El astro rey bajaba lentamente por el firmamento bañando todo con su cálido manto; para su buena fortuna, aún le quedaba bastante tiempo de luz antes de poder encontrar algún sitio adecuado para descansar. El camino era solitario, su encapuchada figura sumada al constante y rítmico sonido de los cascos de su caballo contra el suelo ligeramente pedregoso era el único indicio de vida ahí. Estaba cansado y un poco irritado, hacia ya unos tres días desde que estuvo en el último pueblo, en el cual por cierto no había tenido mucha suerte y apenas pudo conseguir unas cuantas monedas. Lo único bueno que podía rescatar se eso era que gracias a la época del año, el clima era agradable y no tenía que sentí como se derretía como si de un cerdo a las brazas se tratara.
Rumiando su descontento, el brujo se decía a si mismo que habría sido mejor ir para el oeste en vez de tomar el camino del norte, pero ya estaba demasiado lejos como para dar la vuelta, sabía que tendría mayor posibilidad de encontrar algo si continuaba por aquel camino. Y no estaba muy lejos de conseguirlo, conforme su fiel compañero avanzaba, algo se distinguía en la distancia, y cuando esto se hizo más visible, Dante sintió un pequeño alivio, era un poste, pero ¿Qué tenía eso de especial? Pensaría cualquiera, pues en esos postes se pegaban anuncios, y eso era señal inequívoca de que un poblado yacía cerca.
Golpeteando con sus botas ligeramente el costado de su caballo, este sacudió la cabeza y apresuró el paso hasta que llegaron a aquel viejo y desgastado poste, entonces Dante bajó de un salto.
—Veamos, ¿Qué tenemos por aquí —dijo mientras examinaba los pedazos de papel que se movían con la ligera brisa del viento.
Muchos de ellos eran muy viejos, estaban desgastados, rotos y la tinta se había corrido tanto que era imposible leerlos, así que si alguno de ellos era un contrato, seguramente ya había pasado mucho tiempo y no estaría disponible. Siguió buscando, diciéndose a si mismo que algo debía haber, no quería perder la esperanza. Frustrado, dejó escapar un suspiro que denotaba su estado, no había encontrado nada. Sin más remedio, y masticando un par de insultos, decidió seguir, pero justo cuando se disponía a montar de vuelta, sus ojos captaron un movimiento, había una hoja cerca del poste, está se había quedado atorada en un diente de león que crecía junto al camino; ¿Por qué no? Se dijo a si mismo, no perdía nada. Se acercó y lo recogió, y al ver el estado y la letra supo que era reciente.
A quien esté anuncio interese y corresponda:
En nombre del pueblo al que rijo, pido encarecidamente que de ser posible, nos brinden ayuda.
Se recompensara a quién dé con el o los culpables de la desaparición de un par de aldeanos.
Recompensa: 30 coronas
Atentamente:
Arthur Smith, regidor de Green Forest.
—¡Bingo! —exclamó con entusiasmo.
De un salto, subió de nueva cuenta a su caballo, el cual ya sabiendo, reanudó su andar a paso tranquilo mientras Dante tenía su mirada fija en el anuncio; si bien treinta monedas realmente no eran mucho, le servirían para hacerse de lo necesario antes de encontrar un mejor contrato.
Luego de unos buenos veinte minutos de cabalgata, finalmente pudo divisar el pueblo; no era grande, pero tampoco diminuto, sólo lo suficiente como para entretenerse haciendo preguntas e investigando más sobre el asunto.
Lo primero que vio al llegar oficialmente al lugar fue una taberna, la cual parecía ya estar entrada en ambiente, y claro, ¿Cómo no? Si era prácticamente el único entretenimiento que había en los poblados de esos tamaños. Tras desmontar y atar las riendas de su caballo a un poste, Dante se paró frente a la puerta, y antes de entrar, ocultó su medallón dentro de sus ropas, y ajustando bien su capucha, entró. Enseguida algunas miradas se fijaron en él, pero no duró demasiado, enseguida todos volvieron a lo suyo. Con paso seguro, el brujo llegó hasta la barra, donde el tabernero le dió la bienvenida con un movimiento de cabeza.
