Sensación de ahogo, pánico, desesperación.

—Bien, ¿cuál es el plan? —pregunta su padre en cuanto la vio aparecer por el umbral de la puerta trasera.

Podían oír el tiroteo desde allí, los hombres de Kawaki parecían estar combatiendo bien, pero en cualquier momento necesitarían apoyo. No se sabía el número exacto del enemigo.

—Van tras Boruto. —dijo con palabras atropelladas— Debo ir a buscarlo.

—No puedes atravesar la línea enemiga como si nada. —argumenta Shinki frunciendo el ceño— Es peligroso hasta para ti.

—No me importa. —insistió— Debo ir por él.

Hinata retuvo el aliento al escuchar que su hijo estaba allí afuera sin ningún tipo de protección, y sabía que no estaba bien pedirlo, pero en el fondo agradecía que Sarada se ofreciera a ir en su ayuda.

—Yo voy con ella. —dice Itachi encogiéndose de hombros— Necesita de alguien que conduzca rápido, supongo.

—Yo les abriré paso desde arriba. —asiente Sakura— Una vez que salgan de la propiedad no se detengan.

—Están colándose dentro, no tardan en llegar hasta aquí. —le hizo saber la joven Uchiha— Me encontré con uno en las caballerizas.

—¿Cómo mierda pudieron haber entrado? —exclama Ryōgi contrariado— Se supone que el sitio está prácticamente blindado.

Pero Kawaki ya se hacía una idea del cómo había sucedido.

—Todos los demás al subterráneo, ahora. —ordenó con voz autoritaria y detuvo la mirada en sus padres, en especial en Naruto— Incluso tú.

—Yo puedo ser de ayuda. —replica el rubio con el ceño fruncido— No pretendas que me resguarde con el resto.

—Quédate con mamá. —pidió como último recurso— Estará más tranquila sabiendo que debe preocuparse por dos, no por tres.

Naruto le miró con recelo, no le gustaba en absoluto la idea de permanecer dentro del búnker subterráneo mientras la vida de sus hijos corría peligro. Él no era de los que se escondía, pero su esposa parecía a punto de desmoronarse en cualquier momento.

—Las armas. —le pregunta Sasuke a Kawaki— ¿Dónde están?

Él señala su estudio con la cabeza y fue seguido por los Uchiha, Shinki, Ryōgi, Mitsuki y Ryoichi. La librería de la habitación tenía un pasaje oculto que los condujo a una armería lo suficientemente abastecida como para un ejército.

—Daiki e Itsuki, la parte trasera. —señaló su padre— Divídanse la zona.

Ambos asintieron tras tomar municiones y salieron por la puerta sin esperar más tiempo. Entonces la mirada del mayor de los Uchiha se detuvo en su hijo menor con seriedad.

—Ni lo pienses, no voy a ir al subterráneo con los demás. —replicó Daisuke con el ceño fruncido— No soy un inútil.

—Iba a decir que necesitaba a alguien que le cubriera las espaldas a tu madre. —enarca una ceja— Asegúrate de que nadie entre a la casa.

El adolescente asintió, ocultando su sorpresa tras la máscara estoica característica de los Uchiha. Jamás pensó que de verdad lograría que lo incluyeran en sus planes.

—Ustedes dos, fuera, ahora. —señala finalmente a Sarada e Itachi— Los cubro hasta el auto.

La joven azabache se movió de inmediato hacia la salida, pero en el último momento sintió la mano de alguien sujetarla del brazo para impedirle atravesar la puerta.

—Será mejor que regreses a salvo. —masculla Kawaki con el ceño fruncido— Tú y yo tenemos una charla pendiente.

Sarada le sostuvo la mirada por un par de segundos que le parecieron eternos y casi se le escapa el aire al reconocer ese algo en los poderosos ojos grises que le hizo saber que la había descubierto.

—No hay nada de qué hablar. —respondió, zafándose de su agarre— Mi prioridad en estos momentos es tu hermano.

Ella casi pudo percibir la manera en la que tensó la mandíbula, pero ahora no podía detenerse a analizar sus reacciones, así que salió del estudio como una tromba con Itachi y su padre pisándole los talones.

Por su lado, Kawaki reprimió las ansias de ir tras ella, evitando pensar que la joven estaba corriendo hacia el peligro.

No sabía qué le molestaba más, el que intentara ocultar que no lo recordaba o que en esos momentos se hallara arriesgando su propia vida para salvar a su hermano.

Fue entonces que por primera vez dudó de los sentimientos de Sarada hacia Boruto. ¿Qué si de verdad lo amaba? ¿Sería capaz de hacerse a un lado esta vez?

No. Si no lo hizo antes, menos ahora.

—Kawaki. —escuchó la vocecita de Himawari presa del pánico— Espera...

—¿Qué haces aquí? —la sujeta de la mano para arrastrarla de regreso al pasaje que conducía al sótano— Regresa de inmediato con los demás.

—Namida no está. —los ojos azules brillaban de angustia— Tienes que encontrarla, por favor...

—La buscaremos. —afirma con la cabeza y la empuja dentro— Ahora necesito que vayas con mamá.

Desde ahí se podían oír los gritos de Tenten, y no había que ser un genio para adivinar que alguien la estaba sujetando para evitar que saliera corriendo a buscar ella misma a su hija.

Kawaki se giró hacia los demás para dar las últimas instrucciones, añadiendo que la prioridad era buscar a Namida y resguardarla dentro de la casa. Ryōgi y Shinki cubrirían la parte lateral derecha de la casa, mientras Mitsuki y Ryoichi irían a la izquierda.

—¿Dónde vas tú? —pregunta Ryoichi en el último momento.

Él fungía en su organización como su underboss, mientras Daemon era lo más parecido a un consigliere y líder de seguridad, pero este último se hallaba ausente y no le agradaba la idea de su sobreexposición. Sabía que Kawaki no era el tipo de líder que aguardaba detrás de un escritorio, pero seguía siendo arriesgado que se uniera al frente.

