caído en desgracia. (Takeshi atisbó el horror en los ojos de su hija, y resistió el impulso feroz de relamerse los labios cual bestia sanguinaria cuyo singular alimento es el sufrimiento ajeno.) Se quedó quieto un momento; se agachó junto a la forma caída de Naruto.

"Son unos pequeños demonios desarrollados por el mismísimo Rache Bartmoss, configuradas para aniquilar tu pequeña mente y no para infectar como las originalmente creadas por él." Dijo, la tonalidad de su voz perdiendo cualquier aspecto ameno, familiar o siquiera humano, reemplazado por un semblante verídicamente gélido y a la vez placentero. Hablaba un enviado del tártaro. "Están diseñados para consumir, destruir y corromper. Pero tranquilo: se trata de una pequeña legión que simplemente podría acabar con un grupo de netrunners de élite, lo que es un juego de niños para ti, entiendo." Rio amargamente. "Los hemos descubierto, a ti y tu patrocinador, querido Naruto. Deberías de haber muerto casi al instante, otra vez. ¿Invencible a los neurovirus de más alto nivel, eh? ¿Derrotaste a aquella vieja artimaña de los soviéticos sin despeinarte un pelo? Déjame decirte que tales hazañas han de ser atendidas por la mismísima mano del emperador, y no por un idiota incompetente, traicionero como tu extutor."

Con una fuerza de voluntad que no mermaba ni ante el aplaste colosal de una deidad creadora o destructora, Naruto, temblequeando, giró la cabeza apenas, de reojo miró a Takeshi, y le escupió en la bota, manchándola con mezcolanza de saliva densa y sangre, bastante sangre.

"Aaaah." Aulló Naruto. Otra descarga se generó en el interior del bermejo, como un acto de karma instantáneo, haciéndole retorcerse miserablemente.

Los dientes castañetearon.

A Takeshi lo dejó perplejo que, inclusive en su desfavorable y horrenda situación, el obstinado y desfachatado niño sonsacara fuerzas para faltarle al respeto y desafiarlo con la ferocidad que lo caracterizaba. (Cosas no dignas de un zorro, pues, como animales astutos, uno de esos ya habría agachado la cabeza y admitido la derrota.) Takeshi se desquitó pateando en el estómago al Uzumaki, aunque probablemente no lo sintiera en estos momentos; los nervios del chico tal vez se estuvieran derritiendo, y puede que no tanto en un sentido figurado.

Asimismo, en reprimenda, Takeshi se paró pisando la cabeza del chico pelirrojo, apartándole con una desproporcionada patada sus débiles manos que pretendían protegerse a toda costa. Takeshi presionó el cráneo del niño contra el suelo metálico; el niño vociferando su sufrimiento, incapaz de no hacerlo, gritando a todo pulmón, siendo testigo de primera mano del auténtico poder de un netrunner, y las creaciones de éste. Literalmente sentía como si lo hubieran hundido en un estanque repleto de ácidos, sus nervios recibiendo tanto pero tanto dolor que era imposible de explicar, algo sencillamente inenarrable.

"Vean. Vean y aprendan lo que pasa con aquellos que no respetan a sus amos. Los que muerden la dadivosa mano de Arasaka, como perros rabiosos e imbéciles." Dijo Takeshi abriendo los brazos a su público integrado por las fuerzas de seguridad y los encargados de los niños, detrás de él estos mismos. "Anders Hellman es un traidor. Ha pactado en secreto con los rivales de Arasaka. Pero eso no es todo. También ha ocultado información sobre este niño: claramente alguien pseudo-inmortal en cuanto a términos de netrunning se refiere. Solo mírenlo. Debería estar muerto hace minutos, pero aún se sostiene, testarudo, puede que pendiendo de finísimos hilos, a la vida. En un monstruo. Una anomalía de la naturaleza que debiera ser investigada y no puesta bajo una pobrísima vigilancia en un laboratorio perdido y poco redituable." Takeshi pisó más cruelmente al Uzumaki. Los gritos ya sonaban afónicos, las lágrimas corrían en una cascada discontinua. Reverberaban en un eco sordo los pedidos de auxilio ininteligibles, todos aturdidos en su silencio.