—¿De paso? —preguntó, mientras secaba un tarro.
—Algo así —respondió.
—¿Que te sirvo?
—Lo que una corona me permita —dijo, poniendo la moneda en la barra.
—Medio tarro de cerveza, pan y queso —dijo, disponiéndose a servir luego del asentimiento.
Mientras el tabernero servía, Dante echó un vistazo a su alrededor, a pesar de lo acontecido, todos parecían estar tranquilos, eso le hizo de alguna forma creer que posiblemente el contrato ya no estaba vigente. Tras escuchar el sonido del tarro y el plato ser dejado en la barra, volteó y ahí decidió que sería mejor comenzar con los cuestionamientos.
—Disculpe la pregunta pero, ¿Será que el regidor ande por aquí?
—¿El regidor? ¿A qué se debe la pregunta? —inquirió con algo de desconfianza.
Dante enseguida se percató de aquello, por lo que no queriendo que eso escalara o se pudiera mal entender, sacó el papel de su cinturón y lo puso sobre la barra, atrayendo la atención del tabernero.
—Por esto —dijo, acercando el papel al otro.
Con un vistazo rápido, el hombre leyó aquello, cayendo en cuenta de lo que se trataba, por lo que enseguida se tranquilizó, notándose en como sus hombros, expresiones y voz se relajaron.
—El regidor no está, salió hace un par de días para el pueblo que está del otro lado de la montaña, asuntos familiares si recuerdo bien —respondió—. Pero, si de verdad vienes a ayudar con lo de las desapariciones, puedes comenzar a trabajar y luego esperar a que regrese.
—¿Sabe algo al respecto? —preguntó, mientras comía algo de pan y queso.
—No más de lo que todos ya saben, que todo comenzó con la desaparición de algunas cabras, luego de una vaca y al final un par de jóvenes —le respondió—. Pero puedes ir por ahí y ver si alguien más vió otra cosa, después de todo yo me la pasó aquí, mucho no sé.
Terminando aquella pequeña comida, que le había caído de maravilla, Dante agradeció y se despidió del tabernero. El brujo decidió no preguntar a nadie de los presentes ahí, dado el estado en el que se encontraban, estaba seguro que probablemente no iba a obtener nada que le fuera de utilidad.
Siendo aún bastante temprano, aún había suficiente luz solar para andar por ahí y los aldeanos parecían estar bastante activos, se detuvo a preguntarle a varios de ellos, pero la mayoría decían lo mismo, por lo que al final se quedó exactamente igual que al inicio. Así fue hasta que se encontró con una señora que venía cargando leña.
—Yo sé lo mismo que todos los demás, pero le recomiendo que vaya con el leñador, él sabe más —dicho eso, hizo una pausa, acercándose al brujo y continuando en voz baja—. Pero tenga cuidado, ese hombre está maldito y todo el pueblo lo sabe, pero nadie habla de ello por miedo.
—¿Maldito? —preguntó, algo sorprendido por tal afirmación.
—Sí, así que advertido queda —respondió, yéndose dejando a un Dante desconcertado.
Con aquello dándole vueltas en la cabeza, un montón de hipótesis le bombardeaban, ¿A qué se refería con maldito? ¿Sería él el culpable de esas desapariciones? No tenía mucho sentido ya que no le estaban señalando directamente. Caminando junto a su caballo, trataba de darle sentido a eso, hasta que llegó a una florería casi a la salida del pueblo, decidió entrar. Enseguida lo recibió una joven, la cual lo saludó con una linda sonrisa.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó.
—Disculpa, estoy buscando al leñador ¿De casualidad sabe dónde lo puedo encontrar? —preguntó, notando enseguida el cambio en la expresión de la mujer.
—¿Quién lo busca y para qué lo quiere? —respondió con un dejo de hostilidad en su voz.
