Capítulo 4: El Precio de un Milagro*
Emilia siguió curando a los soldados sin detenerse. Las horas pasaban difuminándose en un torbellino de gemidos, olor a sangre y el tenue brillo blanco de su magia. Cada herida cerrada era un milagro silencioso, cada soldado salvado, una nueva promesa de vida, una luz tenue en la oscuridad de la guerra. Pero ella no podía simplemente quedarse quieta. Sentía la mirada de Puck, su preocupación silenciosa, y sabía que debía seguir adelante. *Por ellos, por Subaru, por Rem…*
Pero entonces, lo vio. Entre la multitud de cuerpos maltrechos, un uniforme federal llamó su atención por su quietud inusual.
Un sargento federal yacía en el suelo terroso, su uniforme color crema empapado en sangre, un charco oscuro extendiéndose a su alrededor. Emilia corrió hacia él con el corazón en la garganta, pero su corazón se detuvo por un momento, helado por el horror, cuando vio la gravedad de sus heridas.
No tenía piernas.
Una bala de cañón, una explosión devastadora, las había destrozado completamente, dejando un rastro desgarrador de sangre y carne quemada, un vacío donde antes había integridad. El hombre temblaba con espasmos débiles, su rostro contraído por el dolor, aferrándose con desesperación al pequeño rosario de madera que colgaba de su cuello, como si fuera su último asidero al mundo. La imagen le recordó a aquellas personas morian en los bosques elior por los Mabeasts.
—Ángel… por favor… —susurró el sargento, su voz un hilo roto.
Emilia cayó de rodillas a su lado, el vestido blanco inmaculado rozando la tierra manchada, tomando su mano ensangrentada con delicadeza, como si fuera la cosa más valiosa del mundo. La piel del soldado estaba fría, húmeda de sudor y sangre, la vida escapándose a cada segundo. *No puedo permitir que muera, pensó con desesperación.
—Resiste… yo… puedo salvarte… —su voz era suave, apenas un susurro, tan delicada como el viento que acariciaba el desierto, pero llena de una urgencia desesperada. El maná comenzó a fluir de ella, un torrente blanco lechoso que emanaba de sus manos, pero incluso al verlo, sentía una punzante duda, una desesperanza fría que la atenazaba. *Es demasiado… no hay suficiente magia en mí*.
Puck, flotando cerca, sintió la desesperación de Emilia y la observó con preocupación. "¿Lia? No tienes que hacerlo si no puedes…"
El sargento forzó una sonrisa débil, una mueca triste y resignada, su rostro pálido, casi translúcido por la pérdida de sangre. Sus ojos, apagándose lentamente, se fijaron en los de Emilia, llenos de una extraña paz.
—No llore… por mí… Ángel… usted ya ha hecho suficiente… —su voz se quebró, perdiéndose en un último suspiro.
Emilia sintió que el mundo se rompía a su alrededor, que las bases mismas de su ser se resquebrajaban. La magia sanadora, su don, su propósito, resultaba inútil, impotente ante esta devastación. El maná blanco seguía emanando de sus manos, pero ahora se sentía vacío, hueco, incapaz de llenar el abismo de la muerte que se abría ante ella. La escena le recordó a Fortuna, sacrificándose para protegerla.
Quiso hacer algo más, quiso desesperadamente salvarlo, arrancarle de las garras de la muerte… pero el sargento, con un último suspiro silencioso, exhaló su último aliento en sus brazos. La vida se desvaneció de sus ojos, dejando tras de sí solo un vacío inmenso.
—No… no… es mi culpa, es mi culpa por no ser fuerte, es mi culpa no poder salvarlo—susurró Emilia, la negación surgiendo como un gemido ahogado, sintiendo cómo las lágrimas, calientes y saladas, caían imparables por su rostro, resbalando sobre sus mejillas y empapando el uniforme ensangrentado del soldado. El fracaso la consumía. Era Satella, incapaz de salvar a nadie.