Todos menos alguien.

Finalmente, nacido de una pasión, algo se rompió.

"A partir de este momento este lugar pasa a estar bajo mi administración. Me haré responsable hasta que Hellman responda por sus indiscreciones. Hasta nuevo aviso queda-aghh…"

Takeshi fue atacado repentinamente por un electrochoque a sus neurotransmisores, perdiendo el equilibrio y dando dos grandes zancadas para adelante, donde devuelta fue golpeado, esta vez cayendo lamentablemente al suelo, su cibernética ardiendo. El moreno trajeado veloz ojeó a cada uno de los administradores y soldados de la zona en busca del heroico culpable, un netrunner. Sin embargo, notó que estos contemplaban a alguien o algo detrás de él, los de la seguridad apuntando sus rifles con caras estupefactas. Takeshi hizo lo mismo, no creyendo que alguno de los niños fuera capaz.

Al principio él pensó que era una alucinación, pero fue innegable que esto se trataba de la realidad. Allí, acurrucando a un Naruto lloroso, tembloroso y a medio camino de la inconsciencia, Lucyna Kushinada protegía aquello que apreciaba o admiraba, lo abrazaba como si el fin del mundo los rodeara, arrodillada junto a él. Ella le preguntaba en susurros si estaba bien, y el Uzumaki, como podía, asentía, recuperándose levemente por la sorpresa que él también sentía por ser ayudado por quien lo hacía. Cuando ella se aseguró de que Naruto se hallaba bien, lo dejó descansar a tientas contra el suelo, entretanto dirigía la mayor mirada de rabia que jamás en su vida había enviado. Ni siquiera el patriarca Piotr podría haberle causado tal cólera a la pequeña niña albina.

Takeshi, tirado, no mucho antes en una posición totalmente dominante cual tirano ejecutando a la plebe rebelde, fue el responsable de ese irrefrenable odio, fue disminuido de esta deplorable forma por el amor de una niñita por el soberbio ser carmesí, discípulo de quien le había arruinado, que se vanagloriaba en la fruición de poder amar a quienes Takeshi nunca amó, de poder abrazar a quienes Takeshi nunca abrazó, de poder alcanzar la máxima gloria dentro de la corporación en donde Takeshi dio lo que tenía y mucho más, pero, sin embargo, lo hizo en vano, pues nunca llegó a donde él creía que se merecía estar.

"Lucyna." Dijo Takeshi en apenas un murmullo, en cara corriendo gotas de sudor, provenientes algunas de su revuelto cabello azabache, bien peinado antes del asalto de su propia primogénita. Al moreno no le faltaban pruebas para saber la relación que llevaba su hija con el niño carmesí. En los ojos malva de ella ni un ápice de miedo hacia él, al contrario, solamente se encontraban una tremenda valentía y pasión y una diafanidad exorbitante de lo que debía de hacer, planeando su pronto movimiento si es que todo ese cuartel de hombres armados que los rodeaban se abalanzaba contra el par de corredores, indefensos y solitarios. Los demás corredores, impactados, continuaron mirando en fila, quietos, estáticos.

'Tu-tus ojos… tus ojos, niña, mi hija, son igual a los de tu madre. Ni si quiera lo sabes… y aun así me miras igual que Shimmer lo hacía aquel día.'

~~o~~

Naruto pasó inconsciente la mayoría del tiempo en la semana siguiente al incidente, los médicos simplemente diciendo que el chico se recuperaba él solo con una alarmante celeridad. En su cama, fue atendido y revisado por estos médicos de la empresa; un silencio sepulcral en la habitación, durante y después de la visita de los médicos. Lucyna siempre permaneciendo a un lado de él, aguardando a su despertar que, según los diagnósticos positivos que Naruto daba, no sería en demasiado tiempo. De cuando en cuando, abría los ojos para volver a cerrarlos.