—Línea frontal. —dijo el pelinegro sin mirarlo, quitándole el seguro al arma.

—¿Con Sasuke Uchiha? —se burla el Hōzuki— Corres más riesgo de que una bala por parte de él te atraviese a que lo haga un disparo del enemigo.

El Uzumaki puso los ojos en blanco y le hizo un gesto con la mano para que se largase a su posición.

Sólo le importaba una persona de esa familia, y desde luego no era Sasuke Uchiha.

(...)

Una sonrisa imperceptible tiró de sus labios al observar dos cuerpos caer frente a ellos sin siquiera tener la oportunidad de levantar su arma para defenderse.

—La puntería de mamá sigue siendo impecable. —sonríe Itachi, mirando sobre su hombro hacia la segunda planta de la casa donde la pelirrosa apuntaba con su rifle de francotirador a la siguiente víctima— No ha perdido el toque.

Sarada asiente, subiéndose en el asiento de copiloto, observando por el retrovisor a su padre haciéndole la señal a su hermano para salir de ahí pisando el acelerador a fondo mientras se hacía cargo de dos hombres que apuntaron al vehículo en cuanto atravesó el portal de salida.

—Todo esto está sucediendo por mi culpa. —dice la joven con la desesperación impregnada en su voz— Me quieren a mí.

—No digas estupideces, todos en esa casa tienen un blanco en la espalda, incluido yo. —frunce el ceño sin despegar la mirada de la carretera— Era cuestión de tiempo para que algo así sucediera.

—No entiendes. —sacude la cabeza— El sujeto que encontré en las caballerizas creía que yo también viajaba en ese auto. Lo que está sucediendo en lo de los Hyūga es una mera distracción, la verdadera amenaza está persiguiendo a Boruto.

Itachi aumentó la velocidad de manera vertiginosa mientras ella intentaba comunicarse con su mejor amigo por teléfono, pero entraba directo al buzón de voz.

—No contesta.

—Es la señal. —concluye Itachi— En esta zona hay poca cobertura.

Por otro lado, el rubio Uzumaki conducía con relativa tranquilidad. La carretera frente a él estaba vacía, algo que no le resultó demasiado extraño dado que el camino hacia la residencia Hyūga usualmente no era tan transitado al encontrarse a las afueras de Tokio.

—Parece que estamos en medio de la selva. —comenta Ada, observando el denso boscaje que flanqueaba la carretera— Siempre he pensado que las curvas que hay aquí son peligrosas, en especial en días lluviosos.

—Lo son. —dice encogiéndose de hombros— Pero conocemos el camino de memoria, eso facilita las cosas en caso de una situación de riesgo.

La peliazul se hundió en el asiento con las manos jugando con el borde de su vestido. Nunca antes había entablado una conversación con el hermano menor de Kawaki, en realidad, no recordaba ninguna ocasión en la que estuvieran compartiendo el mismo espacio sin compañía de alguien más.

Era raro. Es decir... jamás se habría imaginado una situación como esta. Y el hecho de que fuera guapísimo ciertamente la ponía nerviosa. ¿Qué tenían los Uzumaki que te obligaban a ponerles la mirada encima sin poder evitarlo?

—¿Te golpeó? —pregunta el rubio rompiendo el silencio que se hizo en el ambiente.

Ella se remueve incómoda en el asiento. Desde luego que no se esperaba esa pregunta.

—No es que la justifique, pero la entiendo. —resopla la peliazul— De estar en su lugar, yo habría reaccionado igual.

—Es verdad. —sonríe de medio lado— Según tu hermano, eres alguien a quien no conviene provocar. Por eso no entiendo, ¿Por qué no te has defendido?

—¿Crees que estoy en posición de hacerlo? —se muerde el interior de la mejilla— No estoy para más escándalos, ya tengo suficiente con las malas caras de todo el mundo.

—¿Malas caras?

—Por supuesto que no te has dado cuenta, ninguno de ustedes parece notarlo. —se cruza de brazos— Pero puedo apostar a que tu hermana y tu madre me juzgan cada que me ven.

Él enarca una de sus cejas rubias y la mira de reojo al entender lo que estaba intentando decir.

—¿Por Kawaki?

—No intentes hacerte el sorprendido. —exclamó ella en tono mordaz— Desde luego que tú y todos tus amigos se han mofado de la manera en la que me desechó como a todas las chicas a las que ustedes no toman en serio.

Él, Kawaki, todo su círculo íntimo eran jefes de organizaciones aliadas, jamás sabrían lo que se siente ser utilizados como un peón en el juego de alguien más.

—La verdad es que no. —se rasca la nuca con una mano— Si te soy sincero, apenas notamos que te fuiste aquella vez en Palermo.

Ese fue un golpe bajo, sin embargo, ella supo que no se lo dijo con el afán de herirla por la sonrisa apenada que le ofreció. Lo peor del asunto es que parecía ser honesto.

—Mi hermano suele ser un imbécil. —comenta el ojiazul— No deberías ser tú la que pagues las consecuencias de su promiscuidad.

Ada resopla.

—Como sea, me alegra que haya obtenido su merecido. —se encoge de hombros— Sarada es su karma.

—Sarada ha sido el karma de muchos. —sonríe mientras niega con la cabeza— Incluido su padre.

La peliazul vio la manera en la que su mirada se iluminó al hablar de aquella chica y sintió una opresión en el pecho. ¿Qué tenía Sarada Uchiha que lograba causar ese efecto en la gente? ¿Qué tenía ella misma que no podía conseguir que alguien la considere irreemplazable en su vida?

—La quieres mucho, ¿no?

—Es mi mejor amiga. —asiente— Tal vez es la persona en la que más confío.

—Cierto. Se van a casar. —sonríe con los labios apretados— Olvidé felicitarte por su compromiso.

—Sí, sobre eso...

El sonido de una llamada lo interrumpió antes de que pudiera confesar que todo lo relacionado a su compromiso era una mentira.

