Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados con propiedad de Stephenie Meyer, la trama es completamente mi invención.

Capítulo 61

Los antojos de noche me hicieron salir de la cama.

Olía a pan recién horneado y era delicioso para este frío.

Edward estaba en la cocina. Lo observé desde el marco de la puerta, apoyé una mano en mi espalda baja, últimamente sentía que mi barriga me hacía caminar como un pingüino y me había dado cuenta que el equilibrio ya no era mi fuerte.

Me centré en mi esposo.

Lucía concentrado. Tenía el ceño ligeramente fruncido mientras terminaba de decorar una bandeja de cupcakes con betún violeta. Emmy había elegido el color. Por supuesto.

— Estás muy sexy con ese delantal —murmuré, él se volvió a verme con una sonrisa torcida,

— Eso dicen todas las mujeres embarazadas de siete meses —bromeó, limpiándose los dedos con una toalla.

Caminó hacia mí con esa forma suya tan tranquila. Me rozó la mejilla con los labios y luego bajó la vista a mi barriga, que ya era imposible de ignorar.

— ¿Y tú qué dices, bebé? —le susurró a mi vientre—. ¿Tu mamá está portándose bien?

— El bebé y yo nos pusimos de acuerdo para comer helado esta noche —encogí mis hombros luciendo inocente.

Edward soltó una risa juguetona y despreocupada. Se giró dándome la espalda, abrió el refrigerador y sacó el bote de helado sabor chocolate, empezó a servirme con tanta habilidad que me hizo cuestionar que quizá lo molestan mucho. Volteó hacia mí y dejó la copa de helado cerca de mí.

— Creo que estoy listo para que nuestra familia se vuelva un número par ―me dio un guiño―. Pienso que será un chico y seguramente estará de tu lado siempre, así que creo seguiré perdiendo —me explicó, tomándome suavemente del mentón para darme un beso.

Había algo en cómo me miraba. Aunque llevábamos tanto recorrido juntos, seguía teniéndome esa paciencia, ese asombro, como si cada día conmigo fuera algo nuevo. No sabía cómo lo hacía, pero él lograba hacerme sentir especial y no importaba el número de veces que discutieramos, él siempre me hacia sentir bien.

― Te amo ―pronuncié, poniéndome de puntillas y dándole un beso―. Gracias por todo lo que haces por nosotros, Edward.

Lo abracé fuertemente ,según lo que el volumen de mi vientre permitió, enterrando mi cara en su pecho. Dejé que me rodeara con sus brazos. El calor de su cuerpo era mi lugar favorito últimamente.

― Nena, ¿qué pasa?

― Nada. Solo que siempre me consientes, me haces sentir especial, bonita y ―suspiré―. Eres el mejor, Edward.

— Te ves hermosa.

— Me veo hinchada ―murmuré en su pecho.

— Te ves perfecta.

Negué.

De pronto los malditos celos hicieron acto de presencia. Su compañera de trabajo me seguía cayendo mal, estaba ahí todo el tiempo, insistiendo en salir. Y aunque Edward a veces salía con sus compañeros o con Alec. Leah seguía siendo esa mujer enfadosa que me hacía rabiar.

— Leah no está invitada ¿verdad? ―indagué sin ocultar mis celos.

La risa acompasada de Edward retumbó en su pecho.

— ¿A la fiesta de Emmy? Por supuesto que no, nena. Estamos hablando de una fiesta infantil ¿por qué habría de estarlo?

— Bueno, sí ―murmuré, batiendo las pestañas― solo necesitaba saberlo.

Su risa se volvió profunda. Sus manos se deslizaron por mi cintura hasta mis glúteos.

― ¿Quién dice que yo soy celoso? ―enarcó una ceja.

Fruncí los labios. Edward amaba mofarse de mis celos.

― No dices lo mismo cuando me ves platicando con mi compañero ―lo reté. Edward rodó los ojos.

― Seth es un tipo molesto que solo está tratando de llamar tu atención.

― No importa. Porque el único que tiene toda mi atención y mi amor eres tú.