Los cuatro días posteriores a la tortura que sufrió uno de sus integrantes, su especie de líder espiritual, se detuvieron las inmersiones para el grupo de jóvenes corredores. Las conversaciones, las risas y, en general, el buen humor de las instalaciones feneció, desapareció. Reemplazado se hallaba por una suerte de calma antecesora de una terrible y gran tormenta. Meditabundos, los niños reemprendieron las inmersiones al quinto despertar, llamados por los superiores como si de lo ocurrido no se mantuvieran ni los recuerdos, frescos y recientes. Imborrables.

Los diez niños corredores acudían, en un movimiento casi mecánicamente programado, a la cama de Naruto, donde Lucy casi siempre estaba sentada a un costado, en una silla plegable no muy cómoda, para preguntar por el estado del bermejo. Ella replicaba con la sequedad que bien conocían, quizás ahora más brusca que previo al hecho. Era tal el ambiente, que hasta la elocuente y sonriente Liara parecía sumergida en un mar de aflicción y desengaño. Si existió un nimio deseo escapista en los niños de Arasaka con anterioridad, ahora se confirmó como un hecho al que no podían evadirse. Era rebelarse o morir. Un mensaje muy claro el del ejecutivo Takeshi. Y si morían, no lo harían gloriosamente, ni mucho menos por razones que a ellos le competieran. Serían la carnada de una venidera misión, la ratilla de laboratorio de algún departamento de la empresa dedicado a los avances científicos o se transformarían en indolentes máquinas de traumar y destrozar, tal como Takeshi mostró en su verdadera faz. Porque de eso se trataba el mundo de los corporativos: asesinar, embaucar y aplastar, delegando las primeras dos una vez se aplasta lo suficiente.

Cualquier ilusión de pertenecer a las ramas de élite de la megacorporación más grande, poderosa y adinerada, pasaron a ser eso, meras ilusiones. Los ánimos y los sueños se esfumaron en la mente de Lucyna y los demás aspirantes a netrunners. Y ella se encontraba varada, perdida. Sola y descarriada, más que nunca. Por eso necesitaba imperiosamente que Naruto sobreviviera, o al menos que le dijera en su lecho de muerte qué hacer, cómo proceder cuando las metas son, en definitiva, inalcanzables. ¿Tenía que escapar? Lucy… Lucyna no lo sabía (ya ni siquiera sabía cómo llamarse a sí misma, usando el apelativo cariñoso que Naruto había contagiado a todos los demás, incluso a ella).

Al sexto día, gracias a que Karl y Batou se retrasaron a posta en su hora de ir al baño para escuchar a escondidas a los soldados, se enteraron de que habían arrestado a un alto cargo de la corporación. Ni hizo falta conocer el nombre para, a través de lo expresado por Takeshi, deducir de quién cuchicheaban. Anders Hellman, fue él el que ocultó los aspectos excepcionales de Naruto, quien lo protegió ávida e inteligentemente, ya sea por conveniencia o por humanidad. Eso solo complicaba las cosas, volviéndolas muchísimo peor, si es que se podía. Naruto ya no contaba con su protector en las altas cúpulas de la empresa, y ya comprendían que sus habilidades, inexploradas y hasta entonces desconocidas, debían de comprenderse. ¿Qué le harían a Naruto? ¿Qué le harían a ella? ¿Qué pasaría con el proyecto, con el adiestramiento de corredores que, en realidad, era una excusa para mandar a pequeños niños soldados a excavar datos en las profundidades abandonadas de la Red?

Era muy tarde. Ya todos dormían, excepto ella. Los pitidos continuos de las máquinas que de manera provisional se habían colocado a los costados de la cama de Naruto, un recordatorio amargo, una alarma que no dejaba de sonar, deteniendo cualquier sensación de sueño que tuviese. En estos días, ella caía rendida en los brazos de Morfeo por puro cansancio y agotamiento de su psiquis, muy alarmada y estresada por la situación. Revisó el rostro impasible de Naruto, su pecho subiendo y bajando; su cabello carmesí más rebelde y enmarañado, si cabía la posibilidad. Con las rodillas apoyadas en su pecho, los brazos rodeando sus piernas, ella esperó. A que Naruto despertara, o a caer inconsciente.