—Hablando del rey de Roma... —suspira, observando el nombre de su mejor amiga en la pantalla del auto y presionando el botón para contestar— Es ella.

—¿Dónde estás? —preguntó apenas aceptó la llamada— Por favor, dime que estás bien.

—¿Por qué no lo estaría? —responde con extrañeza— ¿Qué sucede?

—Estamos bajo ataque. —explica rápidamente— ¿Dónde estás? ¿Ya pasaste la intersección?

Hasta ese momento se tomó unos segundos para observar por el retrovisor e intentó mantenerse lo más sereno posible al ver a un par de SUV incorporándose en la carretera desde un costado. Sin embargo, ya había al menos cinco más avanzando una tras otra y aumentando la velocidad.

—Nos están siguiendo. —avisó en la línea— Siete, tal vez más.

—Necesito que tomes la ruta alternativa de regreso. —dictó la joven al teléfono— No el camino de terracería, el de curvas más pronunciadas.

—Ambos sabemos que es lo menos aconsejable en una persecución. —frunce el ceño— Un mal cálculo y nos vamos al barranco.

—Entonces asegúrate de no calcular mal. —pudo oír el tinte de preocupación en su voz— Estoy segura de que habrán más aguardando en el otro camino, se espera que tomes esa ruta. No pienso arriesgarme a descubrirlo.

Ada se sujetó a la puerta del auto y a su asiento presa del pánico. Nunca había estado en una situación como esa, era todo un ejército dándoles caza.

—Escúchame, Boruto. —habló Sarada en voz baja— Estoy en camino. Sólo mantente vivo, ¿de acuerdo? Voy por ti.

—No me hables como si fuera una damisela en apuros, puedo eludirlos.

Pero ambos sabían que de hallarse sin apoyo sus posibilidades eran nulas. Ada ni siquiera sabía conducir, mucho menos sujetar un arma. Él no podía hacer las dos cosas al mismo tiempo.

—¿Confías en mí?

Hubo un silencio.

—Siempre.

—Entonces ayúdame a salvarte el culo y obedece. —añadió Sarada— Mantén el auto sobre la carretera, yo me hago cargo de lo demás.

Y colgó.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Ada aterrorizada mirando por el retrovisor— Quizás son más de diez autos...

Boruto pisa el acelerador a fondo sobre la recta y por consiguiente la caravana que los perseguía también. La intersección debía estar a un par de kilómetros, el primer camino era una recta permanente de terracería que también les llevaba de regreso a casa. El segundo era el de las curvas pronunciadas, el que Sarada pidió que tomase.

—¿Cuál es el camino más corto?

—El de terracería. —responde el rubio con el ceño fruncido, zigzagueando en la carretera cuando inició la lluvia de disparos— Es más corto y más seguro.

—Tomemos ese entonces. —sacude la cabeza, haciéndose un ovillo en el asiento— Regresaremos más rápido.

—Iremos por el otro. —dijo sin vacilar, girando bruscamente en la salida a su izquierda.

—¿Estás loco? Vas a darles más tiempo para que puedan alcanzarnos.

Pero a Boruto le pareció escalofriante la intuición de Sarada, porque en cuanto pasaron de largo el camino de terracería, cinco SUV se unieron a la caravana para intentar darles alcance.

Tomó la primera curva quizás con más rapidez de la debida, y casi pudo sentir como el neumático se arrastró por el borde de la carretera, recuperando el equilibrio a tiempo para tirar hacia adelante.

—Dios mío, vamos a matarnos. —susurró la peliazul apretando los párpados— No sé qué es peor, que nos alcancen o rodar por el barranco.

—Lo único que debo hacer es mantener la mayor distancia posible entre ellos y nosotros. —le hizo saber él— No tienen municiones lo suficientemente potentes para perforar el blindaje.

Ada tenía los pelos de punta, en especial al ver por el retrovisor que cada vez se acercaban más por la parte trasera. Y de pronto un estruendoso sonido la hizo saltar en su asiento del puro susto.

—¿Qué fue eso? —se giró para observar mejor, pero sólo fue capaz de ver a uno de los vehículos perder el control al final de la caravana y después salirse de la carretera.

Un nuevo estruendo la obligó a clavarse las uñas en las palmas de su mano. No entendía lo que estaba sucediendo allí atrás, pero de repente se oyeron neumáticos derrapando a lo lejos y dos vehículos más fueron embestidos por otro para abrirse paso.

—¿Llegó la ayuda?

—Esa es Sarada. —suspira el rubio casi con alivio— Por fin nos alcanzó.

Los disparos no se detuvieron en ningún momento, ni la persecución disminuyó su intensidad. Aún había al menos diez vehículos casi pisándoles los talones.

—¿Ella sola? —pregunta angustiada y un poco incrédula.

—Eso parece.

Dos vehículos más se salieron en la siguiente curva y el ángulo les permitió ver a Sarada en el sunroof de la Jeep Rubicon apuntando a la antepenúltima SUV de la caravana con una Barrett M82A1 calibre .50.

El disparo salió con precisión e impactó en la ventana lateral de la camioneta y perforó el blindaje del cristal con facilidad. El resultado: el conductor probablemente muerto provocó un accidente con los dos vehículos que iban por detrás.

Para Itachi fue sencillo embestirlos también para abrir una brecha en la que apenas pudieron pasar y aceleró en la breve recta para acortar la distancia. Verlo conducir de esa manera hacía parecer fácil lo que a ellos les costaba un montón. Por supuesto, él estaba acostumbrado a pilotar un monoplaza a más de 300 k/h, lo de esos momentos era pan comido en comparación.

Sólo quedaban siete, pero Sarada se encargó de reducirlos uno a uno con una velocidad pasmosa hasta que sólo quedó uno. Era como si hiciera eso todo el tiempo, disparos quirúrgicos con aquel rifle de francotirador de potencia espeluznante a un objetivo en movimiento.