― Me gusta saberlo ―descansó su frente en la mía y suspiró lánguidamente.

― ¿Estás listo para cambiar pañales?

— Estoy listo para todo eso —aseguró—. Para ti, para mis hijos. Para esta vida.

Alcé la mirada para besarlo. Era uno de esos besos lentos, sin prisa, como si el tiempo nos perteneciera por completo.

.

El salón de fiestas estaba decorado con luces cálidas, globos lilas, rosas y blancos y una enorme pancarta con letras brillantes que decía: Emmy cumple 3. Afuera, la nieve seguía cayendo con suavidad, cubriendo las calles de Connecticut con un manto blanco, pero dentro todo estaba lleno de vida, risas y calor. El invierno parecía no tener poder dentro de estas paredes, donde reinaban la familia, el amor y los nuevos comienzos.

Emmy corría entre los globos, con un vestido de tul morado que se esponjaba a cada paso, su cabello recogido en dos coletas altas y las mejillas sonrojadas por la emoción. Tenía una tiara diminuta en su cabeza, porque ese día ella era la princesa absoluta.

Edward la seguía con la mirada, su sonrisa llena de orgullo mientras me acompañaba a cada paso.

— Emmy está tan grande ya —dijo Charlie, de pie a mi lado, con una copa de ponche caliente en la mano. Sue estaba a unos pasos, cuidando de su hijo Max, que jugaba con otros niños en la zona de actividades.

— Lo sé —respondí, con una sonrisa nostálgica—. Parece que fue ayer que todo comenzó.

Charlie me miró con ternura y puso su mano sobre mi hombro. No dijo nada, pero en sus ojos vi lo que no necesitaba pronunciarse: orgullo, cariño, y quizá también una pizca de disculpa silenciosa.

Esme y Carlisle se acercaron en ese momento, me abrazaron con calidez. Esme ya no tenía esa frialdad distante; hoy, sus ojos brillaban con afecto sincero mientras observaba mi gran barriga.

— Te sienta bien el embarazo, Bella —expresó con suavidad, acariciando mi hinchado vientre—. ¿Aún te deja dormir?

— Gracias —le respondí―. Casi no, creo que paso más en el sanitario que en la cama.

Esme sonrió natural. Y así eran nuestras cortas conversaciones, supuse que íbamos un paso a la vez, rompiendo reticencias. Probablemente algún día tendríamos una buena relación entre suegra y nuera.

Del otro lado del salón, Lauren reía con una copa de jugo en la mano. Estaba tan guapa como de costumbre y más relajada de lo que la había visto en mucho tiempo. Le había sentado de maravilla ese viaje para ella sola, se veía más feliz y en paz. Alec se le acercó con una sonrisa burlona y ella lo empujó suavemente del hombro, así fue como empezaron a jugar entre ellos. Juntos, pero no mucho, cómplices, pero a su modo. Quizá estaban mejor siendo solo amigos. O tal vez algún día el destino tejería sus redes para atraparlos y terminarían dándose una nueva oportunidad, no podía saberlo.

Sacudí la cabeza. Fue que los vi entrar.

Kate con su estilo impecable y esa timidez que siempre la había caracterizado, nada que ver con su hermana Irina, no. Hoy reconocía que Kate tenía nobleza en su corazón y aunque más de akguna vez sentí celos por verla cerca de Edward, no podía seguir diciendo que sentía lo mismo, sobre todo desde que nos enteramos quien era su novio. Porque no estaba sola. Caminaba de la mano de Mike Newton (el mismo que había sido abogado de Alice en el juicio). Se veían felices. Ella se acercó a felicitar a Emmy, vi que dejó un regalito en su manos, mi niña corrió hacia mí. En cambio Kate se quedó conversando con Edward junto a Mike. Admitía que me encantaba verla feliz.

Pero el verdadero silencio se hizo cuando alguien más cruzó la puerta.

Alice.

Mi hermana. Mi historia más rota. Y sin embargo, ahí estaba. Con los ojos brillantes, el rostro más delgado, pero sereno. Con pasos lentos, casi con miedo, se acercó hasta mí.