Todavía no lo creía. Todavía no concebía que ella, por fin, había salvado a alguien y no al contrario, como venía acostumbrando. No fue tonta. Aquella vez que le hizo respiración boca a boca a Naruto, aparte de ser un recuerdo que quería desterrar de su memoria, no había servido de nada, efectuado ese acto por la absoluta desesperación. El entendimiento de que lo perdería todo. Todo.

Un quejido. Un rumor somnoliento despertó a Lucyna y la llevó a girarse a su derecha. Unos ojos amatistas, aturdidos y un tanto sorprendidos. Se miraron. Automáticamente, a ella le salió suspirar, aliviada. Se bajó de su cama y se paró a un costado de un Naruto recién despertado. No volvió a cerrar los ojos, como las anteriores ocasiones. Permaneció consciente.

"¿Cuánto fue esta vez?" El niño bermejo, quitándose el sueño, tallándose los ojos, quiso saber. Lucy vio con malos ojos cómo él quiso sacarse las microsondas y los conectores cibernéticos. Él, viéndola, exhaló desganado de un debate y se rindió, no queriendo preocuparla.

"Una semana" Dijo ella lacónica. Él la observó, la estudió. De repente, Lucyna se empequeñeció. ¿Por qué la miraba así? ¿Recordaba lo que ella hizo por él, la manera en que sacrificó todo por él, tal como él cuando la madre vírica tomó posesión de su cabeza?

"¿Qué ocurrió? Me acuerdo que Takeshi me tendió una trampa y que tú me ayudaste, pero…" Naruto dijo. "Desde ahí se me vuelve engorroso lo acontecido."

Después de que Takeshi se retirara, operaron a Naruto, retirándole el ciberware infectado e inutilizable. Los demonios de Bartmoss reconfigurados, le habían quemado buena parte de los componentes, incluso los vitalmente indispensables, y eso quería decir que era un milagro enorme que continuara con vida. Habría que ver luego si sin repercusiones muy graves. Ella se lo dijo. Él ni aparentó perturbación o sorpresa. Sin dudas, Naruto volvió.

Él sonrió. Se rascó la nuca. Luego, un brillo de seriedad se recobró en sus perlas amatistas.

"¿Por qué?" Musitó el pelirrojo.

"¿Eh?" Lucyna no lo oyó muy bien, arrimándose a la cama de él.

"¿Por qué lo hiciste, Lucy?" Dijo. "Me protegiste. Tú… tomaste un riesgo que no debías, arriesgaste tu vida y tus metas solo para detener mi humillación, sabiendo perfectamente que Takeshi no podía matarme."

"Pero él…" Intentó excusarse.

"No puede hacerlo. Aunque Hellman sea un doble agente de la mismísima NUSA, Takeshi jamás me podría haber matado, no después de advertir mis invulnerabilidades. Y no te tomes esto como una devolución de favores; porque tú nunca me debiste nada. Lo que hago, o hice, lo hago por las razones que ya te expliqué en su momento, y encantado te salvaría la vida una y otra vez, pese a que te hubieses quedado al margen en esto." Naruto se quedó pensando con el ceño fruncido (¿se preocupaba tanto por ella, por el mero hecho de que fueran iguales?). Ella no supo qué decir. Él exhaló, calmándose, por fin, tras varios y tensos segundos de meditación. "En cualquier caso, muchísimas gracias, Luce. Lo aprecio. Te aprecio. De verdad."

Ella abrió la boca, como queriendo decir algo. Después la cerró.

"De nada." Dijo, ruborizada.

Se quedaron en silencio. Los demás corredores dormían plácidamente, esperando a un mañana incierto. Lucyna no se acomodó de nuevo en su cama. En cambio, se mantuvo expectante al lado de Naruto. Él la miró curioso, cruzando miradas. Los ojos lavandas se perdieron avergonzados en sus propios pies, pero el bermejo captó el mensaje.

"Sube." Le dijo, echando las sábanas hacia abajo. Naruto palmeó a el colchón, un espacio reservado para ella.