—¿Cómo es que ella... —la peliazul no alcanzó a terminar la oración porque un nuevo estruendo hizo eco en el lugar.

La última SUV coleó al tomar la curva a demasiada velocidad en un intento de alejarse de su rango de alcance y la Uchiha sonrió con altivez. Con esa arma podía alcanzar hasta un ciervo a poco más de una milla de distancia. ¿Qué les hacía creer que podían escapar de ella?

Apuntó a los neumáticos traseros para aprovechar su inestabilidad, y como resultado, el vehículo derrapó en el asfalto tras avanzar unos pocos metros más y quedarse varado en la carretera.

Itachi se detuvo a tiempo para no impactarse de frente con el costado de la SUV y Sarada no dejó de apuntar a los cristales polarizados en espera de algún movimiento extraño.

—Llama a Boruto. —le dijo a su hermano en voz baja— Dile que no se detenga hasta llegar a la residencia Hyūga.

Shizuma no tardaría en aparecer, minutos antes de intervenir en la persecución le envío su ubicación en tiempo real, así que probablemente estaría allí en menos de lo que pensaba.

—¿Por qué no hacen nada? —escucha la voz de Itachi, pero no la desconcentró.

Su dedo se mueve hacia el gatillo, apuntando rápidamente a la ventana del conductor y soltando un disparo que cortó el silencio en el que de pronto se sumió el ambiente después de que ambos vehículos permanecieran estáticos a mitad de la carretera. Ya no había rastro del auto de su mejor amigo por ningún lado.

La joven frunció el ceño al ver que nada sucedía y supo que había dos posibilidades: Ya no había enemigos para atacar o se trataba de una trampa.

—¿Adónde vas? —pregunta su hermano al verla bajar el rifle del sunroof y hacerse con una arma corta.

De reojo vio a un grupo de vehículos acercarse a toda velocidad detrás suyo y la tensión se disipó al reconocer a Shizuma descender del que encabezaba la marcha.

—Se ha terminado. —suspira, bajando de la Rubicon de un salto.

Itachi permaneció detrás del volante. No sabía si quería ver a su hermana en acción. Una cosa era un tiroteo, otra era verla comportarse como la líder sanguinaria que sabía que era.

Desde su asiento observó a su segundo al mando susurrando cerca de su oído y ella asintiendo a lo que sea que le estuviese diciendo. Entonces ella caminó hacia la parte trasera de la SUV sin dejar de apuntar con la Beretta y abrió la puerta de un tirón.

Un hombre hizo el amago de lanzársele encima para sorpresa de los presentes, pero Sarada no le dio tiempo de nada, en menos de dos segundos tenía una bala atravesando su cabeza y el cuerpo cayó en un ruido sordo sobre el asfalto.

Hasta ese momento la azabache se permitió ver el interior del auto y no mostró sorpresa al encontrarse con una mujer apuntándole con un revólver de bolsillo.

Era rubia, de tez clara y unos peculiares ojos rosáceos.

—Maldita perra. —escupió con sorna— Tú deberías estar en ese auto con él.

—Sí, bueno, también se suponía que yo debía morir hace meses y henos aquí. —se encoge de hombros, apuntándole también— Tu debes ser Delta, la prima de Jigen.

Shizuma ya había rodeado el vehículo y le apuntaba a la mujer desde otro ángulo. No podían confiarse de ninguna manera.

—¿Dónde lo tienes? —pregunta con los ojos inyectados en sangre— ¿Dónde está Tsurushi?

—Ah, ya veo. —sonríe de medio lado con incredulidad— Ibas tras Boruto porque querías tener una moneda de cambio equiparable, ¿no?

—Tu prometido a cambio de mi prometido. —aceptó con una mirada enloquecida— Sabes que así funcionan las cosas aquí.

La Uchiha se tomó un segundo para detallar a la mujer y ladeó el rostro al encontrar algo que llamó su atención.

—Tienes razón, ojo por ojo y lo que sea... —se mofa— Acabas de facilitarme las cosas, todavía no encontraba un castigo acorde para ese imbécil, pero ahora que estás aquí eso cambió.

Por primera vez desde que se encontraron frente a frente la mujer vaciló y la mano que sostenía el arma comenzó a temblar al igual que su respiración se tornó errática.

—Otra cosa... —le disparó en los dedos para obligarla a soltar el revólver, todo sucedió en un parpadeo— No estoy comprometida, estúpida.

Observó a otro de sus hombres asegurando el área mientras Shizuma sometía a la mujer para evitar una sorpresa.

—Ya sabes qué hacer con ella. —mira directamente a su segundo al mando— Que nadie la toque hasta que yo me encargue personalmente.

Rebusca en los bolsillos de la chaqueta que llevaba la mujer y le guiña un ojo tras encontrar su móvil.

—Veamos por aquí... —desbloquea la pantalla con su huella dactilar y entra a las llamadas recientes— Oh. Aquí está. ¿Nunca te dijeron que no debes asignarle nombres a los contactos que no quieres que te roben?

Se llevó el aparato a la oreja luego de presionar la opción de llamar y esperó pacientemente hasta que al tercer timbrazo escuchó la voz masculina en la otra línea.

—¿Delta? —lo oyó contestar— ¿Cómo ha ido todo? ¿La tienes?

—Pues al parecer, soy yo la que la tengo a ella. —dijo alejándose del rango de audición de la rubia— Pero no te preocupes, esto no es un secuestro.

—Sarada.

—Qué buen oído tienes. —sonrió— ¿Debo sentirme halagada de que recuerdes mi voz sólo con habernos visto una vez?

—Maldita hija de...

—Sin malas palabras, yo no te he maldecido. —finge seriedad— Al contrario, te he llamado para ofrecerte mis respetos. Y mis futuras condolencias.

—Si te atreves a tocar a mi prima...

—¿Qué? ¿Vas a iniciar una guerra? —se burla, cambiando de pronto a un tono mordaz— Demasiado tarde. Atacaste a mi familia en su propia casa, esto era algo entre tú y yo, pero lo has convertido en algo personal.