Su vestido blanco, símbolo de pureza y esperanza, estaba ahora completamente teñido de rojo, empapado de la sangre de la guerra, del precio de la vida humana. La muerte, implacable e inevitable, lo manchaba todo, deshonrando su blancura, apagando su luz.
—Emilia… —Puck intentó hablarle, posándose suavemente en su hombro, su voz cargada de preocupación. "¿Por qué te torturas así, Lia? No es tu culpa,No puedes salvar a todos."
Pero ella no lo escuchó, sumida en su propio abismo de dolor y fracaso. El espíritu familiar permaneció en silencio, sintiendo la onda expansiva de su angustia, impotente ante la tristeza profunda que la embargaba. Se le encogió el corazón al verla sufrir tanto, al verla cargando el peso del mundo sobre sus hombros.
No tenía tiempo para llorar, no podía permitirse el lujo de derrumbarse. Otros heridos la necesitaban, cientos de vidas pendían de un hilo, y ella era la única que podía ofrecerles una oportunidad. *Si me detengo, ¿quién los salvará?*
Apretando los dientes con fuerza, reprimiendo las lágrimas con un esfuerzo sobrehumano, con los ojos rojos e hinchados pero llenos de una determinación feroz, siguió curando a los demás. Se levantó temblorosa, dejando atrás el cuerpo sin vida del sargento, y caminó hacia el siguiente herido, y luego al siguiente, y al siguiente. Era como si estuviera poseída por una fuerza sobrenatural, una voluntad implacable que la impulsaba a seguir adelante, a pesar del dolor, a pesar del agotamiento, a pesar de la muerte.
Uno tras otro, cerró heridas profundas, detuvo hemorragias torrenciales, y devolvió la chispa de la vida a cuerpos destrozados. En cada rostro aliviado, en cada gemido que se convertía en un suspiro de alivio, buscaba un resquicio de esperanza, una justificación para su propio dolor. *Esto es lo que debo hacer. Esto es por lo que estoy aquí*.
Los soldados, exhaustos y doloridos, comenzaron a rezar en voz baja, a agradecer con fervor, a llorar de alivio y gratitud al sentir la magia curativa de Emilia envolverles, rescatándoles del borde del abismo. La llamaban ángel, santa, milagro viviente. La tocaban con reverencia, buscando un atisbo de esperanza en su mirada.
Pero el precio de cada milagro era demasiado alto, un coste que su cuerpo y su alma apenas podían soportar. Cada curación la desgastaba, consumiendo su energía vital, dejándola exhausta y vacía. Era como si estuviera vendiendo su propia vida para salvar a otros.
Su cuerpo comenzó a debilitarse peligrosamente. Sus manos temblaban incontrolablemente, apenas capaces de sostener el flujo de maná. Su visión se volvió borrosa y vacilante, los contornos del mundo danzando a su alrededor. La magia fluía con dificultad, como un hilo tenue a punto de romperse. El dolor en su pecho se hacía insoportable, y la fatiga la arrastraba hacia la oscuridad.
—Solo… uno más… —susurró Emilia, su voz apenas audible, casi ininteligible, la promesa a sí misma como un mantra desesperado para seguir adelante. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, y la fatiga nublaba su mente. La imagen del sargento sin piernas, la mirada vacía en sus ojos, la perseguía como una pesadilla. Apenas logró sostenerse en pie un instante más, antes de que la oscuridad la invadiera y su cuerpo se desplomara, vencido por el agotamiento extremo.
Un general federal, que había estado observándola trabajar con admiración silenciosa, reaccionó con rapidez, logrando atraparla justo antes de que su cuerpo frágil y manchado de sangre golpeara el suelo con fuerza. El general olía a pólvora y sudor, y su rostro mostraba las cicatrices de mil batallas. A pesar de su apariencia dura, sus ojos reflejaban una profunda gratitud y preocupación.
—¡Rápido, llamen a un médico! ¡Y traigan agua y algo para que coma! ¡Deprisa! —gritó el general con voz autoritaria, sosteniendo el cuerpo inerte de Emilia en sus brazos, su rostro curtido por la guerra mostrando una genuina preocupación. "Ella dio todo por nosotros," murmuró, con un respeto reverente.