Se detuvo a unos pasos, bajó la mirada y su sonrisa se extendió, sin pedir permiso, acarició con delicadeza la cabeza de Emmy, que jugaba con una muñeca a nuestros pies. Emmy la miró un momento con curiosidad, luego simplemente volvió a lo suyo. Inocente. Libre y ajena.

Yo me quedé quieta, sin poder reaccionar y con la respiración atascada en la garganta.

— Bella… —empezó Alice, con voz baja—. Solo quiero decirte que lo siento. Por todo. Por no haber visto a tiempo, por no haberte creído. Por no haber sido la hermana que merecías.

No sabía cuánto había esperado esas palabras hasta que las oí. Algo se rompió dentro de mí, pero no era dolor. Era alivio.

Alice levantó la vista. Sus ojos fijos en mi vientre, fue cuando su abrigo se abrió que noté el bulto redondo en su vientre.

— Estás, estás embarazada —tartamude sorprendida―. Pero, ¿cómo si tú no…?

Ella asintió. Tenía sus ojos llenos de lágrimas.

― Él mintió ―murmuró―. Nunca fui yo la enferma, sino él.

Cerré la boca. Estaba procesando lo que me había revelado y no podía creerlo, aunque aceptaba que me daba felicidad saberla bien y por cumplir su sueño.

― Pero veo que tú también estás embarazada ―pronunció.

― Sí ―dejé mis manos en mi enorme barriga― tengo siete meses. ¿Y tú? ¿te casaste? ¿quién es el papá? ―mi lengua estaba sin filtros.

— Estoy de cinco meses. El papá ya no está en mi vida. Pero eso está bien. Voy a empezar de nuevo. Me mudo a Canadá la próxima semana.

― ¿A Canadá? ¿Por qué? ¿Es niña o niño? ―En estos momentos solo quería abrazarla muy fuerte y platicar con ella como tantas veces lo hicimos en el techo de la casa, como cuando fuimos confidentes y todo parecía ser felicidad.

Alice suspiró y también empezó a acariciar su vientre. Había tanto emoción en su mirada pero también había dolor reprimido en ellos.

― Me iré por trabajo ―reveló―. Y es un niño, se llamara Charles como papá, por cierto, no te enojes con él por no decirte nada ―señaló su vientre―, papá comprendió que necesitaba hacerlo yo.

Dio un paso más y sin decir nada, me abrazó. Un abrazo fuerte, de esos que te confortan sin decir mucho pero que es necesario.

― Me da gusto verte ―le dije.

— Te deseo lo mejor, Bella —susurró—. De verdad. Ahora sí.

Yo también la abracé con fuerza. No necesitaba decirle que también le deseaba lo mismo. Lo supo. A veces, el amor entre hermanas no desaparece, solo se duerme, esperando que ambas crezcan para entenderlo.

La música volvió a sonar, los niños seguían riendo y corriendo entre globos y serpentinas.

― Te quedarás hasta que parta el pastel ¿verdad?

Alice asintió y fue directo hacia donde estaba Charlie y Sue.

Edward me miró y no dudó en acercarse.

― Vino… ―susurré―. Mi hermana vino, Edward.

Se puso detras de mí y me rodeó con sus brazos, apoyando su mentón en mi hombro. El hálito de su risa cosquilló la piel de mi cuello.

― Todo estará bien, Isabella Marie. El tiempo todo lo cura.

Descansé mi cabeza en su pecho mientras mi vista se perdía en Emmy. Ella corría con más niños, era feliz en su día especial. Cada uno que conformaba nuestra familia, también lo eran en su propio mundo.

Y entonces comprendí que el verdadero final feliz no era aquel que lo tenía todo resuelto, sino el que se encuentra rodeado de amor, perdón y esperanza, justo en el momento perfecto.

Fin.


Hola, así es como llegamos al final de eta historia, nos queda el epílogo y un outtake que ya están listos para ser publicados. Les agradezco con mi corazón que me estén acompañando. Nos leemos pronto.

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Gracias totales por leer