Silencio.

—Atácame a mí, cázame a mí. —exclamó con estoicismo— Pero si te atreves a hacer algo contra cualquiera que yo considere cercano para castigarme, reduciré a cenizas todo lo que te pertenece y a cada miembro de tu organización.

La única señal de que él seguía escuchando era el sonido de su respiración en la otra línea.

—Conservaré tu número en caso de ser necesario, así puedo llamarte para saludar de vez en cuando. Ya sabes, me aburro todo el tiempo. —añade, su voz adquiriendo un toque animado— Oh, y por cierto, voy a necesitar una dirección para enviar una corona de flores fúnebres. Textéame.

Y colgó.

Shizuma regresó a su lado después de asegurarse de que la loca estuviera bajo vigilancia absoluta en uno de sus vehículos y observó a la azabache con una ceja enarcada.

—Dejaste un desastre detrás. —señala con la cabeza— ¿Quieres que me haga cargo?

—Eso ayudaría, gracias. —asiente, colocando los brazos en jarras— Aún debo regresar a la residencia Hyūga, pero te alcanzo mañana a primera hora.

—¿No ibas a viajar a Shenzhen? —pregunta el peliazul— Dijiste que era importante.

—Sí, bueno, cambio de planes. —suspira, sacudiendo la cabeza— Primero Sozopol, luego Shenzhen.

—Creo que debes tomarte un respiro. —aconseja el hombre— No te vendría mal un descanso para disfrutar a tu familia.

—No se me da bien holgazanear.

Shizuma resopla.

—Estos niños de hoy en día. —reniega, comenzando a retirarse hacia su auto— Quieren tragarse el mundo de un bocado.

Y aunque Sarada intentó restarle importancia a su sugerencia, sus palabras la pusieron a reflexionar. Sí, tal vez le vendría bien quedarse una temporada con su familia, pero primero debía poner algunas cosas en orden.

(...)

Su cuerpo se halló paralizado en medio de la oscuridad. Podía oír el sonido de los disparos retumbando en el exterior y las pisadas alrededor del pequeño cobertizo.

Tal vez fue obra del destino que nuevamente se encontrará allí, en el mismo sitio en el que se había refugiado catorce años atrás y donde su hermano perdió la vida para salvar la suya.

Sólo que ahora estaba demasiado grande para ocultarse dentro del armario viejo y destartalado que seguía ocupando el mismo lugar.

Minutos antes del tiroteo había salido de la casa para buscar a Sarada en las caballerizas y avisarle que estaban a punto de empezar con la cena. Todo sucedió tan rápido... oyó los primeros disparos y su mente se bloqueó. Fue una suerte que el cobertizo estuviera cerca, de lo contrario habría estado a merced del enemigo.

Era consciente de que seguía sin estar del todo a salvo, y lo confirmó cuando escuchó pasos alrededor. En ese instante su cuerpo tembló mientras se hacía un ovillo en un rincón del pequeño espacio y abrazaba las rodillas contra su pecho.

Supo que estaba perdida cuando los pasos se oyeron más cerca y se detuvieron de manera abrupta frente a la entrada. Entonces, alguien abrió la puerta y la luz de la luna le permitió observar la silueta de un hombre apuntándole con su arma.

—¿Qué tenemos aquí? —escucha la burla en su voz— Un pequeño ratoncito asustado.

Ella se encogió aún más y su vista se volvió borrosa conforme la figura masculina se acercaba. No podía moverse, estaba tan aterrorizada que su cuerpo no le respondía.

—Al menos algo bueno salió de todo este fiasco. —siguió diciendo el sujeto— El jefe estará contento de que no nos fuimos con las manos vacías.

Namida intentó retroceder en el momento que el hombre se agachó para sujetar su brazo con brusquedad y tiró de ella para obligarla a levantarse. Ella se resistió, lo que provocó que sus dedos se encajaran en su piel con más fuerza que antes.

—Si no cooperas será peor para ti, niña tonta.

La castaña pataleó y gritó, pero fue completamente inútil. Por su mente pasaron un montón de horribles escenarios que le pusieron la piel de punta y las lágrimas empujaron por sus ojos mientras seguía intentando liberarse del agarre.

El tipo la soltó y ella cayó al suelo en un ruido sordo, no era tan ingenua para creer que se había rendido, por eso no le sorprendió que al segundo siguiente tuviera el cañón de su arma pegado en la frente.

Namida cerró los ojos y apretó con fuerza esperando el disparo. Suponía que era mejor morir allí que ser llevada y sometida a todo tipo de barbaries.

La vida era demasiado irónica, ella también moriría en la misma fecha que su padre y hermano. Lo único que lamentaba era dejar a su madre sola.

Y de pronto, escuchó la detonación. Pero ella seguía ahí, siendo dueña de sus pensamientos.

—Levántate. —dijo una voz masculina que le pareció familiar— No esperarás que te cargue, ¿verdad?

Se obligó a abrir los ojos y con ayuda de la poca luz nocturna pudo distinguir la figura masculina bajo el umbral de la puerta. No lo recordaba tan alto, ni con esa aspecto salvaje que emanaba peligro. Sí, normalmente tenía una apariencia imponente, pero esto era...

—¿No me escuchaste?

Se vio en la necesidad de entrar de lleno en el cobertizo y pateó a un lado el cuerpo inerte del sujeto que segundos atrás le apuntaba con el arma sin el menor escrúpulo.

Las lágrimas seguían corriendo sin parar por las mejillas de la joven y se halló incapaz de obedecer. Probablemente por el shock.

Él se puso en cuclillas para inspeccionarla brevemente en busca de alguna herida que le impidiera reaccionar, pero se encontró con los ojos impregnados de miedo y el cuerpo tembloroso de la pequeña joven.

—¿Estás herida? —pregunta comenzando a exasperarse— Si no es así, entonces ponte de pie, te llevaré dentro de la casa con los demás.