Lucyna vaciló, mirando a las otras camas, para saber si alguien más estaba despierto a esas horas. Por suerte, parecían los únicos insomnes allí. Se subió a la cama. Y se acomodó dándole la espalda a Naruto, él sentado con las piernas cruzadas. Sentada sobre sus talones, Lucyna tomó los mechones traseros de su cabello níveo y lacio con sus propias manos, despejando la zona y dejando a la vista su puerto neuronal, así como el puerto de inmersión profunda que se conectaba directamente con su lóbulo occipital. Ella escuchó el desenvaine del cable del enlace personal de Naruto, para acto seguido percibir cómo él, con lentitud y cuidado, se lo conectaba a su puerto, haciendo un «clic» sonoro solo para ambos. A Lucyna le cosquilleó el aliento del Uzumaki en su nuca, dándole una especie de escalofríos, mientras notaba que su mundo comenzaba a desdoblarse. Lo blanco de la sala comenzó a partirse, a dividirse en dos colores muy difusos pero visibles. Blanco astral y negro espacial. Condimentados con las perlas luminiscentes de estrellas inabarcables, intocables.

Y estaban allí. Allí donde el blanco espectral de un satélite refleja los insidiosos rayos del sol, allí donde los hombres ilusos soñaron alguna vez con viajar. Los hombres pasaron a ser niños.

Naruto se desconectó de su puerto, y ella se irguió y lo miró a las cuencas amatistas. Él, como siempre que iban a la luna, le tendió la mano y la guio. Ella se dejó hacer. A la Lucyna de hace no mucho le habría provocado náuseas el verse tan sumisa y afín al taimado Uzumaki.

Fueron al mismo lugar que solían ocupar, en aquel sitio que Naruto se esforzó en memorizar y replicar en esta realidad alterna, simulada dentro de sus mentes interconectadas. Se sentaron en el borde del cráter lunar donde hablaron sin tapujos ni prejuicios por vez primera.

Sonriente, Naruto meció sus piernas, admirando al planeta Tierra en su terrible magnitud. A Lucyna ya ni le extrañaba su comportamiento displicente y despreocupado ante su propia muerte; para Naruto todo, menos la gente que apreciaba y se le asemejaba, parecía un juego.

"¿Por qué me salvaste? Quiero la verdad." Dijo Naruto, con un toque sombrío en su faz y voz. Muchísimo más serio que de costumbre.

Lucyna no comprendió, captando en los ojos violáceos de su amigo las insanas ganas de conocer un secreto. Algo reservado para los más sabios, los más cercanos.

"Yo lo hice porque era lo correcto. Porque eres en quien más confían los otros, el que ha dado la idea de huir. Eres el imán que atrae a nuestro extraño y pintoresco grupo." Ella excusó su accionar, de un modo no tan resolutivo. Naruto se dio cuenta al instante, ella lo supo. Ni leerse las mentes les hacía falta a ellos para pensar lo que le pasaba por la cabeza al otro.

"Hay algo, otra razón. Puedo percibirlo. No sé cómo, pero puedo." Naruto dijo. "Dímelo, por favor."

Lucyna creía haber zanjado el asunto con sus débiles e improvisados porqués. Pero Naruto no aceptaría respuestas espontáneas no nacidas de un sentimiento veraz. Ciertamente no hizo lo que hizo solo por esas vacuas pero no menos importantes razones. Había un algo fundamental que se venía cosiendo en sus adentros desde hacía rato. Un cariño. Un verdadero sentimiento de pertenencia y agradabilidad. Dirigidos a su compañero de cabellera carmesí, quien muy hábil era para ganarse los corazones de los que lo rodeaban; Lucy lo comprobó definitivamente cuando Naruto se transformó en el miembro indispensable del grupo de netrunners, haciéndose con la confianza de cada uno, siendo comprensivo y amable con cada uno, entregándoles ánimos a cada integrante. Lucy… Lucy había pasado por el mismo proceso anteriormente, siendo engatusada por los actos heroicos de Naruto. Más tarde, dándose cuenta de que no era simple heroicidad, sino lo que a ella la empujó a hackear a un ejecutivo de alto rango de Arasaka. Apego. Mismo sentimiento que trajo consigo la desdicha a Mary, la persona que le entregó una segunda oportunidad a Lucyna con tal de entregarse a sí misma.