Dante se sorprendió por el cambio tan abrupto, y no queriendo que le negaran la información, enseguida le explicó todo, sacando el anuncio del contrato para apoyarse con este.
—Yo, vengo por eso, únicamente estoy reuniendo información y me dijeron que el leñador podría ayudarme —dijo, cuidando sus palabras y el tono de voz.
La mujer lo miró entrecerrando los ojos, como si analizará sus palabras en busca de alguna mentira, Dante juraría que le estaba escudriñando hasta el alma. Pero entonces, luego de un escaneo completo y de estar lo suficientemente segura de que no le mentía, la joven mujer suavizó sus facciones.
—Vive a las afueras del pueblo, cerca del bosque, a unos tres kilómetros de aquí, siga el mismo camino por qué el venia, y tras ver el árbol de tres puntas sabrá que habrá llegado, su casa está a unos metros más adelante —le respondió—. Espero pueda dar con el o los responsables, ah, y otra cosa, sí algo le pasa a él, te perseguiré hasta el fin del mundo.
Dante agradeció y se despidió, montando su caballo para ir en busca de aquel hombre. Era raro, ahora tenía mucha curiosidad de conocerle ya que luego de ser mencionado la gente había actuado muy extrañamente, y más aún luego de esa amenaza.
Atardecia, probablemente quedaban un par de horas de luz, y con eso sabía que probablemente tendría que posponer la búsqueda de pistas hasta el día siguiente por la mañana. Pensaba en que no estaba del todo mal, después de todo, la situación parecía apuntar a qué los ataques se habían detenido luego de la desaparición de los aldeanos. Sumido en sus pensamientos, no sintió el tiempo pasar, al menos hasta que a lo lejos un peculiar árbol se hizo notar, ahí estaba. Dante entonces apresuró el andar de su caballo, y como la joven, a la cual hasta ese momento se percató no le había preguntado su nombre, le dijo, la cabaña del leñador yacía unos pocos metros más adelante. La construcción era pequeña y se veía bastante bien, lo cual normalmente era una buena señal. Bajando del caballo, Dante se acercó, a punto estaba de tocar la puerta cuando escuchó ruidos que venía de la parte trasera, entonces decidió rodear. Ahí, dándole la espalda, estaba un hombre que partía leña con bastante destreza, levantaba el hacha y de un solo tajo partía la madera en dos; se aclaró la garganta.
—Buenas tardes o noches —dijo—. El leñador, debo suponer.
El hombre entonces se detuvo, echándose el hacha al hombro y girando su cuerpo para finalmente encararlo. Dante se quedó ahí, viéndolo con sorpresa; la verdad era que no sabía porque se había imaginado algo completamente distinto. En su cabeza figuraba un hombre mayor con una barba blanca, larga y desalineada, un cabello con las mismas características y con una gran barriga, pero frente a él estaba todo lo contrario, el hombre era joven, calculaba que no más de veinticinco o treinta años, tenía barba sí, pero recortada y bien cuidada, además de un cabello castaño ligeramente desarreglado por el trabajo físico que realizaba, sumado a eso del cuerpo ni hablar, se notaba a leguas que esa barriga que había imaginado Dante jamás había estado ahí y que posiblemente nunca lo estaría.
—¿Ha venido hasta acá por leña? Le habría sido más fácil comprarla en la florería —le respondió el hombre, sin moverse de su sitio.
—No, en realidad vengo a buscarlo a usted —le respondió, preguntándose a si mismo porque venderían leña en la florería.
—¿A mí? —preguntó, luego suspiró con cansancio, dejando el hacha descansando en el suelo—. ¿Los aldeanos de nuevo? Ya ni siquiera me paro por allá y aún así no dejan de molestar ¿Cuánto le han pagado ahora? Lo que sea yo le daré el doble si se va de aquí ahora y me deja en paz.