—Yo... —intentó decir algo— Yo... no... estoy herida.

La voz se le quebró a mitad de la oración y un sollozo bajito rompió el silencio.

Daiki parpadeó con desconcierto. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Esperaba un abrazo de consuelo o algo así? Porque en ese caso estaba frente a la persona equivocada.

Normalmente no se conmovía por ese tipo de escenas, había sido testigo de un montón de situaciones parecidas, pero por alguna razón la chica le recordó a su hermana. ¿Sarada alguna vez había estado tan aterrada que le era imposible moverse siquiera? ¿Había esperado que ellos acudieran en su ayuda y con el paso de los días se resignó a no ser salvada por nadie?

Maldita sea.

Por instinto, levantó la mano para sujetar el rostro de la castaña y observó los ojos marrones cristalizados, las mejillas arreboladas por el llanto y los labios temblorosos.

—Estás a salvo. —frunce el ceño, todavía consternado porque de alguna manera la chica consiguió despertar ese instinto protector que tenía reservado sólo para su familia— Nadie te hará daño.

Namida se aferró a la seguridad que le ofreció esa mirada oscura y asintió mientras permitía que el hombre rodeara su cintura con una mano y la pusiera de pie de un tirón. La joven abrió y cerró la boca sin saber qué decir por la sorpresa, ¿Acaso él tenía una fuerza increíble o ella no pesaba en absoluto como para poder levantarla sin el menor esfuerzo?

—¿Puedes caminar?

Ella asiente, pero sus piernas temblorosas casi la hacen caer de bruces y Daiki chasqueó la lengua con frustración antes de agacharse para sujetarla en brazos. La castaña soltó un gritito por la sorpresa e intentó ocultar su rostro ruborizado por la vergüenza.

¿Por qué tenía que ser tan torpe y cobarde?

—Lo siento, yo...

Pero él estaba más concentrado en ignorar lo bien que el pequeño cuerpo de la dulce chica encajaba con el suyo.

—Sólo cierra la boca y no me des más problemas. —dijo sin mirarla, poniendo un pie delante del otro para salir del cobertizo— Esto terminará pronto.

La situación estaba casi controlada en el recinto, pero aún no podían confiarse hasta revisar el último rincón de la propiedad para evitar incidentes aislados. Todos seguían en la misma posición, aguardando a que el frente sea despejado por Kawaki y Sasuke, dado que era la zona donde terminó por agruparse el enemigo.

Namida decidió obedecer, no estaba en posición de indignarse después de que prácticamente le salvó la vida y la estaba llevando en brazos a través del jardín.

De manera inconsciente hundió el rostro en su pecho y aspiró el perfume masculino que lejos de disgustarle resultó ser... embriagador.

Sacudió la cabeza para quitarse todo tipo de pensamientos surreales.

Y cuando volvió a abrir los ojos captó una figura entre las sombras a unos pocos metros cerca del límite de la propiedad. Daiki estaba demasiado concentrado en vigilar los alrededores del cobertizo para darse cuenta.

—¡Cuidado! —señaló al hombre levantando su arma hacia ellos.

Se oyeron un par de disparos y Daiki alcanzó a girarse para cubrirla con su cuerpo al mismo tiempo que apuntó a la cabeza del sujeto con una puntería impecable.

—Mitsuki debía cubrir esa zona. —gruñe por lo bajo con molestia— Qué incompetentes pueden ser algunos.

—¿Estás bien? —escuchó la vocecita de la castaña y miró hacia abajo para encontrarse con una mirada preocupada.

—Sí.

No dijo nada más, simplemente retomó el camino hacia la casa y cuando estuvieron cerca de la puerta trasera la dejó sobre sus pies con menos delicadeza de la esperada. Namida se aferró a sus hombros para no caer y le oyó soltar un gruñido bajo.

Entonces sintió la humedad bajo su mano y le miró espantada. Era sangre y corría a chorros.

—Dios mío, estás herido... —balbuceó angustiada— Necesitas que te atiendan rápido y...

En ese momento la puerta corrediza se abrió y ambos pudieron ver los ojos verdes del menor de los Uchiha.

—Llévala con los demás. —habló el mayor dirigiéndose a su hermano— Todo está bajo control aquí afuera.

—No. —susurra la chica para que sólo él pueda oírla— No puedes regresar allí estando herido.

Él la observó con una ceja arqueada.

—¿Quién te crees que soy, niña? —ladea la cabeza con una sonrisa irónica— Sólo es un rasguño.

Ella quiso resistirse a entrar a la casa, pero él la empujó hacia su hermano menor.

—Ve dentro, ahora. —exclamó con tono autoritario— No me des más problemas de los que ya me diste.

Y vaya que encontrarla en su camino había sido un maldito problema.

Namida quiso decir algo más, pero él le dio la espalda y lo vio desaparecer en el oscuro jardín para reunirse con los demás al frente de la casa. Así que no le quedó otra opción que aceptar la mano de Daisuke y permitió que la guiara hacia el sótano sin dejar de darle vueltas a los hechos recientes.

¿Qué demonios acaba de pasar?

(...)

Se refriega el rostro con una mano lleno de frustración. Hacía veinte minutos que su hermano atravesó el pórtico de la propiedad acompañado de Ada, pero Sarada no apareció tras él.

—¿Y simplemente la dejaste allí? —le reclamó a Boruto con el ceño fruncido— ¿No se te ocurrió que los polacos pudieron enviar refuerzos?

—Ella... consiguió deshacerse de más de diez vehículos sola. —intervino Ada— Jamás había visto algo así...

—No está sola, Itachi la acompaña. —aclara el Uzumaki menor— Ambos saben lidiar con este tipo de cosas.

—Me asombra que no estés ni un poco preocupado por tu prometida. —la palabra le supo amarga en cuanto la pronunció— Aún cuando tanto pregonabas tu amor por ella.

Boruto alzó ambas cejas y después sonrió.

—Creí que ya te lo había dicho. —sacude la cabeza con diversión.