Emilia se desmayó, sumida en un sueño profundo y sin sueños, el cuerpo y el espíritu agotados hasta el límite. La magia la había abandonado, dejándola vacía y vulnerable.
En la distancia, los soldados y civiles que habían presenciado su incansable labor susurraban oraciones silenciosas, elevando plegarias al cielo. La Ángel Plateado, en su divina compasión, había dado todo por ellos, hasta el último aliento de su fuerza, pagando con su propio ser el precio de cada milagro. La leyenda del Ángel de Guadalupe, impregnada de sangre, sacrificio y esperanza, se forjaba en el campo de batalla, en el límite entre la vida y la muerte, en el corazón de un México convulso y creyente.
Puck, que había estado observando la escena con el corazón en un puño, se acercó al general y le habló en voz baja, usando su magia para que le entendiera. "Necesita descansar, y necesita maná. Si no la ayudan, morirá."
El general asintió con gravedad. "Haré todo lo que esté en mi mano para protegerla. Ella es un tesoro para México."
Emilia se desvaneció en la inconsciencia, la oscuridad la envolvió como una manta suave, llevándola lejos del horror y el dolor del campo de batalla. En su mente, las imágenes de la guerra se desvanecieron, reemplazadas por un recuerdo vívido, un eco de un pasado reciente.
Se encontró de nuevo en la habitación de la mansión Karsten, el aire tenso y cargado de palabras no dichas. Subaru yacía en la cama, su cuerpo cubierto de vendas, su rostro pálido pero tranquilo. Emilia, con el corazón aún latiendo con fuerza por la batalla contra Julius, se había acercado a él, buscando consuelo y comprensión.
Subaru*
"¡Yo estuve ahí por ti! Siempre he estado a tu lado. Quiero ayudarte, protegerte...!"*
Emilia*
"No lo entiendo... ¿Por qué siempre haces esto, Subaru? ¡Por qué actúas como si fuera obvio que estaré bien con todo esto!"*
Subaru*
"Porque confío en ti, Emilia. ¡Confío más en ti que en nadie!"*
Emilia*
"¡Pero no es eso lo que quiero! Quiero que me veas como soy, no como alguien a quien tienes que salvar todo el tiempo."*
Subaru*
"¡No puedo simplemente quedarme quieto y dejar que sufras! ¡No después de todo lo que ha pasado!"*
Emilia*
"¿Después de todo lo que ha pasado? ¿De qué hablas? ¡Siempre pareces saber cosas que yo no sé! ¡Siempre actúas como si llevaras todo el peso del mundo, pero nunca me dices nada!"*
Subaru (angustiado)*
"No puedo explicarlo... ¡pero tienes que confiar en mí!"*
Emilia (llorando)*
"Eso es lo que digo, Subaru... ¡No confías en mí! No confías en que puedo decidir por mí misma... No confías en que puedo ser fuerte sin ti..."*
Subaru*
"¡Eso no es cierto! ¡Lo hago porque te amo!"*
Emilia (mirándolo con dolor)*
"Si de verdad me amaras... no me tratarías como a una niña indefensa..."*
(Emilia baja la mirada y respira hondo, con lágrimas en los ojos.)*
Emilia*
"Subaru... No quiero verte más. Adiós."*
(Emilia se da la vuelta y se aleja, dejando a Subaru completamente destrozado.)*
-
La imagen se desvaneció, dejando a Emilia en la oscuridad, el eco de las palabras de Subaru resonando en su mente. El amor, la maldición, la bruja... las preguntas la atormentaban, sin respuestas claras, sin un camino a seguir.
Emilia permaneció inconsciente, el cuerpo y el espíritu agotados, mientras la leyenda del Ángel de Guadalupe se extendía por México. El precio de cada milagro, el costo de la compasión, la habían dejado al borde del abismo. Pero incluso en la oscuridad, la esperanza persistía, la promesa de un nuevo amanecer, la fuerza del espíritu humano que se niega a rendirse.
Fin de capítulo espero les haya gustado