—¿Qué? No, no vengo por usted, únicamente quería hacerle algunas preguntas, yo... —se lo pensó un momento, pero decidio no decirlo dadas las circunstancias—. Estoy por el asunto de las desapariciones, sólo vengo a descubrir que ha pasado, eso es todo, le prometo que no tiene nada que ver con usted.
El hombre suspiro, claramente aliviado, y ahí Dante supo que no era la primera vez que el pobre hombre pasaba por todo eso, y con ello, su curiosidad creció ya que suponía que su reacción tenía que ver con lo que aquella mujer le había mencionado sobre que el leñador estaba maldito. Pero fue en ese instante en el que cayó en cuenta de algo, su amuleto no había dado señales de estar en presencia de nada, eso era extraño, de haber alguna clase de energía, habría causado una reacción.
—Entiendo, entonces pasa y, puedes dejar a tu caballo en el establo junto al mío, ahí hay comida y agua —le dijo señalando la dirección con un movimiento de cabeza, mientras recogía leña y la llevaba al interior de la cabaña.
Una vez dentro, Dante miró con sorpresa lo bien ordenada que estaba la cabaña, además de lo bien que olía; un montón de flores adornaban el recinto y el fuego de la chimenea hacia que fuera cálido y reconfortante, especialmente tomando en cuenta que el atardecer y pronto anochecer traían consigo algo de frío.
—¿Puedo ofrecerte algo? —preguntó el hombre.
—Cualquier cosa está bien, te agradezco...
—Jacob, me llamo Jacob —dijo, mientras servía algo en unos cuencos de madera.
—Jacob... Yo soy Dante de Redgrave y... —se mordió la lengua antes de meter la pata.
—Un gusto, Dante —le respondió, mientras dejaba uno de los cuencos frente al otro hombre—. ¿Por qué no te quitas la capucha?
Dante se lo pensó un poco, pero si no lo hacía, se vería un más sospechoso y lo que menos quería era que Jacob se sintiera nervioso de ninguna forma. Entonces lo hizo, con sus manos enguntadas retiro su capucha, dejando así ver su peculiar cabello blanco y sus inusuales ojos; luego de eso, ya no podría ocular más lo que era.
—Debí suponerlo —dijo Jacob—. Un brujo.
El brujo lo miró, esperando a que Jacob le dijera que se marchara, que no quería tener a un brujo en su casa y que de ningún modo iba a colaborar o compartir espacio con un fenómeno como él. Ya se sabía esos discursos de memoria, a dónde quiera que fuera no era bienvenido, la gente tenía una muy mala imagen de los brujos, y si bien Dante estaba más que acostumbrado, no dejaba de ser molesto e inconveniente, pero Jacob no dijo nada, en cambio, se giró para traer un par de tazas y preparar té, para después sentarse frente a él.
—Es estofado de venado, lo cace ayer, así que está recién hecho, espero te guste —dijo—. Seguramente esperabas una cerveza, pero de momento no tengo ya que únicamente la consigo en el pueblo y bueno, ya te harás una idea, así que sólo puedo ofrecerte té de hierbas para acompañarlo, oh casi lo olvido, el pan —mencionó, girándose un poco para sacar dos piezas de pan de un canasto.
El brujo estaba ciertamente sorprendido, ya que podía contar con los dedos de una manos las veces en las cuales había sido bien recibido, y le sobraban más de la mitad de los dedos. Claro que no se quejaba en absoluto, lo mejor en esos casos era disfrutar del buen trato.
—Gracias —fue todo lo que logró decir.
—¿Entonces respecto a las desapariciones? —preguntó Jacob mientras comía un trozo de pan remojado en el estofado.
—Solamente sé que comenzó con unas cabras y una vaca, luego un par de aldeanos desaparecieron, y nada más, aparentemente nada de pistas, avistamientos o sonidos inusuales —comentó, antes de probar el estofado, el cual estaba espectacular.
Jacob se quedó pensando, en su cabeza trataba de ordenar todos los acontecimientos ya que era él quien sabía más al respecto, pero ya aquello tenía un par de semanas y hasta ese momento nadie había llegado para ayudar a resolver el asunto.
