Prologo
En Nuevo Oslo, ya pasaron más de siete meses desde que las mujeres voluntarias de Asgard se han ido habituando al ritmo de la vida de allí. Han formado sus nuevas familias con los hombres del lugar, cuyas costumbres han ido aprendiendo, y para bien o para mal, ahora son sus nuevos compañeros. Algunas pronto tendrán descendencia dando lugar a la salvación del lugar con una pequeña nueva generación que ha traído esperanza a esa tribu. A su vez, la ciudad subterránea se ha enriquecido con el conocimiento actualizado del mundo exterior y de las costumbres de Asgard que ellas traían consigo.
Durante los primeros meses, en aras de la buena voluntad del gobierno Asgardiano primero les enviaba ayuda humanitaria, meses después les habían enviado a Hagen para fungir como embajador y contacto directo, pero al ver que el tiempo trascurría sin ningún contratiempo, el interés de tener un contacto había sido cada vez menor. Pasó un mes y nadie llegó desde Asgard, pasó otro mes y tampoco vino nadie. La vida proseguía, lenta, helada… Pero de repente comenzaron a suceder cosas raras: las voces de la calle se vuelven silenciosas, ya no hay chismes, ni sonrisas, los rostros denotan preocupación.
Hagen mira desde su balcón, ubicado en lo más alto junto a la casa del jefe de lugar este ambiente extraño. también está preocupado. Al llevar tan poco tiempo en el lugar, es fácil notar cuando algo cambia abruptamente. Pese a estar con su esposa e hijos, siguen tratándolo con respeto, pero sigue siendo un forastero y no le tienen la suficiente confianza como para contarles sus problemas personales.
Gretta, su ahora esposa, cubierta en unas pieles de zorro blanco y con su hijo mas joven en brazos entró al balcón detrás de el.
Hagen, necesito hablar contigo de algo delicado.
El susodicho volteo y suspiro. Ella no tenia la culpa de que la hubiera agarrado de sustituta de Fler. Le tenia cariño y respeto y le había dado ya herederos que tan pronto pudieran ser entrenados por el, pediría permiso para hacerlo. Le hizo una señal para que entraran y Gretta cerro todas las puertas antes de sentarse en el sillón de respaldo alto.
Quiero comentarte algo que he escuchado de nuestras hermanas Asgardianas
Dime
Algo esta pasando. Creo que ya lo notaste, verdad? – Hagen Asintió – Notaste también que ellas han pasado mas tiempo en el elevador?
Como no verlo. Algunas ya están a punto de parir y se quedan ahí horas.
Lo se. Yo las he aconsejado pero… - bajo la voz un poco – Ellas piensan que sus esposos las han abandonado a su suerte aquí. Dos de ellas son muy jóvenes, apenas llegaran a los 16 y no saben que hacer.
Hagen empezó a recapitular en silencio. Es cierto. Cada determinado tiempo, los varones iban a cazar o por materiales que requerían para hacer algún instrumento, pero el no hacia el conteo de quienes entraban y quienes salían…
Tu sabes si fueron a alguna misión especial?
No que yo sepa. Sabes que solo me tienen aquí para checar que las mujeres sean tratadas con igualdad y respeto.
Lo se. No podemos hacer nada mas?
El grito desesperado de una mujer varios niveles debajo cimbró todo el lugar.
Quédate aquí. Yo iré a ver.
Hagen salió corriendo al mismo tiempo que algunos de los aldeanos mas viejos y las mujeres que estaban desocupadas. En uno de los pasillos inferiores, una de las mujeres Asgardianas de las que hablaba Greta, Eve, era auxiliada rápidamente mientras yacía en un charco de sangre.
Mientras la movían a otra habitación, dos de las ancianas del lugar murmuraban entre ellas:
Llevaba tres días sin comer esperando a Russ, pobre niña.
No es la única. Algunos piensan que los dioses están enojados por contaminar nuestra sangre con las foráneas.
Esas son supersticiones baratas…
Hagen miro a su alrededor. había Cabañas vacías, herramientas sueltas, armas sin empuñar por doquier. Por murmullos de otros mirones, se enteró que hombres más jóvenes se han ido, algunos a cazar, otros a trabajar, otros al exterior en misiones de vigilancia, pero sin importar el motivo, sus historias, el resultado es el mismo, no vuelven. Y cada día se van varios y no todos regresan. Frunció el ceño ¿Qué estaba sucediendo? Porque no le habían dicho nada? Por los rumores, dieron a entender que los demás tampoco estaban seguros.
Uno de los hombres de la ultima expedición de tres, pasando por la entrada a la cueva con pasos cansados y cara de terror, camino hacia el gran cuerno de res que hacía de megáfono rudimentario, y comenzó a recitar versos de viejas canciones, que retumbaban por las paredes de toda la ciudad. Un silencio sepulcral envolvió el ambiente mientras todos miraban al hombre.
Todas las mujeres Asgardianas, al notar la presencia de Hagen en el área, comenzaron a rodearlo con una mirada suplicante en sus rostros. Hagen asintió. Era hora de salir a pedir ayuda a Asgard.
