Capítulo 3, Parte 3: realidades de la guerra

Los periódicos de la Ciudad de México y de otras grandes ciudades del país no tardaron en hacerse eco del fenómeno de Guadalupe. Titulares llamativos y sensacionalistas hablaban del "Ángel Plateado de Chihuahua," "La Señal Divina en Tiempos de Revolución," y "El Milagro de Guadalupe." Las noticias, a menudo exageradas y adornadas con detalles fantásticos, relataban la aparición celestial de una joven de cabello plateado y poderes curativos, que había llegado para bendecir a México en medio de su tribulación. Emilia no pudo evitar pensar que Roswaal estaría encantado con todo este drama, sintiendo una punzada de irritación al recordar la manera en que las historias se distorsionaban.

Mientras la fama de Emilia crecía, también lo hacían los ecos de la revolución. Los periódicos, entre relatos de milagros y fervor religioso, reportaban los continuos enfrentamientos entre las fuerzas federales leales a Porfirio Díaz y los grupos rebeldes, a menudo llamados caudillos, que seguían el llamado de Francisco I. Madero a la insurrección. Los reportes, filtrados y con frecuencia sesgados por la censura gubernamental, invariablemente pintaban a los federales como victoriosos y valientes defensores del orden, mientras que los rebeldes eran caracterizados como bandidos y agitadores. Sin embargo, entre líneas, se podía percibir la creciente inestabilidad y la extensión del conflicto, lo que llevó a Emilia a pensar que era como leer los informes manipulados de la corte de Lugunica, donde la verdad siempre era una herramienta política.

En la Hacienda del General Rincón, ajena al ruido mediático y a las intrigas políticas de la capital, Emilia continuaba su aprendizaje del español y su adaptación a este nuevo mundo. A pesar de los avances con el idioma gracias a la paciente tutela de Juanita, Emilia seguía sintiéndose abrumada por la complejidad y la diferencia del español con las lenguas de Lugunica.

Un día, mientras estudiaban juntas, Juanita y Emilia se sentaron a leer uno de esos periódicos. Emilia tomó la página y leyó en voz alta, párrafos llenos de palabras desconocidas y complicaciones gramaticales.

—La Señal Divina en Tiempos de Revolución... —empezó a leer, pero cometió un error en la pronunciación de "divina," lo que provocó que Juanita sonriera y corrigiéndola con delicadeza.

—No es así, Señorita Emilia, es divina. Intenta hacerlo con una "i" más larga al final.

Emilia trató de novo, y después de varios intentos frustrados, finalmente lo consiguió. Puck, que estaba observando con diversión, interrumpió:

—Ciertamente, Lia, creo que tus esfuerzos son dignos de un "premio del año en gramática." ¿No crees que deberías ser tú quien escriba el próximo artículo sobre tus propias hazañas heroicas?

Ambas se rieron ante el comentario de Puck, y Emilia se sintió genuinamente animada por la broma de su amigo. Luego, continuaron leyendo, hasta que llegaron a un artículo que llamó su atención: "Informes sobre el fenómeno del Ángel Plateado."

—Mira esto, Juanita. ¡Hablan de mí! —exclamó Emilia, sorprendida y un poco cohibida por la atención.

Juanita leyó atentamente, sus ojos se ensancharon mientras exploraban las palabras. "...la joven que trae esperanza en tiempos oscuros," murmuró Juanita, "esto es increíble, Señorita. Está claro que las personas ven algo especial en usted."

Puck, cruzando los brazos y asintiendo con una sonrisa pícara, agregó: "Lo que no dicen es que esos 'poderes curativos' son el resultado de la buena compañía, como yo." Su tono se volvió burlón, provocando una risa desenfrenada de Emilia y Juanita.

Mientras revisaban el periódico, Emilia no podía evitar sonreír, aunque un sentimiento de incomodidad la invadía al verse descrita de esa manera. No debería ser un milagro, solo quiero ayudar, pensó, sintiendo el peso de las expectativas que se acumulaban a su alrededor.

Caminos entre la Compasión y la Guerra

A pesar de la paz y el respeto que encontraba en Guadalupe, la sombra de la nostalgia la perseguía constantemente. Extrañaba a Subaru, con su torpeza y su determinación inquebrantable, a pesar de las recientes tensiones entre ellos. Recordaba con cariño la Mansión Roswaal, la figura enigmática de Roswaal, la dedicación silenciosa de Ram, la inquebrantable lealtad de Rem. Se preguntaba qué estaría pasando en la Selección Real. ¿Estará causando problemas como siempre? Pensó con una sonrisa involuntaria. La distancia física y la barrera del idioma la separaban de su mundo, creando una sensación de vacío y anhelo en su corazón.

Un día, mientras paseaba por el parque del pueblo, disfrutando de un raro momento de calma, un grupo de soldados federales se acercó a la hacienda en un carromato tirado por caballos. El Teniente al mando se acercó a Emilia con un saludo formal. "Señorita Emilia," dijo con gravedad, "tenemos una petición del campamento militar a las afueras del pueblo. Han llegado muchos heridos de los recientes enfrentamientos y nos preguntamos si usted podría ayudarnos." El Teniente parecía incómodo al hacer la petición, como si supiera que estaba pidiendo demasiado.