—Las desapariciones de los animales fueron hace casi cuatro semanas, primero las cabras de un pastor que andaba en el bosque, se quedó dormido y al despertar dos de ellas habían desaparecido y el resto del rebaño había vuelto a casa por su cuenta, supongo que del susto regresaron a lo que sabían que era un sitio seguro. Lo de la vaca fue más o menos similar, sólo que esta escapó y tuvo la mala fortuna de encomtrarse con el o los responsables de las desapariciones de las cabras. En cuánto a los jóvenes, eso ocurrió hace dos semanas, era más o menos medio día cuando salí a revisar las trampas para los conejos —continuó—. Mientras caminaba, escuche voces y risas, entonces los vi, eran un par de jóvenes, los conocía, ella era la hija del zapatero y el chico el hijo del herrero. Es bastante común que los jóvenes se adentren en el bosque para tener un rato a solas, así que no pensé demasiado en ello, tampoco me atreví a decirles nada ya que, bueno, no soy muy bien visto o bienvenido en el pueblo. Luego de eso, no supe más hasta un día después, en el que saliendo a cortar árboles para la leña fue que encontré un zapato y señales de que alguien había sido arrastrado. Traté de seguirlo, pero llegó un punto en el que el bosque se hizo más espeso y la noche me atraparía ahí, y sin duda no quería que fuera lo que fuera que se los llevó, me atrapará a mi también. Decidió regresar, con la idea de que a la mañana siguiente más temprano iba a buscarlos, pero esa noche cayó una tormenta y los rastros desaparecieron, obviamente se hizo la búsqueda, pero no se encontró nada, el padre de la chica culpo al chico de seguramente haberle hecho algo, o de habérsela llevado, pero no se llegó a ninguna conclusión ya que ninguno de los dos volvió a ser vistos.
El brujo escuchaba atento a todo aquello, preparaba ya las preguntas necesarias para de esa forma ir descartando que podía ser o no ser. Después de todo, una larga lista de monstruos, seres y criaturas podían ser las responsables.
—¿Aparte de los bosques hay algo más? Es decir, ¿Pantanos, barrancos o incluso algún reciente campo de batalla o un cementerio? —preguntó, dándole un sorbo al té de hierbas.
—No, nada de eso —negó con la cabeza—. La ciénega está del otro lado, como a un día en caballo de aquí, el cementerio está a la entrada del pueblo y debido a problemas con eso del robo, las tumbas comenzaron hacerse el doble de profundas y cubiertas con una loza de piedra. Barrancos tampoco hay de este lado, solamente del otro lado de la montaña —se quedó pensando—. Aunque, lo que sí hay son un sistema de cuevas en lo profundo del bosque.
—¿Cuevas? Bien, eso descarta muchas cosas —dijo el brujo—. Creo que tengo una idea de lo que podría ser la causa, pero será mejor confirmarlo yendo a buscar pistas, ¿Serías tan amable de guiarme ahí?
—Por supuesto, lo haremos a primera hora de la mañana —le respondió.
Jacob le ofreció a Dante una improvisada cama de paja, cubierta con una linda manta hecha con retazos de tela y unas bonitas letras bordadas con hilos color oro que decían "JF". Realmente aquello no era para nada glamoroso, pero era cómodo y cálido, mucho mejor que en lo que había dormido desde hacía quien sabe cuánto y demás está decir que estaba más que agradecido con su anfitrión por su amabilidad y recibimiento. Durante primera parte de la noche, Dante no durmió, en su mente daba incesantes vueltas a toda la información que había logrado reunir hasta el momento, y así fue hasta que eso quedó en segundo plano y se centró en lo que hubo escuchado sobre Jacob; la información era extraña, le habían dicho que el hombre estaba maldito, más sin embargo su medallón no reaccionaba, ni aún cuando lo tuvo tan cerca de si, pero eso no era motivo para descartar la posibilidad, las maldiciones eran de muchos tipos y tal vez la de él no era detectable hasta que se manifestara. Tal vez necesitaba esperar hasta luna llena, o tal vez luna nueva, inclusive puede que a un eclipse, ¿Sería de sol o de luna? Posiblemente alguna hierba, un olor o un objeto en específico. Se giró y sus ojos se fijaron en el joven leñador que dormía dándole la espalda, el tenue resplandor de las brazas de la chimenea apenas iluminaba el recinto, pero para Dante eso no importaba, él veía exactamente igual tanto de día como de noche.