—¿Decirme qué?

El rugido de la Jeep Rubicon atravesando el camino de entrada hizo que todos se giraran en su dirección y a Kawaki se le quedó atorado en el pecho el suspiro de alivio al verla bajar de la camioneta en una sola pieza.

Su madre fue la primera en acercarse para rodear a sus hijos en brazos, ambos estaban intactos, sin un cabello fuera de lugar. Su padre fue el siguiente, tocando la mejilla de su hija con los nudillos mientras a su hijo le dio una suave palmada en el hombro, eso era lo más expresivo que haría el Uchiha mayor para demostrar afecto.

—Estás desangrándote. —exclama Sarada alcanzando el brazo de su hermano con la voz impregnada de preocupación— ¿Qué sucedió?

—Me distraje.

La joven le miró confundida. Daiki nunca se distraía en situaciones como esas. ¿Qué era lo que no les estaba diciendo?

—Tú, dentro. —señaló la matriarca Uchiha entrecerrando los ojos— Ahora. Tengo que revisar la herida.

—No es nada, sólo fue un roce. —resopla Daiki poniendo los ojos en blanco, pero giró sobre sus talones para encaminarse dentro siendo seguido por su madre— Ni siquiera me duele.

—¿Eres médico? No. —lo reta Sakura— Yo juzgaré si no es nada de qué preocuparse.

Itsuki y Sasuke caminaron detrás de ellos escuchando las reprimendas de la pelirrosa y sólo hasta entonces la mirada de Sarada se detuvo en los demás. Shinki le hizo un pequeño asentimiento de cabeza y ella casi pudo oír su voz diciéndole que estaba bien permitirse ser vulnerable de vez en cuando. Odiaba lo bien que la conocía.

Así fue como finalmente acortó la distancia con su mejor amigo y le rodeó el cuello con los brazos.

—Estaba tan preocupada. —susurró aferrándose a él— Creí que no llegaría a tiempo.

Boruto disimuló la sorpresa que le causó oírla admitir su angustia y deslizó su mano por su espalda para estrecharla contra su cuerpo.

—Estoy bien.

—No, esto es mi culpa. —se mordió el interior de la mejilla con fuerza— Fueron tras de ti para lastimarme a mí.

Él no entendió lo que quiso decir, pero por la manera en la que su cuerpo temblaba, concluyó que ella sabía algo más. Se separaron debido al sonido de una garganta aclarándose a propósito en la puerta principal. Sí, Sasuke Uchiha fue el responsable.

—Bien, esto se terminó. —suspira la azabache con fastidio y caminó al interior de la casa— La farsa se acabó.

Durante todo ese rato ignoró la mirada insistente de Kawaki, incluso al pasar por su lado para dirigirse a la puerta principal.

—¿De qué farsa hablas? —pregunta Mitsuki por primera vez desde que apareció.

Sarada hizo una señal con la cabeza para que la siguieran dentro, donde ya estaban todos reunidos en el vestíbulo, incluidos los que se resguardaron en el búnker. Hinata ya había abrazado a sus dos hijos y Tenten ya había llorado lo suficiente al reencontrarse con su hija.

La que no tardó en abalanzarse sobre su prometido fue Sumire, quien no tuvo la oportunidad de verlo hasta ahora dado que él se quedó fuera ladrando órdenes para restablecer la seguridad a los alrededores. Sin embargo, él no ocultó su disgusto y la hizo a un lado tan pronto como se le acercó.

—La responsable del ataque de hoy fue Delta, la prima de Jigen. —la azabache habló en voz alta, cruzándose de brazos— Para los que aún no saben, Jigen dirige la mafia en Polonia y fue aliado de Turquía no hace mucho. Eso se terminó cuando descubrió las intenciones de Kagura de contraer matrimonio conmigo, él lo consideró traición y dio por terminada la sociedad entre organizaciones.

Algunos estaban sentados alrededor de la pequeña salita, otros de pie desperdigados por el vestíbulo, pero todos guardaron silencio para escuchar la explicación.

—Delta, su prima, fue quien envió al cocinero a la casa de los Uzumaki para recabar información útil sobre el paradero de su prometido.

—¿Su prometido? —cuestiona Ryōgi sin entender su punto.

—Mi prisionero. —aclaró para sorpresa de todos— Lo quería de vuelta.

—¿Y por qué no simplemente se lo regresas? —dice Mitsuki como si fuera obvio.

—Ya no es necesario. —se mofa la joven— Ahora estarán juntos.

—¿Por eso dijiste que había sido tu culpa? —pregunta Boruto con el ceño fruncido— ¿Esa mujer también organizó el ataque de hoy?

—Sí. —confirma Sarada— Venía por mí, pero también por ti. Quería un intercambio de rehenes, un prometido por un prometido.

Hinata se llevó la mano a la boca para ahogar un grito de indignación. Aquella mujer estaba loca de remate.

—Las únicas personas que sabían del compromiso están aquí, y lo sé porque es lo que se acordó con Boruto. —murmura con cautela, observando los rostros de cada persona en el salón— Un compromiso falso que debía mantenerse en privado por su seguridad. Si Jigen estaba detrás mío, por extensión iría también por él.

—Espera, espera... —la interrumpió Himawari con incredulidad— ¿Compromiso falso? ¿Todo este tiempo fingieron que iban a casarse?

—Y ustedes lo sabían, ¿no? —concluyó Naruto dirigiéndose a su mejor amigo— Por eso ni tú, ni tus hijos hicieron un escándalo como se habría esperado.

Sasuke se encogió de hombros.

—¿Quién más lo sabía?

Todos sacudieron la cabeza con desconcierto, todos menos Shinki.

—¿Qué? —resopla al ver que las miradas recayeron en su persona— No es mi culpa que no sepan poner atención a los detalles.

—Por supuesto que jamás íbamos a sospechar que era falso. —expresó Konan— Desde chiquillos pregonaban que iban a casarse, por eso a nadie le pareció extraño que terminara en una boda real.