Emilia sintió un escalofrío al escuchar la palabra "heridos" y "campamento militar." La idea de la guerra, que hasta ahora había sido una abstracción lejana, se volvía repentinamente tangible y cercana. El temor y la preocupación se mezclaron con un impulso inmediato de ayudar. "¿Heridos? Sí, por supuesto, iré," respondió sin dudar. ¿Podría ser esta una señal? ¿Una oportunidad para entender por qué estoy aquí?

Subió al carromato junto a los soldados y partieron hacia las afueras de Guadalupe. Al llegar al campamento militar, la escena la golpeó con fuerza. Tiendas de campaña improvisadas se extendían por un terreno polvoriento, y un aire denso y pesado flotaba en el ambiente, cargado con el olor acre de la sangre y el desinfectante. Gemidos y quejidos resonaban desde el interior de las tiendas, donde los médicos militares, con rostros cansados y batas manchadas, se movían con diligencia entre los camastros. Era como un campo de batalla improvisado, un lugar donde la vida y la muerte danzaban en un equilibrio precario.

Llevada por el Teniente, Emilia entró en una de las tiendas de campaña. Lo que vio allí la paralizó por un instante. Soldados jóvenes, muchos apenas hombres, yacían en los camastros, pálidos y cubiertos de vendas. Heridas de bala, quemaduras, emilia miraba con preocupación mientras tenia sus manos en su pecho siendo Llevada por el teniente, Emilia entró en una de las tiendas de campaña. Lo que vio allí la paralizó por un instante. Soldados jóvenes, muchos apenas hombres, yacían en rudimentarios camastros, pálidos y cubiertos de vendas. Heridas de bala, quemaduras, amputaciones... El horror de la guerra se desplegaba con toda su crudeza en ese lugar. Por un momento, un frío estremecimiento recorrió a Emilia, recordándole los devastadores enfrentamientos en Lugunica. Su mirada se endureció ligeramente; podía sentir el dolor abrumador acumulado en el aire.

"Esto no está bien, Puck," murmuró Emilia en voz baja, mientras su espíritu se manifestaba a su lado en una tenue neblina azul.

Puck, posándose en su hombro, también observaba la escena con una expresión poco usualmente seria. "Este lugar apesta a muerte, Lia. Pero... aún hay esperanza. Tú puedes hacer algo. Siempre lo haces." Su voz mantenía un leve tono animado, pero sus palabras tenían un peso inconfundible.

Emilia respiró hondo, cerrando brevemente los ojos para calmar su mente. Sin vacilar más, decidió actuar con la compasión que la caracterizaba. Se arremangó el vestido blanco que llevaba —un vestido que, aunque impecable, no tardaría mucho en mancharse de rojo—, y se acercó al primer herido que vio. Era un joven de no más de veinte años, que se sostenía el abdomen vendado con una mueca de dolor intenso. Emilia colocó sus manos sobre él y dejó fluir su magia curativa.

La esfera blanca de luz que emanaba de las manos de Emilia brilló en la penumbra de la tienda, atrayendo las miradas de todos los presentes. Los médicos y enfermeros, que hasta ese momento trabajaban agotados, se apartaron con incredulidad para observar cómo las heridas comenzaban a cerrarse bajo el poder milagroso de esa "ángel". El joven soldado dejó de quejarse, su respiración se estabilizó y, poco a poco, el color volvió a su rostro. Cuando abrió los ojos y vio a Emilia, balbuceó: "Gracias... usted es... un ángel de verdad."

Emilia sonrió con gentileza, disimulando el agotamiento inicial que ya sentía después de su primera curación. "No soy un ángel. Solo... quiero ayudarte," le respondió de forma honesta. Si Subaru estuviera aquí, seguro me llamaría heroína, pensó con una punzada en el pecho.

Sin embargo, no había tiempo para sentimentalismos. A medida que Emilia seguía curando a los heridos, una tras otra, costosas cantidades de maná eran drenadas de su cuerpo. Aunque Puck estaba allí, observándola como guardián, sabía que no podía intervenir directamente. Era el maná de Emilia lo que hacía el trabajo, y Puck entendía mejor que nadie los límites de su contratista. Mientras tanto, Juanita, que había insistido en acompañar a Emilia, empezó a moverse con eficiencia, llevando agua y materiales limpios de un lado a otro.

"Señorita Emilia, tenga cuidado," murmuró Puck cuando esta trató de sanar una herida particularmente grave en la pierna de un soldado. "Eres poderosa, pero no eres invencible. No puedes salvar a todos, y no quiero que te agotes al punto de colapsar."

"Lo sé, Puck," respondió Emilia, aunque su mirada estaba llena de determinación. No tenía intención de detenerse, o al menos no hasta que sintiera que había hecho todo lo posible. Cada vida que podía salvar era un paso más para darle sentido a este viaje inesperado e injusto. "Pero no puedo quedarme de brazos cruzados sabiendo que puedo ayudar."