"Piénsatelo el tiempo que haga falta. Te esperaré y cuando estés lista me…"

"Porque…" Lucyna habló, interrumpiéndolo, casi temblándole la voz. "Porque… porque eres muy importante para mí." Admitió Lucyna con un rubor prominente, reuniendo cada gramo de su entereza y voluntad para soltar aquellas palabras tan vergonzantes para ella. Decir eso, la hacía sentir una niña indefensa, como la que temblaba, llorosa, en los callejones de Varsovia. No ayudaba el hecho de que Naruto se haya quedado patidifuso, con la boca entreabierta. "Di algo. No te quedes así." Ella murmuró acobardada, amedrentada.

Él rio por lo bajo y miró adelante, apoyando una mano en su rodilla, a la altura de su pecho.

"Te amo." Dijo Naruto, volviendo a su tono alegre. El corazón de Lucyna se detuvo, sus ojos como platos a punto de soltar los globos oculares. "Como amigos, pero te amo. ¿Eso te parece bien?"

Lucyna, tardando en recuperarse del shock inicial de las palabras muy tergiversables de Naruto, asintió. Su cara apuntaba a cualquier lado para que Naruto no percibiera sus sonrojadas mejillas. '¿Cómo puedo malinterpretar unas palabras tan obvias', pensó, reprendiéndose a sí misma por desvariar tanto'.

"Creo que me copiaste las palabras de aquella vez, ¿no? No es que me parezca mal, al contrario: eso me hace saber que no hiciste oídos sordos a lo que tenía para decirte." Naruto rememoró el día en que tuvo su primera batalla a muerte, rozando el filo peligroso de su fin.

"En realidad, fueron las palabras de alguien más. Alguien a quien aprecié mucho. Bastante."

"¿Quién?"

Lucyna desvió la mirada.

"Quizás en otro momento." Dijo. "Me es difícil hablar de eso."

"Te entiendo. Lo lamento." Naruto disculpó su insolencia, a pesar de que no fuera realmente necesario.

"No hacen falta las disculpas."

"Pero es algo que te hace daño. Puedo verlo."

En los ojos de Naruto ella vio como si él pudiera ver más allá de sus ojos.

"¿Cómo es que siempre pareciera que puedes visualizar a través de lo que pienso?"

"Soy bueno leyendo a las personas. Y, aunque no lo creas, eres como un libro abierto, emocionalmente. Un libro muy interesante y único." Naruto le sonrió, asegurándole de alguna manera que lo que decía no eran patrañas para hacerla sentir bien.

Otro silencio cayó. No tan largo como el anterior.

"Entonces, ¿lo sigues queriendo? Pertenecer a Arasaka, digo. Llegar a la cima, como me dijiste que deseabas." Naruto habló cuando el silencio se extendía en demasía, aunque no incómodamente.

Lucyna se quedó mirando al mismo punto que él, en blanco. No lo sabía. No podía decir con certeza si todavía confiaba en la corporación que de su vida dependía entrar y pertenecer a ella. Pero, si no deseaba alzarse a lo más alto de Arasaka, ¿qué sería de su existencia? ¿Qué pobre excusa podría poner para seguir avanzando, motivándose y acallando sus temores?

"Quizás siga deseando formar parte de las filas de Arasaka, llegar a la cima de una de sus torres… Pero, también, puede que sueñe con… ir a…"

"¿Ir a…?"

"Me gustaría ir a este lugar. Me gustaría acompañarte a la luna, lo sueño. Cuando cumplamos nuestros anhelos como corredores, me gustaría ser tu compañera de viaje hasta aquí. Quiero decir, como amigos y eso… y… Creo que es un buen modo de compensarte a ti, que nunca se te da nada, y que siempre te antepones como un escudo frente a la adversidad solo para mantenernos salvos y sanos, mentalmente estables y alentados. Eso. Solo eso."