Unas horas más tarde, y antes de que el astro rey asomara, Jacob ya se encargaba de preparar el desayuno. Sin dar indicios de que estaba despierto, observó como preparaba todo con dedicación, entonces se preguntó cómo era que alguien así de amable y claramente bien educado podía ser repudiado en el pueblo al punto de tener que exiliarse.
—Después de terminar el desayuno partiremos, el sol sale en una media hora —dijo Jacob, terminando de servir.
Dante entonces se levantó, era evidente que Jacob sabía que estaba despierto, aunque lo cierto era que apenas había dormido durante la noche, su mente se la pasó trabajando a todo lo que daba como para permitirse descansar, pero se sentía bien. El desayuno fue igual de espectacular que la comida y tras terminar, ambos hombres prepararon lo necesario para partir.
El inicio del camino fue tranquilo y silencioso, Dante cabalgaba unos cuantos pasos por detrás de Jacob y su corcel blanco. El brujo, repasaba en su mente lo que posiblemente se iban a encontrar cuando llegaran al área del incidente, o si cabía la posibilidad de lo que fuera que se llevó a esos chicos y a los animales aún seguiría ahí.
—¿Entonces ya tienes una idea de que puede ser? —preguntó Jacob, mirando a Dante.
—Al menos un par, sí —dijo, poniéndose a la par de su compañero.
Dante entonces miró a Jacob a los ojos, cosa que no había hecho detenidamente y ahí se percató que éstos eran de un lindo color verde, pero eso no fue lo único que llamó su atención, había algo más en ellos, pero no pudo averiguar que era, ya que Jacob dejó de verlo, dirigiendo su mirada al camino como si intuyera que el brujo trataba de descifrarlo.
—¿Son buenas o malas noticias? —preguntó, como si nada hubiera pasado.
—Me temo que malas y peores —respondió la pregunta.
Jacob guardó silencio, dándole vueltas en la cabeza a aquella respuesta. ¿Qué podría ser cómo para que un brujo dijera eso? Después de todo, a esos se dedicaban y estaban acostumbrados a ello. También con ello, pensó en lo mal que seguramente la pasaron aquel par de jóvenes y que lo más probable era que ya no estuviesen con vida, sumado al hecho de que si aquella tormenta no hubiera caído esa noche y se aventuraba a buscarlos por su cuenta, su destino seguramente habría sido igual al de ellos.
—Aquí —dijo Jacob, deteniéndose y bajando del caballo—. Cerca de este árbol fue que encontré el zapato y las marcas de arrastre comenzaron por aquel pino.
El brujo asintió, desmontando de un salto, para después sacar de las alforjas de su caballo sus espadas y echádoselas a la espalda. De ahí siguieron a pie, Jacob por detrás de Dante, llevando los caballos por las riendas. En ese recorrido, el brujo encontró pedazos de tela atorados en un tronco caído, se veían desgastados por la exposición a la intemperie, iban por buen camino.
Conforme avanzaban, Dante notó que de pronto el bosque estaba completamente en silencio, nada de sonidos de aves, insectos, únicamente el sonido de sus botas, las de Jacob y los cascos de sus caballos contra el suave pasto, entonces se detuvo y escuchó con atención. Jacob, de pie justo detrás de él, se quedó en silencio, casi aguantando la respiración para no perturbar la concentración del brujo, hasta que este reanudó su andar.