Y lo hizo. Emilia trabajó incansablemente durante las siguientes horas, moviéndose entre los heridos, mientras los soldados presentes la miraban con asombro y respeto crecientes. Algunos incluso se arrodillaron en señal de gratitud, murmurando oraciones al "ángel" que había descendido para ayudarlos.

Pero la realidad era dura y cruel. No todos los soldados sobrevivieron. Incluso con su magia, las heridas más devastadoras, las mutilaciones graves y la pérdida abundante de sangre estaban fuera de su alcance. Emilia no era omnipotente, y cada soldado que moría frente a ella le dejaba una espina clavada en el corazón. "Lo siento, de verdad lo siento," repetía suavemente mientras cerraba los ojos de quienes no lo lograban.

Puck permanecía a su lado, viéndola luchar contra las tragedias que la rodeaban. Finalmente, cuando Emilia concluyó su sanación junto a un joven cuyo rostro apenas comenzaba a relajarse tras el dolor, Puck habló, su voz tan tenue como una brisa.

"Emilia, no es tu culpa. Hiciste todo lo que pudiste, y eso ya es más de lo que ellos habrían tenido sin ti. Debes recordar eso."

Emilia, con lágrimas acumulándose en sus ojos amatista, simplemente asintió. "Lo sé, Puck, pero eso no hace que duela menos."

Esa noche, de regreso en la hacienda, Emilia se permitió un momento de descanso mientras leía un periódico que había traído del campamento con Juanita a su lado. Ambas se sentaron en la sala iluminada por un suave candelabro, y Emilia intentó leer otro artículo en voz alta, esta vez con menor dificultad gracias a lo aprendido con Juanita.

Sin embargo, su atención se centró en un titular impreso en grandes letras negras:

"La Revolución Crece: más víctimas encontradas en pueblo de san Cristóbal tras ser víctimas de los caudillos.

Emilia leyó las primeras líneas antes de fruncir el ceño. Parecía una descripción de los últimos enfrentamientos cerca de la región. Los detalles eran crudos y gráficamente descritos, mencionando la pérdida de civiles y la destrucción de pueblos pequeños atrapados en medio del conflicto.

Puck, que se mantenía flotando junto a la silla de Emilia, observó con interés antes de decir en tono serio: "Esta revolución no es tan diferente de lo que hemos visto en Lugunica, ¿verdad, Lia? Gente luchando por sus ideales, mientras otros luchan por el poder. Las mismas tragedias, las mismas heridas."

Emilia cerró el periódico, con los ojos llenos de preocupación. "Sí, Puck, pero no importa dónde estés, al final siempre son las personas más vulnerables las que sufren. Los inocentes pagan el precio de las ambiciones de otros." Hizo una pausa, sus manos apretando el papel ligeramente. "Por eso tengo que hacer todo lo que pueda, incluso si parece pequeño."

Luego, para su sorpresa, se encontró con otro titular, esta vez relacionado directamente con ella:

"El Ángel Plateado de Guadalupe: Salvadora Divina o Milagro Político?"

Juanita, leyendo junto a Emilia, se inclinó hacia adelante con ojos curiosos. "¡Es sobre usted otra vez, señorita!" dijo emocionada.

Puck dejó escapar un suspiro teatralmente exagerado. "¿Milagro político? Por favor... si al menos cobráramos por cada cura."

Emilia negó con la cabeza, un poco abrumada. "No quiero que piensen en mí como algo más de lo que soy. Si las personas confían en mí, quiero que sea por lo que hago, no por lo que piensan que soy."

Esa noche, mientras Emilia miraba al cielo lleno de estrellas mexicanas, finalmente dejó caer su fachada de fortaleza, permitiéndole a Puck escuchar las palabras más profundas de su corazón. "Puck… a veces siento que no estoy haciendo lo suficiente. Este mundo necesita más de lo que solo puedo ofrecer."

Puck, colocando suavemente su pequeña mano en la mejilla de Emilia, le respondió con una calidez que contrastaba con su usual sarcasmo. "Estás haciendo más de lo que podrías imaginar, Lia. Y no lo olvides… no importa dónde estés o qué mundo sea, tu corazón es lo que hace que seas especial."

Emilia suspiró, pero sintió un pequeño alivio al escuchar a su fiel amigo. No podía cambiar el mundo entero, pero podía marcar la diferencia allí donde estuviera, una vida a la vez.

Resumen del capítulo para finalizar evitando más relleno innecesario

El capítulo cierra con una mezcla de lucha, compasión y desafío. Emilia afronta el horror de la guerra, curando a tantos heridos como su magia le permite, pero enfrentándose a sus limitaciones con el dolor característico de alguien que quiere ayudar. En paralelo, los periódicos aumentan la carga sobre ella al situarla como un símbolo, algo que Emilia no desea ser, pero que acepta por la esperanza que inspira en los demás. La revolución en México sigue siendo un conflicto oscuro y crudo, pero el amor y empatía de Emilia son un faro de luz que guía a quienes la rodean.

Fin del capítulo los quiero mucho gente hermosa #nohomo