"Ya te dije que esto no se trata de compensar a nadie. Pero, si deseas ir a la luna conmigo, no me quejaré. Tal vez me guste algo de compañía, y de hecho estaba por proponértelo. Esto facilita las cosas." Naruto se estiró, como quien no quiere la cosa.

"¿Cómo estás tan seguro de que saldremos con vida de aquí, ahora sin siquiera la protección de Hellman?" Ella lo cuestionó, ardiendo sus dudas dentro de ella.

"Descuida. Tengo el método infalible." Declaró el bermejo con total seguridad. Cambió a la seriedad en un parpadeo. "Te llevaré a la luna, Lucy. Lo prometo. Y un Uzumaki…"

"«Nunca rompe sus promesas», ¿cierto?" Dijo ella, sonriendo por vez primera desde que comenzaron el intercambio. Naruto, en un acto reflejo, sonrió igual o más efusivamente que ella. Lucyna miró al campo estelar que decoraba y enmarcaba los límites de lo desconocido, de lo imaginable. "Espero que no rompas tus promesas, Uzumaki."

"Tranquila, de momento mi palabra sigue invicta. Mi clan es intachable, ¿no crees?"

Ella juntó el valor que necesitaba. Quería otra cosa de Naruto.

"¿Puedo pedirte que prometas algo más?"

"Sí, claro. ¿Qué cosa?"

"Prométeme que no morirás intentándolo."

Naruto guardó silencio. En los campos de un sueño etéreo no se escuchó una respuesta.

~~o~~

Año 2065. Kyoto, Japón.

'Coronado en sangre, vivió.' Pensó Hellman. '¿Y así murió?'

Kyoto. Central de Arasaka. Hellman pensaba en cosas que no venían al caso. O si lo hacían, no debería de hacerlo en tales momentos.

Se acomodó la camisa y recogió su chaqueta del suelo, que ni una mota de polvo presentaba en su superficie; Kristina se acomodó la falda y el pelo rubio, le dio un beso de buena suerte y se retiró, muy contenta. Hellman sentía que lo que Naruto vivía con Lucyna, paralelamente, le pasaba a él con su amante. Aunque, ya estaba planeando casarse y dejar de tener su amor a escondidas, por más excitante que sea llevarlo en las sombras. Difícilmente el niño pelirrojo diera el siguiente paso, rompiendo la línea indivisible de la amistad con Lucyna. Naruto estaba encerrado en la clásica dicotomía del puercoespín. O eso presuponía Hellman.

Hellman quiso volver a su trabajo; bebió un poco de su café en vaso, pero estaba frío, no muy apetecible. Su cara se desfiguró en el desagrado. Dejó el vaso a un lado. Y, aunque procuró concentrarse en su labor, le era imposible no volcarse, al menos inconscientemente, a los pensamientos relacionados con Uzumaki Naruto y sus singulares circunstancias. Hellman ya había tenido tiempo de darle mil vueltas en los últimos diez largos años, y aún se seguía sorprendiendo de la cantidad de cosas que eran una incógnita.

El rubio había estado tirando de su influencia para hacer entrar en razón a sus colegas de la empresa con respecto al tema de Hydrotech: diciendo que las cargas de trabajo no deberían exceder las cuatro o, a lo sumo, seis horas, y que los niños se desarrollen en un entorno más sano para sus mentes y cuerpos, cuya justificación fue el evitar el nacimiento de pensamientos rebeldes que posteriormente llevaran a un intento de fuga y posible filtración de datos, otra vez. Sus compañeros repetían, cual loros salvajes, sin ton ni son, que era una idea estúpida y que ahora existía una mayor seguridad en el área, que evitaría la huida de los jóvenes prodigios, matándolos si es necesario.

Lo último que quería Hellman, aparte de que asesinaran a sus protegidos, fue enviar al Uzumaki a un campo de trabajo forzado luego de todo lo que vivió. Anders sabía de las reales capacidades del pelirrojo y su invulnerabilidad mental ante el Muro Negro y cualquier entidad del otro lado de éste. Si es que lo necesitaba, hallaría la forma de huir y con la menor cantidad de bajas posibles, burlando a la mayor empresa de seguridad privada del mundo como si fuese un juego de niños. Uzumaki poseía ese potencial, y Hellman lo supo; después de todo, él lo conocía mejor que nadie (o eso se quiso hacer creer).