—Pasando aquel claro, se encuentra la primera cueva —dijo, cuando al fin creyó que era prudente romper el silencio.
—De acuerdo —dijo, sin mirar a Jacob.
El joven leñador podía percibir la tensión en el cuerpo del brujo, juraba que esta era tal que de estar más cerca lo aplastaría. Un instante después, Dante hizo un ademán con la mano, indicándole a Jacob que se detuviera, y este obedeció. El brujo entonces se adelantó, acercándose a la cueva mientras Jacob permanecía oculto tras el grueso tronco de un enorme roble; con su mirada seguía los pasos del peliblanco, el como andaba con sigilo, como un gato asechando a su presa, con lentitud, aquella fuerte mano se acercó y tomando el mango de la espada, se aferró a éste, pero no desenfundó. Se quedó quieto, mirando detenidamente la oscura entrada de la cueva, nada. Con el cuerpo relajado, Dante soltó el mango de su espada y regresando sobre sus pasos negó con la cabeza, indicándole a Jacob que ahí no era. Aliviado, salió de su escondite, jalando las riendas de los caballos.
—Si esa no es, la siguiente está como a medio kilómetro hacia el este —indicó, guiando el camino para que Dante le siguiera.
Ambos continuaron a pie, ya que a medida que avanzaban el bosque era cada vez más denso, dificultando el poder ir a caballo. En un punto, la densidad era tal que parecía que estaba por anochecer, cuando no podía ser más allá de las once de la mañana. Todo seguía igual de silencioso, indicando que no debían estar muy lejos de su objetivo, y no estaban equivocados, cuando la enorme cueva fue visible y la distancia se fue acortando, por primera vez el medallón de Dante comenzó a volverse completamente loco, tal era la vibración que hasta Jacob pudo escuchar aquello.
—¿Que es eso? —preguntó con un hilo de voz.
—Mi medallón —respondió, metiendo su mano entre sus ropas, sacando una cadena de plata la cual tenía atada al final un medallón. Este tenia un lobo de frente con las fauces abiertas—. Esto indica que lo que estamos buscando está aquí.
Esas palabras, hicieron que a Jacob se le hiciera un nudo en la garganta, mientras que una pequeña gota de sudor bajaba por su frente, no entendía porque estaba nervioso, al final de cuenta no era él quién se iba a enfrentar al o a los monstruos, o fuera lo que fuera que habitara en esa cueva para que el medallón de Dante se estuviera volviendo loco. Por supuesto que ese detalle le parecía fascinante, y era algo que desconocía por completo de los brujos.
—Escúchame con atención y quiero que sigas todo al pie de la letra, ¿Entendido? —preguntó, prosiguiendo únicamente cuando Jacob le confirmó con un movimiento de cabeza—. Estoy casi cien por cien seguro de que son Arachas, pero antes de prepararme me tengo que asegurar, entraré a la cueva para confirmarlo y después saldré a preparar todo. Bajo ninguna circunstancia debes acercarte, si ves salir algo que no sea yo o no salgo en diez minutos, vete, sube a tu caballo y deja este sitio sin mirar atrás, con esa información otro brujo podrá encargarse de ello, ¿Quedó claro?
—Entendido —respondió con dificultad, por alguna razón la idea de que a Dante le pasará algo le aterraba—. Pero, ¿Qué son Arachas?
—Son arácnidos gigantes, venenosos y muy pero muy peligrosos, dado que no volvieron a atacar luego de la desaparición de los dos jóvenes, me temo que haya sido por qué se están reproduciendo —le respondió—. No olvides lo que te dije.
Con esas palabras, el brujo se adentro en aquella enorme cueva, desapareciendo en la oscuridad como si el abismo se lo hubiera tragado. Jacob se quedó con el corazón acelerado, un sudor frío bajándole por la espalda, y su mente trayendo imágenes aterradoras de cómo era que podían lucir aquellas cosas, pero no más aterradora que la idea de que Dante no volviera a salir de ahí.