—Sí, bueno, eso fue antes de involucrarme con su hermano. —suelta Sarada de buenas a primeras— Creo que eso resume bien las cosas.

Ella podía sentir una mirada taladrándole la nuca, pero se resistió a enfrentarse a los ojos grises fijos en su persona. Sabía que después le pediría una explicación, pero genuinamente estaba cansada del mismo drama de siempre.

—Sarada... tú... —balbucea Kaede— ¿Lo recuerdas todo?

La reacción general fue de estupefacción.

—Eso no importa ahora. —niega con la cabeza— Lo que me interesa saber es cómo llegó la información del compromiso hasta Jigen.

—No hemos comentado del tema con nadie ajeno a la familia, cariño. —menciona Karin, ganándose un asentimiento de las otras mujeres— Ni siquiera he oído cotilleo entre la servidumbre sobre el tema.

—Tu lo sabías. —añade Boruto en voz baja hacia la mujer junto a él, nadie más podía oírlos— ¿Quién te lo dijo a ti?

—Daemon lo mencionó, pero me pidió discreción, así que no se lo he dicho a nadie. —comenta Ada— Lo juro, la fuga de información no ha sido por mí.

El rubio estrechó los ojos, pero luego de un par de segundos su expresión se suavizó al no percibir nada más que sinceridad en su mirada y terminó por darle el beneficio de la duda. Al parecer, Ada había cambiado bastante en los últimos meses, tal vez fue a causa de un corazón roto o del rechazo de la sociedad, pero cualquiera que haya sido sirvió para ganarse un poco de su confianza.

Por otro lado, Sumire sintió que los nervios la carcomían por dentro. Ella le aseguró a su padre que Boruto y Sarada se casarían, pero lo hizo para apaciguar su enojo y demostrar que la Uchiha no sería un obstáculo en su relación con Kawaki.

¿Su padre sería capaz de contactar al jefe de la mafia polaca para brindarle información que le ayudara a sacar a Sarada del camino? Ella sabía la respuesta.

Sí, era capaz de eso y más.

Pero jamás admitiría que tenía la culpa, de lo contrario perdería credibilidad frente a los Uzumaki-Hyūga y provocaría desconfianza entre Kawaki y su padre. No estaba dispuesta a sacrificar su posición por algo que ahora ya no tenía importancia.

—¿Por qué no pasamos al comedor? —propone Sumire en un intento de disipar la tensión en el ambiente— Sé que ha sido un día terrible, pero al menos podemos cerrarlo de buena manera, veamos el lado bueno, todos estamos a salvo.

—Tienes razón, querida. —afirma Ino, buscando ayuda en Sakura y Hinata, quienes no estaban del todo convencidas— Creo que merecemos una buena cena después de todo este desastre.

—Por mí está bien, esto del tiroteo me despertó el hambre. —comenta Mitsuki, provocando varias carcajadas— Además, no saldremos de aquí hasta que aseguren la zona, qué más da.

—De acuerdo. —accedió Naruto finalmente— Si vamos a estar encerrados, al menos que sea con la barriga llena.

Sasuke gruñó con fastidio, pero se vio obligado a seguir a su mujer cuando pareció aceptar la idea. Maldito él por no poder negarle nada a su esposa.

Uno a uno fueron pasando al comedor hasta que en el vestíbulo únicamente permanecieron Sarada, Boruto y Kawaki.

—¿Desde cuándo?

Silencio.

—No pareces tan sorprendido. —menciona Boruto— ¿Ya lo sospechabas?

—No hasta hoy. —su mirada no abandonó en ningún momento los ojos oscuros— Defendiste a Ada. Eso es algo que no harías por alguien que acabas de conocer, incluso pensabas tomarte la molestia de llevarla tú misma, ahí fue cuando te delataste.

La Uchiha se encogió de hombros, no parecía dispuesta a formar parte de la conversación. Boruto fue escabulléndose poco a poco hacia la habitación contigua para brindarles privacidad.

—¿No vas a decir nada?

—¿Qué esperas que diga? —frunce el ceño— Todo está dicho.

—Sabes que no es verdad.

—Así como sé también que nunca debí aceptar enredarme contigo. —responde con estoicismo— Al final entendí que no fue tu culpa, sino mía.

Kawaki sintió las palabras como un golpe en la boca del estómago. Durante meses pensó en lo que le diría la siguiente vez que la tuviera de frente, pero no esperó que ella hubiese cambiado tanto desde entonces.

—Así que te devuelvo las palabras que me dijiste el último día en St. Moritz. —masculló la joven con seguridad— No hay un tú y yo. No lo hubo y nunca lo habrá.

Kawaki acortó la distancia entre ellos hasta que sus cuerpos prácticamente se rozaron entre sí.

—Mentira. —susurró contra sus labios— Sabes que lo hay ahora, lo hubo meses atrás y lo habrá siempre.

Ella le sostuvo la mirada y dio un paso atrás para poner distancia de por medio, pero él no lo permitió y tomó su rostro entre sus manos. A la Uchiha no le pasó desapercibida la determinación brillando en sus ojos grises.

—Sólo falta un poco más. —acarició su labio inferior con el pulgar— Casi se ha terminado.

Tenerla así, respirar su aroma y sentir la calidez de su cuerpo contra el suyo lo estaba sacando de quicio. Cerró los ojos, acariciando su nariz con la suya en busca del más mínimo contacto.

Sarada no entendió lo que quiso decir, y tampoco tuvo tiempo de preguntar a lo que se refería porque alguien hizo sonar su garganta a un par de pasos. Ambos se separaron como si el contacto piel a piel les quemase.

—Cariño, la cabecera de la mesa está vacía. —la pelimorada fingió no haber visto nada y señaló el comedor con una sonrisa falsa— Me sentaré junto a ti esta vez.

Quizá no era el mejor momento, pero ni un atentado, ni Sarada Uchiha arruinarían sus planes para terminar la noche.