Naruto le dijo que haría lo que fuese para garantizar la integridad de Lucyna, inclusive si tenía que acabar con la vida de quienes sea que intenten inducirle algún tipo de daño. Una promesa fidedigna, dada y encomendada por el corazón del Uzumaki.

Alguien podría decir que era la prepotencia de un niño descarriado que no hace mucho descubrió lo especial que era, pero Hellman entendía mejor que nadie que esas palabras tenían una clara intencionalidad de cumplirse algún día, más aún recordando lo que vio en los ojos del niño la vez que se despidieron… Era mejor olvidarlo y centrarse en lo tangible y real, aquello observado por él mismo sin supersticiones y de lo que estaba seguro.

'Esos ojos…' Pensó Hellman. 'Esos ojos eran…'

Las alarmas sonaron, cortando el tren de pensamiento del ejecutivo. Las compuertas de sus ventanas se cerraron; pesadas y gruesos pedazos de metal plano que poco a poco ocultaban la luz del sol. Con la certidumbre que otorga la experiencia de los veteranos, Hellman no perdió la calma, y entendió lo que, posiblemente, estuviere pasando.

Cinco segundos tardaron los efectivos armados de Arasaka en arribar a la sala, comandados por Goro Takemura, quien al verlo le dedicó una casi imperceptible reverencia con la cabeza. Cuando los soldados blindados pretendían reducir al rubio, avanzando con las armas dirigidas hacia su persona, Takemura alzó la mano, deteniéndolos y denegándoles la inmisericorde actitud.

"Alto." Dijo. "No se resistirá. Nos acompañará por voluntad propia. ¿No es así, Hellman-san?"

Hellman miró a los soldados, vestidos con los uniformes militares compuesto por holgados chalecos y gruesos ropajes negros, el logo en sus hombros anticipando a qué corporación servían. Luego volvió a mirar Takemura. Asintió, lentamente.

¿Querrás saber por qué se te arresta, Hellman-san?" Dijo Takemura, las manos entrecruzadas.

"Por favor, se lo agradecería, Goro-san." Repuso, en verdad intrigado. Las manos apoyadas debajo de su mentón.

"A usted, Anders Hellman, se lo acusa por traición a los Arasaka en su conjunto y ocultación intencionada de información sensible. Será puesto bajo interrogatorio, y se le confiscará cualquier bien y se le despojará de todo rango hasta que estos, y las investigaciones pertinentes, finalicen. Ha de saber que, si las acusaciones son ciertas, no tendrá un juicio honorable, señor. En base a la gravedad del asunto se decidirá su destino."

"Lo sé." Dijo el rubio, cerrando los ojos.

"¿Algo que objetar?"

Hellman lo pensó largo y tendido. Daba la sensación de que Takemura podía esperarle toda la mañana, sin molestarse un poquito por la tardanza.

"Nada." Abrió los ojos cerúleos. "Soy culpable."

…Continuará…

~~x~~

Anotaciones finales:

He decidido concluir el arco introductorio (que originalmente abarcaría los primeros veinte capítulos) y encerrar los capítulos en donde Naruto y Lucy se conocen hasta la primera veintena en la saga/arco/acto: «Netrunner».

Todo esto tras llegar a la determinación de que no tenía sentido hacer una introducción tan longeva, que en un principio se dio así (se llamó «arco introductorio) porque no sabía cómo llamar al primer arco debido a la gran variedad de temas que se trastocan en este. No obstante, esta problemática se repetirá sin ninguna duda, y realmente no es un problema y solo son los desvaríos del imbécil del autor.

Así que nada: desde este momento queda inaugurado, por absoluta sorpresa, el primer arco de verdad de esta historia (quitando la introducción y el prólogo, que ahora solo se trata del primer episodio).

En fin. Muchas tonterías que no le interesan a nadie, pero sí a mí. Como siempre, muchas gracias por leer. Y, especialmente, gracias a aquellos que hacen notar su apoyo por estas infames producciones.

See you later…